CICERÓN: “DE REPUBLICA” (Sobre la “república”)
Cicerón (106 -43 a. de C.) hombre polifacético, escritor, político, orador y filósofo, nos ha dejado, entre sus múltiples obras, una de carácter político: “De republica ”. Esta obra nos ha llegado mutilada y en ella expone, a través del diálogo de diversos personajes, cuál es la mejor forma de gobierno.
En una reunión de ocho personas, todos amigos y algunos familiares, Lelio (uno de ellos) propone que se aproveche el tiempo de esa vacación de las “Ferias latinas”, para tratar un tema tan importante como el de la mejor forma de gobierno, y que sea Escipión (Publio Cornelio Escipión Emiliano) quien lleve el discurso, pues es justo que hable de este tema quien es precisamente el primer ciudadano (prínceps reipublicae) y que ha tratado frecuentemente de él con dos maestros griegos como son Panecio y Polibio.
Escipión acepta la propuesta y empieza por definir qué se debe entender por “res publica”.
La personalidad del mismo Cicerón, que se oculta en el diálogo, tiene ocasión de presentarse en los preámbulos o proemios introductorios de cada jornada de las tres “Ferias latinas”, cada una de las cuales ocupa un par de libros.
El primer proemio tiene como tema la superioridad de la vida política activa sobre la puramente teorética.
Cicerón empieza por establecer como axiomático que, si el hombre existe para servir a los demás y perfeccionarse en la práctica de la virtud -siendo la virtud, como es, esencialmente cosa de practicar y no sólo de predicar – la virtud más excelsa es necesariamente la del que se esfuerza por ejercer el gobierno de la república.
De este modo incide Cicerón en la antigua polémica entre los que defendían la superioridad de la vida teorética y los que, como Cicerón, la criticaban como inútil si no servía para ser llevada a la práctica, y en nuestro tema, para servir a la república.
Para esta crítica de la filosofía pura, Cicerón recurre al hábil recurso, por un lado, de asociarla al egoísmo de los epicúreos, proponiendo a éstos como antagonistas de aquel ideal, más noble y patriótico, de que vale la pena sacrificarse por la comunidad y morir por la patria; por otro, de aprovechar una sentencia de Jenócrates (396 a. de C. -314 a. de C.) según la cual el fin de la filosofía sería hacer que los hombres cumplieran espontáneamente lo que debe hacerse por la coacción de la ley, de donde resultaría que la eficacia del filósofo sería siempre mucho más escasa que la del legislador, es decir, la del hombre político.
El preámbulo de la segunda jornada (libros III y IV) trata de la educación cívica y de la tradición moral de los romanos (mores maiorum= las costumbres de los antepasados), partiendo también aquí, de un dato de la naturaleza humana como es la “razón”, que permite realizar la justicia y compensar la debilidad natural del hombre en comparación con los otros animales, a los que supera precisamente por el uso de la “razón”, con la que se perfecciona la instintiva convivencia social.
El tercer proemio (libros V y VI), que sólo conocemos por una paráfrasis de S. Agustín, se dedicaba a la crítica de la decadencia moral, es decir, la de la Roma de la época de Cicerón.
Empezaba éste por recordar el verso de Ennio (239 a. de C. -169 a. de C.) sobre el fundamento moral del poder de Roma: “Moribus antiquis res stat romana virisque” (La república romana se funda en la moralidad tradicional de sus hombres).
Con ello venía a incidirse en el tópico de que los hombres virtuosos deben ser el ejemplo de todo el pueblo, y en la necesidad de que sean aquéllos quienes gobiernen la república, de suerte que la constitución pueda servir como fuente de educación cívica.
“Así pues, dice Cicerón, el derecho común al servicio de todos es lo que hace que un agregado humano natural se convierta en “pueblo” y se pueda hablar de “gobierno público o república”.
En VI 13,13 habla Cicerón de las “ciudades” como grupos humanos unidos por el derecho. (El fin de tal sociedad lo pone Cicerón (IV 3,3) en la vida feliz y honesta de los ciudadanos, como ya hacía Aristóteles (Pol. III 9, 1280b y 1281ª).
Un eco muy tardío de esta idea, de que es la comunidad del derecho la que constituye una “ciudad”, lo encontramos en los conocidos versos de Rutilio Namaciano (siglo IV d. de C. – siglo V d. de C.) (vv. 65 s), donde refiriéndose a Roma, dice: “Al ofrecer a tus vencidos el consorcio de tu propio derecho, hiciste una “Urbe (ciudad) de lo que era antes un “Orbe” (el mundo).
Pero el gobierno del pueblo no es siempre igual, y no debe decirse que sólo hay verdadera “república” cuando el gobierno es perfecto. Porque son posibles distintas formas de gobierno, cuya perfección no es absoluta, sino relativa a cada pueblo y a cada momento histórico.
Y aquí reproduce Cicerón la teoría común de los tipos de república en sus “formas puras” - monarquía, aristocracia y democracia – y “formas degeneradas” - tiranía, oligarquía y anarquía- con el tópico de la inevitable degeneración cíclica -anaciclosis- a las “formas puras” en las correspondientes “formas degeneradas”, sea directamente, sea por mutación del tipo.
Entre las “formas puras”, la monarquía parece la más perfecta, pues el buen rey es como un padre que ama a su pueblo, pero su proclividad a convertirse en “tirano” la hace siempre sospechosa.
Entre las “formas degeneradas”, la peor es la anarquía que suele derivar de la democracia, y por eso tampoco la misma democracia resulta segura.
La aristocracia suele presentarse como una forma de tránsito entre la monarquía (pura o degenerada) y la democracia.
Ninguna de las “formas puras” puede, pues, resultar perfecta, y por eso Cicerón se adhiere a la teoría que ve la mayor perfección en una forma mixta y armónica en la que exista un gobierno fuerte, como el de la monarquía, pero se respete la libertad de los mejores, como en la aristocracia, y se atienda los intereses de todo el pueblo, como debería ocurrir en la buena democracia.
