Hans Christian Andersen
En alta mar el agua es tan azul como los pétalos de la más linda centaura y tan clara como el más puro cristal, pero muy profunda, más profunda de lo que puede alcanzar ninguna cadena ancla. Deberían apilarse, una sobre otra, muchas torres de iglesia para llegar desde el fondo hasta la superficie del agua. Allí abajo viven los seres del mar. Porque no vayan a creer que allí sólo está el desnudo fondo blanco de la arena. No, allí crecen maravillosos árboles y plantas que tienen tallos y hojas tan flexibles que al menor movimiento del agua se estremecen, como si tuvieran vida. Toda clase de peces, pequeños y grandes, se deslizan entre las ramas, igual que se deslizan aquí arriba los pájaros por el aire.
En el lugar más profundo está el castillo del rey del mar. Los muros son de coral y las largas ventanas ojivales, del más transparente ámbar; el techo es de conchas de moluscos que se abren y se cierran con la corriente del agua. Es maravilloso pues en cada concha hay una perla y una sola de ellas sería un adorno en la corona de cualquier reina.
Hacía muchos años que el rey del mar era viudo; su anciana madre dirigía la casa, era una mujer inteligente, pero orgullosa de su linaje, por eso llevaba doce ostras en la cola, mientras los otros nobles sólo podían llevar seis. Fuera de esto merecía muchos elogios, especialmente porque adoraba a las princesitas del mar, sus nietas. Eran seis preciosas criaturas pero la más pequeña era la más linda de todas. Su piel era tan clara y delicada como un pétalo de rosa, sus ojos tan azules como el más profundo lago. Pero, igual que todas las demás, no tenía pies; su cuerpo terminaba en una cola de pez. Todo el largo día podían jugar en el castillo, en las grandes salas, donde crecían flores naturales en las paredes. Las grandes ventanas de ámbar se abrían y entonces los peces entraban nadando hacia ellas, como vuelan entre nosotros las golondrinas, pero los peces se les acercaban mucho más, para que las princesitas les dieran de comer de la mano y las acariciaran.
Afuera del castillo había un gran jardín con árboles rojo fuego y azul oscuro; los frutos brillaban como oro y las flores parecían lenguas de fuego, porque sus tallos y sus pétalos se movían continuamente. El suelo mismo era de la arena más fina, pero azul como llama de azufre. Sobre todas las cosas de allí abajo flotaba un extraño resplandor azul, y se podía pensar que uno estaba muy alto en la atmósfera, con sólo el cielo por encima y por debajo, y no en el fondo del mar. Cuando todo estaba en calma se podía ver el sol; parecía una flor púrpura cuyo cáliz irradiaba la luz.
Cada una de las princesas tenía su pedacito de jardín, donde podía cavar y plantar como quisiera. Una le dio forma de ballena a su pedazo; a la otra le gustaba más que se pareciese a una sirenita, pero la menor hizo su pedazo bien redondo, como el sol, y sólo puso flores rojas, que brillaban como él. Era una criatura extraña, callada y pensativa, y mientras las hermanas adornaban sus jardines con las maravillosas cosas que encontraban en los buques naufragados, ella sólo había colocado, además de las flores rojas, que parecían el sol de allá arriba, una hermosa estatua de mármol. Era un lindo muchacho esculpido en blanca y traslúcida piedra, que había llegado al fondo del mar en un naufragio.
Plantó al lado de la estatua un sauce llorón rosado, que creció hermoso, y sus frescas ramas colgaban alrededor de la estatua tocando el fondo de arena azul, donde la sombra se proyectaba violácea moviéndose igual que las ramas. Daba la sensación de que la copa y las raíces jugaban a besarse.
No tenía alegría mayor que oír hablar del mundo de la gente de allá arriba. La anciana abuela tenía que contarle todo lo que sabía de barcos y ciudades, gente y animales; le parecía particularmente maravilloso que arriba, en la tierra, las flores tuviesen perfume, ya que no lo tenían las del fondo del mar, y que los bosques fuesen verdes y que los peces que andaban entre sus ramas pudieran cantar tan alto y lindo que era un placer escucharlos. Se refería a los pájaros, que la abuela llamaba peces, pues de otro modo no se hubiesen entendido, ya que nunca habían visto un pájaro.
— Cuando cumpláis quince años — dijo la abuela—, tendréis permiso para emerger del agua y sentaros a la luz de la luna sobre las rocas y ver pasar navegando los grandes barcos; veréis los bosques y las ciudades.
Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumpliría los quince años; se llevaban un año entre ellas, de modo que a la menor le faltaban todavía cinco años completos antes de poder salir del agua y ver cómo eran las cosas aquí entre nosotros. Pero cada una había prometido describir a las demás lo más hermoso que viese el primer día; pues la abuela no les contaba lo suficiente, ¡había tantas cosas que querían saber!
Ninguna estaba tan ansiosa como la menor, justamente ella, que era la que más tenía que esperar y que era tan tranquila y pensativa. Muchas noches se quedaba junto a la ventana abierta, mirando hacia lo alto, a través del agua azul oscura, que los peces agitaban con sus aletas y colas. Podía ver la luna y las estrellas, que a través del agua, o bien un buque con muchas personas a bordo, ninguna de las cuales pensaría que debajo de ellas había una linda sirenita alzando sus blancas manos hacia la quilla.
Llegó el día en que la mayor de las princesas cumplió los quince años y pudo salir del mar.
Cuando regresó tenía cien cosas para contar, pero lo más lindo, según dijo, había sido echarse sobre un banco de arena en el tranquilo mar, a la luz de la luna, y ver en la costa la gran ciudad, con las luces titilantes como cientos de estrellas, oír la música y el ruido y el alboroto de los coches y la gente, ver las muchas torres de iglesias y campanarios y oír el tañido de las campanas. Esto era lo que más nostalgia le producía, justamente porque no había podido estar allí mismo.
¡Ay, con qué atención la escuchaba la hermana menor! A partir de entonces, cuando se quedaban de noche junto a la ventana abierta, mirando a través del agua azul oscura, pensaba en la gran ciudad con todo su ruido y su alboroto y le parecía oír que las campanas de la iglesia la llamaban.
