LA POESÍA LÍRICA GRIEGA: SIMÓNIDES DE CEOS
La palabra lírica, para los griegos, indicaba simplemente un canto acompañado por la lira.
Ni una sola nota perdura del acompañamiento musical de estos cantos, y cuando se leen las letras hay que tener presente que son sólo una parte de un arte más complejo que, con la música, incluía la danza y cierto tipo de acción rítmica.
Lo que perdura, aunque fragmentariamente, de este arte, son “las palabras”, que tienen un singular encanto, a pesar de la pérdida de su acompañamiento musical.
Los cantos griegos los entonaba un coro, o un individuo, y esta distinción explica ciertas diferencias en ellos.
La diferencia fundamental reside en el hecho de que, si en la “monodia” o canto individual el poeta cantaba sobre sí mismo y sus sentimientos, en el “canto coral”, en cambio, se hacía hasta cierto punto intérprete de un grupo, una sociedad o una clase, y asumía cometidos que sobrepasaban la expresión puramente personal.
Las ocasiones en las que se entonaban determinaron en gran parte el carácter de los cantos corales. El poeta no componía un canto porque le viniese en gana hacerlo; esperaba a que se le pidiera celebrar algún acontecimiento especial y debía conformar su estilo a la necesidad del momento.
Los “cantos corales” comenzaron probablemente por ser himnos a los dioses, y muchos de ellos lo continuaron siendo. Si había que entretener, aplacar o rezar a los dioses, el himno coral era la manera habitual de hacerlo.
Pero los himnos a los dioses también pueden versar sobre los hombres, y los destinos, las necesidades y los hechos de los hombres desempeñan en ellos un papel casi inevitable. Algunos, ciertamente, tienen un carácter especial, sobre todo los cantos de muchachas, entonados por jóvenes, que reflejaban sus intereses y sus personalidades, o los cantos de danza, acompañados de una viva acción mimética, o los lamentos, que, como es natural, recalcaban la tristeza y la brevedad de la vida humana.
Pero en todos los cantos el influjo divino incidía en los asuntos humanos, y al entonarlos se ponía a los hombres más cerca de los dioses.
El primer canto coral del que conservamos restos importantes lo compuso en Esparta en el siglo VII a. de C. Alcmán, para que lo entonase un coro de muchachas en la festividad de una diosa.
Otro poeta del canto coral es Estesícoro (hacia 630 -537 a. de C.), que prestaba gran atención a los mitos y los narraba extensamente, con algo de la amplitud del estilo épico, pero no pretendía alterar los viejos relatos con sus ingeniosas innovaciones: fue el primero que hizo portar a Heracles una piel de león y una maza en lugar de armadura, arco y flecha; el primero en decir que Atenea salió armada de la cabeza de Zeus; el primero en atribuir al monstruoso Gerión alas, triple cabeza y triple cuerpo, y en sostener que no fue Helena, sino su fantasma, quien fue a Troya.
Estesícoro contaba todavía con una vena homérica, pero otros poetas no siguieron su ejemplo y se apartaron más de la épica, para hablar con mayor confianza e intimidad según las nuevas condiciones sociales y los nuevos modos de pensar.
Poco después de que la oda coral hubiera descubierto sus posibilidades con Alcmán, y en época de Estesícoro, floreció también la “lírica monódica” en Lesbos.
Hacia el 600 a. de C., Alceo y Safo escribían ya sus composiciones.
Otros dos poetas, que fueron objeto de mecenazgo por parte del tirano Polícrates de Samos, fueron Íbico de Regio (siglo VI a. de C.) y Anacreonte (572- 485 a. de C.).
Entre tanto, había experimentado una gran evolución el canto coral, que tomó nuevos rasgos y refinó su técnica.
Mientras que la mayoría de los géneros de la “monodia” no sobrepasaron las recitaciones locales, el “canto coral” se convirtió en un arte panhelénico.
Quizás lo había sido ya con Estesícoro, pero no cabe duda de que lo fue con Simónides (556 -477 a. de C.), Píndaro (512 -448 a. de C.) y Baquílides (hacia 505 -450 a. de C.).
Simónides era tío de Baquílides, de quien éste debió aprender no poco; ambos eran jonios de la isla de Teos y diferían, tanto por su origen como por su visión del mundo, de Píndaro, que fue un aristócrata beocio de Tebas.
Pero, a pesar de sus diferencias evidentes, los tres poetas tienen muchos puntos de contacto.
