La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Purgatorio - Cantos del 6 al 10
Incontro sordello
El
Cuando, acabado el juego de la zara, se desparten los jugadores, el que pierde se queda triste, pensando en las jugadas, y aprendiendo entonces con sentimiento el modo de que debió haberse valido para ganar: con el ganancioso se van los circunstantes; y uno por delante, otro por detrás y otro por el lado procuran hacerse presentes al afortunado; éste no se detiene aunque los escucha a todos, hasta que tiende a uno su mano, que por ello deja de atosigarle, librándose así de los empujones de la multitud. Así estaba yo en medio de aquella compacta muchedumbre de almas, volviendo a uno y otro lado el rostro, hasta que, merced a mis promesas, pude desprenderme de ellas. Allí estaban el Aretino que recibió la muerte de los brazos crueles de Ghin di Tacco, y el otro que se ahogó al darle caza sus enemigos. Allí oraba, con los brazos extendidos, Federico Novello, y aquel de Pisa, que dio ocasión de demostrar la grandeza de su alma al buen Marzucco. Vi al conde Orso, y a aquella alma separada de su cuerpo por hastío y por envidia, como ella misma decía, y no por sus culpas; a Pedro de la Broccia, digo: y bien es menester que provea en ello la princesa de Brabante, mientras esté por acá, si no quiere verse colocada entre peores compañeros.
Cuando me vi libre de todas aquellas sombras, que rogaban para que otros rogasen por ellas, a fin de abreviar el tiempo de su purificación, empecé a decir:
—Parece que me niegas expresamente en algún texto, ¡oh luz que desvaneces mis dudas!, que la oración aplaca los decretos del cielo; y sin embargo, esta gente ruega para conseguirlo. ¿Será, pues, vana su esperanza? ¿O es que no he comprendido bien el sentido de tus palabras?
A lo que me contestó:
—Lo que escribí es muy claro, y la esperanza de ésos no se verá fallida, si se examina con recto sentido. No se menoscaba el alto juicio divino, porque el fuego amoroso de la caridad cumpla en un instante lo que deben satisfacer los que aquí están relegados; y allí, donde senté tal máxima, la oración no tenía la virtud de borrar las faltas, porque el objeto de aquélla estaba alejado de Dios.
No te detenga, sin embargo, tan profunda duda, hasta que te la desvanezca aquélla que ha de iluminar tu entendimiento, mostrándole la verdad. No sé si me entiendes: hablo de Beatriz, a quien verás risueña y feliz sobre la cumbre de este monte.
Yo repuse:
—Mi buen Guía, caminemos más de prisa: pues ya no me canso tanto como antes, y la montaña proyecta su sombra hacia este lado.
—Avanzaremos hoy tanto como podamos—me respondió—; pero el camino es muy diferente de lo que te figuras. Antes que lleguemos arriba, verás volver a aquel que ahora se oculta tras de la cuesta, y cuyos rayos no quiebras en este momento. Pero ve allí un alma que, inmóvil y completamente sola, dirige hacia nosotros sus miradas: ella nos enseñará el camino más corto.
Llegamos junto a ella. ¡Oh alma lombarda, cuán altanera y desdeñosa estabas, y cuán noble y grave era el movimiento de tus ojos! Ella no nos decía nada; pero dejaba que nos aproximásemos, mirando únicamente como el león cuando reposa. Virgilio se le acercó, rogándole que nos enseñase la subida más fácil; pero ella, sin contestar a su pregunta, quiso informarse acerca de nuestro país y de nuestra vida; y al empezar mi Guía a decir. "Mantua...," la sombra, que antes estaba como concentrada en sí misma, corrió hacia él desde el sitio en que se encontraba, diciendo: "¡Oh, mantuano!, yo soy Sordello, de tu tierra." Y se abrazaron mutuamente.
