MUCIO ESCÉVOLA Y CLELIA: Dos héroes míticos de Roma.
El historiador romano Tito Livio (59 a. de C. -17 d. de C.) escribió una monumental “Historia de Roma” (Ab urbe condita = a partir de la fundación de Roma) en 142 libros (rollos de papiro), divididos en “décadas” o grupos de diez libros, que relatan la historia de Roma desde la legendaria llegada de Eneas a las costas del Lacio hasta la muerte del cuestor y pretor Druso el Mayor (14 de septiembre del año 9 a. de C.).
De los 142 libros, sólo han sobrevivido los numerados del 1 al 10 y del 21 al 45.
Los libros que han llegado hasta nosotros contienen la historia de los primeros siglos de Roma, desde la fundación en el año 753 a. de C. hasta el 292 a. de C.
Relatan la segunda guerra púnica y la conquista por los romanos de la Galia, de Grecia, de Macedonia y de parte de Asia Menor.
Floro, historiador romano del siglo I y II d. de C., escribió un “Epítome” (resumen) de todos sus libros, obra que ha sobrevivido y nos permite conocer cuál era el plan seguido por Tito Livio y el orden en que narraba los acontecimientos.
(Wikipedia)
Los comienzos de la historia de Roma están llenos de leyendas, y entre éstas se encuentran los relatos de las hazañas de los personajes Mucio Escévola y Clelia.
Tito Livio en su “Prefacio” (Introducción) a su “Historia de Roma” dice entre otras cosas:
[“Los hechos previos a la fundación de Roma (753 a. de C.) o, incluso, a que se hubiese pensado en fundarla, cuya tradición se basa en fabulaciones poéticas que los embellecen, más que en documentos históricos bien conservados, no tengo intención de avalarlos ni de desmentirlos. Es ésta una concesión que se hace a la antigüedad: magnificar, entremezclando lo humano y lo maravilloso, los orígenes de las ciudades. Y si a algún pueblo se le debe reconocer el derecho a sacralizar sus orígenes y a relacionarlos con la intervención de los dioses, es tal la gloria militar del pueblo romano que su pretensión de que su nacimiento y el de su fundador se deban a Marte más que a ningún otro, la acepta el género humano con la misma ecuanimidad con que acepta su dominio.
Pero ni de estos extremos ni de otros similares, como quiera que se los mire o se los valore, voy a hacer la mayor cuestión. Estos otros son para mí, los que deben ser centro de atención con todo empeño: cuál fue la vida, cuáles las costumbres, por medio de qué hombres, con qué política en lo civil y en lo militar fue creado y engrandecido el Imperio; después, al debilitarse gradualmente la disciplina, sígase mentalmente la trayectoria de las costumbres: primero una especie de relajación, después cómo perdieron base cada vez más y, luego, comenzaron a derrumbarse hasta que se llegó a estos tiempos en que no somos capaces de soportar nuestros vicios ni su remedio.
Lo que el conocimiento de la Historia tiene de particularmente sano y provechoso es el captar las lecciones de toda clase de ejemplos que aparecen a la luz de la obra; de ahí se ha de asumir lo imitable para el individuo y para la nación, de ahí lo que se debe evitar, vergonzoso por sus orígenes o por sus resultados.
Por lo demás, o me ciega el cariño a la tarea que he emprendido, o nunca hubo Estado alguno más grande ni más íntegro ni más rico en buenos ejemplos; ni en pueblo alguno fue tan tardía la penetración de la codicia y el lujo, ni el culto a la pobreza y a la austeridad fue tan intenso y duradero: hasta tal extremo que cuanto menos medios había, menor era la ambición.
Últimamente las riquezas han desatado la avaricia, y la abundancia de placeres el deseo de perderse uno mismo y perderlo todo entre lujo y desenfreno…” (Tito Livio: Prefacio a su Historia de Roma]
(Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación Libros I-III. Introducción general de Antonio Fontán. Traducción y notas de José Antonio Villar Vidal. Edit. Gredos. Madrid. 2.000).
Es en el libro II del “Ab urbe condita” donde Tito Livio cuenta la historia de estos dos héroes míticos: Mucio Escévola y Clelia, así como la de otros héroes como Horacio Cocles.
El contexto en el que se produce la leyenda de estos héroes coincide con el destronamiento del último de los reyes de Roma, Tarquinio el Soberbio, de origen etrusco.
A partir de su expulsión de Roma (año 509 a. de C.) se inaugura la época de la “República” en Roma, donde ya no tiene todo el poder el “rey”, sino los “cónsules” y otros magistrados, el Senado, además de la participación del “pueblo” en las “asambleas”. De modo que se habla de SPQR (Senatus populusque romanus =el Senado y el pueblo romano).
A partir de entonces lo peor que se le podía decir a un romano era que pretendía ser “rey”.
Por eso, cuando asesinaron a Julio César, los conjurados decían que lo hicieron porque César pretendía ser “rey”.
Si bien, después con Octavio Augusto (siglo I d. de C.) se vuelve a una especie de “monarquía” que es el “Imperio”, en que el emperador vuelve a tener el poder casi absoluto.
