CLEOPATRA: REINA DE EGIPTO
Cleopatra es una figura muy conocida debido a la literatura y el cine. Así la obra de William Shakespeare “Antonio y Cleopatra”, o en el cine de Hollywood en películas como “Cleopatra” (1963) y “Julio César” (1953) de Joseph Mankiewicz, incluso en óperas, como “Julio César en Egipto” (1724) de Händel.
Pero Cleopatra es un personaje histórico que tiene una gran importancia, especialmente por su relación con el mundo romano.
Fue una reina de Egipto que supo seducir a grandes personajes históricos romanos, Julio César y Marco Antonio, y fue vencida por otro personaje histórico muy importante, Octavio Augusto.
Con Julio César llegó a tener un hijo (al parecer), al que en Alejandría llamaban “Cesarión” (el pequeño César), aunque su nombre era Ptolomeo XV.
Después del asesinato de César en los “idus de marzo” del año 44 a. de C., Marco Antonio va a entrar en relación con ella y va a tener de ella tres hijos: Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo.
Si bien César la va ayudar a conseguir el trono de Egipto, Marco Antonio va a recibir una gran ayuda de ella, tanto económica como militar, sobre todo en la lucha de Marco Antonio contra los partos.
Octavio Augusto, en un principio aliado de Marco Antonio en la guerra contra los asesinos de su padre adoptivo Julio César, después enemigo suyo al final del
“segundo triunvirato”, va a derrotarlo en la batalla de Accio en el año 31 a. de C., y después va a acabar con Marco Antonio y Cleopatra, aunque ambos mueren suicidándose, primero Marco Antonio y después Cleopatra.
Después de esto, Egipto se convertirá en una “provincia romana” y en Roma empezará una nueva forma de gobierno que sustituirá a la “república romana”, el “principado”, en el que Octavio Augusto se hace llamar “prínceps” (el primero de los ciudadanos”, manteniendo la apariencia de las “Instituciones de la “república”, pero, en realidad, poseyendo él todo el poder. Esto dará lugar a la forma de gobierno llamada “Imperio”.
Se han creado muchas leyendas o mitos que desvirtúan la fama y la inteligencia real de Cleopatra y de Marco Antonio para valorar más la figura de Octavio Augusto.
Se ha querido dar la imagen de Cleopatra como una mujer seductora, astuta, sexualizada, hechicera, y se ha querido dar la imagen de Marco Antonio como un hombre que se dejaba llevar por sus vicios, apasionado y borracho.
Cuando, en realidad, Cleopatra gobernó en Egipto en un momento de dificultades económicas, tenía una gran formación y hablaba varias lenguas.
[En todo caso, estamos de acuerdo con lo que afirma la profesora Nora Catelli:
“Casi cada época ha diseñado su propia imagen de Cleopatra, resultado de diferentes interpretaciones de las noticias procedentes de los autores clásicos […] Pero la actuación de Cleopatra no difirió mucho de la de los gobernantes de su época”. (Catelli, N.: “Cleopatra: reina de reyes”, en Historia National Geographic, nº 4).
Y también constituye un hecho incuestionable que Roma ambicionaba y necesitaba el dominio de Egipto tanto por su posición geoestratégica como por su rica producción agrícola.
Cleopatra VII, de quien se ha dicho que fue junto con Aníbal, la única enemiga que Roma temió verdaderamente, murió a los treinta y nueve años de edad.
A los dieciocho años tuvo que contraer nupcias con su hermano de diez años, Ptolomeo XIII y, tras seducir a Julio César, más de treinta años mayor que ella, eliminó a su marido a la vez que daba a luz al hijo del dictador (César).
Luego navegó como pudo entre las dos facciones enfrentadas en Filipos y tuvo tres vástagos con el nuevo amo romano de Oriente, un Marco Antonio que llevaba quince años cuando ella contaba veintiocho y a quien ligó su destino político durante dos lustros hasta el desastre final.
Catelli prosigue su semblanza constatando que la existencia de la última reina de Egipto transcurrió como la de todos los “Láguidas” (Ptolomeos) a partir del siglo II a. de C., cuando la dinastía decidió adoptar el matrimonio entre hermanos como estrategia para asegurar la línea sucesoria, presidida por la inquietud ante las luchas intestinas de las distintas facciones palaciegas que se aglutinaban en torno a cada uno de los familiares que tenían la posibilidad de acceso al trono. En suma, una vida llena de intrigas y crímenes en el seno de la familia real.
Su educación fue de carácter enciclopédico, como era común en el seno de la familia real. De ese modo había memorizado a los grandes vates helenos y conocía tanto las tragedias como la obra de los historiadores griegos.
También había asimilado las artes de la retórica y estudiado, además, matemáticas, astronomía y medicina.
Sobresalía asimismo en diversas habilidades: su griego era refinado y su capacidad políglota le permitió convertirse en la primera de su linaje que, además del latín, dominaba la lengua egipcia y podía entenderse con todos sus súbditos en su idioma nativo….
Juan Luis Posadas afirma que la reina (Cleopatra) estuvo dos veces en Roma entre el otoño del año 46 a. de C. y la primavera del año 44 a. de C.
En la primera visita, que apenas duró tres meses, se afirmó el acuerdo por el cual Cleopatra fue declarada aliada y amiga del pueblo romano, obteniendo además el consentimiento para llamar “César” al hijo de ambos – aunque sin ser reconocido como tal más que en privado – Tras la vuelta del dictador (Julio César) de Hispania se produjo la segunda visita, desde el otoño del 45 a. de C. hasta probablemente mediados de abril del 44 a. de C.
Su presencia fue aprovechada por los enemigos de César para acusarle de faltar al respeto a instituciones romanas tan reconocidas como el matrimonio, pues alojaba a su amante en una finca de su propiedad – los horti Caesaris – mientras convivía con su esposa romana Calpurnia.
La manipulación de la figura de Cleopatra en detrimento de su aliado político será una constante en la vida política romana, primero para utilizarla como arma de desprestigio contra César y luego contra Marco Antonio, y ello a pesar de que la participación en política de las mujeres no era, en absoluto, mal visto en el mundo romano.
No obstante, su condición de extranjera y su supuesta asociación con “cultos mistéricos” como el de Isis facilitaron la progresiva construcción de la imagen de “mujer fatal” que tanto explotaría Octavio (Augusto) para enmascarar su conflicto civil con Marco Antonio.]
(José Orihuela Guerrero. Marco Antonio. Un hombre entre dos mundos. Edit. Almuzara S.l. 2025).
[Respecto a Marco Antonio, éste fue un gran estratega militar, además en Atenas entrará en contacto con la filosofía y estudiará oratoria en las más importantes academias y, llevado por el deseo de completar la formación necesaria para cimentar su carrera política, se ejercita también en las palestras, dotándose de los conocimientos necesarios para conducir hombres en el campo de batalla con la misma maestría como estaba aprendiendo a hacerlo en el ruedo político.
…mientras se prepara en Grecia en el arte militar y discursivo, mueve los hilos necesarios para que el procónsul de Siria, Aulo Gabinio, le invite a formar parte de su Estado Mayor…
En calidad de lugarteniente de Gabinio obtiene el mando de la caballería, el arma sobre la cual cimentará su brillante ascenso en la carrera militar y que mayor cuadra, sin duda, con su carácter decidido e intuitivo. Será al mando de la caballería como Antonio contribuirá a sofocar una rebelión en la siempre inquieta Judea, lo que le valió la obtención de la primera de sus numerosas condecoraciones…
Fue tal el valor y la decisión mostrada por el joven jefe militar que muchos comenzaron a compararle con el gran Alejandro, debido a su modo de conducirse en el combate y a su costumbre de encabezar las cargas en las que participaba…
Esa experiencia que adquiere Marco Antonio bajo el mando de Gabinio le será de extraordinaria utilidad cuando, tras la victoria de Filipos, le toque organizar el Oriente en manos de Roma y articular el boceto de su proyecto de conquista universal…
Cuando entra en contacto con Cleopatra en Tarso, Marco Antonio ha recorrido ya todo el Asia Menor y ha terminado de exprimir las arcas ya exhaustas de unos territorios que acababan de ser esquilmados por las anteriores levas republicanas.
Y ahora en Tarso le toca entrevistarse con la reina de Egipto, es decir, le toca establecer las bases de la relación con el gran peón romano en Oriente, con un reino que sólo es independiente nominalmente y que juega para Marco Antonio el mismo doble papel para el que César lo utilizó: por un lado, es el granero de Roma – y por ende también de los territorios que el “triunviro” tiene asignados en Oriente – y por otra parte, constituye el cuartel general de apoyo logístico y financiero desde el cual lanzar la jugada clave de todo su proyecto político, a saber, la campaña de Partia.]
(José Orihuela Guerrero. Marco Antonio. Un hombre entre dos mundos. Edit. Almuzara S.L., 2025).
Pero la Historia la cuentan los vencedores, en este caso Octavio Augusto, y por eso aparecen sesgadas las figuras de Marco Antonio y Cleopatra.
Aunque todo el libro “Cleopatra” de Alejandra Izquierdo ofrece una información muy interesante de todo lo relacionado con Egipto y la figura de Cleopatra, aquí voy a exponer algunas de las cosas que ha escrito Alejandra Izquierdo en su muy bien documentado libro “Cleopatra. La mujer tras el mito de la última reina de Egipto”. Rocaeditorial, 2025, que me han parecido más interesantes para conocer el personaje de Cleopatra y el contexto en que vivió, sobre todo en lo referente a su relación con Roma.
[Cleopatra VII es uno de los personajes que más fascinación han causado a lo largo de la Historia.
Fue educada en Alejandría probablemente por algunos de los mejores eruditos de la época.
Al igual que recibió una buena educación – la mejor del momento – también debió de aprender de su padre Ptolomeo XII, las cualidades de un rey.
Al igual que haría ella años después, su padre estableció una serie de alianzas con Roma, por lo que el desarrollo de la política internacional de Cleopatra no se puede comprender sin entender previamente la de su progenitor.
Para los romanos, la historia de Cleopatra no sería sino un añadido en la historia de tres hombres: Julio César, Marco Antonio y Octaviano.
Dentro de las fuentes antiguas, Plutarco habla de la reina Cleopatra al escribir las “Vidas paralelas” de Julio César y Marco Antonio.
Este autor es quizás el que nos da una visión menos sesgada de Cleopatra, pero no por ello debemos confiar en todo lo que nos cuenta, ya que no la conoció en persona y vivió algo más de cien años después de su muerte.
Suetonio nos habla de la egipcia dentro de “Vida de los doce césares”, que es una obra biográfica donde el autor aborda la historia de Julio César y Octavio Augusto, y, por ese motivo, en ocasiones se menciona a Cleopatra.
Él también vivió un siglo después de la muerte de la egipcia.
Dion Casio escribe una “Historia de Roma” desde sus inicios, por lo que proporciona todo tipo de detalles desde el punto de vista de la capital imperial.
Él vivió más de dos siglos después de Cleopatra.
Este autor es quizás el que posee una visión más sesgada por su afán propagandístico a favor de Octaviano, primer emperador de Roma.
Por ese motivo, aunque nos da mucha información, no podemos confiar en él plenamente.
Otros autores, como Flavio Josefo, Orosio o Plinio el Viejo, nos dan datos muy interesantes sobre ella, sin embargo, no son los que nos ofrecen una versión más completa sobre su vida.
Para ello, debemos recurrir sobre todo a los ya mencionados Plutarco y Dion Casio.
El problema de todas las fuentes que conservamos es que apoyan a Octaviano frente a Cleopatra.
La propaganda de la época consiguió llevar al terreno de lo moral la lucha entre los dos “triunviros”, Marco Antonio y Octaviano, y desviar el odio hacia la reina egipcia, la cual era extranjera y peligrosa.
Este tema va a ser recurrente en todos los escritos, donde se alude constantemente a que es una mujer extranjera que gracias a su inteligencia y poder de seducción sometió a dos hombres muy respetables en Roma, como fueron Julio César y Marco Antonio.