Así pues, Cicerón parte de la naturalidad de un agregado humano, no pactado sino espontáneo, pero considera que tal agregado sólo constituye un “pueblo” propiamente dicho cuando dispone de un orden común, de un “iuris consensus”, y que, por tanto, sólo entonces se puede hablar de que existe un gobierno común, una “res publica”, propia de ese “populus”.
Cuando el gobierno es tal que esa comunidad del derecho desaparece, como ocurre en las formas de gobierno degeneradas, la república también desaparece, pero no ocurre así cuando hay un mínimo de comunidad jurídica, aunque no exista una perfecta armonía de los distintos elementos que constituyen el “pueblo”.
Así, cualquiera de las tres “formas puras” de gobierno – monarquía, aristocracia y democracia – puede valer para una “república”, pero el riesgo de degeneración de cada una de ellas -en “despotismo” las dos primeras, en “anarquía” la última – hace que una forma más estable y perfecta de gobierno tenga que ser “mixta”, de suerte que contenga -como contenido y como contención -algo de las tres formas, de manera que el equilibrio de las tres fuerzas puedan impedir la irrupción de una de las formas degeneradas.
El hecho de que haya desaparecido casi totalmente la parte posterior de la obra, mucho más extensa, sobre las virtudes del político, ha venido a oscurecer quizás lo que era la idea principal de Cicerón, su “ultima ratio”, la idea de que, en último término, lo que realmente importa, cuando de “república” se trata, no es la forma de gobierno, la estructura política, sino la virtud de los hombres que se dedican a gobernar efectivamente.
Cuando Cicerón dice (I, 34) que nadie mejor puede disertar sobre la república que Escipión (185 a. de C.-129 a. de C.), alega que éste había tratado muchas veces de este tema con Panecio (185 a. de C. – 110 a. de C.) y Polibio (200 a. de C. -118 a. de C.), y no podemos excluir que las obras de estos dos autores griegos hubieran estado presentes en la memoria de Cicerón al escribir este diálogo, en especial Polibio pudo servirle de modelo, pues también él había tratado la teoría clásica de las formas de gobierno en relación con la realidad romana, como va a hacer Cicerón para exaltar, como también éste hace, la combinación institucional peculiar de la experiencia romana, idealizada por ambos autores para el momento cumbre de mediados del siglo II a. de C., la que solemos llamar “constitución mixta”.
“Así pues, dice el Africano (Escipión Emiliano), la cosa pública (república) es lo que pertenece al pueblo; pero “pueblo” no es todo conjunto de hombres reunidos de cualquier manera, sino el conjunto de una multitud asociada por un mismo derecho, que sirve a todos por igual.
La causa originaria de esa conjunción no es tanto la indigencia humana, cuanto cierta tendencia asociativa natural de los hombres, pues el género humano no es de individuos solitarios.
(Cicerón se aparta aquí de la doctrina contractualista epicúrea y sigue la aristotélica, de la sociabilidad natural del hombre, pero continúa viendo la unión en forma de “res publica” como un acto racional y voluntario, no meramente instintivo).
Así pues, todo “pueblo”, que es tal conjunción de multitud, como he dicho, toda “ciudad” que es el establecimiento de un pueblo, toda “república”, que es lo que pertenece al pueblo, debe regirse, para poder perdurar, por un gobierno.
Éste debe servir siempre y ante todo a aquella causa que lo es también de la formación de la “ciudad”; luego, puede atribuirse este gobierno a una sola persona o a unos pocos escogidos o puede dejarse a la muchedumbre de todos.
Así, cuando tiene uno solo el gobierno de todas las cosas, llamamos “rey” a esa persona única y “reino” a la forma de tal república; cuando lo tienen unos pocos, se dice que tal “ciudad” se rige por el arbitrio de los nobles; y, por último, es “ciudad popular” aquella en la que todo lo puede el pueblo.
Cualquiera de estas tres formas, si sirve para mantener aquel vínculo que empezó a unir en sociedad pública a los hombres, no es perfecta ciertamente, ni ninguna de ellas, en mi opinión, es la mejor, pero sí es tolerable, y cada una puede tener ventajas sobre las otras.
En efecto, un rey justo y sabio, o los principales ciudadanos selectos, incluso el mismo pueblo, aunque esto sea lo menos deseable, puede ofrecer cierta estabilidad, siempre que no se interfieran injusticias y codicias.
Sin embargo, en los reinos, quedan los otros ciudadanos demasiado apartados de toda actividad en el derecho y gobierno; en el dominado de los mejores, la muchedumbre difícilmente puede participar de la libertad, pues carece de toda potestad para el gobierno de la comunidad; y cuando todo lo gobierna el pueblo, aunque éste sea justo y moderado, la misma igualdad es injusta, pues no distingue grados de dignidad.
Y me refiero a estas tres formas de gobierno sin mezclas in combinaciones, conservadas en su pureza.
Pero, el prever las degeneraciones, como timonel que modera el curso de la república y la conserva con su potestad, corresponde a un gran hombre, casi divino.
Así pues, creo que debe considerarse como mejor esta cuarta forma de gobierno, que se modera por la combinación de aquellas otras tres que antes mencioné.
Escipión: “Cada república es según la naturaleza o la voluntad del que la gobierna; así, no encuentra acogida la libertad en ninguna otra forma de “ciudad” que no sea aquella en que la potestad suprema es del pueblo.
Y, ciertamente, ninguna más agradable que ella puede haber, pues, si no es justa, tampoco hay libertad.