Los “Tarquinios”, al ser expulsados de Roma, dice Tito Livio que habían buscado la protección del Lars Porsena, rey etrusco.
Porsena, en la idea de que era muy ventajoso para los etruscos que hubiera rey en Roma y, además un rey de raza etrusca, marchó sobre Roma con su ejército en son de guerra.
Y se produce el asedio de Roma por parte del ejército de Porsena.
Y aquí Tito Livio cuenta las hazañas de Mucio Escévola y de la heroína Clelia.
1. MUCIO ESCÉVOLA
[“ Pero el asedio continuaba lo mismo, y con él la escasez y enorme carestía del trigo, y Porsena tenía la esperanza de tomar la ciudad a base de prolongar el sitio.
Entretanto, Cayo Mucio, joven patricio, encontraba indignante que el pueblo romano durante su esclavitud, cuando estaba bajo los reyes, no hubiese sufrido asedio durante ninguna guerra ni por parte de enemigo alguno y que ese mismo pueblo, una vez libre, fuese sitiado por los mismos etruscos a cuyo ejército había derrotado repetidas veces.
Por consiguiente, pensando en vengar aquella vergüenza con alguna acción importante y audaz, en un primer momento decidió sin consultarlo con nadie introducirse en el campamento enemigo.
Después, ante el temor de que, si iba sin permiso de los cónsules y sin que nadie estuviese enterado, lo detuviesen, tal vez, los centinelas romanos y lo volviesen a traer como desertor –acusación que las condiciones en que entonces estaba la ciudad hacían muy verosímil – se dirigió al Senado.
“Quiero cruzar el Tíber, senadores, dijo, y entrar, si puedo, en el campamento enemigo, no en plan de saqueo o pillaje ni para vengar sus rapiñas con otras: es una acción de mayor envergadura la que me propongo con la ayuda de los dioses”
Los senadores dan su aprobación. Esconde un puñal entre sus ropas y se pone en camino.
Cuando llegó al campamento, se situó entre la multitud que se apiñaba junto al tribunal del rey. Se estaba pagando la soldada y había un secretario sentado al lado del rey y con una vestimenta muy parecida, muy ocupado, al cual los soldados se dirigían en masa.
No atreviéndose a preguntar cuál era Porsena, por temor a que su desconocimiento del rey lo pusiese al descubierto, se pone en manos del azar y mata al secretario en lugar de al rey.
Al escapar, acto seguido, abriéndose paso con su puñal ensangrentado por entre la multitud alborotada, la guardia del rey acudió corriendo atraída por los gritos, lo detuvo y lo volvió a llevar dejándolo ante el tribunal del rey. Incluso entonces, en una situación tan crítica, se mostró más temible que temeroso y dijo: “Soy ciudadano romano. Me llamo Gayo Mucio. He querido, como enemigo, matar a un enemigo y no tengo para morir menos coraje que el que tuve para matar: es virtud romana el actuar y el sufrir con valentía. Y no soy el único en tener esta actitud hacia ti; es larga la serie de los que después de mí pretenden el mismo honor. Por consiguiente, prepárate, si te parece, para este riesgo, de suerte que a cada hora estés en vilo por tu vida y te encuentres el puñal de un enemigo hasta en el vestíbulo de tu palacio.
Ésta es la guerra que te ha declarado la juventud romana. No es un combate, no es una batalla lo que has de temer: la cuestión se ventilará entre ti solo y cada uno de nosotros”.
Como el rey, encendido por la cólera a la vez que aterrorizado por el peligro, lo amenazaba con dar orden de que lo rodeasen de llamas, si no aclaraba inmediatamente cuáles eran las asechanzas con que lo amenazaba con medias palabras, contestó: “Mira, para que te des cuenta de lo poco que importa el cuerpo para quienes tienen como mira la gloria”, y pone su mano derecha sobre un brasero encendido para un sacrificio. La dejó quemarse como si no sintiese ni padeciese, y entonces el rey atónito ante aquella especie de prodigio, abandonó su asiento de un salto y ordenó que apartasen al joven del altar.
“Márchate –dijo-, enemigo más osado para contigo que para conmigo. Yo aplaudiría tu valor, si ese valor estuviese a favor de mi patria; pero al menos te eximo de las leyes de la guerra y te dejo marchar sin hacerte daño, sin maltratarte”.
Entonces, Mucio, como en reconocimiento a su generosidad, le dijo: “Ya que tú sabes honrar el valor, vas a obtener de mí con tu gesto lo que no pudiste obtener con amenazas: somos trescientos, lo más escogido de la juventud romana, los que nos hemos conjurado para ir contra ti por este sistema, hasta que la suerte te ponga a su alcance, se irán presentando cada uno en su momento”.
Una vez que se marchó Mucio, al que desde entonces se le dio el sobrenombre de “Escévola” (el Zurdo) por la pérdida de la mano derecha, unos emisarios de Porsena lo siguieron hasta Roma.