Las mujeres egipcias contaban con una libertad que estaba fuera del alcance de las romanas.
Ahora bien, cuando hablamos de cómo las egipcias, a lo largo de la historia, gozaron de una notable independencia, debemos entenderlo siempre dentro del contexto de la Antigüedad.
En el mundo antiguo, la situación de la mujer no fue especialmente buena, pero en Egipto las mujeres sí que poseían ciertos derechos y, además, en su gobierno, hubo muchas mujeres que ejercieron el poder de forma directa, bien como regentes o bien en solitario.
Por otro lado, las reinas del antiguo Egipto poseyeron una gran presencia dentro del gobierno.
Esta presencia se ve acentuada sobre todo en “época ptolemaica” (ca. 395 -30 a. de C.).
Nuestra Cleopatra fue la séptima con este nombre dentro de la dinastía ptolemaica, que conocemos también como dinastía XXXII O “dinastía láguida”.
Además, Cleopatra VII fue la última en gobernar Egipto.
Los Ptolomeos se instauran en el país del Nilo con la llegada de Ptolomeo I, general de Alejandro Magno, que se queda con esta parte del mundo para gobernar.
Entre los antepasados de Cleopatra VII hubo grandes mujeres que ejercieron el poder.
Antes de ella hubo intrigas, luchas por el poder y astutas estrategias políticas en las cuales también participaron las reinas.
En esos casi trescientos años que dura su dinastía se realizaron grandes proyectos, como el de la Biblioteca de Alejandría, pero también se produjo la caída definitiva de la monarquía egipcia.
No nos debe extrañar la aceptación de los Ptolomeos dentro de Egipto ya que antes que ellos hubo reyes extranjeros gobernando.
Sin embargo, pese a que se establecen en Alejandría, esta dinastía se va a integrar en cierta medida en la sociedad egipcia, sobre todo con el clero de Ptah de Menfis.
Estos monarcas de origen macedonio (los Ptolomeos) van a poseer una identidad doble, por un lado, van a continuar su relación con el mundo griego y se van a vincular fuertemente con Alejandro Magno y, por otro lado, van a buscar esta integración con los egipcios para gobernar, como observamos en los templos egipcios construidos bajo su mandato o en la vinculación con los sacerdotes menfitas.
Los Ptolomeos van a tener que hacer frente a Roma.
Desde el siglo III a. de C., Roma está expandiéndose y se está estableciendo poco a poco como una gran potencia dentro del Mediterráneo.
A la llegada al gobierno de Cleopatra VII, el poder de Roma es formidable: posee toda la península Itálica, regiones en el norte de África, gran parte de la península Ibérica, la Galia, regiones en Anatolia y Siria, Chipre, Grecia, Macedonia y provincias en el Adriático.
A todo esto, se le sumaban los “reinos clientelares” con los que Roma tenía una especial relación diplomática y política.
Ptolomeo XII, el padre de Cleopatra VII, había establecido una estrecha relación con ellos y por ese motivo fue declarado “amigo y aliado de Roma”.
Ésta es también la causa de que posteriormente ella creara estas alianzas con Julio César y Marco Antonio, porque era lo que había aprendido de su padre y también la herencia que le había dejado.
No debemos achacar a Cleopatra la pérdida de la autonomía egipcia, ya que era un destino inevitable en aquel momento.
La política egipcia no había sido precisamente ejemplar décadas antes de ella debido a los problemas internos de la dinastía.
Además, su padre le dejó grandes problemas económicos a los que se sumaron malas cosechas y hambrunas bajo su mandato.
Al mismo tiempo, ella, al igual que su padre, contribuyó económicamente a las campañas romanas, como por ejemplo “la guerra contra los partos” de Marco Antonio.
Muchas reinas de Egipto fueron sacerdotisas, lo cual no nos debe extrañar, ya que en el antiguo Egipto las mujeres también ejercían cargos sacerdotales dentro de los templos y, además, el rey era “el sumo sacerdote” de Egipto.
Ellas poseían en sí mismas una función religiosa, ya que se identificaban con la diosa Hathor, por lo que garantizaban de esta forma el rejuvenecimiento del rey como Horus.
Por tanto, en Egipto “lo femenino” es una parte esencial de la monarquía, tanto política como religiosamente.
Y, dentro de su cosmovisión, “lo femenino”, en este caso a través de las reinas, era una parte esencial de su universo.
Dentro de la corte egipcia era habitual que el rey tuviese más de una esposa real en ciertos períodos históricos, no en todos.
Cuando el rey poseía más de una esposa, la más importante era la “gran esposa real”, que era la que aparecía representada con el monarca en las escenas de los templos.
No obstante, aunque el rey pudiese practicar la “poliginia”, lo cierto es que la mayor parte de la población egipcia era “monógama” y los matrimonios eran de un hombre con una mujer.
Algunas reinas también gobernaron en solitario, aunque la mayoría lo hicieron como “regentes”.
Sabemos que ellas también ocuparon el trono porque en sus denominaciones encontramos los cinco nombres sagrados que adquirían los reyes en el momento de la coronación.
Los reyes tenían cinco nombres sagrados que eran una emanación de su esencia divina, los cuales mostraban su relación con los dioses.
Estos no eran simplemente nombres o epítetos, sino que eran una muestra de su poder como reyes y de su carácter divino.
En primer lugar, tenían lo que conocemos como el nombre de “Horus”, que ponía de manifiesto que el rey era este dios en la tierra.
En segundo lugar, tenían el nombre de las “Dos Señoras”, que muestra a los reyes como gobernantes del Alto y del Bajo Egipto.
En tercer lugar, el nombre de “Horus de Oro”, el cual muestra la vinculación del rey con lo solar y, probablemente, pone de manifiesto su inmortalidad.
En penúltimo lugar, tenían el nombre del trono, también conocido como el nombre del “Señor de las Dos Tierras”, que era una extensión del segundo nombre y que representaba la capacidad de generar vida, en concreto, la fertilidad de la tierra.
Por último, el nombre de nacimiento, que se escribía en un cartucho; este nombre también era conocido como el nombre de “Hijo de Ra”, por lo que a través del cual se establece que el rey es hijo del dios.
Estos nombres podían ir acompañados de “epítetos”, que iban ligados a los nombres y que definían todas las características del rey. Estos “epítetos” no aparecen vinculados únicamente a los nombres de los reyes, también las divinidades tenían estos “epítetos”, que nos dan mucha información sobre las características que se les atribuían…
En el “Tercer Período Intermedio” el poder se divide de nuevo entre el Sur y el Norte.
En este período se van a suceder diferentes dinastías, pero quizás la más importante sea la dinastía XXV, también conocida como “kushita” por su origen nubio.
Este período concluye tras la conquista de Egipto por los “asirios” entre 671 y el 663 a. de C., momento en que da comienzo la “Baja Época” (ca. 664 – 332 a. de C.).
El motivo por el cual los “asirios” vencen a los “kushitas” se debe a la alianza entre los reyes asirios y los reyes egipcios, como por ejemplo Nekau I y su hijo Psamético I.
Sin embargo, pese a que Psamético I se aprovecha del poder de Asiria, finalmente se independiza de ésta, iniciando así “la dinastía saíta”.
Posteriormente, durante este período, los persas invaden Egipto en el 525 a. de C. y van a gobernar por medio de un “sátrapa”.
El control de Egipto por parte de los persas va a ser ciertamente inestable hasta la conquista de Egipto por parte de Alejandro Magno.
La “Baja Época” concluye con la llegada de Alejandro Magno a Egipto (332 a. de C.)
Alejandro se corona rey en Menfis y establece una buena relación con el clero menfita, una política que van a mantener los Ptolomeos.
Sin embargo, Alejandro muere en Babilonia en el 323 a. de C. y el general Ptolomeo se queda en Egipto.
Finalmente, Ptolomeo I Soter se hace con el control total de Egipto en el 305 a. de C.
Así se inicia la “dinastía ptolemaica”, que gobernará hasta la muerte de Cleopatra VII (30 a. de C.).
Las reinas ptolemaicas mantuvieron la tradición egipcia asociada a la mujer dentro del gobierno, si bien con esta dinastía se genera una genealogía de mujeres cuyo poder va aumentando a medida que avanza este período histórico.
Las reinas ptolemaicas fueron tan poderosas como los reyes y se consideraron la encarnación de divinidades femeninas griegas y egipcias, como -entre otras – Afrodita e Isis.
Los griegos compararon a Afrodita con Isis, por lo que para ellos eran equiparables.
Algunas de ellas añadieron el título de “Horus femenina” (jeret) a sus títulos reales.
La deuda con Roma y sus relaciones internacionales
Ptolomeo XII, el padre de Cleopatra VII, era hijo de una mujer desconocida y de Ptolomeo IX, el cual falleció en el año 81 a. de C.
El padre de Cleopatra era el único heredero, ya que Ptolomeo XI había muerto en un linchamiento por asesinar a Berenice III.
Se ha planteado que Ptolomeo XII era hijo de Ptolomeo IX y una concubina; de hecho, su apodo era el “Bastardo”, e incluso se burlaban llamándole “Auletes” (el que toca la flauta), ya que decían que prefería tocar este instrumento que gobernar Egipto.
En época ptolemaica, los sacerdotes de Menfis van a tener una fuerte y estrecha relación con los monarcas de Alejandría; por este motivo van a ser los encargados de coronar al rey de Egipto en un rito tradicional.
Ptolomeo XII fue coronado en Menfis en el año 76 a. de C. al estilo egipcio por el sumo sacerdote de Ptah (dios egipcio), Psenptah III, que entonces tenía sólo catorce años.
Al inicio de su gobierno, Egipto pierde Chipre porque el hermano de Ptolomeo XII, Ptolomeo de Chipre, independiza la isla de Egipto y se declara allí monarca.
Sin embargo, su reinado no dura mucho, ya que se suicida en el año 58 a. de C. tras la presión de Roma por anexionarse Chipre.
Roma va a poseer Chipre hasta el año 48 a. de C., que es cuando César se lo devuelve a Egipto.
Ptolomeo XII no sólo tuvo una buena relación diplomática con Roma, sino que se dedicó a sobornar a los romanos para garantizar la independencia de Egipto.
De hecho, en el año 59 a. de C., Ptolomeo XII soborna a Julio César y a Pompeyo con seis mil talentos aproximadamente para conseguir que el “Primer triunvirato”, compuesto por César, Pompeyo y Craso, apoyase su reinado.
Se ha estimado que este soborno supuso un gran gasto para la economía egipcia, ya que posiblemente suponía la mitad de los ingresos de Egipto de medio año o incluso de un año.
En cualquier caso, este pago a César y Pompeyo tuvo un gran impacto en la economía egipcia.
El motivo por el que a él le interesaba recibir el apoyo de Roma se debía a que parece ser que en un testamento su padre, Ptolomeo IX, había dejado Egipto a Roma.
Sin embargo, probablemente gracias a los sobornos, pero sobre todo a la ayuda que había prestado en Siria al ejército romano, se convierte en amigo y aliado de la República romana en el año 59 a. de C.
Con este gesto, el Senado le reconoce como rey de Egipto.
Suetonio, lejos de mostrarnos una imagen idílica de Julio César, nos cuenta que era una persona que se dejaba llevar por el dinero, y como ejemplo cita el soborno recibido de Ptolomeo XII.
Este gesto supuso un aumento en el pago de impuestos que desembocó en descontento social y en las revueltas del “nomo” – el nomo era una provincia egipcia – de Heracleópolis en el año 61 a. de C.
Los problemas internos del país acabaron llevándole al exilio en Roma un año después, en el 58 a. de C.
Se ha planteado que, durante su exilio en Roma, le acompañó Cleopatra, que entonces tenía alrededor de nueve años.
Durante su estancia se alojó en una villa en los montes Albanos, en la zona del Lacio.
Al derrocarle, es su hija Berenice IV la que asume el poder y se corona reina en el 56 a. de C.
Egipto era muy interesante para Roma desde el punto de vista económico, no sólo por la cantidad de grano que podía proveer a la República.
