La Esposa
Por Azucena
En progreso (2014)
Capítulo I
Una visita inesperada
Aquella noche, Candy había regresado tarde y cansada del hospital. Apenas podía levantar los pies al caminar. Llegó a su apartamento, ubicado en el centro de la ciudad de Chicago, dejó sus cosas sobre una mesa y se dirigió al baño para darse una ducha. Mientras sentía a las cálidas gotas de agua recorrer su cuerpo, recordó su día. Qué espantoso había sido. Mary Jane, la jefa de enfermeras, había sido tremendamente estricta con ella. La había evaluado en cada momento, haciéndole constantemente preguntas, vigilándola sin respiro. A veces Candy respondía bien, pero otras, la mirada severa de Mary Jane la hacía desear esconder su cabeza en un agujero y no salir jamás. Aún recordaba cuando aquella especialización en cirugía le había parecido una buena idea. Opinión que en ése momento había desechado completamente y que hasta le parecía una locura.
Luego de que tratara en vano que los malos recuerdos se escurrieran con el agua, salió del baño, se vistió con su pijama favorito, y se recostó en el sofá con su hamburguesa con papas fritas que había comprado de paso. Agarró el control remoto y encendió el televisor. Estaba tan cansada que ni siquiera prestaba atención a la programación que pasaban frente a ella. Sólo tenía ojos para su deliciosa comida chatarra. Desgarró el envoltorio y su estómago rugió feroz, haciéndola consciente de que no había probado bocado en todo el día. Justo cuando estaba por darle un tremendo mordiscón a su hamburguesa, escuchó el timbre sonar insistentemente. Con un gruñido maldijo internamente, y se levantó como pudo de su comodidad.
Al abrir la puerta, unos ojos celestes brillantes la miraron, y una amplia sonrisa la iluminó.
-Hola Candy.
-¡Albert! ¡Oh, Dios mío! ¿Pero qué haces aquí? ¡Hace un millón de años que no te veía!
Candy se lanzó a sus brazos sin dudarlo. El rubio la alzó feliz y la hizo dar vueltas en la entrada. Albert vestía unos jeans algo gastados y una remera negra de algodón. Y a un costado de la puerta, descansaba su bolso de viaje.
-Vine a ver cómo estaba mi adorable hija adoptiva.
-¡Albert! ¿Pero qué cosas dices? Creí que no te gustaba que te llamara padre.
Él rió a carcajadas, mientras agarrando su bolso entraba al departamento, cerrando la puerta tras de sí.
-Sí, es cierto. Pero adoro la cara del portero cuando le digo que soy tu padre.
-Eres un demonio.
Albert no podía contener la risa.
-Espero que sea igual de divertido cuando estés en el infierno –lo recriminaba Candy, pero sin poder borrar la sonrisa de su rostro-. ¿No te cansas de reírte del pobre Peter? Bastaría con que le digas que eres mi tutor o mi hermano mayor... Tiene 60 años, Albert ¿lo sabías? Debería darte vergüenza.
-Es cierto, Candy. Perdoname. No volverá a suceder.
Ella logró ver el brillo pícaro en sus hermosos ojos celestes, mientras sus fruncidos labios hacían lo imposible por contener la risa.
-No te creo ni media palabra.
-¡Jajaja! Está bien, lo prometo, lo digo en serio. Pero es que sabes que no me gusta cuando se mete en nuestras vidas. Detesto que me sermoneé, insinuando que soy un depravado sexual y no sé cuántas cosas más, tan sólo porque me quedo a dormir unos días acá. Inclusive más de una vez le he dicho que tengo mi propia habitación, pero es imposible convencer a ese hombre.
-Es un poco anticuado, nada más y me cuida. Haz como yo: No le hagas caso. Pero bueno... Ven. Pasa. Justo estaba por cenar.
Albert la siguió hasta el pequeño salón, y al ver lo que reposaba sobre la mesita ratona frunció el ceño.
-¿Eso estabas por comer? No parece muy saludable, Candy-. Y observándola detenidamente, agregó: -Estás muy delgada...
-¡Uf! Lo sé. Pero no tuve tiempo de ir de compras, y tengo un hambre feroz.
La rubia se desplomó sobre el sillón, haciendo una exagerada mueca para mostrar con creces lo cansada que se encontraba.
-¿Mary Jane te sigue haciendo la vida imposible?
-Ni te lo imaginas...
-Podemos pedir una pizza, si quieres... -ofreció, mientras se sentaba a su lado.
Candy lo miró con una sonrisa burlona.
-¿Y eso, señor Andrew, acaso es más saludable?
-No, pero al menos podemos compartir –contestó con una sonrisa-. Una hamburguesa y unas cuantas papas, claramente no es una comida para dos...
-Oh, pero me extraña, señor Andrew... ¿O acaso ya has olvidado de cuando compartimos el sándwich?
Él se sorprendió con aquella pregunta. Jamás olvidaría aquel momento, y Candy lo sabía, pero aparentemente la rubia estaba de buen humor, así que la observó con los ojos entornados por varios segundos. Luego, tomó delicadamente una de sus manos, y sin dejar de mirarla depositó un suave beso en el dorso. Inmediatamente, vio cómo las mejillas de Candy se iban tiñendo de rojo y su respiración se detenía.
Triunfante, Albert respondió:
-Jamás olvidaré aquel momento Candy, y lo sabes...
Ella se quedó sin habla, pero inmediatamente se soltó de su mano y se levantó de golpe del sillón.
-Tienes razón. Lo siento. Voy a llamar al delivery.
Con toda la tranquilidad que pudo juntar, se dirigió a un extremo del salón, donde reposaba el teléfono, y marcó aquel número que sabía de memoria.
Mientras hacía el pedido, observó detenidamente a aquel maravilloso hombre que le había salvado la vida. Albert se encontraba concentrado, haciendo zapping con el control remoto, mientras se sacaba los zapatos, y acomodaba sus pies envueltos en blancos calcetines sobre un pequeño taburete. Ella aún recordaba cuando de pequeña se había escapado del orfelinato donde vivía. Era huérfana, jamás había conocido a sus padres. Y a la tierna edad de 10 años había comprendido que ya no podía seguir viviendo en aquel lugar. No porque sus maestras, la señorita Pony y la hermana María se lo hubieran pedido. Sino porque vio que ella era la más grande de todos sus "hermanos" y decidió probar suerte buscando trabajo. Claro que no contó con los peligros de vivir sin techo, y en un abrir y cerrar de ojos, de la noche a la mañana, se encontró pidiendo dinero en las calles para sobrevivir. Fue una fresca tarde de primavera, en la puerta de un banco cuando vio por primera vez a aquel amable joven de cabellos dorados e intensos ojos celestes, que la había consolado mientras ella lloraba sus incontables desgracias. Él apenas contaba con 16 años, pero la había hecho reír de tal manera, y después la había halagado diciendo que era más bella cuando sonreía, que Candy se había enamorado al instante y se juró jamás olvidarlo. Lastimosamente, luego de aquella tarde, tampoco volvió a verlo.
Pero la vida se encargó de juntarlos nuevamente, y años más tarde aquel joven había hecho hasta lo imposible para que la familia Andrew la adoptara y la sacara de ese infierno. Y eso, Candy siempre le agradecería.
-¿Qué ocurre, pequeña? –Albert la miraba con tanta ternura, que Candy sintió que le temblaban las rodillas.
-Nada –respondió, mientras colgaba el teléfono-. Estaba recordando cuando nos conocimos...
-Ahhh, aquella historia... -Candy se desplomó a su costado, y Albert la abrazó suavemente.
-¿Qué pensaste cuando me viste por primera vez? –preguntó ella en un hilo de voz.
-Pensé que eras la niña más hermosa que había visto jamás.
-¡Oh, Albert! ¡Te lo estoy preguntando en serio! –Candy se removió a su costado, y le dio un pequeño golpe en el brazo.
-¡Auch, pero si es cierto! –se quejó-. Candy, llorabas, estabas completamente sucia, extremadamente delgada, pero tus ojos... -la observó detenidamente-. Tus ojos verdes siempre me cautivaron. Recuerdo que pensé: "Esta niña no merece ser infeliz. Es demasiado hermosa para sufrir".
Ella lo miró sorprendida.
-¿Te das cuenta que es tremendamente discriminatorio tu comentario, no?
-No. ¿Por qué lo dices?
-¡Ah! ¿Acaso las que tú consideras feas no merecen ser felices?
-Yo no he dicho eso.
-¿Cómo que no?
Un fuerte timbrazo los interrumpió. Candy lo miró con el ceño fruncido.
-Salvado por la campana... -dijo, mientras se levantaba a abrir la puerta.
-Idem...
Candy no le prestó más atención y fue a recibir la pizza que habían pedido. Luego de separar las porciones y acomodar todo en la mesita ratona, se volvió a sentar a su lado.
Y mientras le daba un enorme mordisco a su porción, agregó:
-De todos modos, agradezco que estés conmigo hoy. Te extrañaba, ¿lo sabías?
-Sí, yo también...
-¡Mmmh, qué rico que está esto! –Candy cerró sus ojos un momento, mientras disfrutaba los deliciosos sabores que se fundían en su boca.
-¡Fiuuu! ¿A mí me parece, o alguien tenía hambre?
-Mmmh, ni te lo imaginas... Pero, aún no me has dicho el motivo de tu visita. ¿Qué opina la tía abuela de que estés aquí?
-Nada, ¿qué va a opinar?
-Albert....
-Pero si ella sabe que ya soy un hombre adulto, y que puedo ir adonde yo quiera, y que...
-Albert...
-Está bien, no lo sabe.
-¡Ajá, lo sabía! –exclamó triunfante-. Pero no me extraña. Ella jamás me quiso...
-Candy, no, no es eso...
-¿Ah, no? ¿Entonces qué es, Albert? Jamás aceptó mi adopción. Y bueno... Creo que tampoco ayudó la muerte de Anthony y de Stear... -su mirada se oscureció un momento-. Siempre sentí que me echaba la culpa de todas las desgracias...
-Candy...
-No. No es necesario que lo niegues. Sé que es así. Pero... Mejor cambiemos de tema ¿ok?
Él no quería cambiar de tema, pero Candy no le dio oportunidad de continuar.
-Aún no me has dicho por qué estás aquí. Creí que estarías viajando por Europa o por algún lugar exótico. Tengo registrado todos tus viajes ¿sabes?
-¿En serio?
-¡Sip! Más tarde te lo muestro-. Respondió con una media sonrisa que hacía resaltar sus pecas-. ¿Y bien?
-¿Y bien, qué?
-Vamos, Albert... ¿por qué has venido?
Él dio un pesado suspiro. Dejó la porción de la pizza a medio comer, y fijó su mirada en ella.
-Vaya, es algo grave... ¿Qué sucede, Albert? Me asustas...
Él no quería llegar a ese punto, no todavía. Rogaba tener más tiempo para disfrutar de su compañía.
-Albert...
-Candy... ¿tú sabes que yo no soy de pedir favores, cierto?
