La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Purgatorio - Cantos del 21 al 25
Encuentro con Stacio
El
Me atormentaba la sed natural, que no se sacia nunca sino con aquella agua que pidió como gracia la joven samaritana; excitábame la prisa de seguir a mi jefe por el obstruido sendero, y me afligía el espectáculo del justo castigo. En esto, según refiere Lucas que se apareció Cristo a dos hombres en el camino, después de haber salido del sepulcro, así se nos apareció una sombra, que venía en pos de nosotros mirando a sus plantas las almas tendidas: aun no habíamos reparado en ella, cuando nos dirigió la palabra diciéndonos:
—Hermanos míos, la paz de Dios sea con vosotros.
Nos volvimos presurosamente, y Virgilio le hizo la demostración que convenía a aquel saludo. Después le dijo:
—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de verdad que me relega a un destierro perpetuo!
—¡Cómo!—exclamó el espíritu—; ¿pues por qué vais tan de prisa, si sois sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quién os ha guiado hasta aquí por su escala?
Mi Doctor contestó:
—Si miras las señales que lleva éste y trazas al Ángel, podrás ver que tiene el derecho de reinar con los buenos; pero como aquella que hila de noche y de día no había terminado aún la husada que le corresponde, y que Cloto prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede ver como nosotros. Por esta razón fui yo sacado de la vasta garganta del Infierno para enseñarle el camino, y se lo enseñaré hasta donde mi ciencia pueda guiarle. Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué dio antes el monte tales sacudidas, y por qué hasta en sus húmedos fundamentos parecían gritar a la vez todas las almas?
Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó como en una aguja con el ojo de mi deseo, de tal suerte, que bastó la esperanza para mitigar mi sed de saber.
Aquél empezó de esta manera:
—Nada sucede en la religiosa montaña, que esté fuera del orden o del uso establecido. Este sitio está libre de toda conmoción; y la que habéis sentido sólo puede proceder de aquello que el Cielo recibe digno de sí mismo, y no de otra causa. Porque no llueve, ni graniza, ni nieva, ni cae escarcha ni rocío más acá de la puerta de las tres pequeñas gradas. No aparecen nubes densas ni enrarecidas, ni se ven relámpagos, ni a la hija de Taumante, que allá abajo cambia con frecuencia de sitio. No hay seco vapor, que se eleve a mayor altura de la de aquellas tres gradas de que he hablado, donde tiene sus plantas el vicario de Pedro. Quizá temblará el monte poco o mucho más abajo de allí; pero por más viento que se esconda en la tierra, no sé en qué consiste que aquí no ha temblado nunca. Únicamente se estremece cuando algún alma, sintiéndose purificada, se levanta o se mueve para subir, acompañándola aquel cántico. La prueba de la purificación es la voluntad que excita al alma, libre ya, a mudar de sitio, ayudándole en su mismo deseo. No por eso deja de sentir antes de tiempo el anhelo ineficaz de subir al cielo, pero sin que tampoco la abandone el de satisfacer a la justicia divina, pues ésta le impone por el castigo el mismo afán que tuvo por el pecado. Yo, que he yacido en esta mansión de dolor más de quinientos años, no he tenido hasta este momento la libre voluntad de pasar a otra mejor: por eso has sentido el terremoto, y a los piadosos espíritus alabando por la montaña a aquel Señor, que los admitirá pronto en su seno.
Así habló; y como el hombre goza tanto más en beber, cuanta mayor sed tiene, no sabré decir el contento que me dio. Mi sabio Guía le dijo:
—Ahora veo la red en que estáis prendidos, y de qué manera os libráis de ella; la causa del temblor del monte y la de que os congratuléis. Hazme saber ahora, si lo tienes a bien, quién fuiste, y por qué has estado tendido durante tantos siglos: permíteme que lo deduzca de tus palabras.