El país se encontraba en un enclave geográfico muy importante, debido a que conectaba con las rutas comerciales del interior de África y el mar Rojo.
Esta relación beneficiaba a los comerciantes romanos que, dentro del país aliado, eran protegidos y tenían privilegios.
Por tanto, sin necesidad de conquistar sus territorios, Roma se lucró económicamente de esta vinculación con la monarquía egipcia.
Egipto se une a Roma porque garantiza la defensa del país. Esta vinculación establecía un mutuo beneficio al no atacarse ni establecer alianzas con otras potencias que pudieran ir en contra de los intereses de los dos países.
En algunos casos, estos “reinos clientelares” se acabaron convirtiendo en “provincias”, como sucedió finalmente con Egipto.
Sin embargo, pese a esta alianza, durante el gobierno de Ptolomeo XII ya existían algunas voces en Roma que querían acabar con la libertad de los egipcios.
Tal es el caso de Marco Licinio Craso, que en el año 65 a. de C. propuso en el Senado acabar con dicha independencia, pero su propuesta no fue aceptada, porque parece ser que los senadores preferían aprovechar la desesperación del monarca egipcio.
Ptolomeo XII vuelve a Egipto después de ser restituido en el trono en el año 55 a. de C. gracias al soborno al gobierno de Siria.
Sin embargo, por muy idílica que pueda parecer esta situación de recuperar el trono de Egipto, lo cierto es que supuso una gran deuda para él, ya que para lograr este objetivo tuvo que pagar un ejército de mercenarios, lo cual no fue barato.
Los mercenarios se quedaron en Alejandría, donde acabaron formando bandas criminales que afectaron seriamente a la seguridad y generaron el descontento social dentro de la capital.
A su vuelta debió hacer frente a la deuda que había contraído, por lo que se vio obligado a subir los impuestos y a efectuar un recorte de gastos administrativos.
Además, una vez que se restablece en el gobierno, Ptolomeo XII ejecuta a su hija, que se había nombrado reina de Egipto en su ausencia.
A principios del año 51 a. de C. Ptolomeo XII fallece.
Al contrario de lo que sucede con otros personajes de su dinastía, él muere por causas naturales y el trono pasa de forma aparentemente pacífica a sus dos hijos, Cleopatra VII y Ptolomeo XIII.
Sin embargo, pese a que hay cierta paz tras su muerte, no todo fue favorable para los futuros gobernantes de Egipto, ya que debido a los gastos que Ptolomeo XII realizó en Roma, dejó una deuda en Egipto de diecisiete millones y medio de dracmas.
LA INFANCIA DE LA REINA
En cuanto a la infancia y adolescencia de Cleopatra, no poseemos mucha información hasta su llegada al poder, ya que las fuentes antiguas no nos dan muchos datos sobre el tema, pero podemos dilucidar cómo debió ser de acuerdo con la educación que la dinastía ofrecía a sus descendientes.
Los reyes y las reinas láguidas (ptolemaicas) recibieron su educación en el Museo de Alejandría, por lo que muy probablemente la futura reina de Egipto pasó sus primeros años en el palacio alejandrino, donde participaría en la vida política, ya que las reinas ptolemaicas adquirirían la misma formación que sus hermanos.
En este sentido, recibían la mejor educación de la época, con investigadores y especialistas de diferentes ámbitos del conocimiento. Además, el director del Museo era el tutor académico de los descendientes de los reyes.
La lengua que les enseñaban en esta institución era el griego, ya que el enfoque del Museo era “helenocéntrico”, por lo que favoreció que los reyes de esta dinastía no se interesasen en conocer la lengua egipcia hasta Cleopatra VII, por lo que los reyes necesitaban intérpretes para poder comunicarse o que los egipcios supiesen griego.
Sin embargo, los escritores romanos nos dicen que esta reina conocía siete idiomas, de los cuales nos habla Plutarco, entre ellos el egipcio, el griego y el latín.
Duane Roller sostiene que Plutarco hace referencia a la buena oratoria de la reina y, por tanto, a su capacidad diplomática.
Los hijos de los reyes láguidas (ptolemaicos) aprendieron a leer y a escribir, fuesen hombres o mujeres, y en el Museo, la familia real tenía a su alcance la mayor biblioteca de la época, que llegó a tener casi medio millón de libros, la cual albergaba todo el conocimiento científico y todas las obras literarias, así como las personas mejor formadas del momento, con las que podía debatir y seguir aprendiendo.
También recibían formación en deporte: la educación gimnástica formaba parte de la “paideia” griega.
En el Egipto ptolemaico se construyeron y se utilizaron gimnasios a lo largo de todo el valle del Nilo, al igual que se crean escuelas. Por tanto, la educación de estilo griego no se va a impartir únicamente en Alejandría.
Para los griegos, la educación física se relacionaba con la salud, la higiene, la ética y la estética.
La educación ocupó un lugar muy relevante en el desarrollo personal de los “príncipes” y “princesas” de la dinastía ptolemaica, y en el curso de la política del país.
Aquellos que se relacionaban con ellos antes de ser reyes podrían verse favorecidos posteriormente.
Eran acompañados por jóvenes de la corte, de los cuales se esperaba que fuesen después amigos y aliados a lo largo de la vida de estos reyes y reinas.
Por este motivo se ha planteado que Ira y Carmión, las dos mujeres que se suicidan con Cleopatra VII, fuesen mujeres de la corte y amigas de la infancia de la reina.
La educación se iniciaba cuando los niños tenían cuatro o cinco años, y se les instruía en leer, escribir, matemáticas y geometría.
Este conocimiento no estaba limitado a los hombres, sino que también muchas mujeres de clase social media y alta se alfabetizaron, aunque no todas ellas se profesionalizaron posteriormente.
En cuanto a la educación femenina griega, debemos tener presente que muchas mujeres eran educadas, aunque no se las iniciase en la escritura.
Sin embargo, sí que hubo mujeres que aprendieron a leer y escribir, pese a que en época clásica esta práctica no estuvo muy desarrollada entre ellas.
En cuanto al gimnasio, la educación que recibían las mujeres era en torno a la administración del hogar, ya que ellas no debían prestar servicio militar.
No obstante, en Esparta las mujeres sí que recibieron formación física: la mujer espartiata era educada intelectual y físicamente para que cuando quedase embarazada pudiese dar a luz a ciudadanos fuertes y, además, para que el parto fuese menos doloroso.
En el antiguo Egipto conocemos muchas mujeres de clase alta que sabían leer y escribir, no tanto para convertirse en “escribas” y participar en la Administración del Estado egipcio, sino con el objetivo de adquirir esos conocimientos para su día a día.
No obstante, sí que hubo mujeres que se integraron en la Administración del Estado o que acabaron siendo sacerdotisas, aunque lo más habitual es que las mujeres de clase alta se dedicaran a la administración de sus propiedades como señoras de la casa.
Cleopatra VII recibió la mayor formación en el centro más prestigioso de conocimiento de la época.
No nos debe extrañar que, cuando los escritores romanos hablan de ella, señalen la inteligencia de la reina.
Aunque debió de ser inteligente por naturaleza, no debemos obviar el hecho de que ella recibió la mejor educación del momento.
Parece que el tutor de Cleopatra VII fue Filóstrato, de quien hubo de haber aprendido filosofía, retórica y oratoria.
Por otro lado, seguramente acompañó a su padre hasta Atenas y, posteriormente, a Roma, donde también debió de enriquecerse de sus contactos diplomáticos y políticos, y del ambiente intelectual.
Sin embargo, no tenemos pruebas contundentes que situaran a Cleopatra en Atenas y en Roma durante el mandato de su padre.
Duane Roller comenta que, aunque la idea de que Cleopatra pudo escribir sus propias obras no está demostrada, sí que es cierto que los reyes helenísticos destacaron por escribir sus propios libros, como es el caso de Ptolomeo IV.
A Cleopatra se le han atribuido algunos fragmentos de una obra llamada “Cosmética”, que es un tratado sobre medicina y farmacología, donde se incluyen una serie de curas.
Sin embargo, como bien apunta Marina Escolano-Poveda, esta imagen romántica y medieval que considera a Cleopatra como una mujer de ciencia, una gobernante capacitada y una reina que organizó construcciones, recoge una tradición donde se la dibuja como una persona con intereses científicos. Por tanto, aunque no fuese así en la realidad, nos da una perspectiva en contraposición al relato romano de ella.
Cuando ella llega al poder ha aprendido posiblemente de su padre cómo moverse en diferentes conflictos.
Cleopatra VII no surge de la nada en el año 51 a. de C., sino que durante sus primeros dieciocho años tuvo la oportunidad de desarrollarse en la corte.
Como señala Sally-Ann Ashton, Cleopatra VII se mostró como una reina egipcia, aunque poseía ascendencia macedonia y fue la última reina de una dinastía que duró casi trescientos años.
Durante este período, para los láguidas (ptolomeos) fue importante su ascendencia griega, pero también su relación con la tradición egipcia, por lo que no debemos olvidar la mezcla cultural y social de este momento histórico.
Pese a que existe la creencia de que los Ptolomeos sólo se casaron y tuvieron descendencia entre hermanos, hoy día conocemos que esto no fue así.
EL MATRIMONIO CON PTOLOMEO XIII
Ptolomeo XII muere a principios del año 51 a. de C. y, en marzo de ese mismo año, Cleopatra VII ya está gobernando junto con su hermano Ptolomeo XIII.
Cleopatra se casó con su hermano para gobernar, seguramente por petición de su padre y para mantener la tradición dinástica del matrimonio entre hermanos.
Cleopatra se casa con su hermano cuando ella tiene dieciocho años y él diez.
No debe extrañarnos lo jóvenes que eran los dos, ya que la edad para casarse en el antiguo Egipto era no antes de los catorce años para las mujeres y en torno a los veinte años para los hombres.
Sin embargo, es muy probable que, aunque estuviesen casados, no desarrollasen la intimidad que un matrimonio implica.
Además, poco después de su acceso al trono y del matrimonio con su hermano, ella consigue echarle del gobierno, por lo que parece ser que durante dieciocho meses reinó sola.
En el año 49 a. de C., Ptolomeo XIII volvió a reinar junto con su hermana y se mantuvo en el poder gracias a la ayuda y la protección del eunuco Potino, del egipcio Aquilas y de su tutor Teódoto de Quíos.
Sin embargo, las disputas entre la pareja de hermanos no concluyeron con el retorno de Ptolomeo XIII, sino que los seguidores del rey consiguieron expulsar a Cleopatra del gobierno en el verano del 49 a. de C.
Parece ser que la reina se retiró a Tebas (actual Luxor), aunque desconocemos con seguridad adónde fue.
Meses después, en la primavera del año 48 a. de C., la obligaron a irse del país, por lo que se marchó a Siria, según Estrabón, desde donde luchó por recuperar el trono de Egipto.
Es muy probable que la acogiesen en la zona del Levante mediterráneo, ya que allí se acuñó un tetradracma en Ascalón en el año 49 a. de C. con el rostro de la reina, por lo que podría constituir una prueba de que fue una figura respetada en esta área.
Esta expulsión dio lugar a una batalla entre las tropas de Ptolomeo XIII y Cleopatra VII en Pelusio (Bajo Egipto).
No sabemos con total seguridad cómo consiguió las tropas, pero éstas podrían haber llegado de Tebas o de Siria, teniendo en cuenta cuáles eran sus alianzas en aquel momento. Al mismo tiempo, estalló la guerra civil en Roma.
LA MUERTE DE POMPEYO
Tras la creación del “primer triunvirato” – la alianza formada por Cneo Pompeyo Magno, Cayo Julio César y Marco Licinio Craso, entre el 60 a. de C. y el 53 a. de C.- en Roma se inicia una lucha por el poder entre los “triunviros”, principalmente entre Julio César y Pompeyo.
A la llegada de Cleopatra al gobierno se está produciendo ya en Roma esta lucha por el poder entre ambos, por lo que se están sentando las bases para una guerra civil que estalla en el 49 a. de C., después de que César cruce el Rubicón.
