Heidi
Johanna Spyri
Johanna Spyri
Capítulo 19
Ilustración de Sonja Wimmer
Pedro fue a la escuela al otro día y llegó puntualmente, llevándose la comida de mediodía en el pequeño zurrón. Los niños de Dörfli iban a comer a casa, pero los que vivían demasiado lejos devoraban los bocadillos en los pupitres, con los pies apoyados en los bancos y luego hacían lo que querían hasta la una, hora en que se reanudaba la clase.
Al salir de la escuela, Pedro iba diariamente a casa del viejo de los Alpes para ver a Heidi; aquel día, ella le esperaba afanosamente y corrió hacia él en cuanto le vio aparecer en la puerta.
— He estado pensando en algo — le dijo, excitada.
— ¿En qué? — preguntó el chico.
— En que debes aprender a leer.
— Ya he aprendido.
— No me refiero a que conozcas las letras, sino a leer correctamente cualquier escrito.
— Eso no puede ser — replicó Pedro al punto.
— ¿Cómo que no? Eso ya no me lo creo ni se lo cree nadie. La abuela de Clara me dijo que era una tontería, y tenía razón.
Pedro se sintió desconcertado al ver que la señora de Frankfurt era sacada a colación.
— Yo te enseñaré —prosiguió Heidi—. Sé cómo hacerlo. Entonces podrás leerle un himno a la abuela cada día.
— Yo no — gruñó Pedro.
Esta negativa a colaborar en el plan en el que tanto interés había puesto enojó a Heidi. Sus ojos, negros relampaguearon amenazadoramente:
— Yo te diré lo que te pasará si no quieres aprender.
Tendrás que ir a Frankfurt, como dijo tu madre, y yo sé cómo son las escuelas allí. Clara me mostró el gran edificio un día que salimos de paseo. Y los chicos tienen que estar allí hasta que son mayores. Yo los he visto. Y no vayas a creerte que allí hay solamente un maestro bonachón como el que tenemos aquí Hay muchos profesores, todos vestidos de negro como si fueran a la iglesia, Y llevan sombreros así de altos — concluyó Heidi, midiendo la altura desde el suelo con la mano.
Pedro notó como si un viento muy frío le recorriera la espalda.
— Estarás allí con todos aquellos señores — continuó Heidi, ya embalada—, y cuando te toque el turno no sabrás leer ni siquiera decir el alfabeto como Dios manda. Entonces se burlarán de ti, y serás peor que Tinette, que ya es decir.
— Está bien, aprenderé — accedió Pedro a regañadientes.
Heidi fue otra vez toda sonrisas.
— Así me gusta. Empezaremos inmediatamente.
Tiró de él hacia la mesa, donde ya aguardaba un libro abierto. Tratábase de un abecedario rimado que había venido en el paquete enviado por Clara. A Heidi le gustaba mucho y lo creía ideal para enseñar a Pedro. Se sentaron juntos, con las cabezas agachadas sobre el libro, y la lección dio comienzo. Pedro tuvo que deletrear la primera rima una y otra vez, pues Heidi estaba dispuesta a que la aprendiera de corrido.
— Veo que aún no la captas bien — dijo ella al cabo de unos minutos—. Te la leeré yo; si sabes lo que quiere decir quizá la encuentres más fácil.
Si no te sabes él A B C
tendrás que ir delante del juez.
— Yo no iré — murmuró Pedro.
— ¿Adónde no irás?
— Delante del juez.
— Pues date prisa en aprender estas tres letras y así no tendrás que ir — le apremió Heidi.
Pedro las fue repitiendo hasta que la niña se dio por satisfecha, pero viendo ésta el efecto que le había causado la rima, pensó que no sería mala idea preparar el camino para las lecciones siguientes.
— Aguarda un momento —dijo— y te leeré el resto de las rimas para que sepas lo que te espera.
Si D E F no sabes decir
mala suerte te va a sobrevenir.
Si olvidas H J K
la desgracia te perseguirá.
