VIRGILIO: DIDO y ENEAS
Con Virgilio la poesía épica latina alcanza su más alta cumbre.
Se le puede considerar el poeta más grande de Roma.
Virgilio nace en una aldea cercana a Mantua, en la Italia del norte, el año 70 a. de C., de una familia de clase media. Estudió en Cremona, en Milán y después en Roma.
No iba con su carácter la dedicación a la retórica, que le parece ampulosa y vacía, y marcha a Nápoles, donde estudia con el filósofo epicúreo Sirón y se entusiasma hasta tal punto de creer haber encontrado el camino “hacia los puertos de la felicidad”.
Pero pronto le puede su inspiración poética y compone sus “Bucólicas”, que son diez composiciones de tema pastoril, género que Virgilio imitó del poeta alejandrino Teócrito, autor de unos cuadros, a la vez realistas y refinados de la vida de los pastores de Sicilia.
Virgilio vuelve a Roma y logra entrar en el círculo literario de Mecenas y Augusto, con cuyas ideas y proyectos se identificó. En esta línea escribe sus “Geórgicas”, nombre que significa poema consagrado al “trabajo de la tierra”. Virgilio se inspira en la obra “Los trabajos y los días” de Hesíodo y en los tratados latinos de agricultura escritos por Catón y Varrón.
Las “Geórgicas”, poema que Virgilio, a diferencia de la “Eneida”, pudo terminar a su gusto, constituyen, para muchos autores, la cumbre de la poesía virgiliana en cuanto a perfección formal. Se ha dicho que en ellas “nada puede quitarse ni añadirse”, y se le ha llamado también la “epopeya del campesino”.
Y, después, escribe su obra más importante, la “Eneida”.
Muere en Brindis el año 19 a. de C., a su vuelta de un viaje a Grecia y Troya, para visitar los lugares cantados en su poema.
No terminó la “Eneida” a su gusto y ordenó que la quemaran, pero sus amigos no le hicieron caso y la publicaron tal como él la dejó, con algunos versos incompletos.
Para su tumba escribió el siguiente dístico:
“Mantua me genuit. Calabri rapuere. Tenec nunc
Parthenope. Cecini, pascua, rura, duces”.
(Nací en Mantua. Morí en Calabria. En Nápoles estoy enterrado. He cantado a pastores, campos y jefes).
La “Eneida” es la “gran epopeya nacional romana”. Consta de doce libros y de cerca de diez mil hexámetros.
Virgilio, siguiendo las huellas de Homero, imita en los seis primeros libros la “Odisea” y en los seis últimos la “Ilíada”.
La primera mitad de la “Eneida” narra los “viajes” de Eneas, sus avatares y peripecias desde que sale de Troya, destruida e incendiada por los griegos, hasta que llega a tierras de Italia.
Pero la narración no sigue una línea cronológica.
Al empezar el poema, se encuentra Eneas y los suyos intentando llegar a Italia desde Sicilia. La diosa Juno, enemiga de los troyanos y que desea impedir que Eneas funde en Italia una nueva Troya, convence a Eolo (dios de los vientos) para que desate una tempestad, que arrastra los restos de la flota de Eneas a las costas de África. Allí los acoge hospitalariamente Dido, reina de Cartago, y le ruega a Eneas que le cuente cómo ha llegado hasta África desde Troya.
Y es en el libro II donde se pone en boca de Eneas la narración de los sucesos que dieron lugar a la peregrinación del héroe: la toma y destrucción de Troya.
En el libro III sigue contando las peripecias y los diversos territorios que han abordado desde la salida de Troya en llamas hasta el momento presente.
El libro IV trata de la estancia de Eneas en Cartago y sus amores con Dido.
Advertido de los dioses de su misión, Eneas abandona a Dido, que se suicida.
Se pone en marcha de nuevo hacia Italia y toma otra vez tierra en Sicilia.
El libro V describe los “Juegos fúnebres” que celebraron los troyanos en Sicilia para conmemorar el primer aniversario de la muerte de Anquises, padre de Eneas.
En el libro VI se narra la llegada a las costas de Italia y la bajada de Eneas a los Infiernos, donde su padre lo anima a cumplir su misión, presentándole para ello a los grandes personajes que va a producir en el futuro la historia de Roma.
La segunda mitad del poema, a imitación de la “Ilíada” de Homero, canta la “guerra” que realiza Eneas en suelo itálico, especialmente contra Turno, rey de los Rútulos, que pretendía, como él, la mano de Lavinia, hija del rey Latino.
