La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Paraíso 5 - Cantos del 21 al 25
21
El
Mis ojos se habían fijado de nuevo en el rostro de mi Dama, y el ánimo con ellos se había separado de todo otro objeto. Ella no sonreía:
—Pero si yo riese—empezó a decirme—, te quedarías como Semele, cuando fue reducida a cenizas; pues mi belleza, que, según has visto, brilla más cuanto más asciende por las gradas del eterno palacio, si no se moderase, resplandecería tanto, que tu fuerza mortal perecería ante su fulgor como la rama destrozada por el rayo. Nos hemos elevado al séptimo esplendor que, colocado bajo el pecho del ardiente León, difunde ahora sobre la Tierra sus rayos mezclados con el fuerte influjo de aquél. Fija la mente en pos de tus miradas, y haz de tus ojos un espejo para la imagen que se te aparecerá en este espejo.
Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante dichoso de Beatriz, cuando invitado por ella la dirigí hacia otro objeto, conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial, considerando que el placer de obedecerla contrabalanceaba al que yo sentía contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando al mundo, lleva el nombre de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció muerto todo mal, vi una escala del color del oro en que se refleja un rayo de Sol, y tan elevada, que mis ojos no podían seguirla.
Vi además bajar por sus escalones tantos resplandores, que pensé que todas las luces que brillaban en el cielo estaban esparcidas allí. Y así, como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban, y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían aquellos fulgores que habían ido descendiendo hasta que se detuvieron en un escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a resplandecer tanto, que yo decía entre mí:
"Conozco el amor que me anuncias." Pero Aquélla, de quien espero la orden para hablar o callar, permaneció inmóvil: así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar nada. Por lo cual, ella, que leía en la vista de Aquél que lo ve todo el deseo que yo ocultaba, me dijo:
—Puedes manifestar tu ardiente anhelo.
Entonces empecé de esta suerte:
—Mis méritos no me hacen digno de tu respuesta; pero en nombre de aquella que me permite interrogarte, alma bienaventurada, que te ocultas en tu alegría, dame a conocer la causa que tanto te aproxima a mí, y dime por qué no se oye en esta esfera la dulce sinfonía del Paraíso, que tan devotamente resuena en las de abajo.
—Tu oído es tan débil como tu vista—me contestó—; aquí no se canta por la misma razón que Beatriz no sonríe. He descendido tanto por las gradas de la escala santa, sólo para recrearte con mis palabras y con la luz de que estoy revestida. No es un mayor afecto lo que me ha hecho más solícita; pues en toda esta escala hay un amor tan ferviente y más que el mío, según te lo manifiestan los destellos de esas almas; pero la alta caridad, que nos convierte en siervas atentas a la voluntad que rige al mundo, nos designa el sitio en que, según puedes ver, estamos colocadas.
—Bien veo—dije yo—, ¡oh sagrada lámpara!, que un amor libre basta en esta corte para hacer lo que quiere la eterna Providencia; mas lo que me parece sumamente difícil de comprender es por qué fuiste tú entre todas tus compañeras la destinada a este cargo.
Aun no había pronunciado la última palabra, cuando la luz, haciendo un eje de su centro, giró con la rapidez de una rueda. Después me respondió la amorosa alma que estaba dentro de ella:
—La luz divina se fija en mí penetrando en la que me envuelve, y su virtud, unida a mi vista, me eleva tanto sobre mí misma, que veo la suma esencia de que aquélla emana. De aquí proviene la alegría con que brillo; porque a la claridad de mi visión junto la de la luz que me rodea. Pero el alma que más brilla en el cielo, el serafín que tiene más fijos los ojos en Dios no podrá satisfacer tus preguntas; porque lo que deseas saber penetra tan profundamente en el abismo del decreto eterno, que está muy apartado de toda vista creada; y cuando vuelvas al mundo mortal, refiere lo que te digo, a fin de que nadie presuma llegar al fondo de tal arcano. La mente, que aquí es luz, en la Tierra es humo; considera, pues, cómo podrá comprender allá abajo lo que aquí no comprende, por más que el cielo la enaltezca.
