LA CIUDAD DE PALMIRA: SU REINA ZENOBIA
La antigua Palmira fue la capital del Imperio de Palmira bajo el efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268 – 272.
El “Imperio de Palmira” fue un efímero Estado de Oriente Próximo escindido del Imperio romano, formado a partir de la sublevación de la reina de la ciudad de Palmira, próspera vasalla de Roma, en el año 268 con la supuesta intención de dominar a los dos imperios que le flanqueaban, el romano y el sasánida a partir de la crisis del siglo III.
Comprendía las provincias romanas de, Siria-Palestina, Arabia Pétrea, Egipto y zonas del sureste de Asia Menor.
(Wikipedia).
Zenobia es una de las pocas mujeres que destacaron en el campo del poder en el Imperio romano.
Aquí expongo lo que dice Emma Southon en su libro “Historia de Roma en 21 mujeres”.
[Cuando Alejandro Severo y Julia Mamea fueron asesinados en el año 235, sus muertes señalaron un cambio radical en el Imperio romano y el inicio de la más larga de las crisis desde las guerras civiles del final de la República.
Dejando de lado los años de los cuatro emperadores (año 69): Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano, y de los cinco emperadores (año 193): Pértinax, Didio Juliano, Pescenio Níger, Clodio Albino y Septimio Severo, la violencia se había mantenido a un nivel bastante bajo en la familia imperial.
Sin embargo, Maximino el Tracio dio inicio a un período de cincuenta y cinco años, con conflictos civiles que asolaron el Mediterráneo, Europa, el Próximo Oriente y el norte de África.
Este período fue testigo de un año de seis emperadores (238): Maximino el Tracio, Gordiano I, Gordiano II, Máximo Pupieno, Calvino Balbino y Gordiano III.
Y mientras que los emperadores se mataban unos a otros, el Imperio romano que, supuestamente, tenían que gobernar se iba desmoronando poco a poco.
Por un lado, el Imperio sasánida no iba a dejar tranquilas las fronteras orientales en Mesopotamia, Asia Menor y Siria, mientras que los alamanes y otros pueblos hostigaban sin parar las fronteras septentrionales en Germania y la Galia, así como en Dacia, lo que llevó a los romanos a entrar en contacto con godos y hunos.
Todo el dinero se destinaba al ejército, lo que causaba unos problemas económicos terribles; y una pandemia conocida como “Peste Cipriana” se llevó más vidas que los ejércitos, y de vez en cuando, alguno de los breves emperadores perseguía a algunos cristianos.
Los múltiples y simultáneos problemas dividían la atención de los emperadores que, en su mayor parte, eran más soldados que políticos y les obligaban a tomar decisiones difíciles de dónde centrar la atención y los menguantes recursos.
Algunas áreas remotas del Imperio quedaron desatendidas: los gobernadores acababan su mandato y los sustitutos no aparecían; los contratistas para la recaudación de impuestos abandonaban el trabajo, lo que implicaba que el ejército y la burocracia disponían de menos liquidez. Había menos gente que viajara a y desde Roma y, en definitiva, la influencia de Roma se iba desdibujando.
Palmira, en Siria, experimentó este declive del poder imperial, esta desatención y falta de recursos, y empezó a desmoronarse como ciudad romana.
Su salvadora fue, durante unos instantes, la reina Zenobia, la única mujer en haber intentado proclamarse “emperatriz”.
Siria tenía un poder y una influencia enormes en el Imperio y podía destruirlo o recomponerlo en tiempo de crisis.
Siria estaba justo en las fronteras imperiales del siglo III, frente a los sasánidas, lo que la convertía en un valioso premio para ambos imperios (el romano y el sasánida).
Sobre todo porque Siria albergaba tres centros muy importantes en las rutas comerciales que unían Europa con el resto del mundo: Emesa, Antioquía y Palmira.
Hacia el año 240, en Palmira encontramos una figura que hoy en día sigue siendo un personaje central en la identidad nacionalista siria, a pesar de su irreprochable identidad romana: Septimia Zenobia.
El nombre Septimia Zenobia es una combinación de latín y griego, y demuestra su ciudadanía romana y el dominio de la cultura helenística en el Mediterráneo oriental. Es el nombre que puso en las monedas cuando se proclamó “Augusta”, emperatriz del imperio romano, en 268.