Píndaro aprendió su arte en Atenas, donde Simónides pasó muchos años y Baquílides compuso alguno de sus cantos; Hierón, tirano de Siracusa, el mecenas más espléndido de la época, los invitó a los tres para celebrar sus hazañas; su arte, basado en la antigua tradición, tenía grandes coincidencias, y todos ellos trataron a menudo los mismos temas.
Aunque Píndaro era un partidario convencido de la aristocracia, tuvo, al menos en sus años juveniles, amigos en Atenas, y estrechas relaciones con el rey de Cirene y los príncipes tesalios; Simónides fue casi el “poeta laureatus” de Grecia durante las guerras Médicas, pero también contó entre sus protectores con reyes y príncipes, y se sentía por encima de las luchas humanas, como un portavoz de temas eternos.
Los tres poetas tenían seguridad en sí mismos y en sus opiniones, y no se arredraban al exponerlas sinceramente a sus protectores, por poderosos que fueran.
En consecuencia, su arte representa la transición de la vieja época aristocrática, muchas de cuyas virtudes encarna, a otra nueva de ensayo y de cambio.
La oda coral no cesó de desarrollarse y evolucionar en este período, y a través de ella podemos ver cómo reaccionaba el pensamiento imaginativo de los poetas griegos ante los problemas de la época.
El canto coral jamás se apartó de los dioses.
Su forma más simple y tal vez más antigua es la de un himno dirigido directamente a los dioses que contenía una súplica, o la alabanza de su poder, o les acercaba a los hombres.
Pero este espíritu religioso se hizo extensivo a casi todas las ramificaciones del género y su impronta se percibe en todos los cantos corales.
Su forma más simple y grandiosa se puede ver en unos versos, en forma de plegaria, que quizás escribiera Simónides, para una ciudad amenazada por una guerra exterior o civil.
Contienen una invocación a los Hados que, si bien no pueden tenerse por divinidades del Olimpo, les igualan casi en rango y en prestigio:
“Oídme, Moiras, las que más cerca
del trono de Zeus tenéis asiento entre los dioses
y tejéis con rueca de acero los designios múltiples
e ineluctables de vuestras determinaciones varias,
Aisa (Átropos), Cloto y Láquesis,
hijas de hermosos brazos de la Noche,
escuchad nuestras súplicas, deidades,
las más temibles del Cielo y de la Tierra.
Enviadnos a la Legalidad de regazo de rosa,
y a sus hermanas de relucientes tronos,
la Justicia y la Paz portadora de corona,
y haced que esta ciudad se olvide
de los infortunios que agobian su corazón”.
Es éste un auténtico grito en un momento de necesidad. El poeta habla en nombre de la ciudad y sabe poner en sus palabras la nota más grave.
El himno brota de la religión griega, sin perder por eso nada de su exuberancia poética.
Los griegos establecieron una distinción fundamental entre los cantos dirigidos a los dioses y los dirigidos a los hombres.
Con todo, a pesar de que las diferencia en este caso extremo son obvias, el canto coral jamás perdió ciertas cualidades, que aparecen en todas sus manifestaciones.
En el siglo VI a. de C. se dio cabida en él a las alabanzas de los tiranos y de los grandes hombres de la época, pero, hasta en este tipo de poemas resultaba difícil no decir nada de los dioses, sobre todo en los cantos entonados en festividades a las que se creía que, de vez en cuando, asistían éstos en persona.
Tal es, indiscutiblemente, el caso de los cantos de victoria, compuestos para celebrar el triunfo de los grandes juegos deportivos, y que, constituyen la mayor parte de lo que queda de la poesía de Baquílides y Píndaro.
Se podría esperar que no tuvieran escrúpulo alguno en mostrar un carácter profano, pero, de hecho, los dioses jamás están ausentes de ellos. Los juegos se celebraban en honor de los dioses, en especial de Zeus, Apolo y Poseidón; a los ganadores se les tenía por hombres que alcanzaban con su éxito una felicidad casi divina; los propios cantos se entonaban a menudo en los templos o en una fiesta religiosa al regreso del vencedor a su patria.
La religiosidad del canto coral lo diferencia tanto de la épica como de gran parte de la lírica monódica, por su conexión más estrecha con los dioses y su interés más inmediato hacia ellos.
Simónides definió la poesía como “una pintura que habla”.
Incluso los escasos restos de su poesía ponen de manifiesto su talento para evocar una escena que apela a los sentidos y combina la objetividad épica con una mayor sensibilidad.
Así, hace que Orfeo hechice a los animales con su canto:
“Por encima de su cabeza revoloteaban
aves sin cuento (infinitas), y por fuera del agua
saltaban los peces por su hermoso canto”.