Sus palabras me contuvieron de tal modo, que abandoné la cuestión, y me limité a rogarle humildemente que me dijese quién era.
—Entre las dos costas de Italia, y no muy lejos de tu patria, se elevan unos peñascos, tanto que los truenos retumban a mucha menos altura. Aquellos peñascos forman una eminencia que se llama Catria, al pie de la cual hay un yermo consagrado únicamente al culto del verdadero Dios.
Así empezó a hablar por tercera vez; y continuando luego, añadió:
—De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con legumbres y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores, satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro producía fértilmente para esta parte de los cielos, y ahora está tan vacío, que será preciso que en breve lo sepa el mundo.
En aquel sitio estuve yo, Pedro Damián; y Pedro el Pecador en la casa de Nuestra Señora, a orillas del Adriático. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fui llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se transmite de malo a peor. Vinieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de elección del Espíritu Santo, flacos y descalzos, aceptando su alimento de cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren que de uno y otro lado los apoyen, ¡tan pesados son!, y que les lleven en litera, y que vaya detrás quien les sostenga la cola.
Cubren con sus mantos sus cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola piel. ¡Oh paciencia de Dios, que tanto soportas!
Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron a detenerse alrededor de aquella luz, y prorrumpieron en un clamor tan alto, que nada en el mundo puede asemejársele: su estruendo me ensordeció de tal modo, que no comprendí lo que dijeron.
22
El
Mudo de estupor me volví hacia mi Guía, como un niño que se acoge siempre a quien le inspira más confianza: y aquélla, como la madre que socorre prontamente al hijo azorado y pálido con su voz consoladora, me dijo:
—¿No sabes que estás en el cielo? ¿No sabes que todo el cielo es santo, y que lo que en él se hace procede de un buen celo? Si el grito que acabas de oír te ha conmovido tanto, ahora puedes pensar cómo te habría perturbado aquel suave cántico unido a mi sonrisa. Y si hubieras comprendido lo que se rogó al exhalar ese grito, conocerías la venganza que verás antes de tu muerte. La espada de aquí arriba no hiere nunca demasiado pronto, ni demasiado tarde, como suele parecerles a los que la esperan con temor o con deseo. Pero ahora vuélvete hacia otro lado, y verás muchos espíritus ilustres, si diriges tus miradas según te indico.
Volví los ojos como ella quiso, y vi cien pequeñas esferas, que se embellecían unas a otras con sus mutuos rayos. Yo estaba como aquel que reprime en sí el agudo estímulo del deseo, y no se aventura a preguntar, temiendo excederse, cuando la mayor y más brillante de aquellas perlas se adelantó para contentar mi curiosidad: después oí en su interior:
—Si vieses, como yo, la caridad que arde entre nosotros, habrías expresado ya tus deseos; pero a fin de que, por demasiado esperar, no tardes en llegar al alto fin de tu viaje, contestaré al pensamiento que no te atreves a proferir. La cumbre de aquel monte en cuya falda está Casino fue frecuentada en otro tiempo por gentes engañadas y mal dispuestas. Yo soy el que llevó allí el nombre de Aquél que enseñó en la Tierra la verdad que tanto nos enaltece; y lució sobre mí tanta gracia, que aparté a las ciudades circunvecinas del impío culto que sedujo al mundo. Esos otros fuegos fueron todos hombres contemplativos, abrasados en aquel ardor que hace nacer las flores y los frutos santos. Aquí están Macario y Romualdo; aquí están mis hermanos, que se encerraron en el claustro y conservaron un corazón perseverante.
Lo contesté:
—El afecto que demuestras hablando conmigo, y la benevolencia que veo y observo en todas vuestras luces, me inspiran la misma confianza que inspira el Sol a la rosa cuando se abre tanto cuanto le es posible. Por eso te ruego, padre, que si soy digno de tal merced, me concedas la gracia de ver tu imagen descubierta.
