La Divina comedia
Dante Alighieri
Dante Alighieri
Paraíso - Cantos del 11 al 15
11
El
Oh insensatos afanes de los mortales!, ¡cuán débiles son las razones que os inducen a bajar el vuelo y a rozar la Tierra con vuestras alas! Mientras unos se dedicaban al foro, y otros se entregaban a los aforismos de la medicina; y éstos seguían el sacerdocio, y aquéllos se esforzaban en reinar por la fuerza de las armas, haciendo creer en su derecho por medio de sofismas; y algunos rodaban, y otros se consagraban a los negocios civiles; y muchos se enervaban en los placeres de la carne, y bastantes por fin se daban a la ociosidad, yo, libre de todas estas cosas, había subido con Beatriz hasta el cielo, donde tan gloriosamente fui acogido. Después que cada uno de aquellos espíritus hubo vuelto al punto del círculo en que antes estaba, tan inmóvil como la bujía de un candelero, la luz que me había hablado anteriormente se hizo más esplendorosa y risueña, y dentro de ella oí una voz que comenzó a decir de esta manera:
—Así como yo me enciendo a los rayos de la luz eterna, del mismo modo, mirándola, conozco la causa de donde proceden tus pensamientos. Tú dudas, y quieres que mi boca emplee palabras tan claras y ostensibles, que pongan al alcance de tu inteligencia las que pronuncié antes cuando dije: "Camino en que el alma se fortifica;" y las otras: "Ningún otro ascendió." En cuanto a éstas, es preciso hacer una distinción. La Providencia, que gobierna al mundo con el consejo en que se abisma la mirada de todo ser creado antes de penetrar en el fondo, a fin de que la Esposa de Aquél, que con su bendita sangre se unió a ella en altas voces, corriese hacia su amado segura de sí misma y siéndole más fiel, envió en su ayuda dos príncipes, que para entrambos objetos le sirvieran de guías. El uno fue todo seráfico en su ardor; el otro, por su sabiduría, resplandeció en la Tierra con la luz de los querubines. Hablaré de uno solo; pues elogiando a cualquiera de ellos indistintamente, se habla de los dos, porque sus obras tendieron a un mismo fin. Entre el Tupino y el agua que desciende del collado elegido por el beato Ubaldo, baja un fértil declive de un alto monte, del cual Perusa siente venir el calor y el frío por la parte de Porta Sole, y tras de cuyo monte lloran oprimidas Nocera y Gualdo. En el sitio donde aquella pendiente es menos rápida, vino al mundo un Sol, resplandeciendo como éste a veces cuando asoma sobre las márgenes del Ganges. Quien hable de ese lugar, no le llame Asís, pues diría muy poco: si quiere hablar con propiedad, llámele Oriente.
Aun no distaba mucho de su nacimiento, cuando aquel Sol comenzó a hacer que la Tierra sintiese algún consuelo con su gran virtud; pues siendo todavía muy joven, incurrió en la cólera de su padre por inclinarse a una dama, a quien, como a la muerte, nadie acoge con gusto; y ante la corte espiritual "et coram patre" se unió a ella, amándola después más y más cada día. Ella, privada de su primer marido, permaneció despreciada y obscura mil cien años y más, sin que nadie lo solicitase hasta que vino éste. De nada le valió que se oyera decir cómo aquel que hizo temer a todo el mundo la encontró alegre con Amiclates, cuando llamó a su puerta: ni le valió haber sido constante y animosa hasta el punto de ser crucificada con Cristo, mientras María estaba al pie de la Cruz. Mas, para no continuar en un estilo demasiado obscuro, reconoce en mis difusas palabras que estos dos amantes son Francisco y la Pobreza. Su concordia y sus placenteros semblantes, su amor maravilloso y sus dulces miradas inspiraban santos pensamientos a otros; de tal modo que el venerable Bernardo fue el primero que se descalzó para correr en pos de tanta paz, y aun corriendo le parecía llegar tarde. ¡Oh riqueza ignorada! ¡Oh verdadero bien! Egidio se descalza, se descalza también Silvestre por seguir al Esposo; tanto es lo que les agrada la Esposa. Desde allí partió aquel padre y maestro con su mujer y con aquella familia, ceñida ya del humilde cordón; y sin que una vil cobardía le hiciese bajar la frente por ser hijo de Pedro Bernardone, ni por su apariencia asombrosamente despreciable, manifestó con gran dignidad sus rígidas intenciones a Inocencio, de quien recibió la primera aprobación de su orden. Luego que fue aumentado en torno suyo la pobre gente, cuya