El MUNDO DEL MÁS ALLÁ EN VIRGILIO: LIBRO VI DE LA ENEIDA. PASAJES DEL LIBRO.
Virgilio (70 a. de C. -19 a. de C.) en su obra la “Eneida” expone, de algún modo, las creencias sobre la existencia de otra vida después de la muerte.
La “Eneida” es, en ciertos contenidos, una imitación de las obras de Homero (siglo VIII a. de C.), la “Odisea” y la “Ilíada”, y también las “creencias que manifiesta Virgilio en la “Eneida” son seguidoras de las creencias de los griegos, como Homero, Platón y los Misterios Órficos.
Considera, por ejemplo, Platón que el hombre está compuesto de cuerpo y alma, y que el alma es inmortal.
[En cambio, al hombre homérico no le queda ni siquiera la promesa de una vida de ultratumba feliz. En su concepto, el mundo de los muertos es una “morada de espanto y putrefacción, que inspira horror a los propios dioses”. Lo único digno y deseable a que puede aspirar el hombre es a la “gloria”, que el poeta transmite para que sirva de ejemplo a las generaciones futuras; es la inmortalidad que sólo consiguen las almas esforzadas.
Virgilio parece interesado por el destino postrero de las almas, y conectaba con las inquietudes que este tema había hecho brotar en su contemporáneos más cultos, que vislumbraban la necesidad de una nivelación de la justicia divina, al menos después de la muerte, y con las ansias de una vida mejor de los desheredados de la fortuna y con su creencia en la inmortalidad del alma y su liberación por la muerte]
(Virgilio. Eneida. Selección. Santiago Segura Munguía. Edit. Anaya.)
Según las creencias griegas, las almas después de la muerte bajan al Hades o mundo de los Infiernos, donde reina el dios Hades y su esposa Proserpina (Perséfone).
Pero antes, tras recibir sepultura, tenían que ser transportados por el barquero Caronte hasta la ribera opuesta de la laguna “Estigia”o del río “Aqueronte”.
De ahí la costumbre de introducir una moneda en la boca del cadáver en el momento de enterrarlo. Sería el pago al barquero Caronte por el traslado al mundo de los muertos.
[Una vez en el Hades, las almas eran examinadas por los jueces Minos, Eaco y Radamantis (hijos de Zeus) y, según su comportamiento, eran enviados o al Tártaro o a las islas de los Bienaventurados (el Elíseo).
Entre las almas condenadas, las hay regenerables mediante adecuados castigos; otras son incurables y son sometidas a eternos suplicios en el Tártaro.
Estas almas incurables por haber cometido crímenes inexplicables sirven de ejemplo y escarmiento a las demás.
En su mayor parte pertenecen a tiranos, reyes y hombres de Estado a quienes el poder absoluto de que gozaron en vida indujo a cometer los crímenes más monstruosos.
Las almas de aquellos que han vivido santamente, las almas de los filósofos, las de los justos, reciben en reconocimiento a sus méritos, la recompensa consiguiente, yendo a continuar su existencia a las islas de los Bienaventurados.] (op. cit.)
Virgilio, como expone en los versos724-751 del libro VI de la Eneida, parece creer en la reencarnación de las almas (“metempsicosis”) para su purificación.
En esto está influido por los filósofos órfico-pitagóricos. Éstos consideraban la encarnación de las almas en un cuerpo humano, como una caída de la sede celeste, como un castigo del destino, cuya única liberación era la muerte. Después de la muerte, todavía el alma ha de purificarse para volver libre al punto de partida celeste.
Virgilio, en el libro VI de la Eneida, imita, en la “Odisea” de Homero, la bajada de Ulises al mundo del Hades, por consejo de la maga Circe, para hablar con el adivino Tiresias sobre su regreso a Ítaca. Ahora Virgilio hace bajar a Eneas al mundo de los Infiernos para hablar con su padre Anquises que había fallecido tiempo atrás. Y éste le va indicar su inmediato futuro y le va a mostrar algunos de los futuros gobernantes de Roma.
Virgilio, con el pretexto de la visita de Eneas a su padre Anquises en el Hades, va a describir los lugares que ocupan las almas de los muertos en el mundo de los Infiernos o el mundo del Hades. Estos lugares fundamentales del mundo de los Infiernos, a donde van a parar las almas de todos los muertos sepultados, son: el “preinfierno” y el “infierno propiamente dicho” con dos ubicaciones: el “Tártaro”, donde van las almas de los malvados y el “Elíseo” (los campos elíseos) donde van las almas de los bienaventurados o las almas buenas.
