LA GRECIA ANTIGUA AMANTE DE LA LIBERTAD
Los griegos siempre fueron deseosos de libertad.
Vivieron en “póleis”, ciudades-estado, que tenían su autonomía, sus propias leyes y cultos religiosos
El ciudadano griego (polites) se sentía realizado en su pequeña ciudad-estado: allí, en el “ágora” (plaza pública), tenía libertad de palabra (parresía) y podía participar en las decisiones de la ciudad votando en la Asamblea (Ekklesía). Participaba también en el ejército, en los tribunales de justicia y en las magistraturas o cargos públicos.
El mayor problema es que estas “póleis” eran demasiado independientes y tenían ansias de poder.
De todas las “póleis” griegas las más importantes fueron Atenas y Esparta. Otras “póleis” importantes fueron Corinto, Tebas, Argos, etc.
Atenas y Esparta tenían modos diferentes de entender la política: Atenas tenía como sistema político la “democracia” y Esparta la “oligarquía”.
Estos dos sistemas políticos los trataban de imponer a las “póleis” que era afines a ellas o sobre las que tenían poder.
Al final, la “guerra del Peloponeso” que se produjo entre ellas (431 a. de C. – 404 a. de C.) y que ganó Esparta, acabó debilitándolas a las dos.
Al poco tiempo, Esparta fue vencida por Tebas, que adquirió la hegemonía en Grecia, aunque por poco tiempo.
Las guerras entre las “póleis” las debilitaron y, al final, fueron vencidas por Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno, que las aglutinó en la “Liga de Corinto” (337 a. de C.) que incluía a todos los Estados griegos, a excepción de Esparta.
La liga garantizaba la paz general, la autonomía interna de cada miembro, salvo para reprimir las revoluciones y una alianza perpetua bajo el mando de Filipo, a quien la “Liga” concedió el mando de la guerra contra Persia.
Mientras preparaba esta expedición, Filipo fue asesinado.
La muerte del gran Filipo supuso que algunas “póleis” griegas, sometidas por él, se alzasen en armas contra su hijo y sucesor Alejandro Magno, ante la presente debilidad de la monarquía macedonia.
Pero Alejandro Magno atacó a las ciudades rebeldes, sobre todo a Tebas, y las volvió a someter a la hegemonía macedonia.
Pero los griegos siempre lucharon por su libertad:
Lo pusieron de manifiesto en las “guerras médicas”, guerras contra los persas (490 a. de C. – 449 a. de C., donde los griegos lucharon por la libertad, la democracia y los derechos individuales, y los vencieron a pesar de poseer unos ejércitos muy inferiores a los de los persas. Algo parecido a la guerra de Putin contra Ucrania.
También mostraron su deseo de libertad, especialmente los atenienses y sus aliados, animados por el orador Demóstenes, cuando lucharon por su libertad contra Filipo (padre de Alejandro Magno), que los venció en la batalla de Queronea (338 a. de C.)
Cuando los griegos vieron que ya no tenían fuerza para poder enfrentarse a sus enemigos, se unieron en “ligas” y “anfictionías” (estas últimas, asociaciones de tipo religioso), como las “ligas” aquea, etolia y beocia, o las “anfictionías” de Delfos y Acarnania.
Un ejemplo de ese deseo de libertad de los griegos se puso de manifiesto al término de la segunda guerra macedonia contra Filipo V, que tuvo lugar el año 197 a. de C. en Tesalia, en las colinas llamadas “Cinocéfalas” (“cabezas de perro”, en la que los romanos, dirigidos por el cónsul Tito Quincio Flaminio, venció a Filipo V, rey de Macedonia.
Tito Quincio Flaminio formaba parte del círculo de los Escipiones. Era un admirador ardiente de la cultura griega y soñaba en convertirse en el liberador de Grecia del yugo griego, y lo consiguió venciendo a Filipo V y a los macedonios.
En el tratado de paz, que se firmó después de la victoria romana, Filipo tenía que renunciar a todas las conquistas, evacuar Grecia, entregar la flota de guerra con excepción de algunas naves, restituir los prisioneros y los desertores y pagar un tributo de mil talentos: la mitad de inmediato y la otra mitad en cuotas iguales durante el curso de 10 años.
El primer artículo del tratado de paz proclamaba la libertad de los griegos: “En general, todos los helenos, tanto asiáticos como europeos serán libres y se someterán a sus propias leyes”.