Pero, ¿cómo puede ser justo, no digo ya el “reino”, donde la servidumbre no es oscura ni dudosa, sino en esta “república” en que todos son libres sólo de palabra? En ellas los ciudadanos votan, nombran a los magistrados con mando supremo, participan en las decisiones y en la votación de las leyes, pero dan lo que ha de darse, aunque no quieran, y dan a quien se lo pide lo que ellos mismos no tienen; porque están apartados del mando, del gobierno público, del juicio y de poder ser elegidos jueces, pues esto depende del abolengo y la fortuna de las familias.
Consta que esta discriminación nació al haber surgido en el “pueblo” algunos o algunas personas más ricas y acaudaladas, al ceder los perezosos y débiles ante el desdén y soberbia de aquéllos, y quedar vencidos por la arrogancia de los ricos.
Pero cuando los pueblos conservan su derecho, niegan que pueda haber algo mejor, más liberal y más feliz, ya que son entonces señores de las leyes, de los juicios, de la guerra y la paz, de los tratados con otros pueblos, de la vida de todo ciudadano, y del dinero.
Sólo ésta, creen ellos que se puede llamar propiamente “república”, precisamente porque la gestión pertenece al “pueblo”.
Así pues, la “república” suele salir de una vindicación de la libertad contra el dominio de los reyes o de los nobles, en tanto los pueblos libres no suelen reclamar un gobierno de reyes ni la prepotencia de los nobles.
Cuando el pueblo está en paz y lo refiere todo a su seguridad y libertad nada hay más permanente que esa forma de gobierno, nada más firme; y puede darse fácilmente esa paz en tal “república” si todos tienen las mismas miras, pues las discordias nacen de la contraposición de intereses, ya que no todo el mundo tiene los mismos intereses; mas cuando los nobles se apoderan del gobierno, nunca ha perdurado la estabilidad en la ciudad, y aún menos en los reinos, pues como dice Ennio: “No puede darse en el reino una sociedad y una lealtad inviolable”.
Pues, dicen ellos, como la ley es el vínculo de la sociedad civil, y el derecho es la igualdad de la ley, ¿qué derecho puede mantener a la sociedad de los ciudadanos cuando son éstos desiguales? Porque, si no conviene igualar las fortunas, ni tampoco pueden ser iguales las inteligencias de todos, sí que deben ser iguales los derechos de los que son ciudadanos de una misma “república”. Pues, ¿qué es una “ciudad”, sino una sociedad en el derecho de los ciudadanos?
…Y no hay más degenerada forma de gobierno que aquella que considera más nobles a los más ricos.
En cambio, ¿qué puede haber mejor cuando la virtud gobierna la “república”? Cuando el que manda a los demás no es esclavo de su ambición, cuando él mismo vive todo aquello que predica y exige a los ciudadanos, sin imponer al pueblo unas leyes a las que él no obedece, sino ofreciendo a sus conciudadanos su propia conducta como ley.
Si pudiera gobernar un solo hombre, no habría necesidad de más; si todos le consideran como el más noble y llegaran a consentir en ello, nadie buscaría ya otros jefes. Fue así la dificultad de tomar decisiones lo que trasladó el gobierno, de un rey a varias personas. Y la ignorancia y temeridad de los pueblos la que lo trasladó, de la muchedumbre, a unas pocas personas; de este modo, entre la insuficiencia de uno y la temeridad de muchos, los más nobles vinieron a ocupar un lugar intermedio, y eso es lo mejor.
Escipión dice que no aprueba ninguna de las tres formas de gobierno y da preferencia a aquella otra en la que se refunden todas (la “constitución mixta”, que, según el modelo romano, se basa en un equilibrio de poder, libertad aristocrática y defensa de los intereses comunes).
Pero si hay que elegir una de ellas en su forma simple, preferiría el “reino”.
El pueblo clama a voces que no quiere obedecer a una sola persona ni a unos pocos, alegando que, incluso para los animales, nada hay más agradable que la libertad, y que carecen de ella todos los que sirven a un rey o a unos nobles. Así, los reyes nos seducen por su amor, los nobles por su prudencia, los pueblos por su libertad, de modo que es difícil comparar entre ellos para elegir con cuál te quedas.
Después habla de que Júpiter es el rey de todos los dioses, y de que en la finca de Lelio el que mandaba a todos los esclavos era una sola persona, el “mayoral”, y le pregunta Escipión si en toda su casa manda alguien más que él.
Y luego dice: “No ves tú acaso que, por la crueldad y soberbia de un solo Tarquinio, el nombre de “rey” se ha hecho odioso para nuestro pueblo (el pueblo romano).
Pero, al ser expulsado Tarquinio, se exaltó al pueblo con increíble abuso de la libertad: hombres inocentes fueron entonces desterrados y las haciendas de muchos fueron robadas; los cónsules se hicieron anuales, los haces (fasces) se humillaron ante el pueblo; empezaron las “apelaciones” contra todo y las secesiones de la plebe; en fin, se hicieron las cosas para que todo estuviera en poder del pueblo.
Pero como el que navega, al empezar de repente una tormenta en el mar, y aquel enfermo, cuando se agrava su enfermedad, imploran el remedio de una sola persona, así también nuestro pueblo, en tiempos de paz doméstica, se impone incluso a sus mismos magistrados: amenaza, recurre, apela; pero en la guerra, obedece como si fuera a un rey, pues la seguridad puede más que el capricho.
Y en las guerras más graves, quisieron nuestros antepasados que todo nuestro imperio (poder) estuviese en manos de magistrados únicos, sin colega, cuyo nombre demuestra ya el poder que tenían, pues se le llama “dictador” porque es impuesto, aunque en nuestros archivos ves tú, Lelio, que se le llama “maestre del pueblo”.
Pero, cuando el rey empieza a ser injusto, pronto perece aquella forma de gobierno, y el rey se convierte en “tirano”, forma pésima próxima a la mejor.
Entonces, si los nobles suprimen al rey, lo que ordinariamente ocurre, la “república” pasa a la segunda de las formas de gobierno: la que más se acerca al gobierno de reyes, o sea, el gobierno paternal de unos jefes que dirigen bien a su pueblo.
