POLIBIO: HISTORIAS: “Las constituciones”
Polibio (200 a. de C. 118 a. de C.) fue un historiador griego. Es considerado uno de los historiadores más importantes, debido a que es el primero que escribe una “historia universal”.
Su propósito central fue explicar cómo pudo imponerse la hegemonía romana en la cuenca del Mediterráneo.
“En sus “Historias”, Polibio confiesa como objetivo primordial de su obra analizar y exponer las causas por las que en menos de cincuenta años Roma consiguió someter a su dominio buena parte del Mediterráneo.
Polibio interpreta que Roma debe su éxito a la combinación de dos fuerzas felices: la Fortuna y los propios méritos de los dirigentes del pueblo romano”.
(Antología de la literatura griega. (ss. VIII a. de C. –IV d. de C.). Selección e Introducción de Carlos García Gual y Antonio Guzmán Guerra. Alianza Editorial).
Polibio es un historiador griego vinculado personal y oficialmente al Imperio romano.
Tras la derrota de Perseo en la batalla de Pidna en el año 168 a. de C., atrajo sobre sí las sospechas de los romanos,como “hiparca”(oficial de la caballería, subordinado al general del ejército) de la “Liga Aquea” que se había mostrado neutral en la guerra entre Roma y Perseo de Macedonia, siendo uno de los 1.000 nobles griegos transportados en el año 166 a. de C. a Roma como rehenes, lugar donde permaneció retenido durante 17 años.
Gracias a su nivel cultural, Polibio fue admitido en las más distinguidas casas de Roma, particularmente en la de Lucio Emilio Paulo Macedónico, vencedor de la tercera guerra macedónica (171 -168 a. de C.), quien le encargó la educación de sus hijos: Fabio y Escipión Emiliano (“Africano menor”).
Mediante la intercesión de Publio Cornelio Escipión Emiliano en el año 150 a. de C., Polibio obtuvo el permiso para regresar a su hogar, pero en lugar de ello, pasó los siguientes años en compañía de su amigo en África, donde pudo estar presente en la tercera guerra púnica y en la captura de Cartago, hecho que describió en su narración histórica.
Su estancia en la península ibérica, durante las guerras celtibéricas, le sirvió para estudiar la geografía, los pueblos y las costumbres de Hispania.
Tras la destrucción de Corinto (146 a. de C.), y gracias a su popularidad en Roma, se le encomendó establecer las bases de la futura provincia de “Acaya” (Grecia).
Polibio volvió a Grecia y utilizó sus conexiones con los romanos para impulsar allí una mejora de las condiciones de vida, contribuyendo a consolidar el gobierno de las oligarquías en acuerdo con Roma.
Polibio encaró la difícil tarea de organizar la nueva forma de gobierno de las ciudades griegas, ganando en esta labor el mayor de los reconocimientos.
Tras finalizar este trabajo, regresó a Roma.
Los años siguientes significaron un gran impulso a su obra escrita. Emprendió ocasionalmente largos viajes por los países mediterráneos para obtener conocimientos de primera mano sobre lugares históricos. Al parecer, solía entrevistar a los veteranos de las guerras de Roma para aclarar detalles de los hechos que describía, y consiguió acceso a los archivos para este mismo propósito.
Tras la muerte de su amigo Escipión, regresó de nuevo a Grecia, donde murió a la edad de 82 años al caer de su caballo.
Se conserva la mayor parte de su obra.
Su extensa “Historia general” contaba con 40 volúmenes.
Además, junto con Tucídides, fue uno de los primeros historiadores en excluir la acción divina entre las causas materiales y sus consecuencias.
La característica principal de su pensamiento fue el cuidado y la veracidad que otorgaba a sus conclusiones. Tenía un instinto natural en encontrar la verdad. “La verdad, decía Polibio, es expuesta por la naturaleza a los hombres como algo supremo en divinidad y poder, tarde o temprano, la verdad prevalecería sobre cualquier oposición”.
Sus “Historias” constaban de 40 libros, de los cuales se conservan completos los cinco primeros. El historiador tiene como objetivo narrar los 52 años que necesitó Roma para hacerse con la hegemonía mundial (220 a. de C. – 168 a. de C.), pero retrocede hasta la primera guerra púnica (264 a. de C.) para hacernos conocer los antecedentes y sigue hasta el 146 a. de C., para darnos a conocer las consecuencias.
