JUSTICIA VERSUS INJUSTICIA: La historia de Giges contada por Heródoto y después utilizada por Platón.
La historia de Giges es contada por Heródoto en el libro I de sus “Historias”.
Cuenta cómo el rey Candaules de Lidia, obsesionado con la belleza de su esposa, obliga a su guardaespaldas Giges a observar a la reina desnuda.
Descubierto el ultraje, la reina da a Giges la opción de morir o matar al rey, tras lo cual Giges asesina a Candaules, se apodera del trono y funda una nueva dinastía.
Heródoto de Halicarnaso (484 a. de C. – 425 a. de C.) fue un historiador y geógrafo griego, tradicionalmente considerado como “el padre de la Historia” en el mundo occidental.
Dedicó parte de su vida a efectuar viajes para obtener la información y los materiales que le permitieron escribir una obra de gran valor histórico y literario.
El primer escritor que le cita como “padre de la Historia” es Cicerón en su obra “De legibus” por su famosa “ Ἱστορίαι“ (Historiae = Historias), también conocida como “Historia”, literalmente “investigaciones, explicaciones”.
Las “Historiae” o nueve libros de Historia son consideradas una fuente importante por los historiadores por ser la primera descripción del mundo antiguo a gran escala y una de las primeras en prosa griega.
En ellas narra con precisión las “guerras médicas” entre Grecia y Persia a principios del siglo V a. de C., con especial énfasis en aspectos curiosos de los pueblos y personajes de unos y otros, al tiempo que describe la historia, etnografía y geografía de su tiempo.
(Wikipedia).
Texto de Heródoto:
“El Imperio que antes era de los Heráclidas, pasó a la familia de Creso, descendiente de los Mérmnadas.
Candaules, hijo de Myrso, a quien por eso dan los griegos el nombre de Myrsilo, fue el último soberano de la familia de los Heráclidas que reinó en Sardes.
…El que los Heráclidas, descendientes de Hércules y de una esclava de Yardano, se quedasen en el mando que habían recibido en depósito de mano del último sucesor de los descendientes de Lydo, no fue sino en virtud y por orden de un oráculo.
Los Heráclidas reinaron en aquel pueblo por espacio de quinientos años, con la sucesión de veintidós generaciones, tiempo que fue siempre pasando la corona de padres a hijos, hasta que por último se ciñeron con ella las sienes de Candaules.
Este monarca perdió la corona y la vida por un capricho singular.
Enamorado sobremanera de su esposa y, creyendo poseer la mujer más hermosa del mundo, tomó una resolución a la verdad bien impertinente.
Tenía entre sus guardias un privado (guardaespaldas) de toda su confianza llamado Giges, hijo de Dascilo, con quien solía comunicar los negocios más serios del Estado.
Un día, muy de propósito se puso a encarecerle y levantar hasta las estrellas la belleza extremada de su mujer, y no pasó mucho tiempo sin que el apasionado Candaules (como que estaba decretada por el cielo su fatal ruina) hablase otra vez a Giges en estos términos:
“Veo, amigo, que por más que te lo pondero, no quedas bien persuadido de cuán hermosa es mi mujer, y conozco que entre los hombres se da menos crédito a los oídos que a los ojos. Pues bien, yo haré de modo que ella se presente a tu vista con todas sus gracias, tal como Dios la hizo”. Al oír esto Giges, exclama lleno de sorpresa: - “¿Qué discurso, señor, es éste, tan poco cuerdo y tan desacertado? ¿Me mandaréis por ventura que ponga los ojos en mi Soberana? No, Señor; que la mujer que se despoja una vez de su vestido, se despoja con él de su recato y de su honor. Y bien sabéis que entre las leyes que introdujo el decoro público, y por las cuales nos debemos conducir, hay una que prescribe que, contento cada uno con lo suyo, no ponga los ojos en lo ajeno. Creo fijamente que la reina es tan perfecta como me la pintáis, la más hermosa del mundo; y yo os pido encarecidamente que no exijáis de mí una cosa tan fuera de razón”.