A partir de ese momento se inician una serie de batallas entre los dos “triunviros” (Pompeyo y César), al mismo tiempo que en Egipto también hay una lucha por el poder.
Aunque César ya había sido una persona con presencia política y bélica en Roma anteriormente, es a partir de este año cuando va a tener un gran protagonismo en la vida política de la República romana, que es el año a partir del cual se le declara dictador.
Además, César ya tuvo relaciones con la “dinastía ptolemaica” desde Ptolomeo XII.
Dentro de este contexto debemos hablar de la “guerra de Alejandría”, que se produce dentro de “la guerra civil”.
Durante el curso del conflicto, Egipto había quedado al margen, hasta que después de la batalla de Farsalia (año 48 a. de C.), Julio César llega al país del Nilo persiguiendo a Pompeyo.
Pompeyo había sido derrotado en Farsalia, por lo que huye a Alejandría, ya que espera encontrar allí apoyo, debido a la ayuda que él había prestado a Ptolomeo XII y a Ptolomeo XIII en el pasado.
A su llegada, Pompeyo se encuentra con la ciudad de Alejandría cerrada, ya que Ptolomeo XIII estaba intentando mantener su poder a través del control militar.
Pompeyo, pues, pide ayuda al monarca, y Ptolomeo XIII le hace creer que accede.
Cuatro hombres: Filipo, Salvio, Aquilas y Septimio, acompañan a Pompeyo en una barca para alcanzar tierra, ya que no podían atracar en el puerto debido a la situación militar y política.
Se cree que por orden del eunuco Potino y de Teódoto de Quíos, tutores de Ptolomeo XIII, Salvio, Aquilas y Lucio Septimio asesinan a Pompeyo al desembarcar en la orilla.
El principal motivo por el que deciden que debe morir se debe a que creían que Pompeyo iba a continuar su lucha contra César desde Egipto, y, si accedían a acogerle, estarían apoyándole cuando era él quien iba perdiendo en los combates.
Por lo tanto, esta petición de hospitalidad fue entendida por los egipcios como un compromiso que les haría entrar en una guerra que no les interesaba mantener.
Plutarco nos cuenta cómo ocurrió su asesinato.
Cuatro días después de su muerte, César llega a Alejandría y el tutor del rey, Teódoto, le presenta la cabeza de Pompeyo.
Según Plutarco, en el momento en que César ve la cabeza de su enemigo, se echa a llorar y decide redimirse tratando bien a todos los amigos y familiares de Pompeyo que habían sido capturados por Ptolomeo XIII.
Por este motivo, Julio César se enfada y llama a Ptolomeo XIII y a Cleopatra VII.
Hay un motivo esencial por el que César se queda en Egipto, y es para mediar en la política egipcia de acuerdo con la petición que había hecho a Roma Ptolomeo XII en su testamento.
Por todos estos motivos, César interviene en Egipto, sentándose las causas de la conocida como “guerra de Alejandría”, que tendrá lugar entre el 48 y el 47 a. de C.
Parece que, desde el punto de vista de César, la responsabilidad de la muerte de Pompeyo recae principalmente en los asesores del rey, el eunuco Potino y Aquilas. Además, debemos tener presente que a los romanos no les gustaba especialmente los eunucos por una cuestión de género, debido a que para ellos la masculinidad era muy importante y los eunucos se distanciaban de lo masculino, debido a que eran hombres castrados.
Según Plutarco, Potino, aparte de haber expulsado a Cleopatra, estaba conspirando en contra de Julio César a su llegada a Egipto y una de las cosas que hace es alimentar y tratar mal a las tropas de César.
Parece ser que por este motivo César decide llamar a Cleopatra de vuelta.
EL ENCUENTRO ENTRE JULIO CÉSAR Y LA REINA EGIPCIA
Cuando Cleopatra y Julio César se conocen, él tiene aproximadamente cincuenta y dos años y ella casi veintidós, por lo que la diferencia de edad era notable, aunque eso no fue un obstáculo en absoluto.
Pese a que existe la creencia popular de que Cleopatra llegó enrollada en una alfombra, ninguna fuente antigua confirma que fuera así.
De hecho, el único que nos habla de esta presentación tan fantasiosa es Plutarco.
Todo parece indicar que esta idea de que la reina consiguió entrar en el palacio de Alejandría dentro de una alfombra no es verídica, porque según la versión de Plutarco ella accedió al edificio de noche entre tejidos de cama.
El motivo por el cual pensamos que llegó dentro de una alfombra tiene su origen en una traducción de hace casi trescientos años. Este falso mito de que Cleopatra llegó en una alfombra es una construcción muy reciente y propia de nuestro tiempo.
La palabra griega que utiliza Plutarco, que se ha traducido como “alfombra”, es “estromatódesmos” (στρωματόδεσμος), que se suele traducir como “ropa de cama” o “manta”, ya que no hay una palabra precisa en español o en inglés que defina con exactitud a qué se refiere.
Lo cierto es que el “estromatódesmos” era un saco de lino donde se metía la ropa de cama y se ataba.
No obstante, resulta plausible que ella acudiese a él procurando que nadie se enterase, ya que lo hizo en el contexto de la “guerra de Alejandría”, cuando ella, además, estaba peleada con su hermano y tenía detractores dentro del gobierno.
Mientras que Plutarco nos habla de que llega escondida entre ropa de cama, Dion Casio nos cuenta que le solicita a César una audiencia porque está siendo traicionada por sus amigos y acude de noche al palacio para que su hermano no se entere.
Antes de ir, ella se acicala, pero no demasiado, para recibir la piedad de César.
El motivo por el cual César se sintió atraído fue la labia que ella tenía, y no porque le impresionase su descaro al salir escondida de un fardo de mantas.
Por otro lado, pese a que habitualmente pensamos que Cleopatra era una mujer seductora, Suetonio apunta que Julio César era un mujeriego al que le gustaban “los placeres sensuales”.
Por tanto, no debemos considerar que, en esta situación, fuera ella la única que avivó el fuego, sino que fue una estrategia útil para ambos.
La “guerra de Alejandría” (48 -47 a. de C.) fue una contienda entre Julio César y los seguidores de Ptolomeo XIII. Ésta se enmarca en la “guerra civil”, aunque César ya no luchaba directamente contra Pompeyo.
En la guerra, los egipcios expresaron su descontento por el control romano de Egipto, por lo que César también tuvo que hacer frente a personas armadas sin formación militar que atentaron contra él. Como su nombre bien indica, este conflicto se libró en Alejandría, la capital de Egipto.
En el año 48 a. de C., César cede Chipre al futuro Ptolomeo XIV y a Arsínoe, ambos hermanos de la pareja real.
Esto supone un problema para Roma, que poseía Chipre y la pierde por culpa de César, que se la entrega a los egipcios; sin embargo, al mismo tiempo, es un gran regalo para los Ptolomeos que recuperan Chipre, una isla que en el pasado había sido propiedad de su dinastía.
Julio César no va a tardar en deshacerse de Potino y de Aquilas.
Parece ser que el barbero de César había oído que estos dos estaban conspirando en su contra, por lo que le pone al tanto del asunto.
Una vez que César se entera, comienza una guerra entre las tropas debilitadas de César y las egipcias lideradas por Aquilas.
En este momento Arsínoe, hermana de Cleopatra VII y del rey, se une a Aquilas, acompañada del eunuco Ganímedes, que era su tutor.
Dentro de este contexto, Potino manda unos mensajeros con un comunicado de apoyo a Aquilas. César consigue capturar a estos mensajeros y dar muerte a Potino. Poco tiempo después, Arsínoe consigue que muera Aquilas y pone al mando de las tropas a Ganímedes.
Al hacerse con el mando, Ganímedes idea un sistema para quitarle a César el acceso al agua potable: lo que hace es cortar los canales subterráneos que proveían de agua a la ciudad y hace que se inunden con agua salada.
Finalmente, César consigue cavar pozos que proveen de agua dulce a la ciudad.
Ante los avances enemigos, César desea impedir que las tropas de Arsínoe se hagan con la flota romana que estaba en el puerto de Alejandría.
Para ello, parece que se vale del fuego para cerrar el distrito del palacio, además de evitar que sus enemigos se hicieran con sus barcos y los utilizaran contra él en el 48 a. de C.
Supuestamente, inicia un fuego en los arsenales que acaba llegando a la Biblioteca de Alejandría, donde se calcula que se pierden cuatrocientos mil libros.
Posteriormente, César se hace con el control de la isla de Faro y, de esta forma, consigue que le hagan llegar por vía marítima refuerzos y trigo, pero esta situación no dura mucho tiempo, ya que algunos alejandrinos desembarcan en Faro, tendiendo una emboscada a las tropas de César.
Debido a lo difícil de la situación, el cónsul huye a nado hacia sus barcos, desde donde consigue ayuda para los que habían quedado en tierra.
César pone punto final a la guerra gracias a la ayuda de Mitrídates de Pérgamo.
Gracias a su colaboración, a principios del año 47 a. de C., César entra de nuevo en Alejandría, pero en esta ocasión como vencedor de la guerra.
En cuanto al destino de sus enemigos, por un lado, Ptolomeo XIII inicia su huida y muere ahogado en el camino, y Arsínoe va a viajar a Roma, donde desfila en el “triunfo” de César del año 46 a. de C., tras lo cual es liberada y se marcha a Éfeso, donde vive hasta que es asesinada en el año 41 a. de C.
LA ALIANZA ENTRE CÉSAR Y CLEOPATRA VII
Pese a lo que se suele pensar, la alianza entre Julio César y Cleopatra VII no se da desde el inicio de la “guerra de Alejandría”, sino que hay que esperar hasta el final del conflicto.
Una vez que muere Ptolomeo XIII y finaliza la guerra, César honra el testamento del padre de la reina (Ptolomeo XII), y establece que gobiernen Cleopatra y su otro hermano, Ptolomeo XIV.
Debemos plantearnos por qué Julio César no quiso anexionarse Egipto directamente y convertir en ese momento el país en una “provincia” de la todavía República romana, como hizo Octaviano.
Parece ser que el motivo principal era que él sabía que, si realizaba esta anexión, habría muchas rebeliones en Egipto, por lo que era una forma de mantener el control y la relación con el país del Nilo al mismo tiempo que evitaba posibles conflictos sociales y revueltas
Además, debemos tener presente que los romanos habían establecido relaciones clientelares con otros reyes; sin embargo, el caso de Cleopatra era diferente, debido a la relación que él tenía con la reina.
A partir del 47 a. de C. es cuando podemos hablar de una alianza entre César y Cleopatra, que da lugar, entre otras cosas, al matrimonio de la reina con su hermano Ptolomeo XIV y al nacimiento de Ptolomeo XV César, más conocido por los alejandrinos como “Cesarión” (el pequeño César).
LA RELACIÓN DE CLEOPATRA Y JULIO CÉSAR
¿Realmente era tan bella Cleopatra?
En muchas ocasiones se tienen en cuenta las representaciones de la reina en monedas para argumentar que no era atractiva y, por el contrario, las fuentes antiguas hablan de su belleza.
El concepto de belleza es cultural, por lo que cada sociedad considera seductores ciertos atributos, que en otras pueden no serlo.
Además, en muchas ocasiones no es únicamente el aspecto físico lo que determina si una persona es atractiva, también hay otros atributos: la inteligencia, la conversación, el poder de esa persona, su posición social, etc., por lo que el deseo hacia un sujeto no es una cuestión únicamente biológica sino contextual.
El deseo es a la vez individual y social en el ser humano, ya que es la cultura la que nos enseña qué debemos desear.
Julio César anhelaba el poder y Cleopatra tenía mucho que ofrecerle en este sentido.
Aunque Plutarco nos habla de Cleopatra cien años después de su muerte, sí que mantiene la idea de que no era precisamente el físico de la reina lo que seducía, sino que poseía otros atributos que la hacían deseable, como por ejemplo su carácter, su inteligencia y su forma de ser.