Al año siguiente la segunda hermana tuvo permiso de emerger del agua y nadar hasta donde quisiese. Salió justo en el momento de la puesta del sol, y ese espectáculo le pareció lo más maravilloso. Todo el cielo parecía de oro. En cuanto a la belleza de las nubes no sabía ni cómo describirla; rojas y violáceas, navegaban sobre ella, y con mucha mayor velocidad pasó volando una bandada de cisnes salvajes, dando la sensación de un largo velo blanco que rozaba el agua en dirección al sol. Ella nadó hacia el sol, pero éste se hundió y el rayo de luz rosado se apagó sobre la superficie del mar y las nubes.
Al año siguiente subió a la superficie la tercera hermana. Era la más audaz de todas, por eso se atrevió a nadar, remontando un ancho río que desembocaba en el mar. Vio hermosas colinas cubiertas de viñas, castillos y granjas se asomaban por entre magníficos bosques. Oyó como cantaban los pájaros y el sol brillaba tan caliente que tuvo que zambullirse varias veces para refrescar su rostro ardiente. En una pequeña bahía encontró un montón de criaturas, completamente desnudas, que corrían chapoteando en el agua. Ella se les acercó para jugar, pero salieron corriendo asustadas. Se les acercó entonces un animalito negro, era un perro, pero ella nunca había visto un perro, le ladraba tan amenazadoramente que le dio miedo y huyó al mar abierto, pero no olvidaría jamás los magníficos bosques, las verdes colinas, los hermosos niños que podían también nadar, aunque no tenían cola de peces.
La cuarta hermana no fue tan atrevida. No se movió de alta mar y contó que eso había sido lo más lindo, el poder mirar muchas millas a la redonda y tener el cielo por encima como una gran campana de cristal. Había visto barcos a lo lejos que parecían gaviotas, los graciosos delfines que hacían piruetas y las grandes ballenas que echaban agua, por las narices, de manera que semejaban cientos de fuentes de agua alrededor.
Le llegó el turno a la quinta hermana. Su cumpleaños caía justo en invierno y por eso vio lo que las otras no habían visto la primera vez. El mar estaba muy verde y flotaban alrededor grandes témpanos. cada uno parecía una perla y eran mucho más altos que las torres de las iglesias que construye la gente. Adoptaban formas muy caprichosas y brillaban como diamantes. Se sentó sobre uno de los más grandes y todos los veleros pasaban esquivándolo atemorizados, mientras ella dejaba que el viento jugara con sus largos cabellos. Al anochecer el cielo se cubrió de nubes; relampagueaba y tronaba mientras el mar ennegrecido levantaba en alto los grandes témpanos que brillaban a la luz rojiza de los rayos. En todos los barcos recogían las velas con angustia y terror. Ella seguía sentada tranquilamente sobre su témpano flotante, mirando zigzaguear los rayos azules de los relámpagos reflejados en el brillante mar.
La primera vez que una de las hermanas salía a la superficie se sentía subyugada por las cosas nuevas y bellas que veía. Pero después, como por ser jóvenes adultas tenían ya permiso para salir todas las veces que quisiesen, les fue indiferente. Añoraban el hogar y después de un mes decían que lo más hermoso estaba donde ellas vivían y que lo más lindo era quedarse en casa. Muchos atardeceres se tomaban de la mano las cinco hermanas y salían en fila a la superficie. Tenían hermosísimas voces, más hermosas que las de cualquier persona. Cuando estallaba un temporal y pensaban que los barcos podían irse a pique, nadaban delante de los bosques, cantando, con arte exquisito, las bellezas del fondo del mar y pidiendo a los marineros que no temiesen llegar hasta allí. Pero ellos no entendían, creían que era la tormenta. Y nunca pudieron llegar a ver las bellezas del fondo del mar pues, cuando el barco se hundía, se ahogaba la gente y sólo llegaban los muertos al palacio del rey del mar.
Cuando, al anochecer, las hermanas salían tomadas de la mano a la superficie, quedaba la hermanita menor completamente sola, mirándolas, y parecía que se iba a poner a llorar; pero las sirenas no tienen lágrimas y por eso sufren mucho más.
— ¡Ay, cuándo tendré quince años! — decía la sirenita—. Yo sé que voy a querer a ese mundo de arriba y a la gente que lo construye y lo habita.
Finalmente cumplió quince años.
— Bien, ya no te tendremos de la mano — dijo su abuela, la anciana reina madre —. Ven, déjame que te adorne como a tus otras hermanas.
Y le puso una corona de lirios blancos sobre el cabello. Cada pétalo de las flores era una media perla y la anciana le prendió ocho grandes ostras en la cola como signo de su alcurnia.
— ¡Cómo me duele! — dijo la sirenita.
— Sí, algo se sufre con la coquetería — dijo la anciana.
¡Ay! de buena gana se hubiese sacudido toda aquella pompa y dejado la pesada diadema. Las flores rojas de su jardín le sentaban mucho mejor.
Pero no se atrevió a cambiar nada.
— Adiós — dijo, y se elevó en el agua, ligera y diáfana como una burbuja.
El sol acababa de ocultarse en el mismo instante en que ella sacó su cabeza del agua, pero todas las nubes brillaban todavía como rosas y oro y en medio del cielo sonrosado brillaba, clara y preciosa, la estrella vespertina. El aire era suave y fresco y el mar calmo. Veía cerca un barco grande con tres mástiles y una sola vela desplegada pues no se movía una brisa. Había marineros sentados en las pértigas entre las jarcias. Se oían música y cantos, y a medida que se hacía oscuro se encendían cientos de farolitos de colores: parecía que las banderas de todas las naciones ondeaban en el aire.
La sirenita nadó hasta la ventana de un camarote y, cada vez que el agua la alzaba, podía mirar a través del vidrio transparente. Vio mucha gente lujosamente vestida. El más hermoso de todos era el joven príncipe de los grandes ojos negros. No tendría mucho más de dieciséis años; era su cumpleaños y por eso era la fiesta. Los marineros bailaban sobre cubierta. Cuando el príncipe salió tiraron más de cien bengalas al aire, que iluminaron como la luz del día. La sirenita se asustó y se zambulló, pero pronto asomó nuevamente la cabeza y le pareció que todas las estrellas del cielo caían sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles giraban. Hermosos peces de fuego surcaban el aire azul y todo se reflejaba, repitiéndose, en el espejo del agua.
En el buque era tanta la claridad que se distinguía cada jarcia, con más razón las personas. ¡Qué hermoso era el príncipe! Estrechaba las manos de la gente, reía y sonreía, mientras sonaba la música en la preciosa noche.
