LA GUERRA DE LOS ROMANOS CONTRA LOS JUDÍOS
Ahora que desgraciadamente es actualidad la guerra de Israel contra los palestinos, me parece bien recordar la guerra que el pueblo romano llevó a cabo contra los judíos a los que terminó derrotando.
Esta guerra la cuenta el historiador judío pero con ciudadanía romana Flavio Josefo (37/38 – 95 d. de C. En ella al mismo tiempo que elogia al imperio romano, hace una defensa del pueblo judío.
Él mismo se siente orgulloso de ser judío:
“No es la mía una familia carente de distinción, sino que desciende de sacerdotes. Cada pueblo tiene un signo de nobleza, y así, entre nosotros, la participación en el sacerdocio es prueba de un linaje ilustre… Soy, además, de estirpe real por mi madre, pues los descendientes de Asmoneo, sus antepasados, fueron sumos sacerdotes y reyes de nuestro pueblo.”
La obra de este historiador, de muy segunda fila a los ojos de los literatos griegos y romanos que le sucedieron, es, sin embargo, de extrema importancia para nosotros.
Josefo es nuestra única fuente para los años cruciales en la que se consolidó el cristianismo, y en los que los judíos dieron a luz entre dolores terribles (la nación judía sufre por parte del Imperio romano el primero de los dos golpes que la hará desaparecer como Estado hasta 1948) al judaísmo moderno y a su religión, que han perdurado hasta nuestros días.
Por otro lado, Flavio Josefo es, además, la mejor fuente para comprender la Palestina del siglo I, es decir, el entorno social, político, económico e institucional en el que se desarrolla la vida de Jesús de Nazaret.
En este siglo se generó la obra básica del cristianismo, el Nuevo Testamento.
(Flavio Josefo. La guerra de los judíos. Libros I- III. Introducción general de Antonio Piñero. Traducción y notas de Jesús Mª Nieto Ibáñez. Edit. Gredos. Madrid. 2001). (1)
[Fue Pompeyo (106 a. de C. -48 a. de C.) el que primero intervino en los asuntos de Judea (año 63 a. de C.), donde dos pretendientes de la dinastía de los Macabeos, los hermanos Hircano y Aristóbulo, luchaban por el poder.
El primero (Hircano) se apoyaba en el partido de los fariseos , representante de los intereses del clero y que tenía como finalidad la creación de una comunidad eclesiástica, independiente de la autoridad laica.
En religión los fariseos sostenían una ortodoxia dogmática y un culto minucioso puramente formal. Gozaban de un cierto apoyo entre las masas populares.
Aristóbulo era sostenido por los saduceos, partido de los representantes del capital comercial, de los intelectuales helenizados, de los círculos militares, tendente al fortalecimiento de un Estado laico. En religión los saduceos eran considerados librepensadores y heréticos, porque rechazaban algunos aspectos de la doctrina tradicional.
Desde el punto de vista de los intereses romanos lo lógico era sostener a los fariseos. Por eso, Pompeyo intervino en favor de Hircano.
Aristóbulo se rindió a los romanos y Jerusalén les abrió sus puertas; pero una parte de los sostenedores de Aristóbulo rehusó someterse.
Después de haberse apoderado del Templo de Jerusalén, los saduceos sostuvieron un sitio de tres meses, hasta que finalmente, durante un descanso sabático, los romanos irrumpieron en el Templo.
Pompeyo penetró en el “sancta sanctorum”, donde sólo el gran sacerdote podía entrar una vez al año.
Los tesoros del templo fueron tomados por los vencedores.
Judea entró a formar parte de la “provincia” de Siria, conservando una cierta autonomía bajo el gobierno de Hircano, convertido en gran sacerdote.
Judea dejó de ser un reino autónomo para convertirse en protectorado más o menos oficial de los romanos.] (Historia de Roma. S. I. kovaliov. Arial Editor. Madrid. 1973) (2).
En el año 58 a. de C. Israel fue dividido en cinco circunscripciones territoriales, gobernadas por un “synedrion” o consejo (el Sanedrín), bajo la mirada vigilante de Roma.
Desde este momento no dejaron de recorrer el territorio palestino, con uno u otro motivo, contingentes diversos de tropas romanas.
Durante el reinado de Herodes el Grande (37 a. de C. – 4 a. de C.) hubo una independencia ilusoria, pues tal reinado fue ante todo un acto continuo de seguimiento de la política oriental de Roma.
Los romanos confirmaron a Herodes como gobernante de Palestina porque vieron en él a un hombre fuerte, capaz de mantener el orden y, al mismo tiempo, leal y obediente al Imperio romano.
Durante el reinado de Herodes nacieron Jesús de Nazaret y Juan el Bautista.
Durante el largo reinado de Herodes el pueblo judío comenzó ya a sentirse descontento.
Este monarca fue considerado por lo general un tirano, a pesar de sus esfuerzos por ganarse la simpatía del pueblo.
La conducta general del rey y de su corte hería la sensibilidad religiosa de los judíos; la total identificación de Herodes con la ideología de los romanos, hasta el punto de aceptar el culto al emperador, y levantar templos en su honor, sirvió para ensanchar la brecha entre el rey y su pueblo, nacionalista y religioso, y hacer crecer en éste el deseo de encontrar gobernantes más de acuerdo con sus ideas tradicionales.
A la muerte del rey Herodes, el país fue dividido por Roma en dos partes, regidas por hijos de aquél.
En Galilea gobernó como tetrarca Herodes Antipas, y en Judea, Arquelao.
El pueblo se hartó del talante tiránico de este último; los judíos enviaron una embajada a Roma y lograron su destitución.
Judea pasó entonces a ser “provincia romana”, pero el beneficio de verse liberado de un despótico gobierno contenía también un regalo envenenado.
El Imperio era una inmensa máquina de cobrar impuestos y la nueva disposición política requería un censo general, pues éste era el único modo de saber a quién se debía cobrar.
El “censo” (6 d. de C.) fue considerado un insulto para una nación propiedad de Jahvé y, en concreto en Galilea, hubo una rebelión, incitada por un fariseo llamado Sadoc y un civil, Judas el Galileo, que levantaron al pueblo en armas.
Naturalmente el levantamiento no duró mucho y el primer prefecto enviado por Roma, Coponio, lo ahogó en sangre.
Pero la ideología religiosa de estos dos personajes, una excrecencia del fariseísmo, o bien un fariseísmo extremo cuyo lema era “no podemos soportar que nadie nos gobierne sino nuestro único Señor, el Dios de Israel”, fue el germen del futuro partido de los “Zelotes” (celadores, o cumplidores estrictos de la Ley de Moisés), que darían mucho que hablar política y socialmente.