Con tales expresiones se resistía Giges, horrorizado de las consecuencias que el asunto pudiera traer; pero Candaules le replicó así: - “Anímate, amigo, y de nada tengas recelo. No imagines que yo trate de hacer prueba de tu fidelidad y buena correspondencia, ni tampoco temas que mi mujer pueda causarte daño alguno, porque yo lo dispondré todo de manera que ni aun sospecha haber sido vista por ti.
Yo mismo te llevaré al cuarto en que dormimos, te ocultaré detrás de la puerta, que estará abierta. No tardará mi mujer en venir a desnudarse, y en una gran silla, que hay inmediata a la puerta, irá poniendo uno por uno sus vestidos, dándote entre tanto lugar para que la mires muy despacio y a toda tu satisfacción. Luego que ella desde su asiento volviéndote las espaldas se venga conmigo a la cama, podrás escaparte silenciosamente y sin que te vea salir”.
Viendo, pues, Giges que ya no podía huir del precepto, se mostró pronto a obedecer.
Cuando Candaules juzga que ya es hora de irse a dormir, lleva consigo a Giges a su mismo cuarto, y bien presto comparece la reina. Giges, al tiempo que ella entra y cuando va dejando después despacio sus vestidos, la contempla y la admira, hasta que vueltas las espaldas se dirige hacia la cama.
Entonces sale fuera, pero no tan a escondidas que ella no le eche de ver. Instruida de lo ejecutado por su marido, reprime la voz sin mostrarse avergonzada, y hace como que no repara en ello; pero se resuelve desde el momento mismo a vengarse de Candaules, porque no solamente entre los lidios, sino entre casi todos los bárbaros, se tiene por grande infamia el que un hombre se deje ver desnudo, cuanto más una mujer.
Entretanto, pues, sin darse por entendido, se quedó toda la noche quieta y sosegada; pero al amanecer del otro día, previniendo a ciertos criados, que sabía que eran los más leales y adictos a su persona, hizo llamar a Giges, el cual vino inmediatamente sin la menor sospecha de que la reina hubiese descubierto nada de cuanto la noche antes había pasado, porque bien a menudo solía presentarse siendo llamado de orden suya.
Luego que llegó, le habló de esta manera: “No hay remedio, Giges; es preciso que escojas, en los dos partidos que voy a proponerte, el que más quieras seguir. Una de dos: o me has de recibir por tu mujer, y apoderarte del Imperio de los lidios, dando muerte a Candaules, o será preciso que aquí mismo mueras al momento, no sea que en los sucesivo le obedezcas ciegamente y vuelvas a contemplar lo que no te es lícito ver. No hay más alternativa que ésta: es forzoso que muera quien tal ordenó, o aquél que, violando la majestad y el decoro, puso en mí los ojos estando desnuda”.
Atónito Giges, estuvo largo rato sin respuesta, y luego la suplicó del modo más enérgico no quisiese obligarle por la fuerza a ninguno de los dos extremos. Pero viendo que era imposible disuadirla, y que se hallaba realmente en el terrible trance o de dar la muerte por su mano a su señor, o de recibirla él mismo de mano servil, quiso más matar que morir, y la preguntó de nuevo: - “Decidme, señora, ya que me obligáis contra toda mi voluntad a dar muerte a vuestro esposo, ¿cómo podremos acometerle? - ¿Cómo? Le responde ella, - en el mismo sitio que me prostituyó desnuda a tus ojos; allí quiero que le sorprendas dormido”.
Concertados así los dos y venida que fue la noche, Giges, a quien durante el día no se le perdió nunca de vista, ni se le dio lugar para salir de aquel apuro, obligado sin remedio a matar a Candaules o morir, sigue tras la Reina, que le conduce a su aposento, le pone la daga en la mano, y le oculta detrás de la misma puerta. Saliendo de allí Giges, acomete y mata a Candaules dormido; con lo cual se apodera de su mujer y del reino juntamente; suceso de que Archilocho Pario, poeta contemporáneo hizo mención en sus “Jambos trímetros”.
Apoderado así Giges del reino, fue confirmado en su posesión por el Oráculo de Delfos.