admirable vida se cantaría mejor entre las glorias del Cielo, el Eterno Espíritu, valiéndose de Honorio, coronó de nuevo el santo propósito de aquel archimandrita; y cuando éste, sediento del martirio, predicó en presencia del soberbio Soldán la doctrina de Cristo y de los que le siguieron, encontrando aquella gente poco dispuesta a la conversión, para no permanecer inactivo, volvió a recoger el fruto de las plantas de Italia. Sobre un áspero monte, entre el Tíber y el Arno, recibió de Cristo el último sello, que sus miembros llevaron durante dos años. Cuando plugo a Aquél que le había elegido para tan gran tarea elevarle a la recompensa que mereció por haberse humillado, recomendó a sus hermanos, como a herederos legítimos, el cuidado de su más querida Esposa, y que la amaran con fe: y en el seno de ella quiso el alma preclara desprenderse para volver a su reino, sin permitir que a su cuerpo se le diese otra sepultura.
Piensa ahora cuál fue el digno colega de Francisco, encargado de mantener la barca de Pedro en alta mar y dirigirla hacia su objeto: ese fue, pues, nuestro patriarca; por lo cual, el que le sigue, según él manda, puede decir que adquiere buena mercancía. Pero su rebaño se ha vuelto tan codicioso de nuevo alimento, que no puede menos de esparcirse por distintos prados; y cuanto más lejos de él van sus vagabundas ovejas, más exhaustas de leche vuelven al redil. Algunas de ellas, temiendo el peligro, se agrupan junto al pastor; pero son tan pocas, que no se necesita mucho paño para sus capas. Así pues, si mis palabras no son obscuras, si me has escuchado con atención, y si tu mente recuerda lo que te he dicho, tu deseo debe estar en parte satisfecho; porque habrás visto la causa de que la planta se desgaje, y comprenderás la distinción que hice al decir: "Donde el alma se fortifica, si no se extravía."
12
El
En cuanto la bendita llama hubo dicho su última palabra, empezó a girar la santa rueda, y aún no había dado una vuelta entera, cuando otra la encerró en un círculo, uniendo movimiento a movimiento y canto a canto: y eran éstos tales que, articulados por los dulces órganos de aquellos espíritus, sobrepujaban a los de nuestras Musas y nuestras Sirenas, tanto como la luz directa supera a sus reflejos. Cual se ve a dos arcos paralelos y del mismo color encorvarse sobre una ligera nube, cuando Juno envía a su mensajera (naciendo el de fuera del de dentro, al modo de la voz de aquella ninfa que consumió el amor, como el Sol consume los vapores), y cuyos arcos son un presagio para los hombres, a causa del pacto que Dios hizo con Noé, de que el mundo no volverá a sufrir otro diluvio, de igual suerte aquellas dos guirnaldas de sempiternas rosas daban vueltas en torno de nosotros, correspondiendo en todo la guirnalda exterior a la interior. Cuando cesaron simultánea y unánimemente las danzas y los fulgurantes y mutuos destellos de aquellas luces gozosas y placenteras, semejantes a los ojos que se abren y se cierran al mismo tiempo, dóciles a la voluntad del que los mueve, del seno de una de las nuevas luces salió una voz, la cual hizo que me volviese hacia donde estaba, como la aguja hacia el polo: aquella voz empezó a decir:
—El amor que me embellece me obliga a tratar del otro jefe por quien se habla tan bien del mío. Es justo que donde se hace mención del uno, se haga también del otro; pues habiendo militado ambos por una misma causa, debe brillar su gloria juntamente. El ejército de Cristo, al que tan caro costó armar de nuevo, seguía su enseña lento, receloso y escaso, cuando el Emperador que siempre reina acudió en ayuda de su milicia, que se hallaba en peligro, no porque ésta fuera digna de ello, sino por un efecto de su gracia; y según se ha dicho, socorrió a su Esposa con dos campeones, ante cuyas obras y palabras se reunió el descarriado pueblo. En aquella parte donde el dulce céfiro acude a hacer germinar las nuevas plantas de que se reviste Europa, no muy lejos de los embates de las olas, tras de las cuales, por su larga extensión, el Sol se oculta a veces a todos los hombres, se asienta la afortunada Calahorra, bajo la protección del grande escudo, en que el león está subyugado y subyuga a su vez. En ella nació el apasionado amante de la fe cristiana, el santo atleta, benigno para los suyos, y cruel para sus enemigos.
