EL MITO DE CUPIDO Y PSIQUE
Este mito aparece en la obra “El asno de oro” de Apuleyo, escritor romano nacido en Madaura, colonia romana del norte de África (siglo II d. de C.).
Esta obra puede considerarse una de las primeras novelas de Occidente.
El argumento, en líneas generales, cuenta cómo el protagonista (Lucio), habiendo tomado un ungüento equivocado de una hechicera, es transformado en un asno, conservando todas las facultades humanas menos la voz.
La solución para cambiar de nuevo a hombre es comer rosas, pero, como no hay a mano, espera al día siguiente y pasa la noche en el establo, donde se ve coceado por asnos de verdad. Y aquella noche asaltan la casa unos ladrones y se llevan el asno Lucio, que empieza así sus peripecias, hasta el final de la obra en que, al comer una corona de rosas, se transforma otra vez en un hombre. Por eso a esta obra se la titula también “Metamorfosis” que significa “transformación”.
La fábula de “Psique y Cupido” ocupa la parte central de la obra. Lucio (transformado en asno) llega a la cueva de los ladrones. Allí traen un día a una joven cautiva, raptada el mismo día de su boda. Para distraerla de su dolor, la anciana criada de los ladrones le narra “una de las bonitas historias que cuentan las viejas”.
“Un rey tenía tres hijas muy hermosas, pero la menor Psique (=alma) era mucho más hermosa que sus hermanas. Todo el mundo la admiraba e incluso la veneraba como a una diosa. Esto provocó los celos de la diosa Venus, que ordenó a su hijo Cupido (el dios del amor) que hiciera que “la joven se enamorase perdidamente del último de los hombres, un maldito de la Fortuna en su posición social, en su patrimonio y en su propia integridad personal; en una palabra: un ser abyecto que no pueda hallar en el mundo entero otro desgraciado comparable a él”.
“Entre tanto, Psique con todo el esplendor de la hermosura, no saca la menor ventaja de sus atractivos. Todos la contemplan, todos la ensalzan, pero nadie, ni rey, ni príncipe, ni siquiera algún plebeyo se presenta con ganas de pedir su mano. Se admira, ciertamente, su aspecto digno de una diosa, pero como se admira siempre en una estatua de acabada perfección artística”.
Sus hermanas habían sido prometidas a pretendientes de sangre real y habían conseguido matrimonios.
Pero Psique, doncella condenada a la soltería, se queda en casa llorando su abandono y soledad.
El padre desesperado, sospecha que es víctima de la maldición divina. Por temor a la ira del cielo consulta al antiquísimo oráculo de Mileto, el cual le aconsejó que ataviase a su hija como para una boda y la abandonase en una roca, donde un monstruo horrible iría a posesionarse de ella.
Sus padres quedaron desolados; sin embargo, vistieron a la joven y, en medio de un fúnebre cortejo, la condujeron a la cima de la montaña indicada por el oráculo. Luego, la dejaron sola y se retiraron a su palacio.
Pero, Cupido, al tratar de clavar una flecha en el “monstruo” que le había dicho su madre, mientras contemplaba a Psique, sin querer se hiere con la flecha y queda perdidamente enamorado de Psique.
Y Psique, abandonada, era presa de desesperación, pero de pronto se sintió arrastrada por el viento y levantada por los aires. El viento la sostuvo suavemente y la depositó en un profundo valle, sobre un lecho de verde césped.
Psique, extenuada por tantas emociones, se quedó profundamente dormida y, al despertar, se encontró en el jardín de un magnífico palacio, todo él de oro y mármol. Penetró en las habitaciones, cuyas puertas se abrían a su paso, y fue acogida por unas voces que la guiaron y le revelaron que eran otras tantas esclavas a su servicio.
Así transcurrió el día, de sorpresa en sorpresa y de maravilla en maravilla. Al atardecer, Psique sintió una presencia a su lado: era el esposo de quien había hablado el oráculo; ella no le vio, pero no le pareció tan monstruoso como temía. Su marido no le dijo quién era, y le advirtió que era imposible que ella le viera si no quería perderlo para siempre.