Y ya en la entrada del Hades, después de haber realizado los ritos que la Sibila le ha ordenado dice Eneas:
(vv.264-272)
“Dioses a quienes atañe el gobierno de las almas y sombras calladas, y Caos (el infinito espacio de tinieblas de los reinos subterráneos) y Flegetonte (el río infernal en cuyo lecho corren llamas), mudos lugares de la inmensa noche: pueda yo repetir lo que sé, pueda por vuestro numen abrir secretos sepultados en las tinieblas del fondo de la tierra.
Iban solos (Eneas y la Sibila) bajo la noche oscura a través de la sombra y las mansiones solitarias y el reino vacío de Dite (Hades): como es el camino por las selvas a la luz pobre de una luna neblinosa, cuando Júpiter ocultó el cielo en la sombra y la noche negra quitó el color a las cosas.”
Ahora Virgilio nos dice lo que hay en el véstibulo o entrada al mundo del Hades.
(vv. 273-316)
“Al comienzo del pasillo y ante el vestíbulo propiamente dicho del Orco (de los Infiernos) hicieron sus camas los Duelos y las Preocupaciones vengadoras; y habitan las pálidas Enfermedades, y la amarga Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la vergonzosa Pobreza, figuras que daba terror ver, y la Muerte, y el Trabajo; luego, el Sueño, consanguíneo de la Muerte, y los Placeres perversos de la mente, y en la fachada del umbral, la mortífera Guerra, y las alcobas de hierro de las Euménides (diosas de la venganza), y la demente Discordia, con un pelo viperino recogido con cintas sangrientas.
En el centro extiende sus ramas y añosos brazos un olmo sombrío, gigantesco, que dicen habitualmente que lo tienen por aposento los Sueños vanos, y se hallan adheridos debajo de cada hoja.
Y además, en la puerta, tienen su establo diversas bestias monstruosas: los Centauros (mitad hombre y mitad caballo) y las Escilas biformes, y Briareo con sus cien manos, y la bicha de Lerna (la serpiente de Lerna), silbando de manera escalofriante, y la Quimera (monstruo con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra que vomitaba llamas por la boca), armada con fuego, las Gorgonas y las Harpías y una figura con la sombra de sus tres cuerpos (el gigante Gerión, muerto por Hércules).
En este momento, Eneas empuña la espada, temblando de repentino temor, y, así empuñada, dirige la punta a los que llegaban, y, si su docta acompañante(la Sibila) no le advirtiese que eran vidas sutiles que revoloteaban sin cuerpo bajo la hueca imagen de su figura, se hubiera lanzado, y habría dado de mandobles a las sombras inútilmente.
De aquí parte el camino que conduce a las aguas del Aqueronte tartáreo (río del dolor). Aquí hierven sus aguas turbias de cieno y de vastos torbellinos, y descarga toda la arena en el Cocito (río del llanto).
Un aduanero espantable, de terrible incuria, guarda estas aguas y ríos, Caronte, al que le cuelga del mentón una greña abundantísima de canas, la luz de sus ojos es fija, de sus hombros, con un nudo, le cae una capa sucia. Él mismo impulsa la barca con una pértiga y la gobierna con las velas, y transporta los cuerpos en la embarcación herrumbrosa, ya bastante viejo, mas la vejez del dios es fresca y vigorosa.
Hacia aquí, a las riberas, se abalanzaba la muchedumbre desparramada, madres y señores, y los cuerpos de los héroes campeadores que habían terminado sus días, los muchachos y las muchachas sin casar, y los jóvenes depositados en las piras ante la cara de los padres: como las muchas hojas que caen deslizándose en las selvas con el primer frío de otoño, o como las muchas aves que se apelotonan en la tierra desde alta mar, cuando el año frío las ahuyenta allende los mares y las empuja a las tierras abrigadas.
Estaban de pie, suplicando hacer la travesía los primeros, y tendían las manos con añoranza de la ribera de la otra parte.
Pero el triste marinero ora acoge a éstas, ora a aquéllas, y a otras, en cambio, las mantiene apartadas, lejos de la arena.”
Entonces Eneas le pregunta a la Sibila qué quiere el gentío en la orilla.
La Sibila le dice que toda esa gente no ha recibido sepultura y no se les permite cruzar al otro lado hasta ser sepultados.