—En aquel tiempo en que el buen Tito, con la ayuda del supremo Rey, vengó las heridas por donde salió la sangre que había vendido Judas—respondió aquel espíritu—, estaba yo allá abajo llevando el nombre que más dura y honra más, bastante famoso, pero todavía sin fe. Fue tan dulce mi canto, que, a pesar de ser tolosano, me atrajo a sí Roma, donde merecí que coronaran de mirto mis sienes. Aun me llama Estacio la gente que allí vive: canté a Tebas, y después al gran Aquiles; pero caí en el camino llevando mi segunda carga.
Encendieron mi ardor las chispas de la divina llama que han inflamado a más de mil. Hablo de la "Eneida," la cual fue mi madre y mi nodriza en poesía: nada escribí sin ella que tuviera el menor peso; y pasaría gustoso un año más en este destierro, con tal de haber vivido en el mundo cuando vivió Virgilio.
Estas palabras hicieron que Virgilio se volviera hacia mí, con un ademán, que tácitamente decía: "Cállate;" pero la voluntad no lo puede todo; porque la risa y el llanto siguen de tal modo a la pasión de que proceden, que en los hombres más sinceros se manifiestan sin querer: así es que yo me sonreí, como quien muestra estar en inteligencia con otro; por lo cual la sombra se calló, y me miró a los ojos, que es donde más se refleja el pensamiento.
—¡Ah! ¡Ojalá puedas llevar a buen término tu grande obra!—dijo—; más ¿por qué tu rostro me ha mostrado ahora ese relámpago de sonrisa?
Vime entonces apurado entre ambos: el uno me obligaba a callar, el otro me pedía que hablase; por lo cual suspiré, y fui comprendido.
—Puedes hablar sin temor—me dijo mi Maestro—; habla y dile lo que pregunta con tanto empeño.
Contesté, pues:
—Quizá te asombres, antiguo espíritu, de mi sonrisa; pero quiero causarte mayor admiración. Este, que guía mis ojos hacia arriba, es aquel Virgilio, de quien aprendiste a cantar en sublimes versos los actos de los hombres y de los dioses. Si creíste que mi sonrisa tenía otra causa, deséchala como errónea, que sólo procedía de las palabras que pronunciaste con respecto a él.
Estacio se inclinaba ya para abrazar las rodillas de mi Señor; pero éste le dijo:
—Hermano, no lo hagas; que tú eres sombra, y ves ante ti a otra sombra.
Y él, levantándose, contestó:
—Tú puedes comprender ahora la magnitud del amor que por ti me inflama, cuando olvido nuestra vanidad, tratando a una sombra como a un cuerpo sólido.
Stacio Salita
El
Ya el ángel se había quedado detrás de nosotros; el ángel que nos dirigió hacia el sexto círculo, después de haber borrado una de las manchas de mi frente; y nos había dicho que son bienaventurados los que cifran sus deseos en la justicia, pero su voz expresó esta sentencia con la palabra "sitiunt" sin pronunciar la otra. Yo andaba por allí más ligero que por las otras aberturas, de modo que sin ningún trabajo seguía hacia arriba a los veloces espíritus. Entonces Virgilio empezó a decir:
—El amor que nace de la virtud inflama siempre otros amores, con tal que su llama se dé a conocer. Desde la hora en que Juvenal bajó entre nosotros al Limbo del Infierno, y me manifestó tu afecto hacia mí, mi benevolencia para contigo fue la mayor que sentirse puede por una persona a quien no se ha visto nunca: así es que ahora me parecen cortas estas escaleras. Pero dime, y, como amigo, perdona si la demasiada confianza afloja el freno de mi lengua, en el concepto de que también deseo que como amigo me hables: ¿cómo pudo encontrar la avaricia un lugar en tu corazón, a pesar del recto sentido que con tu diligencia y estudio llegaste a poseer en tanto grado?
Estas palabras hicieron sonreír desde luego a Estacio; después respondió:
—Todo cuanto me digas es para mí una prueba de cariño. Muchas veces, en efecto, aparecen las cosas de manera, que dan motivo a falsas presunciones, porque las verdaderas causas están ocultas. Tú crees, según me prueba tu pregunta, que yo fui avaro en la otra vida, quizá por haberme visto en el círculo en que me encontraba. Sabe, pues, que la avaricia estuvo muy lejos de mí, y que mis excesos en contrario han sido castigados por millares de lunas.