¡Ah Italia esclava, albergue de dolor, nave sin timonel en medio de una gran tempestad, no ya señora de provincias, sino de burdeles! Al dulce nombre de su país natal, aquel alma gentil se apresuró a festejar a su conciudadano; al paso que tus vivos no saben estar sin guerra, y se destrozan entre sí aquellos a quienes guarda una misma muralla y un mismo foso. Busca, desgraciada, en derredor de tus costas, y después contempla en tu seno si alguna parte de ti misma goza de paz. ¿Qué vale que Justiniano te enfrenara, si la silla está vacía? Tu vergüenza sería menor sin ese mismo freno. ¡Ah, gentes que debierais ser devotas, y dejar al César en su trono, si comprendierais bien lo que Dios ha prescrito! Mirad cuán arisca se ha vuelto esa Italia, por no haber sido castigada a tiempo con las espuelas, desde que os apoderasteis de sus riendas. ¡Oh alemán Alberto, que la abandonas, al verla tan indómita y salvaje, cuando debiste oprimir sus ijares! Caiga sobre tu sangre el justo castigo del Cielo, y sea éste tan nuevo y evidente, que sirva también de temeroso escarmiento a tu sucesor, ya que tú y tu padre, alejados de aquí por ambición, habéis tolerado que quede desierto el jardín del imperio. Hombre indolente, ven a ver a los Montecchi y a los Cappelletti, a los Monaldi y Filippeschi, aquéllos ya tristes, y éstos poseídos de amargos recelos. Ven, cruel, ven; y mira la opresión de tus nobles, y remedia sus males, y verás cuán segura está Santaflora. Ven a ver a tu Roma, que llora, viuda y sola, exclamando día y noche: "¡César mío! ¿Por qué no estás en mi compañía?"
Ven y contempla cuán grande es el mutuo amor de la gente; y si nada te mueve a compasión de nosotros, ven a avergonzarte de tu fama. Y, séame lícito preguntarte, ¡oh sumo Jove, que fuiste crucificado por nosotros en la tierra! ¿Están vueltos hacia otra parte tus justos ojos? ¿O es que nos vas preparando de ese modo, en lo profundo de tus pensamientos, para recibir algún gran bien que no puede prever nuestra inteligencia? Porque la tierra de Italia está llena de tiranos; y el hombre más ruin, al ingresar en un partido, se convierte en un Marcelo.
Florencia mía, bien puedes estar satisfecha de esta digresión, que no habla contigo, merced a tu pueblo que tanto se ingenia. Hay muchos que tienen la justicia en el corazón, pero son tardíos en aplicarla, porque temen disparar el arco imprudentemente; mas tu pueblo la tiene en la punta de sus labios.
Muchos rehúsan los cargos públicos; pero tu pueblo responde solícito, sin que le llamen, y grita: "Yo los acepto." Alégrate, pues, que motivo tienes para ello. Eres rica, disfrutas tranquilidad, tienes prudencia. Si digo la verdad, claramente lo demuestran los hechos. Atenas y Lacedemonia, que hicieron las antiguas leyes y fueron tan civilizadas, dieron un débil ejemplo de vivir bien, comparadas contigo; pues dictas tan sutiles decretos, que los que expides en Octubre no llegan a mediados de Noviembre. ¿Cuántas veces, en el tiempo a que alcanza la memoria, has cambiado de leyes, de monedas, de oficios y de costumbres, y renovado tus habitantes? Y si quieres recordarlo y ver la luz, conocerás que eres semejante a aquella enferma, que no encuentra posición que le cuadre sobre la pluma, y procura hacer más llevadero su dolor dando continuas vueltas.
La valletta dei principi atto 1
El
Después de haber cambiado entre sí tres o cuatro veces corteses y halagüeños saludos, Sordello se hizo un poco atrás, y dijo:
—¿Quiénes sois?
—Mis huesos fueron sepultados por mandato de Octavio, antes que se hubiesen dirigido hacia esta montaña las almas dignas de subir hasta Dios. Yo soy Virgilio, que perdí el cielo por no tener fe, y no por otra culpa.
Así respondió mi Guía. Como el que de improviso ve una cosa que le asombra, y a la que no sabe si dar o no crédito, diciendo: "es, no es," así se quedó aquél: después bajó los ojos, se adelantó humildemente hacia él, y le abrazó en el sitio del cuerpo donde alcanza el pequeño.
—¡Oh gloria de los latinos—dijo—, por quién nuestra lengua demostró cuánto podía! ¡Honor eterno del lugar donde nací! ¿Qué mérito o qué gracia permite que yo te vea? Si es que soy digno de oír tus palabras, dime si vienes del Infierno, y de qué recinto.
