La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Purgatorio - Cantos del 10 al 15
I superbi
El
Oh Padre nuestro, que estás en los cielos, aunque no circunscrito a ellos, sino por el mayor amor que arriba sientes hacia los primeros efectos! Alabados sean tu nombre y tu poder por las criaturas, así como se deben dar gracias a las dulces emanaciones de tu bondad. Venga a nos la paz de tu reino, a la que no podemos llegar por nosotros mismos, a pesar de toda nuestra inteligencia, si ella no se dirige hacia nosotros. Así como los ángeles te sacrifican su voluntad entonando Hosanna, deben sacrificarte la suya los hombres. Danos hoy el pan cuotidiano, sin el cual retrocede por este áspero desierto aquel que más se afana por avanzar. Y así como nosotros perdonamos a cada cual el mal que nos ha hecho padecer, perdónanos tú benigno, sin mirar a nuestros méritos. No pongas a prueba nuestra virtud, que tan fácilmente se abate, contra el antiguo adversario, sino líbranos de él, que la instiga de tantos modos. No hacemos, ¡oh Señor amado!, esta última súplica por nosotros, pues ya no tenemos necesidad de ella, sino por los que tras de nosotros quedan."
De esta suerte, pidiendo para ellas y para nosotros un feliz viaje, iban aquellas almas soportando su carga, semejante a la que a veces cree uno llevar cuando sueña. Desigualmente cargadas y desfallecidas caminaban alrededor del primer círculo, a fin de purificarse de las vanidades del mundo.
Si desde allí siempre se ruega por nosotros, ¿qué no podrán decir y hacer por ellas desde aquí los que a su voluntad reúnen la gracia divina? Es preciso ayudarles a lavarse las manchas que del mundo llevaron, para que puedan llegar, limpias y ágiles, hasta las estrelladas esferas.
—¡Ah! Que la justicia y la piedad os alivien pronto de vuestro peso, de modo que podáis desplegar las alas y elevaros según vuestro deseo: mostradnos por qué lado se va más pronto hacia la escala; y si hay más de un camino, enseñadnos cuál es el menos pendiente, pues este que viene conmigo es muy tardo en subir, a causa de la carne de Adán de que va revestido.
No pudimos averiguar de quién procedían las palabras que respondieron a éstas que había proferido aquel a quien yo seguía; pero contestaron:
—Venid con nosotros, a mano derecha, por la orilla, y encontraréis un sendero por donde puede subir una persona viva. Y si no me lo impidiera este peñasco, que doma mi soberbia cerviz, y me obliga a llevar la cabeza baja, miraría a ese que vive aún y no se nombra, para ver si le conozco, y para excitar su piedad por mi suplicio. Yo fui latino e hijo de un gran toscano: mi padre fue Guillermo Aldobrandeschi; no sé si habréis oído alguna vez su nombre. La antigua nobleza y las brillantes acciones de mis antepasados me hicieron tan arrogante, que no pensando en nuestra madre común, tuve tanto desprecio hacia los demás hombres, que este desprecio causó mi muerte, como saben los sieneses, y como sabe en Campagnatico todo el que habla.
Yo soy Umberto; y no es a mí solo a quien ha perjudicado el orgullo, sino que también ha acarreado la desgracia de todos mis parientes. Por mis pecados me veo en la precisión de soportar aquí este peso, hasta dejar a Dios satisfecho: ya que no lo hice entre los vivos, debo hacerlo entre los muertos.
Al oírle, bajé la cabeza; y uno de ellos, que no era el que hablaba, se volvió bajo el peso que lo agobiaba: me vio, conocióme, y me llamó, teniendo los ojos fijos con gran trabajo en mí, que caminaba inclinado junto a ellos.
—¡Oh!—le dije—; ¿no eres tú Oderisi, honor de Agobbio y de aquel arte que llaman de iluminar en París?
