Rincón Flamenco - "Reflexiones sobre el flamenco" por Eduardo Ternero Rodríguez
Eduardo Ternero - domingo, 15 de noviembre de 2026
Seguimos aclarando algunas de las ignominiosas acciones que se llevaron a cabo al decretar y ejecutar “Prisión General para los Gitanos”, aquella maquinación que se vino a llamar “La Gran Redada”. En la mente de los genocidas estaba el lograr poder realizar aquel etnocidio definitivo, pues con todas las Pragmáticas anteriores, desde hacía casi trescientos años (desde 1499) no se había conseguido erradicar a los gitanos de España, sin embargo, si se había logrado con la mayoría de judíos y moriscos. Esto fue distinto, esto llevaba tiempo gestándose, fue un acto premeditado, un exterminio tramado con alevosía, ya que un año antes el Marqués de la Ensenada había conseguido del Papa Benedicto XIV, a través del Cardenal Valenti, derogar el “amparo eclesiástico” *, para que los gitanos no pudiesen cobijarse en las iglesias.
*El amparo eclesiástico o el auxilio de la iglesia (conocido históricamente como asilo en sagrado o inmunidad eclesiástica) consistía en una antigua ley y prerrogativa de origen medieval que establecía que cualquier persona perseguida por la justicia civil quedaba protegida de ser arrestada si lograba refugiarse dentro de un recinto sagrado, como una iglesia, un convento o un monasterio.
Puente de Barcas entre Triana y Sevilla
Todo parecía estar dispuesto para llevar a cabo aquella malévola maquinación de los poderes del Estado y eclesiásticos, con el fin de eliminar del territorio español todo rastro de personas pertenecientes a la etnia gitana. Aquello tenía que ser concertado con las fuerzas militares, con un ajuste tal que no pudiese escapar familia alguna, ni individuo alguno. Todo debería estar atado y bien atado. Para ello, el Obispo de Oviedo y el Marqués de la Ensenada, enviarían sobres lacrados a todos los acuartelamientos para que, en una misión secreta y a la misma hora, pusieran en marcha el apresamiento de todos los gitanos. El plan urdido en secreto y organizado por ambos proponía: “… prender a todos los gitanos avecindados y vagantes en estos reinos, sin excepción de sexo, estado ni edad, sin reservar refugio alguno a que se hayan acogido”.
El Marqués de la Ensenada, como Secretario de Guerra, daría órdenes a todas las capitanías generales para que cumplieran el fin al que estaban destinados: “apresar a todo gitano, hombre, mujer o niño” e informó de ello a los diversos gobiernos y diócesis de la península; así se encuentra explicitado en cartas y órdenes que podemos investigar en los archivos de toda España. El ejército a nivel nacional y las autoridades locales se organizaron a tal efecto, para no dejar ningún rincón o escondite sin explorar. En muchos lugares, además, las autoridades recurrieron al censo y de antemano tenían ya dispuesto el lugar de sus domicilios. Así ocurriría, por ejemplo, en el barrio sevillano de Triana *, donde la represalia fue excesivamente cruel y la única salida era el Puente de las barcas (que luego sería el Puente de Triana o Puente de Isabel II).
*Así lo expresaban unas tonás: “Por Dios, nos están matando/ por las calles de Triana sin más delito que ser/, gitanitos de la fragua”. “Sangre por el Altozano/ y miedo por las esquinas/, para todo el pueblo unas leyes asesinas”.
En Vélez Málaga, nada más tenerse constancia de la llegada de las partidas militares, muchos gitanos no esperaron a ser capturados, y ante el asombro de los soldados, muchos de aquellos pobres gitanos, atemorizados, se dirigieron voluntariamente a la cárcel de dicha población, donde manifestaron: “ya sabían que se les había de prender y desde luego venían a que Su Majestad les mandase donde habían de ir”.
