EL IMPERIO CAROLINGIO: Un intento de recuperar el Imperio romano de Occidente.
El Imperio romano de Occidente se derrumba, en el transcurso del siglo V a. de C., ante el empuje cada vez más violento de los pueblos bárbaros, jóvenes y belicosos, que, tras violentas invasiones, acaban por establecerse sobre las ruinas del Imperio de Occidente.
Mientras tanto, el Imperio de Oriente, o bizantino, resiste sus acometidas y conserva el poder imperial y la cultura grecorromana, hasta el año 1453.
Con la caída del Imperio romano se cierra la Edad Antigua, la de las grandes civilizaciones fluviales y marítimas, que tiende a la formación de grandes imperios, y cuyo germen cultural procede de Oriente; y con ella comienza la Edad Media, la de los reinos bárbaros, del feudalismo y de las pequeñas nacionalidades de cultura europea, origen de las naciones modernas.
Si bien al principio los invasores actuaron violentamente y parecían dispuestos a arrasarlo todo, provocando un evidente retroceso en la civilización de Occidente, poco a poco se dejan dominar por la superior cultura de los pueblos vencidos, cuyas huellas acaban por seguir, e incluso aspiran a restaurar el poder político que habían hundido: primero “el Imperio Carolingio”, y después el “Sacro Imperio Romano-germánico”, son esfuerzos realizados en este sentido.
Pero la época de los grandes Imperios había pasado y comenzaba la hora de las pequeñas nacionalidades, que habían de dar un nuevo aspecto a Europa.
La “Historia medieval” es sólo la Historia de la formación de las naciones europeas, así como la “Edad Moderna” se caracteriza por la lucha entre estas naciones para conseguir la supremacía.
En aquellos primeros siglos medievales, de invasiones y de guerras feudales, la cultura se refugia en los “monasterios”, y adquiere carácter cristiano y monacal.
Pero, en el siglo XIII, (la cultura) sale de manos de la Iglesia, para recibir el influjo clásico grecorromano durante los siglos XIV y XV, y cristalizar en el brillante movimiento renacentista que, junto con los grandes descubrimientos geográficos, forman el pórtico de los “Tiempos modernos”.
El mundo bárbaro:
Los romanos denominaron “bárbaros” (extranjeros) a los pueblos que bordeaban las fronteras de su Imperio.
A mediados del siglo IV d. de C., el mundo bárbaro estaba constituido por los germanos, o bárbaros del norte; los bárbaros de las fronteras de África (bereberes, númidas, libios, etíopes, etc.); los de Arabia (árabes)y los (bárbaros) que habitaban las estepas rusas y asiáticas, entre los cuales los había blancos (eslavos) y amarillos (hunos, ávaros, etc.). Los desplazamientos de estos últimos empujaron a los germanos, contribuyendo a la entrada de éstos en las provincias del Imperio romano.
Los más civilizados y peligrosos de todos los bárbaros eran los “germanos”, que vivían en el centro y norte de Europa, entre el Rin y el Vístula, el Danubio y el Báltico. Eran pueblos arios o indoeuropeos, altos y robustos, de piel blanca y ojos azules, y se distinguían entre ellos dos grupos: los teutones – que a su vez comprendían los anglos, sajones, suevos, vándalos, francos, borgoñones, alamanes, frisones, lombardos, etc. – y los godos.
Mientras Roma fue fuerte, impidió que estos pueblos invadieran su territorio; pero lenta y pacíficamente, los germanos consiguieron infiltrarse dentro del Imperio, ya como “tropas auxiliares” o como “soldados mercenarios”, bien como “colonos” para cultivar el campo o como “esclavos” en las ciudades.
Desde fines del siglo IV d. de C., Roma es impotente para contener a los bárbaros. Éstos durante el siglo V d. de C. se establecieron violentamente en las provincias del Imperio de Occidente, dando lugar a su caída, hecho conocido con el nombre de “grandes invasiones”, las cuales fueron provocadas por el pánico que entre los germanos produjo la llegada a las llanuras del sur de Rusia de los “hunos”, pueblo amarillo procedente de las estepas asiáticas, que después irrumpió en la Europa central.
