MITOLOGÍA: EOS (Aurora) y TITONO
El hombre, aunque por su propia naturaleza es mortal, siempre ha tenido “in mente” la idea de la inmortalidad.
Unos han buscado la inmortalidad en la fama conseguida a través de sus hazañas en la guerra, en las competiciones deportivas, a través de sus inventos, producciones literarias, musicales, cinematográficas, arquitectónicas, artísticas, oratorias, etc. , y la sociedad les ha construido estatuas, monumentos, dedicado calles o estrellas en el “Paseo de la fama” en el caso del cine, con el fin de que su recuerdo permanezca más tiempo entre las generaciones futuras al mismo tiempo que sean un modelo para ellas.
Otros ven una continuidad suya en los hijos a los que transmiten su código genético.
Muchos en la Antigüedad a través de sus “concepciones filosóficas” han hablado de la existencia de otra vida después de la muerte, al menos para las almas. Así los filósofos pitagóricos creían en la transmigración de las almas (metempsícosis), que postula la inmortalidad del alma y su “reencarnación” en distintos cuerpos - humanos o animales – tras la muerte, hasta conseguir la purificación del alma, y así recuperaba su naturaleza original como una chispa de lo divino, alcanzando un estado de paz eterna junto a los dioses o en una suerte de “islas de los bienaventurados”.
También Platón dice que el alma es eterna y, tras la muerte física, transmigra a otro cuerpo. Las sucesivas vidas son oportunidades para la purificación del alma y regresar a un estado divino, al mundo de las “Ideas”.
Las religiones desde muy antiguo han transmitido la idea de una vida después de la muerte.
Así, primero las “religiones mistéricas”, como los ritos de Eleusis, el mitraísmo, y después el cristianismo, el mundo musulmán, etc., prometen a sus iniciados o fieles la existencia de otra vida después de la muerte, pero en este caso no sólo ya de las almas sino también del cuerpo.
Este deseo de inmortalidad se refleja también en la mitología.
Así, podemos verlo en el mito de Eos y Titono.
[Eos (la Aurora) nace de la unión de Hiperión (un titán) y Tea (una titánide).
Como diosa que da luz brillante y que sube al cielo delante de Helios (el Sol), representa más que lo que generalmente entendemos por la “aurora”, a saber, la luz del nuevo día.
Hemera, la personificación del día, es a menudo identificada con Eos como consecuencia de esto, a pesar de que sean seres distintos en la “Teogonía” de Hesíodo.
En las obras de arte se representa a Eos alada, a diferencia de sus dos hermanos (Helios {el Sol} y Selene {la luna}), pero en calidad de diosa que trae luz aparece, al igual que ellos, subida en un carro, por lo general, un carro tirado por dos caballos, como el de Selene.
En la poesía de Homero en adelante, se la describe con epítetos pintorescos que remiten a los colores del cielo en la aurora, como “de dedos rosados” (rododaktylos) o “de túnica azafranada” (kokropelos).
Comparativamente, Eos tiene una personalidad muy marcada y aparece como una diosa amorosa a la que le gusta raptar a jóvenes hermosos.
La historia más famosa y recordada es la que cuenta su relación con Titono, hijo de Laomedonte, rey de Troya, y hermano de Príamo.
Esta leyenda era muy antigua, ya que tanto la “Ilíada” como la “Odisea” dicen que Eos se levanta “del lecho que ocupaba junto al admirable Titono” para llevar la luz a los inmortales y mortales.
Homero especifica que Titono era hijo de Laomedonte, y fuentes posteriores indican que era hijo legítimo del rey y de Estrimo, hija del Escamandro (dios río de Troya) en la mayor parte de las versiones.
El “Himno homérico a Afrodita” nos aporta la narración más antigua de la historia.
Eos se llevó a Titono y pidió a Zeus que lo convirtiera en inmortal, pero no se le ocurrió añadir que lo volviera también eternamente joven para que no le afectaran los estragos de la vejez.
Mientras que él fue joven, vivieron felizmente juntos en las orillas del Océano, en los límites de la tierra; pero cuando comenzaron a aparecer los primeros cabellos grises en su pelo y en su barba, Eos dejó de dormir junto a él, aunque continuó cuidándole en su casa, dándole comida, ambrosía y bellos ropajes.
