EL IMPERIO ROMANO DE ORIENTE
Se denomina “Imperio romano de Oriente, Imperio bizantino o, simplemente, Bizancio”, a la mitad oriental del Imperio romano desde el 395 d. de C., que pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento.
Su capital se encontraba en Constantinopla (actual Estambul), construida sobre la antigua Bizancio, importante ciudad colonial de Tracia griega fundada hacia el 667 a. de C. durante la Antigüedad tardía.
Debido a su posterior carácter “helenístico” – al punto de reemplazar el latín por el griego como lengua oficial – algunos historiadores han optado por referirse a este Estado, como un Imperio esencialmente griego.
Durante los primeros siglos del Imperio romano, las provincias occidentales fueron romanizadas, pero las partes orientales mantuvieron su “cultura helenística”.
Constantino I (r. 306 -337 d. de C.) legalizó el cristianismo y trasladó la capital del Imperio romano a Constantinopla.
Teodosio I (r. 379 -395 d. de C.) hizo del cristianismo la religión estatal y el griego gradualmente reemplazó al latín para usos oficiales.
El Imperio romano de Oriente adoptó una estrategia defensiva y, a lo largo de su historia restante, pasó por ciclos recurrentes de declive y recuperación.
A lo largo de su dilatada historia, el “Imperio bizantino” sufrió numerosos reveses y pérdidas de territorio, especialmente durante las guerras contra los (persas) sasánidas, normandos, búlgaros, árabes y turcos.
Alcanzó su mayor extensión bajo el reinado de Justiniano (r. 527 -565 d. de C.), quien reconquistó gran parte de Italia y la costa mediterránea occidental.
Una plaga empezó alrededor del año 541 d. de C., y una devastadora guerra con la “Persia sasánida” drenó los recursos del Imperio.
Las conquistas árabes llevaron a la pérdida de las provincias más ricas del Imperio -Egipto y Siria – a manos del “califato ortodoxo” (el primer califato, el gobierno de los cuatro primeros califas que sucedieron a Mahoma, desde 632 al 661 d. de C.).
En 689 d. de C. se perdió África a manos del “califato omeya” (éste fue el segundo de los cuatro grandes califatos establecidos tras la muerte de Mahoma.
El “califato” fue gobernado por la “dinastía omeya”, un linaje árabe que ejerció el poder de califa, primero en Oriente, con capital en Damasco, y luego en el Al -Ándalus, con capital en Córdoba), pero el Imperio bizantino se estabilizó bajo la “dinastía isáurica”.
Se expandió una vez más bajo la “dinastía macedonia”, pasando por un “renacimiento” que duró dos siglos.
Posteriormente, períodos de guerra civil e incursiones “selyúcidas” (los “selyúcidas” fue una dinastía turca ogûz musulmana sunita bajo cuyo gobierno invadieron el sudoeste asiático en el siglo XI, llegando a fundar con el tiempo un “Imperio (selyúcida)” que incluyó Mesopotamia (la actual Irak), Siria, Palestina y la mayor parte de Irán, entre mediados del siglo XI y finales del XIII. Su avance marcó el comienzo del poder turco en el Medio Oriente) terminaron en la pérdida de la mayor parte de Asia Menor.
Aunque su influencia en África del Norte y Oriente Próximo decayó como resultado de estos conflictos, el Imperio bizantino continuó siendo una importante potencia militar y económica en Europa, Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental durante la mayor parte de la Edad Media.
El Imperio bizantino se recuperó durante la “restauración Comneno” (siglos XI XII) y Constantinopla continuó siendo la ciudad más grande y rica en Europa hasta el siglo XIII.
Tras ello, el Imperio bizantino comenzó una prolongada decadencia: fue en gran medida desmantelado en 1204, tras el saqueo de Constantinopla durante la “cuarta cruzada”, cuando sus antiguos territorios fueron divididos entre “Estados remanentes griegos”( fragmentos restantes de un Estado que en su momento fue de mayor tamaño) y “reinos latinos” (el término deriva de que los griegos ortodoxos ( y la mayoría de los pueblos del Mediterráneo oriental) llamaron a los occidentales católicos, “latinos” o “francos”.
A pesar de que en 1261 se recuperó Constantinopla, el Imperio reconstituido sólo ejerció un poder regional durante sus últimos siglos.
Sus territorios restantes fueron anexados progresivamente por los “turcos otomanos” en una serie de guerras libradas en los siglos XIV y XV.
La caída de Constantinopla en 1453 trajo el final del Imperio, pero su historia y legado continúan siendo tema de debate hasta la actualidad.
Durante este milenio de existencia, el Imperio bizantino fue un bastión del cristianismo e impidió el avance del islam hacia Europa occidental.
También fue uno de los principales centros comerciales del mundo, estableciendo una moneda de oro estable que circuló por toda el área mediterránea.
Influyó de modo determinante en las leyes, los sistemas políticos y las costumbres de gran parte de Europa y de Oriente Medio, y gracias a él se conservaron y transmitieron muchas de las obras literarias y científicas del mundo clásico y de otras culturas.