—He llegado hasta aquí pasando por todos los círculos del reino del llanto— respondióle—; la virtud del cielo me guía, y con ella vengo. No por lo que he hecho, sino por lo que no he hecho, he perdido la facultad de contemplar el alto Sol que tú deseas, y que conocí demasiado tarde. Allá abajo hay un lugar triste, no por los martirios, sino por las tinieblas, donde en vez de lamentos como gritos, sólo resuenan suspiros. Allí estoy yo con los inocentes párvulos, mordidos por los dientes de la muerte antes de que fueran lavados del pecado original. Allí estoy yo con aquellos que no se cubrieron con las tres virtudes santas, aunque, exentos de vicios, conocieron y observaron las demás. Pero danos algún indicio, si es que puedes y sabes, a fin de que lleguemos más pronto al sitio donde tiene verdadero principio el Purgatorio.
Sordello respondió:
—Aquí no tenemos designado un punto fijo, y a mí me es lícito subir andando alrededor por la montaña: te serviré de guía por todos los parajes hasta dónde puedo llegar. Pero advierte que ya declina el día; y no siendo posible ir arriba de noche, convendrá que pensemos en buscar un buen abrigo. Algo lejos de aquí, a la derecha, hay algunas almas: si quieres, te conduciré adonde están, seguro de que te agradará conocerlas.
—¿Cómo es eso?—le contestó—. Quien quisiera subir de noche, ¿se vería detenido por alguien? ¿O es acaso que no podría subir?
El buen Sordello pasó su dedo por el suelo, diciendo:
—¿Ves esta sola línea? Pues no la atravesarás después de haberse ocultado el Sol; no por otra causa, sino porque te lo impedirán las tinieblas nocturnas; las cuales, con la impotencia que originan, contrarrestan la voluntad. Con ellas, podríase muy bien volver abajo y recorrer la cuesta vagando en torno, mientras el día esté bajo el horizonte.
Entonces mi Señor, como asombrado, repuso:
—Condúcenos adonde dices que puede ser agradable permanecer.
Nos habíamos alejado un poco de allí, cuando eché de ver que el monte estaba hendido como los valles que hay en nuestro hemisferio.
—Iremos—dijo aquella sombra—allá donde la cuesta forma una cavidad, y esperaremos en ella el nuevo día.
Un sendero tortuoso, entre pendiente y llano, nos condujo a un lado de aquella cavidad, en donde las orillas que la circundan descienden más de la mitad de su altura. El oro y la plata fina, la púrpura, el albayalde, el añil azul y brillante, y las esmeraldas recientemente talladas en el momento en que se desprenden sus trozos, serían vencidos en brillantez por las hierbas y las flores de aquella cavidad, como lo menor es vencido por lo mayor. La naturaleza no había ostentado solamente allí sus adornos, sino que con la suavidad de mil aromas había formado un olor indistinto y desconocido para nosotros. Allí vi sentadas sobre la verdura y entre las flores algunas almas, que desde fuera no podían distinguirse, por ocultarlas las laderas del valle, las cuales estaban cantando el "Salve Regina." El Mantuano, que nos había conducido por el tortuoso sendero, nos dijo:
—No pretendáis que os guíe hasta donde están ésos, antes de que se oculte el poco Sol que queda. Desde esta altura veréis las acciones y los rostros de todos, mejor que si estuvierais entre ellos en el mismo valle. Aquel que está sentado en el puesto más alto, que en su actitud parece haberse descuidado de hacer lo que debía, y cuya boca no se mueve para cantar con los demás, fue el emperador Rodolfo, que pudo curar las heridas que han dado muerte a Italia, de tal modo, que tarde le vendrá de otro el remedio. El que con su presencia conforta al primero, gobernó la tierra donde nace el agua que el Moltava conduce al Elba, y el Elba al mar. Llamóse Ottokar, y ya en la infancia fue mucho mejor príncipe que su hijo Wenceslao cuando barbado, a quien enervaron el ocio y la lujuria. Y aquel romo, que parece consultar con tanta intimidad al otro de benigno aspecto, murió huyendo y marchitando la flor de lis: mirad cómo se golpea el pecho; y ved cómo el otro, suspirando, apoya su mejilla en la palma de la mano. Padre y suegro son del mal de Francia: saben que su vida es grosera y viciosa, y de ahí proviene el dolor que les aflige.