—Hermano—me dijo—: más agradan los dibujos que ilumina Francisco Bolognese: ahora todo el honor es suyo, si bien yo participo de él. No hubiera yo sido en vida tan generoso, a causa del gran deseo de sobresalir en mi arte que dominaba mi corazón. De tal soberbia aquí se paga la pena; y estoy aquí, gracias a que, cuando aún podía pecar, volví mi alma a Dios. ¡Oh vanagloria del ingenio humano! ¡Cuán poco dura tu lozano verdor, cuando no alcanza épocas de ignorancia! Creía Cimabue ser árbitro en el campo de la pintura, y ahora es Giotto al que se aclama, de modo que ha quedado obscurecida la fama de aquél: de igual suerte un Guido ha despojado a otro de la gloria de la lengua, y acaso ha nacido ya quien arroje a los dos de su nido. El rumor del mundo no es más que un soplo, que tan pronto viene de un lado, como de otro, y cambia de nombres por lo mismo que cambia de sitios. ¡Qué mayor fama será la tuya de aquí a mil años, separando de ti tu cuerpo envejecido, que si hubieses muerto antes de dejar el "pappo" y el "dindi"? Ese espacio de tiempo, comparado con la eternidad, es mucho más corto que un abrir y cerrar de ojos respecto al círculo que más lentamente se mueva en el cielo. En toda la Toscana resonó el nombre del que camina paso a paso delante de mí; y ahora apenas se le menciona en Siena, de donde era Señor cuando fue destruida la ira florentina, que en aquel tiempo era tan altanera, como prostituta es ahora. Vuestra fama es semejante al color de la hierba, que viene y va; y el que la decolora es el mismo que hace brotar sus tiernos tallos.
Le contesté:
—Tus verídicas palabras infunden en mi corazón una buena humildad, y abaten mi hinchazón; pero ¿quién es ese del cual hablabas ahora?
—Es—me respondió—Provenzano Salvani—; está aquí, porque tuvo la presunción de reunir en su mano todo el gobierno de Siena. Ha marchado y continúa marchando sin reposo desde que murió; pues en tal moneda paga quien allá se ha mostrado demasiado audaz.
Le repliqué:
—Si un espíritu que, para arrepentirse, aguarda llegar al límite de la vida, permanece en la parte inferior de la montaña, y a no ser que le ayude una ferviente oración, no sube a este sitio hasta haber transcurrido un espacio de tiempo igual al que vivió, ¿cómo es que se le ha permitido a ése venir aquí?
—Cuando vivía en medio de su mayor gloria—dijo—, se presentó en la plaza de Siena deponiendo toda vanidad, y allí, para librar a un amigo suyo del cautiverio que sufría en la prisión de Carlos, se portó de modo que temblaban todas sus venas. No te diré más: sé que te hablo en términos obscuros; pero no transcurrirá mucho tiempo sin que tus conciudadanos obren de modo que te permitirán penetrar el sentido de mis palabras. Esta acción le ha valido traspasar los límites del Purgatorio.
I superbi 2
El
Unidos, como bueyes bajo el yugo, íbamos aquella alma cargada y yo, mientras lo permitió mi amado pedagogo; pero cuando dijo: "Déjale, y sigue, que aquí conviene que cada cual dé cuanto impulso pueda a su barca con la vela y con los remos," erguí mi cuerpo como debe andar el hombre, por más que mis pensamientos continuaran siendo humildes y sencillos. Ya estaba yo en marcha, siguiendo gustoso los pasos de mi Maestro, y ambos hacíamos alarde de nuestra agilidad, cuando él me dijo:
—Mira hacia abajo; pues para que sea menos penoso el camino, te convendrá ver el suelo en que se asientan tus plantas.