El último emperador romano, Rómulo Augústulo, fue depuesto (476 d. de C.) por los “hérulos”, mercenarios bárbaros dirigidos por Odoacro. Éste firma con el emperador de Oriente, o de Bizancio, un pacto de federación y le envía las insignias imperiales, dando fin al “Imperio Romano de Occidente”.
Sobre las ruinas del Imperio de Occidente, los bárbaros establecen diversos reinos: el de los visigodos, en el sur de las Galias y en España; el de los ostrogodos, en Italia; el de los francos, en el norte de las Galias; los de los anglosajones, en la Gran Bretaña; el de los vándalos, en el norte de África; el de los burgundios, en el valle del Ródano.
Todos ellos, a excepción del reino franco, tuvieron una efímera duración; y los que alcanzaron más alto nivel cultural fueron: en los primeros siglos, el ostrogodo y el hispanovisigodo, que eran los más romanizados; y, posteriormente, a fines del siglo VIII d. de C. (bajo Carlo Magno), el franco carolingio.
1. La cultura y el arte en el Reino ostrogodo
Alcanzaron notable desarrollo durante el reinado de Teodorico (455 -526 d. de C.), fundador del “reino ostrogodo” y verdadero promotor de su brillo cultural.
Educado en Constantinopla y admirador de la cultura clásica grecorromana, quiso restaurarla en Italia.
Principales colaboradores de su obra, y los más insignes escritores de la Italia ostrogoda, fueron sus ministros Casiodoro, que recogió en sus “Instituciones” el saber de su época, y el filósofo Boecio, autor de la interesante obra “De consolatione philosophiae” (Sobre la consolación de la filosofía), quienes, igual que San Isidoro de Sevilla en España, recogieron y dieron a conocer a los hombres de su tiempo el saber de la Antigüedad.
Teodorico fue también el gran propulsor del “arte ostrogodo”; no sólo reparó y reconstruyó numerosos edificios romanos, en especial de Roma, sino que embelleció a Rávena, la capital de su reino, con hermosos monumentos, como el Baptisterio de los arrianos, el Palacio real, el Mausoleo de Teodorico y, sobre todo, la magnífica basílica de San Apolinar Nuevo, en la que es bien patente el influjo del arte bizantino (terminada por Justiniano, siglo VI.
2. Cultura y arte en el reino franco-merovingio
El Reino franco, durante los sucesores de Clodoveo o “reyes merovingios”, apenas recibió el influjo cultural romano, por lo que, en el orden intelectual y artístico fue más pobre que otros reinos germánicos más romanizados.
El único escritor ilustre fue San Gregorio de Tours (fines del siglo VI), autor de la “Historia de los Francos”.
Hecho de gran trascendencia espiritual y cultural fue, sin embargo, la conversión de Clodoveo y su pueblo al catolicismo, antes que ningún otro pueblo bárbaro, lo que le permitió sobrevivir a los demás reinos germánicos, y alcanzar extraordinario apogeo político, cultural y artístico en el siglo VIII bajo el gran rey carolingio Carlomagno.
El arte merovingio, si bien de inspiración cristiana, fue aun bárbaro en su técnica.
Construyeron iglesias sin bóveda, al estilo de las basílicas latino-cristianas (San Pedro de Vienne), y con criptas debajo del altar, donde se guardaban las reliquias del santo tutelar; pero de ellas nos quedan escasos restos. Uno de los pocos monumentos conservados es el Baptisterio de San Juan en Poitiers.
3. Cultura de irlandeses y anglosajones en las islas británicas
Los irlandeses, convertidos al cristianismo a mediados del siglo V d. de C. por San Patricio (432 -463 d. de C.), fundaron pronto numerosos monasterios, en los que florecieron los estudios religiosos y las letras latinas.
Los anglosajones – que habían invadido la Gran Bretaña en el siglo V d. de C. – habían sido cristianizados por los monjes enviados por el papa San Gregorio el Grande (590 -604), principalmente por San Agustín de Canterbury, fundador de la metrópoli de este nombre (597).
