TÁCITO: VISIÓN DEL IMPERIO ROMANO
En Roma hubo tres formas de gobierno: monarquía (753 a. de C. – 509 a. de C.), república (509 a. de C. – 27 a. de C.), imperio (27 a. de C. – 476 d. de C.), o cinco si consideramos el reinado de Octavio Augusto como “el principado”, puesto que él se hacía llamar “prínceps”, que significa el primero de los ciudadanos, o se la considera el primer emperador. Y la otra forma de gobierno será “el dominado” a partir de Diocleciano (284 d. de C. -476 d. de C.), porque el emperador se hacía llamar “dominus” (señor), y que es un gobierno despótico y que pretende mantener alejado a los súbditos de la presencia del emperador.
La época del Imperio:
La primera etapa de la época imperial se llama “principado”.
“El principado”, representado por Octavio Augusto, se va a caracterizar por la acumulación de poderes tradicionales, que Augusto va a recibir por medio del Senado o de los Comicios (Asambleas).
Entre “estos poderes” destaca en primer lugar “la potestad tribunicia”, que le daba derecho a la “intercessio”, posibilidad de oponerse a las decisiones del Senado y de los Magistrados.
Le daba derecho a convocar y presidir el Senado y los Comicios (Asambleas).
También derecho a presentar proposiciones y proyectos de ley al Senado y a los Comicios.
Y derecho a arrestar a los ciudadanos.
Su persona era “sacrosanta”, inviolable: no se le podía tocar o asaltar, porque estaba prohibido por ley y también era un sacrilegio contra los dioses. Se incurría en la condición de “sacer”. (Las personas juzgadas “sacer” bajo la ley romana estaban más allá de las sentencias y protecciones de los juicios civiles, y sus vidas, familias y propiedades eran confiscadas para las divinidades).
Esta potestad fue perpetua, pero anualmente ratificada.
En segundo lugar, “el imperium proconsulare”, que comprendía poderes militares, civiles y judiciales, siendo por tanto “el prínceps” simultáneamente general, administrador y juez. Este poder duraba cinco años y se extendía a todo el imperio.
En tercer lugar, el “pontificado supremo”: “el prínceps” es el “pontifex maximus” y, por tanto, tiene la presidencia de la vida religiosa del Imperio. Interpreta el derecho religioso. Fija el calendario. Interviene en el nombramiento de los sacerdotes. Decide sobre los cambios religiosos. Tiene el control de la dirección moral.
Además de estos poderes fundamentales, el “prínceps” tenía otros poderes complementarios:
- Era el “prínceps senatus”: era el primero en tomar la palabra en el Senado.
- Tenía la dirección de la “annona”, es decir, el aprovisionamiento de trigo en la ciudad.
- Derecho a decidir sobre la guerra o la paz.
- Derecho a presentar candidatos a las magistraturas.
- Derecho a conceder el “ius civitatis” (el derecho de ciudadanía romana).
Todos estos poderes se van a traspasar a sus sucesores y después al resto de emperadores.
Estos poderes se van acentuar mucho más en la época del “dominado” a partir de Diocleciano (siglo III d. de C.), en que el emperador se va a convertir en un monarca.
Durante la época imperial se van a suceder distintas “dinastías”.
Aquí voy a señalar sólo aquellas a las que hacen referencia las obras, “Historiae” y “Annales” de Tácito.
1. La dinastía “Julio Claudia” (27 a. de C. – 68 d. de C.) formada por Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón.
2. La dinastía “Flavia” (68 d. de C. – 96 d. de C.) constituida por Galba, Otón, Vitelio, Vespasiano, Tito y Domiciano.
3. La dinastía de los “antoninos” (96 d. de C. -192 d. de C.) formada por Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio, Lucio Vero y Cómodo.
TACITO:
Es uno de los historiadores romanos más importantes.
Parece que había nacido en la Galia.
Su carrera política, él mismo cuenta en su obra “Historiae” que comenzó con Vespasiano y fue favorecida por Tito y Domiciano.
Fue cónsul “suffectus” (era un cónsul especial elegido en sustitución del “cónsul ordinario” que fallecía, renunciaba o se le destituía antes de acabar su mandato).
En el año 112 -113 d. de C., ya bajo el imperio de Trajano fue procónsul, es decir, gobernador de la provincia de Asia.
No se dedicó a la Historia hasta después del año 97 d. de C., cuando la muerte de Domiciano le permitió expresarse sin temor.