Se hizo tardísimo, pero la sirenita no apartaba sus ojos del navío y del hermoso príncipe. Apagaron los farolitos multicolores; las bengalas ya no subían en el cielo, tampoco disparaban más salvas. Por debajo del agua había un zumbido y una trepidación; ella seguía meciéndose con las olas, hacia arriba y hacia abajo, para asomarse al camarote cada vez que subía. De pronto el buque aumentó su velocidad, izaron una vela tras otra. Las olas también empezaron a tener más fuerza, fueron apareciendo grandes nubes y a lo lejos se veían relámpagos. Se preparaba un terrible temporal. Los marineros volvieron a arriar las velas. El enorme navío se hamacaba con ritmo desenfrenado en el mar embravecido. Las olas se levantaban como grandes montañas negras que amenazaban estrellarse contra los mástiles. El barco se sumergía como un cisne entre las grandes olas, para remontarse después hasta la altura de un campanario. A la sirenita aquello le parecía divertido, no así a los marineros. El barco crujía y se estremecía, las gruesas tablas se doblaban con los fuertes embates del mar. El mástil se partió por el medio, como si fuera de caña; el navío escoró y empezó a hacer agua en la bodega. Sólo entonces la sirenita se dio cuenta del peligro que corrían, pues ella misma tenía que cuidarse de los maderos y restos flotantes del barco. Súbitamente la oscuridad fue completa y no pudo ver nada, y de pronto la luz fue completa y no pudo ver nada, y de pronto la luz de un relámpago dio claridad como para distinguir a los tripulantes del navío, cada uno tratando de ponerse a salvo.
Ella trataba de encontrar al príncipe, lo había visto hundirse en el agua cuando el barco se partió. En un primer momento eso la alegró, porque pensó que así llegaría hasta ella, pero enseguida recordó que las personas no pueden vivir bajo el agua, de modo que el príncipe únicamente muerto podría llegar al palacio de su padre. No, no debía morir; por eso empezó a nadar entre los maderos y tablas que flotaban en el agua sin pensar que podían aplastarla. Se sumergía y volvía a salir del agua, elevándose en la cresta de las olas, y finalmente llegó donde estaba el príncipe, ya casi en el límite de sus fuerzas para luchar contra el mar embravecido. Los brazos y las piernas se le entumecían, tenía los hermosos ojos cerrados; habría muerto de no llegar la sirenita a su lado. Ella le sostuvo la cabeza fuera del agua y se abandonó al impulso de las olas.
Al amanecer la tempestad se había calmado. No se divisaba ni una astilla del navío. El sol salió rojo y brillante debajo del agua y las mejillas del príncipe recobraron la vida. La sirena le besó la ancha frente y se la despejó del cabello mojado. Lo encontró parecido a la estatua de mármol que tenía en su jardincito allá abajo. Volvió a besarlo, deseando que viviera.
De pronto, vio tierra firme por delante, altas montañas azules con las cimas cubiertas de nieve blanca y brillante, que parecían cisnes echados. Sobre la costa, hermosos bosques verdes, en primer término una iglesia o un convento, no sabía bien qué era, pero al menos era un edificio. Limoneros y naranjos crecían en el jardín y altas palmeras en el portal. El mar formaba allí una pequeña bahía completamente en calma pero muy profunda, el agua llegaba hasta una roca donde lamía la blanca y fina arena. Hasta allí nadó la sirenita con el hermosos príncipe y lo depositó sobre la arena, tratando de que la cabeza le quedara alta, al calor del sol.
Las campanas llamaban en el blanco edificio. Salieron varias muchachas jóvenes al jardín. La sirenita se alejó nadando hasta quedar detrás de unas piedras altas que sobresalían del agua, se cubrió el cabello y el pecho con espuma de mar para disimular su rostro y poder vigilar y ver quién venía por el pobre príncipe.
Al poco rato se acercó una joven. En el primer momento se asustó, pero reaccionó enseguida y fue a buscar gente. La sirenita vio que el príncipe volvía a la vida y sonreía a los que lo rodeaban, pero a ella no le sonrió, claro; tampoco sabía él que ella lo había salvado. La sirenita se sintió muy afligida y, cuando condujeron al príncipe dentro del edificio, ella se sumergió en el agua muy triste y regresó al palacio de su padre.
Siempre había sido muy tranquila y pensativa pero ahora lo era aún más. Las hermanas le preguntaron qué había visto en su primera salida a la superficie pero ella no les contó nada. Muchas noches y muchas mañanas salió a la superficie en el lugar donde había dejado al príncipe.
Vio cómo maduraban los frutos en el jardín y cómo los recogían, vio cómo la nieve se derretía en las altas montañas, pero no vio nunca al príncipe, y por eso cada vez volvía más apenada a su casa.
Su único consuelo era sentarse en su jardincito abrazando la estatua de mármol que se parecía al príncipe. Ya no cuidaba las flores, que crecían en matorrales invadiendo los senderos y entrelazando sus largos tallos y hojas entre las ramas de los árboles, de modo que el lugar quedaba muy sombrío.
Al fin ya no pudo resistir más y se lo contó a una de las hermanas y por supuesto muy pronto lo supieron las otras, pero nadie más, salvo una o dos sirenas más, que tampoco lo contaron más que a sus más íntimas amigas. Una de ellas sabía quién era el príncipe, porque también había visto la fiesta en el barco y sabía también de dónde era y dónde estaba su reino.
— Ven, hermanita — le dijeron las otras princesas, y tomadas de los hombros salieron del mar en una larga fila justo delante del palacio del príncipe.
El edificio estaba labrado en una piedra tornasolada amarillo pálido con grandes escaleras de mármol, y una de ellas bajaba directamente al mar. Sobre el techo había magníficas cúpulas doradas, y entre las columnas que rodeaban todo el edificio, estatuas de mármol que parecían tener vida. A través de los transparentes cristales de las altas ventanas se veía el interior de los magníficos salones, donde colgaban costosas cortinas de seda y tapices, y de todas las paredes pendían grandes cuadros, daba gusto mirarlos.
En medio de la sala más grande saltaba el agua de una gran fuente; los chorros llegaban hasta arriba, a la cúpula de cristal del techo, y el sol se reflejaba a través de ella en el agua y en las lindas plantas que crecían alrededor de la fuente.
Ahora la sirenita sabía dónde vivía el príncipe, y volvió muchas tardes y muchas noches. Se acercaba mucho más a tierra de lo que se habría atrevido a acercar cualquiera de las demás sirenas. Remontaba el angosto canal que había justo debajo de un precioso balcón de mármol, que proyectaba una larga sombra sobre el agua. Allí se sentaba para contemplar al joven príncipe, que creía estar completamente solo a la clara luz de la luna.