Convertidos al catolicismo, realizaron también en sus monasterios una importante obra cultural que alcanzó gran brillo a principios del siglo VIII, y cuyo principal centro era entonces la Escuela de York, donde sobresalió el Venerable Beda (principios del siglo VIII), conocedor, como San Isidoro (de Sevilla), de todo el saber de su tiempo; de ella surgió Alcuino de York, director del “Renacimiento carolingio”.
4. La cultura de los visigodos
Los visigodos, debido a su largo contacto con griegos y romanos – durante su permanencia en la Dacia (Rumanía actual) primero, y en Italia y sur de las Galias después – eran los más romanizados y cultos de todos los bárbaros.
Al llegar a nuestra península eran arrianos, pero convertidos al catolicismo con su rey Recaredo (en el III concilio de Toledo, en 587), se dejaron subyugar por la superior cultura romano-cristiana, de la cual fueron importantes colaboradores, alcanzando en la etapa católica un brillante grado de civilización.
El principal escritor – y la magna figura cultural de la España visigoda – fue San Isidoro de Sevilla, verdadero polígrafo conocedor de todo el saber de su tiempo, autor, entre otras obras, de las célebres “Etimologías”, admirable enciclopedia donde se resume y reúne toda la cultura clásica legada por la Antigüedad.
Fue el texto principal de nuestras escuelas durante los primeros siglos medievales, en el que aprendieron los hombres de varias generaciones.
Su obra fue continuada por San Braulio, obispo de Zaragoza, y por su discípulo y sucesor Samuel Tajón.
Arquitectura visigoda. Orfebrería
Llamamos “arquitectura visigoda” a la arquitectura española de los tiempos en que el país estuvo dominado por los “godos”, sin que podamos determinar lo que realmente se debe a los “visigodos” y lo que es obra de los “hispanos”.
La característica fundamental de esta arquitectura es el empleo del “arco de herradura”, forma de origen español anterior, y de “bóvedas”.
Fuera de esto, es difícil señalar otras características generales, pues en la arquitectura visigoda se nota ya la tendencia a la variedad de soluciones, propia de todo nuestro arte medieval.
Sin embargo, en las pocas iglesias que se conservan, se observa el predominio de la planta en forma de cruz, y que el ábside propio de las basílicas está sustituido por capillas cuadradas.
Como elementos decorativos se utiliza el “capitel corintio” degenerado, el “cimacio” entre el capitel y el arco, y adornos hechos a base de círculos secantes tallados a bisel.
Las iglesias visigodas que se han conservado son pocas y pequeñas, y casi todas se encuentran en el norte de España, en lugares apartados de las grandes vías de comunicación.
Teniendo en cuenta la planta, estas iglesias corresponden a dos tipos: unas se asemejan a las basílicas latinas (cruz de brazos desiguales); otras, a las bizantinas (cruz de brazos iguales).
Al primer tipo corresponden las iglesias de San Juan de Baños de Cerrato (cerca de Venta de Baños, provincia de Palencia); la de Cabeza de Griego (cerca de Uclés, provincia de Cuenca), y la de San Pedro de Balsemao (cerca de Lamego, Portugal).
Al tipo bizantino corresponden las iglesias de Santa Comba de Bande (provincia de Orense) y la iglesia de San Pedro de la Nave (provincia de Zamora).
Los restos escultóricos son escasos; en cambio, se han encontrado magníficas joyas de oro adornadas con piedras preciosas, que revelan la importancia de la orfebrería visigoda, como las “coronas votivas” y las “cruces de Guarrazar” (Toledo), y el tesoro de Torredonjimeno (provincia de Jaén), que se componía igualmente de una o varias coronas reales votivas (regaladas por los reyes como ofrendas votivas a una iglesia) y de bellas cruces.
Pero, desgraciadamente, muchas de las piezas que formaban parte de esos valiosos tesoros se han perdido irremisiblemente.
Una de las coronas votivas del tesoro hallado en Guarrazar (Toledo) del siglo VII, es la célebre “Corona de Recesvinto”, pues de ella cuelgan unas cadenas con letras que dicen “Rescesvintus rex offerit”.