Porque, como los lidios, haciendo grandísimo duelo del suceso trágico de Candaules, tomasen las armas para su venganza, se juntaron con ellos en un congreso (reunión) los partidarios de Giges, y quedó convenido que si el Oráculo de Delfos declaraba que Giges fuese rey de los lidios, reinase en hora buena, pero si no que se restituyese el mando a los Heráclidas….
(Heródoto de Halicarnaso. Los nueve libros de la Historia. Ediciones elaleph 2000 .com. Traducción de P. Bartolomé Pou.) Word Press. Com. PDF libro I.
PLATÓN (427 a. de C. – 347 a. de C.) en su obra “La República” aprovecha esta historia que cuenta Heródoto sobre Giges para, cambiando algunas cosas, reflexionar sobre el concepto de “justicia”.
Aquí he tomado algunos párrafos que me han parecido interesantes.
Lo que concierne a la historia de Giges se encuentra en el libro II, 359 d -360 b, de su obra “La República”.
“(Habla Trasímaco) Y para demostrarte que nadie respeta la “justicia” si no es a la fuerza, cuando siente que no puede violarla, hagamos una suposición.
Demos a todas las personas, sean justas o injustas, el poder de hacer cada uno todo lo que quiera; y sigámoslas y veamos a dónde les lleva cada una la pasión… Enseguida sorprenderíamos a la persona que era justa siguiendo el mismo camino que la que ya era injusta desde antes: ambas se verán igualmente arrastradas por el deseo de adquirir siempre más y más cosas, que no es más que una inclinación natural y, por tanto, buena en sí misma, pero que la ley reprime y limita por la fuerza, o por respeto a la igualdad.
Cuando digo “el poder de hacer cada uno lo que quiera”, me refiero a algo así como lo que se cuenta de Giges, antepasado de los lidios…
Giges era pastor del rey de Lidia. Y después de una tormenta, a la que siguió un terremoto, la tierra se abrió justo por donde pacía su ganado.
Lleno de asombro por lo sucedido, bajó por la grieta que se había abierto y, entre otras cosas que se cuentan, vio un caballo de bronce, en cuyo vientre había abiertas unas pequeñas puertas, por las que asomó la cabeza para ver lo que había dentro, y encontró allí un cadáver de una talla superior a la humana. El cadáver estaba desnudo: sólo tenía en un dedo un anillo de oro. Giges lo cogió y se fue.
Más tarde, estando reunidos los pastores como acostumbraban cada mes, para rendir cuentas al rey del estado de sus ganados, Giges acudió llevando en el dedo su anillo, y se sentó entre los demás pastores.
Entonces sucedió por casualidad que se le giró la piedra preciosa del anillo hacia el lado interior del dedo… y Giges se volvió invisible, de manera que los demás hablaban de él como si estuviera ausente… Sorprendido por ello, Giges volvió la piedra hacia fuera, y en el acto se hizo visible. Viendo que el anillo tenía ese poder trató de asegurarse repitiendo la experiencia y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro la piedra del anillo, él se hacía invisible; y cuando ponía la piedra hacia fuera, se volvía visible de nuevo. Una vez que se aseguró de ello, se hizo incluir entre los pastores que habían de ir a rendir cuentas al rey, y al llegar al palacio, sedujo a la reina, y con su ayuda se deshizo del rey y se apoderó del trono.
Ahora bien, si hubiera dos anillos como ése, y se diera uno a una persona justa y otro a una injusta, todo el mundo sabe que muy probablemente no habría nadie con un carácter lo bastante fuerte como para mantenerse en la justicia y abstenerse de quedarse con los bienes ajenos, cuando podrías tomar de los lugares públicos todo lo que quisiera, con total impunidad, y entrar en las casas, abusar de cualquiera, matar a unos, liberar de sus cadenas a otros, y en fin, hacer todo lo que quisiera, con un poder tan grande como el de los dioses, en comparación con el resto de los mortales.
En nada se distinguirían, pues, las conductas de ambas personas: los dos buscarían lo mismo.
