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En un pasaje, que a su vez es una poética de la novela, el personaje denominado el narrador, negación del estatuto del relator convencional, formula la siguiente confesión, que de una y muchas maneras se convierte en una especie de retrato fugaz del autor:
Mientras espero a Tadeo, con la vista sobre mis zapatos de deporte, pienso cómo se me había pasado el tiempo sin hacer lo que siempre quise: escribir. Los estudios, luego el trabajo, la vida solitaria, las discotecas, las mujeres o la falta de una mujer habían cubierto mi tiempo y mis energías. He sido un buen lector, pero me consuelo pensando en que sólo quien ha vivido puede contar cosas. (p. 64).
Sucede que ese “buen lector” que sin duda es Modesto Ponce Maldonado (Quito, 1938), si algo ha desconcertado a sus amigos, es que supo desbordar ese “consuelo” de su personaje para, contra viento y marea, ser fiel a esa pasión secreta que de no haberla realizado, de seguro su vida sería tan infernal como la de algunas de las criaturas de su novela que por desleales e impostores ni siquiera soportan la máscaras con la que han pretendido estafar a la vida, a la que Ponce Maldonado ha sido fiel desde el ejercicio solitario, necio y siempre rabioso como el de la escritura, conjugado en su revelador cuentario También tus arcillas (1997), y ahora en su novela que le ha llevado algunos años de paciente y sostenido trabajo: EL PALACIO DEL DIABLO.1
Texto que nos ofrece una incursión y exploración por los vericuetos de la memoria y la farsa, no sólo de unos personajes, sino de una ciudad que a finales de siglo vuelve a mirarse en ese espejo trizado de una historia que la delata con todas sus paradojas, contradicciones, monstruosidades y poesía. Esta ciudad es Quito, en la que existen testigos como doña Nana de la que se nos dice:
Mucho de lo que Tadeo Lozada guarda en su departamento se lo debe al bodegón de doña Nana. Anticuaria incorregible y enamorada de las artesanías, se pasó la vida sobre una silla vienesa y un pequeño almohadón color vino, sentada frente a un enorme escritorio de patas torneadas y múltiples cajones, rodeada de su mundo, moviéndose entre sus cosas, ordenándolas y limpiándolas, comprando y vendiendo todo aquello que la polilla, el tiempo o la gente que prefirió lo moderno o el estilo americano, olvidaron.(p. 38).
Entre esas dos concepciones: lo que las gentes que prefirieron, desde la seducción de lo impostado, lo moderno, y lo que olvidaron, esta novela cabalga como un fabuloso animal de múltiples cabezas y bocas. Lo hace a un ritmo realmente endiablado, logrando que cada una de sus partes se fusionen en un todo tan efectivo que despertar del delirio es algo que nos deja con las ganas intactas de volver por donde comenzamos.
No se trata de “otra novela sobre la ciudad”, esa que como señala uno de los narradores, “al perder su autenticidad, desfiguró su identidad. La escamoteó. Al maquillar sus referentes propios y tratar de buscarlos en la epopeya y en artificios gloriosos, se desdibujó. Aún no aprende a buscarse casa adentro”(p. 89). No, estamos ante una crónica, que dentro de ese “buscarse casa adentro” (esto es la indagatoria de lo indentitario) que parte desde las vivencias de un personaje como Tadeo Lozada, nacido en la mítica década del 60, y cuya profesión de periodista, más su origen social, le han permitido estar cerca de hechos, nada loables por cierto, y avatares de una sociedad a la que va desnudando con una soltura envuelta en ironía, sin que en ningún momento esos desnudamientos lo pongan en caminos extraños al objetivo central: contar de su vida, su infancia, sus amores, sus amigos, su familia pequeñoburguesa; un contar que es otra forma de descifrar la biografía, dentro de la simultaneidad de lo no simultáneo, de la ciudad que amamos, pero que como todo amor, siempre está generando y despertando más de un desencuentro y condena.