Según Josefo (“Antigüedades” XIII, 171-173), estos Zelotes – quienes un poco antes del inicio de la “Gran Guerra” contra Roma (66 -70 d. de C.), no antes, serían un partido formal – suspiraban por la liberación nacional.
La libertad respecto a un poder extranjero era no sólo un deseo político, sino un principio religioso, pues afirmaban que la sumisión a un poder foráneo idólatra (en Palestina, los romanos) eran la peor transgresión religiosa posible.
Los romanos no permitían el cumplimiento íntegro de la Ley de Moisés y además se habían adueñado de la tierra de Yahvé.
Así como no podía existir compromiso alguno con la idolatría, tampoco podía haberlo con el gobierno de los romanos usurpadores.
Los zelotas creían que debían apresurar la venida del Reino de Dios por medio de acciones humanas (violentas, por lo general), pues estaban convencidos de que la divinidad les ayudaría a intentar imponer su Reinado.
Las consecuencias prácticas de estas ideas, en las que la religión iba indisolublemente unida con la política, fuero que una parte de la población, pequeña, pero activa, lanzó continuas incitaciones a la rebelión, exhortó al sacrificio de la propia vida por lograr este ideal de libertad e intimidó, si podía, a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con este ideario.
A pesar de todo, durante los sesenta años anteriores al inicio de la guerra, y en términos generales, los romanos dejaron a las instituciones judías una autonomía amplia: el Sanedrín seguía funcionando como autoridad suprema respecto al culto en el Templo y en los casos graves de derecho, y las autoridades locales judías, controladas por el Sanedrín, continuaron a cargo de la jurisdicción civil.
En Palestina había una superestructura, fundamentalmente sacerdotes, saduceos y ricos comerciantes, que sacaba partido económico y social de la dominación de Roma. Pero tanto la fuerza de la religión como el peso de los impuestos sobre la gente común, más el continuo paso de tropas romanas por el país y mil pequeños incidentes con los “invasores” enrarecieron el ambiente e hicieron que paulatinamente se fueran creando las circunstancias aptas para un levantamiento general.
Los enfrentamientos más graves entre Roma y los judíos se sucedieron a partir de la procuraduría de Poncio Pilatos (26 -36 d. de C.): en varias ocasiones opuso éste las tropas a manifestaciones del pueblo que protestaban por sus decisiones.
Más tarde con el emperador Gayo (Calígula, 37 -41 d. de C.), a punto estuvo de declararse la guerra, pues el Emperador insistía en que una estatua suya fuera entronizada en el templo de Jerusalén. Sólo la muerte de Calígula solucionó el conflicto.
Del 41 al 44 d. de C. reinó en toda Palestina Agripa I, amigo que fue de Claudio y de Calígula.
Su reinado fue muy considerado con la religión judía, por lo que el pueblo se apaciguó.
Desgraciadamente en la primavera del 44 d. de C. murió y Palestina se convirtió de nuevo en “provincia romana”.
Los procuradores/ prefectos romanos que se sucedieron desde el 44 al 66 d. de C. fueron un desastre, pues, según Josefo y el historiador Tácito, mostraban más interés por enriquecerse que por gobernar honesta y eficazmente.
Félix (52 – 60) comenzó su administración con buenos deseos, pero durante su gobierno los luchadores por la libertad (los zelotes) tuvieron suficientes pretextos para intensificar sus actividades.
Fue como una espiral, pues Félix hubo de ejecutar a muchos de ellos, incluido un grupo numeroso que, tras las profecías de un judío egipcio, se congregaron para ver cómo las murallas de Jerusalén iban a derrumbarse con sólo un soplo.
La temperatura mesiánica y las ansias de liberación eran enormes entre el pueblo llano.
Con los tres últimos procuradores antes del inicio de la rebelión contra Roma, Porcio Festo, Lucio Albino y Gesio Floro, la situación no hizo más que empeorar.
Los zelotas operaban ya sin obstáculos por villas y aldeas alejadas de Jerusalén o de Cesarea (la residencia del procurador), y luego la capital misma comenzó a volverse una ciudad insegura.
Con Floro, finalmente, el pueblo se hartó y se hizo pública la guerra entre Roma y la nación judía.
Este ambiente social y político enrarecido, en el que se unían, sin separación posible, política, religión y ansias de mejoras sociales y económicas, es el que le tocó vivir a Flavio Josefo y el que moldeó directa o indirectamente toda su obra: no sólo “La guerra de los judíos”, sino también las restantes obras, motivadas para explicar a los gentiles (paganos o que tenían otra religión distinta) – resentidos tras los acontecimientos de la Gran Revuelta – quiénes eran los judíos, o defenderlos de acrecentados ataques después de lo que había ocurrido.
En otoño del año 66 el gobernador de Siria, Cestio Galo, que había invadido Judea para intentar sofocar las primeras llamas de una rebelión largamente anunciada contra el yugo del Imperio, fue derrotado con gran vergüenza para Roma.
El país judío se exaltó ante el primer éxito y ardió en deseos de sacudirse la bota romana de una vez para siempre.
La guerra contra el Imperio se había desatado, pero Roma no tardaría en reaccionar y tomar cumplida venganza.
Flavio Josefo en el libro II de su obra “Guerra de los judíos” narra el discurso de Agripa para evitar la guerra. Hace un repaso de todos los pueblos que han sido sometidos por Roma y dice que, además de ser un pueblo experto en la guerra, tiene la ayuda de los dioses y de la Fortuna. Les aconseja, por tanto, desistir de su idea de hacer la guerra a Roma.
Aquí expongo el discurso de Agripa tal como lo recrea Flavio Josefo:
DISCURSO DE AGRIPA PARA EVITAR LA GUERRA
“Yo no habría venido ante vosotros ni habría osado daros consejos, si viera que todos estáis dispuestos a enfrentaros a los romanos y que la parte más honesta y más pura del pueblo no quiere la paz.
Es inútil un discurso sobre lo que hay que hacer, cuando todo el auditorio está de acuerdo en obrar mal.
Pero, ya que a unos os empuja a luchar una juventud, que aún no ha conocido los desastres de la guerra, a otros una irracional esperanza de libertad y a algunos una cierta codicia y la posibilidad de obtener ganancias de los más débiles en un momento de confusión, pensé que yo debía convocaros a todos para deciros lo que creo que es más conveniente, de modo que así todos éstos entren en razón y cambien de idea y, a la vez, para que la gente de bien no sufra las consecuencias de la mala decisión de algunos. Que nadie se irrite contra mí, si escucha algo que no le agrada. Los que irremediablemente han optado por sublevarse podrán seguir pensando lo mismo después de mi alocución, mientras que, si todos no guardáis silencio, mi discurso no llegará ni siquiera a los que desean escucharlo.
