Rincón Flamenco - "Reflexiones sobre el flamenco" por Eduardo Ternero Rodríguez
Eduardo Ternero - domingo, 8 de noviembre de 2026
Muchas veces, cuando leemos libros de historia española, nos encontramos episodios que son difíciles de digerir; uno piensa que son exageraciones o parte de la leyenda negra de España. Sin embargo, lo que les vamos a contar no es un cuento o ficción, sino que, por desgracia, fueron una serie de acontecimientos lamentables que no podemos obviar. Todo sucedió en una sola noche, una noche fatídica en la que se detuvo a más de 10.000 gitanos y gitanas con el fin de acabar con el gitanismo en España que, según los dirigentes ilustrados de la época, atentaba contra el orden social establecido. Aquello no fue más que un proyecto de exterminio.
Reinaba en España el tercer Borbón, Fernando VI, cuarto hijo de Felipe V, al que llamarían “El Prudente” y “El Justo”; una contradicción, pues, aunque durante todo su reinado (1746-1759), España no tendría conflictos bélicos con otras naciones europeas, sí tendría muchos problemas internos, que afectaron poderosamente a la población española, sobre todo a los gitanos y a la masonería. Fernando VI, al igual que su padre, no solo heredó la corona sino también una inestabilidad emocional, un deterioro mental tal que le llevaba a procesos de ira y apatía combinadas, con tal agresividad que incluso mordía a sus criados y a quienes le rodeaban. Sus días terminarían con crisis epilépticas y una enajenación tan generalizada que, incluso, creía ser un fantasma… Todo esto conllevaría paralizar el país durante largos periodos de tiempo y dejar el reino en manos de sus ministros y su esposa, la reina Bárbara de Braganza.
El rey Fernando VI
Uno de sus favoritos, el marqués de la Ensenada, ocuparía cargos como ministro de Hacienda, Marina e Indias y sería (fatídicamente) protagonista de la historia del Pueblo Gitano, cuando decretó aquello que se vendría a llamar “La Gran Redada”, una de las más crueles Pragmáticas promulgada en España contra el ser humano.
La Gran Redada fue un intento de genocidio, una operación de exterminio del Pueblo Gitano. Para algunos no habían sido suficientemente crueles las Pragmáticas anteriores, había que acabar con ellos. Recordemos que el primer planteamiento de los Reyes Católicos fue la de homogeneizar su imperio, unificar política, religiosa y económicamente el Estado español, donde solo existiera una única forma de sentir de pensar…; para ello había que eliminar, según la Iglesia, a quienes no formaran parte de ese proyecto, es decir: moriscos, judíos y los llamados gitanos que llevaban 30 años en España. Esta aversión se produce cuando se crea el Santo Oficio o la Santa Inquisición (entre 1478 y 1479), determinando que era hora de empezar a reprimir a esos intrusos venidos de tierras extrañas. Aquella gente no entraba ni cuadraba en sus cálculos y se les achacó el ser sacrílegos y ateos. No fue una cuestión política, sino que, el Estado, se sustentó sobre unas bases fanáticas, que impondría aquella influente represión religiosa para acabar con los gitanos.
Mas, la verdadera causa que llevó a la Inquisición a querer acabar con los gitanos no fue el que no cumplieran los mandamientos que imponía la Santa Madre Iglesia, sino aquel sentido de libertad que ostentaban y, por tanto, se tipificó como delito el ser nómada. Porque, gobernantes y religiosos ansiaban tener bajo su yugo a todos los pobres y esclavos… – ciudadanos de esta tierra – y se les escapaba el control de los gitanos al ser un pueblo que deambulaba de un lugar a otro vendiendo sus mercancías, haciendo trabajos temporales y marchando a otros territorios. Esto conllevaría que muchos pensaran y difamaran diciendo que huían temiendo represalias por algunas infracciones o delitos que habrían cometido. Ese fue uno de los motivos para criminalizar al Pueblo Gitano.
