LOS DIÁDOCOS Y SU ÉPOCA
Los “diádocos” son los generales de Alejandro Magno que van a sucederle en el Imperio que había creado.
Éstos, tras su muerte, lucharon entre sí por expandir el territorio que les había sido asignado en el reparto de ese imperio, debido a la codicia, la ambición y el ansia de poder.
Se produjeron grandes guerras entre ellos y algunos llegaron a formar “reinos helenísticos”, que después serán absorbidos y caerán bajo el dominio de Roma, la nueva potencia en el Mediterráneo en el siglo II a. de C.
Denis Ztoupas en su obra “Los sucesores de Alejandro Magno”. Edit. La Esfera de los libros. Madrid 2025, cuenta la gran hazaña de Alejandro Magno que llegó a crear un gran imperio tras vencer a los persas y a otros pueblos, llegando hasta la India. Pero también cuenta las luchas que se produjeron entre sus generales por sucederle después de su muerte en el año 323 a. de C. (cuando tenía sólo 32 años) en Babilonia, y cómo los reinos que llegaron a formar algunos de ellos fueron cayendo todos bajo el poder de Roma.
Aquí expongo algunas de las cosas que escribe Denis Ztoupas en su obra “Los sucesores de Alejandro Magno”, anteriores a la muerte de Alejandro y anteriores a las guerras que se produjeron entre sus generales por hacerse con el poder.
[ Durante siglos, el mundo griego vivió enfrentado y fragmentado: “poleis “contra “poleis”, reinos contra otros reinos.
Lo que conocemos como la “Grecia clásica” es, en realidad, una historia de guerras fratricidas.
Se pueden contar con los dedos de una mano las veces que los griegos decidieron dejar de lado sus diferencias para un propósito común.
La primera se remonta al siglo XIII a. de C., cuando los “protogriegos” que nosotros conocemos como “micénicos” y a los que Homero llama “dánaos o aqueos” se unieron en armas con el objetivo de destruir Ilión o Troya.
Tras aquellos eventos que se vieron inmortalizados en las obras de Homero, tuvo que pasar más de medio milenio para que los griegos volvieran a cohesionarse, esta vez para defender su tierra de la amenaza aqueménida durante las “guerras médicas”: así, se pudo ver a espartanos y atenienses luchando codo con codo pese a sus interminables diferencias.
La tercera y última vez que los helenos se unificaron fue para conquistar el mundo, cuando Filipo II de Macedonia derrotó a una fuerza tebano-ateniense en la batalla de Queronea en el año 338 a. de C. y el reino griego de Macedonia se hizo con el poder absoluto de prácticamente toda la Hélade, unificándola bajo el estandarte de la “estrella argéada”: Sol de Vergina. (este símbolo, con dieciséis rayos, representa a los cuatro elementos: agua, aire, tierra y fuego, y los doce dioses del Olimpo).
En aquel remoto lugar de Beocia Filipo II demostró su superioridad táctica inigualable, donde sus innovadoras “falanges de picas” aplastaron a los “hoplitas tebano-atenienses, incluido el temido “batallón sagrado” tebano.
Por otro lado, su hijo, el joven príncipe Alejandro, demostró su valía al comandar la caballería macedonia cuando no tenía ni veinte años.
Con la victoria del reino de Macedonia, Atenas y Tebas cayeron rendidas ante Filipo, quien aseguró el dominio sobre Grecia y anunció un nuevo orden en la península.
Lejos de convertirse en un tirano, Filipo convocó en Corinto en el año 337 a. de C. a los representantes de las “ciudades-Estado” griegas vencidas, donde anunció la formación de una coalición o “liga” con ese mismo nombre, la “Liga de Corinto”.
Filipo, por tanto, y muy al contrario de lo que pregonaba Demóstenes, se presentó no como un conquistador, sino como un “líder conciliador” que buscaba la unidad y la cooperación entre los griegos par un fin mayor: la conquista del Imperio persa.
Pero no sería Filipo quien dominaría el mundo conocido, sino su hijo Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno.
El “basileus” (el rey) hizo realidad el sueño tanto de su padre como el de todos los griegos que, durante generaciones, habían soñado con enfrentarse y acabar con el enemigo persa.
Cuando el joven Alejandro tomó el trono, el “Imperio aqueménida” (persa) se extendía desde Asia Menor hasta la India.
Gobernaba entonces Darío III Codomano numerosas naciones milenarias y Persia se presumía invencible.
Pero Alejandro Magno logró vencerlo en numerosas batallas, y, tras una década de campañas, sometió a las últimas fuerzas aqueménidas, cautivas y desarmadas, en el año 328 a. de C.
Después de proclamarse como único y legítimo rey de Asia, Alejandro continuó sus conquistas hasta pasado el Paropamisos, cordillera también conocida como HindúKush.
Se adentró en la India, donde el rey Poro de los “pauravas” le ofreció una gran resistencia en la batalla del río Hidaspes antes de ser superado por el macedonio en el 326 a. de C.
La ciudad de “Alejandría Escate”, o “la última Alejandría”, fue la más remota huella del conquistador griego en tierras asiáticas.
El victorioso emperador puso punto final a sus campañas de la mejor manera que sabía: fundando ciudades.
Erigió “Bucéfala”, en honor a su caballo “Bucéfalo”, y “Nicea”, en honor a la victoria.
Tras estos hechos, decidió poner punto final a su aventura oriental y decidió dirigirse hacia el sur, en busca de una ruta marítima por la que volver a la capital de su gran Imperio, Babilonia.