En el convento de los Mínimos de El Puerto de Santa María *, por ejemplo, al haberse procedido sin la correspondiente garantía juratoria o prevención, el arzobispo de Sevilla (Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio), se quejó y exigió garantías: “… para que los gitanos capturados no fueran castigados en manera alguna, en pena corporal, ni como reos, condenados a las minas de azogue, La Carraca, galeras, presidios de S. M., en otra pena semejante”.
*Así dice la letra de un martinete, aunque también lo podemos escuchar por romance corrido: “Los gitanitos del Puerto fueron los más desgraciaos, que a las minas de azogue se los llevan sentenciados… Los gitanitos del Puerto fueron los más desgraciados que se pueden comparar con los que están enterraos”.
Francisco Rávago y Noriega
Para tranquilizar la conciencia de Fernando VI se consultó a su confesor, el jesuita Padre Rávago *, quien respondió que “le parecían bien los medios para extirpar esta mala raza de gentes, odiosa a Dios y perniciosa a los hombres”.
.*El cántabro Francisco de Rávago y Noriega fue amigo personal y confidente del Papa Benedicto XIV y del marqués de la Ensenada. Influiría mucho sobre la corona, ya que era el confesor del Rey y sus ministros.
Dada la orden, aquellas dos noches (30 y 31 de julio) seguiría la redada, se apresaron entre 10 y 12 mil gitanos, cuando la población gitana en España era del 1%. Además, conllevaba separar a los hombres de las mujeres y los niños. Estos últimos serían encarcelados y recluidos en casas de misericordia o en edificios acondicionados por Ensenada a este fin. Allí serían condenados a realizar trabajos que sufragasen sus gastos de manutención. La idea final era separarlos para que no procreasen. Las mujeres y los niños andaluces, más pequeños de 7 años, separados de sus maridos y padres respectivamente, fueron encarcelados inicialmente en la Alcazaba de Málaga. Pero, esta no fue suficiente para albergar a las más de dos mil mujeres con sus hijos que fueron enviadas allí por lo que una parte de ellas, aproximadamente unas 700 fueron llevadas a la Casa de Misericordia de Zaragoza *.
*“… aquellas gitanas no dejaron de protestar rasgando las ropas que les dieron – iban las más de ellas en cueros –, rompiendo la vajilla y el mobiliario y burlándose de los que las custodiaban, incluido el alcaide”.
Aquellas mujeres, desamparadas, con el dolor de la separación, lucharían no solo por su propia supervivencia, sino por la de sus hijos. Encerradas, sin higiene, poco alimento…, en cárceles y fábricas, se les castigó a trabajar en el sector textil. Por su parte, los niños mayores de siete años se enviaron con los hombres adultos, mientras que los más pequeños fueron extraídos de sus familias poniéndose a disposición de las instituciones para su reeducación. Muchas de las mujeres murieron en el camino o en estos trabajos, mientras que otras soportaron las duras condiciones de las prisiones, viendo perdidos a sus hijos o crecer entre las sombras de la represión.
Para los hombres sería aún peor. La mortalidad estuvo a la orden del día en los lugares de destino, sobre todo los que trabajan en unas minas donde la peligrosidad se multiplicaba exponencialmente. Pero la muerte también los acechó por las malas condiciones de vida y el hacinamiento en astilleros, arsenales y galeras, con situaciones infrahumanas, con castigos, soportando inmundicia, enfermedades… Muchos de aquellos hombres fueron enviados a las minas de Almadén, Asturias…, para extraer el mineral, otros a trabajar forzosamente en los puertos y arsenales de la Carraca (Cádiz), del Ferrol, Cartagena, Alicante... y otros muchos, que serían enviados a las galeras reales.
La muerte acechaba cada día, al igual que ante cualquier intento de amotinamiento y fuga en el que la orden estaba muy clara, tal como lo había decretado el Marqués de la Ensenada: “cualquier intento de huida o sabotaje se pagará con la pena de muerte”. El exterminio del Pueblo Gitano era el objetivo principal; incluso hubo personajes “ilustres” como el conde de Aranda que fueron mucho más radicales, más tajantes…, propusieron al Marqués de la Ensenada no encerrarlos sino aniquilarlos directamente.