De un modo aún más efectista sabe captar los efectos acústicos, como cuando una voz resuena bruscamente en medio de una profunda calma:
“Ni siquiera se levantaba un soplo de viento que
moviera las hojas,
e impidiera que, extendiéndose, llegase
a oídos de los mortales su voz dulce como
la miel”.
Este amor de los sentidos significa que Simónides contempla el mundo visible sin verlo en dependencia de otro, invisible y más grandioso. Acepta, desde luego, que los dioses están presentes en el mundo, pero su atención se concentra primordialmente en lo que ve y conoce. Como todos los griegos está plenamente convencido de la incertidumbre de la condición humana, pero esta convicción se acentúa, si cabe, gracias a la imagen precisa con que la expresa:
“Siendo hombre, no digas nunca lo que sucederá
mañana,
ni, al ver a un hombre afortunado, por cuánto
tiempo lo será.
Pues ni siquiera el vuelo de una mosca de anchas alas
es tan rápido como el cambio de estas cosas”.
Ese gusto por lo sensible también lo tuvo Simónides por la condición humana, siendo célebre en la Antigüedad por su “pathos” (sentimiento).
La profunda ternura de que es capaz se manifiesta en unos versos, procedentes de un contexto desconocido, en los que aparece Dánae metida en un cofre con su hijo pequeño, Perseo, abandonada en el mar a la deriva:
“Cuando a la tallada arca alcanzaba el viento
con su soplo, y la agitación del mar
la inclinaba a temer, con las mejillas húmedas de
llanto,
echaba su brazo en torno a Perseo y decía:
“Hijo, ¡por qué fatigas pasas y no lloras!
Con ánimo de lactante duermes, tumbado
en esta desagradable caja de clavos de bronce,
vencido por la sombría oscuridad de la noche.
De la espesa sal marina de las olas que pasan de largo
por encima de tus cabellos no te preocupes,
ni del bramido del viento, envuelto en mantas
de púrpura, con tu hermosa cara pegada a mí.
Si te causara miedo esto, a mis palabras
prestarías tus finos oídos.
Duerme, mi niño, te lo pido. ¡Que duerma
también la mar y nuestra inmensa desgracia!
¡Ojalá! se dejara ver un cambio en tus designios.
Padre Zeus, las palabras atrevidas y fuera de
Justicia
que hable en mi súplica, perdónalas”
(Dánae era hija de Acrisio, rey de Argos. Su belleza enamoró a Zeus, pero su padre, a quien el oráculo había predicho la muerte a manos de uno de sus nietos, la encerró en una caverna subterránea. Zeus no se desalentó y penetro en la caverna en forma de lluvia de oro. Amó a Dánae y de sus amores nació Perseo. Cuando se enteró Acrisio, para escapar de su destino, arrojó al mar una caja en la que estaban encerrados madre e hijo).
El “pathos” de Simónides se manifiesta también en un género muy distinto, “los epitafios de los muertos”, especialmente los que cayeron en la guerra contra los persas.
Sentó en esto un modelo que las generaciones posteriores se sintieron orgullosos de copiar.
En uno o dos pares de líneas dice todo lo que tiene que decir, a pesar de que se trata de hacer visible a la mirada de la eternidad la valía y el destino de un hombre.
La gloria individual, a diferencia de los primitivos epitafios, le interesa menos que el lustre o la distinción peculiares de los individuos a quienes celebraba, como el adivino espartano Megistias, que rehusó abandonar a sus camaradas en el campo de batalla de las Termópilas y murió con ellos, o Arquédice, hija, madre y esposa de príncipes, que no se ensoberbeció por ello.
La extrema sencillez de sus formas encubre una potente carga de emoción.
Así para los caídos de las Termópilas le bastó escribir un dístico (un hexámetro y un pentámetro) que traducido literalmente dice: “Di, extranjero, a los lacedemonios que aquí yacemos los que obedecimos sus palabras”.
Advirtió los enormes cambios que se estaban produciendo en su época: le impresionó la ilustración jonia, el desarrollo de la ciencia y de la filosofía del siglo VI y su gradual repercusión en la religión y en la moral.
A pesar de que pasó gran parte de su vida bajo el mecenazgo de reyes y aristócratas, no se sometió servilmente a ellos y se expresó con franqueza desinteresada y valerosamente.
Buena muestra de ello es un poema que escribió para el rey tesalio Escopas, que versa sobre una máxima atribuida a Pítaco (uno de los siete sabios de Grecia), la de “es difícil ser bueno”).