En tanto que es la continuación oriental del Imperio romano, su transformación en una entidad cultural diferente de Occidente puede verse como un largo proceso que se inició cuando el emperador Constantino I el Grande trasladó la capital imperial (antes en Roma) a Constantinopla en el año 330 d. de C.
Continuó con la división definitiva del Imperio romano tras la muerte de Teodosio I en 395 d. de C. y la posterior caída en el año 476 d. de C. del Imperio romano de Occidente, y alcanzó su culminación durante el siglo VII d. de C., bajo el emperador Heraclio I, con cuyas reformas el Imperio adquirió un carácter marcadamente diferente al del viejo Imperio romano.
Algunos académicos, como Theodor Mommsen, han afirmado que hasta Heraclio no puede hablarse con propiedad del Imperio romano de Oriente, pues éste sustituyó el antiguo título imperial de “augusto” por el de “basileus” (palabra griega que significa “rey” o “emperador”), y reemplazó el latín por el griego como lengua administrativa en el año 620 d. de C., tras lo cual el Imperio tuvo un marcado carácter helénico.
En todo caso, el término “Imperio bizantino” fue creado por la erudición ilustrada de los siglos XVII y XVIII, y nunca fue utilizado por los habitantes de este Imperio, quienes lo continuaron denominando “Imperio romano” (en griego: Βασιλεία Ῥωμαίων ο Ῥωμανία) durante toda su existencia.
El adjetivo “bizantino” adquirió después un sentido despectivo, como sinónimo de “decadente”, debido a la obra de historiadores como Edward Gibbon, William Lecky o el propio Arnold J. Toynbee, quienes, comparando la civilización bizantina con la Antigüedad clásica, vieron la historia del Imperio bizantino como un prolongado período de decadencia. Influyó seguramente también en esta apreciación el punto de vista de los “cruzados” de los reinos de Europa occidental que visitaron el Imperio desde finales del siglo XI.
La visión de los bizantinos como hombres sutiles y frívolos sobrevive en la expresión italiana “discusión bizantina”, en referencia a cualquier disputa apasionada sobre una cuestión intrascendente, seguramente basada en las interminables controversias teológicas sostenidas por los intelectuales bizantinos.
En tanto que el Imperio de Occidente (que el emperador Teodosio había asignado a su hijo Flavio Honorio) se hundía en el año 476 d. de C., el Imperio de Oriente (que el emperador Teodosio asignó a su hijo Arcadio, con capital en Constantinopla) fue capaz de conjurar las sucesivas invasiones de pueblos bárbaros que le amenazaron
Los visigodos fueron desviados hacia Occidente por el emperador Arcadio (395-408).
Su sucesor, Teodosio II (408 -450) reforzó las murallas de Constantinopla, haciendo de ella una ciudad inexpugnable (de hecho, no sería conquistada por tropas extranjeras hasta 1204), y logró evitar la invasión de los “hunos” mediante el pago de tributos hasta que se disgregaron y acabaron de representar un peligro tras la muerte de Atila, en 453 d. de C.
Por su parte, Zenón (474-491 d. de C.) evitó la invasión del rey “ostrogodo” Teodorico el Grande, dirigiéndolo hacia Italia, contra el reino establecido por Odoacro (rey de los hérulos).
La unidad religiosa fue amenazada por “herejías” que proliferaron en la mitad oriental del Imperio, y que pusieron de relieve la división en materia doctrinal entre las cuatro principales sedes orientales: Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y Alejandría.
Ya en el año 325 d. de C., el concilio de Nicea había condenado el “arrianismo”, que negaba la divinidad de Cristo.
En 431 d. de C., el concilio de Éfeso declaró herético el “nestorianismo” (doctrina del teólogo cristiano Nestorio, que considera a Cristo radicalmente separado en dos naturalezas, una humana y otra divina, ambas plenas de modo tal que conforman dos entes independientes, dos personas unidas en Cristo, que es Dios y hombre al mismo tiempo, pero formado por dos personas distintas).
La crisis más duradera, sin embargo, fue la causada por la herejía monofisista, que afirmaba que Cristo sólo tenía una naturaleza, la divina.
Aunque fue también condenada por el concilio de Calcedonia, en 451 d. de C., había ganado numerosos adeptos, sobre todo en Egipto y Siria, y todos los emperadores fracasaron en sus intentos de restablecer la unidad religiosa.
En este período se inicia también la estrecha asociación entre la Iglesia y el Imperio: León I (457 -474 d. de C.) fue el primer emperador coronado por el patriarca de Constantinopla.
A finales del siglo V d. de C., durante el reinado del emperador Anastasio I, el peligro que suponían las “invasiones bárbaras” parecía definitivamente conjurado.
Los “pueblos germánicos” ya asentados en el desaparecido Imperio de Occidente, estaban demasiado ocupados consolidando sus respectivas monarquías como para interesarse por Bizancio.
Durante el reinado de Justiniano I (527 -565 d. de C.) el Imperio llegó al apogeo de su poder.