-Sí, lo sé... ¿Y tú sabes que yo haría cualquier cosa por ti?
-Sí...
Nuevamente un instante de silencio se escurrió entre ellos.
-Albert ¿qué ocurre?
Candy también dejó su pequeña porción sobre la mesa, y lo miró detenidamente. Luego de varios segundos, insistió.
-Vamos, dime... ¿qué necesitas?
Albert no podía creer que había llegado el momento, pero otra alternativa no tenía. Estaba definitivamente entre la espada y la pared. Así que suspirando profundamente, mientras tomaba delicadamente sus manos, preguntó:
-Candy... ¿quieres ser mi esposa?
Capítulo II
Belo Monte
"Esposa"
Aquella palabra seguía repiqueteando en su cerebro. Candy no podía salir del asombro. ¿En verdad Albert le había pedido aquello? ¿Pero, por qué? Su rostro sin que ella pudiera evitarlo se había vuelto más blanco que la nieve. Su mirada se había detenido sobre aquellos suaves dedos que entrelazaban los suyos, y de repente ya no escuchaba mas nada. Sólo podía sentir al fuerte golpeteo de su corazón retumbando en su pecho.
-Candy... ¡Candy! ¿Me oyes, te encuentras bien?
Albert con suavidad tomó su barbilla y levantó su rostro. Su mirada demostraba con creces lo preocupado que se encontraba, y un pequeño tinte de culpabilidad se entremezclaba en su voz.
-Candy... Lo siento. No debí pedirte eso...
Derrochando culpa o tal vez desilusión, Albert se levanto del sofá dándole la espalda, mientras repetidamente pasaba sus dedos por sus cabellos.
Candy por fin pudo salir del trance, y lo observó detenidamente. Albert no podía ocultar el estrés que de repente había caído sobre sus hombros. Aquellos hombros que en ese momento se encontraban tan tensionados, y aquella ancha espalda que parecía más dura que una pared de concreto. Y entonces ella por fin comprendió: Aquella propuesta no tenía motivos románticos...
Lentamente se levantó del sofá y tomó su mano haciéndolo girar, quedando ambos frente a frente.
-Dime Albert... ¿Qué ocurre?
Él la miró y no pudo evitar conmoverse. Candy definitivamente era un ángel.
-No importa... Olvídalo ¿quieres?
-No. Lo siento, pero no puedo –de un tirón lo llevó nuevamente al sofá-. Dime, ¿por qué necesitas una esposa?
Él fijó su mirada en un punto del piso, sin poder hablar.
-Vamos, Albert. Ya has hablado. Ahora dímelo... ¿por qué deseas casarte con esta belleza? –preguntó señalándose.
Albert sonrió y se distendió un poco.
-Trabajo... -suspiró, dejándose caer sobre el respaldo del sillón, tapándose la cara con ambas manos.
-¿Trabajo?
-Sí... -gruñó mientras se incorporaba nuevamente-. En realidad no... Bueno, sí... ¿Cómo explicarlo? –se quedó unos instantes en silencio y continuó-. En realidad no esperaba que nos casáramos de verdad, sólo que fueras mi esposa por un fin de semana...
-¿Perdón?
-Sí... En verdad, lo siento Candy. No debí pedirte algo así, pero... Es que realmente, no veo otra salida...
Ella lo miró un momento y vio la angustia en su rostro. Por primera vez en la noche, dejó de prestar atención a su propio cansancio, para observar el estado de Albert. Él se encontraba pálido, con el pelo revuelto, y la tenue sombra de una barba incipiente recorría sus mejillas. Unas pequeñas arrugas de preocupación en conjunto con unas oscuras ojeras, enmarcaban sus ojos. En ése momento, le pareció increíble que aquel hombre apenas tuviera 29 años. Inclusive le parecía que hasta había adelgazado unos cuantos kilos desde la última vez que se vieron.
Entonces ella, sin decir ni una palabra tomó sus manos, y susurró: -Cuéntame...
Albert agradeció internamente y soltó un suspiro. Hasta ése momento dudaba de si su decisión era la correcta, pero ahora... Tal vez...
-Candy... Sabes que mi trabajo consiste en firmar contratos, armar sociedades, levantar nuevos negocios, y eso me obliga a que constantemente esté relacionándome con gente muy importante.
-Sí, ya te he dicho que tienes madera de político.
-No, por favor. Sabes que jamás me metería en la política.
-¿Por qué no? ¿Además, acaso no te he dicho que nunca digas nunca, señor Andrew? De cualquier modo, sabes que si lo haces yo votaría por ti.
Albert ya se estaba exasperando por el desvío del tema de conversación, cuando levantó la mirada y vio aquel rostro sonriéndole pícaramente.
-¿Nunca te cansas de burlarte de mí?
-Jamás. Eres mi payaso personal...
Él sonrió.
-Bueno, como te iba diciendo, hace algunos meses salió en Washington una reunión que logró juntar a los más grandes inversores y empresarios del mundo entero.
-Sí, lo leí en el periódico. ¡Ey, sabía que estabas ahí!
-¿En serio?
-Sí, lo presentía. Sabes que soy media bruja...
Nuevamente una sonrisa apareció en el rostro de Albert. Era increíble la capacidad que tenía Candy para relajarlo.
-En aquella reunión, que duró prácticamente todo un fin de semana, se trató absolutamente todo referente a la economía. Y se habló también acerca de las grandes empresas hidroeléctricas que están haciendo furor en países del tercer mundo. Actualmente, como bien sabes, existe una gran crisis energética, que está obligando a la mayoría de los países a buscar alternativas rentables. En uno de los tantos breaks que nos tomamos, se me acercó uno de los amigos de mis socios y me habló acerca de una de esas tantas alternativas, que era nada menos que la construcción de una mega-represa: Belo Monte, en Brasil. Por cómo me explicaba, inclusive hasta podía verlo... Lo explicó tan poéticamente, hablando a su vez de las bellezas brasileñas, que al cabo de media hora ya me tenía casi convencido. El proyecto era realmente suculento, ya que aquella sería la tercera central hidroeléctrica más grande del mundo y no sólo salvaría a Brasil de la gran crisis energética, sino que también a países limítrofes e inclusive a toda América. Pero lo más grandioso de todo sería que entre los grandes beneficiados, y por qué no decirlo también entre los mayores beneficiados, estarían las grandes empresas constructoras y por ende, sus inversionistas. Es decir, nosotros.
Al escuchar aquello, Candy inmediatamente se paró de golpe. Y con las manos en puño y el ceño fruncido, exclamó:
-¡No, Albert! ¿Acaso no sabes que estoy en contra de las represas?
-Shhhh, tranquila, que no acepté –Albert tomó su mano y tiró de ella hasta que volvió a caer sobre el sofá.
-¿En serio?
-No lo niego, el beneficio económico es tan grande que tentaría hasta a los mismos ángeles. Pero, como bien sabes, no soy de aceptar proyectos sin antes investigar...
-¿Y lo hiciste?
-Sí... Aunque, a veces desearía no haberlo hecho... Descubrí que el proyecto es enormemente criticado por organizaciones ambientalistas y de derechos humanos, pues anegaría una extensa área de tierra, desecaría partes del río Xingú, destruiría la selva y reduciría las reservas de peces imprescindibles para la supervivencia de distintos pueblos indígenas de la zona. También se dice que para ser viable, la represa de Belo Monte necesitaría de otras represas aguas arriba para garantizar un año de flujo circulante de agua, lo que significaría la inundación de más bosques. La afluencia de inmigrantes a la zona durante la construcción de la presa amenaza con introducir violencia en la zona y contagiar enfermedades a estos indígenas, de forma que se pone en riesgo sus vidas.
-¡Oh, Dios mío! –Candy se llevó las manos al pecho.
-Sí... Inclusive el departamento de asuntos indígenas del Gobierno Brasileño, ha afirmado que podría haber algunos indígenas no contactados en las cercanías de la presa. Para estos indígenas el riesgo sería mayor, pues tienen muy poca resistencia frente a enfermedades del exterior que podrían ser mortales para ellos. Los indígenas kayapó y otros pueblos indígenas de la zona llevan protestando contra la presa desde que su construcción se propuso inicialmente en los años ochenta.
-¿Desde los años 80?
-El proyecto fue abandonado en varias ocasiones, justamente por las innumerables protestas tanto nacionales como internacionales, pero es ahora cuando realmente quieren construirla. Y te digo Candy, por todo lo que escuché, lo van a terminar haciendo...
Ambos se quedaron meditabundos por varios segundos.
-Pero entonces... ¿me estás diciendo que aquella represa está en pleno Amazonas? -Candy no podía asimilar todo lo que Albert le estaba contando.
-Prácticamente sí, ya que el río Xingú recorre casi 3000 kilómetros a través del Amazonas, por lo tanto, el daño se extendería a toda esa zona.
-¡Dios mío! ¿Y cómo puede alguien siquiera pensar en hacer algo así?
Albert no contestó, aunque bien sabía la respuesta.
-¿Existe alguna manera de evitarlo? –Candy no podía ocultar su rostro evidentemente horrorizado.
-Sí... Y es allí donde entras tú...
-¿Yo?
-Sí. Investigando, di con el consorcio Luz Energía S. A. que es el que ganó el proyecto, y fue ahí cuando descubrí quién era el presidente, quien es nada menos que John Rockefeller Jr.
-¡Nooooo!
-Sí.
-¡Pero si él estuvo en tu cumpleaños!
-Sí, nuestras familias son grandes amigas desde hace años... Según la tía Elroy, nuestra amistad viene desde principios del siglo XX...
-Pero Albert, ¿y entonces?
-¿Recuerdas lo que dijo el viejo John, cuando te lo presenté?
-Sí, dijo... -Candy abrió enormemente los ojos- ¡Dijo que era hora que sentaras cabeza y que te casaras! Y recuerdo que también dijo que yo era la mejor opción para eso.
-Sí y nos reímos enormemente de aquello ¿recuerdas? Bueno, resulta que el viejo John tiene cierta maña a la hora de hacer negocios. Con nosotros jamás lo demostró, pero puede ser porque hace años que no nos encontramos en el ring. Pero según lo que me contaron sus más allegados, él jamás se reúne con hombres jóvenes sin familia, porque según él, aquello demuestra debilidad e inmadurez.
-¡Vaya!
-Sí... Verás Candy, mi idea es reunirme con él y plantearle un proyecto que venimos trabajando con George desde que nos enteramos de la situación. Resumiendo un poco y para que entiendas, nuestra idea es hacer del Amazonas un área realmente protegida, pero que a su vez deje dinero. No es ningún secreto que desde tiempos inmemorables se está tratando a aquella área como una reserva natural, aunque en realidad y desde las sombras no sea así. Porque como el Amazonas es realmente inmenso, en ella abundan los cazadores de tesoros, mineros, cazadores furtivos, deforestaciones, y ahora también, empresas hidroeléctricas.
-George, hace tanto que no lo veo... Pero... -Candy sacudió su cabeza, exasperada-. O sea... Déjame ver si entiendo... ¿Tu idea es que simulemos estar casados para que puedas reunirte con él?