—Hermano—me respondió—: tu elevado deseo se realizará en la última esfera, donde se realizan todos los otros y los míos, y donde todos son perfectos, maduros y enteros: en aquella sola esfera, todas sus partes permanecen inmóviles, porque no está en un sitio, ni gira entre dos polos, y nuestra escala llega hasta ella, lo que hace que la pierdas de vista. El patriarca Jacob la vio prolongarse hasta arriba, cuando se le apareció tan llena de ángeles; pero ahora no retira nadie sus pies de la tierra para subirla, y mi regla sólo sirve abajo para gastar papel. Los muros que eran una abadía se han convertido en cavernas; y las cogullas en sacos de mala harina. La más sórdida usura no es tan contraria a la voluntad de Dios, como lo es el fruto de esas riquezas que tanto enloquecen el corazón de los monjes, porque todo lo que la Iglesia guarda pertenece a aquellos que piden por Dios, y no a los parientes o a otros más indignos. La carne de los mortales es tan flexible, que las buenas obras no duran el tiempo que transcurre desde el nacimiento de la encina hasta la formación de la bellota. Pedro empezó su fecunda tarea sin oro ni plata; yo con oraciones y con ayunos; Francisco basó su orden en la humildad: y si atiendes al principio de cada orden, y consideras después adonde han llegado, verás lo blanco cambiado en negro. Más admiración causó en verdad ver al Jordán retrocediendo y al mar huir cuando Dios quiso, que la causará ver remediados estos males.
Así me dijo, y después se reunió a sus demás compañeros, que a su vez se reconcentraron, y como un torbellino se elevaron a lo alto. La dulce Dama con un solo ademán me impulsó a subir tras ellos por aquella escala: tanto fue lo que su virtud venció mi grave naturaleza: y jamás aquí abajo, donde se sube y desciende naturalmente, hubo un movimiento tan rápido que pudiera igualar a mi vuelo. Así pueda volver, ¡oh lector!, a aquel piadoso reino triunfante, por el que lloro con frecuencia mis pecados golpeándome el pecho, como es cierto que vi el signo que sigue al Tauro, y me encontré en él en menos tiempo del que necesitarías para meter y sacar un dedo del fuego. ¡Oh gloriosas estrellas!, ¡oh luz llena de gran virtud, en la que reconozco todo mi ingenio, cualquiera que ésta sea! Con vosotras nacía, y se ocultaba con vosotras aquel que es padre de toda vida mortal, cuando sentí por vez primera el aire toscano; y cuando más tarde se me concedió la gracia de entrar en la alta rueda que os hace girar, me fue también permitido pasar por la región en donde estáis. A vosotras dirige ahora devotamente mi alma sus suspiros, para alcanzar la virtud necesaria en la difícil empresa que la atrae.
—Estás tan cerca de la última salvación—empezó a decirme Beatriz—, que debes tener los ojos claros y penetrantes; así pues, antes de que llegues a ella, mira hacia abajo y contempla cuántos mundos he puesto bajo tus pies, a fin de que tu corazón se presente tan gozoso como pueda ante la triunfante multitud que alegre acude por esta bóveda etérea.
Recorrí con la vista todas las siete esferas, y vi a nuestro globo tan pequeño, que me reí de su vil aspecto: así es que apruebo como mejor parecer el de quien le tiene en poca estima; pudiendo llamarse verdaderamente probo el que sólo piensa en el otro mundo.
Vi a la hija de Latona inflamada, sin aquella sombra que fue causa de que yo la creyera enrarecida y densa. Allí, ¡oh Hiperión!, pudieron soportar mis ojos la luz de tu hijo, y vi cómo se mueven próximas a él y en derredor suyo Maya y Dione. Allí me apareció Júpiter atemperando a su padre y a su hijo; allí distinguí con claridad sus frecuentes cambios de lugar, y todos los siete planetas me manifestaron su magnitud, su velocidad, y la distancia a que respectivamente se encuentran colocados. Aquel pequeño punto que nos hace tan orgullosos se me apareció por completo desde las montañas a los mares, mientras que yo giraba con los eternos Gemelos. Después fijé mis ojos en los hermosos ojos.