Apenas fue creada, su alma se llenó de virtud tan viva, que en el seno mismo de su madre inspiró a ésta el don de profecía. Cuando se celebraron los esponsales entre él y la fe en la sagrada pila, donde se dotaron de mutua salud, la mujer que dio por él su asentimiento vio en sueños el admirable fruto que debía salir de él y de sus herederos; y para que fuese más visible lo que ya era, descendió del cielo un espíritu, y le dio el nombre de Aquél que le poseía por completo. Domingo se llamó; y habló de él como del labrador que Cristo escogió para que le ayudase a cultivar su huerto. Pareció en efecto enviado y familiar de Cristo; porque el primer deseo que se manifestó en él fue el de seguir el primer consejo de Cristo. Muchas veces su nodriza lo encontró despierto y arrodillado en el suelo, como diciendo: "He venido para esto." ¡Oh padre verdaderamente Feliz!, ¡oh madre verdaderamente Juana!, si la interpretación de sus nombres es la que se les da. En poco tiempo llegó a ser un gran doctor, no por esa vanidad mundana por la que se afanan hoy todos tras del Ostiense y de Tadeo, sino por amor hacia el verdadero maná; entonces se puso a custodiar la viña que pierde en breve su verdura, si el viñador es malo; y habiendo acudido a la Sede, que en otro tiempo fue más benigna de lo que es ahora para los pobres justos, no por culpa suya, sino del que en ella se sienta y la mancilla, no pidió la facultad de dispensar dos o tres por seis; no pidió el primer beneficio vacante; "non decimas, quæ sunt pauperum Dei;" sino que pidió licencia para combatir los errores del mundo, y en defensa de la semilla de que nacieron las veinticuatro plantas que te rodean. Después, con su doctrina y su voluntad juntamente, corrió a desempeñar su misión apostólica, cual torrente que se desprende de un elevado origen; y su ímpetu atacó con más vigor los retoños de la herejía allí donde era mayor la resistencia. De él salieron en breve varios arroyos, con los que se regó el jardín católico, de modo que sus arbustos adquirieron más vida. Si tal fue una de las ruedas del carro en que se defendió la Santa Iglesia, venciendo en el campo las discordias civiles, bastante debes conocer ya la excelencia de la otra rueda de que te ha hablado Tomás con tantos elogios antes de mi llegada. Pero el carril trazado por la parte superior de la circunferencia de esta última rueda está abandonado, de suerte que ahora se halla el mal donde antes el bien. La familia que seguía fielmente las huellas de Francisco ha cambiado tanto su marcha, que pone la punta del pie donde él ponía los talones: pero pronto verá la cosecha que ha producido tan mal cultivo, cuando la cizaña se queje de que no se la lleve al granero. Convengo en que quien examinase hoja por hoja nuestro libro aún encontraría una página en que leería: "Yo soy el que acostumbro;" pero no procederá de Casale ni Acquasparta, de donde vienen algunos que, o huyen el rigor de la regla, o aumentan desmesuradamente su austeridad. Yo soy el alma de Buenaventura de Bagnoregio, que en mis grandes cargos pospuse siempre los cuidados temporales a los espirituales. Iluminato y Agustín están aquí: éstos fueron de los primeros pobres descalzos que, llevando el cordón, se hicieron amigos de Dios. Con ellos están Hugo de San Víctor, y Pedro Mangiadore, y Pedro Hispano, el cual brilló allá abajo por sus doce libros; el profeta Natán, y el metropolitano Crisóstomo, y Anselmo, y aquel Donato que se dignó poner su mano en la primera de las artes. Aquí está también Rabano, y a mi lado brilla Joaquín, abad de Calabria, que estuvo dotado de espíritu profético. He debido alabar a aquel gran paladín de la Iglesia, por moverme a ello la ardiente simpatía y las discretas palabras de fray Tomás, que, así como a mí, han conmovido a todas estas almas.