Si la L y la M no dices con claridad
pagarás una multa, ésa es la verdad.
Muy mal lo pasarás tú
si no sabes decir N O P Q.
Si te atascas en R S T
te pondrán de cara a la pared.
Pedro escuchaba tan silenciosamente que Heidi se detuvo para mirarle y encontró sus ojos clavados en ella con temor, aturdido por toda aquella serie de amenazas. El tierno corazón de Heidi se dulcificó al ver su expresión y se apresuró a tranquilizarle.
— No te preocupes. Tú ven cada tarde, y si continúas como hoy, pronto conocerás todas las letras y entonces nada te ocurrirá. Pero debes asistir diariamente a la escuela y no hacer novillos. Aunque nieve, tú a la escuela.
Pedro prometió hacerlo así porque la descripción de Heidi sobre la escuela de Frankfurt había minado su resistencia. A partir de entonces siguió las instrucciones de Heidi en cuanto a la regularidad de la lecciones y pronto hizo progresos, aun cuando siempre le resultaba difícil aprenderse las rimas de memoria. El viejo de los Alpes solía sentarse en la habitación con ellos, fumando su pipa y escuchando las lecciones y divirtiéndose con la marcha de las mismas. Tras sus esfuerzos, Pedro era invitado a cenar y esto bien valía la pena el tormento que había soportado. Finalmente llegaron a la letra U, y Heidi leyó:
Si confundes la V con la U
te llevarán preso a Tombuctú.
A mí no me llevan ahí preso — gruñó Pedro, apresurándose a dominar ambas letras como si temiera que los guardias entraran de un momento a otro para detenerlo.
Heidi continuó leyendo:
Si en la W tropiezas
a recibir palos empiezas.
Pedro miró en torno suyo con gesto desdeñoso.
— ¿Y con qué me iban a dar los palos?
— ¿Cómo que con qué? — replicó Heidi— . ¿No sabes que el abuelo guarda en la alacena un garrote casi tan grueso como mi brazo? Cuando aprendas esta rima hazte cuenta de que ya lo tiene levantado sobre tus costillas.
Pedro conocía el garrote de avellano del viejo de los Alpes y se inclinó inmediatamente sobre el libro, dispuesto a aprenderse la W. La próxima rima decía:
Si la X has olvidado
hoy no probarás bocado
Pedro miró hacia la alacena donde estaban el pan y el queso y dijo, casi con aire ofendido:
— Yo nunca dije que fuera a olvidar la X.
— Bueno, entonces aprenderemos otra letra ahora y ya sólo nos quedará una para mañana.
A Pedro no le entusiasmaba la idea de aprender más aquel día, pero Heidi había empezado ya a leer:
Si la Y por los dientes se te cuela
hoy se reirán de ti todos en la escuela.
Pedro recordó a los caballeros de Frankfurt con sus altos sombreros negros y puso tanta atención en el estudio de la Y que a poco ya se la sabía con los ojos cerrados.
Cuando volvió al día siguiente lo hizo con aire altanero, sabiendo que ya sólo le quedaba una letra por aprender. Como de costumbre, Heidi leyó los dos versos en voz alta:
Con la Z no te derrotes
o irás con los hotentotes.
— Bah, nadie sabe dónde viven ésos —comentó el pastorcillo despectivamente.
— El abuelo sí que lo sabe — replicó Heidi al punto—.
E iré corriendo a preguntárselo. Ahora está en casa del sacerdote.
Se levantó, como si realmente fuera a cumplir su amenaza, pero Pedro la sujetó.
Ya le parecía estar viendo al viejo de los Alpes y al sacerdote viniendo junto y mandándole con los hotentotes si no se aprendía la Z. Heidi, entonces, se detuvo en seco.
— ¿Qué pasa? — preguntó.
— Pues nada — murmuró—. Que la aprenderé en seguida.