Sin embargo, el nombre con el que aparecía en las inscripciones antes de esa fecha era el arameo Bat-Zabbai, y es el que probablemente usaba en el día a día, puesto que el arameo palmirense era su lengua materna y también la lengua principal de la ciudad.
Si observamos las inscripciones de Palmira, podremos apreciar que la mayoría son bilingües en arameo y griego y que raramente incluyen el latín.
El latín era la lengua del Imperio en el que Zenobia nació, vivió y murió; era el idioma de los impuestos, de la burocracia, del ejército y del culto imperial.
Del mismo modo que, en Europa, el latín fue durante siglos el idioma de la Iglesia, inaccesible para muchos legos, para los palmirenos como Zenobia , era un idioma imperial, de un Imperio que se extendía por, al menos, treinta y ocho estados actuales reconocidos por las Naciones Unidas.
En realidad, ser romano sólo exigía una cosa: “la ciudadanía romana”.
En el año 212, el emperador Caracalla aprobó una ley, conocida como “Edicto de Caracalla” o “Constitutio Antoniniana” con la que convertía en “ciudadano romano” a todos aquellos que vivían dentro de las fronteras del Imperio.
De golpe, todo el mundo disfrutaba de los beneficios (y de las cargas impositivas) de la ciudadanía de la ciudad de Roma.
Antes de ese momento, la “ciudadanía romana” se había visto como un privilegio, otorgado por los emperadores como premio, y era apreciada como señal de poder y prestigio por los que la ostentaban.
Pero los cristianos, aunque tenían la “ciudadanía romana”, se veían a sí mismos como opuestos a los “romanos” porque no participaban en las prácticas sociales y culturales romanas, como los banquetes, los juegos o el culto religioso. Por su parte, las autoridades romanas consideraban a los cristianos unos peligrosos y traidores “no- romanos” porque no tomaban parte en el culto imperial ni hacían sacrificios en nombre del emperador.
En cambio, había muchos hombres que servían en el ejército como auxiliares y se implicaban en todos los asuntos religiosos romanos y arriesgaban su vida por Roma para descubrir, al final, que no se les concedía la ciudadanía; la máquina romana sólo los consideraba bárbaros útiles (llamados “foederati”) y se convirtieron en un gran problema en el siglo IV.
La romanidad, como todas las identidades étnicas y culturales, era compleja y dependía del contexto, y en ella se mezclaban lengua, ciudadanía, práctica religiosa y la voluntad de ser romano.
En todos y cada uno de los aspectos de su vida, Zenobia se presentaba como una mujer romana que trabajaba en el sistema romano y que deseaba cosas romanas, como ser emperatriz.
Las fuentes de que disponemos para la vida de Zenobia y para el dominio que ejerció sobre su breve imperio son bastante sospechosas.
La única que nos ofrece una narración lineal es la “Historia Augusta”. Pero ésta ofrece el mismo grado de confianza que una novela barata: nos dice algunas cosas sobre Zenobia y otras personas, quiénes eran los buenos y quiénes los malos y algunos detalles de sus historias, pero su principal objetivo era divertir y entretener, más que ofrecer una información precisa.
El resto de las fuentes para la vida de Zenobia están dispersas en fragmentos y en fragmentos aún más pequeños, en su mayoría de muchos siglos después de la vida de Zenobia.
De todos modos, lo sorprendente es toda la gama y variedad de fuentes que citan a Zenobia de un modo u otro. Aparece en novelas latinas, en historias bizantinas (una de ellas “Extractos de Cronografía”), en el Talmud de Jerusalén, en textos maniqueos del Irán medieval y en leyendas árabes.
Aunque su reinado como gobernante de su mínimo Imperio sólo duró unos pocos años y fue “Augusta” apenas unos meses, dejó una huella extraordinaria en diversas culturas.
Además, tenemos todo el material que ella misma generó, sobre todo monedas y miliarios.
Sin embargo, todas estas fuentes, en su conjunto, resultan vagas, confusas, contradictorias e irritantes.