Sé que muchas personas dan un color trágico a los actos violentos de los procuradores y a sus propios elogios de la libertad; por eso yo, antes de pasar a ver quiénes sois y contra quiénes pretendéis luchar, empezaré por examinar uno por uno toda esa mezcla de pretextos que aducís.
Si queréis vengaros de los que han sido injustos con vosotros, ¿por qué hacéis esos elogios de la libertad? Si consideráis que la servidumbre es algo insoportable, no tienen sentido las quejas contra los gobernantes, puesto que, aun en el caso de que éstos se comportaran con mesura, la sumisión seguirá siendo igual de vergonzante.
Considerad cada uno de estos motivos por separado y la poca solidez de las razones que tenéis para ir a la guerra.
Empecemos por las acusaciones contra los procuradores.
Es necesario someterse a las autoridades, y no provocarlas.
Cuando por pequeñas ofensas hacéis grandes reprobaciones, volvéis contra vosotros mismos a esas personas a las que acusáis, pues éstos os maltratarán a la luz pública en lugar de hacerlo a escondidas y con un cierto respeto.
No hay nada que haga frente a los golpes como el hecho de aguantarlos, y la paciencia de los agredidos provoca la confusión entre los agresores.
Consideremos que las autoridades romanas son insoportablemente duras. Sin embargo, ni todos los romanos ni César, contra los que ahora queréis luchar, os han tratado injustamente.
Ningún gobernador malvado ha sido enviado bajo sus órdenes. Los que están en Occidente no pueden ver lo que pasas en Oriente, ni es fácil que desde allí se enteren rápidamente de lo que ocurre aquí.
Sería ilógico luchar contra tanta gente por culpa de un solo hombre y enfrentarse por causa tan poco importante a un pueblo tan poderoso, que ni siquiera conoce nuestras quejas.
Además vuestros males tendrán una rápida solución ya que no estará siempre el mismo procurador y probablemente sus sucesores serán más moderados.
En cambio la guerra, cuando ya ha estallado, no es fácil soportarla ni librarse de ella sin padecer calamidades.
Pero ahora ya no es momento de que deseéis la libertad, dado que era necesario que hubieseis luchado antes para no perderla.
Realmente es duro el haber conocido la esclavitud, y es justo luchar para no llegar a ella. Todo el que ha sido sometido, después de escaparse, se convierte en un esclavo rebelde, no en amante de la libertad.
Cuando Pompeyo invadió nuestra tierra era el momento de haber hecho todo lo posible para evitar la entrada de los romanos. Pero nuestros antepasados y sus reyes, aunque tenían muchas más riquezas, más fuerza física y más valor que vosotros, sin embargo no resistieron ni a una pequeña parte del poder romano.
Y vosotros que habéis heredado de vuestros ancestros la esclavitud, pero que sois inferiores a esas primeras generaciones que fueron sometidas ¿os queréis levantar contra toda la fuerza de los romanos?
Ahí tenéis el ejemplo de los atenienses, que una vez entregaron su ciudad a las llamas por la libertad de los griegos (1), y que al soberbio Jerjes que navegaba por tierra y caminaba por el mar (2), sin retroceder ante el Océano con un ejército más grande que Europa, lo persiguieron como a un esclavo, mientras huía en una sola nave. Estos atenienses que en torno a la pequeña Salamina aplastaron la inmensa Asia, ahora son esclavos de los romanos, y las órdenes de Italia son las que rigen a la ciudad que estuvo al frente de la Hélade.
Los Lacedemonios, tras las Termópilas y Platea, después de que Agesilao explorara Asia (3), acogen complacientemente a los mismos señores.
Notas:
(1) Ante la invasión de Jerjes, los atenienses, a las órdenes de Temístocles, evitaron el encuentro en tierra con los persas y abandonaron Atenas para refugiarse en Salamina, Egina y Trecén. En el 480 a. de C. Jerjes saqueó y quemó la acrópolis, donde estaban refugiada la única guarnición de la ciudad.
(2) Se alude aquí al canal excavado por Jerjes en el monte Atos para evitar rodear la península de Acte, en la Calcídica (cf. Heródoto, VII 22-24), y al puente de barcos que estableció en el Helesponto para unir Grecia con Asia y así invadirla con mayor facilidad en las “Guerras Médicas” (Heródoto, VII 33-36).
(3) El estrecho desfiladero de las Termópilas, que protegía la entrada de la Grecia central, fue defendido por un destacado ejército espartano, con Leónidas a la cabeza, ante el ataque frontal de los persas de Jerjes. La resistencia de los espartanos, hasta morir, supuso un importante retraso para las fuerzas enemigas y se convirtió en un modelo de disciplina y valor para todos los griegos. (cf. Heródoto, VII 201 -225).
La batalla de Platea, en el 479 a. de C., significó una rotunda victoria para Grecia sobre los persas, que conocieron aquí su último intento de dominar a los griegos. Agesilao, rey espartano junto con Lisandro, llevó a cabo con éxito una campaña militar contra los persas Tisafernes y Farnabazo en Asia Menor entre los años 397 al 394 a. de C., según relata Jenofonte en “Helénicas” III 4-25 y IV 1-8.
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Y los macedonios, que aún alardean de Filipo y ven esa Fortuna que con Alejandro extendió el poder sobre todo el mundo habitado, aguantan un cambio tan grande y se inclinan ante aquellos que han sido favorecidos por el Destino.
También se han sometido muchas otras naciones que tienen más motivos para exigir la libertad. Solamente vosotros rechazáis servir a los amos del mundo.
¿En qué ejército, en qué armas habéis puesto vuestra confianza? ¿Dónde está vuestra flota que se adueñará de los mares de los romanos? ¿Dónde hay tesoros suficientes para pagar vuestras expediciones? ¿Acaso creéis que vais a luchar contra los egipcios o contra los árabes?
¿No os dais cuenta de la supremacía romana?
¿No vais a medir vuestra propia debilidad? ¿No es cierto que nosotros hemos sido vencidos muchas veces por los pueblos vecinos, mientras que el ejército romano nunca ha sido derrotado en todo el mundo habitado?