Sus obras más importantes son las “Historiae” (Historias), que narran el período que va desde el inicio del segundo consulado de Galba (año 69 d. de C.) hasta la muerte de Domiciano (el año 96 d. de C.). Abarcaban desde la muerte de Nerón hasta la muerte de Domiciano.
El término “Historiae” designa la obra historiográfica que relata acontecimientos de una época más o menos dilatada que acaba en los tiempos en que vive el propio autor. Desde los reinados justos y florecientes de Nerva y Trajano, tiempos “en que se permite pensar lo que quieras y decir lo que pienses” (Historiae 1,1), se anima Tácito a pasar revista a una época ominosa llena de infamia, la época de Nerón y Domiciano.
Probablemente constaban de 14 libros. Se han conservado cuatro libros y la mitad del quinto.
Tienen su origen en el consulado de Galba (1 de enero del año 69 d. de C.), durante cuyo año el Imperio pasa por las manos de tres emperadores, Galba, Otón y Vitelio, hasta que la victoria militar de Vespasiano estabiliza la situación con la inauguración de la “dinastía Flavia”. Lo conservado finaliza con las campañas de Tito contra Jerusalén.
Estos libros primeros parecen contener la base del pensamiento de toda la obra. Fija su atención en el intento de renovación de la libertad tras la muerte de Nerón, pero no se deja arrastrar por el optimismo, al juzgar la actitud de las legiones.
Vespasiano puso orden en ese año fatídico de los cuatro emperadores.
Tácito revela cómo, tras la propaganda Flavia, que justificaba su asalto al poder bajo el título de amor a la patria, se oculta, en realidad, una enorme ansia de poder.
El autor es muy consciente de que el centro de gravedad del poder romano se ha desplazado ya fuera de la “Urbe” (Roma) y que “podía hacerse un príncipe (emperador) en cualquier lugar distinto de Roma” (Historiae 1, 4.2). Todo ello gracias a que las legiones eran más propicias a servir a sus jefes, si ellos les daban posibilidad de obtener beneficios, que a asumir desinteresadamente las tareas de la defensa del Estado.
La otra obra importante, los “Annales”, recogen la historia inmediata anterior a las “Historiae”, desde la muerte de Augusto a la de Nerón.
El título de “Annales” procede de los primeros historiadores que escribían en griego y que se llamaban “analistas”, porque contaban los sucesos acaecidos año por año. Algo parecido a lo que hacen los periódicos actuales, que, al acabar el año, publican un “anuario” con las noticias más importantes.
Tácito muestra en todas sus obras una gran pasión por la información exacta y comprobada.
Utiliza las fuentes de información con gran imparcialidad, con gran sinceridad y sin ánimo de engañar. Dice que hay que escribir la Historia “sine ira et studio” (sin odio y sin parcialidad).
En el prefacio a sus “Historias” advierte al lector que hallará en ellas “junto a relatos atroces, ejemplos de virtud dignos de las antiguas edades”.
El objetivo de la Historia para Tácito es de carácter moral. Se trata de salvar del olvido las virtudes y de estigmatizar los vicios.
“Es un escritor de “primeros planos”; son magistrales sus “retratos psicológicos” y su descripción de “escenas dramáticas”: el rigor intempestivo de Galba, la crueldad y fastuosidad de Otón, la glotonería e intemperancia de Vitelio, el carácter sombrío y resentido de Tiberio, los escándalos de Mesalina, la ambición de Agripina, la depravación criminal de Nerón, la llegada a Roma de las cenizas de Germánico, el proceso de Cremudo Cordo, la patética descripción de la muerte de Séneca”. (A. Holgado -C. Morcillo. Latín COU. Edit. Santillana).
Aquí presento un texto traducido de la obra “Historiae” de Tácito:
En él muestra la visión del Imperio que tenía de acuerdo con la situación casi contemporánea de los hechos acaecidos.