23
El
Como el ave que, habiendo reposado entre la predilecta enramada junto al nido de sus dulces hijuelos, durante la noche ocultadora de las cosas, y deseando ver tan caros objetos y hallar el sustento para nutrirlos, cuyo penoso trabajo soporta placentera, se adelanta al día, y antes de rayar el alba sube a la cima del abierto follaje, y fijamente mira, esperando con ardoroso anhelo la salida del Sol, así estaba mi Dama, en pie y atenta, vuelto el rostro hacia la región del cielo bajo la cual se muestra el Sol menos presuroso; y en tanto yo, viéndola suspensa y ansiosa, permanecí como el que anhelante querría otra cosa, pero se calma con la esperanza de obtenerla.
Poco intervalo medio entre ambos momentos, es decir, entre el de mi expectativa y el de ver de un instante a otro iluminarse más el cielo. Y Beatriz dijo:
—He ahí la legión del triunfo de Cristo, y todo el fruto recogido de la rotación de estas esferas.
Me pareció que ardía todo su semblante; y tenía los ojos tan llenos de alegría, que debo seguir adelante sin más explicación. Cual en los plenilunios serenos Trivia ríe entre las ninfas eternas, que iluminan el cielo por todas partes, así vi yo sobre millares de luces un Sol, que las encendía todas, como hace el nuestro con las que vemos sobre nosotros; y a través de su viva luz aparecía tan clara a mis ojos la divina substancia, que no podían soportarla.
—¡Oh Beatriz—exclamé—, Guía dulce y querida!
Ella me dijo:
—Lo que te abisma es una virtud a la que nada resiste. Allí están la Sabiduría y el Poder que abrieron entre el Cielo y la Tierra las vías por tanto tiempo deseadas.
Así como el fuego de la nube, dilatándose de modo que ésta no puede contenerlo, se escapa de ella, y, contra su naturaleza, se precipita hacia abajo, de igual suerte mi mente, engrandeciéndose más entre aquellas delicias, salió de sí misma, y no sabe recordar lo que fue de ella.
—Abre los ojos y mírame cual soy; has visto cosas que te han dado fuerza suficiente para sostener mi sonrisa.
Yo estaba como aquel que conserva cierta reminiscencia de una visión olvidada, y que se esfuerza en vano por renovarla en su imaginación, cuando oí proferir estas palabras tan dignas de gratitud, que no se borrarán jamás del libro donde se consigna lo pasado. Si ahora resonasen todas aquellas lenguas que Polimnia y sus hermanas hicieron más pingües con su dulcísima leche para venir en mi ayuda, no expresarían la milésima parte de la verdad, al pretender cantar tan santa sonrisa, y el resplandor que comunicaba a aquel santo rostro: por lo mismo, al describir yo el Paraíso, es forzoso que mi sagrado poema salte como un hombre que encuentra cortado su camino.
Quien considere el peso del asunto y el hombro mortal que soporta la carga, no censurará el que éste tiemble bajo su gravedad. El derrotero que hiende mi atrevida proa no es a propósito para una pequeña embarcación, ni para el nauta que quiera ahorrarse la fatiga.
—¿Por qué te enamora mi faz de tal suerte, que no te vuelves hacia el hermoso jardín que florece bajo los rayos de Cristo? Allí está la Rosa en que el Verbo divino encarnó; y allí están los lirios por cuyo aroma se descubre el buen camino.
Así dijo Beatriz, y yo, que estaba siempre pronto a seguir sus consejos, me lancé nuevamente a la batalla de mis débiles párpados. Y así como mis ojos, al abrigo de la sombra, han visto alguna vez un prado de flores iluminado por un rayo de Sol que atravesaba por entre desgarrada nube, del mismo modo distinguí entonces una multitud de esplendores, iluminados desde arriba por ardientes rayos, sin ver el origen de donde estos fulgores procedían.