Aquel que parece tan corpulento, y que canta acorde con el narigudo, llevó ceñida la cuerda de toda virtud; y si después de él hubiera reinado más tiempo el jovencito que a su espalda se sienta, bien habría pasado el valor de padre a hijo; lo cual no se puede decir de sus otros herederos Jaime y Fadrique conservan los reinos; pero ninguno de ellos posee la mejor herencia.
Raras veces renace por las ramas la humana probidad; pues así lo quiere Aquél que nos la da, para que se la pidamos. No menos se dirigen mis palabras al narigudo, que al otro, a Pedro, que canta con él; pues de su descendencia se lamentan ya la Pulla y la Provenza. La planta es inferior a su semilla tanto, cuanto más que Beatriz y Margarita se gloria Constanza aún de su marido. Ved ahí al rey de sencilla vida, sentado aparte y solo, a Enrique de Inglaterra: éste ha producido mejores vástagos. Aquel que está en el suelo más abajo que los otros, mirando hacia arriba, es el marqués Guillermo, por quien Alejandría y sus guerreros hacen llorar hoy al Monferrato y al Canavés.
La valletta dei principi atto 2
El
Era ya la hora en que se enternece el corazón de los navegantes, y renace su deseo de abrazar a los caros amigos, de quienes el mismo día se han despedido, y en que el novel viajero se compunge de amor, si oye a lo lejos alguna campana, que parezca plañir al moribundo día; cuando dejé de oír, y comencé a mirar a una de aquellas almas, que, puesta en pie, hacía señas con la mano en ademán de que las otras la escuchasen. Unió y levantó ambas palmas, dirigiendo sus ojos hacia Oriente, como si dijese a Dios: "Sólo en ti pienso;" y salió de su boca tan devotamente y con tan dulces notas el "Te lucis ante," que el placer me hizo salir fuera de mí. Aguza bien aquí la vista, ¡oh lector!, para descubrir la verdad; porque el velo es ahora tan sutil, que te será en efecto sumamente fácil atravesarlo.
Vi luego a aquel ejército gentil, pálido y humilde, que en silencio contempla el cielo, como esperando algo; y vi salir de las alturas y descender al valle dos ángeles con dos espadas flamígeras, truncadas y privadas de sus puntas.
Verdes como las tiernas hojas que acaban de brotar eran sus vestiduras, y agitadas por las plumas de sus alas, verdes también, flotaban por detrás a merced del viento. El uno se posó algo más arriba de donde estábamos; el otro descendió hacia el lado opuesto; de suerte que las almas quedaron entre ellos. Se distinguía perfectamente su blonda cabellera; pero al querer mirar sus facciones, se ofuscaba la vista, como se ofusca toda facultad, por la excesiva fuerza de las impresiones.
—Ambos vienen del seno de María—dijo Sordello—para guardar el valle contra la serpiente, que acudirá a él en breve.
Y yo, que no sabía por qué sitio había de venir, miré en torno mío, y helado de terror, me arrimé cuanto pude a las fieles espaldas. Sordello continuó:
—Ahora descendamos hacia donde están esas grandes sombras, y hablaremos con ellas: les será muy grato veros.
Sólo había descendido tres pasos, según creo, cuando ya me encontré abajo, y vi uno que me miraba como si hubiera querido conocerme. El aire iba ya obscureciéndose, pero no tanto que entre sus ojos y los míos no permitiese ver lo que antes por la distancia se ocultaba. Vino hacia mí, y yo me adelanté hacia él. ¡Noble juez! ¡Oh, Nino! ¡Con cuánto placer vi que no estabas entre los condenados! No hubo amistoso saludo que no nos dirigiésemos; después me preguntó:
—¿Cuánto tiempo hace que has llegado al pie de este monte a través de las lejanas aguas?
—¡Ah!—le dije—; esta mañana he llegado pasando por tristes lugares, y estoy aún en la primera vida; aunque al hacer este viaje, voy preparándome para la otra.