Simónides meditó profundamente su poema y puso de relieve las limitaciones y las contradicciones inherentes a lo que se entendía desde antiguo por “bueno”.
Su argumento es el siguiente: habida cuenta de que las cosas tradicionalmente tenidas por buenas como la salud, la riqueza y otras semejantes, no duran siempre, ningún hombre puede ser “bueno” constantemente.
A ello contrapone su nuevo ideal personal del hombre a quien se puede denominar propiamente “bueno”, porque obra en pro de la ciudad con conocimiento de lo que está haciendo.
Simónides no exige demasiado, pero su exigencia era sensata y digna de la época de las ciudades-estado, en las que el individuo hallaba la plenitud de su ser en la acción conjunta con sus conciudadanos en pro de una meta común:
“Quien no es ni bueno ni malo en exceso,
y conoce la justicia que ayuda a la ciudad,
es un hombre sano: yo no he de reprocharle,
pues la generación de los inútiles es inmensa.
Bellas son todas las cosas no mezcladas de vileza”.
Simónides aplicó también sus especulaciones a ciertas nociones heredadas de su época y las estimó insatisfactorias.
Puesto a pensar sobre los dioses, los hallaba aún más poderosos que lo que la mayoría de los hombres creía, y veía cuán desvalidos y fútiles eran los hombres en sus manos.
Por mucho que los hombres se empeñen en desafiar el tiempo, construyéndose monumentos para obtener así una especie de equivalencia de la inmortalidad, ¿qué son éstos frente a las fuerzas de la naturaleza y de la acción de los dioses que hay detrás de ellas?:
“¿Quién con sabio entendimiento,
alabaría a Cleóbulo, un habitante de Lindos,
que a los ríos de eternal corriente y a las primaverales flores,
a la llama del sol y a la áurea luna,
y a los remolinos del mar opuso la fuerza de una estela?
Pues todas las cosas son inferiores a los dioses,
y a una piedra la pueden romper hasta unas manos mortales.
De insensato es ese pensamiento”.
Ahora bien, a pesar de que Simónides se burlaba de las falsas pretensiones de los hombres y reconocía su enorme inferioridad con respecto a los dioses, precisamente por ello era mayor el respeto que le inspiraban sus glorias verdaderas, y más acentuada su convicción de que era el servicio y el sacrificio el medio más apropiado de realizar la plenitud de su naturaleza.
Si por un lado mira hacia el pasado, hacia la época aristocrática, con su alto concepto del estilo y su amor a la buena vida, por el otro mira hacia el futuro, hacia el siglo V a. de C., en el que la indagación sobre la naturaleza del hombre, lejos de ponerle en descrédito, hicieron de él un tema de estudio más serio.
(C.M. Bowra. Introducción a la literatura griega. Prólogo de José Enrique Ruiz-Doménec. Traducción de Luis Gil. Edit. Gredos).
Pasaje de Simónides de Ceos:
“Llegar a ser de verdad un hombre bueno,
equilibrado de manos, pies, y espíritu,
forjado sin tara, es arduo (difícil) empeño.
…Ni siquiera la sentencia de Pítaco
me parece acertada, aunque de un sabio
dicha. Afirmaba que es arduo (difícil) ser bueno.
Sólo un dios puede tener tal privilegio.
Un hombre no puede evitar ser malo
si un desastre invencible lo derriba.
Con buena fortuna cualquier hombre es bueno,
y malo es cuando todo le va mal…
En general, son los mejores aquellos
a los que los dioses tratan con cariño.
Por eso nunca, persiguiendo lo imposible,
yo arrojaré la vida que me dé el destino
en pos de una esperanza irrealizable:
Un hombre sin reproche de entre cuantos
Consumimos el fruto de la ancha tierra.
Pero, si lo encuentro, os lo vendré a decir.
Ahora elogio y aprecio a todo aquel
que no hace por su gusto ningún daño.
Contra Necesidad ni los dioses batallan.
…No soy amigo de censuras, que a mí
me basta quien no es malo ni intratable
en exceso, y conoce la justicia
que beneficia al pueblo, un hombre sano.
Y no seré yo quien le haga reproches.
Porque es infinita la estirpe de los necios.
En verdad, bien está todo aquello
a lo que no está mezclado lo vicioso”.
(Frag. 4 D. Traducción de C. García Gual). (Antología de la literatura griega. C. García Gual. Antonio Guzmán Guerra. Alianza Editorial).
Segovia, 21 de diciembre 2024
Juan Barquilla Cadenas.