Y esto es la mejor demostración de que nadie es justo por su propia voluntad, sino sólo por necesidad; y que ser justo no es un bien para nadie en particular, puesto que cualquier persona se vuelve injusta en cuanto puede hacerlo sin temor a ser descubierta.
Así, los partidarios de la injusticia concluirían que, en el fondo de su alma, cualquiera cree – y con razón – que la injusticia siempre es más ventajosa que la justicia; pues si alguien habiendo recibido un poder semejante, no quisiera hacer daño a nadie, sin tocar los bienes de otro, todos lo mirarían como la persona más desgraciada e insensata de todas.
Sin embargo, en público, todos elogiarían su virtud, aunque en realidad sólo con la intención de engañarse mutuamente y por el temor de sufrir ellos mismos alguna injusticia por parte de otros”.
(Platón, La República, II, 3, 359 d -360 b).
Sócrates no está de acuerdo con esto y sigue reflexionando sobre la justicia y la injusticia.
Otro de los participantes (Polemarco) dice: “De todos modos sigo creyendo que la justicia consiste en beneficiar a los amigos y perjudicar a los enemigos”.
Trasímaco, otro de los participantes en la conversación con Sócrates sobre la justicia, ha afirmado que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte.
“¿Acaso no sabes que en algunos Estados el gobierno es tiránico, en otros democrático y en otros aristocrático? “
- ¿Cómo no he de saberlo? (Sócrates)
- ¿Y no es el gobierno el que tiene la fuerza en cada Estado? (Trasímaco)
- Sin duda (Sócrates)
- Bien. De este modo, pues, cada gobierno implanta las leyes en vista de lo que es conveniente para él: la democracia, leyes democráticas; la tiranía, leyes tiránicas, y así las demás. Una vez implantadas, manifiestan que lo que conviene a los gobernantes es justo para los gobernados, y al que se aparta de esto lo castigan por infringir las leyes y obrar injustamente. Esto, mi buen amigo, es lo que quiero decir: que en todos los Estados es justo lo mismo: lo que conviene al gobierno establecido, que es sin duda el que tiene la fuerza, de modo tal que, para quien razone correctamente, “es justo lo mismo en todos los lados”, lo que conviene al más fuerte. (Trasímaco).
…Todavía no está claro si es importante. Pero lo que está claro es que hay que examinar si lo que dices es cierto. Porque estoy de acuerdo en que lo justo es algo conveniente, pero tú has añadido a esto la afirmación de que es conveniente para el más fuerte. Y esto lo ignoro, y debo examinarlo. (Sócrates).
….Trasímaco: “Pero cuando se trata de cobranzas, aquél (el justo) no recibe nada, éste (el injusto) cobra mucho. Y cuando cada uno de ellos ocupa un cargo, al justo le toca a falta de otro perjuicio, vivir miserablemente por descuidar sus asuntos particulares, sin obtener provecho alguno de los asuntos públicos, en razón de ser justo; y además de eso, es aborrecido por sus parientes y conocidos, por no estar dispuesto a hacerles un servicio al margen de la justicia. Al injusto le sucede todo lo contrario. Hablo de aquél al que hace un momento me refería, que es capaz de alcanzar los más grandes privilegios. A éste debes observar, si es que. Pues bien, lo quieres discernir cuánto más le conviene personalmente ser injusto que justo aprenderás del modo más fácil si llegas a la injusticia más completa, la cual hace feliz al máximo al que obra injustamente y más desdichados a los que padecen injusticia y no están dispuestos a ser injustos.
Esto es la tiranía, que se apodera de lo ajeno, no poco a poco, sino de un solo golpe, tanto con engaño como con violencia, trátese de lo sagrado o de lo piadoso, de lo privado o de lo público: cuando alguien es descubierto, tras obrar injustamente en uno solo de esos casos, es castigado y vituperado, pues los que cometen tales delitos parciales son llamados sacrílegos, secuestradores, asaltantes, estafadores o ladrones.
Cuando alguien, en cambio, secuestra a éstos, esclavizándolas, en lugar de aquellos denigrantes calificativos es llamado “feliz” y “bienaventurado”, no sólo por los ciudadanos, sino por todos aquellos que se han enterado de toda la injusticia que ha cometido. En efecto, los que censuran la injusticia la censuran no por temor a cometer obras injustas, sino por miedo a padecerlas.