Y si no hubiera sido porque me apliqué el oportuno remedio, cuando medité los versos en que exclamas, casi irritado contra la humana naturaleza: "¡Oh execrable hambre del oro!, ¿adónde no conduces al insaciable apetito de los mortales?," me vería dando vueltas por el círculo donde se lanzan pesos.
Entonces calculé que, por abrir demasiado las alas, podían llegar a gastarse mis manos, y me arrepentí tanto de aquél como de los otros males. ¡Cuántos resucitarán con los cabellos rapados, por la ignorancia en que están de que la prodigalidad sea un pecado, y que les impide arrepentirse, ya durante su vida, ya en el término de ella! Y sabe que la culpa diametralmente opuesta a cada pecado se expía aquí juntamente con el mismo pecado: así es que si he permanecido purificándome entre los que lloran su avaricia, ha sido precisamente por el vicio contrario.
El Cantor de las "Bucólicas" dijo entonces:
—Cuando cantaste las crueles contiendas de la doble tristeza de Yocasta, no creo, a juzgar por los acentos en que Clío te hizo prorrumpir, que te contase entre los suyos la Fe, sin la cual no basta obrar bien. Si así es, ¿qué sol o qué luz ha disipado tus tinieblas de tal modo, que te permitiera elevar tus velas hacia el Pescador?
Y el otro contestó:
—Tú me enviaste primero a beber en las grutas del Parnaso, y luego me iluminaste para que conociese al verdadero Dios. Hiciste como el que camina de noche llevando tras de sí una luz, que a él no le sirve, pero alumbra a las personas que le siguen, cuando dijiste: "El siglo se renueva, vuelve la justicia con los primeros tiempos del género humano, y una nueva progenie desciende del cielo." Por ti fui poeta, por ti cristiano; mas para que veas mejor lo que te pinto, extenderé las manos a fin de darle más colorido. Ya estaba el mundo lleno de la verdadera creencia, sembrada por los mensajeros del eterno reino, y tus palabras, antes citadas, concordaban con la doctrina de los nuevos apóstoles; por lo cual yo me acostumbré a visitarlos: después me parecieron rodeados de tal santidad, que cuando Domiciano los persiguió, corrieron mis lágrimas mezcladas con las suyas. Mientras viví, les socorrí; sus rectas costumbres me hicieron despreciar todas las otras sectas, y antes que, en mi poema, condujese a los griegos ante los ríos de Tebas, había recibido el bautismo; pero por miedo fui cristiano en secreto, y durante largo tiempo me mostré pagano. Esta timidez me ha hecho recorrer el cuarto círculo durante más de cuatro siglos. Y ahora, pues tenemos más tiempo del que necesitamos para subir por nuestro camino, dime tú, que has descorrido el velo que me ocultaba el soberano bien, dónde están nuestro antiguo Terencio, Cecilio, Plauto y Varrón, si es que lo sabes. Dime si están condenados y en qué círculo.
—Todos esos, y Persio, y yo, y otros muchos—respondió mi Guía—, estamos en el primer círculo de la ciega prisión con aquel Griego a quien lactaron las Musas más que a otro alguno: muchas veces hablamos del monte donde se encuentran siempre nuestras nodrizas. Allí están con nosotros Eurípides, Anacreonte, Simónides, Agatón, y otros muchos griegos que vieron ya sus frentes coronadas de laurel. De los que tú cantaste, se ve allí a Antígona, a Deifila, Argía e Ismene, tan triste como antes. Está también la que enseñó la Langía, la hija de Tiresias, y Tetis, y Deidamia con sus hermanas.
Los dos poetas habían guardado silencio, mirando de nuevo con atención en torno suyo, por haber terminado la escala y sus paredes: ya las cuatro esclavas del día habían quedado atrás, y la quinta estaba en el timón del carro solar, dirigiendo hacia arriba su luminosa punta, cuando mi Guía dijo:
—Creo conveniente que volvamos nuestro hombro derecho hacia la orilla del círculo, para dar la vuelta a la montaña, según acostumbramos hacer.