13
El
Quien deseare conocer bien lo que yo vi ahora, imagínese (y, mientras hablo, retenga la imagen como si fuese esculpida en fuerte roca) las quince estrellas, que en diversas regiones iluminan el cielo con tanta viveza, que vencen toda la densidad del aire: imagínese aquel Carro, al cual le basta el espacio de nuestro cielo para girar de noche y día, sin desaparecer nunca de aquella bocina, que comienza en la punta del eje en torno del cual se mueve la primera esfera; y piense que estas estrellas forman juntas en el cielo dos signos semejantes al que formó la hija de Minos cuando sintió el frío de la muerte: figúrese uno de ellos despidiendo sus resplandores dentro del otro, y ambos a dos girando de manera que vayan en sentido inverso; y así tendrá como una sombra de la verdadera constelación y de la doble danza que circulaba en el sitio donde yo me encontraba; pues lo que vi es tan superior a lo que acostumbramos a ver, como el lento curso del Chiana es inferior al movimiento del más alto y veloz de los cielos. Allí se cantaba, no a Baco ni Peán, sino a tres Personas en una Naturaleza Divina, y ésta y la humana en una sola Persona. Tan luego como en las danzas y los cantos invirtieron el debido tiempo, aquellas santas luces se fijaron en nosotros, felicitándose de pasar de uno a otro cuidado. Después rompió el silencio de los espíritus acordes la luz que me había referido la admirable vida del Pobre de Dios, y dijo:
—Estando ya trillada una parte del trigo y guardado el grano, el dulce amor que te profeso me invita a trillar la otra parte. Tú crees que en el pecho de donde fue sacada la costilla para formar la hermosa boca cuyo paladar costó caro a todo el mundo, y en aquel otro que, atravesado de una lanzada, satisfizo tanto, que venció el peso de toda culpa cometida antes y después, el gran poder creador de uno y otro infundio cuanta ciencia es asequible a la naturaleza humana: por esto te admiras de lo que dije antes, al manifestar que el bienaventurado que está contenido en la quinta luz fue sin segundo.