En esta novela, que también hay que leer como un canto a un tiempo del que no es que los personajes -ni el autor- tengan nostalgia alguna, de ahí la diferencia con relación a relatos que han narrado la ciudad desde esa perspectiva; todo lo contrario, este es un canto que penetra en el desencanto de ese tiempo en el que nos hace guiños y muecas, siempre desde los conflictos y búsquedas de los personajes, que no excluyen el triángulo amoroso y pasional, la historia-otra ya no de Quito, sino del país; historia que esconde lo que a la clase hegemónica, ácida e implacablemente diseccionada por el y los narradores (lo que dota al texto de un nivel polifónico en permanente renovación), le interesa se mantenga en el subsuelo del olvido, o simplemente quede como “secretos de familia”, que sólo pueden ser revelados, por tanto descarnados, por quien, como decía el viejo Hemingway, siempre tiene “encendido su detector de mierda”, en este caso el escritor Ponce Maldonado, que reconstruye con la tenacidad de un arqueólogo flaubertiano cada detalle de una y unas vidas a las que la mejor forma de rendirle tributo es aproximándolos a ese espejo al que nunca se acercaron, ni se acercarán, porque entonces descubrirán cómo la máscara se les ha hecho carne de su carne; tributo, además, que no exime la venganza. Sabemos que este es, lo dice un filósofo como Toni Negri, el peor de los sentimientos humanos. De acuerdo. Pero a la vez entendemos, Modesto Ponce Maldonado lo comprueba a lo largo de esta novela, que desde la furia, que deviene diatriba sin concesiones, ese desdeñable sentimiento sólo tiene lugar de realización en la ficción, o sea en la literatura y el arte; en ese mundo facticio que las palabras nos permiten convertir en campo de batalla, en duelos donde los cuerpos que el amor y el deseo junta, pueden, a su hora, convertirse en la más vergonzantes de las prácticas burguesas de una pasión marcada por la cristiana costumbre de la hipocresía, que es lo que vemos en la relación entre el troglodita y cínico ¾perfecta configuración del hombre de negocios y politicastro postmoderno¾ como don Nicanor Sancho de la Palma y su consorte Antonieta, esta última auténtico obsceno pájaro de la noche.
A través de Tadeo, y todo lo que su oficio de periodista, así como de argonauta de la memoria, la palabra le permite reconstruir, asistimos a los juegos insólitos y desconcertantes, por tanto vergonzosos y vergonzantes, de unas gentes que al ser parte de una clase que el poder convierte en fantoches del demonio, lo que muestran sólo es un fragmento de ese círculo viciado en el que operan, y cuyo único proyecto de vida (¿su proyecto político?) no es otro que reproducir incesantemente las máscaras que les permiten hacer de la hipocresía no sólo una estrategia de sobrevivencia, sino una “ética”, lo que queda muy bien evidenciado en la vida del banquero, cuyo origen social es el del más crápula de los arribistas, de nombre rimbombante y con aires semicoloniales, como los tenía ese pobre y piantado canciller del último (esperemos no vengan más) dictócrata que estuvo al frente del gobierno ecuatoriano, que solía gustarle decir que su apellido era tan castizo que se escribía y pronunciaba con “Z” (una vez más comprobamos que la realidad ficcionaliza de manera tan ridícula y cruel a ciertos tipos que siempre se torna “increíble”); quien se le asemeja a fantoches de esta laya es Nicanor Sancho de la Palma y la utilizada Antonieta. Personaje funesto, Nicanor, como algunos otros que degradan nuestra historia, y sobre el cual el narrador nos informa lo siguiente:
Y por eso y para eso, para ajustarse, trasvasar, agarrar y fajarse ¾y compartirlo con sus socios y compinches¾, se incrustó también en la política y maneja las cuerdas del poder. El círculo se cerró bien cerrado y la fórmula fue ideal: abogado de bolsillos anchos y de uñas largas, diputado-puto en permanente oferta, después banquero y financista, luego presidente del Banco Equinoccial para, al fin, ser nombrado asesor político del señor Presidente de la República.(p. 47).
Sucede, El palacio del diablo así lo evidencia, que la equidad de género y todas aquellas conquistas que las mujeres latinoamericanas y ecuatorianas han logrado desde sus luchas perentorias, en el caso de las de la élite (lo vemos en Antonieta) no cuentan; pues su rol, las excepciones a la regla hay que considerar, una de ellas es María Teresa, no es otro que el de objetos clamando compasión y ternura.