En los diversos libros (de esta segunda parte) se enumeran las tropas y pueblos favorables a los dos caudillos y las hazañas y las muertes de héroes de uno y otro ejército.
El relato culmina con la muerte de Turno a manos de Eneas, episodio que cierra el poema. (A. Holgado -C. Morcillo. Latín COU. Edit. Santillana). (1)
El tema de los amores de Dido y Eneas aparece en el libro IV de la Eneida.
Eneas es un troyano. Es hijo de Anquises y de la diosa Venus. Los Hados (el Destino) le encomendaron una misión gloriosa, la de fundar una nueva ciudad que llegaría a ser más poderosa que Troya y se convertirá en el centro del mundo: Roma.
Aunque carecía de audacia y de firmeza de voluntad, Eneas era muy amado por los dioses por su piedad religiosa, así como por su valor, prudencia y sabiduría, de los que había dado prueba en diversas ocasiones.
Durante la noche de la destrucción de Troya, mientras los griegos atacaban a los troyanos dormidos, cometiendo saqueos y matanzas, la sombra del gran Héctor se le apareció en sueños a Eneas y le incitó a huir y a buscar otras costas donde fundar una nueva ciudad.
Mientras la sombra desaparecía, Eneas se despertó y, al oír el rumor de una batalla no lejos de su casa, subió al tejado y vio a Troya en llamas. Al momento, corrió en auxilio de sus ciudadanos, combatiendo con valor, pero al ver perdida toda esperanza de salvación, pensó en poner en práctica el consejo de Héctor.
Volvió a su casa para convencer a su padre Anquises de que huyese con él, pero el anciano no quería morir lejos de su patria y no se hubiese dejado persuadir si una estrella, que apareció de improviso en el cielo, no le hubiese hecho comprender que los dioses querían que se pusiese a salvo.
Eneas lo cargó sobre sus hombros, confiándole las estatuillas de los dioses Penates de la ciudad; llevando de su mano a su hijo Ascanio y seguido de su esposa Creusa, hija de Príamo (el rey de Troya), y de una nutrida multitud que iba con ellos, atravesó la ciudad entregada a la furia devastadora de los griegos, en dirección al monte Ida. En la confusión, Creusa se perdió y Eneas, abandonando por un momento el grupo de fugitivos, volvió a buscarla afanosamente, pero se le apareció su sombra que, consolándole en su dolor le dijo que no se preocupase por ella, pues se la había llevado Cibeles. Le repitió el mandato y el vaticinio de Héctor, le predice la llegada a Hesperia (Italia), a las riberas del Tíber y su casamiento con la hija de un rey. Eneas intentó abrazarla por tres veces, pero desapareció.
Eneas, junto con Anquises y Ascanio y el grupo de troyanos que le acompañaban, continuó adelante. Llegaron a Antandro, puerto de Frigia, y con los árboles del monte Ida, construyeron una flota de veinte naves. Los fugitivos, con lágrimas en los ojos, contemplaron ya por última vez las ruinas humeantes de lo que había sido la rica y poderosa Troya.
Después de muchas peripecias llegaron a Sicilia. Murió en aquellas costas Anquises, padre de Eneas, y se le tributaron solemnes honras fúnebres.
Reanudaron el viaje, pero la diosa Juno, enemiga de los troyanos, viendo que Eneas se aproximaba a su meta, sintió reavivarse en su interior el antiguo odio hacia los troyanos, aumentando ahora al saber que éstos fundarían una ciudad que ocasionaría la destrucción de Cartago, su ciudad predilecta.
La reina de los dioses se apresuró a recurrir a Eolo, rey de los vientos, quien para complacerla desencadenó una furiosa tempestad que dispersó de nuevo las naves. Pero intervino Poseidón, que, con un golpe de su tridente, restableció la calma.
La pequeña flota, reducida ahora a siete naves, ancló en una playa desconocida.
Venus, preocupada por la suerte de su hijo, había interpelado entre tanto al propio Zeus, quien le aseguró que Eneas llegaría a puerto, sano y salvo. La diosa complacida, se disfrazó de joven cazadora y se presentó ante Eneas para infundirle valor y anunciarle que también las otras naves habían anclado sanas y salvas en otro lugar de la costa.
Le enseñó cómo llegar hasta Cartago, la nueva gran ciudad que se estaba edificando en la costa africana por obra de Dido, la infeliz reina a quien su hermano Pigmalión había expulsado de Tiro, tras matar a su marido Siqueo.