Cada libro y artículo plantea una versión radicalmente diferente de Zenobia. Es más, no son sólo los académicos los que discuten sobre ella; en la Siria actual hay varios relatos en conflicto y varios grupos se han apropiado de su nombre como símbolo de los variados fines que persiguen.
Una serie de televisión siria de 1997, de gran presupuesto, titulada “Al-Ababid” (Anarquía) fue un éxito.
Entre los setenta y los noventa del siglo pasado, el régimen de Háfez al-Ásad puso a Zenobia en los billetes de cien libras sirias, y durante la guerra civil siria, cuando el Estado Islámico tomó Damasco, hicieron desfilar por las calles una estatua de bronce de Zenobia mientras destruían los edificios y monumentos de la antigua Palmira.
Muchas fuentes, antiguas y modernas, presentan a Zenobia como una reina guerrera o una rebelde contra el dominio romano. A la gente le gusta presentarla como una Boudica siria en la lucha contra el malvado poder imperial de Roma, pero en realidad es un personaje mucho más interesante y complejos que todo esto, y ejemplifica, de manera única, la inevitabilidad del poder romano y la intensa lealtad que la gente del mundo romano sentía por él.
Porque si bien Zenobia se rebeló, brevemente y sin ninguna duda, contra un emperador, no lo hizo para librarse de las cadenas del Imperio, sino para asirlo en sus manos.
No sabemos nada sobre sus primeros años de vida y que todas las fechas anteriores a su aparición como reina no son más que suposiciones.
Emma Southon cree que nació hacia el 240 y que desconocemos quiénes eran sus padres.
En cierto momento, se describe a sí misma como Zenobia hija de Antíoco.
En algún momento alrededor del 258 se casó con un tipo llamado Odenato y tuvieron algunos hijos.
Las fuentes difieren tanto que el número de hijos se sitúa entre uno y siete; ella misma sólo se refiere a uno. Este hijo se llamaba Vabalato ( Wahb’alat en arameo).
Odenato era bastante mayor que Zenobia y tenía como mínimo un hijo de un matrimonio anterior, que igual era de la misma edad que Zenobia.
Odenato era de la élite. Su situación en Palmira, que funcionaba como una ciudad-estado griega un poco distante del control romano, no es fácil de describir.
Está claro que era el personaje principal de Palmira, tanto su alcalde como un líder militar y el hombre más rico y prestigioso.
Ostentaba una posición única porque un emperador (o Filipo el Árabe o Gordiano III) le había concedido estatus senatorial como recompensa por algo, sin tener que ser realmente senador ni sentarse en el Senado ni ir a Roma.
Cuando Caracalla hizo que toda persona libre fuera ciudadano romano, negó a los emperadores el uso de un premio muy útil para compensar la buena conducta de las élites provinciales, de manera que improvisaron y empezaron a conceder “estatus senatorial” en su lugar.
Todo esto no proporcionaba ningún poder real, pero permitía que Odenato llevara una toga más bonita y se refiriera a sí mismo como “Vir clarissimus” en inscripciones y demás monumentos, lo que hizo con profusión.
Por la misma época en la que se casó con Zenobia, la pareja recibió una promoción al rango consular como otro premio por haber luchado contra los persas en nombre del ejército romano.
Odenato también se describe como “exarca” y “gobenante”. No eran títulos oficiales; se los concedió a sí mismo para indicar su preponderancia en la ciudad, tal como Augusto se había llamado a sí mismo “Augusto”.
Así era la vida para Zenobia, como esposa del hombre importante de la ciudad durante un par de años, pero todo cambió en el año 260.
El imperio persa se había ido convirtiendo en una amenaza real y grave a partir del año 230 más o menos.
Trajano había conquistado una gran parte de Mesopotamia en el año 117 y la incorporó al Imperio.
En 230, los persas empezaron a recuperar territorio con cierto ahínco, asolando ciudades romanas y matando a ciudadanos romanos.
Sin embargo, encargarse de los persas no era una prioridad en esos años, porque las fronteras del Rin y del Danubio se veían amenazadas por enemigos bastante más aterradores.
En 260, el emperador Valeriano pensó que había tenido una idea brillante y decidió cogobernar el Imperio con su hijo Galieno; con dos emperadores, podía repartir la atención y luchar en dos frentes a la vez, de modo que dejó a Galieno en occidente y él se dirigió directo hacia Persia para luchar contra Shapur I.