El emperador se propuso restaurar las fronteras del antiguo Imperio romano, por lo que, una vez restaurada la seguridad de la frontera oriental tras la victoria del general Belisario frente al expansionismo persa de Cosroes I en la batalla de Dara (530 d. de C.), emprendió una serie de guerras de conquista en Occidente:
Entre 533 y 534 d. de C., tras sendas victorias en “Ad Decimum” y “Tricamarum”, un ejército al mando de Belisario conquistó el “reino vándalo”, ubicado en la antigua provincia romana de África y las islas del Mediterráneo occidental (Cerdeña, Córcega y las Baleares).
El territorio, una vez pacificado, fue gobernado por un funcionario denominado “magister equitum”.
En 535 d. de C. Mundus (general bizantino) ocupó Dalmacia.
Ese mismo año Belisario avanzó hacia Italia, llegando en 536 d. de C. hasta Roma tras ocupar el sur de Italia.
Tras una breve recuperación de los “ostrogodos” (541-551 d. de C.), un nuevo ejército bizantino, capitaneado esta vez por Narsés (general de Justiniano), anexionó nuevamente Italia, creándose el “exarcado de Rávena” (circunscripción administrativa del Imperio romano de Oriente que comprendía, entre los siglos VI y VIII, los territorios bajo la jurisdicción del “exarca de Italia” (gobernador) que residía en Rávena.
En 552 d. de C. los bizantinos intervinieron en disputas internas de la “Hispania visigoda” y anexionaron al Imperio bizantino extensos territorios del sur de la península ibérica, llamándola “Provincia de Spania”. La presencia bizantina en Hispania se prolongó hasta el año 620 d. de C.
La época de Justiniano no sólo destaca por sus éxitos militares. Bajo su reinado se vivió una época de esplendor cultural, a pesar de la clausura de la “Academia” de Atenas, destacando entre otros muchas, las figuras de los poetas Novo de Panópolis y Pablo Silenciario, el historiador Procopio, y el filósofo Juan Filopón.
Entre 528 y 533 d. de C., una comisión, nombrada por el emperador, codificó el derecho romano en el “Corpus Iuris Civilis”, permitiendo así la transmisión a la posteridad de uno de los más importantes legados del mundo antiguo.
El esplendor de la época de Justiniano encuentra su mejor ejemplo en una de las obras arquitectónicas más célebres de la historia del arte, la Iglesia de Santa Sofía, construida durante su reinado por los arquitectos Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto.
Dentro de la capital se quebrantó el poder de “los partidos del circo”, donde las carreras de “cuadrigas” se habían convertido en una diversión popular que levantaba pasiones. De hecho, eran usadas políticamente, expresando el color de cada equipo divergencias religiosas (un precoz ejemplo de movilizaciones populares usando “colores políticos”).
La Iglesia reconoció al señor de Constantinopla como “rey-sacerdote” y restauró la relación con Roma.
Las campañas de Justiniano en Occidente y el coste de estos actos de esplendor imperial dejaron exhausta la Hacienda imperial y precipitaron al Imperio bizantino en una situación de crisis, que llegaría a su punto culminante a comienzos del siglo VII.
La necesidad de más financiación permitió que su odiado ministro de Hacienda, Juan de Capadocia, impusiera mayores y nuevos impuestos a los ciudadanos de Bizancio.
La revuelta de Nika (532 d. de C.) estuvo a punto de provocar la huida del emperador, que evitó la emperatriz Teodora con su famosa frase “la púrpura es un sudario glorioso”.
Procopio, en su “Historia secreta” reproduce así las palabras de Teodora:
“… quien ha recibido el poder soberano no debe vivir si se lo deja quitar. Tú, César, si quieres huir nada es más fácil… en cuanto a mí, Dios no permita que abandone la púrpura y aparezca en público sin ser saludada como “Emperatriz”.
Aprecio mucho esta antigua sentencia: “la púrpura es un glorioso sudario”.
Así mismo, un desastre se cernió sobre el Imperio bizantino en el año 543 d. de C.
Se trataba de la “Peste de Justiniano”.
Se cree que fue provocada por el bacilo “yersinia pestis”, también conocida como la “peste negra”.
Sin duda fue un elemento clave que contribuyó a agudizar la grave crisis económica que ya sufría el Imperio. Se estima que un tercio de la población de Constantinopla pereció por su causa.
Los siglos VII y VIII d. de C. constituyen en la historia de Bizancio una especie de “Edad Oscura” acerca de la cual se tiene muy escasa información.
Es un período de crisis, con tremendas dificultades externas (el hostigamiento del islam que conquistó las regiones más ricas; los continuos ataques de “búlgaros” y “eslavos” desde el norte y la reanudación de la lucha contra los persas en el este) e internas (las luchas entre “iconoclastas” (que rechazaban las imágenes religiosas) y los “iconódulos” (que veneraban las imágenes), símbolo de los enfrentamientos entre poder temporal y religioso).
A pesar de ello, el Imperio bizantino salió de este período transformado y reforzado.
Justino II trató de seguir los pasos de su tío (Justiniano I) y su misma mente sucumbió bajo el intolerable peso de administrar un Imperio amenazado desde varios frentes.
Su sucesor, Tiberio II, abandonó la política militar de Justiniano, permitió que Italia cayera bajo el poder de los “lombardos” y los bárbaros ocuparan el Tíber, y se replegó a África.