¡Oh benigna virtud que así los iluminas! Sin duda te elevaste por dejar campo libre a mis ojos, que eran demasiado débiles para contemplarte. El nombre de la hermosa flor que invoco siempre, por mañana y tarde, concentró todo mi espíritu en la contemplación del mayor fuego; y cuando mis dos ojos me representaron la belleza y la extensión de la fulgente estrella que vence arriba, como venció abajo, desde el interior del cielo descendió una llamarada, que tenía la forma de un círculo como una corona, y rodeó a la estrella girando en torno suyo. La melodía que más dulcemente se deje oír en la Tierra, y que más atraiga el ánimo, parecería una nube que desgarrada truena, comparada con el sonido de aquella lira de que estaba coronado el bello zafiro con que se engalana el más claro cielo.
—Yo soy el amor angélico, que giro difundiendo la sublime dicha, nacida del vientre que fue morada de nuestro deseo; y giraré, Señora del Cielo, mientras acompañas a tu Hijo, y hagas resplandeciente la suprema esfera en donde habitas.
Así se dejaba oír la circular melodía, y todas las demás luces hacían resonar el nombre de María. El manto real de todas las esferas del mundo, que más se inflama y anima bajo el hálito y las perfecciones de Dios, tenía sobre nosotros tan distante la faz interna, que no me era posible distinguir su aspecto desde el sitio en que me encontraba; por lo cual no tuvieron mis ojos la fuerza necesaria para seguir a la llama coronada, que se elevó en pos de su divina primogenitura. Y semejantes al niño que tiende los brazos hacia su madre después de haberse alimentado con su leche, movido del afecto que aun exteriormente se inflama, cada uno de aquellos fulgores se prolongó hacia arriba, patentizándome así el amor que profesaban a María. Después permanecieron ante mi vista cantando "Regina coeli" tan dulcemente, que jamás ha huido de mí el placer que me causaron.
¡Oh cuánta es la abundancia que se encierra en aquellas arcas riquísimas por haber esparcido en la Tierra buenas semillas! Allí viven y gozan del eterno tesoro que conquistaron en el destierro de Babilonia, donde hicieron dejación del oro. Allí triunfa de su victoria bajo el alto Hijo de Dios y de María, y juntamente con el antiguo y el nuevo concilio, el que tiene las llaves de tal gloria.
24
El
¡Oh compañía escogida para la gran cena del cordero bendito, el cual os alimenta de tal modo, que vuestro apetito está siempre satisfecho! Ya que por la gracia de Dios éste prueba prematuramente lo que cae de vuestra mesa, antes de que la muerte ponga fin a sus días, pensad en su deseo inmenso, y refrescadlo algún tanto: vosotros bebéis siempre en la fuente de donde procede lo que él piensa.
Esto dijo Beatriz: y aquellas almas gozosas se convirtieron en esferas sobre polos fijos, resplandeciendo vivamente a guisa de cometas. Y como las ruedas en el mecanismo de un reloj se mueven de tal suerte, que a quien las observa le parece que la primera está quieta y la última vuela, así también aquellos glóbulos, danzando diferentemente, me hacían estimar su velocidad o lentitud por el grado de sus resplandores. De aquel conjunto de bellas luces vi salir un fulgor tan alegre y esplendente, que superaba a todos los demás.
Tres veces giró en torno de Beatriz, cantando de un modo tan divino, que mi fantasía no ha podido retener su encanto; por lo cual mi pluma pasa adelante sin describirlo, pues para pintar tales pliegues carece de matices, no ya la lengua, sino la misma imaginación.
—¡Oh mi santa hermana, que tan devotamente ruegas, movida de tu ardiente afecto, que me separas de aquella hermosa esfera!