Pero Heidi había hecho ahora cuestión de amor propio saber dónde vivían los hotentotes y repitió que debía ir a preguntárselo a su abuelo. Sólo cuando vio que Pedro estaba realmente preocupado, abandonó su intento y regresó a la mesa. Con todo, se las hizo pasar moradas a Pedro obligándole a repetir la Z hasta que estuvo segura de que nunca más la olvidaría. Inmediatamente empezó a enseñarle a leer palabras enteras, lo que significaba un gran paso adelante.
Fue por entonces cuando comenzó a nevar otra vez y continuó nevando por espacio de varios días, lo que hizo que Heidi no pudiera visitar a la abuela. Durante casi tres semanas no pudo ir a verla, y esto aumentaba su ansiedad porque Pedro aprendiera y le leyese a la abuela en lugar de hacerlo ella. Así pues, una noche, a su regreso a Dörfli, Pedro dijo a su madre:
— Ya sé.
— ¿Qué es lo que sabes, Pedro? — preguntó ella.
— Leer.
— ¿De veras? ¿Has oído eso, abuela?
La abuela había oído, en efecto, y se preguntaba cómo tal cosa había llegado a ser posible.
— Ahora voy a leerte un himno — anunció el chico— Heidi me dijo que lo hiciera.
Su madre buscó el libro y la abuela se dispuso a escuchar. Pedro tomó asiento en la mesa y empezó a leer de verdad. Al final de cada verso, Brígida exclamaba:
— ¡Increíble, realmente increíble!
La abuela no decía nada, limitándose a escuchar atentamente.
Al día siguiente en la escuela, la clase de Pedro tuvo su lección de lectura como de costumbre; cuando le llegó el turno a él, el profesor dijo:
— Supongo que tú pasas otra vez, Pedro, ¿o tal vez quieres probar, no a leer, sino a deletrear un par de palabras?
Pedro tomó el libro y leyó tres líneas sin un solo error. El maestro le miró con asombro, y finalmente dijo:
— ¿Esto es un milagro o qué? He pasado horas, semanas, años, intentando enseñarte y nunca has sido capaz de decir el abecedario. Y ahora, cuando ya te daba como un caso perdido, de pronto te levantas y lees correctamente ¿Cómo ha ocurrido eso?
— Fue cosa de Heidi —respondió el chico.
El maestro miró a Heidi, quien se mantenía muy quieta en su asiento con expresión de inocencia.
— Bueno, de todas formas había notado últimamente una mejoría en ti, Pedro. Antes te pasabas semanas sin venir a la escuela y ahora no faltas ningún día. ¿A quién se le debe esto?
— Al viejo de los Alpes — fue la respuesta.
El profesor pareció más sorprendido aún.
— A ver, déjame oírte leer de nuevo — dijo.
Y Pedro leyó tres líneas más. No cabía duda. Pedro sabía leer.
Tan pronto terminó la escuela, el maestro fue a la rectoría para comunicarle la noticia al sacerdote, y ambos hablaron sobre la gran influencia que Heidi y su abuelo estaban ejerciendo en el pueblo.
Después de esto, cuando llegaba a su casa por las noches, Pedro leía un himno en voz alta... sólo uno. Ello significaba una constante maravilla para Brígida, quien a veces, cuando el chico se iba a la cama, decía a la abuela:
— Pedro ha aprendido a leer. ¡Cualquiera sabe ahora qué haría!
La abuela le contestó en una de las ocasiones:
— Sí, me alegro por él de que haya aprendido algo. Pero no estaré contenta hasta que llegue la primavera y Heidi pueda venir de nuevo. Los himnos ya no son los mismos cuando los lee Pedro; como tengo que adivinar las palabras que a veces se salta, ya no pongo atención.
La verdad era que Pedro procuraba facilitarse a sí mismo las cosas cuanto le era posible. Cuando llegaba a una palabra difícil se la saltaba, pensando que unas cuantas palabras menos entre tantas otras no representaría ninguna diferencia para la abuela. Por esto lo que leía carecía a veces de significado.
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