Mauricio (su sucesor) llegó a hacer un tratado favorable con Persia (590 d. de C.) y volvió una vez más a la defensa de las fronteras del norte, pero el ejército se negó a soportar las inclemencias de la campaña y Mauricio perdió con el trono la vida.
Con Focas, las invasiones de los persas, de los bárbaros y las luchas internas estuvieron a punto de destruir el Imperio. Sin embargo, la revolución de algunas provincias logró salvarlo.
Desde África, donde era más fuerte el elemento latino, zarpó Heraclio para rescatar a los últimos restos del Imperio romano. Este viaje era a sus ojos una empresa religiosa y, durante todo su reinado, ese interés fue capital.
El siglo VII comienza con la crisis provocada por la espectacular ofensiva del monarca persa Cosroes II que, con sus conquistas en Egipto, Siria y Asia Menor, llegó a amenazar la existencia misma del Imperio.
Esta situación fue aprovechada por otros enemigos de Bizancio, como los “ávaros” y “eslavos”, que pusieron sitio a Constantinopla en el año 626 d. de C.
El emperador Heraclio fue capaz, tras una guerra larga y agotadora, de conjurar este peligro, repeliendo (rechazando) el asalto de ávaros y eslavos, y derrotando definitivamente a los persas en el año 628 d. de C. En su guerra contra los persas, Heraclio logró hacerles retroceder hasta el corazón de su patria y debilitarlos hasta el punto de que no fueron capaces de sobrevivir al ataque árabe sucesivo.
En su misión de salvar el Imperio y consolidarlo tuvo un gran respaldo por parte de la Iglesia.
Sin embargo, apenas unos años después, entre el 633 y el 645 d. de C., la rápida expansión musulmana arrebataba para siempre al Imperio, exhausto por la guerra contra Persia, las provincias de Siria, Palestina y Egipto.
Pero el Imperio de Heraclio sobrevivió a los ataques árabes (aunque perdiendo casi toda su “romanidad” y tomando características completamente helenísticas en el área balcánico-anatólica), mientras que los persas fueron conquistados totalmente por los árabes.
A mediados del siglo VII, las fronteras se estabilizaron.
Los árabes continuaron presionando, llegando incluso a amenazar la capital, pero la superioridad naval bizantina, reforzada por sus magníficas fortificaciones navales y su monopolio del “fuego griego” (un producto químico capaz de arder en el agua) salvó al Imperio bizantino de la destrucción.
En la frontera occidental, el Imperio se vio obligado a aceptar desde la época de Constantino IV (668 -685 d. de C.) la creación dentro de sus fronteras, en la provincia de Moesia, del reino independiente de Bulgaria.
Además, pueblos eslavos fueron instalándose en los Balcanes, llegando incluso hasta el Peloponeso.
En Occidente, la invasión de los lombardos hizo mucho más precario el dominio bizantino sobre Italia.
Entre los años 726 y 843 d. de C., el Imperio bizantino fue desgarrado por las luchas internas entre los “iconoclastas”, partidarios de la prohibición de las imágenes religiosas, y los “iconódulos”, contrarios a dicha prohibición.
La primera época iconoclasta se prolongó desde el 726 d. de C., año en que León III (717 -741 d. de C.) suprimió el culto a las imágenes, hasta el 783, cuando fue restablecido por el II Concilio de Nicea.
La segunda etapa iconoclasta tuvo lugar entre el 813 y el 843 d. de C. En este año fue restablecida definitivamente la ortodoxia.
No fue un simple debate teológico entre “iconoclastas” e “iconódulos”, sino un enfrentamiento interno desatado por el patriarcado de Constantinopla, apoyado por el emperador León III, que pretendía acabar con la concentración de poder e influencia política y religiosa de los poderosos monasterios y sus apoyos territoriales (puede imaginarse su importancia viendo cómo ha sobrevivido hasta la actualidad el monte Athos, fundado más de un siglo después, en 963 d. de C.).
Según algunos autores, el conflicto iconoclasta refleja también la división entre el poder estatal – los emperadores, la mayoría partidaria de la “iconoclasia” – y el eclesiástico - el patriarcado de Constantinopla, en general, “iconódulo”-. También se ha señalado que mientras en Asia Menor los “iconoclastas” constituían la mayoría, en la parte europea del Imperio eran predominantes los “iconódulos”.
La recuperación de la autoridad imperial y la mayor estabilidad de los siglos siguientes trajo consigo también un proceso de “helenización”, es decir, de recuperación de la identidad griega frente a la oficial entidad romana de las instituciones, cosa más posible entonces, dada la limitación y homogeneización geográfica producida por la pérdida de las provincias (Egipto, Siria y Palestina), y que permitía una organización militarizada y más fácilmente gestionable: los “temas” (themata) (Eran al mismo tiempo distritos militares y circunscripciones administrativas, bajo el mando de un “strategos” (στρατηγός) con la adscripción a la tierra de los militares en ellos establecidos, lo que produjo formas similares al “feudalismo” occidental.
A principios del siglo IX d. de C., el Imperio bizantino había sufrido varias transformaciones importantes:
- Uniformidad cultural y religiosa:
La pérdida frente al islam de las provincias de Siria, Palestina y Egipto trajo como consecuencia una mayor uniformidad.