Pero ellos han buscado algo más que eso, pues no les ha bastado tener al oriente el Éufrates, al norte el Istro (el Danubio), al sur la Libia (1) explorada hasta las regiones del desierto; y al occidente Gades (Cádiz), sino que han intentado encontrar otra tierra habitada al otro lado del océano y han llevado sus armas hasta los pueblos bretones, hasta entonces desconocidos.
¿Es que vosotros sois más ricos que los galos, más fuertes que los germanos, más sabios que los griegos, más numerosos que todos los habitantes del mundo?
¿Qué os mueve a levantaros contra los romanos?
“Es dura la esclavitud”, dirá alguien. Pero más dura es para los griegos, que a pesar de ser el pueblo más noble de todos los que han existido bajo el sol y de ocupar un territorio muy grande, sin embargo obedecen a seis fasces romanas (2).
Al mismo número de insignias consulares están también sometidos los macedonios (3), que podían reclamar la libertad con más derechos que vosotros. ¿Y las quinientas ciudades de Asia? (4) ¿No obedecen a un solo gobernador y sus fasces consulares, sin tener ninguna guarnición militar? ¿Para qué hablar de los heníocos, de los colcos, del pueblo de los tauros(5), de las naciones del Bósforo y de las zonas próximas al Ponto y la laguna Meótide(6)? Estos pueblos, que hasta entonces no habían conocido un jefe, ni siquiera propio, ahora están sometidos a tres mil soldados y cuarenta naves largas aseguran la paz en un mar que antes era innavegable y salvaje (7).
¿Cuánto podrían decir en favor de la libertad Bitinia, Capadocia, Panfilia, Licia y Cilicia, que pagan un tributo sin que se les obligue con las armas?
Notas:
(1) El Istro es el río Danubio. “Libia” se emplea en la literatura greco-romana, ya desde Heródoto , para designar a todo el norte de África, e incluso a todo el continente.
(2) Son las “fasces” de los lictores, es decir, las insignias que llevaban los guardias personales encargados de escoltar al gobernador de Grecia, un procónsul de rango pretoriano. Este país sometido a Roma en el año 146 a. de C., se había convertido en la provincia senatorial de Acaya en el 27 a. de C.
(3) Macedonia también era una provincia senatorial.
(4) Asia constituía una provincia senatorial bajo el mando de un gobernador de rango consular. Las “Vidas de los Sofistas” de Filóstrato da esta cifra de quinientas ciudades para esta provincia, lo que parece realmente un poco exagerado.
(5) Los heníocos y los colcos estaban establecidos al sur del Cáucaso, al este y al sudeste del Mar Negro. Los tauros son habitantes del sureste del Quersoneso Táurico, la actual Crimea.
(6) La laguna Meótide es el mar de Azov.
(7) Esta zona pasó a formar parte del Imperio romano en el año 63 d. de C., cuando fue derrocado el rey del Ponto Polemón II.
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Y los tracios (1), que habitan un territorio de una anchura de cinco días de marcha y siete de largo, más abrupto y mucho más protegido que el vuestro, con un frío intenso que impide el acceso a los invasores, ¿no obedecen a una guarnición romana de dos mil soldados (2)?
Sus vecinos los ilirios, que viven en la región limitada por el Istro hasta Dalmacia, ¿no están sometidos solamente a dos legiones (3), con las que ellos mismos hacen frente a las incursiones de los Dacios (4)? Y los dálmatas, que tantas veces se habían rebelado por la libertad y que, a pesar de ser siempre vencidos, reunían sus fuerzas con la única idea de volverse a sublevar (5), ¿no viven ahora en paz a las órdenes de una legión romana? Pero si hay alguna nación que tenga grandes motivos para poder alzarse, éstos son sobretodo los galos, que tienen las siguientes defensas naturales: al oriente los Alpes, al norte el río Rin, al sur los Pirineos y a occidente el océano. Pero a pesar de tener tales protecciones a su alrededor, de estar formados por trescientas cinco naciones (6), de tener en su propio territorio, por así decirlo, las fuentes de su prosperidad y de llenar a casi todo el mundo con sus bienes, sin embargo, no se oponen a ser una fuente de recursos para los romanos y dejan que éstos administren su propia riqueza. Y soportan esta situación, no por debilidad de espíritu o por su origen innoble, pues han luchado durante ochenta años (7) por su libertad, sino que sucumbieron ante el poder romano y ante su Fortuna, que es la que les ha proporcionado más éxitos que las armas. Pues bien, estos galos sirven a mil doscientos soldados (8), un número poco inferior al de todas sus ciudades (9).
Notas:
(1) Tracia fue provincia romana en el año 46 d. de C.
(2) Se trata de las dos legiones establecidas en la Mesia, provincia con la que hacía frontera por el noroeste Tracia.
(3) Se refiere también a las dos legiones de Mesia: la VIII “Augusta” y la VII “Claudia” (cf. Tácito, Historias II 85).
(4) Al norte del Danubio los dacios, unificados bajo su rey Decébalo, habían planteado serios problemas durante el reinado de Domiciano. Trajano sometió este territorio en dos campañas entre el 101 y el 106 y convirtió la Dacia en provincia romana.
(5) Polibio, XXXII 13, 4-9 y Apiano, “Iliria” 11, describen la rudeza y desobediencia de los dálmatas, que resistieron a Roma y atacaron a sus aliados en diversas ocasiones.
L. Cecilio Metelo dirigió la famosa guerra dálmata que acabó por someter esta zona definitivamente entre los años 119 y 117 a. de C.
Apiano, “Galia” I 2, habla de cuatrocientas naciones y Plutarco, “César” 15, de trescientas.
Según Reinach estas “naciones” son los “pagi” o “cantones” en que se dividía una “civitas.
(6) Exactamente han pasado setenta y cinco años desde que Fulvio Flaco creara la provincia Narbonense, en el 125 a. de C., hasta el final de la campaña militar de César, en el año 51 a. de C.
(7) Se refiere a las dos cohortes urbanas establecidas en Lyon, la XVII Y LA XVIII.
(8) De acuerdo con Apiano “Galia” I 2, Y Plutarco, “César” 15, en esta región había más de ochocientas ciudades.
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Ni tampoco les bastó a los iberos el oro que había en su tierra para combatir por la libertad, ni la gran distancia que por tierra y por mar les separaba de Roma, ni las belicosas tribus de lusitanos y cántabros (1), ni la proximidad del océano que produce una marea que da miedo incluso a la gente del lugar. Los romanos llevaron sus ejércitos más allá de las columnas de Hércules, pasaron las montañas de los Pirineos a través de las nubes y así sometieron a los iberos. Una sola legión (2) ha sido suficiente para custodiar a un pueblo tan difícil de combatir y tan apartado.