Sin embargo, en el camino, se topó con los “malios”, un pueblo guerrero organizado en varias ciudades que habitaba entre los ríos Hidaspes y Ravi.
Al percatarse del avance de los macedonios, los “malios” decidieron ofrecer resistencia.
Para afrontar la situación, Alejandro dividió sus fuerzas y él mismo lideró una avanzadilla por tierra para lanzar un ataque relámpago y sorprender a los indios.
En cuanto se adentró en “tierras malias”, las fuerzas macedónicas emprendieron un ataque sorpresa contra combatientes y civiles indios, masacrando a todos a su paso.
En este punto de la campaña ya no había lugar para la negociación con aquellos pueblos que se negaban a someterse al dominio griego.
Los “malios”, no obstante, lejos de rendirse, decidieron resistir en su ciudad mejor fortificada, obligando a Alejandro a empezar un asedio.
No pasó ni un día cuando los curtidos macedonios lograron abrir una brecha en la muralla y penetrar dentro de la ciudad.
El último obstáculo era la “ciudadela”, también amurallada, que se encontraba en el corazón de la ciudad.
Parece ser que, en este punto, la moral de los macedonios comenzó a mermar al ver la determinación de los indios y lo bien fortificada que estaba.
Fue entonces cuando Alejandro, con tal de levantar la moral y dar ejemplo, se dirigió hacia una escala y empezó a subir para combatir en la muralla.
Una vez en lo alto de la muralla, el “basileus” (el emperador) luchó ferozmente, acabando con la vida de varios indios, mostrando una bravura indescriptible.
Los macedonios, al ver a su rey combatir con tanta valentía e ímpetu, corrieron en masa en su ayuda y empezaron a subir por las escalas.
Sin embargo, tantos fueron los que quisieron socorrerlo que la escala cedió ante el exceso de peso y se quebró.
En ese momento, Alejandro se vio prácticamente solo, rodeado por decena de indios, pero lejos de amedrentarse, mató a decenas de ellos, e incluso llegó a decapitar a su rey.
La situación se volvió crítica cuando, en medio de la batalla, el polvo y el humo, un arquero enemigo alcanzó a Alejandro con una flecha, perforándole aparentemente el pulmón.
Al ver esto, los soldados macedonios fueron dominados por la ira y corrieron a socorrer a su rey, que yacía en la muralla, matando a todos a su paso.
En cuestión de minutos aplastaron a los indios que aún resistían; y tanta era la furia que empezaron a acabar con las vidas de los civiles que había en la ciudad. Fue una auténtica carnicería.
Al acabar la batalla, los macedonios levantaron el cuerpo de su rey y se lo llevaron a un lugar seguro.
Tras aquella sangrienta despedida de la India, Alejandro estuvo al borde de la muerte, pero logró sobrevivir.
Pasaron algunos meses de miedo e incertidumbre y finalmente, cuando se vio con las fuerzas suficientes, el “basileus” apareció de nuevo ante sus soldados.
La alegría y el júbilo se apoderaron del campamento macedonio, y ahora sí, era hora de volver.
Pero la alegría por la recuperación de su rey y por volver a casa duraría muy poco para los macedonios, cuando el grueso del ejército comenzó a atravesar el desierto de Gedrosia, un lugar inhóspito, seco y hostil.
Los motivos por los que Alejandro se decantó por esa ruta no están claros.
Algunos investigadores afirman que los macedonios no tenían información suficiente, y que, al no haber ningún pueblo o cultura habitando la zona, se evitarían más batallas.
Otras fuentes se refieren a que Alejandro quiso castigar a sus tropas por obligarlo a detener sus campañas en las India.
Sin embargo, Nearco, almirante de la flota macedónica, sostiene que la flota, que contaba con suministros para cuatro meses, no pudo asistir al ejército de tierra debido a los fuertes vientos que provocaron la pérdida de comunicación.
Nearco acabaría escribiendo una memoria sobre sus hazañas, lamentablemente perdida, pero que fue parcialmente recuperada y utilizada por Arriano.
Sea cual fuere el motivo, la marcha por el desierto fue un auténtico drama.
En medio del hambre y la sed, algunos soldados empezaron a robar los animales de los que disponía el tren de bagaje.
La situación era desesperada. Cuentan las fuentes que en un momento tenso de la marcha, un macedonio ofreció a Alejandro un yelmo lleno de agua, y que el “basileus”, tras darle las gracias, se negó a beber en solidaridad con sus soldados.
Este gesto se extendió rápidamente por todo el ejército y provocó un impulso a la desastrosa moral que dominaba a los hombres, dándoles fuerzas para proseguir.
Tras dos meses de marcha, las tropas macedonias alcanzaron por fin tierras persas.
El balance de esa travesía fue desastroso.
Las fuentes discrepan mucho en la cantidad de pérdidas que hubo, pero algunos autores afirman que pereció más de la mitad del ejército.
Una vez en Babilonia, la capital de su imperio, las dificultades para Alejandro no cesaron.
Lo primero que hizo al llegar a la milenaria ciudad fue reorganizar su administración y monetizar el vasto botín obtenido en sus conquistas para pagar a sus tropas.
Alejandro también intentó fortalecer las relaciones con los persas.
Primero mostró sus respetos a Ciro el Grande, figura que admiraba profundamente, al visitar su tumba y ordenar su reparación, pues había sido saqueada y se encontraba en un estado deplorable.