Pero el emperador Valeriano acabó capturado por el rey persa, que lo mantuvo en su corte como su mascota imperial romana.
Su captura también se llevó por delante a todos sus oficiales y la mayor parte de su ejército, lo que dejó un vacío de poder en todo el oriente romano, vacío que Odenato y Zenobia se dispusieron a llenar.
Odenato lo aprovechó, asumió el control de los ejércitos y el gobierno de la provincia más los restos de las fuerzas de Valeriano.
Un tipo de Emesa intentó hacer lo mismo pero de manera traicionera, nombrando a sus hijos emperadores (Augusti), pero Odenato acabó con él.
Luego fue a por el rey persa Shapur I.
Tuvo tal éxito que llegó hasta Ctesifonte (cerca de Bagdad), restauró toda la provincia de Mesopotamia al control romano y luego regresó a casa, desde donde envió a todos los prisioneros y el botín a Galieno, lo que permitió que éste celebrara un “triunfo” apuntándose el tanto del éxito de Odenato.
Tal era la lealtad de Odenato al poder romano, que ni tan sólo intentó proclamarse emperador, aunque podría haberlo hecho.
Usó su éxito para apuntalar la reputación del emperador reinante, que acababa de perder el control de las provincias más romanas de todas las provincias de occidente.
En el año 260, mientras Valeriano era capturado, Marco Casiano Latino Póstumo, gobernador de Germania, declaró que ya no era leal a Galieno y que no quería ser emperador romano. En cambio, asumió el control de Germania, la Galia, Britania e Hispania e independizó todos estos territorios, gobernando en oposición a Roma.
Es lo que se conoce como “Imperio Galo”. Así pues, Galieno consiguió perder a su padre y la Galia al mismo tiempo.
Por supuesto, Odenato se recompensó, a él y a su familia.
Se dio el título persa de “rey de reyes” como desaire a Shapur I y Zenobia pasó a ser su reina.
La pareja, junto con el hijo mayor de Odenato, Herodiano, gobernaron felizmente todo el territorio que habían asumido como rey y reina, con la aquiescencia del emperador romano.
Odenato se esforzó mucho por no asumir títulos romanos ni amenazar el poder romano, aunque a todos los efectos era un gobernante autónomo de un reino que iba del Éufrates al Mediterráneo.
Tras su muerte, Odenato fue calificado, bien como “restitutor totius orientis”, restaurador de todo el oriente, un título honorífico, o bien como “corrector”, reformador de oriente, nombre que conlleva el poder de dirigir ejércitos romanos; esto significaría que habría sido nombrado miembro del estado mayor de Galieno.
Si es un título honorífico, entonces Odenato era un “rey cliente” muy valorado y algo separado del control romano; si el título es oficial, es que era un “funcionario romano” muy apreciado.
Sea como sea, Odenato se labró su propia senda y contribuyó voluntariamente al reducido prestigio de Galieno.
Parece que el reinado o gobierno de Odenato iba bastante bien hasta el momento en que alguien lo asesinó junto a su hijo Herodiano.
En las distintas narraciones sobre el asesinato, hay una en la que es asesinado por su primo durante una discusión, porque Odenato se había llevado el caballo del primo, una en la que fue una conspiración de sus propios hombres, una que implica a Zenobia porque estaba celosa de su hijo adoptivo, una en la que lo hizo un tipo cualquiera y una en la que es Galieno quien envía a unos sicarios para que lo maten.
En el libro más reciente sobre Zenobia, de Nathanael Andrade, es la última de todas estas hipótesis la que se toma con más seriedad y se argumenta que Galieno acabó harto de que Odenato actuara con tanta independencia, de modo que decidió asesinarlo.
Pero fuera cual fuera el asesino, no contaron con la reacción de su esposa Zenobia.
Ahora es cuando Zenobia sale de la sombra de su marido y lo hace como suelen hacerlo la mayoría de las reinas: proclamó a su hijo de diez años sucesor de los títulos y poderes de Odenato y a ella como su regente.