Cuando se volvió tan débil que no podía siquiera mover sus labios, lo metió en una habitación con las puertas clausuradas, en donde, desamparado, no cesa nunca de balbucear.
De acuerdo con una historia que aparece por primera vez ya en época clásica, Eós acabó por convertirle en un insecto musical, la cigarra (tettix).
Posiblemente la inspiración de esta idea se encuentre en el incesante balbuceo (aspetos pheme) del inválido Titono en el “Himno homérico”; por otra parte, la charla aguda de los ancianos es comparada al canto de las cigarras en un famoso pasaje de la “Ilíada”.
Puede ser también relevante que se pensara que las cigarras se alimentaban sólo durante la “aurora”, ya que podría suponer que Titono no recibía alimento una vez que se le encerraba tras las puertas.
En una fuente se menciona que Eos le transformó en cigarra para poder disfrutar así de su voz.
En los días primeros y felices, le dio dos hijos, Memnón, rey de los etíopes, que luchó como aliado de los troyanos en los últimos momentos de la guerra de Troya.
Poco después de la muerte de la amazona Pentesilea a manos de Aquiles, Memnón llegó a Troya con una fuerza de etíopes.
Memnón fue el último y quizá el más formidable de los oponentes de Aquiles, al que se parecía en algunos aspectos significativos, porque él también era hijo de una diosa y propietarios de una divina armadura que había sido forjada por Hefesto.
Tras matar a muchos adversarios en batallas, alanceó a Antíloco, hijo de Néstor, que sacrificó su propia vida para rescatar a su padre: el carro de Néstor había quedado inmovilizado después de que uno de sus caballos fuese herido por una flecha disparada por Paris, y él había pedido ayuda a su hijo para que lo salvara de Memnón, que blandía su lanza cerca de allí.
Antíloco era entonces amigo íntimo de Aquiles, de hecho, el más íntimo desde la muerte de Patroclo, e igual que el gran héroe había vengado la muerte de Patroclo, se dispuso ahora a vengar a Antíloco con la muerte de Memnón.
Una vez muerto Memnón por Aquiles, su divina madre solicitó a Zeus que le otorgara la inmortalidad.
De acuerdo con la tradición local, Memnón fue enterrado en la Tróade, junto a un arroyo llamado Asopo.
En la obra tardía de Quinto se decía que las brisas del alba se habían agrupado a petición de Eos para llevar el cadáver a aquel lugar.
Una leyenda cuenta que sus camaradas etíopes fueron transformados en unos pájaros extraordinarios, los “memnónides”, que conmemoraban el aniversario de la muerte de su líder cada año con una batalla sobre su tumba.
Pero en la versión que da Ovidio del relato (que es la más temprana que se conserva, aunque hay razones para sospechar que se trata de una leyenda bastante antigua), Zeus hizo que los pájaros saliesen de las cenizas sobre la tumba de Memnón en respuesta a los ruegos de Eos, que le suplicaba que aliviase su desesperanza otorgando algún honor excepcional a su hijo muerto.
Una tradición posterior sugiere que el rocío de la mañana se forma con las lágrimas que Eos continúa vertiendo por Memnón.
Estas historias se contradicen con el relato más antiguo en la “Etiópida”, en el que Zeus le otorga la inmortalidad a petición de su madre.
El otro hijo de Eos y Titono fue Ematión que murió a manos de Heracles en Etiopía.
Podemos imaginarnos a la pareja viviendo en algún lugar del lejano Oriente, cerca de la aurora.
Su hijo Memnón siempre estuvo asociado con el oriente, en lugar de con la Etiopía africana.
La “Odisea” se refiere a dos amores de Eos, diciendo en primer lugar que raptó al cazador Orión, lo que produjo molestias entre los dioses, ya que no veían con buenos ojos las relaciones entre diosas y mortales; por ello convencerán a Ártemis de que lo matara en su morada de Ortigia, a menudo identificada con la isla de Delos en épocas posteriores.
