El derecho de hospitalidad (ξενία) en el mundo antiguo: mito de Baucis y Filemón.
Antes de que existiera el “ius Gentium”, una especie de derecho internacional, derecho común a todos los hombres sin distinción de nacionalidad, los griegos especialmente, pero también los romanos se regían por las “leyes de hospitalidad”. Estas leyes eran en principio de carácter religioso.
La “xenía” (el derecho de hospitalidad) estaba sujeta a la ley divina, hasta el punto de que, una de las numerosas facetas de Zeus que se veneraba, era la de Ζεύς Ξένιος (Zeus xénios), Zeus protector de la hospitalidad, que castigaba a aquellos que no cumplían con el deber de hospitalidad.
Un ejemplo, donde aparece el incumplimiento del deber de hospitalidad en la Odisea, es cuando Ulises con sus compañeros llega al país de los cíclopes y entran en la cueva del cíclope Polifemo. Ulises le suplica hospitalidad y le advierte del castigo de Zeus en caso de que lo incumpla, pero él desoyéndolo, el lugar de hospitalidad, se come a dos de los compañeros de Ulises. Después, Ulises, tras emborracharlo con un vino extraordinario que llevaba consigo y, una vez que se quedó dormido el cíclope, lo dejará ciego clavándole una estaca encendida al fuego en su único ojo.
La “xenía” tenía un carácter ritual, ya que se llevaban a cabo una serie de pasos bien diferenciados y se consideraba profano transgredir dicho ritual.
La “Xenía” comenzaba en el momento en que un “xénos” (extranjero) llegaba a un lugar y requiriese la hospitalidad de sus moradores, los cuales recibían de inmediato al “xénos”, que pasaba a convertirse en un huésped.
Una vez que el huésped sacia sus necesidades – normalmente se celebraba un banquete en su honor – es preguntado por su linaje y su hogar.
Cuando el huésped se disponía a regresar a su patria o partir a otro lugar, era frecuente que fuese agasajado con regalos.
El intercambio de regalos podía ser recíproco. Estos regalos – frecuentemente copas o crateras – eran un indicio de la amistad que ahora unía al huésped y a la persona que lo acogió.
Por ejemplo, Menelao obsequia a Telémaco con una cratera que había recibido de Fédimo, rey de Sidón, cuando fue huésped de éste.
Otro ejemplo, donde se cumple ese “ritual”, aparece también en la Odisea de Homero. Se trata del pasaje en que Ulises, después de un naufragio en el que casi pierde la vida, se encuentra con Nausica, hija del rey de los feacios, Alcínoo, y le pide ayuda. Ésta le conduce al palacio de su padre, donde es recibido en hospitalidad.
Cuando Ulises va a partir hacia su tierra, Ítaca, el rey Alcínoo le regala una copa de oro para que le tenga presente cuando Ulises se encuentre en su patria.
Los extranjeros (ξένοι) poseían un estatuto legal, como cualquier hombre libre, el cual, si se veía atacado, despertaba la cólera de Zeus xénios.
Además, mediante la hospitalidad se fue tejiendo una amplia red de vínculos de amistad entre miembros de familias de diferentes comunidades.
Esto recuerda un poco a las embajadas que los países tienen en otros lugares alejados de su lugar de origen.
Los huéspedes eran muy bien tratados, porque era el trato que esperaban recibir cuando fueran acogidos, a su vez, como huéspedes.
Los griegos fueron siempre muy hospitalarios debido a estar acostumbrados a los viajes (colonizaciones) fuera de su ciudad.
Pero no todas las ciudades griegas compartieron el sentimiento de hospitalidad hacia el forastero. Por ejemplo, Esparta se caracterizó por ser muy poco hospitalaria con los viajeros, que en muy pocas ocasiones eran bien recibidos. Se les daba a entender que sus visitas debían resultar breves y si se prolongaban demasiado, la policía se encargaba de llevarlos a la frontera. Esto se debía a lo que pensaban los espartanos de los viajes: temían que fuese un medio para contagiar a su sociedad de las costumbres extranjeras.
Por eso, el régimen espartano tenía restricciones para aquellos ciudadanos que decidieran viajar al extranjero. Estaba prohibido viajar al extranjero sin permiso del gobierno.
Para evitar el deseo de los ciudadanos espartanos de viajar fuera, fomentaban un arrogante exclusivismo nacional para que se creyera imposible una influencia positiva en otras tierras.
El vínculo de hospitalidad y amistad que se establecía entre anfitrión y huésped era vitalicio y transgeneracional, se transmitía de generación en generación.
Esto queda de manifiesto en la Ilíada de Homero, cuando Glauco (guerrero troyano) y Diomedes (guerrero griego) que estaban luchando, al ver que sus antepasados mantuvieron un vínculo de hospitalidad, detienen el combate y juran no cruzar las armas entre ellos, al considerarse huéspedes mutuos, para no transgredir la “xenía” de sus antepasados. Y, para dejar constancia de que estos vínculos de hospitalidad son renovados, se intercambian las armas como si se tratase de un regalo recíproco, propio de la “xenía”.
Un ejemplo de hospitalidad (ξενία) en la mitología nos lo cuenta el poeta romano Ovidio (43 a. de C. -17 d. de C.) en su obra “Metamorfosis” (VIII, 547 -573). Se trata del mito de BAUCIS y FILEMÓN.
Baucis y Filemón eran dos campesinos muy pobres que vivían en una cabaña.
Zeus y Hermes con figura de viajeros recorrían Frigia para ver si eran acogidos por las gentes de ese territorio en hospitalidad. Pero ninguno de sus habitantes les acogió.
Sin embargo, llegaron a la cabaña de Baucis y Filemón, y ellos les recibieron y les ofrecieron los pocos alimentos que tenían y una cratera de vino.
Pero, al darse cuenta que la vasija (cratera) del vino, aunque bebían de ella, permanecía siempre llena, pensaron que eran dioses aquellos a los que estaban acogiendo en su cabaña. Entonces ellos piden perdón a los dioses por los pobres alimentos que les han ofrecido. Pero los dioses, por su generosidad, los libran del castigo que, enfadados, han decidido infringir a los habitantes de la región. A los habitantes de Frigia les envían un diluvio.
Además, los dioses les conceden un deseo, y ellos piden terminar juntos su vida. Y cuando mueren ya de mayores, Zeus y Hermes los convirtieron en dos árboles que se levantaban uno al lado del otro frente al templo que en otro tiempo había sido su cabaña.
En estos tiempos de tanta emigración producida por las guerras, el hambre, la escasez de recursos y falta de leyes que respeten los derechos humanos en sus países de origen, no estaría mal mantener el “espíritu” de esas leyes no escritas de hospitalidad en el mundo antiguo. Pues ¿cómo nos gustaría que fuésemos tratados si nosotros nos encontráramos en su situación?
Hemos de pensar que todos compartimos un único planeta (la Tierra) y para que éste siga siendo un lugar donde sea posible una vida adecuada a nuestras necesidades, debemos poner algo de nuestra parte.
Pues, por otro lado, como decía el poeta griego Kavafis en su poema “Esperando a los bárbaros”, éstos tal vez no sean el problema sino la solución.
Segovia, 13 de diciembre de 2025
Juan Barquilla Cadenas.