De este modo, luego que se detuvo aquel fuego bendito, dirigió su aliento hacia mi Dama, y le habló como he dicho. Y ella contestó:
—¡Oh luz eterna del gran Barón a quien nuestro Señor dejó las llaves que llevó abajo desde este goce maravilloso! Examina a éste como te plazca con respecto a los puntos fáciles y difíciles de la Fe, que te hizo andar sobre el mar. A ti no se te oculta si él ama bien, y espera bien y cree; porque tienes la vista fija donde todo está patente; pero ya que este reino ha conseguido ciudadanos por medio de la Fe veraz, es bueno que para glorificarla le toque a él hablar de ella.
Así como el bachiller se prepara, y no habla hasta que el maestro propone la cuestión que debe aprobar, pero no resolver, del mismo modo preparaba yo todas mis razones, mientras ella hablaba, para estar pronto a contestar a tal examinador y a tal profesión.
—Di buen cristiano, explícate: ¿Qué es la Fe?
Al oír esto alcé la frente hacia aquella luz de donde salían tales palabras; después me volví hacia Beatriz, y ella me hizo un rápido ademán para que dejara brotar el agua de mi fuente interior.
La gracia divina que me permite confesarme con tan alto primipilo— exclamé,—haga claros y expresivos mis conceptos.
Después continué:
—Según lo ha escrito, padre, la verídica pluma de tu querido hermano, que contigo hizo entrar a Roma por el buen camino, la Fe es la substancia de las cosas que se esperan, y el argumento de las que no aparecen a nuestra mente: tal me parece su esencia.
Entonces oí:
—Piensas rectamente, si comprendes bien por qué la colocó entre las substancias, y no entre los argumentos.
A lo cual contesté:
—Las profundas cosas que aquí se me manifiestan claras y patentes están tan ocultas a los ojos del mundo, que sólo existen en la creencia sobre que se funda la alta esperanza; por eso toma el nombre de substancia. Con respecto a esta creencia es preciso argumentar sin otra luz; por eso toma el nombre de argumento.
Entonces oí:
—Si todo lo que en la Tierra se aprende por vía de enseñanza, se entendiera de ese modo, la sutileza del sofisma sería en vano.
Tales fueron las palabras que exhaló aquel ardiente amor; y después añadió:
—Ha salido bien la prueba de la liga y el peso de esta moneda; pero dime si la tienes en tu bolsa.
Le respondí:
—Sí, la tengo tan brillante y tan redonda, que no cabe duda sobre su cuño.
En seguida salieron estas palabras de la profunda luz que allí resplandecía:
—Esa querida joya, en la que se funda toda otra virtud, ¿de dónde te proviene?
—La abundante lluvia del Espíritu Santo—le contesté—, que está esparcida sobre las antiguas y las nuevas páginas, es el silogismo que me la ha demostrado tan sutilmente, que comparada con ella me parece obtusa toda otra demostración.
Después oí:
—¿Por qué tienes por palabra divina a la antigua y la nueva proposición, que así te han convencido?
Respondí:
—La prueba que me descubre la verdad consiste en las obras subsiguientes, para las cuales la naturaleza no calentó nunca el hierro ni dio golpes en el yunque.
Se me contestó:
—Di, ¿quién te asegura que aquellas obras hayan existido? ¿Acaso te lo asegura aquello mismo que se quiere probar con ellas? ¿No tienes otro testimonio?
—Si el mundo se convirtió al cristianismo sin necesidad de milagros—dije yo —esto sólo es un milagro tan grande, que los otros no son la centésima parte de él; porque tú entraste pobre y famélico en el campo a sembrar la buena planta que en otro tiempo fue vid y ahora se ha convertido en zarza.
Terminadas estas palabras, resonó en las esferas de la sublime y elevada corte un "Alabemos a Dios" con la melodía que se canta allá arriba. Y aquel Barón que examinándome así me había llevado de rama en rama hasta acercarnos a las últimas hojas, volvió a empezar de esta manera:
—La gracia que enamora a tu mente hate abierto la boca hasta este punto, como abrirse debía: por tanto apruebo cuanto ha salido de ella; mas ahora es preciso que expliques lo que crees y el origen de tu creencia.