La “Odisea” también menciona que Eos estaba tan prendida por la belleza de Clito, hijo de Mantio y nieto del gran adivino Melampo, que se lo llevó con ella para habitar juntos entre los inmortales.
Se cuenta en la “Teogonía”, en un añadido posterior a Hesíodo, que Eos también amó a un tal Céfalo y que ambos tuvieron un hijo llamado Faetón – no confundir con el hijo de Helios (el Sol) – al que tomó Afrodita para que sirviera en su templo.
Para explicar esta naturaleza enamoradiza de Eos, algunos afirmaban que Afrodita era la causante y que la había castigado así por haberse acostado con Ares, el amante o esposo de Afrodita.
Junto a su larga lista de amores, Eos tenía un esposo, Astreo (Estrellado), hijo del titán Crío y de la oceánide Euribia.
Los hijos de este matrimonio eran las estrellas de los cielos y los tres vientos principales, Bóreas (el viento del Norte), Céfiro (viento del Oeste) y Noto (viento del Sur).
Hesíodo afirma que la Estrella de la Mañana (Heosphoros) es la más importante dentro de los hijos de Eos. Cabe señalar en relación con esto que no se consideraba que los planetas, o “estrellas errantes” (planetes asteres), fueran diferentes de las “estrellas fijas”.
En griego el planeta que conocemos ahora como Venus recibía el nombre de Heosphoros (el que trae la aurora) o Phosphoros (el que trae la luz), en cuanto estrella de la mañana, y de Hesperos cuando se le señalaba como la estrella del atardecer (hesperos aster).
Sin embargo, desde muy pronto, antes de la época clásica, se pensó que ambas estrellas eran realmente la misma.
Incluso a pesar de que Eos no era la madre de todas las estrellas, era concebible que Heosphoros fuera hijo de Eos, ya que él es el que anuncia el alba. De hecho, y acaso como resultado de esta idea primigenia, Hesíodo decidió convertir a Eos en la madre de todas las estrellas y también pensar que ella había de tener un marido-estrella.
Quizá se pensaba que Eos encajaba bien con la figura de “madre de los vientos” porque en Grecia a menudo se levanta viento al amanecer.
Hesíodo afirma que los tres vientos más importantes son sus hijos, mientras que todos los vientos devastadores de naturaleza inferior son clasificados como vástagos del monstruo Tifón.
Aunque Céfiro (el viento del Oeste) aparece como un viento purificador en la “Teogonía” y tiende a ser más tormentoso en Homero, acostumbramos a encontrárnoslo como un viento amable y plácido en las tradiciones posteriores.
En la “Ilíada”, la mensajera divina Iris visita al “tormentoso viento Céfiro” en su morada, mientras éste se encuentra cenando allí junto a otros vientos, para pedirle que él y Bóreas soplen sobre la pira funeral de Patroclo, ya que Aquiles ha elevado una plegaria para que le ayuden porque la pira no arde.
Bóreas, el viento del Norte, descendía hasta Grecia desde su morada septentrional en Tracia. Su historia más importante es la leyenda ateniense que cuenta que raptó a Oritia, una princesa del Ática, para desposarla.
Ella le dio dos hijos: Zetes y Calais, los “Boréadas” (Boreadai), que participaban de algún modo de la naturaleza de su padre como seres alados que podían volar veloces a través del aire, y se hicieron célebres por su persecución de las Harpías.
Como consecuencia de este matrimonio que le relacionaba con Atenas, Bóreas brindó una ayuda especial a los atenienses en más de una ocasión.
Noto, el dios del viento húmedo del Sur, que era considerado un viento poco saludable nunca se convirtió en una figura mitológica de relevancia.
Los vientos solían ser representados con alas, barba y a menudo con un aspecto salvaje.
De acuerdo con las diferentes concepciones que pueden encontrarse en Homero, los vientos podían ser vistos ya como agentes independientes o bien como seres sujetos al control de Eolo, el señor de los vientos.]
(Robin Hard. El gran libro de la mitología griega. Edit. La Esfera de los libros. Madrid 2008.)
Segovia, 11 de abril de 2026
Juan Barquilla Cadenas.