Polibio, basándose en Aristóteles, afirma que hay seis formas de gobierno, y todas ellas sufren una degradación. En un principio, hay tres tipos de estructuras:
- Monarquía: gobierno de uno solo.
- Aristocracia: gobierno de varios.
- Democracia: gobierno de muchos.
Todas ellas pueden degenerar:
1. Monarquía en “tiranía”
2. Aristocracia en “oligarquía”
3. Democracia en “oclocracia” / ”demagogia”.
Polibio sostenía que todas las potencias que habían sido poderosas, habían caído por la “degradación”.
Pero Roma conservaba su poder porque combinaba de forma equilibrada las tres formas:
- Realeza: el consulado.
- Aristocracia: el senado.
- Democracia: los comicios (asambleas).
Por esta razón Roma siempre se podía imponer a los demás Estados, siendo el único que le podía hacer frente Cartago, ya que los cartagineses también alcanzaron un equilibrio, aunque no era tan perfecto como el de Roma.
Para Polibio los elementos que definen los “hechos” son: en primer lugar, la “politeia” (la constitución), en segundo, los “grandes personajes” y, por último, la “Fortuna”. Pero de esta última dice: “Las gentes que no pueden discernir con precisión las ocasiones, los motivos y las actitudes de cada uno, bien por su natural cortedad, bien por inexperiencia o pereza, achacan a los dioses o a la suerte la justificación de lo que se realiza con la inteligencia que nace de la reflexión y la previsión” (X, 5-8).
(Wikipedia).
Aquí nos vamos a centrar en lo que dice Polibio de las “constituciones”.
Polibio va a mostrar cómo se producen los principales tipos de constituciones de un modo natural y cómo degeneran en otros tipos de constituciones que podemos considerar negativas para los pueblos.
“La mayoría de los que quieren instruirnos acerca del tema de las constituciones, casi todos sostienen la existencia de tres tipos de ellas: llaman a una “realeza”, a otra “aristocracia” y a la tercera “democracia”.
… En efecto, es evidente que debemos considerar óptima la constitución que se integre de las tres características citadas.
De ella hemos encontrado una experiencia no teórica, sino práctica cuando Licurgo estructuró la primera constitución de los espartanos.
Sin embargo, tampoco se puede admitir que sólo existan estas tres variedades: hemos visto constituciones monárquicas y tiránicas que, aunque difieran grandemente de la “realeza”, parece que tengan cierta afinidad con ella: de ahí que todos los monarcas mientan y usen del nombre “realeza” mientras les es posible.
Han existido también muchas constituciones oligárquicas que parecen tener alguna semejanza con la “aristocracia”, cuando, por así decir, distan mucho de ellas. Y la misma afirmación es válida para la “democracia”.
La verdad de lo dicho se demuestra por lo siguiente:
No todo gobierno de una sola persona ha de ser clasificado inmediatamente como “realeza”, sino sólo aquel que es aceptado libremente y ejercido más por la razón que por el miedo o la violencia.
Tampoco debemos creer que es “aristocracia” cualquier oligarquía; sólo lo es la presidida por hombres muy justos y prudentes, designados por elección.
Paralelamente, no debemos declarar que hay “democracia” allí donde la turba sea dueña de hacer y decretar lo que le venga en gana. Sólo la hay donde es costumbre y tradición ancestral venerar a los dioses, honrar a los padres, reverenciar a los ancianos y obedecer las leyes; estos sistemas, cuando se impone la opinión mayoritaria, deben ser llamados “democracias”.
Hay que afirmar, pues, que existen seis variedades de constituciones: las tres repetidas por todo el mundo, que acabamos de mencionar, y tres que les son afines por naturaleza: la monarquía, la oligarquía y la demagogia.
La primera que se forma por un proceso espontáneo y natural es la “monarquía” y de ella deriva, por una preparación y una enmienda, la “realeza”.
Pero se deteriora y cae en un mal que le es congénito, me refiero a la “tiranía”, de cuya disolución nace la “aristocracia”. Cuando ésta, por su naturaleza, vira hacia la “oligarquía”, si las turbas se indignan por las injusticias de sus jefes, nace la “democracia”. A su vez, la soberbia y el desprecio de las leyes desembocan con el tiempo, en la “demagogia”u “oclocracia”.