Luis Antonio Jaime de Borbón
Debemos manifestar aquí que hubo conciudadanos, aquellos llamados “cristianos viejos” que delataron a los gitanos. En muchos pueblos y ciudades la población no gitana colaboraría en denunciar (revelando y señalando) a aquellos gitanos que hasta ahora habían sido sus convecinos. Muchos verían como se llevaban a familias enteras (gitanas), arrestadas, con grilletes en pies y manos…, ante el llanto de mujeres y niños. También verían llevarse a los hombres a lugares desconocidos para ser tratados como esclavos, en trabajos tan peligrosos y mortíferos como eran las minas de cinabrio (mercurio) de Almadén (Ciudad Real) *. A otros los destinarían como remeros de la armada o en los distintos arsenales y astilleros, en míseras condiciones, repartidos por toda la geografía española. Al igual, y en honor a la verdad, debemos decir que, también, hubo muchos vecinos no gitanos que les ampararon, les protegieron, les ocultaron... Gracias a ellos, muchos, se libraron de aquel holocausto.
*Algunos de los gitanos condenados a Almadén eran niños, como sucedió con los que envió el alcalde mayor de Baeza, quien castigó a seis años de trabajo en el pozo de azogue a cuatro gitanos adultos y a dos gitanillos de 15 y 8 años de edad, hijos de uno de ellos. El superintendente de la mina destinó al de 15 años a las labores subterráneas; pero, con el de 8 años tuvo misericordia: “… lo uno y principalmente por no ser capaz de haber cometido delito y no parecerme justo darle pena tan ignominiosa; y usando de caridad, le he traído con consentimiento de su padre a la casa de esta Superintendencia, con el fin de dispensarle diariamente alguna limosna y educación”.
Pragmática de Ensenada
Aquello no resultó tan fácil. En muchos casos hubo que dilucidar las confusiones que se producían con aquellos “castellanos viejos” que se creía eran miembros de la etnia gitana. Así ocurrió con Francisco José Ribero, maestro cerrajero y vecino de la ciudad de Arcos de la Frontera, detenido por razón “del oficio que ejerce”, ya que se llamaba gitanos “a los que se ejercitan en los oficios de herrería y cerrajería”. Caso parecido padeció el oficial de herrador de Bujalance, Gabriel Ricardo Cordero, del que algunos vecinos habían oído que era gitano, suposición que fue desmentida por la justicia del lugar, que lo consideraba un “cristiano viejo de buena familia”.
Dado que algunos gitanos escaparon de la redada, la Corona ordenó proseguir su caza y captura durante un mes por pueblos y descampados. Los documentos existentes indican que hasta el 4 de octubre de dicho año habían sido capturados 7.760 gitanos y gitanas, a los que hay que añadir los que fallecieron durante la redada y los que fueron capturados posteriormente, lo que supone una cifra total de entre 10000 y 12000 personas. Mas, no contaban con los gitanos itinerantes, los que aún seguían siendo nómadas y otros que, aun siendo residentes y vecinos en localidades, fueron avisados y se echaron a los caminos. La suerte, para muchos de estos, fue el tener conocimiento del territorio, de lugares escondidos, para poder librarse de aquella masacre humana que se intentaba realizar con el Pueblo Gitano.
Aunqos casos letal para muchos gitanos, es decir, aquellas penas impuestas llevaban la muerte implícita. Tras las investigaciones realizadas hasta ahora, están permitiendo aclarar que la medida principal y más importante fue la mano de obra gratuita y la separación de hombres y mujeres. Esta última era una realidad que se perseguía: “Si estos no están juntos resultará imposible la reproducción biológica y, por tanto, la permanencia de una “raza gitana”, de lazos de sangre”.