Luego, organizó las famosas bodas masivas de Susa, donde obligó a sus oficiales a casarse con mujeres persas, mientras que él mismo se casó con Barsine, hija de Darío III.
Éste fue, tal vez, un movimiento inteligente para fortalecer su posición y ganarse el apoyo de los persas, pero no fue bien recibido por sus tropas y pronto empezaron las tensiones y protestas.
Aunque Alejandro intentó apaciguarles cancelando deudas y ofreciendo generosas bonificaciones, la situación se agravó cuando ordenó la liberación de los veteranos, provocando un motín que resultó en la ejecución de sus perpetradores.
Después se dirigió a sus tropas pronunciando un célebre discurso en Opis (antigua ciudad de Babilonia no lejos de la moderna Bagdad), recordando a los macedonios quiénes eran y de dónde venían:
“He de pronunciar este discurso no con el fin de anular vuestro deseo de partir hacia casa, porque en lo que a mí respecta, podéis partir hacia dondequiera que deseéis, sino porque quiero que sepáis qué clase de hombres erais en un principio y cómo habéis cambiado desde que pasasteis a nuestro servicio.
En primer lugar, como es natural, voy a comenzar mi discurso recordando a mi padre Filipo. Él os encontró errabundos y paupérrimos, la mayoría de vosotros os cubríais con pieles de animales por todo vestido, dependiendo para vuestro sustento de unas cuantas ovejas pastando en las laderas de las montañas, por la conservación de las cuales teníais que luchar con escasos triunfos contra “ilirios”, “tribalos” y los “tracios” de la frontera.
En lugar de las pieles, Filipo os dio “clámides” (capa corta y ligera para montar a caballo) para cubriros, y de las montañas os dirigió hacia las llanuras y os convirtió en hombres capaces de luchar contra los bárbaros del vecindario, de manera que ya no os veríais forzados a poneros a salvo confiando en el resguardo de inaccesibles baluartes más que en vuestro propio valor.
Os convirtió en “colonos” de numerosas ciudades, a las que proporcionó legislaciones y costumbres provechosas.
De ser esclavos y súbditos, os convirtió en señores de aquellos mismos bárbaros a manos de los cuales vosotros mismos fuisteis previamente susceptibles de ser hostigados y despojados de vuestras propiedades.
Añadió también la mayor parte de Tracia a Macedonia y, apoderándose de los lugares en posiciones idóneas en la costa marítima, atrajo la abundancia a estas tierras mediante el comercio e hizo del trabajo en las minas una ocupación a salvo de ataques
Os hizo gobernantes de los “tesalios”, a quienes anteriormente le teníais un miedo mortal, y al humillar a la nación de los “focenses” abrió una ruta amplia y cómoda hacia Grecia para vosotros, en lugar de la estrecha y complicada.
A los “atenienses” y “tebanos”, siempre agazapados a la espera de destruir a Macedonia, los humilló a tal grado que, en vez de pagar vosotros tributos a los primeros y ser vasallos de los últimos, son ambos Estados quienes procuran nuestro auxilio para su protección, y en esto presté yo mi ayuda personal en aquella campaña.
Él invadió el Peloponeso, y, después de poner sus asuntos en orden, fue declarado públicamente como “comandante en jefe” de toda Grecia para la expedición contra los persas, una gloria más no tanto para sí mismo como para toda la comunidad de los macedonios.
Tales fueron los beneficios que para vosotros obtuvo mi padre Filipo.
Son, en efecto, obras nobles y grandiosas por sí mismas, pero palidecen al compararlas con lo que habéis obtenido de mí.
Aunque de mi padre he heredado sólo unas cuantas copas de oro y plata, y ni siquiera había sesenta talentos en la tesorería, y me encontré debiendo quinientos talentos adeudados por Filipo, y me vi obligado a pedir prestados otros ochocientos talentos aparte de éstos, partí de un país que difícilmente podía manteneros decentemente a todos, y de inmediato os abrí el paso del Helesponto, aunque en aquel tiempo eran los “persas” los dueños del mar.
Venciendo a los sátrapas de Darío con mi caballería, anexé a vuestro Imperio toda Eolia, las dos Frigias y Lidia, y tomé por asalto la ciudad de Mileto.
Todas las demás naciones se alinearon conmigo por rendición voluntaria, y a vosotros os concedí el privilegio de apropiaros de los tesoros que acumulaban.
Las riquezas de Egipto y Cirene, que había adquirido sin una sola batalla, os las entregué a vosotros.
Celesiria (región del sur de Siria), Palestina y Mesopotamia son de vuestra propiedad.
Babilonia, Bactria y Susa son también vuestras.
El patrimonio de los “lidios”, los tesoros de los “persas” y las riquezas de los “indios” son vuestros, y así lo es igualmente el océano que los rodea.
Sois “sátrapas”, sois “generales”, sois “taxiarcas”.
¿Qué he reservado, entonces, para mí después de todos estos trabajos, aparte de este manto de púrpura y esta diadema?
No me he apropiado de nada para mí mismo, ni tampoco puede alguien señalar qué tesoros tengo, con excepción de vuestras posesiones o las cosas que custodio en vuestro nombre.
Mas, personalmente, no tengo motivo alguno para reservarlos para mí, pues me alimento con la misma comida que vosotros consumís y duermo la misma cantidad de horas que vosotros. No, no creo que mi comida sea tan buena como la de aquellos de vosotros que vivís lujosamente, y, además, a menudo me siento en la noche a velar por vosotros para que podáis dormir apaciblemente.