Odenato había creado su peculiar y simbólica posición de “rey de reyes” dentro del Imperio romano y ninguno de sus títulos, cargos y poderes oficiales romanos era hereditario en absoluto.
Los hijos de los cónsules no heredaban el consulado ni los hijos de los generales heredaban ningún tipo de poder militar.
En el sistema romano, la muerte de Odenato sólo significaba que el control de los ejércitos, las cecas, la recaudación y los diversos tentáculos de la burocracia imperial regresaban a Galieno o a los gobernadores de las provincias que Odenato había dirigido.
No obstante, Zenobia tenía una visión diferente; consideraba que su familia ahora gobernaba un “reino cliente” semiautónomo. En este reino, había sido aclamada como “reina” y su esposo como “rey de reyes” y a éste le habían concedido honores divinos tal como se les concedían a los emperadores vivos y muertos de occidente.
Así pues, transfirió todos los títulos de Odenato a su hijo Vabalato y todos sus poderes a ella misma.
Creó una monarquía dentro de las fronteras del Imperio.
Un miliario de Palmira fechado hacia el 268 muestra la rapidez y la energía con la que Zenobia subrayó la herencia de los cargos de Odenato en su hijo y su propia posición de preeminencia en “su” reino.
Zenobia fue socavando, sin prisa pero sin pausa, el alcance de la burocracia y el poder romanos en Siria y Mesopotamia.
Al parecer también se cuidó de crear una auténtica corte a su alrededor, tanto en términos de disponer de secuaces leales como de atraer a intelectuales y emisarios.
Sus tres cortesanos más fieles eran Septimio Zabdas, su general, Septimio Zabbai, denominado líder de Tadmor (Tadmor es otro nombre de Palmira), y un filósofo y sofista ateniense llamado Casio Longino.
Zenobia se esforzó por invitar a Longino a su corte para actuar como tutor de Vabalato, porque tenía una reputación de alcance imperial como “biblioteca viviente y museo andante”; al parecer también fue un buen consejero de Zenobia.
Con estos hombres, Zenobia recibió delegaciones en cuanto líder del oriente romano en Siria y Mesopotamia.
Pero Galieno no tenía tiempo de ocuparse del pulso que le estaba echando Zenobia por los límites del poder imperial en el 268 porque estaba demasiado entretenido, siendo asesinado por sus propios hombres.
Galieno fue sustituido por Claudio II, conocido como “Claudio Gótico”.
Claudio II se vio enzarzado por completo en la lucha contra los godos en Serbia y contra los alamanes en Italia.
Hay un indicio de que Claudio II era plenamente consciente de Zenobia y delo que había estado haciendo por Mesopotamia entre el año 268 y 270, por el hecho de que Claudio asumió el título de “Partico Máximo” en el año 269.
Los emperadores romanos asumían topónimos como epítetos para celebrar victorias en esos lugares.
Esta tradición se inició durante la República; por ejemplo, Publio Cornelio Escipión recibió el nombre de “Africano” tras derrotar a Aníbal en Zama en 202 a. de C. y su hermano Lucio Cornelio Escipión exigió el epíteto “Asiático” después de su victoria en Magnesia en 190 a.de C. Estos nombres demostraban que el general era el conquistador del lugar en cuestión y los emperadores no dudaron en mantener la tradición atribuyéndose el mérito de cualquier conquista realizada por algún general durante su reinado.
El hijo adoptivo de Tiberio fue el último no emperador al que se le concedió un epíteto de este tipo como recompensa por haber vengado las tres legiones masacradas en el bosque Teutoburgo y llegó a definirlo de tal manera que no estamos del todo seguros de cuál era el nombre de nacimiento de “Germánico”; todo lo que sabemos es que conquistó (un poco de) Germania.
El emperador Claudio adoptó “Británico” como epíteto tras la invasión de Britania y el emperador Trajano se nombró “Dácico”, “Germánico” y “Pártico” por los éxitos en Dacia, Germania y Partia.
Que Claudio II recibiera de golpe el apelativo de “Pártico Máximo” sugiere que había celebrado una gran victoria en tal lugar, una victoria que rivalizaba con la del divino Trajano, y la única persona que se había enfrentado a los partos en 269 era Zenobia. Por la misma época, ésta añadió el título de “Pérsico Máximo” a los epítetos de su hijo Vabalato.