Si es el pueblo, en cambio, el que por sí mismo mata o expulsa a un tirano, entonces el pueblo se comporta con mayor moderación mientras se da cuenta y valora su hazaña, y se alegra de ella, deseando conservar la “república” por él constituida; pero, cuando el pueblo mata a un rey justo o le despoja de su reino, o también, como ocurre con frecuencia, le toma gusto a la sangre de los nobles y somete la “república” entera a su propio capricho, entonces, pienso que no hay mar ni fuego que sea más difícil de aplacar que la muchedumbre desenfrenada por su insolencia. Sucede entonces lo que dice Platón:
“Cuando secas por la sed de libertad las fauces insaciables del pueblo, ha bebido éste por la maldad de sus servidores una libertad no templada por la medida, sino excesivamente pura, entonces si los magistrados y jefes no son muy complacientes y les procuran una amplia libertad, el pueblo insiste, acusa, discute y les llama déspotas, reyes, tiranos”.
Y continúa diciendo Platón: “ Y a los que obedecen a sus jefes les acusa el pueblo y les insulta como esclavos voluntarios, en tanto alaba a los que, siendo magistrados, quieren parecer como si fueran particulares, y a los particulares que pugnan para que no haya diferencia entre un particular y un magistrado, y les colman de honores, de modo que resulta necesario en tal república que todo sea enteramente libre, y que no sólo toda cosa privada quede libre de todo dominio, sino también que este mal alcance a los animales; en fin, que el padre tema a su hijo, y el hijo abandone a su padre; que no haya pudor alguno para que sean del todo libres, no haya diferencia entre un ciudadano y un extranjero, el maestro tema a sus discípulos o sea complaciente con ellos, los discípulos se burlen de sus maestros, los jóvenes asuman las funciones de los viejos y los viejos desciendan a las diversiones de los jóvenes, para no hacerse odiosos y pesados frente a ellos.
De lo que se sigue que también los esclavos se conduzcan como libres, las mujeres tengan los mismos derechos que los hombres, y, en tan amplia libertad, incluso los perros y los caballos, hasta los asnos corran tan desenfrenados que haya que apartarse de su camino.
Así pues, -dice Platón-, de este libertinaje sin límites resulta al fin que los ciudadanos acaban por hacerse de mentalidad tan desdeñosa y enervada que, en cuanto se produce el mínimo acto de gobierno, se irritan y no lo toleran, por lo que también empiezan a despreciar las leyes para que nadie les mande”.
Y dice que, de este libertinaje, surge como de la misma raíz, y diríamos que nace el “tirano”.
Porque, del mismo modo que del poder excesivo de los gobernantes nace su ruina, así también la misma libertad somete a servidumbre a tal pueblo excesivamente libre.
Por lo tanto, de esta excesiva libertad se engendra el “tirano” y una servidumbre muy injusta y dura.
Un pueblo así sublevado, o mejor, salvaje, elige generalmente a un caudillo contra aquellos jefes no respetados y desplazados; un caudillo audaz, deshonesto, que persigue con saña a personas beneméritas de la “república” y premia al pueblo con bienes propios y ajenos; un caudillo al que, a causa del miedo que se siente de convertirse en simple particular, se confiere todo el poder, y un poder que se hace permanente, amparándose incluso con la fuerza militar, como hizo Pisístrato (tirano) en Atenas. Y caudillos que se convierten en “tiranos” de los mismos que les elevaron al poder.
Cuando las personas de bien los superan, como ocurre frecuentemente, vuelve a restablecerse la “ciudad”. Pero, si lo hacen hombres audaces, entonces surge una “facción”, otra forma de tiranía, en que degenera también algunas veces la mejor forma de gobierno de los nobles, cuando algún vicio los desvía del recto camino.
De este modo vienen como a quitarse entre sí la pelota de la “república”, los tiranos a los reyes, y a aquéllos los nobles o los pueblos, y a éstos las “facciones” o los tiranos, y nunca dura mucho el mismo tipo de “república”.
En efecto, conviene que haya en la “república” algo superior y regio, algo impartido y atribuido a la autoridad de los jefes, y otras cosas reservadas al arbitrio y voluntad de la muchedumbre.
Esta constitución tiene, en primer lugar, cierta igualdad de la que no pueden carecer los hombres libres por mucho tiempo; luego estabilidad, puesto que una “forma pura” fácilmente degenera en el defecto opuesto, de modo que del rey salga un déspota, de los nobles una facción, del pueblo una turba y la revolución, puesto que aquellas formas generalmente se mudan en otras nuevas, lo que no sucede en esta otra “constitución mixta” y moderada de “república”, si no es por graves defectos de los gobernantes, pues no hay motivo para el cambio cuando cada uno se halla seguro en su puesto, y no hay lugar para caídas precipitadas.
Digo, pues, solemnemente, así lo pienso y afirmo, que de todas las “repúblicas”, no hay ninguna que, por su constitución, por su estructura, o por su régimen, sea comparable con aquélla que nuestros padres recibieron de los antepasados y nos transmitieron a nosotros.
Catón solía decir que la ventaja de nuestra “república” sobre las otras estaba en que en éstas habían sido casi siempre personas singulares las que las habían constituido; en cambio, que nuestra república no se debe al ingenio de un solo hombre, sino de muchos, y no se formó en una generación, sino en varios siglos de continuidad.