Los territorios que el Imperio conservaba a mediados del siglo VII eran de cultura fundamentalmente griega.
El latín fue definitivamente abandonado en favor del griego.
Ya en 629 d. de C., durante el reinado de Heraclio, está documentado el uso del término griego “basileus” en lugar del latín “augustus”.
En el aspecto religioso, la incorporación de estas provincias al islam dio por concluida la crisis “monofisista”, y en el 843 d. de C. el triunfo de los “iconódulos” supuso por fin la unidad religiosa.
- Reorganización territorial
En el siglo VII – probablemente en época de Constante II (641 -668 d. de C.) – el Imperio fue dotado de una nueva organización territorial para hacer más eficaz su defensa.
El territorio bizantino se organizó en los “themata”, distritos militares que eran al mismo tiempo circunscripciones administrativas, y cuyo gobernador y jefe militar, el “estrategos”, gozaba de una amplia autonomía.
- Ruralización
La pérdida de las provincias del sur, donde más desarrollo habían alcanzado la artesanía y el comercio, implicó que la economía bizantina pasara a ser esencialmente agraria.
La irrupción del “islam” en el Mediterráneo a partir del siglo VIII d. de C. dificultó las rutas comerciales.
Decreció la población y la importancia de las ciudades en el conjunto del Imperio, en tanto que empezaba a desarrollarse una nueva clase social, la aristocracia latifundista, especialmente en Asia Menor.
La mayoría de estas transformaciones se dio como consecuencia de la pérdida de las provincias de Egipto, Siria y Palestina, que pasaron a dominio musulmán.
Renacimiento macedónico (867 d. de C.)
El final de las luchas iconoclastas supone una importante recuperación del Imperio, visible desde el reinado de Miguel III (842-867 d. de C.), último emperador de la “dinastía Amoriana”, y, sobre todo, durante los casi dos siglos (867 -1056) en que Bizancio fue regido por la “dinastía macedónica”.
Este período es conocido por los historiadores como “renacimiento macedónico”.
Política exterior
Durante estos años, la crisis en que se vio sumido el “califato abasí” (dinastía califal fundada en 750 d. de C. por un tío de Mahoma, que se hizo con el poder tras eliminar a la “dinastía omeya” y trasladó la capital de Damasco a Bagdad), principal enemigo del Imperio en Oriente, debilitó considerablemente la ofensiva islámica.
Sin embargo, los nuevos “Estados musulmanes” que surgieron como resultado de la disolución del califato (principalmente los “aglabíes” del norte de Africa (sunitas) y los “fatimíes” de Egipto (chiitas), lucharon duramente contra los bizantinos por la supremacía en el Mediterráneo oriental.
A lo largo del siglo IX d. de C., los musulmanes arrebataron definitivamente Sicilia al Imperio. Creta ya había sido conquistada por los árabes en 827 d. de C.
El siglo X fue una época de importantes ofensivas contra el islam, que permitieron recuperar territorios perdidos muchos siglos antes: Nicéforo II Focas (963 -969) reconquistó el norte de Siria, incluyendo Antioquía (969), así como Creta (961) y Chipre (965).
El gran enemigo occidental del Imperio bizantino durante esta etapa fue el Estado búlgaro.
Convertida al cristianismo a mediados del siglo IX, Bulgaria alcanzó su apogeo en tiempos del zar Simeón I 893 -927), educado en Constantinopla.
Desde 896 d. de C. el Imperio bizantino estuvo obligado a pagar un tributo a Bulgaria, y, en 913 d. de C., Simeón estuvo a punto de atacar la capital.
A la muerte de este monarca, en 927 d. de C., su reino comprendía buena parte de Macedonia y Tracia, junto con Serbia y Albania.
El poder de Bulgaria fue, sin embargo, declinando durante el siglo X, y, a principios del siglo siguiente, Basilio II (976 -1025), llamado “bulgaróctonos” (matador de búlgaros) invadió Bulgaria y la anexionó al Imperio, dividiéndola en cuatro “Themas”.
Uno de los hechos más decisivos, y de efectos más duraderos de esta época fue la incorporación de los pueblos eslavos a la órbita cultural y religiosa de Bizancio.
En la segunda mitad del siglo IX, los monjes de Tesalónica (Grecia) Cirilo y Metodio fueron enviados a evangelizar Moravia (una de las tres regiones históricas que conforman la República Checa, junto con Bohemia y Silesia) a petición de su monarca, Ratislav I.
Para llevar a cabo su tarea, crearon, partiendo del dialecto eslavo hablado en Tesalónica, una lengua literaria (el antiguo eslavo eclesiástico o litúrgico) así como un nuevo alfabeto para ponerla por escrito, el “alfabeto glagolítico” (el más antiguo de los alfabetos eslavos que se conocen. Fue creado por los santos Cirilo y Metodio alrededor del año 862 -863 d. de C., para traducir la Biblia y otros textos al antiguo eslavo eclesiástico.)
Este “alfabeto glagolítico” fue luego sustituido por el “alfabeto cirílico”, utilizado en varias lenguas de Eurasia y que está basado en el alfabeto griego, con caracteres del alfabeto glagolítico y con sonidos exclusivamente eslavos.