¿Quién de vosotros no ha oído hablar de los numerosísimos germanos? Muchas veces habéis visto la fuerza y la estatura de su cuerpo, ya que los romanos en todos los lugares tienen esclavos de esta raza.
Habitan un territorio inmenso, su valor es mayor que su cuerpo, su alma desprecia la muerte y su ira es peor que la de los animales salvajes, pero el Rin pone límite a su ardor. Cuando ocho legiones romanas los sometieron (3), los primeros fueron esclavizados y el resto de la población huyó para salvarse.
Mirad también las fortificaciones de los britanos, vosotros que confiáis en las murallas de Jerusalén. Pues también a éstos, a pesar de estar rodeados por el océano y de vivir en una isla casi tan grande como la tierra habitada por nosotros (4), han subyugado los romanos después de navegar hasta ellos. Cuatro legiones guardan esta isla tan extensa.
¿Qué necesidad hay de hablar más, si también los partos, el pueblo más guerrero de todos, que ha dominado a tantas naciones y que estaba provisto de un grandísimo poder, envían rehenes a Roma. Y en Italia se puede ver a la nobleza de Oriente esclavizada bajo el pretexto de la paz (5)? Y ahora, cuando casi todos los que viven bajo el sol están sometidos al dominio romano ¿vosotros sois los únicos que vais a luchar contra ellos sin tener en cuenta el final de los cartagineses, que sucumbieron bajo la diestra de Escipión (6), a pesar de su orgullo por el gran Aníbal y por su noble origen fenicio?
Así los cireneos, descendientes de los lacedemonios (7), ni los marmánidas, tribu que se extiende hasta la región seca, ni los sirtes, terribles sólo con oírlos, ni los nasamones, ni los moros, ni la inmensa multitud de los númidas (8) han quebrantado el valor de los romanos.
Notas:
(1) Alusión a las campañas contra los lusitanos, entre el 155 y 133 a. de C., y contra los cántabros, del 29 al 19 a. de C., cuando el propio Augusto en persona se hizo cargo de las operaciones para pacificar el norte de Hispania.
(2) La legión VI “Victrix”, que permaneció en España hasta el 69 d. de C., fecha en que proclamó emperador a Galba (cf. Tácito, “Historias” V 16, y Suetonio, “Gallia” 10).
(3) En tiempos de Vespasiano entre la Germania Superior y la Inferior había ocho legiones.
(4) La II “Augusta”, la IX “Hispana”, la XIV “Gemina Martia Victrix” y la XX “Valeria Victrix”.
(5) Los “Anales” de Tácito, XV 29, cuentan la historia del rey de Armenia Tirídates I, que en el año 66 a. de C., cuando fue a Roma a recibir de Nerón el título real, permaneció allí como un auténtico rehén.
(6) Publio Cornelio Escipión, conocido como el “Africano”, fue el héroe de la victoria de Roma frente a los cartagineses en el año 202 a. de C. en la batalla de Zama.
(7) Aunque Cirene había sido colonizada por griegos guiados por Bato en el 631 a. de C., sin embargo se intensificó la presencia helena en el 573 a. de C. con la llegada de colonos dorios procedentes fundamentalmente de Lacedemonia.
Roma mostró desde el principio un destacado interés por dominar la franja de la costa africana para así garantizar la paz frente a posibles ataques procedentes de los desiertos del sur.
(8) El pueblo de los marmánidas estaba ubicado en el norte de África entre Egipto y la Cirenaica, al sur de la Gran Sirte.
Los sirtes habitantes de la Sirte, que era una zona poco profunda del Mar Mediterráneo entre Tunicia, Tripolitana y Cirenaica. En la Antigüedad se distinguían dos Sirtes, la Gran Sirte, el actual golfo de Sidra, en Libia, al norte de la Pequeña Sirte, el Golfo de Qâbes.
Los nasamones eran una de las tribus de Libia, también de la zona de las Sirtes.
Los moros (mauri) eran una tribu que habitaba el antiguo reino del monarca Boco. Se trata de Mauritania, tal como ésta era conocida en la historiografía antigua, a saber, la zona que se extiende desde el Atlántico hasta la desembocadura del río Ampsaga en la Numidia.
Los númidas son otro de los pueblos del norte de África, entre Mauritania y el territorio cartaginés.
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También sometieron totalmente aquella tercera parte del mundo (África), cuyas naciones no es fácil de enumerar, limitada por el Océano Atlántico y las columnas de Hércules y que nutre hasta el mar Rojo a una grandísima cantidad de etíopes. Estos pueblos, además de las cosechas anuales, que alimentan durante ocho meses a la población de Roma, pagan todo tipo de tributos, aportan de forma voluntaria las contribuciones necesarias para la administración del Imperio y, al contrario de vosotros, no consideran como un ultraje ninguna de las órdenes, aunque solamente está con ellos una legión (la legión III “Augusta”).
Pero ¿qué necesidad hay de ir tan lejos para demostraros el poder romano, cuando es posible hacerlo con el caso de Egipto, que está tan cerca?
Tampoco rechaza la dominación de Roma este país, que al extenderse hasta Etiopía y hasta la Arabia feliz, es el puerto de la India y tiene siete millones quinientos mil habitantes (1), sin contar con los que viven en Alejandría, como se puede ver por la recaudación de los tributos. No obstante, Egipto tiene en Alejandría un punto importante para la insurrección a causa de la gran cantidad de personas que viven en ella y de su riqueza, además de por su extensión. Tiene treinta estadios de largo y no menos de diez de ancho.
Cada mes proporciona a los romanos un tributo mayor que el que vosotros dais en un año y, junto con el dinero, envía a Roma trigo para cuatro meses (2).
La ciudad de Alejandría está protegida por todas partes por desiertos infranqueables, por mares sin puerto, por ríos o por pantanos. Pero nada de esto ha tenido tanta fuerza como la Fortuna romana: dos legiones, asentadas en esta ciudad, frenan al profundo Egipto y al mismo tiempo a la nobleza de Macedonia (es decir, a los reyes de la dinastía de los Ptolomeos).
¿Qué aliados de guerra vais a conseguir vosotros de las zonas deshabitadas?
Pues en el mundo habitado todos son romanos.
A no ser que pongáis nuestras esperanzas más allá del Éufrates y penséis que van a venir a ayudarnos nuestros hermanos de raza los adiabenos (3).