Del modo que las sepulturas tienen esculpido en signos emblemáticos lo que fueron los muertos enterrados en ellas, para perpetuar su memoria, por lo cual muchas veces arranca lágrimas allí el aguijón del recuerdo, que sólo punza a las almas piadosas, de igual suerte, pero con más propiedad y perfecto artificio, vi yo cubierto de figuras todo el plano de aquella vía que avanza fuera del monte. Veía, por una parte, a aquel que fue creado más noble que las demás criaturas, cayendo desde el cielo como un rayo. Veía en otro lado a Briareo, herido por el dardo celestial, yaciendo en el suelo y oprimiéndolo con el peso de su helado cuerpo. Veía a Timbreo, a Palas y a Marte, armados aún y en derredor de su padre, contemplando los esparcidos miembros de los Gigantes. Veía a Nemrod al pie de su gran obra, mirando con ojos extraviados a los que fueron en Senaar soberbios como él. ¡Oh Níobe, con cuán desolados ojos te veía representada en el camino entre tus siete y siete hijos exánimes! ¡Oh Saúl, cómo te me aparecías allí, atravesado con tu propia espada y muerto en Gelboé, que desde entonces no volvió a recibir la lluvia ni el rocío! Con igual evidencia te veía, ¡oh loca Aracnea!, ya medio convertida en araña, y triste sobre los rotos pedazos de la obra que labraste por desgracia tuya. ¡Oh Roboam! Allí no estabas ya representado con aspecto amenazador, sino lleno de espanto y conducido en un carro, huyendo antes que otros te expulsasen de tu reino. Mostrábase además en aquel duro pavimento de qué modo Alcmeón hizo pagar caro a su madre el desastroso adorno; cómo los hijos de Sennaquerib se arrojaron sobre su padre dentro del templo, dejándole allí muerto; la destrucción y el cruel estrago que hizo Tamiris, cuando dijo a Ciro: "Tuviste sed de sangre; pues bien, yo te harto de ella;" y la derrota de los asirios, después de la muerte de Holofernes, y el destrozo de sus restos fugitivos. Veíase a Troya convertida en cenizas y en ruinas. ¡Oh Ilión!, ¡cuán abatida y despreciable te representaba la escultura que allí se distinguía! ¿Quién fue el maestro, cuyo pincel o buril trazó tales sombras y actitudes, que causarían admiración al más agudo ingenio? Allí los muertos parecían muertos, y los vivos realmente vivos. El que presenció los hechos no vio mejor que yo la verdad de cuanto fui pisando mientras anduve inclinado. Así, pues, hijos de Eva, ensoberbeceos; marchad con la mirada altiva, y no inclinéis el rostro de modo que podáis ver el mal sendero.
Habíamos dado ya una gran vuelta por el monte, y el Sol estaba mucho más adelantado en su camino de lo que nuestro absorto espíritu creyera, cuando aquel que siempre andaba cuidadoso, empezó a decir:
—Levanta la cabeza: no es tiempo de ir tan pensativo. He allí un ángel, que se prepara a venir hacia nosotros, y ve también que se retira del servicio del día la sexta esclava. Reviste de reverencia tu rostro y tu actitud, a fin de que le plazca conducirnos más arriba: piensa en que este día no volverá jamás a lucir.
Estaba yo tan acostumbrado por sus amonestaciones a no desperdiciar el tiempo, que su lenguaje, con respecto a este punto, no podía parecerme obscuro. La hermosa criatura venía en nuestra dirección, vestida de blanco, y centelleando su rostro como la estrella matutina. Abrió los brazos y después las alas, diciendo:
—Venid; cerca de aquí están las gradas, y puede subirse fácilmente por ellas.
¡Qué pocos acuden a esta invitación! ¡Oh raza humana, nacida para remontar el vuelo!, ¿por qué el menor soplo de viento te hace caer?
Nos condujo hacia donde la roca estaba cortada; y allí agitó sus alas sobre mi frente, permitiéndome luego seguir con seguridad mi camino. Así como, para subir al monte donde está la iglesia que, a mano derecha y más arriba del Rubaconte, domina a la bien gobernada ciudad, se modera la rápida pendiente por medio de las escaleras hechas en otro tiempo, cuando estaban seguros los registros y las marcas oficiales, así también aquí, de un modo semejante, se templa la aspereza de la escarpada cuesta que desciende casi a plomo desde el otro círculo; pero es preciso pasar rasando por ambos lados con las altas rocas. Mientras nos internábamos en aquella angostura, oímos voces que cantaban "Beati pauperes spiritu," de tal manera, que no podía expresarse con palabras. ¡Ah! ¡Cuán diferentes de los del Infierno son estos desfiladeros! Aquí se entra oyendo cánticos, y allá horribles lamentos.
Subíamos ya por la escalera santa, y me parecía ir más ligero por ella, que antes iba por el camino llano; lo que me obligó a exclamar:
—Maestro, dime: ¿de qué peso me han aliviado, pues ando sin sentir apenas cansancio alguno?
Respondióme:
—Cuando las P, que aún quedan en tu frente casi borradas, hayan desaparecido enteramente, como una de ellas, tus pies obedecerán tan sumisos a tu voluntad, que lejos de sentir el menor cansancio, tendrán un placer en moverse.