—¡Oh Santo Padre!, ¡oh Espíritu, que ves lo que creíste con tal firmeza, que dirigiéndote hacia el sepulcro venciste a pies más jóvenes!—empecé a decir —: quieres que te manifieste el orden de las cosas en que creo, y además me preguntas el motivo de mi creencia. Pues bien, yo te respondo: Creo en un solo y eterno Dios, que sin ser movido, mueve todo el Cielo con amor y con deseo; y en apoyo de tal creencia, no sólo tengo pruebas físicas y metafísicas, sino que también me las suministra la verdad que de aquí llueve por medio de Moisés, por los profetas, por los salmos, por el Evangelio, y por lo que vosotros escribistéis después de haberos iluminado el ardiente Espíritu. Creo en tres Personas eternas, y las creó una esencia tan trina y una, que admiten a la vez "son" y "es." La profunda naturaleza divina de que ahora trato se ha grabado en mi mente muchas veces por la doctrina evangélica. Tal es el principio, tal la chispa que se dilata hasta convertirse en viva llama, y que brilla en mi interior como estrella en el cielo.
Cual señor que oye lo que lo agrada, y por ello abraza a su siervo, congratulándose por la noticia en cuanto éste se calla, de igual suerte me bendijo cantando y giró tres veces en derredor de mi frente, luego que me callé, aquel apostólico fulgor, por cuyo mandato había yo hablado: tanto fue lo que mis palabras le agradaron.
25
El
Si alguna vez sucede que el poema sagrado en que han puesto sus manos el Cielo y la Tierra, y que me ha hecho enflaquecer por espacio de muchos años, triunfe de la crueldad que me tiene alejado del bello redil, donde dormí corderillo enemigo de los lobos que le hacen la guerra; entonces volveré como poeta, con otra voz y otros cabellos, y tomaré la corona de laurel sobre mis fuentes bautismales: porque allí entré en la fe que hace las almas familiares a Dios, y por ella me rodeó Pedro de aquel modo la frente.
Después se adelantó hacia nosotros un resplandor desde aquella legión de que salió el primero de los vicarios que Cristo dejó en la Tierra; y mi Dama, llena de alegría, me dijo:
—Mira, mira, he ahí el Barón por quien allá abajo visitan a Galicia.
Cual dos palomas que, al reunirse, se demuestran su amor dando vueltas y arrullándose, así vi yo aquellos grandes y gloriosos príncipes acogerse mutuamente, alabando el alimento de que allá arriba se nutren. Mas, cuando hubieron dado fin a sus gratulaciones, ambos se detuvieron silenciosos "coram me," tan encendidos que humillaban mi rostro. Beatriz dijo entonces riendo:
—¡Oh alma ilustre, que has escrito acerca de la liberalidad de nuestra basílica! Haz resonar la Esperanza en esta altura. Tú sabes que la has simbolizado tantas veces cuantas Jesucristo se os manifestó a los tres en todo su esplendor.
—Levanta la cabeza, y tranquilízate; porque es preciso que lo que llega aquí arriba desde el mundo mortal se madure a nuestros rayos.
Tan consoladoras palabras me fueron dirigidas por el segundo resplandor: entonces elevé los ojos hacia aquellos montes que antes los habían inclinado con su excesivo peso.
—Ya que nuestro Emperador te dispensa la merced de que te encuentres, antes de tu muerte, en la estancia más secreta de su palacio con sus condes, a fin de que habiendo visto la verdad de esta corte, os anime por eso a ti y a los otros la Esperanza que tanto enamora allá abajo, dime en qué consiste ésta; dime cómo florece en tu mente, y de dónde te proviene.
