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El arte de valorarnos a nosotros mismos


TEMA:   Psicología
Las valoraciones que las personas que nos rodean hagan de nosotros nos ayudarán a formarnos una idea de quiénes somos y del papel que desempeñamos en el entorno en el que nos encontramos. Pero a lo largo de toda la vida se pueden dar situaciones (pérdida de empleo, acoso, relaciones de parejas tóxicas) en la que los niveles de autoestima fluctúen. Si la persona tiene un nivel saludable de autoestima estas situaciones no deberían afectarla; en caso contrario, cabe preguntarse si no habrán puesto en entredicho la valoración que uno tenía de sí mismo.
En cualquier caso, una persona puede empezar a considerarse que tiene una autoestima muy baja cuando se siente pequeña frente a los demás, incapaz de dar su opinión por pensar que, o bien no tiene valor, o no va a interesar a su interlocutor; puede creer que, por su aspecto físico, no solamente no consigue hacer amistades, sino que, sin cruzar apenas palabras, le rechazan los otros.

Es cierto que uno admite en su persona este tipo de conductas cuando tiene la autoestima algo baja, pero eso no quiere decir que se encuentre cómodo con lo que está ocurriendo. Simplemente, no sabe qué hacer para que cambie. Pero la reacción ante el dolor que uno está sintiendo provoca otra serie de conductas que no ayudan a mejorar en absoluto la situación. No es extraño que la persona, ante una situación de ese tipo:

- Intente evitar la situación a toda costa, y rehuya otras, para no enfrentarse a lo que cree que le va a suponer un mal trago.

- Se muestre agresiva. No hay mejor defensa que un buen ataque; de esta forma cree evitar que le hagan daño.

- Revierta la agresividad contra sí misma, considerándose un ser despreciable. En estos casos, la forma de evitar sentir el dolor suele llevar a adicciones de diversos tipos, como las drogas, el alcohol, la comida, o el sexo, entre otras.

La baja autoestima puede ser situacional o caracterológica. Es decir, alguien puede sentirse ineficaz en áreas muy específicas y, en otros ámbitos perfectamente capaz e incluso orgulloso de su buen hacer. En estos casos, el aprendizaje de algunas estrategias cognitivas, que tienen que ver con el control del diálogo interno y la aceptación de sí mismo y de los errores, mejorará la percepción general de bienestar.

Cuando se trata de una baja autoestima caracterológica, se refiere a la propia identidad, a la percepción que el sujeto tiene de sí como un todo, y en este caso es preciso intervenir en múltiples aspectos de la personalidad, las habilidades sociales y de comunicación, el trabajo con metas, objetivos..., y realizar una profunda reestructuración cognitiva.

La autoestima no es algo que se adquiere y se mantiene inamovible a lo largo del tiempo, fluctúa, y es esto lo que permite que podamos valorar de manera adecuada nuestra actuación en cada momento. Es decir, el aprendizaje de una sana autoestima no consiste en pensar que uno es el mejor, el más guapo y el más eficaz, y todo esto, a ser posible siempre. Aprender a quererse, a valorarse, a estimarse, tiene mucho que ver con esos momentos en los que las cosas salen al revés de como habíamos pensado, o nos hemos puesto en evidencia con una actuación ridícula o ineficaz, como suelen ser las grandes meteduras de pata. En estos momentos, una valoración objetiva, propia y ajena, sería casi con seguridad bastante baja. Es decir, las personas que tengan unos niveles aceptables de autoestima, en ocasiones podrán hacer una valoración baja, y el quid de la cuestión reside en que lo hacen de su conducta, no de sí mismas. Es decir, el concepto general de uno mismo no se ve afectado por algo que haya hecho mal.

Seremos más eficaces, y también más felices, si nos acostumbramos a valorar nuestras conductas en lugar de nuestra identidad. Las conductas se pueden variar hasta conseguir las que más agraden. Estar a gusto con uno mismo no es una opción, sino un requisito imprescindible para llevar una vida agradable con la única persona con la que vamos a convivir desde que nacemos hasta que morimos.