Sin embargo, éstos no entrarán en una guerra de tal envergadura por una causa absurda, ni se lo permitirán los partos, en caso de que ellos tomaran esta mala decisión. Estos últimos tienen cuidado de no romper la tregua con Roma y se considerará que han violado el tratado, si alguno de los pueblos que están bajo su dominio se alza contra los romanos (4).
Sólo nos queda refugiarnos en la alianza divina.
Pero Dios también está de parte de los romanos (5), puesto que sin él habría sido imposible crear un poder tan grande. Tened en cuenta lo difícil que será mantener puros vuestros preceptos religiosos, aunque luchéis contra enemigos inferiores, y pensad que, si os veis obligados a transgredir las leyes, por las que esperáis tener a Dios por aliado, haréis que él os dé la espalda.
Si observáis el precepto de los sábados sin realizar ninguna actividad, seréis vencidos fácilmente, como lo fueron vuestros antepasados por Pompeyo, quien hizo más intenso el asedio precisamente en esos días en los que los sitiados observaban el descanso (6).
Y si en la guerra transgredís la ley de vuestros padres, no sé para qué vais a seguir luchando, pues vuestra única preocupación es la de no abolir ninguna de vuestras costumbres patrias. ¿Cómo vais a llamar a Dios en vuestra ayuda, si incumplís voluntariamente su culto? Todos los que emprenden una guerra confían en la ayuda divina o humana. Pero cuando probablemente faltan la una y la otra, los que van a luchar eligen una derrota segura.
¿Qué os impide matar con vuestras propias manos a vuestros hijos y a vuestras mujeres y quemar esta patria tan hermosa? Si llegáis a este extremo de locura, os evitaréis, al menos, la vergüenza de la derrota. Lo mejor, amigos míos, lo mejor es prever la tormenta que se avecina mientras el barco todavía está en el puerto, antes que zarpar para morir en medio de la tempestad.
Pues los que de forma imprevista se ven envueltos en las calamidades nos inspiran compasión, mientras que el que se lanza a un seguro desastre es merecedor también del oprobio. A no ser que alguno crea que va a emprender la guerra mediante un pacto y que los romanos, cuando nos venzan, nos tratarán con moderación y no quemarán nuestra sagrada ciudad ni matarán a toda nuestra raza para servir de ejemplo a los demás pueblos. Y los que consigáis sobrevivir no encontraréis un lugar a donde huir, pues todas las naciones tienen a los romanos como señores o temen tenerlos. Pero el peligro no sólo afecta a los judíos de aquí, sino también a los que habitan las demás ciudades (7), pues no hay pueblo en todo el mundo donde no haya una parte de nuestra nación (8). Si vosotros vais a la guerra, los enemigos los matarán y la sangre judía llenará todas las ciudades por culpa de la mala decisión de unos pocos. Serán perdonados los que realicen estas ejecuciones. Pero en caso de que no se lleve a cabo esta matanza, pensad que es también un crimen alzarse en armas contra unas personas tan humanas.
Si no os compadecéis de vuestros hijos y mujeres, al menos tened piedad de esta vuestra metrópoli y de sus sagrados recintos. Preservad el santuario y conservad para vosotros mismos el Templo y sus objetos sagrados, pues los romanos, cuando os derroten, no los respetarán, ya que se les ha pagado con ingratitud por haberlos tratado antes con consideración. Pongo por testigos a vuestros sagrados lugares, a los santos ángeles de Dios y a nuestra patria común de que no he omitido nada que convenga a vuestra salvación. Si tomáis la decisión debida, disfrutaréis conmigo de la paz, mientras que, si os dejáis llevar por la pasión, os enfrentaréis al peligro sin mí”.
Cuando acabó de hablar, rompió a llorar junto con su hermana. Sus lágrimas calmaron bastante el ímpetu del pueblo. La muchedumbre gritaba que no luchaban contra los romanos, sino contra Floro, por los males que habían padecido con él.
Ante estos gritos el rey Agripa replicó: “Pero vuestros hechos son propios de gente que está en guerra contra los romanos: no habéis dado el tributo a César (9) y habéis demolido los pórticos de la Torre Antonia. Os libraréis de la acusación de rebelión, si reconstruís estos pórticos y si pagáis el impuesto, pues la fortaleza no es de Floro ni es Floro al que vais a dar vuestro dinero”.
Notas:
(1) Diodoro de Sicilia, I 31, transmite la cifra de siete millones para Egipto y en XVIII 52 añade que Alejandría alcanzaba hasta trescientos mil habitantes.
(2) Pues como se acaba de decir en II 383, las regiones de África proporcionan el trigo a Roma durante los ocho meses restantes.
(3) La familia real de Adiabene se había convertido al judaísmo.
(4) En este discurso de Agripa II se expresa perfectamente una de las finalidades de la obra de Flavio Josefo: disuadir a todo el Oriente, concretamente a los partos y a los judíos del otro lado del Éufrates, de una posible insurrección contra Roma.
No obstante, Dión Casio, LXVI 4, 3, no creía que los judíos del Imperio Romano y los de territorio parto estuvieran dispuestos a ayudar a los rebeldes de Jerusalén.
(5) Este tipo de expresiones son un ejemplo de esa “teología” flaviana que busca dar una autoridad divina y trascendente a la actuación romana en Judea y, en definitiva, presentar la guerra contra los judíos como fruto del designio divino.
(6) Alude a las obras de asedio de Jerusalén en sábado por parte de Pompeyo.
(7) Agripa II alude al peligro de que esta guerra afecte a la amplia Diáspora judía. Sin embargo, más allá de Palestina y de las zonas limítrofes la participación en la revuelta y las consecuencias de la misma fueron bastante modestas. Los judíos de la Diáspora y de Palestina nunca van a luchar juntos: la Diáspora se mantuvo al margen de la Gran Guerra del 66 a. de C., luego fue muy activa en la heroica rebelión contra Trajano, del 115 al 117 d. de C., y dejó solos a los hebreos de Judea en la conocida sublevación de Bar Kochba contra Adriano entre el 132 y 135 d. de C.
(8) Un habitante de cada diez del Imperio Romano era judío, es decir, entre seis y ocho millones. En concreto en Egipto uno de cada ocho era de raza hebrea.
(Flavio Josefo. La guerra de los judíos. Libros I- III. Introducción general de Antonio Piñero. Traducción y notas de Jesús Mª Nieto Ibáñez. Edit. Gredos. Madrid 2001).
Cuando ya estaba clara la reacción de Roma contra la rebelión, las autoridades de Jerusalén ordenaron a Josefo trasladarse a Galilea y organizar la defensa ante lo que se preveía un ataque inminente de las legiones.