Abre, pues, los ojos de la inteligencia a lo que voy a exponerte, y verás cómo tu creencia y mis palabras son con respecto a la verdad como el centro es respecto de todos los puntos del círculo. Lo que no muere, y lo que puede morir, no es más que un destello de la idea que nuestro Señor engendra por efecto de su bondad; porque aquella viva luz que sale del radiante Padre, y no se separa de él ni del Amor que se interpone entre ambos, por un efecto de su bondad, comunica su irradiación a nueve cielos, como transmitida de espejo en espejo, pero permaneciendo una eternamente. De allí desciende hasta las últimas potencias, disminuyendo de tal modo su fuerza por grados, que últimamente sólo produce breves contingencias. Por estas contingencias entiendo las cosas engendradas, que el Cielo en su movimiento produce con germen o sin él. La materia de éstas, y la mano que le da forma, no causan siempre los mismos efectos; por lo cual dichas cosas, que llevan el sello de la idea divina, aparecen más o menos perfectas. De aquí se sigue que una misma especie de árboles dé frutos buenos o malos, y que vosotros nazcáis con diferente ingenio. Si la materia fuese enteramente perfecta, y el Cielo estuviese también en su virtud suprema, la luz de la idea divina se mostraría en todo su esplendor. Pero la naturaleza da siempre una forma imperfecta, semejante en sus obras al artista que domina prácticamente su arte, y cuya mano tiembla. Si, pues, el ferviente amor dispone la materia, e imprime en ella la clara luz del ideal divino, entonces las cosas contingentes alcanzan la perfección. Así es como fue hecha la tierra digna de toda perfección animal, y así es cómo concibió la Virgen. Por lo tanto, apruebo tu opinión, porque la humana naturaleza no fue ni será jamás lo que ha sido en esas dos personas.
Pero si yo no siguiese ahora adelante, empezarías por exclamar: "¿Cómo es, pues, que aquél no tuvo igual?" Para que aparezca bien lo que ahora no aparece, piensa quién era, y la razón que tuvo para pedir cuando se le dijo: "Pide." No he hablado de modo que no hayas podido comprender que aquél fue un rey, que pidió la sabiduría, a fin de ser un verdadero rey, y no por saber cuál es el número de los motores celestiales; o si lo necesario con lo contingente produce lo necesario; o bien "si est dare primum motum esse," ni si en un semicírculo puede colocarse un triángulo que no tenga un ángulo recto: así pues, si has comprendido bien lo que he dicho y lo que digo, conocerás que la sabiduría real era la ciencia sin par en que se clavaba la flecha de mi intención. Si claramente miras, verás que la palabra "Ascendió" sólo hacía referencia a los reyes, que son muchos, pero pocos los buenos.
Acoge mis palabras con esta distinción; y así podrás conservar tu creencia sobre el primer padre y nuestro Amado. Esto debe hacerte andar siempre con pies de plomo, para que, cual hombre cansado, los muevas lentamente hacia el sí y el no que no distingues con claridad; pues necio es entre los necios el que sin distinción afirma o niega, ya en uno, ya en otro caso; porque acontece a menudo que una opinión precipitada se extravía, y después el amor propio ofusca nuestro entendimiento. El que va en busca de la verdad, sin conocer el arte de encontrarla, hace el viaje peor que en vano, porque no vuelve tal como fue; de lo cual son en el mundo pruebas ostensibles Parménides, Meliso, Briso y otros muchos que marchaban y no sabían adónde. Así hicieron Sabelio y Arrio, y aquellos necios que fueron como espadas para las Escrituras, torciendo el recto sentido de sus palabras. Los hombres no deben aventurarse a juzgar, como hace el que aprecia las mieses en el campo sin estar granadas; porque he visto primero el zarzal áspero y punzante durante todo el invierno, y luego cubrirse de rosas en su cima; y he visto a la nave surcar el mar recta y veloz durante su viaje, y perecer a la entrada del puerto.
No crean doña Berta y seor Martino, por haber visto a uno robando, y a otro haciendo ofrendas, verlos del mismo modo en la mente de Dios, porque aquél puede elevarse y éste caer.
14
El
El agua contenida en un vaso redondo se mueve del centro a la circunferencia o de ésta al centro, según que la agiten por dentro o por fuera. Ocurrióseme de pronto esto que digo en cuanto calló el alma gloriosa de Santo Tomás, por la semejanza que nacía de sus palabras y de las de Beatriz, a quien plugo decir, después de aquél:
—Este necesita, aunque no os lo indique ni con la voz ni con el pensamiento, llegar a la raíz de otra verdad. Decidle si la luz con que se adorna vuestra substancia permanecerá con vosotros eternamente tal como es ahora; y si así es, decidle cómo podrá suceder que no os ofenda la vista cuando os rehagáis visiblemente.