De este modo, Sócrates, la injusticia, cuando llega a serlo suficientemente, es más fuerte, más libre y de mayor autoridad que la justicia; y tal como dije desde un comienzo, lo justo es lo que conviene al más fuerte, y lo injusto lo que aprovecha y conviene a sí mismo”-
… En lo que a mi toca (Clitofonte), te diré que no estoy convencido, y que no creo que la injusticia sea más provechosa que la justicia, ni, aunque aquella sea permitida y no se le impida hacer lo que quiera.
…Admitamos, mi amigo, que existe el hombre injusto y que puede obrar injustamente, sea en forma oculta o combatiendo a cara descubierta. Pero, aun así, no me persuado de que la injustica es más provechosa que la justicia.
… Del mismo modo estoy convencido de que es forzoso estar de acuerdo en que todo gobierno, en tanto gobierno, no atiende a ninguna otra cosa que al sumo bien de aquél que es su gobernado y está a su cuidado, trátese del gobierno del Estado o de ámbitos particulares.
… Pues bien, Trasímaco, ahora es evidente que ningún arte ni gobierno organiza lo que le beneficia a sí mismo, sino que, como decíamos antes, organiza y dispone lo que beneficia al gobernado: atiende a lo que conviene a aquél que es el más débil, no al que es el más fuerte.
Por eso mismo, querido Trasímaco, decía hace un momento que nadie está dispuesto voluntariamente a gobernar y tomar en sus manos y corregir las deficiencias ajenas, sino que para ello reclama un salario; porque aquél que va a ejercer adecuadamente su arte jamás hace o dispone – si dispone de acuerdo con su arte – lo mejor para sí mismo sino para el gobernado…
…Ahora me parece mucho mejor examinar lo que dice Trasímaco cuando afirma que el modo de vida del injusto vale más que el del justo.
En lo que toca a ti, Glaucón, ¿cuál de ambos modos de vida eliges? ¿cuál de las dos afirmaciones te parece más valederas?
Creo -dijo- que el modo de vida del justo es más provechoso.
…. (Sócrates pregunta a Trasímaco) ¿Y a la injusticia la llamas mala predisposición?
- No, sino buen sentido. (Trasímaco)
- ¿Y también crees, Trasímaco, que los injustos son inteligentes y buenos? (Sócrates)
- Sí, al menos los que pueden obrar de modo completamente injusto, y que tienen el poder de someter a Estados y a pueblos enteros… (Trasímaco).
… Pues bien, Trasímaco, el injusto nos parecía que quería aventajar tanto a su contrario como a su semejante. ¿Acaso no decías eso? (Sócrates)
-Sí. (Trasímaco)
Y vimos que el justo no quiere aventajar a su semejante, sino a su contrario. (Sócrates)
Sí. (Trasímaco)
En tal caso, el justo se parece al sabio y bueno, el injusto al malo e ignorante. (Sócrates)
…Te preguntaré … ¿cuál es la relación entre la justicia y la injusticia? Hace un momento ha sido dicho que la injusticia es más poderosa y más fuerte que la justicia. Pero ahora, añadí, si la justicia es sabiduría y excelencia, pienso que se manifiesta más fuerte que la injusticia, puesto que la injusticia es ignorancia: nadie lo desconocería. (Sócrates)
… ¿Dices que un Estado puede ser injusto e intentar someter injustamente a otros Estados – o haberlos sometido ya -, e incluso mantener sometidos bajo sí muchos Estados? (Sócrates)
- ¡Claro! -contestó- y el mejor Estado que es el injusto, lo llevará a cabo antes que ningún otro y del modo más perfecto. (Trasímaco)
- Comprendo, porque ésta era tu tesis -dije- Pero respecto de ella examino lo siguiente: El Estado que llega a prevalecer sobre otro, ¿ha de mantener ese poder sin justicia, o le será forzoso contar con la justicia? (Sócrates)
- Si fuera como tú acabas de decir, que la justicia es sabiduría, tendría que contar con justicia – respondió. (Trasímaco)