… Quizás la exposición de las transformaciones naturales de una constitución en otra se profundiza más en Platón y otros filósofos, pero tales estudios resultan complicados y muy largos, y, consecuentemente, son accesibles a pocos; aquí intentaremos sólo llegar a lo que exige la historia política y el nivel medio de la inteligencia; procuraremos recorrer compendiadamente (resumidamente) la materia.
..¿A qué orígenes me refiero y de dónde afirmo que surgen las primeras comunidades políticas?
Cada vez que, por inundaciones, por epidemias, por malas cosechas o por otras causas por el estilo, se produce un aniquilamiento de la raza humana, como las que sabemos que se han dado, razón que hace pensar que se repetirán, incluso con frecuencia, en tal caso desaparecen las costumbres y las habilidades de los hombres. Cuando los supervivientes se multiplican de nuevo como una simiente y, a medida que transcurre el tiempo, llegan a ser multitud, entonces ocurre, por descontado, lo mismo que con los seres vivos restantes: los hombres se reúnen.
Es lógico que lo hagan con sus congéneres, en razón de su debilidad natural. Ineludiblemente el que sobresalga por su vigor corporal o por la audacia de su espíritu dominará y gobernará. En efecto: lo que se comprueba en las otras especies irracionales vivientes, debemos considerarlo como obra rigurosamente auténtica de la naturaleza.
Y entre los demás seres vivos es notorio que se imponen los más fuertes: así entre los toros, los jabalíes, los gallos y otras bestias semejantes. Es natural que al principio también las vidas de los hombres discurran así, en manadas, como los animales: se sigue a los más fuertes y vigorosos. Su límite en el gobierno es su fuerza; a eso podemos llamarlo “monarquía”. Pero cuando, con el tiempo, en estos grupos de hombres la convivencia hace surgir el compañerismo se da el inicio de la “realeza”, y entonces por primera vez nacen entre los hombres las ideas de belleza y de justicia, e igualmente las de sus contrarios.
(Polibio recuerda activamente la máxima aportación de Grecia al mundo occidental: la abstracción como principio de cualquier desarrollo científico e intelectual).
La manera como estas nociones nacen y se desarrollan es la siguiente: los seres humanos tienden por naturaleza a la unión sexual, de la que se sigue el nacimiento de hijos; cada vez que uno de ellos, llegado a la edad adulta, no agradece ni presta ayuda a los que le cuidaron en su crecimiento, sino que, por el contrario, les daña y habla mal de ellos, es lógico y natural que esto desagrade y ofenda a los que lo ven y saben los cuidados de los progenitores, las angustias que pasaron por sus hijos y cómo los alimentaron y se preocuparon de ellos.
El linaje humano se distingue de los otros seres vivos en que sólo él puede razonar y calcular; no sería natural que los hombres no se apercibieran de la diferencia reseñada; los otros seres vivos, ciertamente, la desconocen.
Los hombres tienen conciencia de lo sucedido y se indignan al punto, porque prevén el futuro y piensan que también a ellos les puede ocurrir algo parecido. Y así cuando, para poner otro ejemplo, alguien que está apurado recibe de otro una ayuda o un socorro, y no se muestra agradecido a su bienhechor, antes, al contrario, procura dañarle: es claro y natural que los que se dan cuenta de ello se enojen contra un hombre así y les repugne, irritados por tal ofensa al prójimo e imaginándose a sí mismos en aquella situación.
De todo esto nace en cada hombre una cierta noción del deber, de su fuerza y de su razón, cosas que constituyen el principio y la perfección de la justicia.
De modo semejante, siempre que un hombre defienda a los restantes en un riesgo y se oponga y resista la arremetida de los animales más fuertes, es natural que la masa del pueblo le otorgue distintivos de honor y de favor, pero de reprobación y disgusto a quien hubiere hecho lo contrario.
Y así también es explicable que en las gentes nazca un concepto de lo bueno y de lo malo, así como de la diferencia que hay entre estas dos nociones.