“Pongo mano a una historia pródiga (abundante) en desgracias, llena de atroces batallas, plagada (llena) de discordia a causa de las sediciones (levantamientos contra la autoridad), temible incluso en la misma paz. Cuatro príncipes (emperadores) perecieron por la espada, hubo tres guerras civiles, todavía más en el exterior, y la mayoría fueron mezcla de lo uno y de lo otro. Prosperidad en el Oriente, adversidades en Occidente: perturbaciones en el Ilírico (provincia romana en los Balcanes), inseguridad en las Galias, Britania sometida y luego abandonada. Se levantaron contra nosotros los pueblos sármatas (pueblo iranio) y suevos, y los dacios (rumanos) resultaron enaltecidos por los desastres que mutuamente nos causamos. Incluso casi se pusieron en movimiento las armas de los partos por el escándalo del falso Nerón. Luego, Italia se vio afligida por calamidades nuevas o repetidas al cabo de largos siglos: ciudades quemadas o sepultadas, precisamente lo más fecundo de la costa de Campania, la Urbe (Roma) devastada por incendios en los que se consumieron los más antiguos santuarios, y el propio Capitolio ardió por mano de ciudadanos. Se profanaron los ritos sagrados, se vieron escandalosos adulterios. El mar se llenó de exiliados, y las peñas se mancharon con la sangre de los asesinatos. La saña fue más atroz en Roma: nobleza, riquezas, cargos declinados y desempeñados daba lugar a acusaciones, y las virtudes eran la causa más segura de la perdición. Y no resultaron menos odiosas las recompensas de los delatores que sus crímenes; porque habiendo logrado los unos sacerdocios y consulados como si de despojos se tratara, cargos de procuradores y poder en los círculos reservados los otros, todo lo arrastraban y subvertían en medio del odio y del terror. Los esclavos fueron corrompidos en contra de sus señores, los libertos en contra de sus patronos, y aquellos a quienes faltaba un enemigo fueron aplastados por sus amigos.
Pese a todo, no fue una época estéril en virtudes que no brindara también buenos ejemplos: madres que acompañaron a sus hijos huidos, esposas que siguieron a sus maridos al exilio, parientes valerosos, yernos leales, esclavos de una fidelidad tal que resistió incluso a las torturas, hombres ilustres puestos en el trance supremo, trances que sobrellevaron con valentía, y muertes comparables a las tan alabadas de los antiguos.
Aparte de las múltiples calamidades en los asuntos humanos, hubo en el cielo y en la tierra prodigios y rayos cargados de advertencias y presagios de las cosas futuras, favorables y siniestros, ambiguos e inequívocos. Y es que nunca quedó probado, por más atroces desgracias del pueblo romano ni por más tajantes testimonios, que los dioses no se cuidan de nuestra seguridad, y sí de nuestro castigo”. (Historiae I, 2-3. Trad. De Moralejo Álvarez, J. L. “Antología de la Literatura latina”. Edit. Gredos).
Aquí el historiador romano Tácito nos habla de la situación del Imperio romano desde la muerte de Nerón (68 d. de C.) hasta la muerte de Domiciano (96 d. de C.).
Su valoración del régimen imperial es totalmente negativa: nos habla de la existencia de guerras no sólo con el enemigo exterior, sino también de guerras civiles (las luchas de Galba, Otón y Vitelio).
Se da cuenta de la importancia de las legiones para elegir al emperador, de manera que ya no se elige el emperador en Roma, sino que es elegido por aquellas legiones a las que se promete una mayor paga.
El cambio de sistema de valores, que ya se había producido al final de la República, se ve acentuado ahora, y nos habla de la corrupción, de la compra de cargos, de los delatores a cambio de dinero, de la corrupción de los esclavos en contra de sus patronos.
Hay sublevaciones y levantamientos de pueblos como los sármatas y suevos y el fortalecimiento de otros pueblos, como los dacios (rumanos) al ver que los romanos se enfrentaban entre ellos.
También habla de calamidades, como ciudades quemadas (el incendio de Roma durante el gobierno de Nerón) o ciudades sepultadas como Pompeya por la erupción del Vesubio.
Se profanaron los ritos sagrados y se vieron escandalosos adulterios.
El mar se llenó de exiliados y las peñas se mancharon de sangre de los asesinatos.
No obstante, también habla de ejemplos de virtud: madres que acompañaban a sus hijos huidos, esposas que siguieron a sus maridos al exilio, parientes valerosos, yernos leales, esclavos fieles a sus amos, hombres que afrontaron la muerte con valentía.
También habla de que hubo prodigios y presagios de las cosas futuras, favorables y siniestros, ambiguos e inequívocos.
Y en todo esto, quizás ya se vea el por qué de la decadencia del Imperio romano, aunque todavía tenga muchos años de existencia. El Imperio romano de Occidente hasta el 476 d. de C. y el de Oriente hasta 1453 d. de C.
Pues con un sistema de valores de tal naturaleza en las propias Instituciones del Estado, donde el poder absoluto del emperador no tiene instituciones como el Senado y las Asambleas (Comitia) que puedan poner veto o controlar sus decisiones y, además, siendo ese poder absoluto corrupto en la mayoría de los casos, no era fácil mantenerlo por mucho tiempo a no ser por la fuerza de las armas y por medio del dinero.
Segovia, 10 de enero de 2026
Juan Barquilla Cadenas.