Alguno puede decir que, mientras vosotros soportasteis el trabajo duro y las penurias, he adquirido estas cosas para mí como vuestro líder sin haber compartido el trabajo duro y las penurias.
Pero ¿quién hay entre vosotros que presuma de que ha realizado por mí un esfuerzo mayor que yo por él? ¡Que se adelante! Quienquiera de vosotros que tenga heridas, que se descubra y las muestre, y yo mostraré las mías, porque no hay parte de mi cuerpo, la parte delantera en todo caso, que esté libre de heridas ni hay ningún tipo de arma utilizada, sea para el combate cuerpo a cuerpo o para lanzarla al enemigo, de cuyas huellas no lleve recuerdos en mi persona. Porque he sido herido con espada en combate hombre a hombre, me han acribillado a flechazos y he sido alcanzado por proyectiles lanzados desde las máquinas de guerra.
Y, aunque muchas veces he sido golpeado con piedras y trozos de madera por vuestra vida, vuestra gloria y vuestra riqueza, todavía os estoy guiando como conquistadores por toda la tierra y el mar, los ríos todos, y montañas y llanuras.
He celebrado vuestras bodas con la mía, y los hijos de varios de vosotros estarán emparentados con los míos.
He saldado, además, las deudas de todos los que las tenían sin indagar demasiado para qué fueron requeridas, a pesar de que vosotros recibís un salario tan alto, y os lleváis tanto botín cada vez que se consigue un botín después de un asedio.
La mayoría de vosotros tenéis coronas de oro, símbolos eternos de vuestro valor y los honores que habéis recibido de mí.
El que ha muerto ha tenido un final glorioso y ha sido homenajeado con un espléndido funeral. Estatuas de bronce de la mayoría de nuestros muertos se han levantado en sus tierras natales, y sus padres son tratados con honor; se les libera de todo servicio obligatorio y de pagar impuestos.
Pero, ya que todos queréis volver, ¡idos todos! Idos, y decid que abandonasteis al rey Alejandro, el conquistador de los persas, medos, bactrianos y sacas(tribus escitas o tribus de origen iranio); el hombre que ha subyugado a uxios, aracosios y drangianos, que ha adquirido el Imperio de los partos, corasmios e hircanios hasta el mar Caspio; que ha marchado por el Cáucaso, a través de las “Puertas Caspias”, ha cruzado los ríos Oxo y Tanais, y el Indo además, que nunca había sido cruzado por ninguna otra persona, excepto Dioniso; que también ha cruzado el Hidaspes, el Acesines y el Hidraotes, y que habría cruzado el Hífasis de no haber vosotros retrocedido con alarma, que ha penetrado en el Océano Índico por las bocas del Indo y ha marchado a través del desierto de Gedrosia, donde nadie nunca marchó con un ejército, que en su ruta adquirió la posesión de Carmania y la tierra de los oritas en adición a sus otras conquistas, que tiene una flota que bordeó la costa del mar que se extiende desde la India a Persia.
Informadles que, cuando regresasteis a Susa, lo abandonasteis y os largasteis, entregándolo a la protección de los extranjeros conquistados.
Tal vez, este relato vuestro será a la vez glorioso a los ojos de los hombres y piadoso a los ojos de los dioses. ¡Marchaos!”.
Tras pronunciar este célebre discurso y lograr calmar las tensiones entre sus hombres, tuvieron lugar dos hechos críticos en su vida.
El primero fue la destitución de Antípatro como regente en Macedonia dada su enorme rivalidad con Olimpia, la madre de Alejandro. Antípatro, en lugar de acudir personalmente a Babilonia, envió a su hijo Casandro, quien pronto se ganó el desprecio de Alejandro hasta el punto de ser golpeado por el rey por desobediencia.
El segundo acontecimiento, y quizás el más doloroso para Alejandro, fue la muerte de su amigo de la infancia Hefestión, quien sucumbió a una fiebre tras varios días de enfermedad.
La pérdida dejó a Alejandro profundamente atormentado, pero, a pesar de todo, no se detuvo en sus ambiciones.
Incluso en el dolor del luto planificó la expansión hacia Arabia y, posiblemente, una invasión a Cartago, lo que habría cambiado radicalmente el curso de la historia.
Hay quien dice también que Alejandro Magno financió la expedición del navegante griego Piteas de Massalia, quien habría bordeado las costas de Iberia, la Galia, Britania y habría llegado a lo que llamó la isla de Tule, probablemente Islandia.
Pero ningún plan de conquista que tuviera Alejandro en mente se pudo materializar, ya que en la primavera de 323 a. de C. comenzaron a surgir señales de que sus últimos días estaban cerca. Presagios como la caída de su diadema real tras un fuerte viento o la muerte de cuervos ante él anunciaban lo que se venía.
Durante una fiesta, el “basileus” sintió un dolor agudo en el estómago después de beber vino.
En cuestión de horas cayó enfermo y, pasados unos días, perdió todas sus fuerzas hasta el punto de que no podía moverse y apenas susurrar.
El rey fue llevado ante sus tropas por última vez, donde sólo pudo despedirse con la mirada.
Finalmente, el 11 de junio del 323 a. de C. Alejandro Magno murió en Babilonia a los treinta y dos años sin un sucesor, lo que llevó al absoluto caos y discordia entre sus generales.]
(Denis Ztoupas. Los sucesores de Alejandro Magno. Edit. La Esfera de los libros. Madrid 2025).
{El historiador Johann Gustav Droysen llamó a los generales de Alejandro que se disputaron el poder justo tras su muerte “diádocos” y a los hijos de ellos “epígonos”.