Lo vio muchas noches navegar en su magnífica barca con música y banderas ondeantes. Ella miraba a través de los verdes juncos, el viento jugueteaba con su largo velo plateado y algunos que lo vieron creyeron que era un cisne que desplegaba sus alas.
Muchas noches escuchaba hablar a los pescadores, que salían con faroles al mar; contaban muchas cosas buenas del joven príncipe y entonces ella se alegraba de haberle salvado la vida cuando, medio moribundo, flotaba sobre las olas, y recordó cómo había apoyado su cabeza sobre su seno y cómo lo había besado con toda su alma; él en cambio no sabía nada de todo eso, ni siquiera podía soñar con ella.
Cada día sentía más afecto por la gente y cada día deseaba con más fuerza estar entre ellos. El mundo de los hombres le parecía mucho más grande que el de ella, ellos podían, en sus barcos, cruzar el mar, trepar por las montañas hasta las nubes, sus tierras se extendían con bosques y campos mucho más allá de lo que alcanzaba la vista. Era mucho lo que deseaba saber y, como las hermanas no sabían contestarle, recurrió a la anciana abuela. Ella sí conocía bien el mundo superior, como ella llamaba a las tierras que están sobre el mar.
— Si los hombres no se ahogan — le preguntó la sirenita — ¿viven eternamente, no se mueren como nosotros aquí en el mar?
— Sí — contestó la abuela —, ellos también se mueren y su vida es aún más corta que la nuestra. Nosotros podemos vivir trescientos años y cuando dejamos de vivir nos convertimos sólo en espuma de mar, no tenemos ni una sepultura aquí abajo entre nuestros seres queridos. Nosotros no tenemos un alma inmortal, no tendremos nunca otra vida, somos como los juncos verdes que una vez cortados no reverdecen más. Las personas, en cambio, tienen un alma que es inmortal, vive aun después que el cuerpo ha vuelto a la tierra; el alma se eleva en el aire diáfano hasta las brillantes estrellas. Así como nosotros salimos a la superficie del mar y miramos la tierra de los hombres, así ellos se remontan a sublimes alturas ignotas, que nosotros jamás veremos.
— ¿Por qué no hemos recibido nosotros un alma inmortal? — preguntó acongojada la sirenita —. Yo daría cada uno de mis trescientos años de vida a cambio de ser una persona un sólo día y después poder ir al cielo.
— No debes seguir pensando en eso — le dijo la anciana —; nosotros somos mucho más felices y mejores que la gente de allá arriba.
— Tendré que resignarme a morir y flotar como espuma de mar, nunca oiré la música de las olas, ni veré las lindas flores ni el rojo sol. ¿No puedo hacer nada para recibir un alma inmortal?
— No — dijo la anciana —, solamente si un hombre te quisiera tanto, tanto más que a su padre y a su madre, que se aferrase a ti con toda la fuerza de su pensamiento y del amor y que un sacerdote pusiera su mano derecha sobre la tuya prometiéndote felicidad aquí y en toda la eternidad, entonces su alma se uniría a tu cuerpo y participarías tú también de la dicha de los seres humanos. Te daría un alma, sin perder por eso la suya. Pero eso es imposible que suceda. Lo que aquí en el mar es tan lindo, me refiero a tu cola de pez, allá en la tierra es repulsiva. Ellos entienden que para ser hermosos necesitan dos toscos soportes que llaman piernas.
La sirenita suspiró y miró apenada su cola de pez.
— Seamos alegres — dijo la anciana —, saltemos y brinquemos los trescientos años que hemos de vivir, que es bastante tiempo, luego reposaremos tristemente en la tumba. Esta noche estamos de baile en la corte.
La fiesta fue de un esplendor como nunca se ve en la tierra. Las paredes y el techo del gran salón de baile eran de cristal grueso pero transparente. Centenares de enormes conchas rosadas y verde musgo estaban en fila, de cada lado, sosteniendo llamas azules que iluminaban todo el salón, y a través de las paredes el resplandor también iluminaba todo el mar. Se veían innumerables peces grandes y pequeños que nadaban contra los muros de cristal, en algunos brillaban escamas purpúreas, en otros parecían oro y plata. Fluía por el medio de la sala una rápida corriente y en ella bailaban sirenas y tritones al son de sus hermosos cantos. Los hombres en la tierra no tienen voces tan hermosas. La sirenita era la que cantaba mejor de todos y todos la aplaudían. Por un momento sintió alegría en su corazón, pues sabía que tenía la voz más hermosa de cuantas hay en la tierra y en el mar. Pero al momento volvió a pensar en el mundo que había por encima de ella. No podía olvidar al hermoso príncipe y su inmensa pena por no tener un alma inmortal como él.
Por eso se deslizó fuera del palacio y mientras allí todo eran cantos y placeres ella se sentó triste en su jardincito. Entonces oyó un cuerno sonar a través del agua y pensó: "Es él, que navega allá arriba, aquél al que se aferran mis pensamientos y aquél en cuyas manos pondría la felicidad de mi vida. Todo lo daría por conquistarlo y por conseguir un alma inmortal. Mientras mis hermanas bailan en el palacio de mi padre, iré a ver a la bruja del mar, a la que siempre he tenido pavor, pero ella quizá pueda aconsejarme y ayudarme".
La sirenita salió de su jardín hacia donde brama la corriente de Mäelstrom (*), detrás de la cual vive la bruja. Nunca había tomado ese camino. Allí no crece ninguna flor, ni un alga, sólo el desnudo fondo gris de arena se extiende hasta la corriente de Mäelstrom donde el agua, con el estrépito de una rueda de molino, se revuelve enloquecida girando y destrozando todo lo que se pone a su alcance y llevándoselo a las profundidades. Por medio de esos remolinos siniestros debía pasar para llegar a los dominios de la bruja, y en un largo trecho no había más camino que el que atravesaba una ciénaga caliente y burbujeante que la bruja llamaba su pantano de turba. Detrás de un extraño bosque estaba su casa.