Esta existencia continuó por espacio de varias semanas. Durante el día, Psique estaba sola en su palacio, lleno de voces; por la noche su esposo se reunía con ella, y Psique se sentía muy feliz.
Pero un día sintió añoranza de su familia y se puso a compadecer a su padre y a su madre, que, sin duda, la creían muerta, y pidió a su esposo permiso para volverse por un tiempo a su lado.
Tras muchas súplicas, y, a pesar de que se le hicieron ver los peligros que esta ausencia significaban, Psique acabó saliéndose con la suya.
De nuevo el viento la transportó a la cumbre de la peña donde la habían abandonado, y desde ella le fue muy fácil regresar a su casa.
La recibieron con gran alegría, y sus hermanas que residían por su matrimonio lejos de allí, fueron a visitarla.
Cuando vieron a su hermana tan feliz y recibieron los regalos que les había traído, se apoderó de ella una gran envidia, y extremaron su ingenio para hacer surgir la duda en su alma y hacerle confesar que jamás había visto a su marido.
Finalmente, la convencieron de que ocultase una lámpara durante la noche, y, a su luz, mientras él durmiese, contemplase la figura de aquél a quien amaba.
Volvió Psique a su morada, llevó a cabo lo que se le había aconsejado, y descubrió, dormido a su lado, a un hermoso adolescente, y también vio un carcaj con sus flechas, y, al coger una de ellas, se pinchó y quedó totalmente enamorada de Cupido.
Emocionada por el descubrimiento, le tembló la mano que sostenía la lámpara y dejó caer sobre él una gota de aceite hirviente. Al sentirse quemado, Cupido – que tal era el monstruo cruel a quien se había referido el oráculo – despertó y cumpliendo la amenaza que había dirigido a Psique, huyó en el acto para no volver jamás.
Entonces Psique, cuando su marido se perdió para ella en la inmensidad del espacio, corrió hacia el río más cercano y se arrojó de cabeza, mas el río la acogió cariñosamente al instante y en un remolino, sin hacerle daño, la depositó sobre el césped de la orilla.
Psique, irritada ante la maldad de sus hermanas, las engaña a su vez y las lleva a un precipicio, donde ambas perecen despeñadas.
Psique, en su desgracia, va por todo el mundo en busca del esposo perdido.
Invoca a Ceres, a Juno, a cuantas divinidades encuentra a su paso, pero ninguna la socorre por no disgustar a Venus.
Por último, se presenta a la propia Venus, que la encerró en su palacio, la atormentó de mil maneras para ver si se desespera y pone fin a sus días.
Pero la piedad y la bondad de la joven enternecen al cielo. Y los dioses la ayudan en las diversas pruebas a las que Venus la somete: seleccionar semillas, recoger lana de corderos salvajes, y, finalmente descender a los Infiernos. Allí debía pedir a Perséfone (la esposa del dios de los Infiernos, Hades) un frasco de agua de Juvencia (diosa de la juventud, equivalente a la griega Hebe). Le estaba prohibido abrirlo, mas, por desgracia, Psique desobedeció cuando regresaba y quedó sumida en un profundo sueño.
Mientras tanto Cupido estaba desesperado: no podía olvidar a Psique.
Al verla sumida en un sueño mágico, voló hacia ella y la despertó de un flechazo; luego subió al Olimpo y suplicó a Zeus que le permitiera casarse con Psique.
Zeus le otorgó lo que pedía y convirtió a Psique en inmortal. Por su parte, Psique se reconcilió con Venus.
Aunque aquí el mito está contado a grandes rasgos, creo que merece la pena leerlo más completo en el libro “El asno de oro” de Apuleyo. Pues, además de este relato, hay otros episodios interesantes y divertidos, aparte de ser de fácil lectura.
Segovia, 24 de enero de 2026
Juan Barquilla Cadenas.