La obra político-cultural de Carlomagno. Restauración del Imperio de Occidente.
El emperador franco Carlomagno -el más ilustre representante de la dinastía carolingia, sucesora de la merovingia – no sólo fue un gran conquistador (destruyó el Reino Lombardo, arrebató la “Marca Hispánica” a los musulmanes, y conquistó Sajonia), sino un restaurador del orden y un celoso administrador, el cual se esforzó en extender por todos sus Estados la fe cristiana y la civilización.
En el año 800 el papa le coronó solemnemente emperador, siendo, por tanto, el restaurador del Imperio de Occidente.
Cuando hubo consolidado y organizado su Imperio, protegió las Letras y las Artes, promoviendo un resurgimiento cultural llamado “Renacimiento carolingio”.
Durante los últimos merovingios, la vida intelectual en las Galias había caído en un lamentable abandono.
Una gran decadencia cultural, caracteriza el período de los “reyes holgazanes”.
Carlomagno se propuso fomentar la fe y restaurar la cultura en todos los países de su Imperio.
Y, como los únicos maestros y educadores eran entonces los clérigos, se esforzó en elevar su nivel moral e intelectual; quiso un clero virtuoso y culto, capaz de leer y comprender los “Libros sagrados” y las obras de los “Padres de la Iglesia”, a fin de que su papel de formar cristiana y culturalmente al pueblo franco, resultara eficaz.
Para realizar su gran obra, Carlomagno buscó “colaboradores” en los países germánicos, donde anteriormente había habido ilustres maestros – como los italianos Boecio y Casiodoro (siglos V -VI), el español San Isidoro de Sevilla (siglo VII) y el anglosajón Venerable Beda (siglo VII- VIII) -, los cuales habían formado sabios discípulos y dado lugar a un notable resurgimiento cultural.
Y llamó a estos sabios a su Imperio para que organizaran las escuelas y los estudios.
De Inglaterra acudió Alcuino de York; de la Marca Hispánica, Teodulfo, el mejor poeta de su tiempo, quien luego fue designado obispo de Orleans y de ahí el nombre de Teodulfo de Orleans, con que se le conoce; de la Italia lombarda, el poeta e historiador Pablo Diácono, autor de la “Historia de los Lombardos”, y de Alemania, el joven monje Eginardo, quien escribió la “Vida de Carlomagno”.
Pero el más eficaz de todos los colaboradores de Carlomagno fue Alcuino de York, autor de numerosas obras teológicas y didácticas – el cual había sido discípulo del arzobispo Egberto, quien a su vez lo fue del Venerable Beda.
Alcuino de York fue su verdadero ministro de Instrucción Pública, el principal artífice de aquel “resurgimiento cultural”, y con él colaboraron numerosos discípulos suyos, formados en la Escuela de York.
Bajo la dirección de Alcuino se organizaron numerosas Escuelas en iglesias, monasterios y diócesis, y, en el palacio de Aquisgrán organizó la “Escuela Palatina”, donde se instruían los hijos de los nobles y el clero, quienes habían de desempeñar luego los principales cargos en el gobierno y la administración.
A esta Escuela asistía el propio emperador, dando con ello ejemplo a los demás alumnos, el cual demostraba, además, su afán inagotable de saber haciendo grandes esfuerzos para instruirse y, a este fin, dedicaba al estudio las horas que le dejaban libres los complicados asuntos del Estado y aun los que debía dedicar al descanso, durante las noches.
En todas las Escuelas del Imperio se enseñaban las “Siete artes liberales”, que constituían las ciencias de aquel tiempo, y que estaban agrupadas en:
el “Trivium”, que comprendía Gramática, Retórica y Dialéctica (Lógica), y el “Cuadrivium”, que abarcaba las cuatro restantes, o sea, Aritmética, Geometría, Astronomía y Música.
Gracias a los hombres cultos del Imperio carolingio se desarrolló el arte de transcribir manuscritos y la formación de bibliotecas.
Una serie de monjes, instruidos por Alcuino de York, y especializados en el arte de transcribir manuscritos recorrieron las bibliotecas de Italia y de la Gran Bretaña, haciendo numerosas copias de las obras de los autores latinos y de los Padres de la Iglesia.