Apenas oyeron mi respuesta, cuando Sordello y él retrocedieron como hombres poseídos de un repentino espanto. El primero se volvió hacia Virgilio, y el otro hacia uno que estaba sentado, gritando: "Ven, Conrado, ven a ver lo que Dios por su gracia permite." Después, dirigiéndose a mí, exclamó:
—Por la singular gratitud que debes a Aquél que oculta de tal modo su primitivo origen, que no es posible penetrarlo, cuando estés más allá de las anchurosas aguas, di a mi Juana, que pida por mí allí donde se oyen los ruegos de los inocentes. No creo que su madre me ame ya, pues ha dejado las blancas tocas, que la desventurada echará de menos algún día. Por ella se comprende fácilmente cuánto dura en una mujer el fuego del amor, si la vista o el íntimo trato no lo alimenta. La víbora que campea en las armas del Milanés no le proporcionará tan hermosa sepultura como se la hubiera dado el gallo de Gallura.
Así decía, y en todo su aspecto se veía impreso el sello de aquel recto celo que arde con mesura en el corazón. Entretanto, mis ojos se dirigían ávidos hacia la parte del cielo donde es más lento el curso de las estrellas, como sucede en los puntos de una rueda más próximos al eje. Mi Guía me preguntó:
—Hijo mío, ¿qué miras allá arriba?
Y yo le contesté:
—Aquellas tres antorchas, en cuya luz arde todo el polo hacia esta parte.
Y él repuso:
—Las cuatro estrellas brillantes que viste esta mañana, han descendido por aquel lado, y éstas han subido donde estaban aquéllas.
Mientras él hablaba, Sordello se le acercó, diciendo: "He ahí a nuestro adversario;" y extendio el dedo para que mirásemos hacia el sitio que indicaba. En la parte donde queda indefenso el pequeño valle, había una serpiente, que quizá era la que dio a Eva el amargo manjar. Se adelantaba el maligno reptil por entre la hierba y las flores, volviendo de vez en cuando la cabeza, y lamiéndose el lomo como un animal que se alisa la piel. No puedo decir cómo se movieron los azores celestiales, pues no me fue posible distinguirlo; pero sí vi a entreambos en movimiento. Sintiendo que sus verdes alas hendían el aire, huyó la serpiente, y los ángeles se volvieron a su puesto con vuelo igual. La sombra que se acercó al juez, cuando éste la llamó, no dejó un momento de mirarme durante todo aquel asalto.
—Que la antorcha que te conduce hacia arriba encuentre en tu voluntad tanta cera cuanta se necesita para llegar al sumo esmalte—empezó a decir—; si sabes alguna noticia positiva del Val di Magra o de su tierra circunvecina, dímela, pues yo era señor en aquel país: fui llamado Conrado Malaspina, no el antiguo, sino descendiente suyo, y tuve para con los míos un amor que aquí se purifica.
—¡Oh!—le contesté—; no estuve nunca en vuestro país; pero ¿a qué parte de Europa no habrá llegado su fama? La gloria que honra vuestra casa da tal renombre a sus señores y a la comarca entera, que tiene noticia de ella aun aquel que no la ha visitado. Y os juro, así pueda llegar a lo alto de este monte, que vuestra honrosa estirpe no pierde la prez que le han conquistado su bolsa y su espada. Sus buenas costumbres y excelente carácter la colocan en tan privilegiado puesto, que aunque el perverso jefe aparte al mundo del verdadero camino, ella va por el recto sendero despreciando el torcido.
El replicó:
—Ve, pues; que antes de que el Sol entre siete veces en el espacio que Aries con sus cuatro patas cubre y abarca, esa opinión cortés te será clavada en medio de la cabeza con clavos mayores que lo pueden ser las palabras de otro, si no se cambia el curso de lo dispuesto por la Providencia.
La puerta del purgatorio
El
La concubina del viejo Titón, desprendida de los brazos de su dulce amigo, alboreaba ya en los linderos orientales, reluciendo su frente de rica pedrería colocada en la forma del frío animal que sacude a la gente con la cola; y ya por el lugar donde nos hallábamos había dado la Noche dos de los pasos con que asciende, y el tercero inclinaba hacia abajo su vuelo, cuando yo, que tenía conmigo la flaqueza de Adán, vencido del sueño, me tendí en la hierba sobre que estábamos sentados los cinco.