En esta novela se juntan memoria e historia en alianza estratégica, entendiendo la memoria no como un registro verídico o por comprobar. Historia y memoria están al servicio de un novelar en el que la existencia de una ciudad, su ritmo cardíaco, las fantasmagorías que la habitan, surgen desde el mito y la leyenda, lo que le permite a Modesto Ponce Maldonado darnos no una radiografía de un tiempo, sino la confesión de unos personajes para los que la decadencia de sus vidas, así como la fulminación de algunas de sus máscaras, están tensadas por aquellos Otros (los marginales, proletarios, indios y negros), no sólo actores que la ciudad y el país, en sus procesos de metamorfosis, básicamente desde finales de los setentas del siglo XX hasta hoy, por obra y acción de las fracturas políticas y económicas que se han impuesto, los invisibilizó de tal forma que en la urbe de la realidad, como en la de la ficción, se convierten en un delirio que en el texto aúlla desde las visiones apocalípticas de un personaje como el Mendigo, cuya voz entre adversativa y condenatoria es la de aquellos fantasmas (los Otros, los excluidos) que son la pesadilla de quienes, desde el usufructo y lapidación del poder (como don Nicanor Sancho y sus secuaces) ni siquiera regresan a ver, peor creer que existan en su condición de criaturas que, desde el debate colonial, aún se discute (prueba de ello son las aseveraciones racistas, en las primeras décadas arielistas del siglo XX, de escritores coloniales como G. Zaldumbide) poseen alma o no. Pues sucede que una novela como El palacio del diablo, que sí posee alma, el reconocimiento de ese Otro en ningún momento es acomodaticio, o resultado de “la buena intención” del autor.
El mundo que esta novela trabaja, por donde se mueven el grueso de sus personajes centrales, es el cenagoso universo de “los de arriba” (financistas, politiqueros y gentes de supuesta alcurnia), que no puede existir, sin duda sin sus prácticas perversas, aunque claro muy bien disfrazadas de catolicismo, por su contraparte: los sujetos (para ellos objetos) de sus pesadillas: los habitantes del desprecio, que son la y otras caras de la nación narrada.
El palacio del diablo es, junto al logrado texto de Abdón Ubidia, La madriguera (2004), una de las novelas donde se pasa revista a las últimas décadas de la historia nacional; historia que este texto, como el de Ubidia, deconstruyen de tal manera que los personajes de una y otra devienen actores y testigos de unos dramas que en su primera versión tuvieron la pátina de la tragedia para, una vez tamizados por el detector y escalpelo del escribidor, pasar a ser parte de esa permanente y renovada, facticia, comedia humana. Porque sucede que algunos pasajes o unidades de El palacio del diablo, pueden dar la impresión que están descolgados, que esas voces, desde la realización polifónica, tejen un relato, supuestamente verídico de lo que aconteció, bien pudo quedar en el registro histórico, pero ocurre que en la estrategia narrativa de Ponce Maldonado, esos datos expropiados de los archivos (por cierto siempre adulterados) de la historia oficial de la nación, se convierten en unidades flotantes que se levantan como correlatos que van deconstruyendo el acontecimiento oficialesco, manido, turbio, muchas veces saboteado que se quiere implantar como la versión única, la políticamente correcta, del pasado del que somos resultado y víctimas.
Esos datos, además, contribuyen a ratificar la dimensión de comedia en la que hemos tenido que encarar nuestros devenires. Unos devenires en los que la condición de país que en su momento se pretendió armonizar con la teoría del mestizaje, en las historias que deshilvana El palacio del diablo, quedan cuestionados. Sabemos que esa supuesta armonía era un recurso de la cultura hegemónica para ocultar, en la cristiana y romántica visión de unidad desde el siglo XIX, las heterogeneidades, las broncas invisibles que esa leve armonía ocultó durante mucho tiempo y que los grandes narradores del 30, desde Palacio, Icaza, Salvador, Gallegos Lara hasta José de la Cuadra, supieron poner sobre la mesa de “la denuncia y protesta” en toda su compleja conflictividad.