Esta costumbre fue nuestra guía, y emprendimos el camino sin titubear, una vez que a ello asintió la otra alma virtuosa. Ellos iban delante y yo detrás, solo, escuchando sus palabras, que me comunicaban la inteligencia de la poesía. Pero pronto interrumpió tan dulce coloquio la vista de un árbol, que encontramos en medio del camino, cargado de manzanas olorosas; y así como el abeto, elevándose hacia el cielo, va disminuyendo de rama en rama, aquél iba disminuyendo por su parte inferior, con objeto, según creo, de que nadie suba a él. Por el lado en que estaba cerrado nuestro camino, caía de la alta roca un agua cristalina, que se esparcía por las hojas superiores.
Los dos Poetas se acercaron al árbol, cuando exclamó una voz entre el follaje: "Os puede costar caro tocar este manjar." Después dijo: "María pensaba más en que las bodas fuesen honrosas y cumplidas, que en su boca que ahora intercede por vosotros. Las antiguas romanas se contentaron con el agua por toda bebida, y Daniel despreció los manjares y adquirió la ciencia. El primer siglo fue tan bello como el oro; el hambre hacía más sabrosas las bellotas, y la sed convertía en néctar cualquier arroyuelo. En miel y langostas consistió el alimento del Bautista en el Desierto: esto le da más gloria, y le hace tan grande como lo patentiza el Evangelio."
Golosos
El
Mientras tenía mi vista fija en el verde follaje, como suele hacer quien pierde el tiempo detrás de un pájaro, el que era para mí más que un padre, decía:
—Hijo mío, ven ahora, porque el tiempo que se nos concede debe emplearse más útilmente.
Volví el rostro con ligereza y con no menos mis pasos hacia los Sabios, los cuales hablaban tan bien, que escuchándolos no sentía en el andar cansancio alguno; cuando se oyó cantar llorando: "Labia mea, Dómine," de un modo que hizo nacer en mí placer y dolor.
—¡Oh dulce Padre!, ¿qué es lo que oigo?—empecé a decir.
Y él dijo:
—Son las sombras, que van quizá deshaciendo el nudo de sus deudas. Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no conocen, se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de nosotros, pero con paso más rápido, una turba de espíritus, callados y piadosos, que pasaban adelante mirándonos. Todos ellos tenían los ojos hundidos y apagados, la faz pálida, y tan demacrada, que a través de la piel se notaba la forma de los huesos. No creo que Erisictón se viese reducido a una piel tan seca cuando más tuvo que temer el hambre. Yo decía, pensando entre mí: "He aquí cómo debía estar la nación que perdió a Jerusalén, cuando María llegó a devorar a su propio hijo." Sus ojos parecían anillos sin piedras; los que en el rostro del hombre leen Homo, hubieran conocido allí con facilidad la M. ¿Quién creería, ignorando la causa, que el olor de una fruta y aquel salto de agua, excitando su deseo, pudiera reducirlos a tal extremo? Yo estaba asombrado al verles tan hambrientos, porque aun no conocía la causa de su demacración y de su triste aridez; cuando desde la profunda cavidad de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra, y me miró fijamente; después de lo cual exclamó en alta voz:
—¿Qué gracia es ésta que se me concede?
Nunca le hubiera conocido por su rostro; pero su voz me recordó todo lo que sus facciones habían absorbido en sí mismas; esta chispa encendió en mí el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocí el de Forese.
—¡Ah!—me dijo—; no fijes tu atención en esta lepra árida, que me decolora la piel, ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con respecto a ti, y dime quiénes son esas dos almas que te guían: no pararé hasta que me lo digas.
—Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mí nuevos deseos de llanto—le respondí viéndole tan desfigurado—; pero dime, por Dios, qué es lo que os demacra tanto; y no me hagas hablar de otra cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está poseído de otro deseo.