A la hora del amanecer, cuando la golondrina empieza sus tristes endechas, quizá en memoria de sus primeros ayes, y cuando nuestro espíritu, más libre de los lazos de la carne y menos asediado de pensamientos, es casi divino en sus visiones, parecióme ver entre sueños un águila con plumas de oro suspendida del cielo, con las alas abiertas y preparada a bajar, y creía estar allí donde Ganimedes abandonó a los suyos, cuando fue arrebatado a la celestial asamblea. Yo pensaba entre mí: "Quizá esta águila tenga la costumbre de cazar aquí solamente, y puede ser que en otro sitio se desdeñe de levantar en alto la presa con sus garras." Después me pareció que, dando algunas vueltas, bajaba terrible como un rayo, y me arrebataba hasta la esfera del fuego, donde parecía que ardiésemos los dos; y de tal modo me quemaba aquel incendio imaginario, que se interrumpió súbitamente mi sueño. No de otra suerte se sobresaltó Aquiles revolviendo en torno suyo sus ojos desvelados y sin saber donde se encontraba, cuando su madre, robándolo a Quirón, le transportó dormido en sus brazos a la isla de Scyros, de donde le sacaron después los griegos, como me sobresalté yo, apenas huyó el sueño de mi rostro; y me puse pálido como el hombre a quien hiela el espanto. A mi lado estaba únicamente mi Protector; el Sol había salido hacía ya más de dos horas, y yo me hallaba con la cara vuelta hacia el mar.
—No temas—dijo mi Señor—; tranquilízate, que estamos en buen lugar. Da rienda suelta a tu vigor, lejos de reprimirlo, pues has llegado ya junto al Purgatorio; mira allí el muro que le cerca en derredor; y mira la entrada en aquel sitio donde parece estar roto. Durante el alba que precede al día, cuando tu alma dormía dentro del cuerpo sobre las flores que allá abajo adornan el suelo, vino una dama y dijo: "Yo soy Lucía: déjame coger a ese que duerme, y haré que recorra más ágilmente su camino." Sordello se quedó con las otras nobles sombras; ella te cogió, y cuando fue de día, se vino hacia arriba y yo seguí sus huellas: aquí te dejó, habiéndome antes designado con sus bellos ojos aquella entrada abierta; y después, ella y tu sueño desaparecieron al mismo tiempo.
Me quedé como el hombre que ve sus dudas convertidas en certidumbre, y cuyo miedo se trueca en fortaleza, cuando le han descubierto la verdad; y viéndome tranquilo mi Guía, empezó a subir por la calzada, y yo seguí tras él hacia lo alto.
Lector: bien ves cómo ensalzo el objeto de mis cantos: no te admire, pues, si procuro sostenerlo cada vez con más arte. Nos aproximamos hasta llegar al sitio que antes me había parecido ser una rotura, semejante a la brecha que divide un muro; y vi una puerta a la cual se subía por tres gradas de diferentes colores, y un portero que aún no había proferido ninguna palabra. Y como yo abriese cada vez más los ojos, le vi sentado sobre la grada superior, con tan luminoso rostro, que no podía fijar en él mi vista. Tenía en la mano una espada desnuda, que reflejaba sus rayos hacia nosotros de tal modo, que en vano intentó fijar en ella mis miradas.
—Decidme desde ahí: ¿qué queréis?—empezó a decir.—¿Dónde está el que os acompaña? Cuidad que vuestra llegada no os sea funesta.
—Una dama del Cielo, enterada de estas cosas—le respondió mi Maestro—, nos ha dicho hace poco: "Id allí: aquella es la puerta."
—Ella guía felizmente vuestros pasos—replicó el cortés portero—. Llegad, pues, y subid nuestras gradas.
Nos adelantamos: el primer escalón era de mármol blanco, tan bruñido y terso, que me reflejé en él tal como soy: el segundo, más obscuro que el color turquí, era de una piedra calcinada y áspera, resquebrajada a lo largo y de través: el tercero, que gravita sobre los demás, me parecía de un pórfido tan rojo como la sangre que brota de las venas. Sobre este último tenía ambas plantas el Ángel de Dios, el cual estaba sentado en el umbral, que me pareció formado de diamante. Mi Guía me condujo de buen grado por los tres escalones, diciendo:
—Pide humildemente que se abra la cerradura.