La primera será objeto de imitación y de emulación, por las ventajas que comporta; la segunda lo será de repulsa. Cuando, entre estos hombres, el jefe, el que detenta la suprema autoridad, pone su fuerza de acuerdo con las nociones citadas, en armonía con los pareceres de la multitud, de modo que sus súbditos llegan a creer que da a cada uno lo que merece, aquí ya no actúa el miedo a la fuerza bruta; es, más bien, por una adhesión a su juicio por lo que se le obedece y se conviene en conservarle el poder incluso cuando envejece; le protegen y combaten a su favor contra los que conspiran para derrocarlo.
De esta manera se pasa inadvertidamente de la “monarquía” a la “realeza”, cuando la supremacía pasa de la ferocidad y de la fuerza bruta a la razón.
Así se forma naturalmente entre los hombres la primera noción de justicia y de belleza, y de sus contrarios. Y el poder es reservado no solamente a estos reyes, sino también a sus descendientes, al menos en la mayoría de los casos, pues el pueblo cree que los engendrados por tales hombres y educados por ellos tendrán unas disposiciones semejantes.
Si eventualmente los descendientes de estos reyes son causa de disgusto, la elección de nuevos reyes y de gobernantes ya no se hace según el vigor corporal o el coraje, sino según la superioridad de juicio y de razón, pues las gentes ya tienen experiencia, basada en las mismas obras, de la diferencia existente entre los dos tipos de cualidades.
Antiguamente, una vez elegidos para la realeza, los que detentaban esta potestad envejecían en ella: fortificaban y amurallaban los lugares estratégicos y adquirían tierras, tanto por razones de seguridad como para garantizar abundancia de lo necesario a sus subordinados.
Al propio tiempo, el afanarse por esto les libraba de toda calumnia y envidia, porque ni en los vestidos ni en la comida ni en la bebida se distinguían de los demás. Llevaban una vida muy semejante a la de sus conciudadanos, pues en realidad compartían la del pueblo.
Pero cuando los que llegaban a la regencia por sucesión y por derecho de familia dispusieron de lo suficiente para su seguridad y de más de lo suficiente para su manutención, entonces tal superabundancia les hizo ceder a sus pasiones y juzgaron indispensable que los gobernantes poseyeran vestidos superiores a los de los súbditos, disfrutaran de placeres y de vajilla distinta y más cara en las comidas y que en el amor, incluso en el ilícito, nadie pudiera oponérseles. De ahí surgió la envidia y la repulsa que, a su vez, causó odio y una irritación maligna.
En suma, la “realeza” degeneró en “tiranía”, principio de disolución y motivo de conspiraciones entre los gobernados. Los complots los organizaba no precisamente la chusma, sino hombres magnánimos, nobles y valientes, porque eran ellos los que menos podían soportar las insolencias de los tiranos.
La masa, cuando recibe caudillos, junta su fuerza a la de ellos por las causas ya citadas y eliminan totalmente el sistema real y el monárquico; entonces empieza y se desarrolla la “aristocracia”.
El pueblo, en efecto, para demostrar al instante su gratitud a los que derribaron la monarquía, les convierte en sus gobernantes y acude a ellos para resolver sus problemas.
Al principio, estas nuevas autoridades se contentaban con la misión recibida y antepusieron a todo el interés de la comunidad; trataban los asuntos del pueblo, los públicos y los privados, con un cuidado prudente. Pero cuando, a su vez, los hijos heredaron el poder de sus padres, por su inexperiencia de desgracias, por su desconocimiento total de lo que es la igualdad política y la libertad de expresión, rodeados, desde la niñez, del poder y la preeminencia de sus progenitores, unos cayeron en la avaricia y en la codicia de riquezas injustas, otros se dieron a comilonas y a la embriaguez y a los excesos que las acompañan, otros violaron mujeres y raptaron adolescentes: en una palabra, convirtieron la “aristocracia” en “oligarquía”.
Suscitaron otra vez en la masa sentimientos similares a los descritos más arriba; la cosa acabó en una revolución idéntica a la que hubo cuando los tiranos cayeron en desgracia.
Porque si alguien se apercibe de la envidia y del odio que la masa profesa a los oligarcas y se atreve a decir o a hacer algo contra los gobernantes, encuentra al pueblo siempre dispuesto a colaborar.