Josefo reunió y armó tropas; las entrenó como pudo, y organizó a toda prisa fortificaciones en diversas ciudades.
Ya en el año 64 d. de C. las autoridades de Jerusalén le enviaron a Roma como legado para interceder por la liberación de algunos sacerdotes judíos acusados, al parecer injustamente, ante el tribunal del Emperador. Su misión tuvo éxito, los sacerdotes quedaron libres y volvió a la capital judía.
Finalmente cuando los legionarios romanos y sus colaboradores (los “auxilia”) – al mando de general Vespasiano y de su hijo Tito- avanzaron a sangre y fuego por Galilea desde la montaña Ptolemaica, Josefo se vio cercado en la ciudad de Jotapata. Resistió el asedio con valor extremo durante cuarenta y siete días, pero tras ellos sucumbió al asalto de un ejército muy superior.
Flavio Josefo logró refugiarse con cuarenta nobles judíos dentro de una espaciosa cisterna que se comunicaba con una cueva natural, invisible desde el exterior. Fue descubierto, sin embargo, y aunque la mayoría de sus compañeros se suicidó, él se entregó a los romanos.
Vespasiano y Tito se mostraron benévolos con el prisionero y le perdonaron la vida.
El general en jefe (Vesapasiano) pensó al punto enviar a Josefo a Roma como regalo para el emperador Nerón, pero el judío, al enterarse, se las ingenió para pedir audiencia y anunciar ante los dos estupefactos generales que mejor harían en conservarlo a su lado, pues Dios le había revelado que ambos habrían de ser emperadores.
Ya le creyeran, o les hiciera gracia la profecía, padre e hijo decidieron conservar al prisionero.
Quizás intuyeron los beneficios que podían obtener de un personaje ilustre pasado voluntariamente a su poder, ya como intérprete, ya como resorte para impulsar la rendición de otros como él.
Así pudo vivir Josefo junto al Estado Mayor romano el resto de la guerra y observar con sus propios ojos muchas de sus peripecias, entre ellas el asalto y destrucción de la capital, Jerusalén, y su famoso Templo.
Josefo había captado de inmediato la transcendencia de la guerra, y probablemente ya desde muy pronto se había decidido a escribir su historia, por lo que estaba muy atento y había comenzado a tomar notas.
Para sorpresa de algunos, Vespasiano fue, en efecto, nombrado “emperador” por las legiones, y Tito (su hijo) continuó al mando de las tropas protegiendo al prisionero profeta.
Terminada la guerra, Josefo se trasladó a Roma con los vencedores y fue manumitido.
En condición de liberto y “cliente” de Vespasiano recibió la “ciudadanía romana” y una pensión anual generosa lo que le permitió dedicarse a su idea de escribir la historia de la guerra judía – lo que de paso iba a permitir a su espíritu agradecido poner de relieve las virtudes y méritos de sus protectores, del ejército y del sistema romano en general.
Desde el año 71 hasta su muerte Flavio Josefo vivió en Roma.
En la capital del Imperio encarnó dos personalidades distintas, pero consecuentes: ante los judíos que residían en Roma y los que seguían viviendo en el Oriente se hizo propaganda de las ventajas del Imperio (moraleja de su obra “La guerra de los judíos”) y ante los romanos se dedicó a exaltar las virtudes de su pueblo y la nobleza de sus leyes y religión (Las “Antigüedades” y el “Contra Apión”). A la vez, procuró en todo momento justificar la gran decisión de su vida: haber traicionado aparentemente a su pueblo y haberse pasado a los enemigos romanos (justificación de su conducta: la “Autobiografía”).
La primera obra, cronológicamente, es la historia de la “Gran Rebelión”, como gustan llamarla muchos judíos de hoy, o “La guerra de los judíos”, por antonomasia.
La “Guerra” fue primero redactada en arameo (lengua materna de Josefo) y luego reeditada en griego.
El contenido de la obra, dividido en siete libros, abarca desde el año 167 a. de C. hasta el 74 d. de C.
Comienza con el intento de helenizar Palestina promovido por el rey sirio/griego Antíoco IV Epífanes y la reacción de los judíos: la revuelta de los Macabeos y su éxito. Sigue luego la historia de los reyes de esta dinastía hasta la designación de Herodes el Grande como rey de Israel, por parte de Roma.
En el libro II narra los acontecimientos que median entre el 4 a. de C. (muerte de Herodes) hasta el 66 d. de C.: reinado de Arquelao, deposición de éste por parte de Roma, conversión de Judea en provincia romana, gobierno de los sucesivos prefectos/procuradores. Esta parte concluye con la intervención contra los judíos de Cestio Galo, legado de Siria, su derrota y el comienzo formal de la guerra.
El libro III va desde la primavera hasta el otoño del año 67: Nerón envía al general Vespasiano para apaciguar la provincia. Los romanos inician el ataque a Judea desde el norte; toma de varias ciudades de Galilea, entre ellas Jotapata, defendida por Josefo. Rendición de éste y paso a los romanos.
El libro IV abarca el lapso entre el otoño del 67 y el otoño del 69: el zelote Juan de Giscala entra en Jerusalén. Vespasiano sigue su marcha victoriosa, conquista el norte de Judea y bloquea la capital. Sus tropas le proclaman emperador, libra a Josefo, deja el mando de la guerra a su hijo Tito y viaja hasta Alejandría, para desde allí dirigirse a Roma.
El libro V, desde la primavera hasta junio del 70, muestra a Tito organizando el asedio de Jerusalén. Los muros tercero y segundo caen ante la presión romana. Siguen luego diversas vicisitudes del asedio, exhortaciones de Josefo a los defensores instando a la rendición, cómo es herido y está a punto de morir, Consejo extraordinarios de guerra de los romanos y decisión de construir un muro de circunvalación para ahogar a la capital judía.
El libro VI se concentra en los hechos de julio a septiembre del 70, y describe la caída de la Torre Antonia, nuevas exhortaciones de Josefo y de Tito a los asediados, incendio de los pórticos del Templo, hambre y antropofagia en Jerusalén, incendio final del Santuario y conquista de toda la ciudad.
El último libro, el VII, va desde el 70 al 74. Jerusalén es demolida, Tito se retira de Judea; descripción de la procesión triunfal de Vespasiano y Tito en Roma en conmemoración de la victoria, y conquista de los últimos reductos de la resistencia: las fortalezas de Maqueronte y de Masada. Otro templo de los judíos en Leontópolis, en Egipto, es también arrasado.