Me postré devotamente a los pies santos: le pedí por misericordia que abriese, pero antes me di tres golpes en el pecho. Con la punta de su espada me trazó siete veces en la frente la letra P, y dijo:
—Procura lavar estas manchas cuando estés dentro.
En seguida sacó de debajo de sus vestiduras, que eran del color de la ceniza o de la tierra seca, dos llaves, una de las cuales era de oro y la otra de plata: primero con la blanca, y luego con la amarilla, hizo en la puerta lo que yo deseaba.
—Cuando una de estas llaves falsea, y no gira con regularidad por la cerradura—nos dijo—, esta entrada no se abre. Una de ellas es más preciosa; pero la otra requiere más arte e inteligencia antes de abrir, porque es la que mueve el resorte. Pedro me las dio, previniéndome que más bien me equivocara en abrir la puerta, que en tenerla cerrada, siempre que los pecadores se prosternen a mis pies.
Después empujó la puerta hacia el sagrado recinto, diciendo:
—Entrad; mas debo advertiros que quien mira hacia atrás vuelve a salir.
Entonces giraron en sus quicios los espigones de la sacra puerta, que son de metal, macizos y sonoros; y no produjo tanto fragor, ni se mostró tan resistente la de la roca Tarpeya, cuando fue arrojado de ésta el buen Metelo, por el cual quedó luego vacía. Yo me volví atento al primer ruido, y me pareció oír voces que cantaban al son de dulces acordes: "Te Deum laudamus." Tal impresión hizo en mí aquello que oía, como la que ordinariamente se recibe cuando se oye el canto acompañado del órgano, que tan pronto se perciben como dejan de percibirse las palabras.
Estatua purganti
El
Cuando hubimos traspasado el umbral de la puerta que se abre pocas veces, porque la mala inclinación de las pasiones lo impide, haciendo aparecer recta la vía tortuosa, conocí por el ruido que acababa de cerrarse; y si yo hubiese vuelto mis ojos hacia ella, ¿qué excusa hubiera sido digna de tal falta?
Subíamos por la hendedura de una roca, la cual ondulaba tortuosamente, semejante a la ola que va y viene.
—Aquí—dijo mi Guía—, es preciso que tengamos alguna precaución, acercándonos, ya por un lado, o por otro, a las ondulaciones de esta hendedura.
Y este cuidado hizo tan lentos nuestros pasos, que la Luna llegó a su lecho para acurrucarse, antes que nosotros saliésemos de aquel angosto camino.
Mas cuando estuvimos arriba, libres y al descubierto, en el paraje donde se interna el monte, nos encontramos, yo fatigado, y ambos inciertos de la dirección que debíamos seguir, en un rellano más solitario que sendero a través del desierto. Desde el borde exterior hasta el pie del alto tajo que se alza en la parte interior, aquel rellano sólo tendría de anchura tres veces un cuerpo humano; y hasta donde mis ojos alcanzaban, tanto por la izquierda como por la derecha, parecíame siempre igual esta especie de cornisa. Aún no habíamos dado un paso por aquella vía, cuando observé que el tajo interior y escueto, por el cual no se podía subir, era de mármol blanco, y adornado de tan preciosas entalladuras, que no ya Policleto, sino la Naturaleza en presencia de ellas habría sido superada y vencida. El ángel que bajó a la Tierra con el decreto de la paz por tantos años suspirada, y abrió las puertas del cielo después de su prolongada clausura, se ofreció a nuestra vista con tanta verdad, y en tan dulce actitud esculpido, que no parecía una figura silenciosa. Hubiérase jurado que hablaba diciendo: "Ave;" porque también estaba allí representada la que dio vuelta a la llave para abrir al Amor supremo. En su actitud se veían impresas estas palabras: "Ecce ancilla Dei," tan propiamente como aparece una figura sellada en la cera.
—No fijes tu atención en un solo punto—me dijo el querido Maestro—, que me tenía cerca de sí en el lado que los hombres tienen el corazón.
