Rincón Flamenco - "Reflexiones sobre el flamenco" por Eduardo Ternero Rodríguez
Eduardo Ternero - domingo, 11 de enero de 2026
Pepe, jamás dejaría de mantener su relación con sus amigos de Marchena, con aquellos que siempre le siguieron y de aquellos que se fueron incorporando, pues no cabe duda que fueron al menos tres generaciones las que pudieron enorgullecerse de haber pertenecido al grupo de amigos que rodearon al genio marchenero. En una primera etapa serían los niños-amigos de su infancia, quienes compartieron con él vivencia de juventud y con los que siempre mantendría una gran amistad, como Manuel Ponce (comerciante), Joaquín Burgos (panadero), Manolo Montes (agricultor), Eusebio Suarez (confitero), Andrés Rueda (agricultor)… En una segunda, allá por los años 40 fue una segunda generación entre los que estaban José y Sotero Vázquez (leñadores), Pepe Bayón (barbero), Alberto Bellido (constructor), Bricio (obrero agrícola), Pedro Vázquez (obrero industrial), Pepe Vaquero (empresario), Pepe Jiménez (empresario construcción), José María “Chía” (constructor), Antonio Fernández “El Magdaleno” (comerciante), Francisco Osuna (empresario autoescuela), el cura Francisco Hurtado, Fernando Narváez “El Pelao” (empresario bar)… y su gran amigo Miguel Morilla de Puebla de Cazalla.
Pepe Marchena con Manuel Ponce y "Piqui"
En Málaga, Córdoba, Jaén…, en todas partes, dejaría un reguero de amigos, admiradores, aficionados…, que siempre le fueron fieles. También, Marchena, tuvo muchos amigos y seguidores de otros ámbitos musicales como Manuel de Falla, Isaac Albéniz, Andrés Segovia… incluso muchos extranjeros como Carlos Gardel, Leopold Stokowski, Charlie Chaplin… o Aziz Balouch, aquel paquistaní al que conocería en una de sus giras por el Campo de Gibraltar, allá por el año 1933 y le seguiría durante años, hasta el punto de actuar con el nombre de “Marchenita” auspiciado por Pepe Marchena que lo llevaría en su Compañía.
Como Aziz, a lo largo de la historia, de la biografía de Pepe Marchena, nos hemos encontrado infinidad de personas, personajes ilustres, gente llana de los pueblos, de lugares apartados e insospechados de nuestra geografía, que admiraban a Pepe Marchena no solo como artista único sino como amigo, como una persona amena, entrañable…, era y es tal la cantidad de conocidos, seguidores, lo que hoy llamamos fans, que sería arduo nombrar. En los lugares más recónditos, en pequeñas aldeas, a día de hoy, aún salen aficionados, amantes del flamenco, que siguen enamorados de su cante, de su voz.
No hablamos ya de los amigos y conocidos que iba dejando por los sitios que frecuentaba, ni de los incondicionales de su pueblo, que le habían conocido de pequeño y los años posteriores, hablamos de quienes seguían sus andanzas y éxitos a través de la prensa, la radio…, aquellos que seguían su carrera a lo largo de los años. También sentían admiración hacia él cantaores, guitarristas, bailaores…, de ambos sexos, que compartieron escenario con él. Serían aquellos que vivieron de forma paralela sus éxitos o que llevara en sus giras, de los cuales no hemos encontrado referencia negativa alguna; todo lo contrario, a los que hemos escuchado – artistas de distintas épocas, de distintos estilos, ortodoxos, heterodoxos, gitanos y no gitanos –, no dejan de reconocer la gran aportación, la revolución que Pepe aportó al flamenco.
Pepe con varios amigos marcheneros
Hablamos de figuras como Pastora Pavón, Chacón Caracol, Torre, Carmen Amaya, Curro de Utrera, Chocolate, Rancapino…, hasta el mismísimo Antonio Mairena, son ejemplo de ello. Sea como fuera, el carácter optimista de Pepe irradiaba a quienes estaban a su alrededor; su talante, su forma de decir las cosas, su educación tan exquisita hacia los demás…, incluso, el grado de amistad que demostraba cuando les visitaba le valió para granjearse el ser una persona querida por todo aquel que le conocía.