Además, a Zenobia se le atribuye haber mejorado mucho un par de fortalezas a orillas del Éufrates, en Irán, por esa época, en el lugar justo en el que uno podría estar luchando contra los persas, y una de las cuales acabó llevando su nombre.
Se trata de fragmentos de pruebas de algo, quizás una guerra, pero que ha desaparecido de los registros históricos.
Pat Southern interpreta estos fragmentos como pruebas de que Zenobia llevó a cabo alguna acción triunfante contra los persas o defendió Mesopotamia con éxito.
En esta interpretación, Claudio II y Zenobia tienen una eficiente relación de cooperación y Siria todavía es territorio romano, quizás un “reino cliente”.
Nathanael Andrade, en cambio, interpreta que Claudio II se puso el título de “Pártico Máximo” como un acto de agresión, un aviso a Zenobia de que la estaba observando y de que iba a por ella.
Con este punto de vista, oriente ya no es romano, sino un Imperio independiente, el “Imperio palmireno”.
Pero Claudio II tuvo la mala suerte de morir por culpa de una epidemia en 270. Esta muerte parece que cogió a todos por sorpresa. Y lo que chocó aún más fue que el Senado de Roma de golpe mostró algo de fuerza de voluntad y coronó como emperador al hermano de Claudio antes de que ninguno de los generales decidiera proclamarse como tal.
Al ejército esto no le gustó nada, acostumbrados como estaban a elegir ellos a los emperadores.
Así pues, las legiones del Danubio contraatacaron anunciando que su candidato Aureliano era el emperador.
El conflicto interno añadió una nueva dimensión a la tensión a la que estaba sometido el Imperio y Zenobia aprovechó al máximo la distracción: se hizo con el control de otra provincia.
Con rapidez y con el mínimo ruido posible, Zenobia reclutó un ejército de 70.000 sirios y “bárbaros” y atacó la vecina provincia de Arabia romana.
En concreto, atacó la capital, Bostra, donde estaba acuartelada la “Legio III Cyrenaica”, y la arrasó por completo, templo incluido.
Zenobia y su general Zabdas llevaron el ejército por Arabia con una resistencia mínima y unos daños imperceptibles y asumieron su control en cuestión de meses.
Hasta ese momento, la estrategia de Zenobia se parecía mucho a la de su esposo: se presentaba como subordinada a Roma y sin ninguna intención de reclamar sus poderes.
Se definía a sí misma como “reina” (basileia) y como mujer de estatus senatorial, pero nada que pudiera molestar a un emperador romano o parecer una usurpación de sus poderes legales.
Aunque creó una corte y hacía cosas como construir fortalezas, actuaba en nombre de Roma y cumplía sus obligaciones como avanzadilla o “reino cliente” del Imperio romano.
Por ejemplo, nunca hizo que la ceca de Antioquía dejara de acuñar monedas de Galieno y de Claudio II, con toda la propaganda que esto conllevaba.
Tampoco interfirió en la recaudación fiscal, el ejército y el funcionariado; se limitó a cumplir las obligaciones del Estado romano con sus súbditos, unas obligaciones que el auténtico Estado romano no estaba cumpliendo. Los protegía y éstos la aclamaban como “reina”.
Pero ahora, reclutar un ejército rival, atacar una capital provincial romana, luchar contra soldados romanos e incendiar templos del dios más dios de Roma era un cambio de estrategia brutal.
Hay muchas teorías acerca de los motivos de Zenobia.
En las fuentes antiguas, en general, se la presenta como tremendamente ambiciosa y con una insaciable sed de poder.
Pero, excepto por una parte de la “Historia Augusta”, las fuentes antiguas coinciden en que Zenobia fue una excelente gobernante, con la valentía y la inteligencia de un hombre, lo que desgraciadamente es el mejor cumplido que uno puede esperar de una fuente de la Antigüedad.
Nadie la calumnia como una persona cruel, decadente, arrogante, avara, masculina en sus ropajes o estilo de vida o voluble, como uno esperaría de años de bregar con hombres de la Antigüedad al escribir sobre mujeres.