Me contestó:
—Desde el eterno tribunal desciende una virtud sobre el agua y la planta que hemos dejado más atrás; virtud que me extenúa de esta suerte. Todos esos que cantan llorando por haberse entregado desenfrenadamente al vicio de la gula, deben santificarse aquí por medio del hambre y de la sed. El olor que se exhala de la fruta y el agua que se extiende sobre ese follaje, excitan en nosotros el deseo de comer y beber, y más de una vez se repite nuestra pena mientras damos la vuelta a este círculo: he dicho pena, debiendo decir consuelo; porque el deseo que nos conduce hacia ese árbol es el mismo que condujo a Jesucristo a decir lleno de gozo: "Eli," cuando nos redimió con la sangre de sus venas.
—Forese—repliqué—, desde aquel día en que dejaste el mundo por mejor vida, no han transcurrido aún cinco años. Si la facultad de pecar concluyó en ti antes de que sobreviniera la hora del saludable dolor que nos reconcilia con Dios, ¿cómo es que has venido aquí arriba? Creía encontrarte abajo, donde el tiempo con el tiempo se repara.
Respondióme:
—Mi Nella es la que, con sus ruegos asiduos, me ha conducido a beber el dulce ajenjo del dolor. Con sus devotas oraciones y sus suspiros me ha sacado del lugar donde se espera, y me ha librado de los otros círculos. Mi viudita, a quien amé mucho, es tanto más querida y agradable a Dios, cuanto más sola es en obrar bien; pues la Barbagia de Cerdeña tiene mujeres mucho más púdicas que la Barbagia donde la he dejado. ¡Oh caro hermano!, ¿qué quieres que te diga? Ante mi vista se presenta un tiempo futuro, del que no dista mucho el presente, en el cual se prohibirá desde el púlpito a las descaradas florentinas ir enseñando los pechos, ¿Qué mujeres bárbaras ni sarracenas ha habido jamás, contra las que se debiera apelar a penas espirituales o a otras restricciones para obligarlas a ir cubiertas? Pero si las impúdicas estuvieran seguras de lo que el cielo les prepara pronto, tendría ya la boca abierta para aullar; porque si mi previsión no me engaña, serán entristecidas antes de que salga el bozo al niño que ahora se consuela con la "nana." ¡Ah, hermano!, no te me ocultes más: estás viendo que, no sólo yo, sino todas esas almas, miran el sitio donde interceptas la luz del Sol.
Entonces le dije:
—Si recuerdas lo que tú y yo fuimos, aun el mencionarlo ahora deberá serte doloroso. De aquella vida me sacó el otro día ese que va delante de mí, cuando se ostentaba redonda la hermana de aquel (y le designé el Sol). Ese sabio me ha guiado a través de la profunda noche por entre los verdaderos muertos, y con mi verdadera carne que le sigue. Su auxilio me ha sostenido hasta aquí en las cuestas y recodos del monte, que hace que seáis rectos vosotros a quienes tan torcidos hizo el mundo. Me ha dicho que me acompañaría hasta dejarme donde está Beatriz: allí es preciso que me quede sin él. Virgilio es ese que me habló así (y se lo indiqué con el dedo); el otro es aquella sombra por quien hubo hace poco tales sacudimientos en todos los ámbitos de vuestro monte, que de sí la despide.
Albero golosi
El
Ni la conversación detenía nuestra marcha, ni ésta a aquélla, sino que, a pesar de ir hablando, caminábamos de prisa, como la nave impelida por un viento favorable. Las sombras, que parecían cosas doblemente muertas, noticiosas de que yo estaba vivo, mostraban su admiración por las hondas cavidades de sus ojos. Continuando yo mi discurso, dije:
—Esa sombra, quizá por causa del otro, se dirige arriba más lentamente de lo que lo haría. Pero dime, si acaso lo sabes, dónde está Piccarda, y si entre esta gente que así me mira veo alguna persona digna de llamar mi atención.
—Mi hermana, que no sé lo que fue más, si hermosa o buena, ostenta ya su triunfal corona en el alto Olimpo.
Esto dijo primero, y luego añadió:
—Aquí no está prohibido nombrar a nadie, atendida la prontitud con que es alterado nuestro semblante por la dieta. Ese (y lo señaló con el dedo) es Buonaggiunta, Buonaggiunta el de Luca; y aquel de más allá, más apergaminado que los otros, tuvo en sus brazos la Santa Iglesia: fue natural de Tours, y ahora expía con el ayuno las anguilas del Bolsena y la garnacha.