… pero ahora dime esto, también para complacerme: ¿Te parece que un Estado o un ejército, o una banda de piratas o de ladrones, o cualquier otro grupo que se propusiera en común algo injusto, podría tener éxito si cometieran injusticias entre sí? (Sócrates)
- No, por cierto… (Trasímaco)
- En efecto, Trasímaco, la injusticia produce entre los hombres discordias, odios y disputas; la justicia, en cambio, concordia y amistad. ¿No es así? (Sócrates)
- … Y ahora dime esto: si la obra de la injusticia es crear odio allí donde se encuentre, al surgir entre hombres libres o bien entre esclavos, ¿no hará que se odien y disputan entre sí, de modo que sean incapaces de hacer juntos algo en común? (Sócrates)
- ¿Y si surge entre dos personas? ¿No discutirán y se odiarán y llegarán a ser tan enemigos entre sí como lo son de los justos? (Sócrates)
- Sí, llegarán a serlo. (Trasímaco)
- ¿Y esta propiedad la perderá la injusticia en caso de que surja en un solo hombre, admirable Trasímaco, o en nada disminuirá? (Sócrates)
- En nada disminuirá -respondió. (Trasímaco)
- Por consiguiente, sea que surja en un Estado, en una familia, en un ejército o en donde sea, aparece siempre contando con la propiedad de producir, primeramente, la incapacidad de obrar en conjunto, a raíz de las disputas y discordias, y, en segundo lugar, la existencia de una enemistad tanto consigo mismo como con cualquier otro y con el justo. ¿No es así? (Sócrates)
- Así es. (Trasímaco)
… Ahora debemos examinar si los justos viven mejor que los injustos y si son más felices, que es lo que anteriormente propusimos.
…Después de eso, debemos examinar lo siguiente: hay funciones del alma que ninguna otra cosa distinta de ella podría cumplir. Por ejemplo, el prestar atención, el gobernar, el deliberar y todo lo de esa índole: ¿será correcto que atribuyamos estas funciones a otra cosa que al alma y diremos que son propias de ésta? (Sócrates)
Las atribuiremos al alma (Trasímaco)
Y respecto del vivir ¿diremos que es una función del alma? (Sócrates)
Claro, por encima de todo (Trasímaco)
¿El alma tiene, por tanto, una excelencia? (Sócrates)
Así es (Trasímaco)
.. ¿Y alguna vez, Trasímaco, el alma cumplirá bien sus funciones si está privada de su propia excelencia, o le será imposible?
Le será imposible (Trasímaco)
Forzoso es, por consiguiente, gobernar y prestar atención mal con un alma mala, y con un alma buena, hacer bien todas esas cosas… (Sócrates)
El alma justa, por tanto, el hombre justo, vivirá bien; el injusto, en cambio, vivirá mal…
Pero, precisamente quien vive bien es feliz y bienaventurado, al contrario del que vive mal. (Sócrates)
Así es (Trasímaco)
Por lo tanto, el justo es feliz y el injusto desdichado.
Ahora bien; no se obtiene provecho al ser desdichado, sino al ser feliz.
¡Claro! (Trasímaco)
En tal caso, bienaventurado Trasímaco, es más provechosa la justicia que la injusticia.
Platón sigue hablando de la justicia y de la injusticia hasta llegar a definirlas más específicamente en relación con su teoría de la formación del gobierno, con sus clases sociales diferentes, cada una de ellas con funciones específicas, con la teoría las tres parte del alma (sensitiva o irascible ,concupiscible o apetitiva y racional) y del equilibrio entre ellas que facilita la justicia, con la teoría del mundo de las Ideas, la más importante de las cuales es la Idea de Bien, así como su propuesta de que los mejores hombres para el gobierno son los filósofos.
(El texto está tomado de la obra de Platón “La República”. Traducción y notas de Conrado Eggers Lan. Edit. Planeta DeAgostini. Madrid 1995)
Segovia, 31 de octubre de 2026
Juan Barquilla Cadenas.