Todos los árboles y arbustos eran pólipos, mitad animales y mitad plantas, parecían serpientes de cien cabezas salidas de la tierra, todas las ramas eran largos brazos viscosos, con dedos como flexibles gusanos y se movían en todos los sentidos, desde la raíz hasta la última punta. Rodeaban y aprisionaban todo lo que el mar les ponía a su alcance y nunca más lo soltaban. La sirenita se detuvo afuera aterrorizada. Su corazón latía angustiado, estuvo a punto de volverse, pero pensó en el príncipe y en su alma y recobró el valor. Se ató el largo cabello flotante alrededor de la cabeza para que los pólipos que estiraban sus viscosos brazos y dedos hacia ella. Vio que cada uno tenía aprisionado lo que había conseguido alcanzar, y lo aferraba con cien pequeños brazos como fuerte alambre.
Las personas que habían muerto en el mar y se habían hundido allí asomaban como blancos huesitos por entre los brazos de los pólipos que retenían remos y cofres y esqueletos de animales terrestres. Pero lo que más le impresionó fue ver a una sirenita que habían aprisionado y estrangulado.
Llegó a una gran plaza cenagosa, donde grandes y gruesas culebras acuáticas se contorneaban mostrando sus feos blancoamarillentos.
En medio de la plaza había una casa toda hecha de huesos blancuzcos de náufragos. Allí estaba la bruja, dejando que un sapo comiese de su boca, del mismo modo que alguna gente deja comer azúcar de sus labios a los canarios. A las horribles culebras acuáticas les llamaba sus pollitos y las dejaba tirarse encima de su enorme pecho esponjoso.
— Ya sé lo que buscas — le dijo la bruja —; cometes una tontería, pero de todos modos se hará tu voluntad, aunque ella te traerá la desdicha, mi linda princesa. Quieres librarte de tu cola de pez y en su lugar tener dos soportes para caminar, igual que las personas, para que el joven príncipe se enamore de ti y puedas conseguirlo a él y también un alma inmortal.
Y en eso se rio tan fuerte y feo que el sapo y las culebras cayeron al suelo revolcándose.
— Llegas en el momento justo — dijo la bruja —; después de que salga el sol ya no podré ayudarte hasta dentro de un año. Te haré una bebida, y con ella, antes de la salida del sol, debes nadar hasta la orilla de la tierra, sentarte allí y beberla, la cola te desaparecerá y se transformará en lo que la gente llama hermosas piernas. Pero te va a doler. Sentirás como si te atravesara una afilada espada. Todos los que te vean dirán que eres la criatura más hermosa que han visto. Conservarás tu andar oscilante, ninguna bailarina podrá balancearse como tú, pero cada paso que des te dolerá como si pisases un afilado cuchillo y tendrás la sensación de desangrarte. Si estás dispuesta a sufrir todo esto, te ayudaré.
— Sí — contestó la sirenita con voz temblorosa, y pensó en el príncipe y en ganarse un alma inmortal.
— Pero ten presente — le recordó la bruja — que cuando hayas adquirido figura humana ya no podrás volver ser nunca más una sirena, nunca más podrás volver al agua para ver a tus hermanas y el castillo de tu padre. Y si no obtienes el amor del príncipe, si él no olvida a su padre y a su madre por ti, si no se aferra a ti con toda su alma y hace que el sacerdote una vuestras manos, declarándolos marido y mujer, no recibirás un alma inmortal y a la mañana siguiente del día de la boda del príncipe con otra mujer tu corazón se quebrará y serás espuma de mar.
— Lo acepto — respondió la sirenita, que estaba pálida como una muerta.
— Pero a mí tienes que pagarme — dijo la bruja —, y no será poco lo que te exigiré. Tienes la más hermosa voz que existe aquí, en el fondo del mar, y con ella esperas cautivarlo, pero esa voz es lo que me darás. Lo mejor que tienes es lo que quiero, a cambio de mi valiosa bebida, ya que debo echar en ella mi propia sangre para que la pócima sea cortante como un estilete.
— Pero, si me quitas la voz — se quejó la sirenita —, ¿Qué me queda?
— Tu linda figura — dijo la bruja —, tu andar ondulante, tu mirada expresiva, con ello bien puedes seducir el corazón de un hombre. Y bien, ¿has perdido el valor? Saca tu lengua que te la cortaré como pago y recibirás la poderosa bebida.
— Así sea — dijo la sirenita, y la bruja puso su caldero para hervir la pócima embrujada.
— La limpieza es una virtud — y mientras lo decía se puso a fregar el caldero con las culebras que había atado juntas con un nudo; luego se hirió ella misma el pecho y dejó que su negra sangre goteara dentro de la olla; el vapor se levantaba formando unas figuras tan extrañas que daban miedo y terror. A cada momento la bruja echaba nuevos ingredientes en el caldero y cuando casi alcanzó el hervor produjo un sonido como el llanto de un cocodrilo. Finalmente estuvo lista la pócima, y parecía agua clara.
— Aquí la tienes — dijo la bruja, y le cortó la lengua a la sirenita, que se quedó muda; ya no podía ni cantar ni hablar.
— Si al regresar a través del bosque los pólipos quieren apresarte — le dijo la bruja —, arrójales una única gota de la pócima y sus brazos y sus dedos saltarán en mil pedazos.
Pero la sirenita no necesitó recurrir a esto, pues los pólipos se retiraban temerosos de ella no bien veían la brillante bebida, que relucía en su mano como si fuera una estrella. Así atravesó rápidamente el bosque, el pantano y la rugiente corriente de Mäelstrom. Podía ver el castillo de su padre, las luces estaban apagadas en la gran sala del baile, seguramente todos dormían, pero no se atrevió a buscarlos, ahora estaba muda y los iba a abandonar. Sentía que el corazón le iba a estallar de pena. Se deslizó por el jardín, cortó una flor de cada uno de los canteros de sus hermanas, mandó miles de besos con la punta de los dedos hacia el palacio y subió por el mar azul oscuro.
El sol no había asomado todavía cuando divisó el castillo del príncipe y subió por la magnífica escalera de mármol. La luna brillaba clara. La sirenita bebió la ardiente y acre pócima y sintió como si un estilete le atravesara todo el cuerpo. Se desmayó y quedó allí tirada como muerta. Cuando el sol brillaba sobre el mar, se despertó y sintió un dolor ardiente, pero justo delante de ella estaba el hermoso y joven príncipe con sus renegridos ojos fijos en ella.