Aunque la misión en Moravia fracasó, a mediados del siglo X d. de C. se produjo la “cristianización de la Rus de Kiev”, quedando así bajo la influencia bizantina un Estado más amplio y extenso que el propio Imperio bizantino.
Las relaciones con Occidente fueron tensas desde la coronación de Carlomagno (800) y las pretensiones de sus sucesores al título de “emperadores romanos” y al dominio de Italia.
Durante toda esta época, a pesar de la pérdida de Sicilia, el Imperio bizantino siguió teniendo una enorme influencia en el sur de Italia.
Las tensiones con Otón I, quien pretendía expulsar a los bizantinos de Italia, se resolvieron mediante el matrimonio de la princesa bizantina Teófano, sobrina del emperador bizantino Juan I Tzimiscés, con Otón II.
Separación de la Iglesia cristiana oriental y occidental (1054)
Tras la resolución del conflicto iconoclasta, se restauró la unidad religiosa del Imperio.
No obstante, hubo de hacerse frente a la herejía de los “paulicianos” o “maniqueos”, que en el siglo IX llegó a tener una gran difusión en Asia Menor, así como a su rebrote en Bulgaria, la doctrina bogomilita (comunidad herética de vida rigurosamente ascética, con creencias docetistas y gnósticas).
(El “docetismo” decía que los sufrimientos y la humanidad de Jesucristo fueron aparentes y no reales, y que su forma humana fue una mera ilusión.)
(El “gnosticismo” enfatizaba el conocimiento espiritual (gnosis) por encima de las enseñanzas y tradiciones protoortodoxas y la autoridad de instituciones religiosas).
Durante esta época fueron evangelizados los búlgaros.
Esta expansión del “cristianismo oriental” provocó los recelos de Roma, y a mediados del siglo IX estalló una grave crisis entre el patriarca de Constantinopla, Focio y el papa Nicolás I, quienes se excomulgaron mutuamente, produciéndose la separación definitiva de las Iglesias oriental y occidental.
Además de la rivalidad por la primacía entre las sedes de Roma y Constantinopla, existían algunos desacuerdos doctrinales.
El cisma de Focio fue, sin embargo, breve, y hacia877 las relaciones entre Oriente y Occidente volvieron a la normalidad.
La ruptura definitiva con Roma se consumó en 1054, conocido como “Cisma de Oriente y Occidente”, con motivo de una nueva disputa sobre el texto del “credo”, en el que los teólogos latinos habían incluido la “clausula Filioque” (El Espíritu Santo procede “del Padre y del Hijo”), significando así, en contra de la tradición de las Iglesias orientales, que el Espíritu Santo procedía no sólo del Dios Padre, sino también del Hijo de Dios.
Existía también desacuerdo en otros muchos temas menores, y subyacía, sobre todo, el enfrentamiento por la primacía entre las dos antiguas capitales del Imperio.
Declive del imperio bizantino (1056 -1204)
Tras el período de esplendor que supuso el “Renacimiento Macedonio”, en la segunda mitad del siglo XI, comenzó un período de crisis, marcado por su debilidad ante la aparición de dos poderosos nuevos enemigos: los turcos selyúcidas y los “reinos cristianos de Europa occidental”; y por la creciente “feudalización” del Imperio, acentuada al verse forzados los emperadores Comneno a realizar cesiones territoriales (denominadas “pronoia”): sistema de donación y propiedad de la tierra, que algunos han comparado con el “feudalismo occidental”) a la aristocracia y a miembros de su propia familia.
En la frontera oriental, los “turcos selyúcidas”, que hasta el momento habían centrado su interés en derrotar al “Egipto fatimí”, empezaron a hacer incursiones en Asia Menor, de donde procedía la mayor parte de los soldados bizantinos.
Con la inesperada y aplastante derrota en la batalla de Manzikert (1071) de Romano IV a manos del sultán Alp Arslan, la hegemonía bizantina en Asia Menor llegó a su fin.
Posteriormente emperadores de la “dinastía comnena” lograrían reconquistar parte de los territorios perdidos, pero tras 1203 esto fue imposible. Más aún, un siglo después, Manuel I Comneno sufrirá otra humillante derrota frente a los selyúcidas en Miriocéfalo en 1176.
En Occidente, los “normandos” expulsan de Italia a los bizantinos en unos pocos años (entre 1060 y 1076), y conquistaron Dirraquio, en Iliria, desde donde pretendían abrirse camino hasta Constantinopla.
La muerte de Roberto Guiscardo en 1085 evitó que estos planes se llevasen a efecto.
Aprovechando la ausencia normanda y la pacificación temporal de los “pechenegos” en Bulgaria, el emperador Alejo I Comneno buscó la ayuda del papa Urbano II para reclutar un ejército que le ayudara a reconquistar Anatolia (también conocida como “Asia Menor”, constituye la gran península que forma la parte asiática de Turquía, un 97% del territorio.)
Esto tuvo como resultado el inicio de las “Cruzadas”, que, irónicamente, terminarían causando el declive final del Imperio.
La intervención cruzada terminó generando problemas al Imperio.