-Invité a los Rockefeller a Lakewood el próximo fin de semana, y ayer me confirmaron su presencia. Así que sí, básicamente mi plan es tenerte como esposa esos días.
Un intenso rubor subió al rostro de la pecosa sin que ella pudiera evitarlo. Albert quiso sonreír, pero ella no le dio tiempo.
-¿Y cómo piensas hacer para que no se entere de la verdad? Porque algo me dice, que así como tú investigaste todo esto, él también de seguro hará lo mismo contigo.
-Es un riesgo que tengo que correr...
Candy se volvió a quedar meditabunda un momento. Desesperado, Albert tomó sus manos.
-Candy... La situación es realmente grave, y no te lo pediría si no fuera extremadamente necesario...
Ella lo miró por largos segundos, y suspiró.
Albert se estaba comiendo las uñas por dentro. Jamás hubiese imaginado hacer una propuesta así, y menos a Candy, a "su" Candy. Maldecía tener aquella razón tan fría, y más maldecía que era a Candy a quien se lo estaba proponiendo. Pero luego, se recordaba el motivo, el verdadero motivo por el que había planeado todo aquello, y nuevamente un pequeño consuelo nacía en su interior.
"Aquello es más importante..." se decía, "Y quién sabe... Por ahí, tal vez..."
Unos suaves dedos acariciando su rostro, lo sacaron de sus cavilaciones. Frente a él Candy lo miraba con una inmensa ternura mezclada con un extraño brillo. Y luego, poco a poco una inmensa sonrisa fue apareciendo en sus labios.
-De acuerdo, Albert –respondió-. Sí, acepto ser tu esposa.
-.-.-
Aclaración:
El proyecto Belo Monte realmente existe. Obviamente no el nombre del consorcio, y menos que menos el presidente, aquello es ficción, pero el proyecto de la represa si es verdadero. Elegí este tema para mi fic porque la construcción de represas es algo que en mi provincia preocupa y mucho. Y sobre todo elegí hablar de aquella represa, porque creo que así tal vez tenga más impacto, por ser justamente del Amazonas.
Yo soy de Misiones, Argentina, y acá dentro de poco se comenzará la construcción de dos represas, además de las dos que ya están en funcionamiento en la zona. En la década del 90 se votó por la ley "No a las represas", justamente por el gran impacto ambiental que estas dejan. Y sin embargo, hoy en día, nuestros gobernantes nos están pasando por encima, y las represas se van a construir a pesar de que el pueblo dijo NO en su momento. Sinceramente, es una lucha constante, sobre todo teniendo en cuenta que la energía en realidad se exporta a Brasil y a nosotros nos venden la energía que se produce en aquel país. Como bien dirían por acá: Negocio redondo. Nosotros seguimos pagando carísima la luz, y sufrimos el daño ambiental, mientras ellos disfrutan las ganancias.
Es por esto que decidí tocar este tema tan delicado, aunque sea así, un poco por arriba. Si quieren saber más, se puede buscar tranquilamente por la red.
Yo de ahora en más, me ocuparé de que al menos en mi fic, aquella represa no siga adelante. Y para eso tengo la ayuda de mi fiel protector de la naturaleza que junto a su bella dama, estoy segura que salvarán al mundo.
Nos vemos en el próximo capítulo, les dejo un abrazo
Capítulo III
Un sol bajo la sombra
Candy observaba su demacrado rostro en el espejo del baño. Tenías unas oscuras ojeras y los ojos rojos y achinados por el cansancio. No había podido pegar un ojo en toda la noche. Se había pasado prácticamente horas dando vueltas y vueltas en la cama, pensando en lo que le esperaba en los próximos días.
Primero debía hablar con Flanny, para avisar que se iba a ausentar el fin de semana, cosa que odiaba con sólo pensarlo. Flanny jamás la había querido, y cada vez que tenía oportunidad la hacía quedar mal con Mary Jane. Pero, mal que le pese, era su compañera en las prácticas y todo lo que ella hiciera se lo debía comunicar a Flanny.
Segundo, debía asistir al hospital, y para eso debía tener leído algunos temas, que con los últimos acontecimientos, no había podido hacerlo. ¡Diablos! Mary Jane nuevamente la reprendería fuertemente.
Y tercero, debía ir al centro comercial a elegir un vestido para la gran cena del fin de semana, cosa que Albert había insistido además de prometer acompañarla.
Suspirando resignada, agarró el pomo del dentífrico y vació un poco sobre su cepillo de dientes. En eso, escuchó que la puerta se abría y que por ella entraba un rubio de cuerpo escultural, todo despeinado y con sólo un pantalón deportivo como vestimenta. Albert se detuvo en seco al verla.
-Oh, perdón. No sabía que estaba ocupado, vuelvo más tarde.
-No Albert. No es necesario, ya estaba terminando, sólo me falta lavarme los dientes.
Él se encogió de hombros y pasándose la mano varias veces por el pelo, en un intento de peinarlo o tal vez de despertarse, ingresó al cuarto de baño y a continuación se mojó la cara con un poco de agua. Tanto el baño como el lavado eran bastantes grandes, y frente a ellos, se podía apreciar un inmenso espejo que prácticamente ocupaba casi toda la pared. Y gracias a eso, Candy podía observarlo sin impedimentos, y por qué no, hasta deleitarse en silencio. Cielos, Albert estaba increíblemente atractivo esa mañana ¿o siempre había sido así? No, claro que no... ¿o sí? No, por supuesto que no. Y ahora que lo pensaba, era la primera vez que lo veía así sin camisa y tan detenidamente...Sí, eso era... No, mentira... Si habían sido millones las veces que lo había visto así, ¿o acaso no recordaba las veces que estuvieron en la piscina de los Andrew? Apretó fuertemente sus ojos. ¿Para qué engañarse? Si ella era más que consciente que se había pasado más de la mitad de la noche pensando en él, y en lo que le deparaba los días posteriores... Tan hipnotizaba estaba que en un momento, y sin que pudiera evitarlo, cruzaron miradas a través del espejo. Candy bajó la suya de inmediato, tratando de ocultar su sonrojo, mientras se enjuagaba la boca.
-Listo. Ya terminé. Tienes el baño para ti solito.
-Gracias Candy.
-De nada.
-No, Candy... -Albert la detuvo, agarrando suavemente su brazo–. En serio, gracias por todo... Por aceptar...
Candy quiso decirle que no se preocupara, que no era nada, pero se quedó prendida en aquella mirada celeste. Verlo así, tan de cerca, con el pelo enmarañado y los ojos achinados por el sueño, comenzó a despertar pequeñas cosquillas en su vientre. Y su respiración comenzó a agitarse, mientras sentía arder sus mejillas. Y, poco a poco, comenzó a sentir pequeñas caricias en su brazo. Albert hacía círculos con el pulgar en la zona que la tenía agarrada, y su corazón comenzó a palpitar aún con más fuerza, envolviéndola en una pequeña ensoñación, perdiéndose en aquella mirada que hacía tan pocas horas hasta creía estar acostumbrada. Oh, no... No podía ser... No podía confundirse nuevamente.
Sus sentimientos por Albert ya habían sido desechados, sepultados en lo más íntimo de su ser. Tuvo que pasar varios años, inclusive un par de noviazgos, hasta que por fin pudo conseguirlo. Pero ahora, que por fin lo había conseguido, no quería volver allí... Aún recordaba su loco enamoramiento cuando era apenas una niña. ¿Y cómo no enamorarse de un hombre como aquel? Albert había sido el hombre que la sacó de las calles, su príncipe que llegó en su caballo blanco e hizo hasta lo imposible para que la familia Andrew la adoptara. Aún no sabía todos los detalles de su adopción, Albert jamás quiso contarle los pormenores. Pero lo que sí sabía, es que gracias a él, ella había tenido una vida digna de una princesa. Una vida de abundancia, buena comida, excelente educación, llena de lujos y comodidades. Sí, gracias a él, ella había encontrado la felicidad. Y hoy en día, hasta estaba orgullosa de poder sentir nada más que una simple amistad por él. Porque hacía muchos años se había dado cuenta que no podía pretender nada serio con él, inclusive ni siquiera podía pretender una aventura. Albert siempre había sido un hombre muy ocupado, totalmente misterioso. Siempre había encontrado la forma de desaparecer y aparecer cuando le diera la gana. Inclusive en un principio hasta le había ocultado su verdadera identidad. Cuando apenas era una niña y recién lo había conocido, Albert solamente había sido Albert, y nada más. Es más, la primera vez que lo había visto, en la entrada de aquel banco, ni siquiera había sabido su nombre. Fueron meses más tarde, cuando la vida los juntó por segunda vez, es que él se había presentado como Albert, un simple vagabundo al igual que ella. Pero, ni siquiera ahí ella supo que aquel muchacho era el mismo que la conoció en la entrada del banco, como tampoco conocía que en realidad de vagabundo tenía poco y nada, al contrario, era nada menos que el futuro heredero de los Andrew. Grande fue su sorpresa cuando años más tarde, la vida la había llevado al despacho de la mansión Andrew, llevándola a descubrir la verdadera identidad de su amigo. Y cuando había ocurrido eso, y ella le había preguntado todavía atónita por la sorpresa, por qué había mentido de esa manera, él simplemente había respondido que tenía sus motivos. Y ella sin decir ni una palabra más, lo aceptó sin objeciones. Porque sí, su relación siempre había sido así. Él aparecía y desaparecía, pero a pesar de eso la protegía, y ella a cambio le daba confianza ciega. Así habían sido desde el comienzo. Es por eso que no podía soñar con él, a pesar de que en un principio lo hubiera considerado su príncipe... No, no podía, porque él era un nómada, un alma libre, un viajero. Inclusive después de enterarse de su enorme fortuna, ella aún continuaba considerándole un vagabundo. Albert era así, no podía quedarse en un lugar. Y es por eso que ella en lugar de soñar con aquel platónico amor, prefirió seguir con su vida.
Y fue así, como conoció a Anthony, el adorable sobrino de Albert. Aún recordaba cómo se había enamorado poco a poco de él. Anthony era de la misma edad que ella, adoraba los caballos y las rosas. Todavia en sueños, se imaginaba paseando por aquel mágico rosedal... Él era tan parecido a su tío, en tantos aspectos... Eran tan similares, inclusive decían hasta las mismas frases... Y ella no pudo evitarlo, y sin que se diera cuenta había caído totalmente enamorada ante él. Pero el destino puede ser cruel a veces, y la muerte apareció para llevárselo muy de prisa. Tanto que a ella sólo le quedaron pequeños despojos de su joven presencia. Y lloró, lloró como nunca creyó hacerlo... Sufrió horrores, sintiendo como su alma se partía en mil pedazos y cómo su corazón a veces hasta se olvidaba de latir. Pero gracias al cielo, a Dios y a todos los santos, una vez más su misterioso protector había aparecido para mandarla a un internado en Londres, junto con el resto de sus primos adoptivos. Y fue ahí, en ese frío lugar, donde ella aprendió a sonreír nuevamente, y volvió a creer en el amor... Porque en Londres, estaba Terry... Oh, Terry... Lo había amado tanto, pero tanto, que hasta aún en la actualidad, al recordar su historia, ella aún no podía evitar envolverse con cierta nostalgia y tristeza por aquel amor perdido...