Dido, llamada también Elisa, fue hija de Belo, rey de Tiro (Fenicia) y era hermana de Pigmalión, que ahora reinaba en la ciudad.
Se había casado con Siqueo, hombre muy rico. Pero Pigmalión mató a Siqueo para apoderarse de sus riquezas y la mantenía engañada con que había ido a una expedición y que pronto regresaría.
Pero se le apareció en sueños la sombra de Siqueo y le dijo que su hermano Pigmalión le había matado; que cogiera sus tesoros, que él tenía enterrados y que huyera. Así lo hizo y la acompañaron los que estaban descontentos con el gobierno de Pigmalión. Y en el terreno, de lo que sería después Cartago, le permitieron comprar un solar que abarcara lo que podría extenderse la piel de una vaca, pero la hizo tiras pequeñas y pudo ocupar un gran espacio.
Eneas y su compañero el fiel Achates, envueltos en una nube, entran sin ser vistos en Cartago.
En ese momento hierve la ciudad en una actividad febril.
En el centro de la ciudad se alza un templo a Juno, en cuyos muros ve Eneas representados los principales episodios de la guerra de Troya.
Su emoción es tan grande como la que Ulises experimentó en la corte de Alcinoo (rey de los feacios) al oír cantar al aedo Demódoco sus propias aventuras.
Mientras admira las escenas que decoran el templo y que le recuerdan la triste suerte de su patria, Dido, resplandeciente de belleza y majestad, toma asiento cerca de él y comienza a administrar justicia a sus súbditos.
Ve Eneas llegar ante ella a sus compañeros, encuentro que ya le había vaticinado Venus. Ilioneo, el más anciano, protesta ante Dido de la hostil acogida de que han sido víctimas. La reina se excusa alegando la dura necesidad que le fuerza a tratar así a los extranjeros y les desea que encuentren pronto a su jefe Eneas.
Se disipa entonces la nube que envuelve a Eneas y éste se presenta a la reina, que manifiesta hacia él una simpatía llena de admiración y obsequia a todos con un magnífico banquete en su palacio.
Hace venir Eneas a su hijo Ascanio (Iulo) con regalos para Dido. Pero Venus le ha llevado a los bosques Idalios y envía en su lugar a Cupido (dios del amor), que adopta los rasgos del hijo de Eneas. Recibe la infeliz Dido los regalos de manos del niño y abraza a éste sin saber que se trata del dios poderoso que infunde el amor en los corazones de los mortales.
La imagen de su esposo Siqueo se va desdibujando en su memoria y una nueva llama se desliza hasta su corazón, ya desacostumbrado a amar.
Al final del banquete ruega a Eneas que narre los últimos momentos de Troya y las aventuras de que posteriormente ha sido protagonista.
Eneas cuenta sus aventuras, como lo hizo Ulises en el palacio de Alcinoo.
Dido confiesa a su hermana Anna el gran interés que le inspira Eneas. Anna alienta este amor y Juno, que quiere apartar de Italia a los troyanos (Juno siempre fue enemiga de los troyanos, desde que el troyano Paris no la eligió como las más hermosa de las tres diosas, Atenea, Juno y Venus, en el conflicto de la manzana de oro lanzada por la diosa Eris (diosa de la discordia), propone a Venus casar a Dido con Eneas. Venus, que conoce lo efímero de las intrigas amorosas, accede sonriendo.
Un día durante una cacería, un súbito temporal los obliga a refugiarse en una gruta, donde se consuma la unión.
Al difundirse los amores de la reina con el extranjero (Eneas), el rey Yarbas (rey de Getulia), que había solicitado antes en vano la mano de Dido, suplica a Júpiter que vengue el ultraje que ésta le ha inferido.
Júpiter envía a Mercurio para que recuerde a Eneas su misión gloriosa que culminará con la fundación de Roma, y le ordena marchar inmediatamente de Cartago.
Eneas ordena a sus compañeros que preparen en secreto la flota. Pero no logra engañar mucho tiempo a su apasionada amante. Ésta le reprocha, sin disimulo, su ingratitud, su traición y su crueldad. Eneas contesta con frialdad y ella le colma de injurias. Pero al volver a su palacio, puede más el amor que el despecho y ruega a su hermana que suplique al infiel amante una pequeña tregua que le permita acallar su pasión.