La sirenita bajó la mirada y vio que su cola de pez había desaparecido y que tenía las más preciosas piernas blancas que una joven pudiera desear. Pero estaba completamente desnuda, así que se envolvió en su abundante y larga cabellera. El príncipe le preguntó quién era y cómo había llegado hasta allí. Ella lo miró dulcemente y con pena, con sus oscuros ojos azules, pues hablarle no podía. Él la tomó de la mano y la llevó hacia el interior del palacio.
A cada paso, como ya se lo había advertido la bruja, sentía como si pisara agudos punzones y afilados cuchillos, pero lo soportaba con gusto. De la mano del príncipe iba tan liviana como una burbuja y él y todos se maravillaban de su gracioso andar ondulante.
Le pusieron preciosos vestidos de seda y muselina; era la más linda de todas en el palacio, pero era muda: no podía cantar ni hablar.
Hermosas esclavas vestidas de seda y oro se adelantaron para cantarles al príncipe y a sus augustos padres; una de ellas cantaba mejor que todas las demás y el príncipe la aplaudió y le sonrió. La sirenita se entristeció porque sabía que ella habría cantado mucho y pensó: "Si él supiera que por estar a su lado he perdido mi voz por toda la eternidad".
Después bailaron las esclavas danzas cimbreantes al son de una música celestial, la sirenita alzó sus hermosos brazos blancos, se levantó sobre la punta de sus pies y se deslizó por el piso bailando como ninguna lo había hecho. A cada movimiento resaltaba más su belleza y sus ojos hablaban más elocuentemente al corazón que los cantos de las esclavas. Todos estaban maravillados, especialmente el príncipe, que la llamaba su huerfanita. Ella siguió bailando más, a pesar de que cada vez que su pie tocaba el suelo era como si pisase afilados cuchillos. El príncipe dijo que quería tenerla siempre a su lado y le permitió dormir delante de la puerta de su dormitorio, sobre un almohadón de terciopelo.
Mandó que le cosiesen un traje de montar para que pudiera acompañarlo cuando salía a caballo. Cabalgaron a través de los perfumados bosques, las verdes ramas les acariciaban los hombros y los pajaritos cantaban entre las frescas hojas.
Trepó con el príncipe a las altas cumbres, a pesar de que sus delicados pies sangraban tanto que todos podían notarlo, peor ella lo tomaba a broma y seguía al príncipe, hasta que llegaban tan alto que veían pasar las nubes por debajo, como si fuesen una bandada de aves que emigra a países extraños.
Cuando por la noche todos dormían en el palacio del príncipe ella salía a la ancha escalera de mármol para refrescarse los ardientes pies en la fresca agua del mar y entonces pensaba en aquellos que estaban en las profundidades del océano.
Una noche llegaron sus hermanas tomadas del brazo, cantando muy tristemente y meciéndose en las olas. Ella las saludó con la mano, las hermanas la reconocieron y le contaron lo afligidos que habían quedado todos por ella. A partir de entonces vinieron todas las noches a visitarla y una noche vio, mar adentro, a su anciana abuela, que hacía muchos años que se asomaba a la superficie, y al rey del mar, con su corona sobre la cabeza; le tendieron los brazos, pero no osaban acercarse tanto a tierra como las hermanas.
Día a día la sirenita se ganaba el afecto del príncipe, que la quería como se quiere a una niña buena y cariñosa pero que jamás había imaginado siquiera la posibilidad de hacerla su reina. Pero la sirenita tenía que llegar a ser su esposa, de lo contrario no tendría nunca un alma inmortal y en la mañana de su boda con otra mujer se convertiría en espuma del mar.
— ¿No me amas a mí más que a todos? — parecía preguntarle con los ojos cuando la tomaba en sus brazos y le besaba la frente.
— Sí, tú eres la que más quiero — contestaba el príncipe —, pues tienes el mejor corazón, eres la más afectuosa y te pareces a una joven que vi una vez y quizá nunca volveré a encontrar. Yo estaba en un barco que naufragó, las olas me arrastraron a una playa, al lado de un templo donde varias jóvenes servían al culto. La más joven me encontró en la orilla y me salvó la vida. Sólo la vi dos veces, ella es la única que podría amar en el mundo. Tú te le pareces, casi suplantas su imagen en mi alma. Ella está consagrada al templo, por eso mi buena estrella te ha enviado a ti y nunca me separaré de ti.
"Ay, él no sabe que fui yo la que le salvé la vida", pensó la sirenita, "yo lo conduje por el mar hasta el bosque donde está el templo, yo estaba en la espuma del mar, cuidándolo para ver si alguien se acercaba. Yo vi a la hermosa joven a la que quiere más que a mí". Y la sirenita suspiraba profundamente, pues llorar no podía. "La doncella está consagrada al templo — ha dicho —, así que nunca saldrá al mundo, no se encontrarán nunca, yo estoy con él, lo veo todos los días, lo cuidaré, lo amaré, le consagraré mi vida".
Pero ahora se habla de casar al príncipe con la linda hija del rey del país vecino. Por eso es que están armando un magnífico navío. El príncipe va de viaje para visitar el país del rey vecino, eso dicen, pero en realidad va para conocer a la hija del rey. Llevará un gran séquito.
Pero la sirenita meneaba la cabeza sonriendo. Ella conocía los pensamientos del príncipe mucho mejor que todos los demás.
— Debo viajar — le había dicho el príncipe —, debo conocer a la bella princesa, mis padres me lo exigen, pero obligarme a traerla a casa, como mi novia, eso es algo que no me exigen. No podré amarla; ella no se parece a la doncella del templo como tú te le pareces. Si no tuviera más remedio que elegir una esposa, serías más bien tú, mi huerfanita de la mirada elocuente—. Y la besaba en los labios rojos; jugaba con su largo pelo y apoyaba la cabeza sobre su corazón, que soñaba con la felicidad de los hombres y el alma inmortal.
— ¿No le tienes miedo al mar, mudita? — le preguntó él cuando estaban sobre el magnífico barco que los conduciría al país vecino.
Le hablaba sobre la tempestad y la calma, sobre los raros peces de las profundidades y de lo que los buzos habían visto, y ella sonreía con sus relatos, pues sabía mejor que nadie lo que había en el fondo del mar.
En la clara noche de luna, cuando todos dormían y el timonel estaba en su puesto, la sirenita se sentó en la borda y, traspasando con la mirada el agua clara, creyó ver el castillo de su padre, y más arriba a su anciana abuela con la corona de plata en la cabeza mirando, a su vez, la quilla de plata en la rápida corriente. Sus hermanas salieron a la superficie a contemplarla apenadas y agitaron sus blancas manos. Ella también las saludó por señas, les sonrió y habría querido contarles que le iba bien y que era feliz, pero el grumete se acercó, las hermanas se sumergieron y el muchacho creyó que eso blanco que había visto agitarse era espuma de mar.