Según me cuentan quienes estuvieron cerca de él, quienes compartieron muchas horas de trabajo, de juerga, viajes…, Su liderazgo como persona obnubilaba los sentidos de quienes le rodeaban; era una atracción natural, que irradiaba, que te atrapaba: “… una vez que le conocías te enamorabas del personaje; la vida junto a él era de otra manera”. Por eso no es de extrañar que amigos suyos, de Marchena y otros lugares, me han llegado a decir: “… es que yo, cuando estaba con Pepe era muy feliz”, “… yo quería a Pepe, como algo mío”, “… tenía hacia él un sentimiento parecido al que tengo hacia mis hijos, mis hermanos, mis padres...”
Como ejemplo de lo dicho, voy a traer a la memoria hechos que ocurrieron hace la friolera de más de 50 años. Fueron las palabras que me dijeran a dúo los hermanos José y Sotero Vázquez, leñadores o ‘leñeros’ ambos, apelativo con el que le solían conocer sus paisanos; pues ellos trabajaban aportando leña cortada a los hornos de Marchena (que eran muchos). Los Vázquez fueron una especie de filósofos del pueblo, poetas, grandes conversadores, que no tuvieron oportunidad de asistir a la escuela durante su infancia y que trabajarían desde muy temprana edad. Sin embargo, fueron personas muy preocupadas por saber, comprometidas, ávidas de tener mucha cultura, de aprender cuanto caía en sus manos. Tanto José como Sotero, salían al campo al amanecer para cortar y recoger madera procedente de los olivos marcheneros y ambos, aprenderían, a leer y componer a lo largo de los años, con la lectura de prospectos de cine, retales de periódicos que caían en sus manos y en contadas ocasiones asistiendo a clases nocturnas. Ambos pudieron editar libros con entrañables poemas; sus composiciones poéticas nos han dejado versos compuestos de manera magistral, pues llegaron a tener un vocabulario extenso, poético, conmovedor.
Pepe con Caracol y Valderrama
Tanto Sotero como José, me comentaban en su día que, sus poesías se basaban en la naturaleza, en temas bucólicos, en los ambientes cotidianos que les surgían en muchos momentos que vivían; o mientras transitaban por caminos y olivares en busca de leña, asidos al varal de sus respectivos carros, al son de campanillos y cascabeles del atalaje de sus caballerías, que rompían el silencio de los amaneceres.
Ambos, tanto José como Sotero fueron algo más que admiradores de Pepe Marchena, sobre todo José. José Vázquez idolatraba a Pepe Marchena. Me contaba, a inicio de los 70 que, cuando, se enteraba de que Pepe se desplazaba a Marchena, era para él y para un grupo bastante numeroso de marcheneros un regocijo, una fiesta. Eran días en la que muchos dejaban sus trabajos, sus ocupaciones, sus familias… y acudían al chalé que “Pepe Marchena” tenía en el paraje de los “Abrigosos”, llamado Cañaveralejo. Allí comían, bebían juntos, recordaban y escuchaban las andanzas del “maestro”, e incluso había días que Pepe venía con algún cantaor o cantaora y podían deleitarse con sus cantes. Más tarde, cuando se fundó el Club Pepe Marchena, se reunían en la sede, compartían con más amigos, conocidos, otros artistas, jornadas de cante, charlas y vino.