Una suave mano sobre su rostro logró sacarla de la pequeña ensoñación Era Albert, quien comenzaba a acariciar sus mejillas. Oh, cielos... Siempre había adorado aquello... Siempre... Y siempre cuando él hacía eso, había sentido cosquillas en el estómago, exactamente como las que estaba sintiendo en ese preciso momento. Oh, aquello no podía estar pasando... Nuevamente levantó la mirada y se sorprendió al comprobar que había una menor distancia entre ambos. ¿En qué momento se habían acercado tanto? Casi que hasta podía sentir su respiración... Su maravilloso y cálido aliento mentolado...
-Albert... –susurró carraspeando, para separarse finalmente lo más rápido que podía, mientras trataba de recordar lo que debía responder-. No tienes nada que agradecer... Lo... Lo hago con gusto.
Y como pudo salió trastabillando del cuarto de baño, escondiéndose en su dormitorio, cerrando la puerta con llave. ¿Con llave? ¿Por qué o para qué? ¿Acaso ella pensaba que Albert era capaz de seguirla, y tumbarla sobre la cama para violarla repetidamente? No, Albert era incapaz de una cosa así y ella lo sabía perfectamente bien. Inmediatamente se giró y destrabó la puerta. Pero al hacerlo, se quedó mirando el picaporte, pensativa, imaginando... Albert tumbándola en la cama, desgarrando su piyama, besándola apasionadamente, recorriendo con sus labios cada centímetro de su piel; hasta llegar allí, a aquella zona tan erógena entre sus piernas, y que con sus dedos mágicos comenzara a acariciarla, invadiéndola, mientras continuaba besándola, y... ¡No, basta Candy! Inmediatamente volvió a girarse y casi corriendo, cayó sobre el suave colchón, tapándose la cara con la almohada. ¡Uf! Pasar todo un fin de semana como su esposa... ¿Cómo lo iba a lograr? Oh, Dios...
-.-.-
La mañana había transcurrido prácticamente volando. Entre una cosa y otra, donde primero buscó a Flanny, quien le había dado el esperado regaño, y luego que ambas fueran al hospital, donde también Candy había recibido un esperado y fuerte regaño por parte de Mary Jane, y donde además debió tanto atender a sus pacientes, entrar al quirófano y leer los apuntes que debía tener leído. En fin, entre tantas cosas, en un abrir y cerrar de ojos la mañana había dado paso a un caluroso mediodía, y un fuerte rugido en su estómago, le avisó a Candy por centésima vez que no se estaba alimentando bien.
-Candy, debemos apresurarnos, no podemos tardar tanto en almorzar. Hay demasiado trabajo, además debemos preparar el caso clínico que nos solicitó Mary Jane. Así que no hay tiempo para divagar y nada de postres ¿lo entiendes? –Flanny la miraba con severidad a través de sus anteojos de hielo, como siempre lo había hecho.
En total eran ocho las enfermeras inscritas en aquella especialización en cirugía. Y que por suerte, ya estaban terminando el curso. Sólo que antes debían pasar 3 largos meses por aquellas prácticas. Mary Jane para agilizar el aprendizaje y el trabajo en equipo, las había separado en grupos de a 2, a través de un sorteo que había realizado al comienzo de la cursada. A Candy, para su desgracia, le había tocado hacer grupo con Flanny, la única enfermera con la que presentaba un peculiar desprecio mutuo.
-Sí, Flanny... -respondió monótonamente, entre medio de inevitables bostezos.
En eso sintió que su bolsillo vibraba. Sacó su smartphone y vio que tenía un mensaje instantáneo. Era de Albert.
-¡Hola preciosa! ¿Lista para ir de compras más tarde?
Ella no dudó en responder.
-Hola Albert... ¿Puede ser otro día? Es que tanto Mary Jane como Flanny están realmente insoportables...
-Mmmh... ¿Mañana? Más no podemos retrasarlo Candy. El viernes ya tendríamos que estar viajando a Lakewood.
Candy leyó detenidamente aquellas palabras que brillaban en la pantalla de su celular. ¡Diablos! ¿El viernes ya tendrían que viajar? Si acababa de convencer, y a duras penas, a Flanny para que la dejara ausentarse sábado y domingo, pero no esperaba que también tendría que ausentarse el viernes. Suspirando, ingresó al comedor del hospital y fue por su bandeja de comida. En realidad, no deseaba sentarse ni por un segundo más junto a Flanny, pero pareciera que el "adorable" carácter de su compañera había ahuyentado a todos en el hospital. Y a veces Candy parecía ver cómo la gente se apartaba, aterrados, mientras ella caminaba por los pasillos.
Decidida vio que no tenía escapatoria, y tomando una larga bocanada de aire, se preparó para lo que le esperaba.
-Flanny...
-¿Sí? –La dama de hielo ni siquiera había levantado la mirada de su plato al contestar. Pero Candy no le prestó atención a ese detalle. Estaba demasiada acostumbrada al rechazo de su compañera.
-Me voy a ausentar también el viernes...
El sonido metálico de un tenedor cayendo abruptamente sobre el plato la interrumpió, congelando el aire.
-¿Cómo? –Flanny la miraba con furia.
Candy tragó en seco.
-El viaje del que te hablé, por asuntos familiares, sale el viernes... Es por eso que necesitaré ausentarme tres días: viernes, sábado y domingo.
-¿Acaso esto es una broma, Candy?
-No, no...
-¿Seguro? Porque yo estoy convencida de que tú te estás tomando todo esto como una brutal broma, un juego de niños ¡Y lo no es, Candy! ¡Acá estamos para salvar vidas, y no para irnos de viaje cuando se nos dé la regalada gana! ¿Entendiste? Esto tendré que hablarlo con Mary Jane. Se me hace imposible trabajar con una chiquilla tan irresponsable como tú.
Y sin decir ni una palabra más, la mujer se levantó de su asiento y salió disparada del comedor, dejando a Candy con la boca totalmente abierta.
-Oh, vaya Candy... ¿qué hiciste esta vez para enojarla? –preguntó una de sus compañeras que había presenciado toda la escena, mientras se sentaba a su costado.
-Pues, pues... -las manos de Candy temblaban ligeramente-. Es que debo viajar el fin de semana, y... No importa. Veré cómo lo soluciono...
Candy también se levantó de su asiento y salió con pasos aletargados al gran patio del hospital. En él se podía ver a varios familiares de los pacientes paseando, algunos preocupados, otros sonriendo aliviados. También se podía apreciar a varios grupos de médicos y enfermeras intercambiando opiniones. Pero ella no quiso detenerse para hablar con ninguno de ellos, y en su lugar siguió caminando, meditabunda, hasta que llegar a un inmenso y frondoso árbol. Levantó la vista y admiró su belleza. Por un segundo se le pasó por la mente treparlo, pero inmediatamente desechó la idea, estaba demasiada cansada como para hacerlo. Sin embargo, se sentó bajo su sombra, sobre el verde y fresco césped. Suspirando nuevamente resignada, sacó su celular y escribió:
-Albert... Creo que no voy a poder viajar. Perdón. A la noche te cuento bien ¿sí? Beso.
Buscando cómo relajarse miró al cielo. Frente a ella se abría un infinito firmamento azul, salpicado con blancas nubes de diferentes formas, pero ni siquiera tuvo tiempo de respirar que ya su celular comenzó a vibrar en su mano. Era la respuesta de Albert.
-¿Qué pasó, pequeña? Cuéntame...
Otro pequeño suspiro se escapó de sus labios, al mismo tiempo que unas lágrimas empañaban sus verdes ojos. Como pudo tecleó las siguientes palabras.
-Es Flanny... Se puso furiosa cuando le conté que me iba a ausentar 3 días. Dijo que es imposible trabajar con alguien tan irresponsable como yo. Ahora se fue a hablar con Mary Jane. No sé en qué va a terminar todo esto...
-Me parece que Flanny necesita un novio...
Al leerlo, una espontánea carcajada salió de los labios de Candy.
-¡Jaja, es cierto! ¿No tienes un amigo por ahí para presentarle?
-Mmmh, depende... ¿Es bonita?
-¿Acaso te importa? Es para tu amigo, no para ti.
-¡Jajaja! Vaya, ¿estás celosa, pequeña?
-¿Yo, celosa? Pfffff... ¡Eso quisieras!
-¡Jajajaja! Me parece que sí...
-Pues, te equivocas. Además, ya quisiera verte haciendo de novio de la dama de hielo. ¡Uf, pobre de ti!
-¡Auch! ¿Dama de hielo? ¿Es tanto así? Igual, no importa. Porque de todas formas, creo que mi corazón ya está ocupado...
-¡Ahhhhhhhhhhhh! (grito histérico) ¿En serio? ¿Albert estás enamorado? ¡Quién lo diría! Creí que nunca sentarías cabeza. ¿Y se puede saber quién es la víctima? Eh, perdón... La afortunada
-¿Pero por qué tanta sorpresa y cómo que "víctima"? Me ofendes, pequeña. Creí que tenías una mejor opinión de mí Pero respondiendo a tu pregunta, creo que la conocerás muy pronto...
-¿En serio? Vaya...
Candy se quedó por varios segundos mirando el celular, sintiendo como aquel globo de ilusiones y sueños que había nacido esa misma mañana, se desinflaba lentamente. ¿Albert enamorado? Pero, ¿cómo, de quién? No, otra vez no... No podía pasar por eso de nuevo... Ya había sufrido por él en el pasado...
Unas palabras titilando en la pantalla interrumpieron sus pensamientos.
-Qué pasa, pequeña... En qué estás pensando...
-En nada...
Otro breve silencio pasó por la mente de Candy. Dudando en un primer momento, y respirando hondo después, escribió.
-Albert... Sólo quiero que seas feliz ¿lo sabes, no?
-Sí, y yo también deseo lo mismo para ti... Candy...
Una corriente eléctrica atravesó el cuerpo de la rubia, desde la punta de los dedos del pie hasta la punta de sus cabellos. Pero ni siquiera pudo detenerse a pensar demasiado, ya que al levantar la mirada vio cómo su "querida" compañera la buscaba furiosamente.
-Te tengo que dejar, Albert. Flanny me está buscando...
-Ok. Tranquila, pequeña. No va a pasar nada, ya verás...
-Eso espero.
-Así va a ser. No te preocupes. Iré a buscarte a la salida ¿sí? ¿Quieres algo especial para cenar?
-Mmmh... A decir verdad, me encantaría un kilo de helado. Hace mucho calor
-¡Jajaja! Ok, preciosa Te busco y vamos a tomar un helado. Tú sólo quédate tranquila ¿sí? Que estoy seguro que todo se va a arreglar.
Candy sonrió. Albert siempre estaba presente en sus peores momentos, y siempre lograba hacerla sonreír.