El barquero Caronte no quiere llevar a Eneas al otro lado del río, porque dice que no lleva a “vivos” en su barca, pero la Sibila le explica que ese individuo es el “pius Aeneas” que quiere ver a su padre, y le muestra una “ramita de oro” (la rama del destino), y Caronte les transporta al reino de los muertos.
Al llegar allí, lo primero que ven es el gigante Cerbero, el perro que vigila las puertas de los Infiernos. La sibila le arroja una soporífera torta de miel y frutas medicinales y se queda dormido.
(vv.424-445)
“Se lanza Eneas a la entrada, sepultado el guardián en el sueño y abandona raudo la orilla del río sin retorno.
Acto seguido, se dejaron oír voces y un enorme gemido, y las almas de niños que lloraban, en el primer umbral, a los que negro día se los llevó sin haber gozado de la dulce vida y, arrancados de los pechos, los sumergió en amarga muerte. Cerca de éstos están los condenados a muerte por acusación falsa. Y desde luego estos emplazamientos no han sido adjudicados sin sorteo, ni sin juez: Minos (juez de la región subterránea llamada “preinfierno”), el juez, mueve la urna; el convoca la asamblea de los silenciosos y entiende en lo que atañe a sus vidas y a sus cargos. Después, ocupan el siguiente lugar los tristes inocentes que se causaron la muerte con sus manos, y se desprendieron de sus almas por odio a la vida. ¡Cómo querrían ahora soportar la pobreza y los duros sufrimientos sobre la faz de la tierra!
Las leyes divinas se oponen, y los encadena la laguna odiosa con sus aguas amargas, y la Éstige que se desborda en nueve círculos los retiene.
Y no lejos de aquí se muestran extendidos a todas partes los Campos del Llanto; éste es el nombre que le dan.
Aquí, a quienes el duro amor concomió con cruel gangrena, apartados senderos los ocultan y una selva de arrayanes los cubre alrededor; ni en la propia muerte los abandonan las preocupaciones”.
Allí Eneas ve a distintas almas conocidas y especialmente a Dido que se enamoró de él.
(vv.477 -479)
“Luego prosigue el camino indicado. Y ya llegaban a los confines del campo, que habitan los famosos en la guerra”.
Aquí se le acercan las almas de diferentes guerreros y, entre ellos, Agamenón, jefe del ejército griego contra Troya, que le cuenta lo que le ha sucedido a su llegada a su patria después de la guerra. También tiene un encuentro con Deífobo, el hijo de Príamo, que murió en Troya traicionado por Helena con la que se había casado.
Y cuando están hablando, la Sibila, le advirtió y le habló brevemente.
(vv.539 -543)
“Se va la noche, Eneas; nosotros pasamos las horas llorando. Aquí es el sitio donde el camino se divide en dos direcciones: el de la derecha, que corre al pie de las murallas del gran Dite (Hades); por ahí tenemos el camino al Elíseo; ahora bien el de la izquierda inflige el castigo a los malos, y los envía al Tártaro despiadado”.
Acabada la visita al “preinfierno” entran en el Tártaro, región del Infierno asignada a las almas de los malvados.
(vv.548 -580)
“Se vuelve Eneas de pronto, y ve, bajo un roquedal a su izquierda unas murallas anchas, rodeadas de un triple muro, que pasa lamiendo con sus llamas abrasadoras un río arrebatado, el Flegetón del Tártaro (es el río del fuego), y arrastra guijarros sonoros.
La puerta de enfrente, enorme, y las columnas de diamante macizo, de manera que ni la fuerza de hombre alguno, ni siquiera los propios habitantes del cielo (los dioses olímpicos) serían capaces de derribarlas en caso de guerra; una torre de hierro se alza en el aire, y Tísifone (una de las tres furias infernales), sentada, vestida con un manto sangriento, guarda el vestíbulo sin dormir día y noche. Desde aquí se oían gemidos y chasqueaban crueles latigazos; luego, el chirriar del hierro, y cadenas arrastradas.
Eneas se detuvo, y quedó paralizado, aterrorizado por el estrépito. “¿Qué tipo de crímenes, dime, oh virgen; ¿qué castigos se les aplican? ¿Qué estruendo tan grande llega al aire?”