El peligro que por primera vez había corrido el rey Porsena, del cual lo había salvado exclusivamente la equivocación de su agresor, y el tener que correr aquel riesgo tantas veces como conjurados quedasen, había impresionado al rey etrusco de tal manera que, por propia iniciativa, presentó a los romanos una propuesta de paz.
Entre las condiciones para la paz figuraba una ilusoria: el restablecimiento de los Tarquinios en el trono: la había puesto más porque no había podido negárselo a los Tarquinios, que por ignorar que los romanos iban a decirle que no.
Consiguió también que se les devolviera el territorio a los Veyentes (habitantes de la ciudad etrusca de Veyes) e impuso a los romanos la obligación de entregar rehenes, si querían que fuese evacuada la guarnición del Janículo.
Se acordó la paz con estas condiciones, y Porsena retiró sus tropas del Janículo y desocupó el territorio romano.
El Senado, para compensar la valentía de Gayo Mucio, le hizo donación de unos terrenos al otro lado del Tíber, los cuales en adelante recibieron el nombre de “Prados de Mucio”.
2. CLELIA
El conceder tales honores al valor trajo como consecuencia el que también, en las mujeres, se despertase el afán de alcanzar distinciones públicas.
Clelia, una doncella que formaba parte de los rehenes, al coincidir que el campamento etrusco no se encontraba muy lejos de la orilla del Tiber, burló a sus guardianes y, haciendo de guía de todas las doncellas (rehenes), cruzó el Tíber a nado en medio de los proyectiles del enemigo, las condujo a todas ilesas a Roma y las devolvió a sus familias.
Cuando el rey (Porsena) tuvo noticias de ello, en un principio montó en cólera y envió a Roma a unos portavoces a reclamar a Clelia como rehén: las otras no le importaban gran cosa.
Después, pasando a la admiración, decía que aquella era una hazaña que superaba a los Cocles y Mucios y declaraba abiertamente que, así como si no se le entregaba el rehén daría por roto el tratado, así también si se la entregaban la devolvería a los suyos sin infligirle daño ni maltratarla.
Por ambas partes se mantuvo la palabra. Los romanos devolvieron la prenda de paz estipulada por el tratado y, por parte del rey etrusco, el valor gozó no sólo de seguridad sino también de honores.
Alabó a la muchacha y le dijo que le regalaba una parte de los rehenes, que ella misma eligiese los que quisiera.
Traídos todos (los rehenes) a su presencia, eligió, dicen, a los que aún eran niños, elección digna de una muchacha y merecedora de la aprobación unánime de los propios rehenes, al ser liberados del enemigo los que por su edad estaban más expuestos a ser ultrajados.
Restablecida la paz, los romanos recompensaron aquel valor sin precedentes en una mujer con un honor también si precedentes: una estatua ecuestre. En lo alto de la “vía Sacra” fue colocada la imagen de una doncella a caballo.
Durante aquel año, Porsena envió por última vez una legación (embajada) a pedir la reposición de Tarquinio en el trono (de Roma).
Se le respondió que el Senado enviaría una embajada al rey e, inmediatamente, fueron enviados los senadores que gozaban de mayor consideración: no era porque no se pudiese responder en pocas palabras que no se aceptaba a los reyes, la razón por la que preferían enviarle una delegación del Senado en lugar de darles la respuesta en Roma a los que él había enviado, sino para que, definitivamente, se dejase de mencionar el tema, con el fin de que no se agriase la buena disposición recíproca que se manifestaba en tan grandes favores mutuos.
Lo que él pedía iba en contra de la libertad del pueblo romano, y Roma, si no quería franquear ella misma la entrada a su propia ruina, tenía que decirle que “no” a quien no quería negarle nada.
Roma no era una monarquía (ya), sino un Estado libre. En su ánimo había calado la resolución de abrir antes sus puertas al enemigo que a los reyes. Había un deseo unánime de que el final de la libertad en Roma fuese también el final de Roma. Por consiguiente, si quería que Roma estuviese a salvo, le rogaban que respetase su libertad.
El rey (Porsena), ganado por un sentimiento de respeto, respondió: “Ya que esa es vuestra decisión y es una decisión firme, yo no os voy a cansar presentándoos continua e inútilmente la misma demanda, ni voy a estar engañando a los Tarquinios ilusionándolos con una ayuda que no está en absoluto a mi alcance. Tanto si sus intenciones son belicosas como si son pacíficas, que busquen otro lugar para su exilio, para que nada enturbie nuestras pacíficas relaciones”.
A sus palabras unió unos hechos aún más amistosos: entregó los rehenes que le quedaban y devolvió el territorio de Veyes, que había perdido Roma por el tratado del Janículo.
Tarquinio, perdida toda esperanza de retorno (a Roma), se exilió a Túsculo, a casa de su yerno Mamilio Octavio.
La paz entre los romanos y Porsena quedó así asegurada. ]
(Tito Livio. Historia de Roma desde su fundación. Libro II, 12-14 y 15, 1-7. Introducción general de Antonio Fontán. Traducción y notas de José Antonio Villar Vidal. Edit. Gredos. Madrid. 2.000).
Segovia, 27 de septiembre del 2025
Juan Barquilla Cadenas.