Para los escritores romanos resulta mucho más sencillo definir a Cleopatra no sólo como una mujer inteligente, persuasiva, con mucho poder, sino también como una mujer atractiva y seductora.
En este sentido, Octaviano sería el único de los tres romanos que pasaron por la vida de la reina que supo resistirse a su encanto y que encarnó los valores romanos.
Es Octaviano el que finalmente derroca a la reina y el que anexiona Egipto a Roma.
Por ello, Octaviano es el gran vencedor y el que encarna la moralidad y el ideal romano en las fuentes históricas.
De esta forma, se convierte en un ejemplo para los demás, entre otros motivos porque es el único – al contrario que Julio César y Marco Antonio, que traicionan a sus esposas – que es fiel a su mujer romana.
Además, hasta el inicio del conflicto entre Marco Antonio y Octaviano, la lucha entre Egipto y Roma es más diplomática que bélica, por lo que, en vez de aludir a la ferocidad de las tropas egipcias, se refieren a otra serie de atributos que intervienen en las dificultades políticas que posponen la conquista de Egipto por parte de Roma.
Asimismo, hubo muchos intereses políticos de por medio que propiciaron las relaciones entre la reina y Julio César, primero, y Marco Antonio, después.
No fue únicamente su belleza lo que los persuadió, sino el afán de poder y dinero.
Para las fuentes antiguas, el motivo de la relación de César con Cleopatra era principalmente sexual y fruto de la manipulación de Cleopatra.
Sin embargo, debieron existir otras motivaciones.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que Julio César era un hombre ambicioso no sólo en la guerra, sino también en la política.
Plutarco nos habla de este rasgo distintivo suyo.
Además, fue una persona que llegó a tener muchísimo poder en su época en Roma, lo cual suscitó, entre otras cosas, envidias y conflictos políticos.
El interés que tenía César con la reina era político y una forma de asegurar el poder de su gobierno sobre el país del Nilo.
Por otro lado, como se puede observar en los sucesos anteriores y durante la guerra civil, cada político tenía sus preocupaciones y alianzas mientras se estaba desarrollando una auténtica lucha por el poder en la cual el propio Julio César participó.
En esta guerra por el poder, Julio César gana cuando es nombrado “dictador vitalicio” en Roma.
En segundo lugar, conocemos que para él fue muy importante la figura de Alejandro Magno, e incluso Plutarco lo cuenta.
Esta motivación por el conquistador macedonio probablemente fue mucho más allá de su admiración como militar.
La “dinastía ptolemaica” había desarrollado en sus inicios, sobre todo durante el siglo III a. de C., grandes esfuerzos para mostrarse como legítima heredera de Alejandro.
Un ejemplo de ello fue la adquisición del cuerpo de Alejandro para enterrarlo en Menfis y, posteriormente en el “Soma”, en Alejandría.
Sabemos que Alejandro Magno seguía enterrado en la ciudad porque Octaviano visita la tumba del macedonio.
En cualquier caso, la “dinastía ptolemaica” – y, por tanto, Cleopatra – poseía un vínculo con este personaje histórico-.
Quizás este pudo ser uno de los motivos que llevaron, tanto a César como a Marco Antonio, a mantener una buena relación con la reina egipcia.
Gracias al prestigio centenario de los “faraones” en el Mediterráneo y a Alejandro Magno, Egipto merecería su respeto y, por ello, sus reyes no fueron tratados como otras “monarquías” con las que había tratado la República romana.
Este equilibrio entre Roma y Egipto no sólo propiciaría una relación diplomática estable, sino que también le daría a Julio César un cierto prestigio, ya que, gracias a él, el Imperio de Alejandro seguía vivo en cierta medida. Y no sólo seguía vivo, sino que se vinculaba con el Lacio.
Por otro lado, quizás la motivación política más importante de César estuvo relacionada con el testamento de Ptolomeo XII y, probablemente, con el dinero que él podía obtener al establecer una buena relación con la reina de Egipto.
Otro de los alicientes de César para mantener una buena relación con Cleopatra debió ser la riqueza de Egipto.
EL CRUCERO POR EL NILO
Una vez finalizada la “guerra de Alejandría” que establece la alianza definitiva entre Julio César y Cleopatra, ambos hicieron un crucero por el Nilo, según nos cuentan Suetonio y Apiano.
De haberse realizado este crucero, no fue únicamente para contentar a César, sino también para que la reina se mostrase como tal a lo largo de todo el territorio.
Tal como explica Schiff, al viajar junto a César, Cleopatra se habría mostrado como vencedora frente a Ptolomeo XIII y como la depositaria de todo el poder de Egipto.
Este viaje por el Nilo de la pareja pudo haber contribuido a la propaganda política y también a pacificar Egipto después de la inestabilidad dinástica, ya que este viaje no fueron unas vacaciones, sino que subyacía una estrategia diplomática y política para estrechar lazos con las élites locales que existían lejos de la capital.
Además, esto no ayudó únicamente a reinstaurar a Cleopatra como reina, también podría haber mostrado la alianza entre Roma y Egipto.
Asimismo, de estar embarazada en este momento, es posible que Cleopatra utilizase este viaje para anunciar a las élites locales el nacimiento de un heredero al trono de Egipto, y, apoyada por el clero menfita, habría tenido un gran impacto en las relaciones políticas del país.
Poco después, en el verano del 47 a. de C., César abandona Egipto para luchar contra los seguidores de Pompeyo en Asia Menor y en el norte de África, ya que la guerra civil continúa.
Una vez que finaliza su tarea, César se va a Roma, donde celebra cuatro “triunfos” durante el otoño del 46 a. de C. En uno de ellos participa la hermana de Cleopatra.
CESARIÓN
Pese a que habitualmente se ha establecido que Ptolomeo XV César (Cesarión) era hijo de Cleopatra y Julio César, ya en la Antigüedad hubo cierto debate sobre si esto era cierto.
Suetonio nos cuenta que la relación entre César y Cleopatra fue muy estrecha y que él se dejó llevar en todo momento por la pasión que sentía hacia la egipcia.
Según el escritor, él le permitió que le pusiese su nombre a su hijo.
Sin embargo, en Roma existía una disputa sobre si Cesarión era o no el hijo de Julio César, un debate que se apoyaba además en que su aspecto – según algunos – se parecía al de César.
Por su lado, Marco Antonio defendió en el Senado que César había reconocido su paternidad delante de él y de otros amigos, como Gayo Opio.
Sin embargo, Gayo Opio publicó una obra donde decía que el hijo que Cleopatra decía que era de César, no era en realidad del romano.
Al mismo tiempo, un tribuno de la plebe, Cayo Helvio Cinna, dijo que César le había encargado presentar una ley que le permitiera poder tener varias mujeres para así tener descendencia.
Esto que supuestamente dijo Helvio Cinna podría ser real si Julio César hubiese querido casarse con Cleopatra, ya que estaba prohibido tener más de una esposa en la legislación romana.
Sin embargo, se ha demostrado que esta supuesta acusación de Cinna fue un rumor y no una realidad.
Por otro lado, lo cierto es que César no mencionó a Cesarión en su testamento ni le reconoció como hijo, mientras vivía.
Aunque se puso en duda en algunas ocasiones la paternidad de César, lo cierto es que el simple hecho de que Octaviano mandase asesinar a Césarión tras la muerte de Cleopatra, es una prueba de que Octaviano sentía como real esta amenaza.
No obstante, también podríamos entender el asesinato de Cesarión desde otro punto de vista, ya que, tras la muerte de Cleopatra, Cesarión era el legítimo heredero al trono de Egipto y Octaviano quería anexionar el país a Roma.
Durante la guerra entre Octaviano y Marco Antonio, se realizó mucha propaganda a favor de la paternidad de César, porque Octaviano era el hijo adoptivo de éste. Dicho de otro modo, cada bando luchó por alzarse como el legítimo heredero de Julio César.
También se ha puesto en duda si el año de nacimiento de Césarión fue el 47 a. de C.
La prueba definitiva de que nació en dicha fecha está en la estela Louvre I M8, hallada en el Serapeum de Menfis.
Esta fecha corresponde al 23 de junio del año 47 a. de C., por tanto, fue después del crucero del Nilo.
En el “Mammisi de Hermontis” se celebra el nacimiento de Cesarión como un alumbramiento divino.
Así se quería significar que Ptolomeo XV César se consideraba hijo del dios Amón, que se habría presentado bajo la apariencia de Julio César para fecundar a la reina.
Esta idea de la fecundación divina existía en Egipto antes de la llegada de los Ptolomeos.
LA VISITA EN ROMA Y LOS IDUS DE MARZO
Cleopatra fue a Roma por invitación de César junto con su hermano y esposo Ptolomeo XIV y su hijo Cesarión.
Según Suetonio, César hizo que Cleopatra fuese a Roma y, una vez allí, él “no la dejó partir hasta que la hubo colmado con los mayores honores y presentes”.
Ella llegó a la ciudad en el otoño del 46 a. de C., justo cuando volvió César de la guerra y no hizo una gran entrada en Roma, como el cine nos ha hecho creer.
De hecho, como bien argumenta Erich Gruen, si ella hubiese entrado de esta forma, probablemente hubiese provocado una mala impresión entre los romanos, lo que habría afectado negativamente a la misión de la reina.
Durante su estancia en la ciudad se asienta al otro lado del Tíber, en el Trastévere, dentro de los dominios de Julio César.
En Roma, la reina vivió entre lujos como su invitada.
Su estancia en esta propiedad, así como su relación con él, garantizaron que ella pudiese beneficiarse de sus contactos políticos, según Erich Gruen.
Julio César aprovechó la ocasión para ser hospitalario.
En este contexto, parece que éste colocó una imagen de Cleopatra como Isis en el templo de Venus Genetrix, la diosa de la “gens Iulia”, a la que pertenecía él.
Según Erich Gruen, la estancia en Roma de la reina siempre se ha leído desde el punto de vista de Julio César y no del de Cleopatra.
Habitualmente, se han apuntado las motivaciones de él para mantenerla allí, como por ejemplo su deseo de controlar Egipto o asegurarse un heredero.
Sin embargo, Erich Gruen señala que debía existir un motivo de peso para que ella abandonase Alejandría después de todo lo que le costó asegurarse el trono de Egipto; lo que más impacta (sorprende) a este autor es que, al volver a Egipto después de los “idus de marzo”, tras estar año y medio fuera de Alejandría, no tuviese problemas.
Según este investigador, los motivos por los cuales Cleopatra aceptó ir a Roma eran de carácter político y diplomático.
Era habitual que los reyes de países del Mediterráneo oriental cuya situación interna no era especialmente buena mandasen embajadas – de hecho, en el siglo II a. de C., Ptolomeo VI y Ptolomeo VIII fueron a Roma para presionar al Senado, e incluso en el siglo I a. de C., su padre, Ptolomeo XII, realizó sobornos para garantizar su pode -. Por tanto, Cleopatra viajó hasta allí, al igual que sus predecesores, para asegurarse contactos entre los romanos e influencia política, así como el reconocimiento internacional y probablemente algún tipo de acuerdo, en concreto, el título de “amiga y aliada de Roma”.
Además, es posible que uno de los objetivos de su viaje a Roma fue conseguir que César reconociese a Cesarión como su heredero.
Se ha planteado en numerosas ocasiones por qué prolongó su estancia un año y medio, hasta la muerte de éste.
Suetonio dice que, una vez que César le concedió todos los honores y regalos, él la mandó de vuelta.
Es muy probable que ella fuese a Roma en un primer momento en el año 46 a. de C., arreglase sus asuntos y volviese a Egipto al mismo tiempo que César se iba a la “guerra de Hispania”, y que volviese a Roma antes de la muerte de César.
Por tanto, que no fuese una estancia de año y medio, sino que realizase dos viajes en dos ocasiones distintas en año y medio.
Resulta plausible que ella hiciese dos viajes a Roma, uno en el 46 a. de C. y otro en el 44 a. de C. y que en el 45 a. de C. estuviese viviendo en Egipto.