Ya sabemos que a partir de 1539 la Pragmática de Carlos I diferenciaba las penas de hombres y mujeres, pues los primeros serían conducidos a galeras y las féminas serían azotadas y o desterradas. A partir del XVII, la Iglesia empezaría a no ver con buenos ojos a la mujer gitana, por su sentido de la libertad y su matriarcado, pues, en aquellos tiempos, la mujer cristiana española y europea mantenía una estricta sumisión al hombre, algo que preconizaban y exigían las leyes eclesiásticas. A partir de aquí, la obsesión religiosa y por ende la política de la oligarquía gubernamental estaría encaminada a la persecución de todo lo que oliera a gitano. Había que erradicar el gitanismo, eliminar su identidad para que no se contagiara el pueblo español de aquellas costumbres libertarias. El pueblo, el entonces “esclavo español” debería permanecer subyugado bajo las poderosas y temidas garras de la Iglesia, la nobleza y el Estado.
El Marqués de la Ensenada
Sería durante el reinado del último de los Austrias, Carlos II, aquel débil, melancólico y nefasto rey español, cuando se exigiría al gitano a empadronarse, declarar sus enseres, sus caballerías…, sus ínfimos enseres, para llevar un mayor control, al igual que obligarles a avecindarse en ciudades. Sin embargo, cuando arribaban a alguna aldea, villa o ciudad, se les negaba esa vecindad, por considerarlos indeseables. Se les obligaba a quedarse en el extrarradio, en las afueras, acampados, hasta que pudiesen demostrar que eran fiables y buenos vecinos.
Ya dijimos que la llegada de los Borbones a España no supuso una mejoría para el Pueblo Gitano, ni tampoco para el resto de los españoles. La herencia de las respectivas leyes y Pragmáticas que habían lanzado los Austrias hacia el Pueblo Gitano, junto a las reformas que hicieron los Borbones, el empecinamiento de la Iglesia y otros sectores de la nobleza, supuso el poder argumentar su envío a galeras, a las minas o ser condenados en las colonias de Ultramar como esclavos. Hasta entonces, los gitanos, “solo” habían sido perseguidos, azotados, maltratados o desterrados.
El reinado de Felipe V, nefasto de por sí, no solo para el Pueblo Gitano, sino para toda la población española, sería la antesala de lo que vendría más tarde. Con la subida al trono de su hijo Fernando VI, se pondría en marcha una macabra idea que maquinarían el Marqués de la Ensenada y algunos próceres eclesiásticos. Ya no bastaba el hecho de azotar, repeler y desvirtuar la condición del gitanismo; ahora se trataba de ocultar, eliminar todo lo que oliera a gitano; para ello habría que utilizar una estrategia mucho más drástica y sobre todo mucho más terrible para el Pueblo Gitano.
Estamos en 1749, reina el enfermizo rey Fernando VI quien, a pesar de tener el mayor imperio de la Tierra, era un pelele en manos de quienes le rodeaban, no solo de su mujer, la reina Bárbara de Braganza, sino de toda una sarta de ministros, jerarcas de la Iglesia y otros allegados que componían la Corte. Entre todos van a fraguar una Pragmática, una maliciosa ley para acabar definitivamente con los gitanos en España.
El Obispo Gaspar J. Vázquez Tablada
Empecemos a dar los nombres de sus artífices: Zenón de Somodevilla y Bengoechea “Marqués de la Ensenada”, Consejero de Estado, ministro de Hacienda, Marina… El Obispo de Oviedo Gaspar José Vázquez de Tablada, quien a la vez era Presidente del Consejo de Castilla; El Cardenal Silvio Valenti Gonzaga (nuncio papal en Flandes); Francisco de Rávago y Noriega (destacado eclesiástico español y confesor del Rey) y el Papa Benedicto XIV (nº 247 como titular del Vaticano, entre 1740 y 1758). En el centro de todos ellos el anulado y ninguneado rey de España, el demente Fernando VI. El precursor de la idea y la estrategia sería el tétrico Obispo Vázquez de Tablada quien, con sus sibilinos y ladinos intereses, conminó al Marqués de la Ensenada para llevar a cabo aquella maléfica misión, que era, ni más ni menos que, el apresamiento de todo el Pueblo Gitano. El marqués y ministro vería en ello una inmejorable salida para rearmar la marina y tener mano de obra gratuita en astilleros, minas, etc., es decir, sin coste alguno para las arcas del Estado.