A esta época de los diádocos se la llamó “época helenística” desde Droysen, y frente a otros historiadores que la consideraban una época de decadencia de Grecia, él la revalorizó.
“Los pueblos de Asia, asombrados, reciben bajo el mando de los militares macedonios el empuje de la cultura griega.
La fundación de ciudades griegas es la señal visible del afán de extender una cultura de tipo uniforme.
Ciudades que llevan el nombre de Alejandro existen por más o menos tiempo en Egipto y en el Turquestán (Asia Central), en la India y a orillas del Tigris.
El griego se extiende como única lengua de cultura, sostenida por la administración, el comercio y la vida de las ciudades, mientras que sólo los pueblos atrasados, la gente pobre de las ciudades y algunos elementos tradicionalistas, conservan las antiguas lenguas y culturas.
Durante algunos decenios, y especialmente gracias a la protección de ciertos dinastas (reyes helenísticos), la ciencia griega alcanza su máxima altura, y si el desarrollo de las matemáticas es helénico en su totalidad, no cabe duda de que en el florecimiento contemporáneo de la astronomía tiene su influencia la tradición babilónica.
La cultura helenística es, pues, algo muy complejo que por una parte recoge piadosamente la herencia griega, la ordena y cataloga y por otra parte avanza considerablemente en la ciencia y en la técnica hasta alturas que no volverán alcanzar los antiguos, y finalmente crea nuevos tipos de poesía, doctos y sutiles, y un arte de rasgos colosales, al servicio de los príncipes”. (Historia de Grecia. Antonio Tovar y Martín Sánchez Ruipérez. Edit. Montaner y Simón, S.A. Barcelona 1872).
Alejandro Magno murió el 11 de junio del año 323 a. de C. en Babilonia, después de entregar el anillo de sello a un amigo, el general Pérdicas, a quien, al parecer, habría señalado que entregaba su imperio, al “más fuerte” entre sus generales.
Todos los comandantes con experiencia tuvieron entonces que hacerse la pregunta de quién debía suceder a Alejandro.
Pérdicas y otros oficiales querían esperar a ver si Roxana, la embarazada esposa de Alejandro, traía un hijo al mundo.
Pérdicas quería asegurar a éste el legado de su padre, que en realidad adquiría él mismo.
Pérdicas encontró apoyo a este proyecto en el ejército de caballería, donde la nobleza tenía el mayor peso.
Pero hubo resistencia entre la infantería de la “falange”.
La asamblea del ejército macedonio pidió coronar al hermanastro disminuido psíquico de Alejandro, Filipo Arrideo (Filipo III de Macedonia).
Poco después Roxana dio a luz a un hijo Alejandro Aego (Alejandro IV de Macedonia), que también fue proclamado “rey” bajo la presión de Pérdicas y los principales comandantes y con el consentimiento de Filipo Arrideo (Filipo III de Macedonia).
En nombre de Alejandro Aego (Alejandro IV de Macedonia) empezó Pérdicas a repartir de nuevo las “satrapías”.
Antípatro, que había ganado influencia sobre Pérdicas, mantuvo el puesto de general (estrategos) de Europa y por tanto controlaba Macedonia y Grecia.
Crátero, fue ignorado al principio, pero luego se le nombró “representante” de los dos reyes.
Ptolomeo recibió Egipto.
Eumenes se quedó con Capadocia y Licia.
Antígono recibió Panfilia y Pisidia.
Seleuco pasó a ser comandante de la caballería de élite, los “hetairoi”.
El imperio de Alejandro estaba todavía lejos de romperse, permaneciendo formalmente como una unidad.
Los jefes militares tuvieron que detener los primeros disturbios que estallaron tras la muerte de Alejandro en su antigua esfera de influencia: reprimieron una rebelión de soldados griegos en Bactria (región del Asia Central. Hoy ese territorio corresponde a varias naciones, el norte de Afganistán, el sur de Uzbekistán y Tayikistan), así como la rebelión de Atenas en Grecia.
La derrota de Atenas también dejó claro que la “era” de las “poleis” (ciudades-Estado) por fin había terminado. El futuro pertenecía a los “reinos de los diádocos” y a la “confederación de Estados griegos”.
Poco después del reparto de las “satrapías”, los antes laboriosamente reprimidos conflictos se hicieron cotidianos.
Pérdicas se enfrentó a una coalición formada por Antípatro, Crátero , Antígono y Ptolomeo, que no querían resignarse a su supremacía.
En particular Ptolomeo probablemente ya especuló sobre una escisión de su territorio respecto del Imperio en el año 321 a. de C., cuando Pérdicas atacó Egipto con el apoyo de Eumenes, donde fue derrotado en el paso del Nilo y luego asesinado por sus propios comandantes, incluido Seleuco.
En el “Pacto de Triparadiso” Seleuco recibió la “satrapía” de Babilonia de Antípatro, a quien se designó “tutor” del joven rey Alejandro IV (Alejandro Aego).
Antígono fue nombrado jefe militar en Asia y se le encomendó el asesinato de Eumenes por la derrota y muerte de Crátero.
Antípatro ignoró las normas de sucesión con su hijo Casandro en favor de su general Poliperconte.
Por esto Casandro se sumó a la alianza de Antígono, Ptolomeo y Lisímaco.
Las subsiguientes batallas, en cuyo desarrollo cooperaron los dos generales “monárquicos” Poliperconte y Eumenes, se prolongaron años.