Como bien apunta Erich Gruen: “Cleopatra no fue una simple depredadora sexual y, ciertamente, tampoco un juguete de César, descansando en sus jardines del Trastévere y esperando lealmente su regreso.
Fue reina de Egipto, Cirene y Chipre, heredera de la larga y orgullosa “dinastía de los Ptolomeos”, y ahora madre profesa del hijo de César…”.
Hay que imaginarla como una reina que se mueve por intereses políticos y diplomáticos en esa ciudad.
Según Dion Casio, Julio César había llevado al Senado muchas leyes, algunas de ellas un tanto duras, pero había conseguido mantener una buena relación con los romanos, pese a las críticas que recibía. Este autor plantea que el gran problema de César fue su relación con Cleopatra.
Por tanto, mientras que Ptolomeo XII había viajado en su momento a Roma y había conseguido el apoyo de este Estado, el viaje de Cleopatra no tuvo la misma consideración debido a la relación amorosa que mantenía con el “dictador”.
De nuevo, la acción política de la reina es eclipsada por su vida íntima.
LA MUERTE DE JULIO CÉSAR
César se acercaba a sus cincuenta años. Según cuentan los escritores romanos, su muerte fue precedida por una serie de malos augurios y símbolos que indicaban su final.
Por ejemplo, se decía que realizó un sacrificio donde no encontró el corazón del animal, lo cual era una mala señal, entre otros motivos porque los romanos realizaban estos rituales con el objetivo de leer un augurio en las vísceras.
Plutarco apunta la celebración de más sacrificios por parte de los adivinos que tampoco salieron bien, por lo que César le dijo a Marco Antonio que disolviese el Senado.
Hubo otras señales, como las pesadillas de Calpurnia, su mujer, la noche anterior a su asesinato. De hecho, se cuenta que, antes de partir César, ella le pidió que no fuese al Senado ese día.
Pero Bruto le convence de que no haga caso a estos consejos y que siga adelante.
En su camino al Senado, según cuenta Plutarco, Artemidoro, un profesor de griego del círculo de Bruto, le entregó una nota a César cuando iba de camino y le dijo que la leyese cuanto antes. En ella le advertía del complot urdido contra él; sin embargo, él no consiguió leerla por la cantidad de gente que había en las calles.
Suetonio plantea que César ignoró todas estas advertencias porque era consciente de su final y era su deseo acabar de esta forma su vida.
César entró solo al edificio, mientras que Marco Antonio fue entretenido fuera por un tal Bruto Albino para que no pudiese evitar el crimen.
Una vez que César llegó al Senado, se sentó en su lugar y le rodearon los conspiradores.
El ataque comenzó cuando estaba sentado en su asiento y Tilio Cimbro se le acercó fingiendo que le quería hacer una pequeña petición. César rechaza Tilio y entonces éste le tiró de la toga.
Aunque el primer ataque no fue mortal, generó un revuelo que puso nerviosos a los conspiradores. Entonces, todos los adversarios desenvainaron su espada y comenzaron a atacarle, al tiempo que Julio César intentaba defenderse.
Pese a todo, recibió veintitrés puñaladas, por lo que fue un asesinato muy sangriento.
El momento final llegó cuando él, bajo la estatua de su amigo y rival Pompeyo, se cubrió la cabeza con la toga y se dejó caer al ver que Bruto le estaba apuntando con la espada. En ese momento, según Suetonio, César le dijo a Bruto: “¿Tú también, hijo mío”?
Después del asesinato, los conspiradores huyeron y su cuerpo quedó abandonado y sin vida hasta que tres esclavos fueron a por él y lo transportaron hasta su casa.
Lépido y Marco Antonio, que eran muy cercanos a Julio César, se escondieron, mientras que los seguidores de Bruto salieron del Senado hacia el Capitolio, creyéndose vencedores.
Al día siguiente fueron al Foro, donde hablaron a la gente de Roma y arrancaron del Senado algunas amnistías por lo sucedido.
Además, el Senado decretó que César recibiría honores divinos y que no se modificarían las decisiones que se habían realizado en su gobierno.
Parecía que los conspiradores iban a salir impunes, pero al abrir el testamento de César se supo que había dejado un “legado” a los romanos – en concreto concede a Roma sus jardines del Tíber y trescientos sestercios a cada ciudadano -.
Una vez preparado el cuerpo, se procedió a organizar el funeral: para ello, se realizó una pira en el Campo de Marte y se levantó una capilla dorada donde se dispuso un lecho de marfil para colocar su cuerpo con las vestimentas que llevaba al ser asesinado.
Los romanos llevaron ofrendas funerarias para César al Campo de Marte y, además, se realizaron allí “Juegos fúnebres” y se cantaron versos en honor al difunto.
Tras ello, se llevaron sus restos al Foro.
Parece ser que a los habitantes de la ciudad no les gustó ver el cuerpo del difunto desfigurado. La muchedumbre le incineró allí mismo, haciendo una pila funeraria con los muebles que había en el Foro y, después, fue a buscar a los asesinos a sus casas, pero no los encontró porque estaban escondidos o huidos; posteriormente, los asesinos abandonaron Roma.
Sobre la salida de Roma de Cleopatra nos habla Cicerón en algunas de sus cartas. Sabemos, gracias a él, que el 16 de abril del 44 a. de C. Cleopatra ya se había ido de Roma y se refiere a su salida de la ciudad como “la huida de la reina con su hijo”.
No menciona a Ptolomeo XIV. Esto nos indica que Cleopatra se dio bastante prisa en abandonar Roma después e la muerte del dictador, lo cual no debe extrañar, dado que tenía una vinculación diplomática con César y, además, estaba en Roma como su invitada personal.
Cicerón no fue un gran fan de Cleopatra, como tampoco lo fue de César. Cicerón incluso llega a decir en una de sus cartas literalmente “odio a la reina”.
Esto seguramente se debe a que Cicerón no era especialmente partidario de César, sino de Catón, quien tampoco tenía en buena estima al dictador.
Ese mismo año se produjo otra muerte importante en la vida de Cleopatra, como fue la de su hermano Ptolomeo XV, en el verano del año 44 a. de C.
Supuestamente, ella le envenenó.
Una vez muerto éste, Cleopatra VII nombró “corregente” a su hijo, Ptolomeo XV César (Cesarión).
¿CLEOPATRA SE BAÑABA EN LECHE DE BURRA?
La idea de que Cleopatra se bañaba en leche de burra alimenta la imagen de la reina como una mujer seductora, preocupada por su aspecto físico y, sobre todo, derrochadora, al invertir todos esos recursos en el cuidado de su persona.
Sin embargo, pese a que existe la idea de que la reina se bañaba en leche de burra, ninguna fuente antigua dice que lo hiciese.
Ya desde las fuentes antiguas se ha ensalzado la supuesta banalidad de la reina, así como su capacidad de seducción, por lo que plantear que esta mujer se bañaba en leche de burra, daría más argumentos para pensar que era una persona que cuidaba su cuerpo como un arma de poder.
Sin embargo, aunque no hay ninguna fuente de la época de Cleopatra ni posterior que hable de estos baños, sí que hay textos que dicen que Popea Sabina, la segunda esposa de Nerón, se bañaba en leche de burra y que tenía quinientas burras únicamente para conseguir leche para sus baños.
Según Plinio, las mujeres romanas del siglo I d. de C. la utilizaban para aplicársela al rostro por su efecto cosmético. Popea empezó a bañarse en leche de burra y parece que sentó un precedente.
Esta creencia de la vitalidad de la leche de burra para la belleza del rostro ha dado un argumento a la industria cosmética, ya que todos aquellos tratamientos que llevan leche de burra se consideran prestigiosos al situar su origen en la Antigüedad.
ENCUENTRO ENTRE MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA
Aunque siempre se habla del fantasioso encuentro entre Cleopatra y Marco Antonio en Tarso, lo más probable es que se conociesen mucho antes en Roma.
Desde que muere Julio César hasta que inician una relación, suceden algunos acontecimientos del todo relevantes que conviene comentar antes de hablar de cómo se encontraron la reina y el prestigioso militar y político Marco Antonio.
En primer lugar, Cleopatra VII gobierna en Egipto, por tanto, ella tiene en ese momento el control absoluto, aunque comparte el poder con su hijo de tres años.
Tras la muerte de César, le interesa conseguir el apoyo romano y, posiblemente que se reconozca a Césarión como hijo legítimo del “dictador”.
En el año 43 a. de C. realiza un pacto con Publio Cornelio Dolabela: ella le envía las cuatro legiones que hay en Egipto a cambio de que él reconozca a Cesarión como “rey de Egipto” y sucesor de Ptolomeo XIV.
Sin embargo, una vez enviadas las tropas, el comandante de una de las legiones decide prestar apoyo a uno de los asesinos de César, Casio, una decisión con la que ella no está de acuerdo.
Ese mismo año se establece lo que conocemos como “Segundo triunvirato” (43 a. de C. – 38 a. de C.), que fue una coalición entre Octaviano, Marco Antonio y Lépido por cinco años. De esta forma, unen fuerzas para enfrentarse a Bruto y Casio (los asesinos de César).
Finalmente, en el otoño del año 42 a. de C., los “triunviros” vencen a Casio y a Bruto en la batalla de Filipos, por lo que se reparten el poder entre los tres, y Marco Antonio se establece en el este del Mediterráneo.
No obstante, Marco Antonio se muestra como el verdadero ganador de esta batalla.
Este es un acontecimiento muy importante, porque es lo que va a favorecer el encuentro entre la reina y Marco Antonio.
Por otro lado, al mismo tiempo, entre el 43 y 42 a. de C., hay épocas de malas cosechas en Egipto por un problema con la crecida de las aguas del Nilo, por lo que la situación económica dentro del país no era buena.
Parece ser que en Roma la situación no fue mucho mejor, ya que en el año 44 a. de C. había invadido la península Itálica una nube por una explosión volcánica en Alaska que llegó hasta Roma y había provocado una bajada de las temperaturas que también afectó a la producción agrícola.
Cleopatra y Marco Antonio se encuentran en Tarso, en Cilicia, cuando él está librando una guerra contra los partos y decide en ese momento pedirle a Cleopatra que se presente allí para que ella le explique si es cierto o no que había estado financiando la guerra de Casio.
Ella no había participado intencionadamente, pero una de las legiones que envía a Dolabela se había posicionado a favor de Casio.
Sin embargo, parece que esto fue una excusa y que el verdadero interés de Marco Antonio era conseguir el apoyo de la reina en su lucha contra los partos.
Como bien apunta Plutarco, se van a encontrar cuando ella es una mujer ya experimentada de veintiocho años.
En su viaje lleva toda una serie de regalos y dinero para obsequiar a Marco Antonio.
Una vez en Cilicia, marcha en una embarcación por el río Cidno hasta encontrarse con Marco Antonio.
El barco, según Plutarco, tenía la popa dorada, velas de color púrpura y remos con asideros de bronce.
Según Gustavo García Vivas, es muy probable que el navío tuviese estas características, aunque no sería de un gran tamaño, sí sería lujoso y poseería una popa dorada y unas velas púrpuras.
Esta llegada no fue en silencio, ya que en el barco había música. La reina estaba bajo la sombra de un baldaquín y ella se había mostrado como Afrodita, que los griegos la equiparaban a Isis.
La vinculación de la reina con Afrodita no debe extrañarnos, ya que las reinas ptolemaicas se identificaron con esta diosa, y, además, porque previamente, poco después del nacimiento de Cesarión, ella había acuñado monedas donde se mostraba como Afrodita, y a su hijo en brazos, como Eros.
En la embarcación también había niños imitando a los “amorcillos” que acompañaban a la diosa.
Además, sus doncellas se habían vestido como “nereidas” y “gracias”.
Al ver esta pompa empezó a correr el rumor de que Afrodita había llegado para reunirse con Dioniso “por el bien de Asia”.
Este fue el inicio de la historia de amor entre estos dos amantes, a partir de entonces se generan toda una serie de leyendas en torno a su pasión.