Zenón de Somodevilla (Marqués de la Ensenada), que se había ido haciendo cada vez más fuerte dentro de los “ilustres” que rodeaban a Fernando VI, intuyó que con el exterminio gitano acababa con dos lacras que le preocupaban (el nomadismo y la falta de recursos). Acabaría con la vagancia y el nomadismo apresando a todos los gitanos que encontrase pululando por caminos; pero se equivocaba, por entonces, la mayoría de los gitanos estaban asentados en pueblos y ciudades de España y no constituían peligro alguno para la sociedad. Recordemos que durante el reinado de Felipe V se habían designado 75 villas y ciudades donde tenían obligación de avecindarse el Pueblo Gitano. Por tanto, estaban controlados y empadronados la gran mayoría. Aquí, por esta zona de Andalucía, en muchos pueblos como Carmona, Marchena, Utrera, Triana, Córdoba, Jerez…, la mayoría de los gitanos eran vecinos de hecho y ejercían sus oficios como braceros del campo, tratantes, herreros, herradores, latoneros, cesteros, esquiladores… sin problema alguno, rodeados de sus familias, como cualquier otro español. La población española incluso les reconocía, los veía necesarios para la sociedad, es decir, la inclusión, la integración era un hecho; la mayoría del Pueblo gitano había cumplido con lo que la legislación les había obligado: volverse sedentario y ejercer un oficio.
En aquellas fechas, la mayoría de los gitanos estaban casados por la Iglesia, acudía a los actos públicos y religiosos e incluso, en pueblos como Marchena, Osuna, Carmona… formaban parte de los cortejos procesionales y eclesiásticos. Igualmente, muchos de ellos, formaban parte de la plantilla de trabajadores de los nobles (como los Duques de Arcos), en los oficios relacionados con la forja, la trata y arreglo de caballerías… Sin embargo, todo aquello no fue suficiente para las maquinaciones que el Marqués de la Ensenada (como principal artífice), anhelaba llevar a cabo, un organizado y maquiavélico plan de exterminio del Pueblo Gitano.
El Cardenal Silvio Valenti
Todo quedó bien planeado para que, durante la madrugada del día 30 al 31 de julio de 1749, exactamente a las 12 de la noche, se lograse el apresamiento de miles de gitanos en sus respectivos domicilios. Había que requisarles todas sus propiedades (desde los enseres más insignificantes hasta sus animales y sus casas) y llevarles a cárceles y prisiones, hacinados como ganado. Asimismo, todos sus bienes serían subastados para costear el traslado de los gitanos a prisión y para repartirlos por toda la geografía española. Todo el mundo sabía que aquello era un subterfugio para ocultar el verdadero motivo de aquella Redada: la Armada Española estaba destrozada, Flandes y otras guerras en el extranjero nos habían esquilmado remeros y astilleros y se necesitaban esclavos sin tener coste alguno para las arcas de la corona, para poder sufragar todos aquellos gastos. Prueba de ello es que no se castigaba con azotes, destierro o muerte (con esas medidas el Estado no se beneficiaba), sino que la sentencia era clara: envío a minas, astilleros, galeras, arsenales…, esclavizados.
La Gran Redada, la también llamada Prisión General para los Gitanos, llevada a cabo por gobernantes políticos y eclesiásticos no trataba de criminalizar a quienes hubieran cometido delito, por tanto, al gitano no se le apresaba por lo que hubiera hecho, sino por lo que era: Gitano *.
*Estas letras de seguiriyas lo dicen todo: “Por las esquinas/ gritos se oían/, se llevaban a los míos/ para las minas”. “¡Ay, cuantas cadenas/, la libertad nos quitan/, mare de mi alma/ sin tener culpa/.