De hecho, la “Historia Augusta” (que probablemente sea una especie de novela) la describe varias veces no sólo como una líder ideal, que mezcla clemencia y severidad a partes iguales, sino también como extraordinariamente hermosa.
La “Historia Augusta” es la única fuente que intenta esbozar una personalidad de Zenobia y lo hace con la intención evidente de hacer quedar mal a Galieno (porque las mujeres asumieran poder durante su reinado) y hacer quedar bien a Aureliano (porque ella era una gran mujer pero él la derrotó).
El ataque de Zenobia sobre Arabia no se puede ver de ninguna manera que como una agresión contra los poderes romanos que todavía actuaban en el Mediterráneo oriental y que aún no habían sido afectados por la amenaza persa.
Su objetivo real no era Arabia, sino Egipto. Ella y sus 70.000 hombres se abalanzaron sobre Alejandría, capital administrativa de Egipto y el puerto más importante del Imperio, y la conquistaron con una facilidad sorprendente.
En diciembre de 270, Zenobia controlaba cuatro provincias romanas y tenía la capacidad de cortar los suministros a grandes partes del resto del Imperio, Roma incluida, si así lo deseaba.
Alejandría era un elemento tan vital en el funcionamiento del Imperio que era el emperador en persona el que controlaba quién tenía acceso a la ciudad. Augusto se había anexionado Egipto y había creado un sistema por el cual la provincia era gobernada no por un gobernador consular o senatorial, sino por un prefecto de rango ecuestre, que sólo respondía ante él, porque cualquiera con intenciones perversas podía matar de hambre a Roma sin más que cerrar el puerto egipcio.
En consecuencia, que Zenobia apareciera por allí con un ejército de palmirenos, eliminara la guarnición romana y dejara su propia fuerza de cinco mil hombres para controlar la ciudad era, cuando menos, una señal alarmante para el nuevo emperador.
No parece que Zenobia viera su ocupación de Arabia y Egipto como un ataque al Imperio desde el exterior, sino más bien como una afirmación de poder desde el interior.
Su percepción era la de una usurpación interna, no muy diferente de la propia declaración de Aureliano como emperador en los cuarteles de Panonia, en oposición al hermano de Claudio II, o de hecho de la de todos los predecesores de Aureliano en los últimos cuarenta años.
Se veía con su hijo, Vabalato, en el trono romano, pero, curiosamente, sin sustituir a Aureliano.
La gran mayoría de tentativas de alzamiento y usurpaciones por todo el Imperio siempre tenían como objetivo asumir el control total y único como emperador, denotado éste con el término “Augusto” y mediante legiones romanas pagadas con impuestos romanos.
Una excepción fue el “Imperio galo” de Póstumo; este miniimperio estaba formado por las provincias romanas de Galia, Germania, Britania y (brevemente) Hispania. Se había independizado e iniciado su andadura en el año 260, rechazando por completo el resto del Imperio romano.
Zenobia, en cambio, apareció por Egipto y anunció a todo el mundo que Vabalato era el coemperador subordinado de Aureliano.
A partir de diciembre de 270, los papiros burocráticos de Egipto empezaron a fecharse con la fecha del reinado de Aureliano y su nuevo coemperador Vabalato, toda una sorpresa para Aureliano (y para Vabalato).
Los documentos describen a Vabalato como “hombre ilustrísimo, cónsul, rey, emperador y líder de los romanos [dux Romanorum]”.
Estos términos, excepto el de “rey”, son totalmente romanos, pero mantienen a Vabalato en una posición subordinada al emperador, el “Augusto”.
Las mismas palabras aparecen en miliarios de Egipto y Arabia y se repiten en monedas acuñadas, bajo la dirección de Zenobia en las cecas de Alejandría y Antioquía.
La conquista de Egipto no podía quedar ignorada por nadie que se considerara emperador romano.
Sin duda, Aureliano ya tenía a Zenobia en su lista antes de que ésta ocupara Alejandría, pero esta acción aceleró su reacción.
Aunque Zenobia había nombrado a un gobernador romano (después de derrotar y matar al anterior), no había emprendido ninguna acción hostil con los puertos y actuaba como si Egipto continuara siendo parte del Imperio y Aureliano fuera el emperador, pero éste abandonó la provincia de Dacia, que dejó en manos de los godos, y se dirigió a Oriente a toda prisa.