La primera parte de estas muy variables batallas terminó en 316 a. de C. con la mayor parte de la familia real macedonia desaparecida.
Casandro conquistó Macedonia en el 310 a. de C. y también mató a Alejandro IV (Alejandro Aego).
Mientras tanto Poliperconte había aparecido en Grecia como un presunto libertador de las “poleis”, pero pronto perdió el poder. Murió en fecha desconocida, tras el tratado de paz entre Antígono y los demás “diádocos” del año 311 a. de C.
Ni siquiera Eumenes, uno de los últimos defensores de la unidad del Imperio, pudo mantenerse. Fue traicionado por sus soldados y enviado a Antígono, que ordenó su ejecución poco después.
El destino de Eumenes puso de relieve las nuevas condiciones: el prestigioso ejército macedonio se convirtió en “federaciones de mercenarios” que estaban unidos a sus respectivos comandantes sólo por un juramento.
Antígono se esforzó entonces abiertamente por la “autocracia” (especie de monarquía absoluta).
Aseguró su posición en Asia y atacó en el año 315 a. de C. a Seleuco, que huyó con Ptolomeo.
En el año 312 a. de C. Ptolomeo derrotó a Demetrio, hijo de Antígono, en la batalla de Gaza.
Seleuco volvió a Babilonia, donde aseguró en los años siguientes su centro de poder, y logró también el control de la zona oriental del Imperio.
Con la excepción de Egipto, las fronteras de las respectivas esferas de poder de los “diádocos” estuvieron en constante cambio y no se consolidaron hasta décadas más tarde.
El poder de la “dinastía antigónida” también creció tras la derrota de Gaza.
FORMACIÓN DE LOS REINOS DE LOS DIÁDOCOS
Demetrio, el hijo de Antígono, luchó por expulsar a los macedonios de Atenas, por la restauración de la “democracia ática”, para destruir la flota ptolemaica en Salamina y conseguir una posición fuerte y estable en Macedonia.
En el año 306 a. de C. tomó para sí y para su padre el título de “rey de Macedonia”, como clara reclamación de liderazgo al teóricamente todavía existente Imperio de Alejandro.
Al año siguiente, los demás “diádocos” también adoptaron sus propios títulos de “reyes”.
Así se inició un desarrollo que pronto se convertiría en una característica típica de la ideología de los gobernantes helenísticos: en diversas “poleis” se prestaba culto a los monarcas y algunos serían incluso considerados dioses más tarde.
Para aumentar su influencia, Demetrio renovó en nombre de su padre la “Liga de Corinto” (que había creado el padre de Alejandro Magno, Filipo II, después de la batalla de Queronea (338 a. de C.), en el año 302 a. de C. y asumió su liderazgo.
Así las cosas, enfrentó a los dos antigónidas (Antígono y su hijo Demetrio) una coalición compuesta por Casandro, Lisímaco y Seleuco, mientras Ptolomeo esperaba el desarrollo de los acontecimientos.
Llegaron de nuevo las luchas, que desembocaron en la “batalla de Ipsos” en el año 301 a. de C., en la que cayó Antígono.
Con él se enterró también, de hecho, la idea de la unidad del Imperio, porque ninguno de los demás gobernantes tenía el poder suficiente para reunificarlo.
Tras la “batalla de Ipsos” pareció que se había encontrado un “statu quo”, pero era una paz en perenne inestabilidad, que cesó en el año 288 a. de C.
Demetrio volvió a intentar conseguir un poder comparable al obtenido por su padre.
Pero Lisímaco y Pirro de Epiro penetraron en Macedonia, obligando a huir a Demetrio, y se repartieron el reino, convirtiéndose pronto Lisímaco en el único gobernante aceptado. Demetrio murió más tarde cautivo de los seléucidas.
Formado así el “Imperio de Lisímaco” (que también incluía una gran parte de Anatolia), emprendió la guerra contra Seleuco en el año 281 a. de C.
Aunque éste venció a Lisímaco en la “batalla de Corupedio”, poco después fue asesinado por Ptolomeo Cerauno, que aspiraba al trono macedonio.
Finalmente, Antígono II Gónatas, nieto de Antígono Monóftalmos, asumió el poder en Macedonia en el año 276 a. de C.
Ambos acontecimientos marcan el final de la época de los “díadocos”.
Como resultado de los combates se habían formado tres Estados sucesores, que subsistirían hasta la aparición de Roma en el siglo II a. de C.: la “dinastía ptolemaica” en Egipto, el “Imperio Seléucida” en Asia y la “dinastía Antigónida” en Grecia.
Aunque existen otros aspectos de esta época helenística interesantes, aquí sólo voy a recoger algunos de ellos.
1. La sociedad y su estructura
Los reinos diádocos estuvieron marcados por dos grandes contrastes: la separación en capas sociales y la división de nacionalidades.
La “nobleza” sólo desempeñaba un papel secundario.
En la burocracia los cargos se otorgaban según la capacidad y no por el origen.
En consecuencia, los cargos más elevados eran concedidos por el rey, y no era heredados.
Incluso los esclavos eran menos numerosos que en otras naciones antiguas.
El campo era trabajado en Egipto por los “fellahin”, que no eran jurídicamente esclavos.
Los matrimonios entre ciudadanos “libres” y “no libres” eran relativamente frecuentes.
Además de los “hieródulos” (eran hombres y mujeres dedicados como esclavos al culto de los dioses), hubo esclavos griegos principalmente en los hogares más ricos. Pero eran considerados un lujo y, por tanto, estaban sujetos a un impuesto especial.