-¡Ahí estás! –Flanny se acercaba a ella a pasos agigantados-. Vaya, no sabía que tenías coronita...
-¿Coronita? –Candy la miró arqueando una ceja, mientras se sacudía el pasto de su ropa-. ¿De qué estás hablando, Flanny?
-¡No te hagas la tonta! Fui a hablar con Mary Jane y me informó que tienes un permiso especial para este fin de semana. Al parecer, no se le puede tocar a la heredera de los Andrew.
-¿Permiso especial? Pero... -Candy cada vez entendía menos, pero de repente, como si se le prendiera una luz en la cabeza, ella volvió a mirar su smartphone. Pero claro, Albert... Como siempre, estaba en todo...
Sonriendo, levantó la mirada hacia su desagradable compañera.
-Oh, cuánto lo siento Flanny. Pero ya ves, así son las cosas hoy en día...
Y sin decir ni una palabra se alejó de allí sonriendo. Disfrutando, saboreando, aunque sea por momentos aquel pequeño triunfo, que sólo su apellido le podía otorgar.
No tardó demasiado en agarrar nuevamente su amado aparatito.
-Eres un demonio. ¿Cuándo pensabas decírmelo?
-¿Te gustó la sorpresa?
-Tenías que haber visto la cara de Flanny, ¡casi me ahorca!
- Te busco más tarde princesa, suerte en lo que resta del día. Beso.
-Hasta más tarde, mi príncipe. Besote y gracias ^_^
Capítulo IV
Sentimientos encontrados
La semana había pasado más rápido que un suspiro. Entre sus prácticas, los pacientes, las clases, la compra del vestido, la organización del viaje y demás, Candy se sorprendió al encontrarse ya en su última clase del viernes.
La clase del viernes por la mañana aún no había llegado a su fin, y ella ya sentía vibrar su smartphone. No podía atender, estaban en pleno taller y debían presentar uno de los tantos casos clínicos que Mary Jane les había dejado. La jefa de enfermeras le había dado permiso para ausentarse a sus guardias del viernes, sábado y domingo, pero las clases de los viernes por la mañana eran obligatorias y definitivamente no podía faltar. Eran pasadas las diez de la mañana, y sabía que pronto se podría ir. Albert también lo sabía, ¿entonces por qué no dejaba de vibrar su loco móvil?
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
-¿Qué es ese sonido? –susurró Flanny, quien estaba sentada a su costado.
Candy la miró sorprendidísima. Desde aquella discusión, Flanny no le había dirigido la palabra. Cosa que por un lado, Candy agradecía enormemente, pero por el otro, hacer equipo con una persona que ni siquiera te devuelve el saludo, podía dificultar enormemente las tareas.
-Es mi teléfono celular, que está en modo vibrador –respondió, en el mismo tono de voz.
-¡Pues, apágalo! -la reprendió Flanny.
-No puedo –respondió Candy entre dientes –Mary Jane nos está mirando.
Efectivamente, la jefa de enfermeras no les quitaba la mirada de encima. ¡Diablos! Encima aquella mujer sí que daba miedo. Con el cejo fruncido, los labios apretados, y el pelo canoso recogido fuertemente en un rodete, estirándole toda su morena cara arrugada. Parecía más exigente que de costumbre.
-Señoritas Hamilton y Andrew, ¿tienen algo que agregar? –les preguntó en un fuerte pero serio tono de voz.
-No señora –respondieron al unísono, bajando automáticamente la cabeza.
-Pues, entonces, les aconsejo que permanezcan en silencio mientras sus compañeras exponen sus casos clínicos. Sé que la señorita Andrew está ansiosa por irse, pero no falta mucho para que termine la clase –agregó, mirándola a Candy fijamente.
Un intenso rubor cubrió el rostro de la joven.
"Brrrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrr"
"Brrrrrrrrrrrrrr"
Continuaba vibrando su celular. "¡Cielos, Albert!" pensó completamente nerviosa y alterada, mientras hacía el esfuerzo sobre humano de sacar el móvil de su bolsillo sin que nadie más lo notara, y apagarlo.
El resto de la clase pasó sin ningún contratiempo más, a excepción de que salieron cerca de las once de la mañana, es decir, una hora más tarde. Ni bien puso un pie en el pasillo, Candy volvió a encender su móvil, dando por iniciada la catarata de pitidos de llamadas perdidas. Estaba escribiéndole un mensaje a Albert, cuando volvió a sonar su teléfono celular.
-¡¿Dónde te habías metido?! –la voz sedosamente profunda y evidentemente enojada de Albert, la sobresaltó.
-¿Perdón? –respondió sintiendo a la furia crecer en su interior. Estaba de acuerdo en ayudar a su amigo en todo, y sabía que si fuera posible iría hasta al mismísimo infierno por él; pero aquel acoso telefónico ya era demasiado, y definitivamente debía terminar. –Albert, creí que te había dejado bien clarito que tenía clases.
-Tenía entendido que tus clases terminaban a las diez de la mañana.
-Pues hoy no, nos hemos retrasado.
-No me digas, no lo había notado… -respondió irónico.
-¡Albert, por favor! No puedes comportarte así, tus constantes llamadas me dejaron loca en plena clase, además estaba por…
-Candy –la interrumpió –no tenemos tiempo que perder. Un chofer te está esperando para traerte al aeropuerto. Tu equipaje ya está en el baúl del coche. Salimos en una hora –y colgó.
Candy se quedó mirando su móvil con cara de pocos amigos. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Y el saludo? ¿Desde cuándo Albert era tan frío? Y de repente, sin que pudiera evitarlo, sintió todo el peso de la semana en sus hombros, y sus ojos se llenaron con lágrimas. Quería llorar, agarrarse de las rodillas y acurrucarse en un rincón. O bien, meterse en una cama, taparse hasta las orejas con las sábanas y así quedarse todo el bendito fin de semana. No quería viajar, no quería trabajar, no quería hacer absolutamente nada. Estaba cansada, muy cansada.
Un par de minutos después, su móvil comenzó a sonar de nuevo. Atendió sin siquiera mirar de quién se trataba, pues ya lo sabía.
-¿Algo más? –respondió furiosa con voz ronca.
-Pequeña… -la voz de Albert envuelta en un suspiro, le llegó hasta lo más hondo de su ser. Era suave, con ciertas notas de arrepentimiento. –Lo siento…
Candy no contestó y caminó hasta unas columnas, tratando de esconderse de las miradas curiosas. El hecho de que él le pidiera disculpas, sólo presionaba con más intensidad el botón que liberaba a las lágrimas retenidas durante toda la semana.
-Por favor, entiende, estoy muy estresado… –continuaba aquella melodiosa voz masculina –Sólo quiero que vengas, lo más pronto posible…
-Sí, yo también estoy bastante estresada Albert. Ha sido una semana de infierno. Además, de seguro quieres que vaya lo más pronto posible, porque dentro de una hora salimos a tu estúpido viaje, para prepararnos para tu estúpida reunión de fin de semana ¿cierto? –el reproche de Candy salió a borbotones de sus labios, sin que ella pudiera detenerlo a tiempo. Pero estaba cansada y hastiada, las prácticas de enfermería la habían agotado enormemente y aquello había sido la gota que derramó el vaso.
-No. Quiero que vengas, porque quiero verte...
Aquella susurrante frase hizo que el corazón de Candy diera un salto y se derrumbaran todas sus barreras. Inmediatamente las lágrimas se detuvieron.
-Enseguida estoy allá –dijo, y colgó.
Definitivamente el estrés, pensó Candy, estaba haciendo estragos en ambos.
Candy salió de la escuela de enfermería, y sintió cómo una intensa y pesada ola de calor golpeaba sus mejillas. Levantó la vista, y vio a lo lejos unos grandes nubarrones negros. Volvió a fijar su mirada al frente, y observó un Mercedes Benz negro que estaba aparcado, con el símbolo Andrew en su parte delantera. El chofer ni bien la vio, salió del coche impecablemente vestido con un traje negro, y con un gesto en su gorra la saludó abriéndole la puerta trasera. El aspecto corpulento, y su aire pensativamente encubierto y amenazador, le indicaron a Candy que además de chofer era un guardaespaldas. Ella dio un profundo suspiro. No importaba cuánto tiempo pasara, jamás se acostumbraría a todo el lujo y a la exagerada seguridad que como una Andrew debía soportar.
Ingresó al coche, saludó al chofer, programó la música de su smartphone y se colocó los auriculares. Y entonces, cerró los ojos. Quería, deseaba con todo su ser, esconderse de la realidad por un momento.
No supo cuánto tiempo tardaron en llegar al aeropuerto, pero supuso que no había sido mucho, ya que ni siquiera había llegado a dormirse. Tal vez el chofer conocía algún atajo, ya que ella sabía de antemano, lo ajetreado que se podía poner el tránsito a esas horas.
Bajó del coche, y esperó al ver cómo el chofer cargaba con su equipaje. Luego, ambos se dirigieron al jet privado que los esperaban a un costado de la pista de aterrizaje.
Candy ingresó a la cabina principal del avión, aún más sorprendida que cuando lo vio desde afuera. Con la boca abierta paseó su mirada por aquel increíble y opulento interior. A lo largo de su vida como integrante de la familia Andrew, Candy había visto varios jet privados. Pero como aquel, ninguno.
La cabina era espaciosa, con un amplio pasillo central. La gama de colores era neutra con detalles marrones y de un azul glacial. A su izquierda había asientos envolventes giratorios con mesas, mientras que a su derecha se veía un sofá modular. Cada silla tenía al lado una consola de entretenimiento de uso individual. Y estaba casi segura que al fondo del avión se encontraría un dormitorio y uno o dos suntuosos baños.
Un auxiliar de vuelo se acercó a ella para guardar su bolso de mano, y luego le indicó que tomara asiento en una de las zonas de sillas que tenían mesa.
-El señor Andrew llegará en un momento —informó—. Mientras tanto, ¿quiere tomar algo?
-Eh, si. Agua, por favor. —Respondió, aún tartamuda.
Miró su reloj, y vio que eran casi las doce del mediodía. Arrugó su nariz. "Vaya, y él que estaba tan apurado…", pensó disgustada. Pero no tuvo tiempo ni de sentarse donde le habían indicado, que una mano apoyada en la parte baja de su espalda la sobresaltó.
-¡Hola, Candy! –le saludó aquella sedosa voz, mientras depositaba un beso en su mejilla.
-¡Albert! Hola…
-¿Nos sentamos?
-Sí…
Candy se regañaba así misma por estar tan nerviosa, pero cómo no estarlo si jamás lo había visto tan apuesto. Albert llevaba unos pantalones negros de traje y chaleco a juego. La camisa y la corbata, de color gris, hacían un excelente complemento. Y aunque en sus ojos se notaban las ojeras del cansancio, no lograban ensombrecer el impacto de su atuendo.
Se sentaron uno al lado del otro, y Candy perdió su mirada un segundo en el cielo que se veía a través de una de las tantas ventanas que había a su costado. Negros y tenebrosos nubarrones comenzaban a cubrir el firmamento.