Al oír esto, hice como los que llevan algo en la cabeza y no lo saben, pero lo sospechan por los ademanes de otros; que procuran acertarlo con ayuda de la mano, la cual busca y encuentra, y desempeña el oficio que no es posible encomendar a la vista: extendiendo los dedos de la mano derecha, sólo encontré seis de las letras que el Ángel de las llaves había grabado en mi frente; y al ver lo que yo hacía, se sonrió mi Maestro.
Envidiosos
El
Habíamos llegado a lo alto de la escala, donde por segunda vez se adelgaza la montaña destinada a la purificación de los que suben por ella. También allí la ciñe en derredor un rellano como el primero, sólo que el arco de su circunferencia se repliega más pronto: en él no hay esculturas ni nada parecido, y así el ribazo interior, como el camino presentan al desnudo el color lívido de la piedra.
—Si esperamos aquí a alguien para preguntarle hacia qué lado hemos de seguir—decía el Poeta—, temo que tardaremos mucho en decidirnos.
Dirigió luego la vista fijamente hacia el Sol; afirmó en el pie derecho el centro de rotación, e hizo girar su costado izquierdo.
—¡Oh dulce luz, en quien confío al entrar por el nuevo camino! Condúcenos —decía—como conviene ser conducido por este lugar. Tú das calor al mundo, tú le iluminas: tus rayos, pues, deben servir siempre de guía, a menos que otra razón disponga lo contrario.
Ya habíamos recorrido en poco tiempo y merced a nuestra activa voluntad, un trayecto como el que acá se cuenta por una milla, cuando sentimos volar hacia nosotros, pero sin verlos, algunos espíritus que, hablando, invitaban cortésmente a tomar asiento en la mesa de amor. La primera voz que pasó volando decía distintamente: "Vinum non habent!" y se alejó, repitiéndolo por detrás de nosotros. Antes que dejara de percibirse enteramente a causa de la distancia, pasó otra gritando: "Yo soy Orestes;" y tampoco se detuvo.
—¡Oh Padre!—dije yo—; ¿qué voces son esas?
Y mientras esto preguntaba, oímos una tercera que decía: "Amad a los que os han hecho daño." El buen Maestro me contestó:
—En este círculo se castiga la culpa de la envidia; pero las cuerdas del azote son movidas por el amor. El freno de ese pecado debe producir diferente sonido; y creo que lo oirás, según me parece, antes de que llegues al paso del perdón. Pero fija bien tus miradas a través del aire, y verás algunas almas sentadas delante de nosotros, apoyándose todas a lo largo de la roca.
Entonces abrí los ojos más que antes; miré hacia delante, y vi sombras con mantos, cuyo color no era diferente del de la piedra. Y luego que hubimos avanzado algo más, oí exclamar: "¡María, ruega por nosotros!" "¡Miguel, y Pedro, y todos los santos, rogad!" No creo que hoy exista en la Tierra un hombre tan duro, que no se sintiese movido de compasión hacia lo que vi en seguida; pues cuando llegué junto a las almas, y pude observar sus actos claramente, brotó de mis ojos un gran dolor. Me parecían cubiertas de vil cilicio; cada cual sostenía a otra con la espalda, y todas lo estaban a su vez por la roca, como los ciegos, a quienes falta la subsistencia, se colocan en los Perdones, y solicitan el socorro de sus necesidades, apoyando cada uno su cabeza sobre la del otro, para excitar más pronto la compasión, no por medio de sus palabras, sino con su aspecto que no contrista menos. Y del mismo modo que el sol no llega hasta los ciegos, así también la luz del Cielo no quiere mostrarse a las sombras de que hablo; pues todas tienen sus párpados atravesados y cosidos por un alambre, como se hace con los gavilanes salvajes para domesticarlos.
Mientras iba andando, me parecía inferir una ofensa, viendo a otros sin ser visto de ellos; por lo cual me volví hacia mi prudente Consejero. Bien sabía él lo que quería significar mi silencio; así es que no esperó mi pregunta, sino que me dijo:
—Habla, y sé breve y sensato.
Virgilio caminaba a mi lado por aquella parte de la calzada desde donde se podía caer, pues no estaba resguardada por ningún pretil: hacia mi otro lado estaban las devotas sombras, las cuales lanzaban con tanta fuerza las lágrimas a través de su horrible costura, que bañaban con ellas sus mejillas. Me dirigí a ellas y les dije:
—¡Oh gente segura de ver la más alta luz del cielo, único fin a que aspira vuestro deseo! Así la gracia disipe pronto las impurezas de vuestra conciencia, de tal suerte que descienda por ella puro y claro el río de vuestra mente, decidme (que me será muy dulce y grato) si entre vosotras hay algún alma que sea latina, a quien quizá podrá serle útil que yo la conozca.