En el “proemio” de la obra dice:
“La guerra que los judíos han llevado a cabo contra los romanos no sólo es la mayor de las que ha habido entre nosotros sino también de todas las que nos han contado que han ocurrido entre las ciudades o los pueblos. Unos escriben de forma retórica sobre los acontecimientos sin haber estado presentes en ellos, sino basándose en los hechos fortuitos y discordantes que han oído.
Otros, en cambio, por adulación hacia los romanos o por odio a los judíos falsifican la historia, y así sus escritos presentan en unos casos ataques y en otros elogios, pero nunca la exactitud histórica. Por este motivo he decidido relatar con detalle, en lengua griega, a los habitantes del Imperio romano lo que antes había escrito en mi lengua materna (el arameo) para los bárbaros de las regiones superiores; yo Josefo (aunque aquí se alude a su origen judío, su verdadero nombre será Tito Flavio Josefo, pues al ser liberado por Vespasiano, recibió la ciudadanía romana) hijo de Matías, sacerdote de Jerusalén, de raza hebrea, que en un principio he luchado en persona contra los romanos y que por necesidad me he visto obligado a intervenir en los acontecimientos posteriores” (op. cit. (1).
[El punto más débil de la política de Nerón demostró ser Palestina. En esa región la situación era particularmente compleja: la política romana tendente a agudizar las contradicciones nacionales, la crasa ignorancia de las particularidades de la religión y de la vida de los judíos, y los abusos de los procuradores imperiales, eran causa de una cadena casi ininterrumpida de rebeliones.
Mientras el alto clero del Templo de Jerusalén y los grandes propietarios se habían, en general, reconciliado con los romanos, la masa popular, oprimida por un doble juego, era un vivero de descontento.
El pueblo creía firmemente en la llegada de un Mesías, el prometido Salvador, que debía salvar a los judíos de la opresión de los extranjeros e instaurar en la Tierra el reino de la Verdad.
En el año 66 d. de C. en Cesarea , con el permiso del procurador, Yesio Floro, tuvo lugar la persecución de los judíos.
En respuesta, estalló en Jerusalén una rebelión dirigida por el partido de los Zelotes, corriente nacionalista que trataba de echar abajo no sólo el yugo de los romanos, sino también el de los grandes terratenientes, de los usureros y del rico clero del Templo de Jerusalén.
Los pertenecientes al ala extrema del partido nacionalista eran llamados en Roma “sicarios”, porque acostumbraban recurrir a métodos terroristas de lucha.
Los “sicarios” eran reclutados entre los esclavos, los campesinos más pobres y los estratos inferiores de la población urbana.
Los jefes del movimiento eran Juan de Giscala y Simón, hijo de Yora.
Los rebeldes pusieron sitio a numerosas guarniciones romanas en Jerusalén, matando a sus componentes en cuanto capitulaban.
Las autoridades romanas se mostraron completamente desorientadas.
Yesio Floro no tomó ninguna medida, y el lugarteniente de Siria, Cestio Galo (que también tenía el alto control sobre Judea) levantó el sitio de Jerusalén y fue derrotado mientras se retiraba.
Luego la rebelión se extendió a toda Judea, a Samaría, a Galilea y a parte de la Transjordania.
En las ciudades se producían encarnizados encuentros entre los judíos y los “paganos”, y en Jerusalén, en los primeros tiempos de la revuelta, nacionalistas moderados y extremistas, constituyeron un gobierno de coalición que tomó la dirección del movimiento.
Nerón envió al sitio de la revuelta a su último gran general, Tito Flavio Vespasiano, que había sobrevivido a todos los otros porque, siendo de origen modesto, Nerón no le consideraba peligroso. Vespasiano provenía de la ciudad sabina de Reate, de la familia de un recaudador de impuestos.
Cuando empezó la revuelta en Judea tenía ya cincuenta y siete años.
En la corte no resultaba muy simpático, dado su temperamento más bien rústico, pero era, sin embargo, el único general a quien podía confiarse la represión de la peligrosa revuelta.
En el año 67 d. de C., Vespasiano, con un ejército de 50.000 hombres, inició las operaciones en Palestina. Al año siguiente la rebelión estaba dominada en todas partes, salvo en Judea.
Conocedor de la deposición (muerte de Nerón), Vespasiano interrumpió las operaciones.
En los dos años de respiro que los asediados habían obtenido así de forma inesperada, el frente único que en los primeros años de la guerra se había formado entre moderados y nacionalistas extremos, se había deshecho.
En Jerusalén tomaron la delantera los elementos extremistas, con Juan de Giscala a la cabeza, y aprovecharon su dominio para consolidar las instalaciones defensivas de la ciudad y prepararse, en general, para resistir el asedio.
En la ciudad se desencadenaron persecuciones contra los ricos, sospechosos de abrigar sentimientos filo-romanos.
Una vez proclamado emperador, Vespasiano dejó el mando supremo en manos de su hijo mayor, Tito.
Pero hasta la primavera del año 70, después de haber recibido refuerzos de Egipto, Tito no pudo empezar las operaciones importantes.
Los romanos rodearon la ciudad con un estrecho anillo.
El sitio de Jerusalén, dada su posición inaccesible y las tres líneas fortificadas que la defendían, se prolongó durante seis meses (abril –septiembre del 70 ).
Aunque la población fue reducida al hambre y al máximo grado de agotamiento, opuso una encarnizada resistencia.
En los primeros meses del sitio cayeron las dos primeras líneas de fortificaciones, pero la ciudadela (la ciudad vieja) y el Templo continuaban resistiendo.
Por fin, en agosto fue conquistado por asalto el Templo, que fue destruido, y un mes después cayó también la ciudadela.
Jerusalén fue destruida: los restos de la población fueron reducidos a esclavitud.
A todos los judíos que vivían en el Imperio se les impuso una tasa personal en favor de Júpiter Capitolino: se prohibió la reconstrucción del templo de Jerusalén; en territorio de la ciudad estableció sus cuarteles permanentes una legión romana.
Tito regresó a Roma en el año 71 y celebró el triunfo con su padre y su hermano.
En ese mismo año fue ajusticiado al pie del Capitolio uno de los jefes de la rebelión, Simón, hijo de Yora.
Juan de Giscala (el otro jefe rebelde) terminó sus días encarcelado a perpetuidad.] (op. cit. (2).
Como les auguró Agripa en su discurso para evitar la guerra, los judíos se equivocaron al enfrentarse a un ejército como el romano.
Segovia, 1 de junio del 2024
Juan Barquilla Cadenas.