Otros muchos me fue citando uno a uno, y todos parecían contentos de que se les nombrase; pues no reparé en ellos ningún gesto de desagrado. Vi mover las mandíbulas, mascando en vacío por efecto del hambre, a Ubaldino de la Pila, y a Bonifacio, que apacentó a muchos revestido con el roquete. Vi a meser Marchese, que habiendo tenido tiempo para beber en Forli con menos sed, fue tal que nunca se sintió saciado. Pero, como aquel que mira, y después simpatiza más con uno que con otro, así me pasó con el de Luca, que parecía querer decirme algo. Murmuraba entre dientes; y yo le oía no sé qué de Gentucca donde él sentía el castigo que tanto le devoraba.
—¡Oh alma, le dije, que tan deseosa pareces de hablar conmigo! Haz de modo que yo te entienda, y satisfácenos a los dos con tu conversación.
El empezó a decir:
—Existe una mujer que no lleva el velo todavía, la cual hará que te agrade mi ciudad, aunque alguno hable mal de ella. Tú irás allá con esta predicción, y si acaso no has entendido bien lo que murmuro, ya te lo pondrá en claro la realidad de los hechos. Pero dime: ¿no estoy viendo al que ha dado a luz las nuevas rimas, que comienzan así: "Donne, ch'avete intelleto d'Amore"
Le contesté:
—Yo soy uno que voy notando lo que Amor inspira, y luego lo expreso tal como él me dicta dentro del alma.
—¡Oh hermano!—exclamó.—Ahora veo el nudo que al Notario, a Guittone y a mí nos impidió llegar al dulce y nuevo estilo que oigo. Bien veo que vuestras plumas siguen fielmente al que les dicta, lo cual no han hecho en verdad las nuestras; y que quien se propone remontarse a mayor altura, no ve la diferencia del uno al otro estilo.
Dichas estas palabras, se calló como si estuviese satisfecho.
Así como las grullas que pasan el invierno a orillas del Nilo forman a veces una bandada en el aire, y luego vuelan rápidamente marchando en hilera, de igual suerte todas las almas que allí estaban, volviendo el rostro, aceleraron el paso, ligeras por su demacración y por su deseo: y al modo que un hombre cansado de correr deja ir delante a sus compañeros, y sigue lentamente hasta que cesa la agitación de su pecho, así Forese dejó pasar a la grey santa, y continuó conmigo su camino diciéndome:
—¿Cuándo te volveré a ver?
—No sé cuánto he de vivir—le respondí—; pero no será tan pronto mi regreso, que antes no llegue yo con el deseo a la orilla; porque el sitio donde fui colocado para vivir se despoja de día en día y cada vez más del bien, y parece destinado a una triste ruina.
—Vé, pues—repuso—; que ya estoy viendo al que tiene la mayor culpa de esa ruina, arrastrado a la cola de un animal hacia el valle donde nadie se excusa de sus faltas. El animal a cada paso va más rápido, aumentando siempre su celeridad, hasta que lo arroja, y abandona el cuerpo vilmente destrozado. Esas esferas no darán muchas vueltas (y dirigió sus ojos al cielo) sin que sea claro para ti lo que mis palabras no pueden ampliar más. Ahora te dejo; porque el tiempo es caro en este reino, y yo pierdo mucho caminando a tu lado.
Cual jinete que se adelanta al galope de entre el escuadrón que avanza, a fin de alcanzar el honor del primer choque, del mismo modo y con mayores pasos se apartó de nosotros aquel espíritu, y yo quedé en el camino con aquellos dos que fueron tan grandes generales del mundo. Cuando estuvo tan retirado de nosotros, que mis ojos no podían seguirle, así como tampoco podía mi mente alcanzar el sentido de sus palabras, observé no muy lejos las ramas frescas y cargadas de frutas de otro manzano, por haberme vuelto entonces hacia aquel lado. Y vi debajo de él muchas almas que alzaban las manos y gritaban no sé qué en dirección del follaje, como los niños que, codiciando impotentes alguna cosa, la piden sin que aquel a quien ruegan les responda, y antes al contrario, para excitar más sus deseos, tiene elevado y sin ocultar lo que causa su anhelo. Después se marcharon como desengañadas, y nosotros nos acercamos entonces al gran árbol, que rechaza tantos ruegos y tantas lágrimas.
"Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol, cuyo fruto fue mordido por Eva, y éste es un retoño de aquél." Así decía no sé quién entre las ramas; por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos adelante, estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva el monte.
"Acordaos, decía la voz, de los malditos formados en las nubes, que, repletos, combatieron a Teseo con sus dobles pechos. Acordaos de los hebreos, que mostraron al beber su molicie, por lo que Gedeón no los quiso por compañeros cuando descendió de las colinas cerca de Madián." De este modo, arrimados a una de las orillas, pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula, seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Después, entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adelantamos mil pasos y aun más, reflexionando cada cual y sin hablar.
"¿Qué vais pensando vosotros tres solos?", dijo de improviso una voz, que me hizo estremecer, como sucede a los animales tímidos y asustadizos.
Levanté la cabeza para ver quién fuese, y jamás se vieron en un horno vidrios o metales tan luminosos y rojos como lo estaba uno que decía: "Si queréis llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por aquí va el que quiere ir en paz." Su aspecto me había deslumbrado la vista; por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se guía por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de Mayo, mensajera del alba, impregnada con el aroma de las plantas y flores; y bien sentí moverse la pluma, que me hizo percibir el perfume de la ambrosía, oyendo decir: "Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia, que la inclinación a comer no enciende en sus corazones desmesurados deseos, y sólo tienen el hambre que es razonable."
Lujuriosos 1
El
Era la hora en que no debía demorarse nuestra subida, pues el sol había dejado el círculo meridional al Tauro, y la noche al Escorpión: por lo cual, así como el hombre a quien estimula el aguijón de la necesidad, no se detiene por nada que encuentre, sino que sigue su camino, de igual suerte entramos nosotros por la abertura del peñasco, uno delante de otro, tomando la escalera, que por su angostura obliga a separarse a los que la suben. Y como la joven cigüeña que extiende sus alas deseosa de volar, y no atreviéndose a abandonar el nido, las pliega nuevamente, lo mismo hacía yo llevado de un ardiente deseo de preguntar, que se inflamaba y se extinguía, hasta que llegué a hacer el ademán del que se prepara a hablar. A pesar de lo rápido de nuestra marcha, mi amado Padre no dejó de decirme:
—Dispara el arco de la palabra, que tienes tirante hasta el hierro.
Entonces abrí la boca con seguridad, y empecé a decir:
—¿Cómo es posible enflaquecer donde no hay necesidad de alimentarse?
—Si te acordaras de cómo se consumió Meleagre al consumirse un tizón— respondió—, no te sería ahora tan difícil comprender esto; y si considerases cómo, al moveros, se mueve vuestra imagen dentro del espejo, te parecería blando lo que te parece duro. Mas para que tu deseo quede satisfecho, aquí tienes a Estacio, a quien pido y suplico que sea el médico de tus heridas.
—Si estando tú presente, le descubro los arcanos de la eterna justicia— respondió Estacio—, sírvame de disculpa el no poder negarte nada.