—¡Oh hermano mío!, todas nosotras somos ciudadanas de una verdadera ciudad; pero tú querrás decir si hay alguna que haya peregrinado en vida por Italia.
Estas palabras creí percibir en respuesta a las mías, algo más adelante del sitio en que me encontraba; por lo cual me hice oír de nuevo más allá. Entre las demás sombras vi una que parecía estar a la expectativa; y si alguien pregunta cómo podía insinuarse, le diré que levantando en alto la barba, como hacen los ciegos.
—Espíritu—le dije—, que te abates para subir, si eres aquel que me ha respondido, dame cuenta de tu país y de tu nombre.
—Yo fui sienesa—respondió—, y estoy aquí con estos otros purificando mi vida culpable, y suplicando con lágrimas a Aquél que debe concedérsenos.
No fui sabia, por más que me llamaran "Sapía," y me alegraron más los males ajenos que mis propias venturas. Y porque no creas que te engaño, oye si fui tan necia como te digo. Descendía ya por la pendiente de mis años, cuando mis conciudadanos se encontraron cerca de Colle a la vista de sus adversarios, y yo rogaba a Dios lo mismo que El quería. Fueron destrozados, y reducidos en aquel sitio al paso amargo de la fuga; y al ver aquella caza, tuve tal contento, que ningún otro puede igualársele. Mientras tanto elevaba al cielo mi atrevida faz gritando a Dios: "Ahora ya no te temo," como hizo el mirlo engañado en invierno por algunos días apacibles. Hacia el fin de mi vida quise reconciliarme con Dios; y aún no habría comenzado a pagar mi deuda por medio de la penitencia, si no fuera porque me tuvo presente en sus santas oraciones Pedro Pettinagno, que se apiadó de mí, movido de su caridad. Pero ¿quién eres tú, que vas informándote de esa suerte de nuestra condición, con los ojos libres, según creo, y que hablas respirando?
—También estarán mis ojos cosidos aquí—le dije—, pero por poco tiempo; pues el delito que cometí mirando con ellos envidiosamente ha sido pequeño.
Mucho más miedo infunde a mi alma el castigo de abajo; pues ya siento gravitar sobre mí el peso de que van cargados los que allí están.
Ella me preguntó:
—¿Quién te ha conducido, pues, aquí arriba entre nosotros, si crees volver abajo?
Contestéle:
—Ese que está conmigo y no pronuncia una palabra. Vivo estoy; por lo cual dime, espíritu elegido, si quieres que allá mueva en tu favor aún los pies mortales.
—¡Oh!, eso sí que es una cosa nunca oída—repuso—, y una gran señal de que Dios te ama: ruégote, por tanto, que me auxilies con tus oraciones; y te suplico por aquello que más desees, que si vuelves a pisar la tierra de Toscana, me pongas en buen lugar con mis parientes. Los verás entre aquella gente vana, que confía en Talamone; y esa esperanza, más descabellada que la de encontrar la Diana, los perderá; pero los almirantes perderán más aún.
Envidiosos
El
Quién es ese que gira en torno de nuestro monte, antes de que la muerte le haya hecho emprender su vuelo, y abre y cierra los ojos según su voluntad?
—Ignoro quién sea; pero sé que no va solo: pregúntale tú que estás más próximo a él, y acógele con dulzura, de modo que le hagas hablar.
Así razonaban a mi derecha dos espíritus, apoyado uno contra otro: después levantaron la cabeza para dirigirme la palabra, y dijo uno de ellos:
—¡Oh alma que, encerrada aún en tu cuerpo, te encaminas hacia el Cielo!
Consuélanos por caridad, y dinos de dónde vienes y quién eres; pues la gracia que de Dios has recibido nos causa el asombro que produce una cosa que no ha existido jamás.
Yo les contesté:
—Por en medio de la Toscana serpentea un riachuelo, que nace en Falterona, y al que no le bastan cien millas de curso: a orillas de este río he recibido mi persona: deciros quién soy yo, sería hablar en vano, porque mi nombre aún no es muy conocido.