Conflictividad que encierra lo que de ”drama y paradoja” tienen este naipe de historias ¾en su totalidad complejas¾ que desde lo privado, la vida y sueños de Tadeo Lozada, Marina, el narrador (constitución de un personaje que desautoriza incluso al mismo ente ficcional desde un nihilismo persistente), hasta el Mendigo, el señor Presidente, el idealista hombre de prensa Daniel Izquierdo y la siempre deseable y neblinosa María Teresa, trazan el itinerario de existencias que en la esfera de lo público tienen que reacomodar el uso de la prótesis y del doble discurso.
Esas vidas privadas pasan ante los ojos del lector en condición de reos de una memoria que les recuerda su condición de fantasmas secuestrados por unos principios y un orden al que algunos, desde tiempos ya lejanos, llegaron como parte de esos atroces procesos de apropiación y acumulación que incluso, desde la idea del culto de cierta fe religiosa, pretenden pasarle, incluso a Dios, gato por liebre.
Esta novela de Ponce Maldonado, como sucede con todas la de buena ley, a su vez es un alegato que nunca cae en el cartel ni en el panfleto, pues el autor ha sabido cuidar, en el diseño de personajes y situaciones, lúcidamente que la condena jamás desmerezca los niveles estéticos que el discurso novelesco le exige. Esto, a su vez, va acompañado de un acertado manejo reflexivo que los personajes exhiben con autenticidad. Anoto que lo reflexivo surge desde la propia sintaxis y dialéctica del personaje, no del autor, lo cual de haberse dado hubiera significado una verdadera hecatombe. Vaya como ejemplo este pasaje:
-Ni siquiera eso, Tadeo: la Santa Madre Iglesia, vieja zorra como es, acepta el divorcio de los disidentes de otros regímenes legales o religiosos que no sean el suyo; sólo el bendito sacramento instituido por ella es sagrado: la forma y el procedimiento sobre el contenido, el rito sobre el significado, el ropaje sobre la sustancia [...] (p. 63).
En El palacio del diablo hay una requisitoria permanente contra todas estas formas y modalidades (microfísicas como dice Foucault) del poder, lo que dentro de la idea del alegato, la convierte en una novela política, como política es Conversación en la catedral de Vargas Llosa. Política que toma de la historia oficial y sus archivos, todo lo que le permita desacreditar a esa historia momificante, y a esas prácticas políticas deleznables.
Dentro de los cuestionamiento al statu quo, está el condenar cómo la Iglesia, no la de Jesús, o sea la de la gente plena, sino la de la institución, la de la jerarquía tan viciada como despótica, delimita desde sus maquinaciones infernales no sólo la libertad de los hombres, y no digamos las de las mujeres, sino cómo desvirtúa una práctica de fe que sin duda, para quienes la poseen, es un acto de liberación y no de opresión, terror y sometimiento.
Ante ese poder omnímodo y nada sensible, se yergue el de la palabra poética, esto es el de la ficción que en el texto de Ponce Maldonado alcanza niveles realmente liberadores y si peca de algún dogmatismo es saber que escribir novelas (Cervantes, así como los fundadores de la censura moderna como el barbero y el cura) es un acto tan peligroso como el de quienes, desde las inquisitorias de Don Quijote, un día se visten de Caballero Andante y de Dulcinea del Toboso para desdecir a los que en uso “del cálculo helado” de la razón, nos lo recuerda Goya, que sólo “produce monstruos”, los sueños y la nación desnarrada bien caben en un palacio cuyo regente también puede ser el diablo, que hace de las suyas en esta lograda y hermosa novela de Modesto Ponce Maldonado, cuyo ritmo entre trepidante y sosegado, una vez que los atrapa es muy difícil que quieran o intenten desertar, porque (ojo: les estamos advirtiendo) en esta ocasión el diablo (sucede en todo el arte y la buena literatura) siempre paga bien a sus lectores.
Quito, junio del 2005
1 Ponce, Modesto, El palacio del diablo, Pan-óptika Editores, Quito, 2004, 435 pp.