Luego empezó diciendo:
—Hijo, si tu mente recibe y guarda mis palabras, ellas te darán luz sobre el punto de que hablas. La sangre más pura, que nunca es absorbida por las sedientas venas y que sobra, como el resto de los alimentos que se retiran de la mesa, adquiere en el corazón una virtud tan apta para formar todos los miembros humanos, como la que tiene para transformarse en ellos la que va por las venas. Todavía más depurada, desciende a un punto que es mejor callar que nombrar, de donde se destila después sobre la sangre de otro ser en vaso natural. Aquí se mezclan las dos, la una dispuesta a recibir la impresión, la otra a producirla por efecto de la perfección del lugar de que procede; y apenas están juntas, la sangre viril empieza desde luego a operar, coagulando primero, y vivificando en seguida lo que ha hecho unírsele como materia propia. Convertida la virtud activa en alma, como la de una planta, pero con la diferencia de que aquélla está en vías de formación, mientras que la otra ha llegado ya a su término, continúa obrando de tal modo, que luego se mueve y siente como la esponja marina, y en seguida emprende la organización de las potencias, de la cual es el germen. Hijo mío, la virtud que procede del corazón del padre, y desde la cual atiende la naturaleza a todos los miembros, ora se ensancha, y ora se prolonga; mas no ves todavía cómo el feto, de animal pasa a ser racional: este punto es tal, que uno más sabio que tú incurrió con su doctrina en el error de separar del alma el intelecto posible, porque no vio que éste tuviese ningún órgano especial adecuado a sus funciones. Abre tu corazón a la verdad que te presento, y sabe que, en cuanto está concluido el organismo del cerebro del feto, el Primer Motor se dirige placentero hacia aquella obra maestra de la naturaleza, y le infunde un nuevo espíritu, lleno de virtud, que atrae a su substancia lo que allí encuentra de activo, y se convierte en un alma sola, que vive, y siente, y se refleja sobre sí misma: a fin de que te causen menos admiración mis palabras, considera el calor del Sol, que se transforma en vino, uniéndose al humor que sale de la vid. Cuando Laquesis no tiene ya lino, el alma se separa del cuerpo, llevándose virtualmente consigo sus potencias divinas y humanas: todas las facultades sensitivas quedan como mudas; pero la memoria, el entendimiento y la voluntad son en su acción mucho más sutiles que antes. Sin detenerse, el alma llega maravillosamente por sí misma a una de las orillas, donde conoce el camino que le está reservado. En cuanto se encuentra circunscrita en él, la virtud informativa irradia en torno, del mismo modo que cuando vivía en sus miembros; y así como el aire, cuando el tiempo está lluvioso, se presenta adornado de distintos colores por los rayos del Sol que en él se reflejan, de igual suerte el aire de alrededor toma la forma que le imprime virtualmente el alma que está allí detenida; y semejante después a la llama que sigue en todos sus movimientos al fuego, la nueva forma va siguiendo al espíritu. Por fin, como el alma toma de esto su apariencia, se le llama sombra, y en esa forma organiza luego cada uno de sus sentidos, hasta el de la vista. En virtud de este cuerpo aéreo hablamos, reímos, derramamos lágrimas y suspiramos, como habrás podido observar por el monte. Según como los deseos y los demás afectos nos impresionan, la sombra toma diferentes figuras: tal es la causa de lo que te admira.
Habíamos llegado ya al círculo de la última tortura, y nos dirigíamos hacia la derecha, cuando llamó nuestra atención otro cuidado. Allí la ladera de la montaña lanza llamas con ímpetu hacia el exterior, y la orilla opuesta del camino da paso a un viento que, dirigiéndose hacia arriba, la rechaza y aleja de sí. Por esta razón nos era preciso caminar de uno en uno por el lado descubierto del camino, de modo que si, por una parte, me causaba temor el fuego, por otra temía despeñarme. Mi Jefe decía:
—En este sitio es preciso refrenar bien los ojos, porque muy poco bastaría para dar un mal paso.
Entonces oí cantar en el seno de aquel gran ardor: "Summæ Deus clementiæ"; lo cual excitó en mí un deseo no menos ardiente de volverme, y vi a varios espíritus andando por la llama: yo les miraba, pero fijando alternativamente la vista, ya en sus pasos, ya en los míos. Después de la última estrofa de aquel himno, gritaron en voz alta: "Virum non cognosco"; y en seguida volvieron a entonarlo en voz baja. Terminado el himno, gritaron aún: "Diana corrió al bosque, y arrojó de él a Hélice, que había gustado el veneno de Venus." Repetían su canto, y citaban después ejemplos de mujeres y maridos que fueron castos, como lo exigen la virtud y el matrimonio. Y de este modo, según creo, continuarán durante todo el tiempo que los abrase el fuego; pues con tal remedio y tales ejercicios ha de cicatrizarse la última llaga.
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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