Cuando Aureliano empezó a avanzar por Asia Menor con varias experimentadas legiones a sus espaldas, Zenobia se dio cuenta de golpe de que era una enemiga de Roma y del poder romano, de modo que decidió ir a por la usurpación sin tapujos.
En una ceremonia en Alejandría, coronó a Vabalato como “Augusto” y a ella misma como “Augusta”. Proclamó que eran el poder imperial legítimo, no Aureliano, y que lucharían para gobernar el Imperio en solitario.
Empezó a acuñar monedas con Vabalato en el anverso y con las leyendas “Augusto Victorioso”, “Augusto Eterno”, “Augusto Justo”; en el reverso situó a Júpiter Estátor. También acuñó monedas con ella en el anverso al lado de Juno Regina, Juno la Reina.
En ambos casos, se trata de dioses asociados a la ciudad de Roma y al poder romano.
Con gran sensatez, mientras lanzaba todos estos potentes elementos propagandísticos en los que se afirmaba como “emperatriz”, emprendió una retirada táctica; retiró a sus tropas de Egipto y de Arabia y se preparó para una batalla con Aureliano en Antioquía, con la esperanza de vencerle.
Retirarse de Egipto fue un posible movimiento conciliatorio, pero Aureliano no estaba mucho para hacer amigos y aún menos para una que se hacía llamar “Augusta”. Total que aplastó al ejército palmireno.
Pero Aureliano necesitó tres batallas para derrotar a Zenobia y, al parecer, sólo pudo capturarla porque el ejército romano la atrapó intentando huir del bloqueo de Palmira en camello, posiblemente para continuar con la lucha en otra parte.
Fue capturada en 272; su apuesta por el poder imperial había durado dieciséis meses.
Una de las principales virtudes de Aureliano como emperador soldado era su clemencia.
En todas sus numerosas guerras para reunificar el Imperio, perdonó infracciones una y otra vez y se negó a saquear las ciudades que asediaba.
Cuando por fin logró acabar con el “Imperio galo”, no sólo perdonó la vida al usurpador Tétrico, sino que le concedió un cargo.
Zenobia fue juzgada en Emesa y, según el historiador bizantino del siglo V Zósimo, fue perdonada.
Su general Zabdas desapareció y Longino, el sofista, acabó ejecutado.
Zenobia sólo tuvo que sufrir algo de humillación ritual y una vida de exilio lejos de su querida Palmira.
Fue llevada a Roma y desfiló por las calles de la ciudad como un trofeo en el “triunfo” que celebró Aureliano, pero luego se le concedió una casa en la ciudad y un cierto estipendio y se le permitió vivir libre como ciudadana privada.
Vabalato no se sabe qué paso con él, pero un par de fuentes cristianas del siglo IV hacen referencia a gente que vivía en Roma y que descendían de Zenobia, de modo que tal vez sobrevivió.
Cuando Zenobia fue capturada en el año 272, sólo tenía treinta y dos años; tenía toda una vida por delante a orillas del Tíber.
La vida pública de Zenobia fue breve pero especial y remarca el caos y, a la vez, las incontables posibilidades que ofrecían los años de crisis del siglo III a todos aquellos que vivieron la época.
Las aparentemente ineludibles estructuras del Imperio y las normas hegemónicas de Roma se esfumaron de golpe y ello permitió que hombres y mujeres imaginaran nuevas maneras de ser parte del Imperio romano.
Zenobia concibió que ella, una palmirena con un hijoi preadolescente, podía gobernar el Imperio.
Se podía imaginar como “poder imperial”, al igual que los cientos de hombres que habían pujado por el trono, y podía imaginar un poder imperial sin la ayuda del ejército romano oficial.
En retrospectiva, su comportamiento puede parecer que raya la locura, pero en el contexto de un debilitado Imperio de occidente y un oriente en auge, parece más bien valentía, creatividad y atrevimiento.]
(Emma Southon. La historia de Roma en 21 mujeres. Traducción de Marc Figueras. Edit. Pasado y Presente. Barcelona 2024.)
Segovia, 31 de agosto del 2024
Juan Barquilla Cadenas.