Sin embargo, la esclavización de prisioneros de guerra ya ocurría antes de los diádocos. Éstos trabajaban principalmente en la minas y canteras reales.
El mayor problema social fue el contraste entre griegos y orientales.
Filón de Alejandría (ca. 20 a. de C. – 45 d. de C.) da testimonio de la existencia de una sociedad de dos clases: los egipcios eran castigados con el látigo, los griegos sólo aleccionados con la vara.
La proporción de los griegos sobre el total de la población suponía como mucho un 1%.
Ptolomeo, y Seleuco antes, lograron pronto una separación entre oficiales nativos y griegos. El primero renunció a los nativos por completo en la creación de su administración, permitiéndolos sólo en el nivel de responsabilidad política de las villas mayores.
En esta imagen de una sociedad segregada, era apropiado que los “matrimonios mixtos” estuviesen prohibidos y que cada grupo de población estuviese sujeto a su propia jurisdicción.
El contraste entre “inmigrantes” y “orientales” era pues mayor y más importante que entre “esclavos” y “libres”.
Los diádocos y sus sucesores querían reforzar el elemento griego en sus países y favorecían por tanto la “inmigración”.
Los griegos llegaron como “soldados” o “funcionarios” al servicio del rey y se asentaron en las ciudades griegas orientales, donde también como “ciudadanos privados” se les daba inmediatamente la “ciudadanía”, como comerciantes, agricultores o comerciantes asentados.
Los “inmigrantes establecidos” estaban exentos del servicio militar.
Además, los gálatas y judíos eran admitidos en el ejército, aceptando las ciudades también a fenicios y judíos.
Con los inmigrantes griegos nivelando pronto las diferencias, se creó una especie de “griego uniforme”, desechando las tradiciones locales y desarrollando un idioma griego.
Los macedonios siguieron siendo culturalmente independientes. La denominación “macedonio” fue pronto asimilada al concepto de Estado y más tarde se aplicaba incluso a los judíos.
En general, el deseo por pertenecer a la cultura griega era de los orientales.
Incluso los romanos se designaban antes de Seleuco por un supuesto parentesco con sus legendarios antepasados de Troya.
Por lo tanto, a pesar de la rígida separación de los grupos étnicos, en última instancia era más una mezcla de griegos y orientales.
En el valle del Nilo los griegos se “egiptizaron” y los egipcios se “helenizaron”.
El particularmente flexible Ptolomeo se mostró en contra de los “fellahin”, probablemente sobre todo a fin de evitar posibles disturbios.
En cualquier caso, la prosperidad de los agricultores de Egipto en la época de los diádocos creció tanto que un “fellahin” ganaba más que un trabajador griego de Delos.
La situación de la mujer también era relativamente buena en los reinos de los diádocos.
Ganaron el derecho a presentar pruebas en los tribunales en su propio nombre y a gestionar empresas independientemente.
Pudieron acceder incluso a todos los niveles de educación.
Las mujeres visitaban los gimnasios, ejercían de poetisas o de filósofas, y organizaban sus propias asociaciones.
En Delfos y Priene (ciudad de Jonia en la costa de Caria) oficiaban de “arcontes”.
Por otra parte, la mujer tenía una participación importante en el acceso a los derechos civiles de las ciudades extranjeras.
Las mujeres de la casa real como Arsinoe II, la hija de Ptolomeo, incluso participaban activamente en la política.
Sin embargo, las niñas recién nacidas seguían estando expuestas a muchos más peligros que los niños. A este destino estaban abocadas las hijas de esclavos, que generalmente se consideraban artículos de lujo.
2. Religión y culto
Los diádocos permitían a sus súbditos adorar a los dioses locales.
Sin embargo, mientras Seleuco permitió autonomía de sus lugares de culto, Ptolomeo intentó integrar los ricos santuarios de Egipto en su maquinaria administrativa.
Los ptolomeos se hicieron adorar en los templos y también nombraban a los sacerdotes.
Funcionarios griegos asumieron la supervisión de la economía de los templos, llegando a haber incluso sacerdotes griegos.
Los ingresos procedentes de los templos fueron gravados, y se restringió el derecho de asilo, pero el culto mantuvo en su mayor parte la forma anterior a la llegada del helenismo.
No sólo en Egipto gozaron los diádocos de honores divinos.
Alejandro Magno ya había ordenado en el año 324 a. de C. su propia “apoteosis” (divinización).
Los diádocos continuaron el culto a Alejandro, cuyo centro de culto era su tumba en Alejandría.
Además, alentaron las leyendas acerca de su propio origen divino.
Aunque en Macedonia no se prestaba culto al monarca, en los otros reinos pronto se practicó a gran escala.
Los hijos de los diádocos ordenaron la veneración de sus padres y de sí mismos, y construyeron para ello sus propios templos.
En cada región un sumo sacerdote supervisaba el culto real, celebrándose periódicamente festivales en honor de los gobernantes diádocos, que atraían a huéspedes de todas partes.
El judaísmo tuvo un sorprendente auge con los diádocos y sus sucesores.
El centro intelectual del “judaísmo helenístico” dejó de ser Jerusalén y pasó a Alejandría.
Hacia el final de la época de los diádocos comenzó a escribirse la “Septuaginta”, la versión griega del Antiguo Testamento.
En general, los judíos pasaron por un proceso de “helenización”, lo que también les granjeó el apoyo de Seleuco y los primeros seléucidas a una gran igualdad de derechos con los griegos.