Habla luego de los orígenes de Roma, de cómo desde un principio Rómulo eligió un lugar idóneo para la ciudad: “¿Cómo pudo, pues, comprender Rómulo más inspiradamente las ventajas del mar, a la vez que evitar sus defectos, que, al poner la ciudad en la orilla de un río perenne de curso constante, y que desemboca anchamente en el mar? Para que por él pudiera la ciudad recibir del mar lo que necesitaba y exportar lo que le sobraba, y que no sólo tomara por ese río las cosas traídas por el mar que fueran necesarias para su mantenimiento, sino para que recibiera también las transportadas por tierra, de modo que parece como si ya Rómulo hubiera adivinado que en el futuro esta ciudad iba a ser sede y domicilio de una gran Imperio; pues no hubiera podido la ciudad tener tan gran afluencia de todo si se hubiera colocado en cualquier otra parte de Italia.
Habla después, de la destrucción de Alba Longa, del rapto de las Sabinas, de que compartió el reino con Tito Tacio, rey de los sabinos, pero después de la muerte de Tacio, Rómulo contó mucho más en su reinado con la autoridad y el consejo de los “padres” (senadores).
“Con esto vio ya, y pudo entender, lo que ya había visto poco ante Licurgo en Esparta: que las ciudades se gobiernan y rigen mejor por el mando de uno solo y el poder real, si se agrega a ese poder la autoridad de los mejores.
Rómulo, después de haber reinado treinta y siete años y de haber creado estos dos egregios puntales de la república, los “auspicios” y el “senado”, fue considerado tan digno de mérito que, al desaparecer, en un súbito eclipse de sol, se vino a pensar que había sido llevado entre los dioses; fama ésta que jamás mortal alguno pudo alcanzar sin tener una singular fama de virtud.
Así pues, cuando aquel “senado” de Rómulo integrado por los nobles, a los que el mismo rey había dado la facultad de llamarse “padres” y “patricios” su descendencia, intentó, después de muerto Rómulo, regir por sí mismo la “república”, prescindiendo de un rey, el pueblo no lo toleró y, con la añoranza de Rómulo, no cesó de reclamar un rey. Entonces aquéllos inventaron prudentemente la institución del “interregno” (interregnum), nueva y desconocida en los otros pueblos, con el fin de que, en tanto no fuera proclamado un determinado rey, la ciudad no estuviera sin rey, ni tampoco con uno solo definitivo, sin dejar que pudiera alguien, al permanecer en el poder, retrasarse en deponer su “imperio” o tener ventajas para conseguirlo.
En esta época, aquel pueblo joven vio lo que no había visto el espartano Licurgo, que no estableció un rey electivo, si es que pudo Licurgo hacerlo así, sino que debía ser tenido por rey, cualquiera que fuese, quien descendiera del linaje de Hércules.
Nuestros antepasados, aunque primitivos, vieron que convenía buscar el valor y la sabiduría de un rey, y no la estirpe.
Difundida la fama de que Numa Pompilio sobresalía en estas virtudes, el mismo pueblo, con la autoridad del “senado” hizo venir a un extranjero, un sabino, como rey, dejando de lado a los de la ciudad.
Numa Pompilio se murió, dejando confirmadas dos cualidades excelentísimas para la estabilidad de la “república”: la religión y la clemencia.
…Podrás alabar la sabiduría de los antepasados por el mismo hecho de ver cómo muchas cosas tomadas del extranjero fueron mejoradas por nosotros respecto a su lugar de origen, y podrás entender cómo el pueblo romano no se aseguró casualmente, sino por el orden y la disciplina, aunque con el favor también de la suerte.
Después de morir el rey Numa Pompilio, el pueblo, en “comicios curiados”, nombró rey, a propuesta del interrey, a Tulo Hostilio, y éste, a ejemplo de Pompilio, solicitó al pueblo reunido en “curias” acerca de su propio imperio.
Tuvo gran fama como jefe militar y llevó a cabo grandes empresas bélicas, y con fondos del botín construyó, rodeándolo con una cerca, el “comicio” y la “curia”, y estableció el derecho para la declaración de la guerra, invento muy puesto en justicia que sancionó con el rito de los “feciales”, de modo que toda guerra que no fuera declarada solemnemente, fuera considerada injusta e impía.
Después de él, el pueblo constituyó rey a Anco Marcio, nieto de Numa Pompilio.
Éste, tras haber derrotado a los latinos, los agregó a la ciudadanía romana, y también anexionó a la ciudad el monte Aventino y el Celio.
Distribuyó los territorios que había conquistado; reservó como públicos todos los bosques de la costa conquistados; fundó una ciudad en la desembocadura del Tiber y la asentó con colonos.
En este momento parece que la ciudad se hizo más civilizada, gracias al injerto de una cultura importada.
Dicen que un cierto Demárato de Corinto, hombre sin duda principal en su ciudad, tanto por su importancia como por su autoridad y fortuna, quien, al no tolerar la tiranía de Cipselo en Corinto, se cuenta que huyó con mucho dinero y se refugió en Tarquinia, la más floreciente ciudad de Etruria; pero que, al tener noticias de que se confirmaba la tiranía de Cipselo, renunció a su patria, como hombre libre y fuerte, y fue admitido como ciudadano de Tarquinia, donde instaló su domicilio estable.
Después de haber procreado allí a dos hijos de una matrona de la ciudad, educó a todos instruyéndolos en las artes al modo griego.
Fue bien recibido en Roma; por su educación y conocimientos, se hizo amigo del rey Anco, hasta el punto de que se le tenía como partícipe en todas las decisiones políticas, y casi como socio en el reinado.
Era, además, un hombre muy afable, bien dispuesto para ayudar a todos los ciudadanos, y muy benigno para auxiliar, defender y gratificar.
Así, al morir Anco Marcio, fue nombrado rey, por el voto unánime del pueblo, como Lucio Tarquinio “el antiguo”, nombre que tomó a cambio del suyo griego, para mostrar cómo se había asimilado en todo a la manera de vivir de este pueblo.
Después de dar la ley sobre su propio imperio, empezó por duplicar el antiguo número de senadores; llamó a los antiguos senadores “padres de las gentes mayores”, y a los senadores añadidos por él “padres de las gentes menores”.