Así como en un arranque de alegría los que dan vueltas danzando elevan la voz y manifiestan en sus gestos su regocijo, del mismo modo, ante aquel ruego piadoso y expresivo, los santos círculos demostraron nuevo gozo en su danza y en su admirable canto. El que se lamenta de que haya de morir aquí abajo para vivir después en el cielo, no ha visto el placer que la lluvia eterna de la sacrosanta luz produce en los bienaventurados. Aquel uno y dos y tres que vive siempre, y siempre reina en tres y dos y uno, no circunscrito y circunscribiéndolo todo, era cantado tres veces por cada uno de aquellos espíritus con tal melodía, que oírlos sería justa recompensa para todo mérito.
Yo oí en la luz más resplandeciente del menor círculo una voz modesta, quizá como la del Angel al dirigirse a María que respondió:
—Mientras dure la fiesta del Paraíso, otro tanto tiempo irradiará nuestro amor en torno de nuestra vestidura. Su claridad corresponde al ardor que nos inflama; el ardor, a nuestras celestiales visiones; y éstas son tanto más claras, cuanto mayor es la gracia que cada uno tiene según su valor. Cuando nos revistamos de la carne gloriosa y santa, nuestra persona será mucho más grata a Dios y a nosotros, porque estará completa: entonces se aumentará lo que de su gratuita luz nos da el Sumo Bien, luz que nos permite contemplarle; y entonces deberá aumentarse también nuestra santa visión, el ardor que ésta produce y el rayo que del ardor desciende; pero así como el carbón que origina la llama la sobrepuja en deslumbrante blancura, de tal modo que aparece en medio de ella, de igual suerte este fulgor que ya nos rodea, será vencido en apariencia por la carne, que todavía está cubierta por la tierra; y un esplendor tan grande no podrá ofendernos, porque los órganos del cuerpo serán bastante fuertes para todo lo que pueda deleitarnos.
Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir "Amén," que manifestaron bien claramente el deseo de revestir sus cuerpos mortales; no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres, y por los demás seres que les fueron queridos antes de convertirse en sempiternas llamas. Y he aquí que en derredor de tales claridades nació una nueva luz sobre la que allí había, semejante a un horizonte luminoso; y así como al anochecer empiezan a entreverse en el Cielo nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, así me pareció empezar a ver allí nuevas substancias. ¡Oh verdadero centelleo del Espíritu Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis ojos que, vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan bella y sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las demás que no he podido retener en la memoria: entonces mis ojos recobraron fuerzas para alzarse de nuevo, y me vi transportado a mayor gloria sólo con mi Dama. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto más elevado; y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón ofrecí a Dios el holocausto debido por esta nueva gracia. No se había extinguido aún en mi pecho el ardor del sacrificio, cuando conocí que éste había sido felizmente bien aceptado; pues se me aparecieron unos resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos, que exclamé: "¡Oh Helios, cuánto los embelleces!"
Salpicados de grandes y pequeños luminares, lo mismo de Galaxia, cuya blancura extendida entre los polos del mundo hace dudar a los más sabios, aquellos rayos formaban en el fondo de Marte el venerable signo que produce la intersección de los cuadrantes en un círculo. Aquí el ingenio es inferior a mi memoria; en aquella cruz resplandecía Cristo de suerte, que no puedo encontrar una comparación digna; pero el que toma su cruz y sigue a Cristo me perdonará una vez más lo que omito, cuando vea centellear a Cristo en aquel albor. De uno a otro extremo de los brazos de la cruz y de arriba abajo se agitaban luces, que lanzaban vívidos destellos cada vez que se unían o pasaban más allá, tal como se ven en la Tierra los átomos agitándose en línea recta o curva, ágiles o lentos, cambiando sin cesar de aspecto, en el rayo de luz que corta la sombra que el hombre, por medio de su inteligencia y de su arte, se procura contra el Sol; y así como el laúd o el arpa forman con sus numerosas cuerdas una dulce armonía, aun para el que no distingue cada nota, del mismo modo aquellas luces que allí se me aparecieron produjeron alrededor de la cruz una melodía, que me arrebataba a pesar de no comprender el himno. Bien conocí que encerraba altas alabanzas, porque llegaron hasta mí estas palabras: "Resucita y vence," pero como el que oye sin entender. Y aquella melodía me arrobaba tanto, que hasta entonces no hubo cosa alguna que me ligara con tan dulces vínculos. Quizá parezcan demasiado atrevidas mis palabras, creyendo que pospongo a otras delicias el placer de los bellos ojos, en cuya contemplación se calman todos mis deseos; pero quien sepa que las vivas marcas de toda belleza la imprimen mayor a medida que están más elevadas, y considere que allí no me había vuelto aun hacia ellos, podrá excusarme de lo que me acuso para excusarme, y conocerá que digo la verdad; pues el santo placer de aquella mirada no está excluido aquí, supuesto que se hace más puro a medida que nos elevamos.