A José y a Sotero Vázquez, por cuestiones laborales, quien suscribe, les veía y hablaba casi a diario. Su ruta de vuelta al pueblo, tras la larga jornada de trabajo, era el pesar su carro cargado de leña en una gran báscula y continuar hasta los distintos hornos de Marchena, donde descargaban y entregaban la leña para hacer el pan, los molletes, bizcochos, hojaldres, tortas de manteca… El pueblo de Marchena tenía y tiene todos estos productos exclusivos, que son reconocidos en toda España y que una gran mayoría consume a diario. Muchas de aquellas tardes, mientras registraba el peso de sus mercancías madereras, manteníamos entretenidas charlas; y, a pesar de ser dos hombres de campo, de brazos y manos duras de bregar con el hacha y la sierra, de abrazar troncos de recia leña de olivo…, de parecer broncos, admiraba su conversación, sus sensibilidades, sus charlas (propia de dos intelectuales, de dos personas cultas que sabían lo que decían). Su conversación era como una prosa poética que tenían escrita en su libreta memorial, mientras abrían caminos por los senderos de la zona olivarera de “Las Abiertas”, donde entresacaban madera centenaria de viejos olivos, cansados de dar fruto y oro líquido a ingentes generaciones…
Pepe con Mario Moreno "Cantinflas"
De entre sus muchas conversaciones, recuerdo que me sorprendió sobremanera, tal vez porque viene al caso, cuando, José, comparaba a su ídolo, al “Niño de Marchena”, con aquel “maestro” que murió en la cruz. Cualquiera, como yo, pese a mi edad, se hubiese quedado absorto. En cambio, él, animoso conversador, derrochando palabras, me lo explicaba pausadamente: “Ambos nacieron en la pobreza más absoluta, ambos destacaron, sorprendieron al mundo desde pequeño. Desde muy joven desarrollaron una inteligencia fuera de lo normal. Uno a los 12 años hacía discursos en el templo, Pepe con 13 años ya actuó en el templo del flamenco el café “Novedades” sevillano. A ambos, desde muy joven le llamaron “maestro”. Ambos llevaron detrás una ingente cantidad de seguidores en su apostolado. El de Nazaret cambió el sentido de la vida, luchó contra las adversidades fariseas. Pepe cambió el flamenco, siempre respetando a sus antecesores. Los dos tuvieron discípulos, seguidores, imitadores, por todos los lugares que visitaban. Los dos tuvieron entrada triunfal en la capital del reino, Jesús en Jerusalén y Pepe en Madrid. Al nazareno, por envidia, por su carisma, por su liderazgo, por su bondad…, lo crucificaron y parecía que, con su muerte, se acababa todo, se perderían sus enseñanzas. Sin embargo, ahí sigue, 2000 años después, con más fortaleza aún, conformando la mayor empresa del mundo, el Cristianismo. A Pepe, en cierta manera, también lo crucificaron y muchas veces, su garganta privilegiada, su elegancia, su admiración mundial…, levantaría muchas envidias y en su última etapa, cuando ya estaba enfermo, el mairenismo y la lucha que mantuvieron sus detractores, parecía que lograrían hacer desaparecer su memoria y su magisterio; pero, tras un periodo de oscurantismo, de querer tapar toda huella que oliera a marchenismo, ha ocurrido todo lo contrario, sus seguidores y las generaciones posteriores han seguido manteniéndolo vivo, reconociendo su valor en el mundo del flamenco, su maestría, sus enseñanzas…, tal vez con más fuerza”. Y finalizaba: “Como aquel ha resucitado en muchas ocasiones”.
Cuánta razón llevaba, José Vázquez; este año 2026, se cumplen 50 años de la muerte del maestro Pepe Marchena y su cante está, cada vez, más presente. Ahora, a estas alturas del siglo XXI, críticos y cantaores, gente del flamenco en general, no paran de reconocer los valores que aportó Marchena al cante, a la música flamenca. Sí, el “maestro” nunca pasó desapercibido, ahora, las nuevas generaciones, siguen reconociendo y gustan de escuchar su forma de cantar. Ahora ha surgido otra nueva hornada de cantaores y cantaoras noveles. Si hace 100 años empezaron a aflorar sus imitadores, aquellos que vieron en aquel “Niño de Marchena” un revolucionario, un genio, algo distinto y trataron de seguir su estela, hoy a estas alturas del siglo XXI, son muchos y muchas los que llevan a gala imitar y llevar el estilo de Marchena, el cante y los palos del maestro marchenero por todos los escenarios del mundo. Ahí están triunfando, por poner algún ejemplo, con sus éxitos y sus repertorios “Los cuatro Muleros”, y muchos artistas, hoy en vanguardia y en la cresta de la ola llevan “la Rosa”, “Cante a Córdoba”, sus fandangos, sus cantes de ida y vuelta, su creación, la colombiana …, por las mejores salas y teatros de Madrid, Nueva York, por los escenarios y en grabaciones, artistas de la talla de Miguel Poveda, Rocío Márquez, Sandra Carrasco, Rosalía…, reivindican la figura de Pepe Marchena.