Luego estableció la caballería en la forma que todavía hoy se conserva.
Sin embargo, después de haber dominado en una guerra al gran y feroz pueblo de los Ecuos, que constituía un peligro para Roma, añadió a las primeras unidades de caballería otras nuevas duplicando el número hasta mil doscientos caballeros.
También venció a los sabinos, e hizo grandes fiestas que se llaman “Juegos romanos”, y que, en esa misma guerra sabina, hizo voto de construir un templo a Júpiter Optimo Máximo en el Capitolio.
Se prueba así, como más cierto, lo que decía Catón de que la Constitución de nuestra república no es de un solo momento, ni de un solo hombre, pues es evidente cuántas cosas buenas y útiles fue añadiendo cada uno de los reyes.
Porque, después de Tarquinio “el antiguo”, se dice que reinó Servio Tulio, por primera vez, sin elección popular; dicen que era hijo de una esclava de Tarquinia y concebido de un cierto cliente del rey.
Educado entre los criados, como asistiera a los banquetes del rey, no se pudo ocultar la chispa de su ingenio, que brillaba ya desde entonces en el mozo, pues tan listo era en cualquier servicio o conversación. Así, Tarquinio, que tenía sus hijos todavía muy pequeños, se complacía tanto en Servio, que la gente se creía que era hijo suyo, y lo educó en gran cuidado en todas las artes que él mismo, al modo refinado de los griegos, había aprendido; y, cuando murió Tarquinio por el atentado de los hijos de Anco, Servio empezó a reinar sin elección, con la voluntad y consenso de los ciudadanos.
Habla, después, de las aportaciones de los distintos reyes durante la “república” de los reyes, y, cómo debido al mal comportamiento del último de sus reyes, Tarquinio “el soberbio”, cayó esta primera forma de gobierno después de 240 años.
Y dice de esta forma de gobierno (la monarquía):
“Tal forma de “ciudad” es muy inestable, por la razón de que muy fácilmente degenera precipitada para mal por el defecto de una sola persona. Porque “el reino”, por sí mismo, no es censurable, y no sé si no sería preferible respecto a las otras formas puras de gobierno, es decir, en la medida en que el “reino” se conserve como tal, y consista en que la seguridad, la igualdad y el sosiego de los ciudadanos se rija por la potestad permanente y la justicia de uno solo, y por la sabiduría de uno solo; pero son muchas cosas las que faltan del todo al pueblo que está sometido a un rey, y, en primer lugar, la libertad; la cual no consiste en tener un dueño justo, sino en no tener dueño alguno…
Así pues, con estos doscientos cuarenta años de gobierno de reyes o poco más, con los “interregnos”, y tras la expulsión de Tarquinio “el soberbio”, el pueblo romano conservó un odio al nombre de “rey” tan grande como el deseo que había tenido de él después de la muerte de Rómulo”.
…Así pues, en esa época, el Senado mantuvo la “república” de manera que, siendo libre el pueblo, unas pocas cosas las hiciera el pueblo y la mayoría se rigieran por la autoridad, la decisión y la tradición del Senado, y que unos “cónsules” tuvieran por un año, una potestad que por sí misma y de derecho era como la de los reyes. Y se observaba decididamente, lo que era muy importante para asegurar el poder de los nobles, que los acuerdos de los “comicios populares” no valieran si no los aprobaba la autoridad de los “padres” del Senado.
También se instituyó en esa época el “dictador”, unos diez años después de los primeros cónsules, y esa forma de imperio (poder) se consideró nueva y parecida al poder de los reyes.
Sin embargo, todo se regía por la autoridad suprema de los hombres principales, no oponiéndose el pueblo, y en esa época figuras enérgicas, con el imperio supremo, como dictadores o cónsules, realizaron grandes hazañas militares.
Pero esta situación luego cambió dieciséis años después: y es que la “república” no puede conservar su estabilidad a no ser que se dé en ella un equilibrio de derecho, deber y poder, de suerte que los magistrados tengan la suficiente potestad, el Consejo de los hombres principales (el Senado) tenga la suficiente autoridad, y el pueblo tenga la suficiente libertad.
… Debido a las deudas, el pueblo, creados sediciosamente dos “tribunos de la plebe”, levantó la pretensión de disminuir la influencia y la autoridad del Senado.
Mas algunos años antes, cuando la autoridad del Senado se hallaba en su auge y el pueblo obedecía pacientemente, se decidió que los cónsules y los tribunos de la plebe abdicaran de su magistratura, y que se nombraran unos “decemviros” (diez hombres) con poder supremo y exento de la provocación (provocatio ad populum = posibilidad de apelar a la Asamblea del pueblo ante la condena a muerte decidida por un magistrado), los cuales debían tener el imperio (poder) máximo y redactar unas leyes.
Habiendo redactado ellos con gran justicia y prudencia “diez tablas de leyes”, eligieron para el año siguiente otros “decemviros”, que no fueron ya tan alabados por su lealtad y justicia.
Se llegó al tercer año de los “decemviros”, que permanecían en el cargo por no haber querido nombrar a otros.
En este estado de la “república”, que ya he dicho que no suele durar mucho, todo dependía de unos hombres principales, puesto que gobernaban los más nobles como “decemviros” y no se oponían los “tribunos de la plebe” ni había otro magistrado más alto, y no subsistía el derecho de apelar al pueblo (provocatio ad populum) contra la pena de muerte y de apaleamiento.
Así pues, por la injusticia de esos “decemviros”, se produjo súbitamente una gran perturbación revolucionaria de toda la república.
Después de añadir dos tablas más con leyes injustas, en las cuales tablas dispusieron también una ley muy inhumana para que los “plebeyos” no tuvieran con los “nobles” (patricios) aquel derecho de casarse que suele admitirse entre pueblos distintos, ley abrogada después por el “plebiscito canuleyo”, los decemviros gobernaron al pueblo con un mando absoluto a su capricho, con crueldad y avaricia.