15
El
La benigna voluntad, en la que se manifiesta siempre el amor cuyas aspiraciones son rectas, como la codicia se manifiesta en la voluntad inicua, impuso silencio a aquella dulce armonía e hizo reposar las santas cuerdas que por la diestra de Dios están templadas. ¿Cómo se habían de hacer sordas a súplicas justas aquellas substancias, que, para infundirme el deseo de dirigirles alguna pregunta, estuvieron acordes en callarse? Justo es que se lamente sin tregua el que, por amor a cosas que no pueden durar eternamente, se desprende de aquel amor. Como en noche serena discurre acá o allá por el cielo tranquilo y puro un repentino fuego, atrayendo las miradas hasta entonces indiferentes, y parecido a una estrella que cambia de sitio, sólo que ninguna desaparece de la parte donde aquél se enciende y dura poco, así desde el extremo del brazo derecho al pie de la cruz se corrió un astro de la constelación que aquí resplandece; pero el diamante no se separó de su ángulo, sino que siguió la faja luminosa, asemejándose a una luz que pasa por detrás del alabastro. No menos afectuosa que aquel espíritu se mostró la sombra de Anquises cuando reconoció a su hijo en los Campos Elíseos, si hemos de dar crédito a nuestro mayor Poeta.
—¡Oh sangre mía!, ¡oh superabundante gracia de Dios! ¿Quién, como tú, ha visto abiertas dos veces ante sí las puertas del Cielo?
Así dijo aquella luz; por lo cual fijé en ella toda mi atención: después volví el rostro hacia mi Dama, y por una y otra parte quedé asombrado; pues en sus ojos brillaba tal sonrisa, que creí llegar con los míos al fondo de mi gracia y de mi Paraíso. Luego aquel espíritu, al que era tan grato ver y oír, añadió a sus primeras palabras cosas que no comprendí; tan profundos fueron sus conceptos: no porque fuese su intento el ocultármelos, sino por necesidad a causa de ser éstos superiores a la inteligencia de los mortales. Cuando el arco de su ardiente afecto estuvo menos tirante para que sus palabras descendiesen hasta el límite concedido a nuestra inteligencia, la primera cosa que oí fue:
—Bendito seas Tú, trino y uno, que tan propicio eres a mi descendencia.
Y continuó diciendo:
—Hijo mío: gracias a ésa que te ha revestido de plumas para emprender tan alto vuelo, has satisfecho dentro de esta luz en que te hablo un plácido y largo deseo de verte, originado en mí de haber leído tu venida en el gran libro donde no se cambia jamás lo blanco en negro, ni lo negro en blanco. Tú crees que tu pensamiento ha llegado hasta mí por medio de aquel que es el primero, así como de la unidad, de todos conocida, se forman el cinco y el seis; y por eso ni me preguntas quién soy, ni por qué te parezco más gozoso que otro alguno de esta alegre cohorte. Crees la verdad; porque, en esta vida, los espíritus que disfrutan, así de mayor como de menor gloria, miran en el espejo en que aparece el pensamiento antes de nacer. Pero a fin de que el sagrado amor que observo con perpetua atención, y que excita en mí un dulce deseo, se satisfaga mejor, manifiesta con voz segura, franca y placentera, cuál es tu voluntad, cuál tu deseo, pues mi respuesta está ya preparada.