A fin de que estos libros fueran fácilmente legibles, se reformó y perfeccionó la escritura que había llegado a ser casi ilegible.
De algunos monasterios salieron manuscritos admirables, escritos con primorosa caligrafía (bellos caracteres, “letras carolingias”) y adornados con “miniaturas” o pinturas policromas, con letras de plata y oro sobre fondo rojo.
Esta humilde labor de copia, en aquellos tiempos en que no se conocía la imprenta, tiene un valor extraordinario.
Gracias a los “monjes copistas”, aumentó el número de libros -entonces muy escaso – facilitándose la difusión de la cultura, y se salvó el tesoro literario de la Antigüedad, que pudo llegar hasta los tiempos modernos.
Carlomagno fomentó también las Artes.
Al mismo tiempo que se desarrollaba la enseñanza del “Trivium” y el “cuadrivium” y florecían las Letras, los arquitectos imperiales, por orden de Carlomagno, levantaban numerosos edificios, palacios e iglesias, imitando en su mayoría a los edificios bizantinos (con decoración de mosaicos sobre fondo de oro); entre ellos la “Iglesia de Santa María” y el “Palacio Imperial”, en la ciudad de Aquisgrán, su capital favorito.
Casi todos estos edificios han desaparecido; la famosa “capilla palatina” (o iglesia de Santa María) del palacio de Carlomagno en Aquisgrán (=Aix-la-Chapelle), conservado hasta nuestros días, ha sucumbido, desgraciadamente, durante la última guerra mundial (1944).
También floreció notablemente la “ilustración de manuscritos”, a cuyo arte se dedicaron numerosas escuelas monásticas, como las de San Gall (Suiza), Fulda (Alemania), Reims, Tours y Metz (Francia).
Aquel florecimiento artístico y cultural se prolongó durante el siglo IX, pero sucumbió, en el territorio occidental del Imperio, desde principios de la centuria siguiente, que es de gran decadencia cultural, a causa de la anarquía provocada por las luchas civiles entre los descendientes de Carlomagno y las “invasiones normandas”.
En cambio, el impulso cultural carolingio continuó y prosperó, durante el siglo X, en Alemania, bajo la dinastía de los Otones, siendo la principal manifestación artística los famosos manuscritos bellamente iluminados en escuelas de Tréveris y Reichenau.
(María Comas. Historia del Arte y de la Cultura. Ediciones Sócrates. Barcelona. 1964).
Carlomagno consiguió unir la mayor parte de Europa Occidental y Central y fue el primer emperador reconocido en gobernar Europa occidental tras la caída del Imperio romano de Occidente.
Por medio de sus conquistas en el extranjero y sus reformas internas, Carlomagno sentó las bases de lo que sería Europa occidental en la Edad Media.
Hoy día, Carlomagno es considerado no sólo como el fundador de las monarquías francesa y alemana, que le nombran como Carlos I, sino también como “el padre de Europa”.
La extensión geográfica del reino de Carlomagno correspondía a la totalidad de lo que hoy son Francia, Suiza, Austria, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y la mayor parte de Alemania, Italia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia y Croacia.
Aunque la continuidad de este Imperio Germánico con el Imperio Romano de Occidente, desaparecido tres siglos antes, era una ficción, la restauración de la “idea imperial” significaba una aspiración a un poder universal por encima de los “príncipes” de los distintos reinos, que sería la contrapartida temporal de la supremacía del papa en lo espiritual.
Esta peculiar alianza y complementariedad del emperador con el papa daría lugar a una pugna por la supremacía entre ambos poderes, que se prolongaría a lo largo de la Edad Media.
En una época caracterizada por el alto grado de violencia y de anarquía que presidía la vida social, el Imperio carolingio fue un gran esfuerzo de organización político-administrativa.
La “dinastía carolingia” siguió al frente del Imperio hasta comienzos del siglo X, y en el trono de Francia, hasta el 987.
(Wikipedia)
Segovia, 18 de julio de 2026
Juan Barquilla Cadenas.