—Si he penetrado bien tu entendimiento con el mío—me respondió el que me había preguntado—, hablas del Arno.
Y el otro le dijo:
—¿Por qué oculta el nombre de aquel río, como se hace con una cosa horrible?
Y la sombra a quien le preguntaban esto respondió como debía:
—No lo sé; pero es muy digno de desaparecer el nombre de tal valle; porque desde su origen (donde la alpestre cordillera de que está desprendido el Peloro es tan copiosa de aguas, que en pocos sitios lo será más) hasta el punto en que restituye lo que el cielo ha sacado del mar, a quien deben los ríos el caudal que va con ellos, todos sus pobladores, enemistados con la virtud, la persiguen como a una serpiente, ya sea por desventura del país, o ya por una mala costumbre que los arrastra; por lo cual tienen los habitantes de aquel mísero valle tan pervertida su naturaleza, que parece que Circe los haya apacentado. Aquel río lleva primero su débil curso por entre sucios puercos, más dignos de bellotas que de otro alimento condimentado para uso de los hombres. Llegando abajo, encuentra viles gozquecillos, más rabiosos de lo que permite su fuerza, y a quienes tuerce con desdén el hocico. Va descendiendo, y cuanto más acrecienta su caudal, tanto más encuentra los perros convertidos en lobos la maldecida y desdichada fosa: bajando luego por entre profundas gargantas, tropieza con las engañosas zorras, que no temen lazo que pueda cogerlas. No he de dejar de decirlo, aunque haya quien me oiga; y le convendrá a ése, con tal que se acuerde de lo que un espíritu de verdad me revela. Veo a tu sobrino, que se convierte en cazador cruel de aquellos lobos sobre la orilla del feroz río, y a todos los atemoriza. Vende por dinero su carne, aun estando viva: después los mata como si fuesen bueyes viejos, y quita a muchos la vida y a sí mismo el honor. Ensangrentado sale de la triste selva, dejándola de tal modo, que de aquí a mil años no volverá a su estado primitivo.
Como al anuncio de futuros males se turba el rostro del que lo escucha, venga de donde quiera el peligro que le amenace, así vi yo turbarse y entristecerse a la otra alma, que estaba vuelta escuchando, apenas hubo recapacitado aquellas palabras. El lenguaje de la una y el rostro de la otra excitaban en mí el deseo de saber sus nombres: híceles entre ruegos esta pregunta; por lo cual, el espíritu que antes me había hablado repuso:
—Quieres que yo condescienda en hacer por ti lo que tú no quieres hacer por mí; pero pues Dios permite que se trasluzca tanto su gracia en ti, no dejaré de satisfacer tus deseos. Sabe, pues, que yo soy Guido del Duca: de tal modo abrasó la envidia mi sangre, que cuando veía un hombre feliz, hubieras podido contemplar la lividez de mi rostro. Por eso ahora siego la mies de mi simiente.
—¡Oh raza humana!, ¿por qué pones tu corazón en lo que requiere una posesión exclusiva? Este es Rinieri, honra y prez de la casa de Calboli, la cual no ha tenido después ningún heredero de sus virtudes. Y no es sólo su descendencia la que, entre el Po y los montes, el mar y el Reno, se encuentra hoy despojada de los bienes que entrañan la verdad y subliman el ánimo; pues dentro de esos límites todo el terreno está cubierto de plantas venenosas, de tal modo que tarde podrá volvérsele a meter en cultivo. ¿Dónde está el buen Licio y Enrique Manardi, Pedro Traversaro y Guido de Carpigna? ¡Oh, romañoles, raza bastardeada! ¿Cuándo nacerá en Bolonia un nuevo Fabbro? ¿Cuándo en Faenza echará raíces otro Bernardino de Fosco, hermoso tronco salido de una insignificante semilla? No te asombres, Toscano, si ves que lloro al recordar a Guido de Prata, y a Ugolino de Azzo, que vivió entre nosotros; a Federico Tignoso y a todos los suyos; a la familia Traversara y los Anastagi, casas ambas que están hoy desheredadas de la virtud de sus mayores: no te asombre mi duelo al recordar las damas y los caballeros, los afanes y agasajos que inspiraban amor y cortesía, allí donde han llegado a ser tan depravados los corazones. ¡Oh Brettinoro! ¿por qué no desapareciste cuando tu antigua familia y muchos de tus habitantes huyeron por no ser culpables? Bien hace Bagnacaval en no reproducirse; y por el contrario, hace mal Castrocaro y peor Conio, que se empeña en procrear tales condes. Los Pagani se portarán bien cuando huya el Demonio; pero no tanto que consigan dejar de sí un recuerdo puro. ¡Oh Ugolino de Fantoli!, tu nombre está bien seguro; pues no es de esperar que haya quien, degenerando, pueda obscurecerlo. Pero déjame, ¡oh Toscano!; que ahora me son más gratas las lágrimas que las palabras: tanto es lo que me ha oprimido la mente nuestra conversación.