A la mañana siguiente el buque entró en el puerto de la magnífica capital del país vecino. Todas las campanas de las iglesias fueron echadas al vuelo y en las altas torres tocaban trompetas, mientras los soldados desfilaban con flamantes banderas y brillantes bayonetas. Todos los días había fiestas. Se sucedían bailes y reuniones pero la princesa no había llegado, la tenían aislada en un lugar distante, en un templo, donde le enseñaban a desempeñar sus reales deberes.
Al fin llegó a la ciudad. La sirenita estaba impaciente por ver su hermosura, y hubo de reconocer que nunca había visto una figura más hermosa. Tenía la piel tersa y clara y detrás de las largas y oscuras pestañas sonreían unos ojos azul oscuro que delataban fidelidad.
— Eres tú — dijo el príncipe —, eres tú la que me salvaste cuando yacía como un muerto en la playa —. Y estrechó en sus brazos a la rubosa novia.
— ¡Ay, soy demasiado feliz! — dijo dirigiéndose a la sirenita —. ¡Lo que no me atrevía a desear, mi mayor anhelo, se ha cumplido! Te alegrarás con mi dicha porque eres la que más me quiere entre todos.
La sirenita le besó la mano y sintió como si su corazón le fuera a estallar. La mañana de su boda sería la de su muerte, su transformación en espuma de mar.
Echaron las campanas al vuelo, los heraldos cabalgaban por las calles anunciando el compromiso. en todos los altares quemaban perfumadas esencias en sahumerios de plata. Los sacerdotes agitaban incensarios. La novia y el novio se dieron la mano y el obispo los bendijo. La sirenita, vestida con oro y seda, sostenía el velo a la novia, pero sus oídos no escuchaban la música festiva, sus ojos no veían la solemne ceremonia. Sólo pensaba en su muerte esa noche, y en todo lo que perdía de este mundo.
Esa misma noche los novios se embarcaron en el navío; los cañones daban salvas, todas las banderas ondeaban y sobre cubierta habían levantado una rica tienda de oro y púrpura con los más preciosos cojines, allí pasarían la noche los novios, gozando del silencio y la frescura.
Las velas se hinchaban con el viento, el barco se deslizaba ligero y suave por el agua clara. Cuando oscureció encendieron luces de colores y los marineros bailaron alegremente sobre cubierta.
La sirenita pensaba seguramente en aquella primera vez que había salido a la superficie y visto aquel mismo esplendor y alegría. Se deslizó también entre los bailarines, zigzagueando, como hace la golondrina cuando huye. Todos la ovacionaban admirados, nunca había bailado tan divinamente; afilados cuchillos le cortaban los delicados pies, pero ella ni lo sentía; era en el corazón donde sentía los dolores. Sabía que era la última noche que lo veía a aquél por quien había dejado su familia y su hogar, por quien había dado su hermosa voz y por quien había sufrido infinitos tormentos, sin que él tuviera la menor sospecha de todo ello. Era la última noche que respiraba el mismo aire que él, que veían el profundo mar y estrellado cielo azul. Le esperaba una noche eterna, sin pensamientos ni sueños, pues no tenía alma ni podía ya conseguirla.
Todo era alegría y dicha a bordo hasta muy pasada la medianoche; la sirenita reía y bailaba, con la muerte en el alma.
El príncipe besaba a su linda novia y ella jugaba con sus cabellos negros y, tomados del brazo, se fueron los dos a descansar en la preciosa tienda.
Todo era calma y silencio a bordo, sólo el timonel estaba en su puesto. La sirenita apoyó sus blancos brazos sobre la borda, mirando hacia el este, esperando el resplandor rojizo del amanecer; sabía que el primer rayo del sol la mataría.
De pronto vio a sus hermanas salir del agua. Estaban pálidas como ella; sus largos y hermosos cabellos ya no ondeaban al viento, se los habían cortado.
— Se los dimos a la bruja para que nos ayudara a que no murieses esta noche. Nos dio un cuchillo. Aquí está. Mira qué afilado es. Antes de que asome el sol, debes clavarlo en el corazón del príncipe, y cuando su sangre caliente te salpique los pies, éstos se unirán formando una cola de pez y serás una sirena nuevamente, podrás saltar al mar con nosotras y vivir trescientos años antes de que te vuelvas muerta y salada espuma del mar. Apúrate, él o tú deben morir antes de que despunte el sol. Nuestra anciana abuela se aflige tanto que ha perdido todo su cabello blanco, como nosotras bajo las tijeras de la bruja. Mata al príncipe y vuelve. Apresúrate, ¿ves la raya roja en el cielo? Dentro de unos minutos saldrá el sol y morirás — y con un hondo suspiro, se hundieron tras las olas.
La sirenita descorrió el tapiz púrpura que cerraba la tienda y vio a la linda novia dormida con la cabeza apoyada sobre el pecho del príncipe; se inclinó y lo besó en la frente, miró el cielo que se teñía de rojo, miró el afilado cuchillo, fijó nuevamente sus ojos en el príncipe, que en sueños llamaba a su novia por el nombre: sólo ella estaba en sus pensamientos. El cuchillo temblaba en la mano de la sirenita. Lo tiró lejos entre las olas. Se vio el resplandor rojizo. Pareció como si brotaran gotas de sangre del agua en el lugar donde había caído. Todavía una vez más miró al príncipe con desmayados ojos y se arrojó al mar, y sintió cómo su cuerpo se disolvía en espuma.
El sol se levantó del mar. Los rayos caían suaves y cálidos sobre la espuma fría como la muerte, pero la sirenita no se sentía muerta, veía el sol, y por encima de ella flotaban centenares de seres transparentes, bellísimos; a través de ellos veía las blancas velas del barco y las nubes rojas en el cielo, sus voces eran melodías tan espirituales que ningún oído humano las percibía, como tampoco podía verlas ningún ojo humano. Sin alas, flotaban en el aire por su propia naturaleza etérea.
La sirenita vio que tenía un cuerpo como el de ellos y que se elevaba en el aire desde la espuma.
— ¿Adónde vas? — preguntó, y su voz soñó como la de aquellos seres, tan espiritual que ninguna música terrena se le podía comparar.