Yo me volví hacia Beatriz; y ella, que me había oído antes de que yo hablara, se sonrió de un modo que hizo crecer las alas de mi deseo. Después empecé de este modo:
—Desde que se os patentizó la Igualdad primera, el afecto y la inteligencia tienen un peso igual en cada uno de vosotros; porque en ese Sol, que os ilumina y abrasa con su luz y su calor, son tan iguales ambas virtudes, que toda semejanza es poca. Pero el entendimiento y la voluntad de los mortales, por la razón que os es ya manifiesta, vuelan con diferentes alas. Así es que yo, que soy mortal, me veo en esta desigualdad, y únicamente puedo dar gracias con el corazón a tan paternal acogida. Te suplico, pues, encarecidamente, ¡oh vivo topacio, que enriqueces esa preciosa joya!, que me hagas sabedor de tu nombre.
—¡Oh vástago mío, en quien me complacía mientras te esperaba! Yo fui tu raíz.
De esta suerte dio principio a su respuesta. Después añadió:
—Aquel de quien ha tomado su nombre tu prosapia, y que por espacio de ciento y más años ha estado girando por el primer círculo del monte, fue mi hijo y tu bisabuelo: bien necesita que con tus obras disminuyas su prolongada fatiga. Florencia, dentro del antiguo recinto donde oye sonar aún tercia y nona, estaba en paz, sobria y púdica. No tenía gargantillas, ni coronas, ni mujeres ostentosamente calzadas, ni cinturones más llamativos a la vista que la persona que los lleva. Al nacer, no causaba miedo la hija al padre, porque la época del matrimonio y el dote no habían salido aún de los límites regulares. No estaban entonces las casas vacías de moradores; no había llegado aún Sardanápalo a enseñar lo que se puede hacer en una cámara.
Montemalo no era aún vencido por Uccellatoio, el cual, así como le excede en la subida, le excederá en la bajada. Yo he visto a Bellincion Berti con cinturón de cuero y hebilla de hueso, y a su mujer separarse del espejo sin colorete en el rostro: he visto a los de Nerli y a los del Vecchio contentarse con ir cubiertos de una simple piel, y a sus mujeres dedicadas a la rueca y al huso. ¡Oh afortunadas! Cada una de ellas conocía el lugar donde había de ser sepultada, y ninguna se había visto abandonada en el lecho por causa de Francia. La una velaba su cuna, y para consolar a su hijo usaba el idioma que constituye la primera alegría de los padres y de las madres: la otra, tirando de la blanca cabellera de su rueca, charlaba con su familia de los troyanos, y de Fiésole y de Roma. En aquellos tiempos se habría mirado como una maravilla a una Cianghella y a un Lapo Salterello, como hoy causarían asombro un Cincinato y una Cornelia. En medio de tanta calma, y de tan hermosa vida por parte de todos y entre tan fieles conciudadanos, me hizo nacer la Virgen María, llamada a grandes gritos, y en vuestro antiguo Baptisterio fui a un tiempo cristiano y Cacciaguida. Moronto y Eliseo fueron mis hermanos; mi esposa procedía del valle del Po, y de ella viene tu apellido. Después seguí al emperador Conrado, que me concedió el título de caballero; tanto fue lo que le agradé por mis buenas acciones. Tras él fui contra la maldad de aquella ley, cuyo pueblo usurpa vuestro dominio, por culpa del Pastor. Allí aquella torpe raza me libró del mundo falaz, cuyo amor envilece tantas almas, y desde el martirio llegué a esta paz.
RESUMEN
Perdido
VOCABULARIO
Aflicción:
COMENTARIO por Franco Nembrini
El camino
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