Sabíamos que aquellas almas queridas nos oían andar; y pues que callaban, debíamos estar seguros del camino que seguíamos. Luego que andando nos encontramos solos, llegó directamente a nosotros una voz, que hendió el aire como un rayo, diciendo: "El que me encuentre debe darme la muerte;" y huyó como el trueno que se aleja, cuando de pronto se desgarra la nube. Apenas cesamos de oírla, percibimos otra, la cual retumbó con gran estrépito, semejante al trueno que sigue inmediatamente al relámpago: "Yo soy Aglauro, que me convertí en piedra." Entonces, para unirme más al Poeta, di un paso hacia atrás y no hacia adelante. Ya se había calmado el aire por todas partes, cuando él me dijo:
—Aquel fue el duro freno que debería contener al hombre en sus límites; pero mordéis tan fácilmente el cebo, que os atrae con su anzuelo el antiguo adversario, sirviendoos de poco el freno o el reclamo. El cielo os llama y gira en torno vuestro mostrándoos sus eternas bellezas, y sin embargo, vuestras miradas se dirigen hacia la Tierra; por lo cual os castiga Aquél que lo ve todo.
Santo Estefano
El
Caminando ya el Sol hacia la noche, parecía quedarle por recorrer tanto espacio como el que media entre el principio del día y el punto donde aquel señala el término de la hora de tercia en la esfera, que, cual niño inquieto, se mueve continuamente: allí era ya la tarde, y aquí media noche. Los rayos solares nos herían de lleno en el rostro, porque habíamos dado tal vuelta en derredor de la montaña, que íbamos directamente hacia el Ocaso; cuando sentí que el resplandor deslumbraba mis ojos mucho más que antes; y siéndome desconocida la causa, me quedé estupefacto: levanté las manos, y me formé con ellas una sombrilla encima de las cejas, que es el preservativo contra el exceso de luz. Como cuando en el agua o en un espejo rebota el rayo luminoso, elevándose al lado opuesto de idéntica manera que desciende, y desviándose por ambas partes a igual distancia de la caída de la piedra, según demuestran la experiencia y el arte, así me pareció ser herido por una luz que delante de mí se reflejaba; por lo cual aparté de ella presurosamente los ojos.
—¿Qué es aquello, amado Padre, de que no puedo, por más que haga, resguardar mi vista—dije—, y que parece venir hacia nosotros?
—No te asombres si la familia del Cielo te deslumbra todavía—me respondió —: es un mensajero que viene a invitar a un hombre a que suba. En breve, no sólo podrás contemplar estas cosas sin molestia, sino que te serán tanto más deleitables, cuanto más dispuesta se halle tu naturaleza a sentirlas.
Luego que llegamos cerca del Angel bendito, con agradable voz nos dijo: "Entrad por aquí a una escalera, que es menos empinada que las otras."
Subíamos ya, dejando en pos de nosotros aquel círculo, cuando oímos cantar a nuestra espalda: "Beati misericordes" y "Regocíjate tú que vences." Mi maestro y yo ascendíamos solos, y yo pensaba entretanto sacar provecho de sus palabras; por lo que, dirigiéndome a él, le pregunté:
—¿Qué quiso decir el espíritu de la Romanía al hablar de lo que requiere una posesión exclusiva?
Respondióme:
—Ahora conoce el daño que causa su principal pecado: así, pues, no debes admirarte si le condena, a fin de que haya menos que llorar por él; porque si vuestros deseos se cifran en bienes que puedan disminuirse dando a otros participación en ellos, la envidia excita vuestros pulmones a suspirar; pero si el amor de la suprema esfera dirigiese hacia el Cielo vuestros deseos, no abrigaríais tal temor en vuestro corazón; pues cuanto más se dice allí "lo nuestro," tanto mayor es el bien que posee cada cual, y mayor caridad arde en aquel recinto.