Entonces la profetisa (la Sibila) comenzó a hablar de la siguiente manera: “Ínclito caudillo de los Teucros (troyanos), las leyes divinas prohíben que ninguna persona casta pise el umbral criminal; mas cuando Hécate (diosa afín a Ártemis) me puso al frente de los bosques del Averno (Infierno), ella misma me enseñó los castigos de los dioses y me hizo recorrerlo todo.
Radamantis de Cnosos (hijo de Zeus y Europa) manda en este reino durísimo, y oye y castiga los crímenes, y obliga a confesar los pecados que cada cual cometió en el mundo de arriba disfrutando inútilmente de haberlos ocultado, y cuyo castigo demoró hasta la lejana muerte. Acto seguido, la vengadora Tisífone, empuñando un látigo, azota a los culpables, saltando sobre ellos, y, arrimándoles con la izquierda las siniestras serpientes, llama a la cruel cuadrilla de las hermanas. Luego, se abren finalmente las puertas sagradas, que chirrían con sus goznes de escalofriante ruido. ¿Ves que clase de guardián está sentado en el vestíbulo? ¿Qué rostro vigila el umbral? La Hidra descomunal, aún más cruel, se halla sentada en el interior con sus cincuenta bocas negras. A continuación el Tártaro propiamente dicho se abre al abismo y se extiende dentro de las sombras dos veces la altura del cielo hasta el Olimpo etéreo”.
Después aparecen distintos personajes mitológicos con sus respectivos castigos…
(vv. 608 -615)
“Encerrados aquí aguardan el castigo los que odiaron a sus hermanos, mientras tenían vida, o pegaron a su padre, o enredaron en fraude a su cliente, o los que acapararon para ellos solos el tesoro que encontraron, y no dieron parte a los suyos, que es el grupo más numeroso, y los que fueron muertos por adulterio y los que siguieron armas impías, y los que no tuvieron empacho en faltar a la lealtad prometida a sus dueños…
No me pidas que te enseñe qué castigo aguardan, ni la clase de infortunio que los hundió”.
(vv. 622 -627)
“Éste vendió su patria por oro, y le impuso un poderoso tirano; promulgó y derogó leyes por dinero; éste conquistó la alcoba de su hija y unas relaciones prohibidas. Todos tuvieron audacia para una brutalidad abominable y cosecharon el fruto de su audacia.
Aunque tuviese cien lenguas y cien bocas, y una voz de hierro, no podría abarcar todos los tipos de crímenes, recorrer todos los nombres de los castigos.”
(vv. 628-647)
“Cuando hubo explicado estas cosas la longeva sacerdotisa de Febo (la Sibila): “Pero, ea, emprende ya el camino, y acaba de terminar con tu deber; démonos prisa”, dice. Estoy contemplando las murallas levantadas por la forja de los Cíclopes y las puertas con el arco enfrente de nosotros, donde nos mandan depositar el don indicado (la ramita de oro)”.
Había terminado, y, andando al par por caminos sombríos, salvan la distancia que los separaba, y se aproximan a las puertas. Alcanza Eneas la entrada, y, salpica su cuerpo con agua corriente (era costumbre de los antiguos bañarse con agua antes de entrar en los templos. Aquí Eneas va a entrar en el Elíseo, lugar sagrado, sede de los justos) y cuelga la rama (la rama de oro) en la fachada del umbral.
“Después de llevar a término esto finalmente y de cumplir su deber con la diosa, vinieron a parar a unos lugares alegres y a amenas praderas de los “Bosques Afortunados” y a las mansiones felices.
Aquí, un cielo más generoso y de luz purpúrea baña los campos, y conocen un sol propicio, unas estrellas propias. Parte ejercita el cuerpo en gimnasios cubiertos de césped, compiten en juego y luchan en la arena amarilla; parte danzan batiendo con los pies y entonan canciones.
Igualmente el sacerdote tracio (Orfeo) acompaña su ritmo con las siete notas de la lira, que ora pulsa con los dedos, ora con una púa de marfil…
(vv. 660 -665)
“Aquí están los grupos que sufrieron heridas combatiendo por la patria, y los que fueron sacerdotes castos, mientras tenían vida, y los que fueron adivinos piadosos y hablaron cosas dignas de Febo (Apolo), o los que alegraron la vida con las artes que inventaron, y los que hicieron que otros se acordasen de ellos con sus merecimientos; todos éstos llevan las sienes ceñidas con cintas blancas como la nieve.”
Después Eneas encuentra a su padre Anquises, por cuya causa había bajado al mundo de los Infiernos guiado por la Sibila.