A pesar de haberse comprometido a ponerse bajo la autoridad bizantina, los “cruzados” terminaron por establecer varios Estados independientes en Antioquía, Edesa, Trípoli y Jerusalén.
Los “alamanes” del Sacro Imperio y los “normandos” de Sicilia y el sur de Italia siguieron atacando el Imperio durante el siglo XII.
Las repúblicas italianas como Venecia y Génova, a las cuales Alejo I (Comneno) había concedido derechos comerciales en Constantinopla, se convirtieron en los objetivos de sentimientos antioccidentales.
Los europeos en conjunto eran denominados despectivamente como “francos”, pueblo recordado por conquistar los antiguos territorios del Imperio occidental durante la época de Carlomagno.
A los venecianos en especial le importunaron sobremanera dichas manifestaciones del pueblo bizantino, teniendo en cuenta que su flota de barcos era la base de la marina bizantina.
Cuarta cruzada y consecuencias (1204 -1261)
Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio, intentó conquistar sin éxito el Imperio bizantino durante la “tercera cruzada”, pero fue la “cuarta cruzada” la que tuvo el efecto más devastador sobre el Imperio bizantino.
La intención expresa de la cruzada era conquistar Egipto, aunque los cruzados terminaron haciendo de mercenarios para la República de Venecia, que los prometió riquezas a cambio de tomar Zara (Hungría).
La ciudad fue sitiada y cayó en 1202.
Fue entonces cuando intervino Alejo IV Ángelo, quien estaba involucrado en una guerra civil en contra del incompetente Alejo III Ángelo.
Sin tomar en cuenta el precario estado del tesoro imperial, Alejo IV prometió soldados y dinero a cambio de instaurarlo en el trono, y así lo hicieron.
Cruzados y venecianos tomaron la ciudad (Constantinopla) sin muchas dificultades, puesto que el emperador había huido y los ciudadanos habían liberado al ex- emperador Isaac II, restaurado (en el trono) junto a su hijo Alejo IV.
Sin embargo, éstos fueron incapaces de pagarle a los cruzados, quienes en respuesta volvieron a atacar la ciudad.
Constantinopla cayó en poder de los “cruzados” en 1204.
Le siguieron tres días de pillaje y destrucción de importantes obras de arte; por primera vez desde su fundación por Constantino I, más de ochocientos años antes, la ciudad había sido tomada por un ejército extranjero.
Los cruzados y venecianos formaron el “Partitio terrarum imperio Romaniae” (Partición del Imperio romano), con el cual el Imperio bizantino dejó de existir para dar lugar a una serie de “Estados cruzados”. El más importante de éstos fue el “Imperio latino de Oriente” (1204 -1261).
El poder bizantino pasó a estar permanentemente debilitado. En este tiempo, Serbia, bajo Esteban Dushan, de la “dinastía Nemanjic”, se fortaleció aprovechando el desmoronamiento imperial e inició un proceso que culminaría con el establecimiento del “Imperio Serbio” en 1346.
Sin embargo, existieron tres remanentes griegos herederos del Imperio bizantino fuera de la órbita latina: el Imperio de Nicea, el Imperio de Trebisonda, y el Despotado de Epiro.
El primero, gobernado por la “dinastía Paleólogo”, reconquistó Constantinopla en 1261 y derrotó al Epiro, revitalizando el Imperio, pero prestando demasiada atención a Europa cuando la creciente penetración de los turcos en Asia Menor constituía el principal problema.
Decadencia final y sitio turco (1261 -1453)
La historia del Imperio bizantino tras la reconquista de la capital por Miguel VIII Paleólogo es la de una prolongada decadencia.
En el lado oriental, el avance turco redujo casi a la nada los dominios asiáticos del Imperio, convertido en algunas etapas en vasallo de los (turcos) otomanos, mientras en los Balcanes debió competir con los Estados griegos y latinos que habían surgido a raíz de la conquista de Constantinopla en 1204.
En el Mediterráneo, la superioridad naval veneciana dejaba muy pocas opciones a Constantinopla.
Además, durante el siglo XIV el Imperio bizantino, reducido a ser uno más de los numerosos Estados balcánicos, debió afrontar la terrible revuelta de los “almogávares” de la Corona de Aragón y dos devastadoras guerras civiles.
Durante un tiempo, el Imperio sobrevivió simplemente porque los selyúcidas, mongoles y persas safávidas (Imperio musulmán iraní) estaban demasiado divididos para poder atacarlo, pero finalmente los turcos otomanos invadieron todo lo que quedaba de las posesiones bizantinas, a excepción de unas cuantas ciudades portuarias.
Los (turcos) otomanos – núcleo originario del futuro “Imperio otomano” – procedían de uno de los “sultanatos” escindidos del “Estado selyúcida “ encabezado por un jefe llamado Osmán I, que daría el nombre a la “dinastía otomana u osmali”.
El Imperio bizantino solicitó el socorro de Occidente, pero los diferentes Estados pusieron como condición la reunificación de la Iglesia católica y ortodoxa.
Los mandatarios bizantinos estudiaron la unión de las Iglesias y, ocasionalmente, incluso llegaron a imponerla por decreto, pero los ortodoxos no la aceptaron.