—Menos contento estoy que si me hubiese callado—dije—; y ahora ofuscan más dudas mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuido entre muchos haga más ricos a sus poseedores, que poseyéndolo unos pocos?
A lo que me contestó:
—Por fijar siempre tu pensamiento en las cosas terrenales deduces obscuridad y error de las claras verdades que te demuestro. Aquel bien infinito e inefable que está arriba, se lanza hacia el amor, como un rayo de luz a un cuerpo fúlgido, comunicándose tanto más cuanto mayor es el ardor que encuentra; de modo que la eterna virtud crece sobre la caridad a medida que ésta se aumenta; por lo cual, cuanto mayor número de almas se dirigen a él, tanto más amor hay allá arriba, y más allí se ama, reflejándose este amor de una a otra alma como la luz entre dos espejos. Si no te satisfacen mis razones, ya verás a Beatriz, y ella acallará por completo ese deseo y cualquier otro que tengas. Avanza, pues, para que pronto desaparezcan, como ya han desaparecido dos, esas cinco señales, que sólo se borran por medio de lágrimas.
Cuando iba a decir: "Me has dejado satisfecho," observé que habíamos llegado al otro círculo; por lo cual, ocupado en pasear por él mis anhelantes miradas, guardé silencio. Allí me pareció que era súbitamente arrebatado en éxtasis, y que veía un templo con muchas personas, y una mujer a la entrada exclamando, en la dulce actitud de una madre: "Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu Padre y yo te buscábamos angustiados." Cuando se calló, desapareció lo que antes se me había aparecido. Después se ofreció a mi vista otra, por cuyas mejillas se deslizaba aquel agua que destila el dolor, cuando procede de un gran despecho contra otro; ésta decía: "Si eres señor de la ciudad cuyo nombre originó tanta contienda entre los dioses, y en la que toda ciencia destella, véngate de los atrevidos brazos que abrazaron a nuestra hija, ¡oh Pisístrato!" Y este señor bondadoso y clemente le respondía con rostro sereno: "¿Qué haremos con el que nos quiere mal, si condenamos al que nos ama?" Después vi a varios hombres abrasados por la ira, matando a pedradas a un joven, y diciéndose a grandes gritos unos a otros:
"¡Martirízale, martirízale!" Y le contemplaba encorvado hacia el suelo bajo el peso de la muerte que ya le derribaba; pero haciendo de sus ojos puertas para llegar al cielo, y rogando al Señor en medio de tal martirio y con aquel aspecto que excita a la piedad, que perdonase a sus perseguidores. Cuando mi alma volvió de fuera a las cosas que fuera de ella son verdaderas, reconocí mis errores que, sin embargo, no eran falsos. Mi Guía, que me veía hacer lo que un hombre que sale de un sueño, me dijo:
—¿Qué tienes, que no puedes sostenerte? Has andado más de media legua con los ojos cerrados y con paso vacilante, como el que está dominado por el vino o por el sueño.
—¡Oh amado Padre mío!—dije yo—; si me prestas atención, te diré lo que se me ha aparecido cuando mis piernas vacilaban.
Y él a su vez:
—Aunque tuvieras cien máscaras que ocultaran tu rostro, adivinaría yo hasta tus menores pensamientos. Lo que has visto te ha sido revelado para que no te excuses de abrir el corazón al agua de la paz, que mana de la fuente eterna.
Te he preguntado "¿qué tienes?," no porque me dijeras lo que hace el que tiene los ojos entornados cuando se ha apoderado algún sopor de su cuerpo, sino para que tus pies recobrasen fuerzas: es preciso estimular así a los perezosos, demasiado lentos en emplear el tiempo de sus vigilias, cuando, una vez despiertos, recobran el imperio de su voluntad.
Seguíamos nuestro camino, cuando ya obscurecía, mirando atentamente lo más allá que podían nuestros ojos por entre los luminosos rayos vespertinos, cuando vimos adelantarse poco a poco hacia nosotros una humareda obscura como la noche, sin que hubiese por allí un sitio donde guarecerse de ella, y que nos privó del uso de la vista y del aire puro.
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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