(vv. 703- 715)
“Entretanto, ve Eneas, en un valle apartado, un bosque escondido y selvas de resonantes ramas y el río Leteo (el río del olvido), que fluye alrededor de las plácidas mansiones. En torno a éste revoloteaban innúmeras gentes y pueblos, como cuando en el verano sereno las abejas se posan en las variadas flores de los prados, y se desparraman alrededor de los lirios blancos; todo el campo resuena con el zumbido. Ante la súbita aparición se estremece Eneas, y, como no lo sabe, pregunta las razones, qué ríos son aquellos de más adelante, qué hombres son los que han llenado las riberas en tan gran tropel.
Entonces el padre Anquises dice: “Las almas, a las que según el destino se les debe otros cuerpos, beben en la corriente del río Leteo el agua de la tranquilidad y largos olvidos.”
(vv. 719 -751)
… “Oh padre, ¿Es que hemos de creer que algunas almas irán por el aire desde aquí al cielo, y volverán otra vez a los tardos cuerpos? ¿Por qué sienten los desgraciados tan sacrílego deseo por la luz?
“Voy a decírtelo, hijo, y no te voy a tener en suspenso”.
Toma la palabra Anquises, y le revela por su orden cada cosa.
Aquí Eneas expone la teoría del alma universal conectada con la de la transmigración de las almas o “metempsicosis”
(vv. 724 -751)
“En primer lugar, el cielo y las tierras y las llanuras líquidas y el luciente globo de la luna y el astro solar los alimenta un espíritu interior, y una mente infusa en sus partes mueve toda su masa y se mezcla con toda su materia. De él procede el género humano y animal y la vida de las aves y las criaturas que lleva el mar bajo su llanura de mármol. Aquellas semillas poseen un vigor ígneo y un origen celeste, en la parte en que no ejercen su lastre los átomos nocivos ni su torpeza las coyunturas terrenales y los miembros, destinados a morir. En virtud de éstos temen y desean, sufren y gozan, y no ven las auras, encerradas en las tinieblas y en la cárcel ciega. Es más, cuando la vida las abandona el último día, a pesar de ello, no les sale de raíz a las desgraciadas todo el mal y todas las enfermedades corporales, y es forzoso que sigan creciendo profundamente durante largo tiempo muchas impurezas que se les han pegado en forma maravillosa. De manera que reciben su castigo y sufren los tormentos de sus viejos pecados: algunas cuelgan tendidas al viento vacío; otras lavan su crimen (falta) hasta purificarse bajo una gran masa de agua, o lo expían con fuego (cada cual sufrimos nuestros manes; posteriormente nos echan por el amplio Elíseo, y unos pocos habitamos los campos felices, hasta que un largo día, cumplido el paso del tiempo, ha eliminado la impureza adherida, y deja pura la mente celestial y el fuego de aura simple. A todas éstas, cuando cumplieron un período de mil años, las llama el dios en una gran columna al río Leteo, es a saber, para que ellas, que no recuerdan, vuelvan a ver de nuevo la bóveda de arriba, y comiencen a querer regresar a los cuerpos”.
Después Anquises le va presentando los futuros personajes de Roma y le cuenta las guerras que tiene que llevar a cabo en lo sucesivo, y le informa de los pueblos laurentes y de la ciudad de Latino, y la manera como ha de escapar o soportar cada calamidad.
(vv. 893 -898)
“Hay dos puertas del Sueño, una de las cuales se dice que es de cornejo (cerezo silvestre), por la cual se da salida a las sombras verdaderas.
La otra, brillante, construida de marfil resplandeciente, pero por donde los Manes(dioses infernales) envían al cielo falsos sueños.
Hasta allí, entonces, acompaña Anquises con estas palabras a su hijo y con él a la Sibila, y los despide por la puerta de marfil.”
(Virgilio. La Eneida. Introducción y traducción de Bartolomé Segura Ramos. Edit. Círculo de Lectores. Barcelona. 1982.)
Después de esta visión del “mundo del más allá” que tenía el mundo griego y que muestra Virgilio en el libro VI de la “Eneida”, no es extraño que otro poeta, también del siglo I a. de C. como Virgilio, Lucrecio, siguiendo la doctrina del filósofo Epicuro, trate de suprimir el temor a los dioses y el temor a la muerte, cosas que hacían infeliz la vida del hombre en la tierra.
Segovia, 21 de Junio del 2023
Juan Barquilla Cadenas.