Así habló el segundo resplandor. Y aquella piadosa Dama que guió las plumas de mis alas hacia tan elevado vuelo, respondió antes que yo de esta suerte:
—La Iglesia militante no tiene entre sus hijos otro más provisto de esperanza, como está escrito en el Sol que irradia sobre nuestra multitud: por eso se le ha concedido que desde Egipto venga a ver a Jerusalén, antes de terminar sus combates. Los otros dos puntos sobre que han versado tus preguntas, no por deseo de saber, sino para que él refiera lo grata que te es esta virtud, los dejo a su cargo; que no le serán de difícil resolución, ni le servirán de jactancia: responda, pues, y que la gracia de Dios se lo conceda.
Cual discípulo que responde a su maestro con gusto y prontitud en aquello en que es experto, a fin de revelar su mérito, así respondí yo:
—La Esperanza es una expectación cierta de la vida futura, producida por la gracia divina y los méritos anteriores. Muchas son las estrellas que me comunican esta luz; pero quien primero la derramó en mi corazón fue el supremo cantor del Supremo Señor, "Que esperen en ti los que conocen tu nombre," dice en sus sublimes cánticos; y ¿quién no lo conoce teniendo mi fe? Tú me has inundado después con su oleada en tu Epístola; de modo que ya estoy lleno, y derramo sobre otros vuestra lluvia.
Mientras yo hablaba, en el seno de aquel incendio fulguraba una llama rápida y frecuente como un relámpago. Después me dijo:
—El amor en que me abraso todavía por la virtud que me siguió hasta la palma y hasta mi salida del campo, quiero que te hable, a ti que con ella te deleitas; siéndome por lo mismo grato que me digas lo que la Esperanza te promete.
Yo le contesté:
—Las nuevas y las antiguas Escrituras prefijan el término a que deben aspirar las almas a quienes Dios ha concedido su amistad, y ese término lo veo ahora tal cual es. Isaías dice que cada una de ellas vestirá en su patria un doble ropaje, y su patria es esta dulce vida. Y tu hermano nos manifiesta más claramente esta revelación, allí donde trata de las blancas vestiduras.
Inmediatamente después de pronunciadas estas palabras, se oyó primeramente sobre nosotros: "Sperent in te;" a lo cual respondieron todos los círculos de almas. Luego resplandeció entre ellas una luz tan viva, que si Cáncer tuviera semejante claridad, el invierno tendría un mes de un solo día.
Y como la doncella placentera, que se levanta, y va y toma parte en la danza, sólo por festejar a la recién venida, y no por vanidad u otra flaqueza, así vi al esclarecido esplendor acercarse a los otros dos, que seguían dando vueltas cual era necesario a su ardiente amor. Púsose a cantar con ellos las mismas palabras con la misma melodía; y mi Dama fijó en él sus miradas como esposa inmóvil y silenciosa.
—Ese es aquél que descansó sobre el pecho de nuestro Pelícano; es el que fue elegido desde la cruz para el gran cargo.
Así dijo mi Dama; y sus miradas no dejaron de estar más atentas después que antes de pronunciar estas palabras. Como a quien fija los ojos en el Sol esperando verlo eclipsarse un poco, que a fuerza de mirar, concluye por no ver, así me sucedió con aquel último fuego, hasta que me fue dicho:
—¿Por qué te deslumbras para ver una cosa que aquí no existe? Mi cuerpo es tierra en la Tierra, y allí permanecerá con los otros cuerpos hasta tanto que nuestro número se iguale con el eterno propósito. Las dos luces que se elevaron antes son las únicas que existen en este bienaventurado claustro con sus dos vestiduras; y así lo debes repetir en tu mundo.
Dichas estas palabras, cesó el girar del círculo inflamado juntamente con el dulce concierto que formaba la armonía del triple canto; así como, para descansar o huir de un peligro, se detienen al sonido de un silbo los remos que venían azotando el agua.
¡Ah! ¡Cuánta fue la turbación de mi mente cuando me volví para ver a Beatriz, y no pude lograrlo, a pesar de encontrarme cerca de ella y en el dichoso mundo!
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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