En efecto, descubrí en primer lugar los tres tipos de “ciudades” (formas de gobierno) más aceptables, y las “degeneradas” que son sus opuestas, y cómo ninguno de aquellos tres tipos es el mejor, sino que los aventaja a cada uno de ellos por separado el tipo que combina armónicamente los tres.
… Porque del mismo modo que en los instrumentos de cuerda o de viento, o en el mismo canto de varias voces, debe guardarse un concierto que da por sí mismo ajuste, unidad y congruencia a muy distintas voces, que los oídos educados no toleran que se altere o desentone, y ese concierto, sin embargo, se hace concorde y congruente por el gobierno de voces muy distintas, así también una ciudad bien gobernada es congruente por la unidad de muy distintas personas, por la concordia de las clases altas, bajas y medias, como los sonidos y la que los músicos llaman “armonía” en el canto, es lo que en la ciudad se llama “concordia”, vínculo de bienestar seguro y óptimo para toda la “república”, pues ésta no puede subsistir sin la justicia. No puede gobernarse una “república” sin una total justicia.
Además: ¡qué dignas de alabanza son y fueron aquellas ciudades -pues está en la naturaleza de las cosas que corresponda a la superior inteligencia el saber constituir una “república” que pueda durar mucho – en la que, si contamos las personalidades que cada una de ellas tuvo, resulta una multitud de hombres ilustres!
Del mismo modo que los que buscan oro no tienen escrúpulos, así también, cuando buscamos la justicia, cosa más preciosa que todo el oro, no debemos en verdad rehuir ningún esfuerzo.
Pues el derecho de que podemos hablar es tal o cual derecho civil, pero no existe uno natural, ya que, si existiera, lo justo y lo injusto seria lo mismo para todos, como lo es lo caliente y lo frío, lo amargo y lo dulce.
Si quisiera describir las distintas instituciones jurídicas, usos y costumbres, mostraría cuán diferentes son, no sólo en tantos pueblos, sino dentro de una misma ciudad, incluso en esta misma nuestra, podría yo probar cómo ha cambiado mil veces.
…Todos los que tienen potestad sobre la vida y la muerte de su pueblo son tiranos, aunque prefieren llamarse “reyes”, apropiándose el nombre de Júpiter Máximo.
Cuando hay determinadas personas que, en razón de sus riquezas, abolengo u otra ventaja, dominan la “república” son una “facción”, aunque ellos se llamen gente noble; cuando el pueblo tiene todo el poder, y todo se gobierna a su arbitrio, se habla de libertad, pero lo que hay es libertinaje. Mas cuando hay un respeto recíproco, de hombre a hombre, y de clase a clase, entonces, como nadie confía en sí mismo, se da como un pacto entre el pueblo y los poderosos, gracias al cual se produce ese “tipo mixto” de “ciudad” que elogiaba Escipión.
En efecto, la madre de la justicia no es la naturaleza ni la voluntad, sino la indigencia humana (se hace eco de la doctrina epicúrea, de que la sociedad no surge por instinto humano “natural”, sino por la necesidad que la indigencia humana impone de un pacto social).
Por tanto, ¿quién dirá que hay una “cosa del pueblo”, es decir, “república”, cuando todos están oprimidos por la crueldad de uno solo y no hay sujeción a un mismo derecho ni la unidad social del grupo que es el pueblo? Y pone como ejemplo el tirano Dioniso en Siracusa.
Así pues, allí donde hay un tirano, hay que reconocer que no existe una “república” defectuosa, como decía ayer, sino que, como ahora la razón obliga a decir, no existe “república” alguna.
Ya comprenderás, por tanto, que tampoco puede llamarse “república” la que está dominada por una “facción” (grupo oligárquico).
Pues ¿qué “república” pudo haber en Atenas, cuando tras la gran guerra del Peloponeso, gobernaban tan injustamente la ciudad los célebres “treinta jefes” (tiranos)?
Y ¿qué decir, cuando los “decemviros” de Roma estuvieron exentos del recurso de apelación al pueblo, en aquel tercer año, cuando la misma libertad personal había perdido su derecho a ser respetada salvo prueba en contra? Nada era del pueblo, y tuvo el pueblo que litigar para que se restituyera lo que era suyo.
Llegamos ahora a aquel tercer tipo de gobierno, en el que quizás parecerá haber dificultades:
Cuando se dice que todo gobierno es del pueblo y que todo está bajo su potestad; cuando la muchedumbre puede condenar a muerte a cualquier persona; cuando se reclama, se roba, se requisa y malbarata todo.
¿Acaso dirás tú, Lelio, que es ésa una “república” porque todo es del pueblo, ya que decimos que la “república” es cosa del pueblo?
Lelio: Ninguna otra forma de gobierno negaría mejor que constituye una “república” que ésa que está absolutamente bajo la potestad de la masa.
…No veo cómo puede darse el nombre de “república” al dominio de la masa; porque, en primer lugar, no creo que haya “pueblo” donde no hay una comunidad de derecho, pero esta unión de la masa es tan tiránica como la tiranía de una sola persona, y aún más terrible, pues no hay bestia más abominable que ésa que tiene aparentemente el nombre de “popular”.
Mummio: Y aún con más razón, porque el rey tiene semejanza con un dueño, por ser solo uno, en tanto si varias personas buenas gobiernan una “república”, resulta ésta la más feliz; pero prefiero incluso el gobierno de un rey a un pueblo sin gobierno.
Escipión: Estoy contigo en que, de las tres formas de gobierno, es ésta la menos digna de aprobación. Pero no estoy contigo en que el gobierno de los más nobles sea mejor que el de un rey, porque si es la prudencia lo que gobierna una “república”, ¿qué más da que sea la prudencia de una que la de varias personas?