Las nuevas religiones orientales de salvación adquirieron más importancia que nunca en los reinos diádocos.
Los “dioses olímpicos” de los griegos perdieron importancia.
La religión era un asunto privado, permaneciendo sólo “el culto al gobernante” como elemento de cohesión.
La innovación político-religiosa más importante aparte de esto probablemente fuese la introducción del culto de Serapis por Ptolomeo.
Serapis era una fusión de los dioses egipcios Osiris y Apis y del dios griego Zeus.
Además, cada vez se identificaban más dioses griegos y orientales,
por ejemplo, a la diosa de las cosechas Deméter con Isis, esposa de Osiris.
3. Ciencia y cultura
La época de los diádocos llevó a un avance de la ciencia y tecnología del período helenístico del que aún se beneficia la Edad Moderna.
Las expediciones de Alejandro Magno ya incluían topógrafos, cuyos registros fueron de gran importancia para la geografía.
Del “helenismo” surgieron algunas de las más importantes corrientes filosóficas (el estoicismo, el epicureísmo y el peripatetismo), pero en esta época productiva también se desarrollaron las matemáticas, el arte y la medicina.
El centro de la erudición griega fue desde la época de los diádocos Alejandría con su Museion y la famosa Biblioteca.
El Museion quedaba dentro del palacio de la ciudad y puede compararse con las mejores universidades de la actualidad.
Además de filosofía también se enseñaban ciencias naturales y medicina.
Los médicos de Alejandría, en particular Herófilo y Erasístrato, probablemente fueron los primeros en atreverse a estudiar exhaustivamente la anatomía humana y a realizar disecciones.
Aquí logró la matemática geográfica su pleno desarrollo realizándose contribuciones igualmente importantes a la filosofía y a la astronomía.
Eratóstenes también trabajó aquí. Se benefició, al igual que otros científicos, escritores y artistas de la época, de la libertad para elegir su lugar de trabajo.
Se desarrolló así un grupo internacional de investigadores.
La Biblioteca contó junto con el Museion con hasta 700.000 rollos.
Ptolomeo II, hijo y sucesor de Ptolomeo, había reunido los escritos de griegos, caldeos, egipcios, romanos y judíos.
Adquirió al principio de las “guerras de los diádocos” la biblioteca del fallecido filósofo Aristóteles y compró más libros, principalmente en Atenas y Rodas.
Calímaco escribió el primer catálogo de la Biblioteca y el primer director de la Biblioteca fue Zenódoto de Éfeso (gramático griego, crítico literario y estudioso de Homero).
La gran Biblioteca de Alejandría despertó la ambición de los gobernantes de Pérgamo por separarse de Imperio Seléucida.
La prohibición de exportar “papiro”, impuesta por Ptolomeo II, obligó a volver a utilizar el “pergamino”.
Si bien la capital ptolemaica destinada a ser centro cultural del mundo helenístico se amplió, no lo fueron menos otras ciudades. En especial, la Grecia continental volvió a ser apoyada por los diádocos mediante donaciones.
Para influir sobre los ciudadanos griegos, los diádocos apoyaron financieramente a las “poleis” a través de la construcción de edificios como el “Olimpeion” de Atenas (templo de Zeus Olímpico).
Este apoyo superficial de la vida cultural y financiera de las “poleis” supuso una gran pérdida de su poder político.
La política exterior, el ejército y los impuestos pasaron a ser competencia de los gobernantes diádocos, que a pesar de todo procuraron cuidadosamente que las ciudades recibieran un trato justo.
Así que en el “período helenístico” la cultura y la ciencia se desarrollaron de tal forma que lo hicieron el período más brillante de la Antigüedad.
El trabajo astronómico de Eudoxo de Cnidos (390 a. de C. -337 a. de C.) fue continuado en el siglo III a. de C. por Aristarco de Samos, quien propuso la “concepción heliocéntrica” del mundo y reconoció la rotación de la Tierra.
Eratóstenes calculó la extensión de la Tierra y creó el sistema de “meridianos”.
Incluso en la época de Alejandro Piteas navegó hasta el Mar del Norte
y descubrió Gran Bretaña.
Ptolomeo II envió emisarios a la India y mandó explorar el interior de África.
También se avanzó mucho en el campo de la tecnología, que en pocas décadas hicieron posibles las importantes invenciones de Arquímides y Herón de Alejandría.
En tiempo de los diádocos, Demetrio Poliorcetes ya construyó la máquina de sitio conocida como “helepolis”, con la que atacó Rodas.
También la literatura de esta época fue particularmente notable: entre otros escritores, están Calímaco, el más importante poeta alejandrino, y sus pupilos, entre ellos Apolonio de Rodas, famoso por sus “Argonáuticas”.
En el “período helenístico” también se desarrolló el laudatorio “Romance de Alejandro”, que gozó de gran popularidad hasta la época moderna.
En la Edad Media fue incluso el libro más común tras la Biblia, leyéndose desde Europa hasta el sudeste de Asia.
En general puede afirmarse que la literatura helenística se movió en el contexto de los géneros ya bien conocidos, pero desarrollándolos y refinándolos.
En el ámbito de la comedia fue especialmente importante Menandro.
El proceso de transformación en la literatura fue promovido por las escuelas públicas y las extensas bibliotecas propias del período helenístico.
Gracias a estas bibliotecas los científicos y escritores podían por primera vez apoyarse en una amplia base de material ya analizado y argumentar con ella.}
(Wikipedia)
Segovia, 29 de noviembre del 2025
Juan Barquilla Cadenas.