— Con las hijas del aire — le respondieron las otras —, las sirenas no tienen un alma inmortal y nunca la tendrán, a menos que consigan el amor de un hombre. Su eterno destino depende de un poder extraño. Las hijas del aire tampoco tienen un alma inmortal pero pueden ganarse una con sus buenas obras. Volamos a los países calurosos donde el aire sofocante y pestilente mata a la gente, nosotras les soplamos frescura. Esparcimos el perfume de las flores en el aire; enviamos alivio y curación. Si hacemos el bien durante trescientos años, podemos obtener un alma inmortal y participar de la felicidad eterna que se concede a los hombres. Tú, pobre sirenita, has tendido a lo mismo que nosotras, con toda tu alma has sufrido y te has resignado; te has elevado al mundo de los espíritus del aire. Ahora podrás procurarte tú misma un alma inmortal con tus buenas obras durante trescientos años.
La sirenita levantó hacia Dios sus transparentes brazos y por primera vez sintió lágrimas. En el navío había nuevamente vida y bullicio, vio que el príncipe la buscaba junto con su linda novia, que escudriñaban apenados la burbujeante espuma, como si supieran que se había arrojado a las olas.
Invisible, besó la frente de la novia, le sonrió a él, y se elevó con las otras criaturas etéreas a una nube sonrosada que flotaba en el aire.
— Dentro de trescientos años nos remontaremos así, al reino de Dios.
— Podemos abreviar el tiempo — susurró una — si invisibles volamos por las casas de la gente donde hay niños. Si encontramos un niño bueno, que hace felices a sus padres y merece su cariño, Dios nos acorta el plazo de prueba. Los niños no saben cuándo volamos por sus cuartos, y si sonreímos de gozo se nos descuenta un año de los trescientos. Pero si vemos un niño malo debemos llorar de pena y cada lágrima que vertimos, nos agrega un día de plazo.
FIN
(*) El maelstrom es un gran remolino que se halla en las costas meridionales del archipiélago noruego de las islas Lofoten.
FICHA DE TRABAJO
Acre: Medida agraria de superficie del sistema anglosajón que equivale a 4 046 metros cuadrados
Afligido: Abatimiento y tristeza.
Alcurnia: Serie de antecesores de una persona o familia, especialmente si son ilustres.
Angosto: Que es poco ancho o tiene menos anchura que otras cosas del mismo tipo.
Anhelo: Deseo intenso o vehemente de una cosa.
Audaz: Que es capaz de emprender acciones poco comunes sin temer las dificultades o el riesgo que implican.
Bengala: Artificio luminoso que despide una luz muy viva y que se utiliza para hacer señales a distancia.
Borda: Canto superior del costado de una embarcación.
Centauro: Animal fabuloso mitad hombre y mitad caballo.
Ciénaga: Terreno pantanoso o que está lleno de cieno.
Cimbreante: Mover el cuerpo o una parte del cuerpo con garbo o gracia al caminar.
Coquetería: Intentar agradar y atraer a otra con medios estudiados y generalmente por mera vanidad.
Cúpula: Bóveda de curvatura uniforme que se erige sobre una base circular de sección semicircular, apuntada o bulbosa y cubre un edificio o parte de él.
Diadema: Corona que se usa como adorno o como símbolo de nobleza o dignidad.
Diáfano: Que deja pasar la luz a través de sí casi en su totalidad.
Embravecido: Hacer que una persona, un animal o una cosa se enfurezca o se vuelva violento
Emerger: Salir de dentro del agua o de otro líquido.
Entumecer: Hacer que una parte del cuerpo, por lo general un miembro, pierda momentáneamente la sensibilidad, la flexibilidad o el movimiento, lo que produce una sensación de hormigueo y torpeza de movimiento en esa parte del cuerpo.
Escorar: Hacer que una embarcación se incline de costado.
Escudriñar: Examinar algo con mucha atención, tratando de averiguar las interioridades o los detalles menos manifiestos.
Esquivar: Realizar un movimiento para evitar un golpe o para salvar un obstáculo.
Estilete: Puñal de hoja muy estrecha y aguda.
Etéreo: Que es intangible o poco definido y, a la vez, sutil o sublime.
Flamante: Que brilla o resplandece.
Grumete: Muchacho que en un barco ayuda a la tripulación en sus tareas para aprender el oficio de marinero.
Hamacar: Impulsar a una persona que está sentada o tendida en una hamaca.
Irse a pique: Hundirse un barco. Fracasar o frustrarse un proyecto o asunto.
Jarcia: Conjunto de los aparejos y cabos de una embarcación.
Linaje: Ascendencia ilustre de una persona.
Liviano: Que pesa poco.
Muselina: Tela muy fina y transparente, generalmente de seda, algodón o lana; se utiliza principalmente para drapeados, volantes, adornos o fulares.
Ojival: Figura formada por dos arcos de círculos iguales que se cortan en uno de los extremos formando punta.
Pavor: Miedo intenso.
Pólipo: Invertebrado marino que tiene forma de tubo cerrado por el extremo inferior y abierto por el otro en una boca rodeada de tentáculos.
Sahumerio: Sustancia que produce humo aromático.
Salva: Disparo al aire que se hace en señal de saludo u honor en las celebraciones.
Seno: Regazo de una persona.
Séquito: Grupo de personas que acompaña a un lugar a otra más importante, especialmente en una ceremonia o en un acto solemne.
Siniestro: Que está hecho con perversidad o mala intención.
Subyugar: Someter o dominar completamente a una persona o colectividad utilizando la persuasión.
Suplantar: Quitar a una persona su sitio de manera fraudulenta, ocupando su cargo o posición, o asumiendo sus funciones.
Tañido: Sonido que produce un instrumento musical de los que se tañen.
Tapiz: Labor textil, generalmente de gran tamaño, bordada o tejida con lana, seda u otras fibras de distintos colores, en la que se reproducen figuras o imágenes y que se cuelga en una pared como adorno; tradicionalmente son hechos a mano.
Témpano: Trozo de hielo plano y delgado que se forma en paredes y caminos.
Tersa: Que no tiene ninguna arruga.
Tililar: Dicho de un cuerpo luminoso: Centellear con ligero temblor.
Timonel: Persona que maneja el timón de una embarcación.
Trepidar: Temblar, vibrar o estremecerse con movimientos breves y rápidos.
Zambullir: Meter con ímpetu algo o a alguien dentro del agua u otro líquido.
ILUSTRACIONES
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