Cuando argumentamos así, incurrimos en cierto error, pues al hablar de los más nobles, nos parece que no puede haber nada mejor, pues ¿qué puede haber mejor que lo más noble? En cambio, cuando se nombra al rey, viene a nuestras mentes también el rey injusto, siendo así que nosotros, al hablar de una “república” gobernada por un rey, no nos referimos para nada a un rey injusto.
Piensa, pues, en reyes como Rómulo, Numa Pompilio o Tulo Hostilio, y quizás no te parecerá mal tal tipo de “república”.
Finalmente habla Cicerón de su época en la que han cambiado las viejas costumbres (mores).
“Como dice Ennio: “La república romana se funda en la moralidad tradicional de sus hombres”. Verso éste que me parece preferido como por oráculo tanto por su brevedad como por su veracidad. Porque, si los hombres sin tales costumbres ciudadanas, ni las costumbres sin el gobierno de tales hombres, hubieran podido fundar ni mantener por tan largo tiempo una “república” tan grande y que difundió tan extensamente su imperio.
Así pues, desde tiempos inmemoriales, la moralidad patria disponía de tan valiosos hombres, y unos hombres excelentes conservaban la moral antigua y la tradición de los antepasados.
Nuestra época, en cambio, habiendo heredado como una imagen de la “república”, pero ya empalidecida por el tiempo, no sólo dejó de renovarla con sus auténticos colores, sino que ni siquiera cuidó de conservar su forma, al menos, y su contorno.
Pero ¿qué queda de aquellas antiguas costumbres en las que decía Ennio que se fundaba la “república” romana? Las vemos ya caídas en desuso por el olvido, y no sólo no se practican, sino que ni se conocen ya. Y ¿qué decir de los hombres? Porque las mismas costumbres perecieron por la falta de hombres, un mal del que, no sólo debemos rendir cuentas, sino incluso defendernos como reos de pena capital.
No por infortunio, sino por nuestras culpas, seguimos hablando de “república” cuando hace ya mucho tiempo que la hemos perdido.
Después, Cicerón parece entrever la nueva forma de “república” que iba a venir poco después: el principado de Augusto. Esto supone volver otra vez a la “monarquía”, en el sentido del gobierno de uno solo.
Escipión: Entonces, así como el mayoral conoce la naturaleza del terreno y el administrador sabe de letras, pero uno y otro se valen del gusto de la ciencia en provecho de su profesión, así también este gobernante ideal de que hablamos se dedicaría a conocer el derecho y las leyes, indagando a fondo la fuente de las leyes, pero sin enredarse a dar respuestas, leer y escribir todo el día, para poder administrar la “república” y, en cierto modo, llevarla como un mayoral.
Que sea muy docto en el derecho fundamental, sin el cual nadie puede llegar a ser justo, y no ignore el derecho civil, pero del mismo modo que el timonel conoce los astros, y el médico la física: uno y otro usan de esas ciencias para su profesión, pero sin impedimento para cumplir su trabajo.
En efecto, como compete la ruta al timonel, la salud al médico y la victoria al general, así la vida feliz de los ciudadanos compete a este moderador de la república, para que esté segura de recursos, abunde en bienes, tenga gran gloria y viva honestamente; quisiera que él fuera el artífice de este principal y noble servicio entre los hombres.
Y termina la obra con el famoso “Sueño de Escipión”:
“Habiendo llegado a África, cerca del cónsul Manio Manilio, como tribuno militar, nada deseaba más que visitar al rey Masinisa, muy amigo, por justos motivos, de mi familia.
Al encontrarle, el anciano rey rompió a llorar, abrazándome, y poco después, mirando al cielo dijo: “Te doy gracias, soberano Sol, y a vosotros los demás astros, porque antes de emigrar de esta vida, puedo ver en mi reino y bajo este mismo techo a Publio Cornelio Escipión (Emiliano), cuyo mismo nombre al oírlo me conforta”.
Luego, yo le pregunté sobre su reino y él sobre nuestra república, y se nos pasó el día con una larga conversación entre los dos.
Y después de hablar, al retirarse a la cama, se le apareció en sueños Publio Cornelio Escipión (el Viejo) y le contó lo que iba a pasarle en el futuro y también le dice que después de morir su alma, liberada de ataduras del cuerpo, subirá al cielo, como todos los hombres que han sido piadosos respecto a sus progenitores y parientes y sobre todo con la patria.
Y dice: “Pero para que tú, “Africano”, estés más decidido en la defensa de la república, ten en cuenta esto: Para todos los que hayan conservado la patria, la hayan asistido y aumentado, hay un cierto lugar determinado en el cielo, donde los bienaventurados gozan de la eternidad.
Nada hay, de lo que se hace en la tierra, que tenga mayor favor cerca de aquel dios sumo que gobierna el mundo entero que las agrupaciones de hombres unidas por el vínculo del derecho, que son las llamadas “ciudades”. Los que ordenan y conservan éstas salieron de aquí y a este cielo vuelven”.
(Resumen de la obra “Sobre la República” de Marco Tulio Cicerón. Introducción, traducción y notas de Álvaro D’ ors. Edit. Planeta de Agostini.)
Con la exposición de este sueño, quizás Cicerón quiere enaltecer la figura de los que participan en la vida política, al contrario de lo que opinaban los epicúreos, que aconsejaban abstenerse de la participación en ella, porque podía perturbar la “ataraxia” (imperturbabilidad) que pretendía su sistema filosófico.
Con este resumen de la obra de Cicerón “Sobre la República” he querido dar voz a las palabras escritas de Cicerón, algunas de las cuales nos pueden ser útiles para reflexionar sobre las formas de gobierno, que para algunos parecen estar muy claras, pero ignorando la historia y la experiencia de quienes han conocido y vivido las distintas formas de gobierno.
Segovia, 15 de agosto de 2026
Juan Barquilla Cadenas