-Va a llover… -dijo.
-Sí, por eso estábamos un poco apurados, Candy. Está pronosticada una intensa tormenta para esta tarde, debemos llegar a Lakewood antes.
-Ah… ¿entonces era por eso? ¿No era porque deseabas verme?
Albert recorrió su rostro con su intensa mirada azul.
-Siempre deseo verte, pequeña…
-¡Eres todo un don Juan! –se burló ella, aunque sentía al rubor arder en sus mejillas.
Luego de aquello, y una vez que se encontraban ya en el aire, volando, atravesando grandes y negros nubarrones que definitivamente hasta daban un poco de pánico; Albert abrió su laptop y comenzó a trabajar con números, fórmulas, estadísticas y demás. Candy lo observó por un buen rato, totalmente asombrada y extasiada. Jamás lo había visto trabajando, así que jamás imaginó que fuera tan afrodisíaco. Verlo tan concentrado, y con su traje que cubría a aquel exquisito cuerpo de hombre, era algo inevitablemente hipnotizante. Y entonces se imaginó a ella misma sentándose a horcajadas encima de él, aflojándole la corbata, abriendo los botones de su camisa, recorriendo su pecho con las manos, mientras tomaba salvajemente aquellos masculinos labios, para devorarlos en un beso que dejaría a ambos sin sentido…
-¿Te gusta lo que ves? –preguntó Albert, con media sonrisa en sus labios, pero sin levantar la vista de la pantalla.
-¿Perdón?
Albert fijó su pícara mirada celeste en ella.
-¿Quién dijo que te miraba a ti? –Trató de disimular Candy-. Estaba muy interesada viendo cómo juegas con tus millones, nada más.
Una espontánea carcajada masculina llenó el recinto, atravesándola hasta los huesos.
-Por eso preguntaba. Sé que la economía puede ser un tanto aburrida…
La había pillado, ¡diablos!
-Si quieres puedes mirar una película, escuchar música, o jugar a algo –agregó él, aún sonriendo –o si prefieres puedes recostarte un poco. De todas formas, en una hora estaremos llegando a Lakewood.
Candy no contestó, y prefirió agarrar unos apuntes que había llevado con ella para ir adelantando en sus estudios. Pero antes, se le ocurrió una última pregunta.
-¿Siempre viajas en este avión?
Albert la miró sin comprender.
-Es que es la primera vez que lo veo -agregó Candy-. No recuerdo a ningún otro que fuera tan fino, y que derrochara tanto lujo y tecnología como lo hace éste.
Albert dio una rápida mirada a su alrededor.
-Sí, este jet lo uso para cuando quiero cerrar un negocio -respondió-. Es bueno mostrar a los clientes un poco de lo que se puede ofrecer. Además, mañana este mismo avión irá a buscar a los Rockefeller. Así que necesitábamos algo de alta gama.
-¿Recién mañana? –Candy se atragantó con el agua que estaba tomando. -¿Entonces, por qué viajamos hoy?
-Candy… -Albert apartó un poco su portátil un momento, y se giró para tomarle de las manos. –Es necesario que planeemos bien, y que nos organicemos bien para este fin de semana. Y para eso necesitamos tiempo. No puede haber errores. Si John se llegara a dar cuenta de que le estamos mintiendo, no sólo no nos apoyaría en el proyecto, sino que además nos haría la cruz de por vida. Y eso no puede pasar ¿lo entiendes?
Candy tragó en seco.
-Jesús, Albert… Es demasiado arriesgado…
-Lo sé, pero si salen bien las cosas, salvaríamos un montón de vidas. –Finalizó dándole un suave beso en la frente, y volviendo de inmediato a su trabajo.
Una hora más tarde, ya estaban pisando las tierras de Lakewood. Un intenso chaparrón de verano se había desatado, y Albert no dudó en abrazar a Candy fuertemente para cubrirlos a ambos bajo un inmenso paraguas negro, mientras gente del servicio se encargaba del equipaje. Debían recorrer pocos metros hasta llegar al coche que los estaba esperando, pero una fuerte ráfaga de viento dio vueltas el paraguas y lo arrancó de sus manos, dejándolos totalmente bajo la intensa lluvia. Albert quiso salir en busca del paraguas, y corrió tras el pedazo de tela dado vuelta, pero hasta parecía que el viento se burlaba de él, ya que con cada paso que él daba, el viento empujaba al paraguas unos metros más. Toda la cómica escena finalizó cuando el paraguas dando varias vueltas por los aires, terminó enganchado de una de las ramas de los árboles que rodeaba a la pista de aterrizaje. Albert se encontraba furioso, pero cuando giró su mirada se encontró con una Candy totalmente empapada, destornillándose de la risa. Él miró su carísimo traje y vio que también chorreaba agua por doquier.
-Vamos Albert, iremos caminando ¿no te parece? Hace mucho que no recorremos estas tierras, y sentir a la cálida lluvia es maravilloso.
Albert volvió a mirarla, recorriéndola esta vez más detenidamente. Candy llevaba el pelo sujeto en una cola, y aún llevaba puesta la chaquetilla blanca de enfermera, que por causa de la lluvia se transparentaba dejando ver que debajo llevaba puesta una ajustada musculosa blanca, y un poco más abajo se le marcaba el sujetador, enmarcando desvergonzadamente sus voluptuosos pechos. Albert desvió la mirada de inmediato, y siguió recorriéndola, pasando por su pequeña cintura, viendo cómo los ajustados jeans azules que chorreaban agua marcaban con extremo detalle sus musculosas piernas, hasta llegar a unas zapatillas blancas que chapoteaban alegres en un charco. Cielos, se había quedado completamente hechizado. Candy ni siquiera se había dado cuenta de la tan intensa mirada con que estaba siendo observada, ya que tenía los brazos extendidos y el rostro hacia el cielo, con los ojos cerrados; sintiendo, disfrutando cómo las cálidas gotas de lluvia caían sobre ella. En un momento lo miró, y sin que él pudiera negarse, lo tomó de las manos y comenzaron a correr hacia la mansión.
-¡Señor Andrew! –gritó el chofer del coche que los estaba esperando, totalmente sorprendido.
Candy reía sin parar mientras arrastraba a un muy confundido Albert, por los caminos y jardines de la mansión.
-¡Vamos, Albert! ¡Cambia esa cara, que el clima está precioso!
Albert no pudo más con su mal humor.
-¿Precioso? ¡Candy, está lloviendo a cántaros!
Ella se detuvo inmediatamente, justo cuando pasaban al lado de una fuente, y lo miró con fingida seriedad.
-¿Y desde cuándo tan quisquilloso, señor Andrew? Aún recuerdo aquellos tiempos, en que se la pasaba merodeando por las calles de la ciudad.
Albert se acercó más a ella, y tomó un mechón mojado que caía sobre sus ojos, para ponerlos detrás de su oreja.
-Señorita Andrew…
Ella sintió a su corazón latir como un loco, mientras veía cómo Albert acortaba aún más la distancia.
-Si mal no recuerdo… -le susurró a su oído –me la pasaba merodeando por ti…
Candy le dio un golpe en el pecho.
-¡Don Juan! –contestó riendo, pero visiblemente alterada, y se echó a correr, mientras sentía los pasos del heredero de los Andrew cada vez más cerca.
Luego de varios minutos, llegaron ambos totalmente empapados y agitados a la mansión. Ni bien pusieron un pie en el recibidor, dos mucamas se acercaron a ellos alcanzándole a cada uno, un enorme toallón.
-¡Señor y señorita Andrew, pero qué locura han hecho! Se van a enfermar –los regañaba preocupada Dorothy, el ama de llaves.
Dorothy era una mujer ya pasada de años, un poco regordeta, de cabellos castaños y ojos color miel, que siempre los trataba con cariño. Conocía a los Andrew desde siempre, y prácticamente había visto crecer al joven heredero. Por lo tanto, aunque ella nunca se había casado, se sentía parte de la familia, y sobre todo, sentía a Albert como si fuera su propio hijo. Luego, cuando él había adoptado a Candice, a pesar de que al principio ambas no se llevaban bien, con el tiempo aprendieron a tenerse confianza, hasta llegar a sentir un inmenso cariño la una por la otra.
-Es todo culpa de la señorita Candy, Dorothy. Es ella la que me lleva por mal camino. –Respondió Albert con fingida inocencia.
-¡Ah sí, cómo no! Esto no habría pasado si hubieses agarrado con fuerza el paraguas –se defendió la rubia -Tenías que haberlo visto Dorothy, el gran William Albert Andrew corriendo tras un paraguas que hasta parecía burlarse de él. Por cada paso que Albert daba, el paraguas se alejaba un par de metros ¡jajaja! –Candy no paraba de reírse.
-Esto no hubiese pasado si hubiésemos tomado el coche –refunfuñó Albert, frunciendo el entrecejo.
-¿Acaso te arrepientes? Si la lluvia estaba hermosa –contestó Candy con una dulce e inocente sonrisa.
Albert no contestó más, estaba muy entretenido secándose, frotándose la toalla por el pelo.
-Bueno, pero ahora basta de diversión niños. Quiero que ambos vayan, se den una ducha caliente, y que se pongan ropa seca. No quiero que ninguno se enferme ¿está claro?
-Sí, Dorothy… -respondieron al unísono, como un par de criaturas.
Al cabo de media hora, Candy ya salía de entre el vapor caliente del baño, completamente perfumada, envuelta en una toalla. Y conectando el secador de pelo en un enchufe, lo encendió, y comenzó a peinarse luego de colocar un poco de crema para peinar por las largas puntas de su cabellera rubia rojiza. Estaba tan concentrada en desenredar los nudos que formaban sus rizos que no escuchó el sonido que su móvil hacía, indicando que le había llegado un mensaje instantáneo.
Luego, una vez que decidió dejarse el pelo suelto como siempre hacía cuando acababa de bañarse, buscó en su armario un delicado pero sencillo vestido blanco floreado, con tiritas por los hombros y que caía libremente hasta los tobillos. Unas simples sandalias de color crema, terminaron con su atuendo de viernes lluvioso por la tarde.
Estaba buscando en su joyero alguna cadenita que pudiera combinar con el vestido, cuando escuchó el silbido de su teléfono celular.
Era Annie, quien le escribía por WhatsApp, aquella famosa aplicación de chat. Soltando un fuerte suspiro, Candy se sentó en su cama, y se preparó para contestar. Ya que de por sí se imaginaba la reacción de su amiga, al contarle todo aquel pequeño embrollo donde estaba metida.
Annie: ¡Candy! ¿Por dónde andabas? Te llamé a tu apartamento pero no contestó nadie.
Candy: Hola Annie! No, es que estoy en Lakewood.
Annie: ¿En Lakewood? ¿Pero qué haces allí?
Candy: Estoy con Albert.
Annie: ¡Albert! ¿Cuándo regresó?
Candy: Esta semana.
Annie: ¿Y tú qué haces allí con él? ¿Acaso no estabas de guardia este fin de semana?
Candy: Sí, bueno… Es que surgió algo urgente, y entonces Mary Jane me dio permiso.