Sigue inflexible Eneas y la desgraciada, rodeada de horribles presagios, decide suicidarse. Para engañar a su hermana finge que una hechicera le ha prometido curarle su pasión si quema en una pira todos los recuerdos de su amante. Al amanecer, mientras la flota troyana se va perdiendo en el horizonte, Dido, en lo alto de la pira, se suicida con la espada que Eneas ha dejado olvidada, no sin haber lanzado antes sobre éste terribles imprecaciones, que repercutirán en las generaciones que se enfrentaron varios siglos después en las guerras púnicas.
(Virgilio, “Eneida”. Selección. Santiago Segura Munguía. Edit. Anaya). (2)
Se dice que Virgilio leyó a Augusto y a su hermana Octavia los cantos II, IV y VI de la Eneida, y que la mención en el canto VI de Marcelo causó el desmayo de Octavia.
Marcelo era hijo de su hermana Octavia. Fue designado por Octavio Augusto como su sucesor. Se casó con Julia Mayor, la única hija de Augusto. Elegido “edil curul” el año 23 a. de C., ofreció unos grandiosos “Juegos” en Roma, pero poco después enfermó y no pudo recuperarse. Quizás sufrió una intoxicación o un envenenamiento.
El poeta Propercio (c.47 a. de C. -16 a. de C.) saludaba enfáticamente el nacimiento de la “Eneida” como una obra mayor que la “Ilíada” de Homero.
Virgilio tardó once años en escribir la obra y todavía no quedó terminada a su gusto; por eso ordenó quemarla. En un principio iba a escribirla en prosa, pero luego decidió escribirla en verso.
Virgilio, que pertenecía al “círculo de Augusto y Mecenas”, y que estaba de acuerdo con los ideales políticos de éstos, escribe su obra para apoyarlos.
Las “Bucólicas” y las “Geórgicas” son un apoyo a la política de favorecer la vida en el campo y a la agricultura.
En la “Eneida” trata de vincular la “gens Iulia”, los antepasados de Julio César y, por tanto, también de Octavio Augusto, con Iulo o Ascanio, el hijo de Eneas, y, además, glorificar a Roma, pues en el libro VI, cuando Eneas baja al Hades (al mundo de los Infiernos) y habla con su padre Anquises, éste le va a presentar a los distintos héroes que van a existir en Roma.
También en el libro VI Anquises dice qué es lo que debe caracterizar a los romanos:
“Excudent alii spirantia mollius aera
credo equidem, vivos ducent de marmore
vultus, orabunt causas melius, caelique meatus
describent radio et surgentia sidera dicent.
Tu regere imperio populos, Romane, memento.
Haec tibi erunt artes, pacisque imponere morem
parcere subiectis et debellare superbos” (Libro VI, 847-853).
(“Que otros esculpan un bronce que se ablande y respire;
¡sea! Saquen del mármol rostros vivos,
vuelen a más altura en su elocuencia,
con el puntero el firmamento midan,
y ortos en él de soles mil columbren.
Mas tu misión recuerda tú, Romano:
regir a las naciones con tu imperio.
Éstas serán tus artes: imponer al mundo el uso de la paz,
perdonar al vencido y arrollar al soberbio que la estorbe”).
Pero, al mismo tiempo, Anquises los anima a que no entren en luchas, sobre todo entre ellos:
“¡Ay no, hijos míos, no os enseñéis a tan funestas luchas, ni revolváis contra su propia entraña las fuerzas de la patria!”
“¡Y, tú, el primero, desiste tú, que con el cielo entroncas!
¡suelta, suelta las armas, sangre mía!” (Libro VI, 832-835).
También en la “Eneida” Virgilio favorece la vuelta a la religiosidad y a los valores antiguos:
“El héroe Eneas no es un puro guerrero, como Aquiles, sino el “pius Aeneas”, el héroe religioso y humano, desgarrado por una tragedia interior: tiene que obedecer a los dioses, y por ello abandona, contra su voluntad a Dido; y por ello mata, contra su voluntad y, tras dudarlo mucho, a Turno (su rival)”. (op. cit. (1))
En el verso de la “Eneida” I, 544 Eneas es celebrado así: “quo iustior alter nec pietate fuit nec bello maior et armis”. (Era nuestro rey Eneas): hombre más justo no se ha visto ni mayor en piedad ni en el brillo de las armas”.
Aquí Virgilio nos está señalando dos de los valores importantes entre esos valores antiguos: la “justicia” y la “piedad”.
Segovia, 13 de junio de 2026
Juan Barquilla Cadenas.