Al ver Marco Antonio toda esta pompa, la invita a cenar, pero ella insiste en que sea Marco Antonio el que vaya donde está ella, y, al día siguiente, él la invita a ella, pero no consigue equiparar el lujo con el que Cleopatra le recibe.
Según Dion Casio “quedó prendado de ella, y ya no le importó nada su reputación, sino que era esclavo de la egipcia y dedicaba todo el tiempo a su amor con ella”.
Esta relación sexual entre ambos es innegable porque meses después Cleopatra da a luz a sus gemelos.
En este encuentro, Marco Antonio solicita a Cleopatra ayuda en su lucha contra los partos, a lo cual ella accede a cambio de que asesine a su hermana Arsínoe, a lo que él accede. Arsínoe, finalmente, perece en Éfeso, donde se refugiaba.
Sin embargo, Dion Casio adorna este intercambio de intereses como una muestra del amor de él hacia ella.
Asesinada su hermana, Marco Antonio se marcha a Egipto invitado por Cleopatra, lo cual provoca inestabilidad en las fronteras asiáticas de Roma.
Este viaje a Alejandría no lo hacen juntos, ya que Cleopatra se había marchado previamente.
En el invierno del año 41 y 40 a. de C., Antonio fue el invitado de la reina en la ciudad.
Durante su estancia en Alejandría, la pareja va a hacer grandes fiestas – de hecho, van a fundar una asociación llamada “Vividores Inimitables”, la cual posiblemente tuviese un carácter dionisiaco y que desde el 30 a. de C. se llamaría “Amigos hasta la muerte”.
Además, en este año, en el año 40 a. de C., Cleopatra está embarazada de él y acaba dando a luz gemelos.
¿Por qué a Marco Antonio le interesaba Cleopatra?
El amor y la pasión no fueron tan determinantes en las decisiones de Marco Antonio.
Cleopatra y el triunviro fueron amantes y aliados, con intereses y motivaciones que iban más allá del dormitorio, porque ambos ansiaban mantener su poder en sus respectivos países.
En primer lugar, la rivalidad entre los dos triunviros, Octaviano y Marco Antonio, jugó un papel protagonista en esta cuestión.
Mientras que Octaviano se consideraba heredero de César, Cleopatra tenía al que podía ser el hijo legítimo del dictador.
Dión Casio explica por qué Marco Antonio favorece a la reina y a Cesarión: “Pues decía que tanto la mujer como el hijo lo eran realmente del primer César, y explicaba que había decidido hacer eso como homenaje a César; pero era para desacreditar a Octaviano porque éste era hijo adoptivo y no hijo natural de César”.
Por otro lado, también es Dion Casio el que nos habla de los excesos y de las preferencias de Marco Antonio.
Este autor nos dice que Marco Antonio estaba en Egipto, aunque seguía al día de los asuntos de Roma, pero que no intervenía en nada, ya que se dejó llevar por el amor y las borracheras, en definitiva, por el desenfreno en el que vivía.
En este sentido, a diferencia de Julio César, Marco Antonio era, según lo muestran las fuentes antiguas, un hombre dado al placer del cuerpo.
Sin embargo, posiblemente la principal motivación que tuvo Marco Antonio a la hora de establecer una relación con la reina fue el dinero.
Cleopatra apoyó económicamente a Marco Antonio en numerosas ocasiones, sobre todo a partir del año del nacimiento de su tercer y último hijo.
Ejemplo de ello es la “donación” que recibió de ella durante su lucha contra los partos, especialmente en la campaña del 36 a. de C., cuando ella acude a finales de ese año a la costa libia para ayudarle, ya que la guerra había sido un completo desastre y había perdido una gran cantidad de hombres.
Como bien apunta Rosa Cid, probablemente Marco Antonio se dio cuenta de los recursos que podría proporcionarle Egipto para sus campañas en el este del Mediterráneo.
Los intereses de Cleopatra para relacionarse con Marco Antonio, como bien apunta Gustavo Vivas, era el de mantener el reino ptolemaico con el apoyo de Roma.
De esta forma podría mantener las fronteras controladas y la paz dentro de su territorio.
LA LUCHA CONTRA OCTAVIANO Y LA BATALLA DE ACCIO
La batalla de Accio, también conocida como “Actium”, se considera el punto final en la lucha entre Octaviano y Antonio, al mismo tiempo que supone el fin de la monarquía egipcia.
Sin embargo, este combate no surge de la nada, sino que en los años previos se genera un caldo de cultivo que es muy importante comprender antes de analizar cuál fue su impacto.
En primer lugar, la relación entre Antonio y Octaviano no fue buena desde la muerte de César – es decir, desde antes de establecer el “Segundo Triunvirato”.
Un mes después de los “idus de marzo” del 44 a. de C., a principios de abril, Octaviano llegó a Roma.
Sólo tenía dieciocho años y Marco Antonio tenía en torno a cuarenta años, por lo que ya era un hombre experimentado.
En aquel momento, Marco Antonio había estado ayudando a Calpurnia, la viuda de César.
Probablemente, la llegada de Octaviano supuso un punto de tensión para él.
Posteriormente, las tensiones entre ambos se van acentuando a medida que Marco Antonio se distancia de Octavia (la hermana de Octaviano con la que se había casado Marco Antonio) y lucha por vincularse con la reina de Egipto.
Las “donaciones de Alejandría” (34 a. de C.), que Marco Antonio realiza después de su conquista de Armenia, habían crispado el ambiente para que no se renovase el “triunvirato” al año siguiente, y, además, Octaviano se vio atacado personalmente por el trato de desprecio a su hermana por parte de Marco Antonio cuando éste le pidió el divorcio (32 a. de C.).
En un acto realizado en el gimnasio de Alejandría, nombra a Cleopatra “reina de reyes”, de Chipre, Libia y Celesiria, cedida a Egipto en el 36 a. de C.
En este evento hicieron público que Césarión era “rey de reyes” y, según Dion Casio, le reconocieron como hijo de César para desacreditar a Octaviano.
Asimismo, en esta ceremonia Marco Antonio otorga territorios a los hijos que había tenido con la reina.
A Alejandro Helios le da Armenia, Media y otros territorios en la zona del Éufrates que todavía debía conquistar.
Cleopatra Selene recibe Cirene y Libia. Y, por último, a Ptolomeo Filadelfo se le concedió Fenicia, Cilicia y Siria.
Cuando Octaviano, a finales de verano del 32 a. de C., declaró la guerra, no fue a Marco Antonio, sino a Cleopatra, por lo que este enfrentamiento no se consideraba una guerra civil, sino una guerra justa contra una enemiga de Roma.
Según Plutarco, para Octaviano la culpa no recaía en Marco Antonio, ya que consideraba que éste “no estaba en su ser”, sino en Cleopatra, que le había administrado pócimas para seducirlo.
Esta guerra se estaba librando en el Mediterráneo oriental. Por tanto, si Octaviano ganaba, habría derrotado a Cleopatra, pero si lo hacía ella, no sería una victoria de Marco Antonio.
Las tensiones en Roma habían terminado por construir el deseo de generar un Imperio bajo el control de una sola figura.
Esta lucha entre Marco Antonio y Octaviano terminó por afectar a los planes políticos de Cleopatra por su implicación con el padre de sus hijos.
En aquel momento, para tener un control absoluto y acelerar la idea de un gobierno único en contra del “triunvirato”, Octaviano generó la idea de un enemigo que estaba acechando Roma y que debía ser aniquilado para que la potencia del Lacio se mantuviese.
Por este motivo, el odio y la guerra fueron contra Cleopatra, aunque la lucha se produjese entre los dos “extriunviros”.
En suma, no es que únicamente declarase la guerra a Egipto, sino a todo lo que representaba Cleopatra como mujer extranjera y, por tanto, peligrosa.
A finales del año 32 a. de C., ya declarada la guerra, los dos (Marco Antonio y Cleopatra) se marchan a Patras, donde pasan el invierno del 32 al 31 a. de C.
Fue entonces cuando en Patras se acuñaron monedas con Cleopatra como la diosa Isis.
Antes de la batalla, hubo una serie de malos presagios.
Al igual que en la muerte de Julio César, en esta ocasión hubo numerosas señales de que la guerra no iba a salir bien para Antonio y Cleopatra.
LA BATALLA DE ACCIO
…. Aunque su emplazamiento (el de Marco Antonio y Cleopatra) estratégicamente parecía mejor, lo cierto es que su flota tuvo problemas con el abastecimiento de agua y la de Octaviano no, por lo que las tropas de Marco Antonio corrían el riesgo de contraer enfermedades como la malaria.
En este contexto, Marco Antonio intentó cortar el acceso al agua de Octaviano e increpó a su rival para comenzar la batalla, aunque sin éxito.
Además, Agripa – comandante de las fuerzas de Octaviano y el militar más destacado de Accio – antes de la batalla había logrado el control de Metone, Leucas, Patras y Corinto.
Con este movimiento había conseguido bloquear la llegada de suministros a Antonio y Cleopatra desde el sur.
Debido a la falta de suministros de agua y comida, sus soldados comenzaron a enfermar, lo cual provocó una baja moral que condujo a la deserción de muchos de ellos y que anticipaba el fracaso de la batalla.
A finales de verano, la situación de Antonio y Cleopatra no era buena.
En vistas de la situación, parte de los aliados y reyes “clientes” de Marco Antonio procedieron a apoyar a Octaviano.
También se cambiaron de bando algunos romanos, como Enobarbo, que huyó supuestamente por tener una mala consideración de la reina.
Antes de la batalla, sólo Canidio Craso, Sosio y Gelio Publícola permanecieron fieles a Antonio y Cleopatra.
Las noticias de deserciones ayudaron, por supuesto, a la propaganda de Octaviano.
Este fue el principal motivo por el que el resultado de la batalla no fue favorable para Marco Antonio y la egipcia, porque antes de comenzar sus fuerzas habían sido minadas durante el verano.
Plutarco nos cuenta que Marco Antonio se presenta en batalla con 500 naves y Octaviano con 250, lo cual no parece que fuese cierto – probablemente se trate de una exageración para ensalzar aún más la victoria de Octaviano.
La flota de Antonio fue nutrida por los barcos que había aportado la reina egipcia…
Para la guerra contra Octaviano, Cleopatra había cedido 200 de sus naves, sin embargo, únicamente sesenta había ido a luchar a Accio, porque Antonio había quemado las otras 140.
Las sesenta que sobrevivieron fueron las mejores de su flota y las que combatieron.
Antonio decidió quemar todas esas naves porque muchas no eran útiles para la batalla y si las abandonaban Octaviano se podía hacer con ellas, por lo que favorecería a su adversario.
Además, la reina dio a Antonio un apoyo económico con la entregade 20.000 talentos.
Finalmente, parece ser que Marco Antonio se presentó a la batalla con 170 barcos, 230 contando con los de la reina.
El 29 de agosto se subieron a las naves de Marco Antonio y Cleopatra 20.000 legionarios y 2.000 arqueros.
En cuanto a la flota de Octaviano, se ha calculado que debió de luchar con 250 barcos.
Según Orosio, Octaviano se presentó con 230 naves que llevaban 8 legiones y 5 cohortes pretorianas, mientras que Marco Antonio llevaba 170 naves, que, aunque eran menos, eran mejores que las de Octaviano por ser más grandes.
Según Dión Casio, el día antes de la batalla Octaviano arengó a las tropas sobre los motivos de la guerra y el peligro que suponía Cleopatra.
En este discurso, dijo que Antonio ya no podía ser considerado romano, sino que era “egipcio” y debía ser llamado “Serapión”, que era el nombre que recibían los seguidores de Serapis.
Sin embargo, este discurso parece una fantasía del escritor.
La batalla tuvo lugar el 2 de septiembre del 31 a. de C.
Plutarco nos cuenta que no pudieron enfrentarse antes, porque el 29 de agosto comenzó una tormenta que duró cuatro días, por lo que tuvieron que esperar y en el quinto día combatieron.