Annie: ¿Algo urgente?
Candy: Sip…
Los dos símbolos que aparecieron al lado de su frase, le indicaban a Candy que Annie había leído su respuesta. Pero el hecho de que tardara tanto en contestar, significaba nada menos que no estaba conforme con ella.
Annie: Vamos Candy. Desembucha.
Candy: Bueno, es que… Por este fin de semana soy la esposa de Albert.
Annie: ¡¿Qué?!
Paty: ¡Qué!
Candy no pudo hacer más que reír.
Candy: ¡Ey, Paty! Ya me estaba preguntando cuánto tardarías en aparecer.
Hacía bastante tiempo habían creado un grupo sólo para ellas tres, en la aplicación de mensajería instantánea más famosa del momento. Así, cuando quisieran hablar las tres juntas, podrían hacerlo desde ahí sin ningún impedimento. "Las chicas superpoderosas" habían llamado a su especial grupo de chat, en honor al famoso dibujo animado, además de que en uno u otro sentido, todas habían sobrevivido a alguna catástrofe sentimental en sus vidas.
Paty: ¡Por Dios Candy! ¿De qué estás hablando? ¿Cómo es que ahora eres la esposa de Albert?
Candy dio otro profundo suspiro, y haciendo hasta lo imposible por ser bien clara, les explicó todo el asunto.
Paty: Vaya…
Annie: Totalmente…
Candy: Sip…
Paty: Pero Candy… ¿Estás segura? ¿Recuerdas tus sentimientos hacia él, no?
Annie: Paty tiene razón, Candy. No sé si es lo que te conviene, teniendo en cuenta lo que sientes por él... Aunque… Tal vez ésta sea la oportunidad que estabas esperando…
Candy: ¿Oportunidad?
Annie: Sí, Candy. Piénsalo un poco. Él necesita una esposa de fin de semana, y a la única que se le ocurre pedírselo es a ti. Él sabe que deben aparentar ser cariñosos, besarse en público y demás. Y va y te lo pide a ti ¿entiendes? A ti, a nadie más
Candy: Él está enamorado de otra mujer
Paty: ¿Enamorado, de quién?
Candy: No me lo dijo. Además mi loco enamoramiento por él fue hace mucho tiempo, ahora las cosas son distintas.
Annie: ¿Segura? Porque si mal no recuerdo, en la navidad pasada no le podías sacar los ojos de encima. Te derretías por él. Además, si eso de que está enamorado de otra mujer fuera cierto, ¿por qué no se lo pidió a ella?
Paty: ¡Eso! ¡Y en su cumpleaños! ¡No se olviden de cómo lo miraba Candy en su cumpleaños!
Candy dice: Yo no me derretía y en su cumpleaños me súper comporté re bien, no sé de qué hablan…
Annie: ¡Claro que te derretías! Aunque derretir es poco para cómo lo mirabas ¡jajaja! Candy estábamos junto a ti, y te conocemos más que nadie Sabemos que tus sentimientos hacia él no han cambiado ni por un milímetro
Candy: De todas formas, tampoco tengo idea de por qué no se lo pidió a la mujer de la cual está supuestamente enamorado. La verdad, es que cada vez entiendo menos…
Annie: Tal vez sí se lo pidió, Candy… a ti...
Candy se quedó mirando aquellas últimas palabras de Annie que brillaban en la diminuta pantalla.
-Ojalá fuera cierto… -se escuchó desear.
¡Maldición! ¿A quién quería engañar? Claro que todavía estaba total e irremediablemente enamorada de él. Ella lo sabía, su corazón lo sentía, y su cuerpo vibraba cuando él estaba cerca. ¡Dios! Si con tan sólo una mirada podía dejar todo su mundo patas para arriba.
Paty: Candy… sólo no queremos que salgas lastimada. ¿Lo entiendes, verdad?
Annie: Sí, Candy... Está bien que lo ayudes, y más si es por una causa tan justa y noble como ésa, pero… Sólo ten cuidado ¿sí?
Candy dio un profundo suspiro.
Candy: Sí... Las quiero muchísimo ¿lo saben, no?
Annie: Claro que sí Candy, nosotras también te queremos un montón
Paty: Y estamos para lo que necesites, no lo olvides
Candy: Gracias chicas, gracias por siempre estar ♥
Candy se despidió de sus mejores amigas, cerró el chat, y guardó el móvil en su bolso.
Caminando pensativa se dirigió hacia la enorme ventana de su dormitorio que daba al jardín. La lluvia caía incesantemente, dando la impresión que una blanca neblina cubría al hermoso rosedal que se abría frente a ella. Conocía esa mansión desde pequeña, ya que fue ése su primer hogar cuando fue adoptada por los Andrew. Sin embargo, su impresionante belleza siempre la sorprendía.
Sus amigas tenían razón ¿qué estaba haciendo allí? Si le era imposible controlar a su alocado corazón cada vez que aquellos cristalinos ojos celestes se posaban en ella. ¿Y si él la besaba? ¿Cómo iba a reaccionar ella? Porque algo era seguro, el hacerse pasar por su esposa, significaba nada menos que dejarse abrazar y besar por él. Debían aparentar estar infinitamente enamorados el uno del otro. Claro, eso a ella no le costaría ni lo más mínimo, pero las atenciones de él de seguro le llegarían hasta lo más hondo de su ser, y no sabría cómo podría levantar un muro alrededor de su corazón tan rápido. ¡Dios! Debía protegerse, hacer hasta lo imposible para que la dulzura de Albert no le llegara a su corazón y no la hiciera ilusionarse en vano. ¿Pero cómo demonios haría algo así? Si ya de por sí estaba completamente derretida de amor por él. Y de repente, como si un temblor abriera su mundo, se dio cuenta: una vez que los Rockefeller llegaran al día siguiente, ella ya no tendría escapatoria. "No podemos cometer errores" le había dicho Albert. Y eso dejaba implícito muchas cosas, entre esas, que deberían compartir la cama… ¡Oh, Dios! ¿Cómo demonios haría algo así, sin salir lastimada en el intento?
Con un fuerte suspiro, Candy apoyó la frente sobre el vidrio. Debía calmarse. Sabía que sólo en ella estaba el poder tanto de ayudar al hombre que más amaba en el mundo, como de salir ilesa en el intento. Lo único que debía hacer era calmarse, centrarse, encerrar todas aquellas locas ilusiones en lo más profundo de su corazón, y mantener la cabeza bien fría.
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus cavilaciones.
-Candy –esa dulce voz…
Ella se giró y lo vio parado frente a ella con una irresistible sonrisa en su rostro. Vestía un jersey negro con mangas cortas y unos jeans que le calzaban deliciosamente bien. ¡Demonios! Albert vistiera lo que vistiera, siempre se veía increíblemente guapo. Antes que empresario, debería haber sido modelo. "Si, un hermoso modelo de ropa interior…" Sacudió fuertemente la cabeza al pensar en aquello.
–Dorothy nos preparó una deliciosa comida casera para almorzar –continuó Albert, mirándola con cariño – ¿vienes?
-Sí, sí... –Se apresuró a contestar.
Quiso pasar lo más rápido que pudo al lado suyo, pero una fuerte mano sujetando la suya, la detuvo. Ninguno de los dos apartó la mirada del otro, mientras salían del dormitorio, y Albert cerraba la puerta tras de sí. Y así, tomados de la mano caminaron, lentamente y en silencio hacia el comedor.
Candy lo único que podía sentir era a su alocado corazón que no dejaba de latir dentro suyo. "¡Traidor!" Recriminaba a su pecho, con su mente.
Dios... Definitivamente, aquel iba a ser un largo fin de semana. De eso, estaba completamente segura.
*Aclaración: La descripción del jet privado y alguna que otra cosita más, fue basado en la serie Crossfire de Silvia Day.
Capítulo V
Pídeme lo que quieras…
La lluvia todavía caía constantemente sobre Lakewood y Candy no podía dejar de disfrutar de ello. Le encantaba escuchar aquel cristalino sonido de las gotas cayendo sobre la tierra, amaba aquel fino golpeteo sobre los cristales de las ventanas. Siempre había amado la lluvia, desde pequeña. Porque siempre aquel fenómeno meteorológico conseguía envolverla con una extraña energía melancólica. Conmovida inspiró profundamente y abrió los ojos. Frente a ella se encontraba Albert, tan guapo como siempre, hablando enérgicamente. Luego de almorzar se habían reunido en la biblioteca, para hablar de lo que podría ocurrir en los próximos días. Los Rockefeller llegaban la mañana siguiente, y por lo tanto debían organizarse muy bien antes de tiempo. Ambos se encontraban parados frente a frente, muy cerca de las inmensas ventanas que daban al jardín de las rosas. A un costado del salón se veía las luces danzantes del fuego de la chimenea, y a su alrededor cientos de libros puestos en inmensos libreros de madera antigua. Candy adoraba aquel lugar. Ni bien entraba allí se sentía como si hubiese caído en el agujero del conejo, ingresando inevitablemente al país de las maravillas. Amaba abrir cualquier libro y meter la nariz entre las páginas. Le encantaba sentir el delicioso aroma a historia y fantasías. Desde que había sido adoptada por los Andrew, aquel era su sitio preferido dentro de aquella mansión. Recordaba cómo cuando era pequeña, siempre se quedaba por horas leyendo cuanto libro caía sobre sus manos. Sencillamente amaba perderse en aquellos mundos llenos de criaturas fantásticas y romances eternos.
El chasquido de unos dedos frente a su rostro logró sacarla de sus ensueños.
-¡Ey, Candy! ¿Me estás escuchando?
-¿Eh? No… Lo siento Albert, ¿qué decías? -rápidamente le dio la espalda y buscó las tazas de café que Dorothy les había preparado. Cerrando los ojos tomó un largo sorbo, dejando que aquel delicioso aroma llenara todos sus sentidos. Mmmmh, oh sí… Aquello era sublime... Lluvia, café, libros y Albert, una hermosa combinación… Simplemente perfecta...
Albert se detuvo tras ella y pasó uno de los brazos por su costado, agarrando la otra taza de café que reposaba sobre el escritorio. Candy sintió un pequeño estremecimiento al sentirlo tan cerca.
-Te estaba diciendo que diremos que nos casamos durante un viaje de fin de semana en las Vegas. Que fue todo muy rápido pero que no nos arrepentimos en absoluto, porque nos amamos con locura.
Albert la miraba seguro y con cierto brillo en sus hermosos ojos celestes. Pero aún así, un viejo y conocido pensamiento cruzó por la mente de Candy. Había algo que al menos ella, no había tenido en cuenta.
-Albert, ¿y la tía Elroy?
-¿Qué pasa con ella?
-Que se va a enterar, y no le va a gustar…
-Lo sé, por eso pienso hablar con ella también.
Candy abrió enormemente los ojos.
-¿Qué? Estás loco. Te va a odiar Albert, y va a hacer lo imposible para que John sepa la verdad.
-No creo que se anime a tanto.