Volví el rostro, y hacia la parte donde se encontraba el que movía mis pasos, vi después de María otra historia esculpida en la roca; y para examinarla mejor, pasé al otro lado de Virgilio, y me aproximé a ella. Estaban tallados en el mismo mármol el carro y los bueyes conduciendo el Arca santa, por la cual es temible desempeñar un cargo que Dios no ha confiado. Delante de ella veíase alguna gente, dividida en siete coros, que a dos de mis sentidos hacía decir: a uno, "sí canta," y a otro, "no canta." En igual discordancia ponía a mi vista y a mi olfato el humo del incienso que estaba allí representado. El humilde Salmista, danzando y saltando, precedía al vaso bendito; y en aquella ocasión era más y menos que rey. Desde lo alto de un gran palacio que había enfrente, Micol lo contemplaba como mujer despechada y mohina. Moví mis pies más allá del sitio en que me encontraba, para examinar de cerca otra historia que resaltaba después de Micol. Allí estaba escrita en piedra la alta gloria del príncipe romano, cuya insigne virtud movió a Gregorio para alcanzar su gran victoria: hablo del emperador Trajano. Asida al freno de su caballo se veía a una viuda, penetrada de dolor y deshecha en lágrimas: en torno suyo aparecía una considerable multitud de caballeros, sobre cuyas cabezas se movían al viento las águilas de oro. La desventurada, metida entre todos ellos, parecía decir: "Señor, véngame de la muerte de mi hijo, que me ha traspasado el corazón;" y él responderle: "Espérate a que yo vuelva;" y ella replicar, como persona a quien impacienta su mismo dolor: "Señor mío, ¿y si no vuelves?" Y él: "Quien ocupe mi lugar te vengará." Y ella: "¿Qué te importa el bien que pueda hacer otro, si te olvidas del que puedes hacer tú?"
Y él por último: "Tranquilízate; preciso es que cumpla con mi deber antes de ponerme en marcha: la justicia lo quiere, y la piedad me detiene." Aquel que no vio jamás cosa nueva produjo este hablar visible, nuevo para nosotros, porque no se encuentra en la Tierra nada parecido. Mientras yo me deleitaba contemplando aquellas imágenes de tanta humildad, más que por su belleza, gratas a la vista, por ser quien era su Artífice, el poeta murmuraba:
—Mira cuántas almas se dirigen hacia acá con paso lento: ellas nos conducirán a las gradas superiores.
Mis ojos atentos a mirar para ver las novedades de que se mostraban tan ávidos, no fueron tardos en volverse hacia él. No quiero, ¡oh lector!, que te apartes de tus buenas disposiciones, oyendo cómo Dios quiere que se paguen las deudas. No presten atención a la forma de estas penas, sino a lo que en pos de ellas vendrá: piensa que, en el último y peor resultado, no pueden prolongarse más allá de la gran sentencia. Yo empecé a decir:
—Maestro, lo que veo dirigirse hacia nosotros no me parecen personas, ni sé lo que es; pues se desvanece a mi vista.
Me contestó:
—La abrumadora condición de sus tormentos les hace inclinarse de tal modo hacia el suelo, que aun mis ojos dudaron al principio; pero mira allí fijamente, descubre con tu vista lo que viene debajo de aquellas peñas, y podrás juzgar cuál es el tormento de cada uno de ellos.
¡Oh cristianos soberbios, miserables y débiles, que enfermos de la vista del entendimiento, os fiáis en vuestros pasos retrógrados! ¿No observáis que somos gusanos nacidos para formar la angelical mariposa, que dirige su vuelo sin impedimento hacia la justicia de Dios? ¿Por qué se engríe soberbio vuestro ánimo, cuando sólo sois defectuosos insectos, como crisálidas que no llegan a desarrollarse? Así como, para sostener un piso o un techo, se ve a veces por ménsula una figura cuyas rodillas se doblan hasta el pecho, la cual, con ser fingido su esfuerzo, produce verdadera aflicción en quien la mira, del mismo modo vi yo a aquellas almas cuando las examiné con cuidado. Es cierto que estaban más o menos contraídas, según era mayor o menor el peso que soportaban; pero aun la que más paciente y aliviada se mostraba en sus movimientos parecía decir llorando: "No puedo más."
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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