Veleyo (Patérculo) nos cuenta que la flota de Octaviano estaba comandada por Agripa, cuyo flanco derecho, estaba controlado por Marco Lurio y el izquierdo por Arruncio.
Por otro lado, la flota de Marco Antonio estaba dirigida por Publícola y por Sosio.
Según Plutarco, las naves de Marco Antonio eran muy pesadas, por lo que no poseía libertad de movimiento.
Además, los barcos de Octaviano optaron por asediar a sus enemigos tirando jabalinas, espadas, lanzas y proyectiles de fuego.
Para defenderse, Marco Antonio tiraba proyectiles desde sus torres.
Al mismo tiempo, Agripa aprovechó su escuadra izquierda para rodear las naves de Marco Antonio y, por ello, Publícola se vio forzado a desplazarse hacia el centro. Esto provocó cierto desorden en la lucha naval.
Además de planear el enfrentamiento por mar, tenían contemplado una lucha en tierra, donde Tauro dirigiría las tropas de Octaviano y Canidio las de Marco Antonio, aunque no se llegó a materializar
Debido a que Marco Antonio y Cleopatra eran inferiores en número, actualmente se ha planteado que ellos debieron dar por perdida la batalla desde el inicio y que estaban preparados para huir.
Sin embargo, Octaviano realizó un movimiento en la batalla bastante decisivo que fue tirar fuego con catapultas hacia las naves de sus adversarios.
Octaviano no quería utilizar esta táctica porque su deseo era salvar el tesoro ptolemaico, pero se dio cuenta de que era la única forma de ganar.
Al llegar el fuego a las naves, los soldados intentaron apagarlo, primero con agua dulce que llevaban en el barco y, cuando se les acabó, con agua del mar, lo cual no fue muy efectivo ya que no poseían suficientes herramientas para subir el agua y, sin quererlo, avivaron el fuego.
Parece que la posterior huida de la reina estuvo más relacionada con este hecho que con una cuestión personal, como se suele decir en las fuentes clásicas.
Dion Casio nos dice que la batalla estaba muy igualada y que Cleopatra huyó por ser mujer.
Plutarco nos narra que Cleopatra se escapó por el centro, lo cual provocó cierta confusión entre sus tropas y alegría entre las de Octaviano.
Sin embargo, los investigadores actuales ponen en duda que la reina huyese por iniciativa propia en la batalla, tal como nos narran las fuentes antiguas.
Por otro lado, la huida de la reina no hubiese tenido un gran impacto si Marco Antonio no la hubiese seguido.
En cualquier caso, la fuga parece que fue una realidad, aunque no podemos decir que fuese por sus nervios, sino por un motivo bélico.
Cleopatra llevaba muchos meses colaborando con Marco Antonio en el terreno militar, por no decir años, si contamos toda la ayuda que le prestó en su lucha con los partos.
Las fuentes retratan a Cleopatra como una mujer irracional, una visión que es un tanto subjetiva.
Seguramente, la decisión de marcharse del campo de batalla o era premeditada, o se decidió de forma inteligente.
Un buen motivo era evitar el fuego en su barco.
Las tropas que quedaron en Accio, según nos cuenta Veleyo, abandonaron las armas.
En aquel momento, Octaviano les prometió clemencia.
Sin embargo, Plutarco nos da otra versión, y nos dice que los barcos lucharon contra Octaviano y que, debido al mal estado del mar, fueron dañados y no llegaron a la décima hora de la batalla.
Este autor nos cuenta también que no hubo más de cinco mil muertos y que Octaviano capturó 300 naves.
Según Plutarco, las tropas de Marco Antonio tardaron unos días en aceptar la situación, porque esperaban que su líder volviera, pero cuando Canidio los abandonó, asumieron la derrota y se pasaron al bando de Octaviano.
Una vez ganada la batalla, Octaviano festejó la victoria consagrando varios barcos a Apolo Actiaco y construyó un templo dedicado a este mismo dios allí donde había situado su campamento Marco Antonio.
Fundó una ciudad donde estuvo su campamento, a la cual llamó “Nicópolis”, e inauguró los “Juegos Actiacos”, que se celebraban cada cuatro años, y en los cuales, al igual que en otros “Juegos”, había competiciones deportivas, musicales y equinas.
No debemos olvidar que lo que conocemos de la batalla de Accio es una versión de los vencedores, de Octaviano, por lo que los sucesos de la lucha y su resultado están mediados por la propaganda política, sin necesidad de reflejar unos hechos fieles a la realidad.
Gustavo Vivas comenta que después de la batalla hubo un antes y un después en la propaganda de Octaviano, y que esta contienda “cobró dimensiones de gesta fundacional” de su gobierno.
A partir de ese momento, se declaró vencedor de la reina egipcia y estableció de forma definitiva su poder en Roma.
Gracias a eso, años después se le concederá “poder sobre todas las cosas” (potitus rerum omnium) ……
Veleyo nos cuenta que, al año siguiente de la derrota en Accio, Octaviano decide que es el momento de perseguir a Antonio y a Cleopatra, en lo que sería el coletazo final de su guerra civil.
Desde la batalla de Accio, el 2 de septiembre del 31 a. de C., hasta la entrada de Octaviano en Alejandría, el 1 de agosto del 30 a. de C., había pasado casi un año.
Después de Accio, Octaviano había estado en Samos y en Éfeso, donde había recibido embajadas.
En el verano del 30 a. de C. emprende rumbo a Egipto desde Siria.
A su llegada a Alejandría, Octaviano se asienta en el hipódromo, que estaba a las afueras.
Allí acude Antonio con su caballería para enfrentarse a su rival.
En esta lucha, la caballería de Octaviano huye, por lo que Antonio se siente victorioso.
Al volver a la ciudad, se reunió con Cleopatra y lo celebró con ella.
SUICIDIO DE MARCO ANTONIO Y CLEOPATRA
El suicidio de la última reina de Egipto fue precedido por la muerte de Marco Antonio.
Según nos cuenta Plutarco, al marcharse sus tropas y navíos, Marco Antonio volvió a Alejandría insultando a Cleopatra, acusándola de traición.
Cleopatra, al advertir su cólera, decidió esconderse en su tumba y hacerle llegar el mensaje a Antonio de que ella había muerto.
Marco Antonio se creyó la mentira y esto es lo que dijo, según Plutarco:
“¿Qué va a ser de ti, Antonio? La Fortuna te ha robado la única razón que te quedaba para seguir viviendo […].
¡Cleopatra”! ¡Ah! No me duelo de tu pérdida, pues enseguida yo me reuniré contigo, sino sólo porque un general como yo se muestre inferior a una mujer con coraje”.
Según este autor, Marco Antonio tenía un criado llamado Eros al que había hecho prometer que le mataría llegado el momento. Sin embargo, cuando Eros estaba empuñando la espada, Antonio se dio la vuelta y Eros se suicidó antes que darle muerte.
Finalmente, tras el ejemplo de Eros, Marco Antonio se clavó la espada en el estómago, pero ésta no le quitó la vida, por lo que tuvo que pedir que, por favor, le degollaran. Aún así, no terminó de morir.
Cleopatra ordenó que llevasen su cuerpo a su tumba.
Ella estaba encerrada allí con dos mujeres de la corte, probablemente Ira y Carmión, las cuales la ayudaron a elevar el cuerpo de Marco Antonio con unas cuerdas para subirlo hasta donde estaba ella, porque no quería abrir la puerta.
Una vez juntos, Cleopatra se lamentó y Marco Antonio pidió beber vino. Marco Antonio le indicó que confiase en Proculeyo, un amigo de Octaviano.
Parece ser que en ese momento Antonio le pidió que no llorase su muerte y que se alegrase por todo lo que habían vivido.
Una vez muerto, ese mismo 1 de agosto, Proculeyo llegó de parte de Octaviano.
La misión de éste era detener viva a la reina; sin embargo, ella no quiso abrir la puerta, por lo que hablaron a través de la puerta.
Mientras Cleopatra le pedía que les diese a sus hijos Egipto, Proculeyo le pedía que se entregara a Octaviano.
Poco después fue a hablar con ella un tal Galo, y mientras hablaba con él a través de la puerta, Proculeyo y dos de sus sirvientes lograron entrar por el mismo lugar por donde habían introducido a Marco Antonio.
Proculeyo la agarró y le dijo, según Plutarco:
“Cleopatra, te has perjudicado a ti misma y al César (Octaviano), al haberle privado de una gran ocasión para mostrar su generosidad y haber hecho que el más benevolente de los generales apareciera como un hombre indigno de confianza e implacable”.
Entonces la registró para quitarle su arma y por si tenía algún veneno.
También llegó en este momento Epafrodito, un liberto de Octaviano, para encargarse de que ella estuviese vigilada y, al mismo tiempo, garantizarle una buena estancia.
En cuanto al enterramiento de Marco Antonio, Plutarco nos cuenta:
A pesar de que muchos reyes e incluso generales reclamaban enterrar a Marco Antonio, sin embargo, César (Octaviano) no le quitó el cuerpo a Cleopatra, sino que Marco Antonio fue enterrado lujosamente y de una manera regia por las propias manos de aquélla, disponiendo todo tal cual fue su deseo.
Según Dion Casio, en este punto a Cleopatra le quitaron todo aquello con lo que pudiese hacerse daño y le permitieron quedarse en la tumba hasta que el cuerpo de Marco Antonio se embalsamase.
Tras la muerte de Antonio, Cleopatra cae enferma entre el 3 y el 8 de agosto, lo cual le sirve para ocultar sus intenciones de suicidio.
No obstante, Octaviano sospechaba que ella quería acabar con su vida y deseaba evitarlo a toda costa, por lo que va a visitarla el 8 de agosto.
En ese momento, la amenaza con un destino terrible para sus hijos si se quita la vida.
Dolabela le cuenta, en secreto, a Cleopatra que a los pocos días ella y sus hijos serán enviados a Roma.
Por este motivo, ella le pide a Octaviano que, por favor, le permita hacer libaciones en honor de Marco Antonio.
Para ello, Cleopatra acude a la tumba el 9 de agosto, donde vierte las libaciones, llora y pone flores.
Una vez hecho esto, se baña y organiza un banquete. Es entonces cuando se inicia la trama del suicidio. Donde está ella llega un campesino con una cesta de higos, en la cual iba escondido el áspid, que los guardias le permiten introducir.
Según el relato de Dion Casio, el áspid se encontraba escondido en la cesta con flores.
Tras el banquete, Cleopatra escribe en una tablilla una carta para Octaviano donde le pide que la entierren con Antonio, y se la manda con Epafrodito.
Una vez enviada la carta, ordena que salgan todos los que están en el banquete, excepto dos mujeres, cierra la estancia y procede a suicidarse.
Estas dos mujeres, Ira y Carmión, se suicidarán después de la reina.
La muerte de Cleopatra se produjo el 10 de agosto del 30 a. de C.
Ya muertos Marco Antonio y Cleopatra, el gobierno de Egipto pasa a manos de Octaviano.
Poco después, Egipto se convierte en una “provincia” de Roma.
En cuanto al destino de los hijos de la reina tras su muerte, mientras los hijos de Marco Antonio y Cleopatra permanecieron en la capital egipcia, Cesarión huyó a la India. Por orden de Octaviano, fue asesinado en este viaje, unos diez días después de la muerte de su madre.
Esto no debe extrañar, ya que Cesarión se consideraba hijo de Julio César, por lo que era una amenaza para Octaviano por este motivo, pero también porque era el rey de Egipto.
A su muerte, los hijos de Antonio y Cleopatra (Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo) fueron cuidados por Octavia en Roma.
Posteriormente, Cleopatra Selene fue casada con Juba II de Mauritania, con el cual tuvo un hijo, Ptolomeo, que acabó siendo condenado por Calígula].
(Alejandra Izquierdo. “Cleopatra. La mujer tras el mito de la última reina de Egipto”. Rocaeditorial. 2025).
Segovia, 17 de enero de 2026
Juan Barquilla Cadenas.