Algunos combatientes occidentales llegaron en auxilio de Bizancio, pero muchos prefirieron dejar al Imperio sucumbir, y no hicieron nada cuando los turcos otomanos conquistaron los territorios restantes.
Constantinopla parecía en principio inexpugnable debido a sus poderosas defensas (murallas), pero con el advenimiento de los cañones, las murallas – que habían sido impenetrables excepto para los integrantes de la “cuarta cruzada” durante más de mil años – ya no ofrecían la protección adecuada frente a los turcos otomanos.
La caída de Constantinopla se produjo el 29 de mayo de 1453, después de un sitio de dos meses llevado a cabo por Mehmet II.
El último emperador bizantino, Constantino XI Paleólogo, fue visto por última vez cuando entraba en combate con las tropas de “jenízaros” (soldados de infantería con un alto nivel de entrenamiento. Entre sus muchas misiones destacaba la de ser encargados de la custodia y salvaguardia del sultán otomano) Los sitiadores otomanos superaban de manera aplastante a los bizantinos.
Los últimos remanentes bizantinos independientes, Morea y Trebisonda, fueron también conquistados por Mehmet en 1460 y 1461 respectivamente.
El último titular de la Corona del Imperio bizantino, Andrés Paleólogo, sobrino de Constantino XI, vendió su título Imperial a los “Reyes Católicos” antes de su muerte en 1502, aunque nunca fue usado por los monarcas españoles.
Legado del Imperio bizantino
El Imperio bizantino fue un imperio multicultural, que nació como cristiano y heredero de la tradición romana, correspondiendo a la zona de Oriente y que desapareció en 1453, como un reino griego ortodoxo.
El escritor británico Robert Byron lo describió como el resultado de una triple fusión: un cuerpo romano, una mente griega y un alma oriental.
Bizancio fue la única potencia estable en la Edad Media.
Su influencia sirvió de factor estabilizador en Europa, sirviendo de barrera contra la presión de las conquistas de los ejércitos musulmanes y actuando como enlace hacia el pasado clásico y su antigua legitimidad.
La caída del Imperio fue traumática, tanto que durante mucho tiempo se consideró 1453 como la división entre la Edad Media y la Edad Moderna.
El conquistador otomano Mehmet II y sus sucesores se consideraron a sí mismos herederos legítimos de los emperadores bizantinos hasta el derrumbamiento del Imperio otomano, a principios del siglo XX. Sin embargo, el papel del emperador bizantino como cabeza de la ortodoxia oriental fue reclamado por los grandes duques de Moscú empezando por Iván III.
Su nieto Iván IV el Terrible se convertiría en el primer zar de Rusia (el título de “zar” proviene de “Caesar”).
Sus sucesores apoyaron la idea de que Moscú era la heredera legítima de Roma y Constantinopla, la “tercera Roma” – una idea mantenida por el Imperio ruso hasta su propio fin a principios del siglo XIX.
Desde el punto de vista comercial, Bizancio era el punto de partida de la “Ruta de la Seda” (ruta que conectaba la mayor parte del continente asiático con las islas del sudeste asiático, con el Mediterráneo europeo y con la costa oriental africana), el eje económico que unía Europa con Oriente, importando materias de lujo como seda y especias.
La interrupción de esta ruta con motivo de la desaparición del Imperio bizantino provocó la búsqueda de nuevas rutas comerciales, llegando españoles y portugueses a América y África en busca de rutas alternativas.
Los portugueses, que acabaron la “Reconquista” antes y dispusieron de los recursos necesarios con antelación, crearon un “Imperio atlántico” que permitía alcanzar la India al circunnavegar África.
Los españoles, posteriormente, patrocinaron a Cristobal Colón y a los “conquistadores”, que supondrían la creación de un Imperio que transformaría a España en la primera potencia mundial.
Bizancio desempeñó un papel inestimable para la conservación de los textos clásicos, tanto en el mundo islámico como en Europa occidental, donde serían clave para el “Renacimiento”.
Su tradición historiográfica fue una fuente de información sobre los logros del mundo clásico. Hasta tal punto fue así, que se cree que el resurgir cultural, económico y científico del siglo XV no hubiera sido posible sin las bases establecidas en la Grecia bizantina.
La influencia de Bizancio en asuntos como “la teología” sería vital para pensadores europeos como Santo Tomás de Aquino.
Asimismo, se ha de mencionar que el Imperio fue clave en la extensión del cristianismo, que definiría Europa durante siglos.
De los cuatro mayores focos de esta religión, tres (Jerusalén, Antioquía y Constantinopla) se hallaban en su territorio y hasta que no aconteció el “Cisma de Oriente” fue su mayor foco espiritual.
También fue responsable de la evangelización de los pueblos eslavos, gracias a misioneros tan célebres como Cirilo y Metodio, que evangelizaron a los pueblos eslavos y desarrollaron un sistema de escritura que aún hoy se sigue utilizando en muchos países, el “alfabeto cirílico”.
Por último, es notable su influencia en las Iglesias copta, etíope y armenia.
(Wikipedia).
Segovia, 24 de julio de 2026
Juan Barquilla Cadenas.