La libertad de los griegos se proclamó en los Juegos Ístmicos del verano del año 196 a. de C. en Corinto, en presencia de una gran multitud, y la alegría de los griegos al oírla fue tan grande que, con el ruido de sus aplausos, se dice que unos pájaros, que volaban alrededor de la multitud reunida, cayeron al suelo aturdidos.
La alegría que sintieron los griegos al conocer la victoria de los romanos sobre Filipo V de Macedonia, la cuenta Tito Livio (59 a. de C. -17 d. de C.) en su obra “Ab urbe condita” (“A partir de la fundación de Roma”) en el libro XXXIII, 32-34:
“Se acercaba la fecha señalada para los “Juegos Ístmicos” (en Corinto) que siempre habían sido muy concurridos debido tanto a la afición al espectáculo innata en aquel pueblo, que lo lleva a asistir a todo tipo de competiciones artísticas, de fuerza o de agilidad, como a las ventajas de su emplazamiento. En efecto, su situación, a caballo entre dos mares opuestos, facilitaba a las gentes el acceso a toda clase de mercancías, y aquel centro comercial era un lugar de encuentro de Asia y Grecia. Pero en esta ocasión habían acudido gentes de todas partes no sólo por el interés de costumbre, sino por la expectación despertada acerca de cuál iba a ser en el futuro la situación de Grecia y cuál la suerte que ellos iban a correr.
Las opiniones acerca de lo que harían los romanos eran diversas y no sólo las pensaban en silencio, sino que las exponían en sus conversaciones; casi todos estaban convencidos de que (los romanos) no se retirarían de toda Grecia.
Habían tomado asiento para el espectáculo y el pregonero, acompañado como de costumbre por el trompetero, se adelantó hasta el centro del espacio desde el que suele darse inicio a los festejos con una fórmula tradicional; una vez que la trompeta impuso silencio hizo esta proclama: “El Senado romano y el general Tito Quincio (Flaminio), después de haber sido derrotado el rey Filipo y los macedonios, disponen que sean libres, queden exentos de tributo, y tengan sus propias leyes los corintios, los focenses, todos los locrenses y la isla de Eubea, y los magnetes, los tesalios, los perrebos y los aqueos ftiotas”.
Había citado a todos los pueblos que habían estado bajo el dominio de Filipo. Al oir las palabras del pregonero la alegría de la gente fue tan grande que no podían asimilarla en toda su intensidad.
Apenas podían creer lo que habían oído y se miraban unos a otros asombrados como ante la ilusión de un sueño; sin acabar de fiarse de sus propios oídos, cada uno preguntaba a los que tenía más próximos acerca de lo que a él le concernía.
Se reclamó de nuevo la presencia del pregonero, pues todos estaban ansiosos no sólo de oir sino de ver al mensajero de su libertad, y otra vez repitió la misma proclama. Ahora, al no haber duda acerca del motivo de su alegría, prorumpieron en unos aplausos tan clamorosos y tantas veces repetidos que resultaba fácilmente evidente que para la gente el más precioso de todos los bienes es la libertad. A continuación, se celebraron los festejos con tal rapidez que el espectáculo no atrajo las miradas ni la atención de nadie; hasta ese extremo un solo motivo de alegría había acaparado la sensibilidad frente a todos los demás disfrutes.
Finalizados, pues, los juegos, casi todo el mundo corrió hacia el general romano, de forma que corrió cierto peligro al irrumpir en masa los que querían llegar hasta él para estrecharle la mano y arrojarle coronas y cintas de honor.
Pero andaba en torno a los treinta años de edad, y, aparte del vigor de la juventud, le daba fuerzas también la euforia por el fruto de una gloria tan brillante.
La efusión de alegría no fue sólo momentánea sino que se repitió muchos días con una gratitud sentida y manifestada en los comentarios: existía sobre la tierra un pueblo que cargaba con los gastos, las fatigas y los riesgos de la guerra por la libertad de otros, y no prestaba este servicio en favor de gente vecinas o cercanas o pertenecientes a su mismo continente sino que cruzaba los mares para que no existiera ningún dominio injusto en ninguna parte del orbe y para que prevaleciera en todas partes la fuerza del derecho divino y humano y de la ley; con una simple proclama de un pregonero habían quedado en libertad todas las ciudades de Grecia y Asia; hacía falta un espíritu audaz para proponerse un objetivo como éste, y una gran dosis de valor y buena suerte para llevarlo a efecto.
(Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Libro XXXIII, 32-34. Traducción y notas de José Antonio Villar Vidal. Biblioteca Básica Gredos.)
Segovia, 25 de febrero del 2023
Juan Barquilla Cadenas.