-¿Que no lo crees? Albert, me extraña. Como si no la conocieras. Me odia, ¿entiendes? Jamás permitirá que una persona de tanto poder como John Rockefeller Jr piense que el cabeza del clan Andrew se casó con una huérfana. Sería una vergüenza para ella, y para toda la familia Andrew... -dijo esto último bajando la voz considerablemente.
Albert le quitó el café de las manos y dejó sus tazas sobre el escritorio. A continuación posó sus dedos sobre sus mejillas y le levantó el rostro, mirándola fijamente. Había cierto brillo extraño en su mirada que hizo que el corazón de Candy comenzara a latir rápidamente.
-Pequeña… Jamás casarse contigo será un vergüenza ¿lo entiendes? Para nadie, y menos para mí.
Se quedaron en silencio por incontables segundos, mirándose uno al otro. Candy comenzó a sentir las yemas de los dedos de Albert acariciando sus mejillas. Su corazón no dejaba de latir como un loco, mandando sangre a borbotones por todo su cuerpo. Un inmenso calor envolvió su rostro, aumentando su vergüenza por aquel rubor que no podía ocultar. Sus rostros estaban cada vez más cerca, y sus respiraciones comenzaron a mezclarse en aquel reducido espacio.
Albert no dejaba ni un segundo de mirarla fijamente a los ojos.
-Ahora… -susurró él muy cerca de sus labios- ¿estarías de acuerdo si practicamos un poco?
Candy se sentía mareada, no podía pensar con claridad. Hasta le parecía imposible mantener abiertos sus ojos, sus párpados le pesaban. Poco a poco iba cayendo en un remolino de emociones, inmenso, incontrolable...
-¿Practicar?
-Sí, practicar… -Albert comenzó a acariciarle la nariz con la suya, mientras sus dedos no dejaban de hacer dulces mimos sobre sus mejillas.
Un zumbido sordo se instaló en los oídos de Candy, haciendo que lo que ocurría a su alrededor fuera imposible de escuchar.
-¿Qué? –preguntó. El olor a hombre la rodeaba, invadiendo sus fosas nasales, instalándose en su sangre, recorriendo sus venas, mareándola cada vez más y más.
-Candy... –la llamó.
Ella abrió los ojos con dificultad, percatándose por fin que Albert estaba a escasos centímetros de su boca. Él la miraba con ardor, con pasión, mientras se aseguraba que ella entendiera lo que estaba por pasar.
-¿Qué? –volvió a preguntar.
-Te voy a besar –respondió él, posando finalmente sus labios sobre los de ella.
El beso fue suave y lento. Albert se tomó su tiempo para recorrer los labios de ella, mientras continuaba acariciando sus mejillas. Candy en un primer momento no entendía qué ocurría. Se quedó inmóvil en aquellos brazos, tratando de lograr que alguna neurona hiciera sinapsis con otra, para poder reaccionar de alguna manera. Pero le era prácticamente imposible. Sólo podía sentir aquellos cálidos y húmedos labios sobre los suyos, recorriéndola, adorándola... Cuando por fin estaba logrando salir de aquella nebulosa de deseo, Albert se separó lentamente. Una corriente de cálido aliento recorrió sus labios húmedos. Lentamente fue abriendo los ojos y entonces lo vio, un risueño Albert la miraba con unos ojos inmensamente celestes y brillantes. Aún continuaba acariciando sus mejillas, pero la mirada ardiente poco a poco fue sustituyéndose por una más amistosa. El cambio fue tan gradual y tan increíble, que Candy dudó si no lo había soñado.
-¿Y, qué tal estuvo? –preguntó, separándose finalmente de ella.
Candy se tambaleó un poco al perder el apoyo, pero trató de disimularlo lo más que podía. Girándose rápidamente sobre sus talones, volvió a agarrar su taza de café, y caminó hacia las ventanas, con la mirada fija en la lluvia torrencial que caía sobre el jardín. Necesitaba enfriarse un poco para pensar con claridad. ¿Qué diablos acababa de ocurrir? ¿Acaso había pasado lo que ella creía que había pasado? ¿Acaso Albert la había besado? ¿En serio? ¡Dios mío! Y por sus estúpidos nervios casi se lo había perdido. ¡Maldita sea! Tuvo que hacer memoria y pasarse los dedos varias veces sobre los labios aún húmedos para cerciorarse que no había sido un sueño.
-Candy, ¿estás bien? –la voz de Albert se sentía preocupada tras ella, y Candy se tuvo que patear mentalmente por su reacción. Por Dios, si hasta casi parecía una adolescente a quien acababan de dar su primer beso.
Inmediatamente se giró y lo miró con una amplia sonrisa.
-Sí, Albert. Estoy bien.
Una leve sonrisa apareció en los labios de él, pero todavía se lo notaba inseguro.
-Perdón por haberme tomado ése atrevimiento… Pero es que debíamos hacerlo para que mañana no nos sorprenda tanto y parezca algo natural entre nosotros. –Albert tenía las manos puestas en la cintura y la miraba con cierta culpabilidad.
Candy lo comprendió y se obligó a esconder bajo su piel el torrente de sentimientos que la invadía. Caminó hacia él y le tomó las manos.
-Está bien, Albert. Lo entiendo, y estoy de acuerdo. No te preocupes. Ya no soy una niña, y puedo manejar estas cosas. Es sólo que me sorprendió, es todo. Y sí, estuvo muy bien. Fue un primer beso perfecto –le dijo guiñando un ojo.
Albert sonrió relajando sus hombros visiblemente. Y sin soltar sus manos, la guió hacia un sofá que había a un costado, donde se sentaron. Luego buscó algo en el bolsillo de su pantalón, sacando una pequeña cajita negra. La abrió, y dentro de ella se veían dos brillantes alianzas doradas. Sacó una, y tomando la mano izquierda de Candy la deslizó suavemente por su dedo anular. Un escalofrío recorrió completamente la columna vertebral de la rubia. Luego ella imitándolo, agarró la mano izquierda de él, y tomando la otra alianza que quedaba en la cajita, también la deslizó suavemente por el dedo anular. Sorprendida vio cómo ambas manos se entrelazaban, haciendo brillar las alianzas doradas. Los anillos eran de un tamaño perfecto. No pudo evitar preguntarse cómo Albert conocía tan bien sus medidas. Inmediatamente levantó la mirada, y vio que Albert también tenía la mirada fija en sus manos. Aquello no era algo normal… ¿Qué realmente estaba ocurriendo allí? Todo era muy íntimo, demasiado íntimo.
-¿Y ahora, qué más falta? –preguntó ella, obligándose a salir de aquella ilusión y logrando que Albert diera un pequeño respingo en su lugar.
Candy sabía perfectamente lo que debía hacer. Debía mantener los pies sobre la tierra. Debía obligarse a mantenerse despierta y a ser realista. Debía esconder todo aquel maremoto de sentimientos bajo cuatro llaves en lo más profundo de su ser. Porque a pesar de todo lo que estaba ocurriendo, a pesar de que su corazón palpitaba como un loco en su pecho, aún recordaba las palabras de Paty y de Annie. Aún recordaba cómo le habían insistido para que no se ilusionara. Y mientras apretaba fuertemente los dientes, no dejaba de darse cachetazos mentales. Porque lamentablemente aquello era una farsa y nada más que una farsa.
Albert se puso de pie, y aclarándose la garganta se dirigió al sector de las bebidas.
-Bueno… -respondió con voz ronca- ahora lo único que falta es ponernos de acuerdo sobre las noches… -Y sirviéndose una medida de whisky, se la bebió de un trago.
Candy pestañeó sorprendida. Ella aún no se había movido del sofá.
-¿Las noches?
-Sí… -contestó Albert meditabundo. Luego de unos segundos se giró y la miró fijamente. –Candy, por este fin de semana eres mi esposa. ¿Dónde crees que deberías dormir?
Ella abrió los ojos como platos.
-¡Debes estar bromeando!
Albert se apoyó en el escritorio y cruzó los pies a la altura de los tobillos. Su postura expresaba claramente que aquello era indiscutible.
-No, no es ninguna broma –respondió tranquilamente.
Su mirada era determinante. Estaba claro que no aceptaría un no como respuesta. Su cuerpo entero irradiaba poder y autoridad. Y Candy hasta parecía sentir que unos hilos invisibles la tironeaban, incitándola a obedecer sus órdenes sin rechistar. Así de fuerte era la autoridad de Albert en aquel momento. Y ella estaba segura que era así cómo aquel hombre se movía en los negocios. No en vano era un empresario sumamente exitoso.
-Albert… -inspiró profundamente. –Estoy de acuerdo que debemos compartir dormitorio. Pero no encuentro ninguna lógica razón para compartir la cama.
-No puede haber errores, Candy… Si llegaran a entrar a la habitación y nos encontraran durmiendo separados, todo el esfuerzo hecho se iría directamente al tacho de basura.
-Pero Albert…
-Candy… -la interrumpió, usando un tono de voz tranquilzador-. Te prometo que no va a pasar nada que no quieras…
Ella lo miró sorprendida. Pero no sorprendida por él, sino por sí misma. ¿Cómo podía dudar de Albert? Si era justamente Albert, el hombre que la cuidó y la protegió desde que era una niña. Sabía que no había nadie más bueno que él, en todo el planeta tierra. Entonces, ¿por qué dudaba tanto? Miró sus manos, fijándose detenidamente en la alianza dorada que adornaba su dedo. Y lo comprendió… No dudaba de él, sino de ella misma… Porque ¿hasta dónde su corazón soportaría aquella dulce cercanía? ¿Hasta qué punto podría fingir que no pasaba nada? ¿Hasta qué punto podía ocultar que estaba enamorada? Lentamente, Candy levantó la mirada y lo observó detenidamente. Albert la miraba con una seriedad absoluta, sin descruzar los pies, sin moverse de su sitio. Era innegablemente un hombre muy atractivo. Vestía un jersey negro mangas cortas y un pantalón vaquero que le quedaba tan deliciosamente bien, que le hacía agua la boca. Sin poder evitarlo, levantó un poco más la vista y vio que él estaba esperando. Y entonces se dio cuenta que él quería cerrar este acuerdo. Lo veía en sus ojos. Él quería ganar. Su mirada era firme y tremendamente inflexible. Tenía los ojos puestos en ella como si se trataran de un rayo láser. No quería un no como respuesta, no lo esperaba. Y no estaba por permitir por nada en el mundo que ella se negara.
-De acuerdo… -se oyó decir, mientras en su mente se preguntaba una y otra vez por qué había aceptado.
Albert le sonrió y en sus ojos apareció un brillo de triunfo y satisfacción. Y entonces, Candy horrorizada lo comprendió. Estaba ante un hombre extremadamente sexy e implacable. Un as en los negocios. Un hombre que cuando quería algo, iba a por ello y lo conseguía. Estaba ante un hombre que cuando quería algo emanaba tanto poder y autoridad, que inmovilizaba automáticamente a su presa. Oh Dios… Estaba ante un hombre a quien definitivamente no podía decir no…
Oh Dios... Estaba en problemas, realmente en problemas...
Continuará…