Inmediatamente, tras matar a unos oligarcas y desterrar a otros, no se atreven a nombrar a un rey, porque temen todavía la injusticia de los anteriores; no quieren tampoco confiar los asuntos de Estado a una minoría selecta, pues es reciente la ignorancia de la anterior. Entonces se entregan a la única confianza que conservan intacta, la radicada en ellos mismos: convierten la “oligarquía” en “democracia” y es el pueblo quien atiende cuidadosamente los asuntos de Estado. Mientras viven algunos de los que han conocido los excesos oligárquicos, el orden de las cosas actual resulta satisfactorio y se tienen en el máximo aprecio la igualdad y la libertad de expresión.
Pero cuando aparecen los jóvenes y la democracia es transmitida a una tercera generación, ésta habituada ya al vivir democrático, no da ninguna importancia a la igualdad y a la libertad de expresión.
Hay algunos que pretenden recibir más honores que otros; caen en esto principalmente los que son más ricos.
Al punto que experimentan la ambición de poder, sin lograr satisfacerla por sí mismos ni por sus dotes personales, dilapidan su patrimonio, empleando todos los medios posibles para corromper y engañar al pueblo. En consecuencia, cuando han convertido al vulgo, poseído de una sed insensata de gloria, en parásito y venal, se disuelve la democracia, y aquello se convierte en el gobierno de la fuerza y de la violencia; porque las gentes, acostumbradas a devorar los bienes ajenos y a hacer que su subsistencia dependa del vecino, cuando dan con un cabecilla arrogante y emprendedor, al que, con todo, su pobreza excluye de los honores públicos, desemboca en la violencia.
La masa se agrupa en torno de aquel hombre y promueve degollinas y huidas. Redistribuye las tierras y, en su ferocidad, vuelve a caer en un régimen monárquico y tiránico”.
Dice Polibio que las “constituciones” llevan congénitamente una enfermedad que las hace degenerar: “El orín, para el hierro, y la carcoma y ciertos gusanos, para la madera, son enfermedades congénitas que llegan a destruir estos materiales incluso cuando no sufren ningún daño externo. De modo no distinto, con cada una de las constituciones nace una cierta enfermedad que se sigue de ella naturalmente. Con la “realeza” nace el desmejoramiento llamado “tiranía”; con la “aristocracia”, el mal llamado “oligarquía”, y con la “democracia” germina el salvajismo de la fuerza bruta (“oclocracia”).
Y es inevitable que con el tiempo todos los regímenes políticos citados anteriormente no degeneren en sus inferiores, según el razonamiento que acabo de exponer”.
Dice que Licurgo en Esparta previó esto y promulgó una “constitución” no simple y homogénea, sino que juntó en una las peculiaridades y las virtudes de las constituciones mejores.
En ella la “realeza” no podía ensoberbecerse por temor al pueblo, porque a éste se la había concedido competencia suficiente en la constitución; el “pueblo”, por su parte, no podía aventurarse a despreciar a los reyes por el miedo que le infundían los “ancianos” (la gerusía), quienes, elegidos por votación, según sus méritos, se aprestaban siempre a decidir con justicia.
Así la parte venida a menos (la realeza), debido a que se mantuvo fiel a sus normas, acabó por convertirse en superior por el soporte que recibía de los ancianos.
Licurgo, pues, estructuró así la “constitución espartana” y la aseguró entre los espartanos el tiempo más largo que conocemos.
Los romanos acabaron por conseguir para su patria una situación idéntica, pero no por alguna previsión, sino con muchas luchas y peligros; una reflexión sobre las peripecias que sufrieron les enseñó a escoger lo mejor; así llegaron al mismo resultado que Licurgo, al sistema mejor entre las constituciones actuales.
…Así, pues, estas tres clases de gobierno que he citado (monarquía, aristocracia, democracia) dominaban la “constitución romana” y las tres estaban ordenadas, se administraban y repartían tan equitativamente, con tanto acierto, que nunca nadie, ni tan siquiera los nativos, hubieran podido afirmar con seguridad si el régimen era totalmente aristocrático, democrático o monárquico. Cosa muy natural, pues si nos fijamos en la potestad de los “cónsules”, nos parecería una constitución perfectamente “monárquica y real”, si atendiéramos a la del “senado”, “aristocrática”, y si consideramos el poder del pueblo, nos daría la impresión de encontrarnos ante una “democracia”.
(Polibio. Historias. Libros V-XV. Traducción y notas de Manuel Balasch Recort. Edit. Gredos).
Segovia, 6 de septiembre del 2025
Juan Barquilla Cadenas.