Despertares.
Por Sadness
Fanficción escrito especialmente para el Festival de Fanficciones 2014.
Advertencia: situaciones o lenguaje de naturaleza sexual que pueden incomodar a personas sensibles a ello. Leer bajo tu propio riesgo.
En la penumbra de esa alcoba, apenas iluminado por la luz tenue de una lámpara, se observa una silueta abriéndose paso con cierta dificultad en aquella oscuridad. A pesar de ello, logra llegar hasta su objetivo, se detiene e inclina, y se hace con toda delicadeza de un pequeño envoltorio; apenas intenta dar el primer paso llevando su pequeño tesoro, cuando de una esquina de la habitación, le marcan el alto, una voz varonil
-¿Quién anda ahí?- acto seguido, ilumina con una linterna de mano, hacía donde se encuentra el intruso.
Más bien, intrusa, una hermosa trigueña, enfundada en un traslúcido y escotado camisón, que permite a quien la observa, adivinar que debajo de éste, existe la ausencia total de ropa interior, y como un bonus extra, deleitarse en la exquisita sinuosidad de las curvas de esa anatomía femenina.
-¡Aaaghh!- La fémina, tomada por sorpresa, apenas logra ahogar el grito de sorpresa.
Como un acto reflejo, estrecha en forma protectora el pequeño bulto que sostiene en sus brazos y se pone a la defensiva:
-¿Quién eess?- Tratando en vano de ocultar su temor.
De donde provino la voz masculina, se yergue imponente la figura de un hombrón, que se acerca hacia ella.
La chica, intenta huir, pero sus piernas no le obedecen, y su corazón late a toda prisa, que amenaza con estallarle en cualquier momento. Un haz de luz, dirigido a su rostro, le hiere los ojos, instintivamente, se cubre con una de sus manos el rostro.
-¿Patty?-Ahora, identifica la voz, y la calma le vuelve al cuerpo.
-¿Albert? ¿Qué hace usted aquí? – Y en esta parte, se siente estúpida,- ¿Qué hace usted aquí? ¿Qué va hacer? ¡Si es el dueño de esta mansión, por todos los cielos Patty, se más coherente con tus diálogos!-se reprocha interiormente, la joven.
Mientras, el rubio en silencio, soporta la lluvia de cuestionamientos de la trigueña, con la linterna recorre la anatomía de la chica, que no está consciente del todo, de su comprometedora situación, lejos de la protectora privacidad de su alcoba, semidesnuda y a solas con un hombre.
-No podía conciliar el sueño- carraspeando un poco para aclarar la voz y recobrar su perdida compostura. El rubio era consciente de su reprobable acto, un caballero, jamás recorrería con cierta carga lasciva la anatomía de una dama, y una dama ajena a él. –Cuando, no puedo conciliar el sueño, vengo a la habitación de mi pequeño- continúo su explicación, Albert.
-Siento, haberlo asustado, Albert. Al igual, que usted, está noche, no podía conciliar el sueño, con esta ola tan rara de calor, es imposible que alguien pueda dormir- La chica argumentaba la razón de su intrusión, ya más serena y entrada en confianza.
-¡Ahhh!- Un grito apenas audible, acompañado de un respingo por parte de Patricia O`Brien, interrumpió la conversación que ambos sostenían.
-¿Pasa algo?- pregunta el rubio y solícito se acerca hasta la chica para auxiliarle.
La chica aún turbada, no responde, sólo se limita a inclinar su torso, sin dejar de mecer al pequeño bulto que sostiene en brazos, un rubito que succiona con avidez, el pezón virgen de Patricia. A cada succión, el otro pecho de la joven va cobrando vida, a través de la tenue seda del camisón se puede observar cómo va tornándose turgente, adivinándose el aumento de su volumen, su redondez.
Patricia, intenta retirarle el pezón de la boca de la criatura, pero con este movimiento, sólo lograr vulnerarse más, el tirante del brazo libre, resbala de forma por demás lujuriosa dejando al descubierto la redondez de su hombro y el generoso espectáculo de sus senos, redondos, , seductores, tentadores como la legendaria manzana del pecado original.
Albert, mudo espectador, no puede reprimir una erección en su virilidad, que dormida, aletargada por voluntad propia, hoy, rompe esas cadenas y se libera, fluye natural como cauce de un salaz río.
El rubio, siente una descarga eléctrica recorrerle de su entrepierna a lo largo de su columna vertebral. El hombre, se siente abochornado por la respuesta autónoma de su cuerpo, pero era de esperarse, después de haber contenido todo asomo de carnalidad por largo tiempo.
Hacía poco más de un año, que había enviudado, y desde entonces, se había mantenido célibe por voluntad…demasiado tiempo como para ordenarle a su cuerpo, no reacciones así.
Patricia, logra retirar su pezón de la boca del pequeño, y le ofrece a cambio su meñique, el crío, no está satisfecho y comienza a berrear. En este estira y afloje, se concentró la joven, que se olvidó del padre.
Estuvo consciente de nuevo, de la presencia de éste, cuando, sintió a sus espaldas, una respiración entrecortada, unos brazos rodeándole el talle, y una tumefacción a la altura de su derierré, que le rozaba de forma tímida al principio, para tornarse atrevida luego.
Este abordaje, le tomó tan de sorpresa, que dudo un poco, entre abandonar al crío en la cuna o hacerse la desentendida, haciendo de cuenta “que la virgen le habla”, es decir, no pasa nada.
Conforme, el rubio, se iba tomando más confiancitas, y el cuerpo de Patricia, se volvía más descarado ante éstas, optó por acomodar al “chillón” en la cuna y poner en alto, el atrevimiento del padre.
-¡Basta!- volteando furibunda -¿Qué le sucede Albert? ¿Qué comportamiento es éste? ¡Nunca, lo hubiera creído de usted!- Al punto del llanto por la indignación. Y cruzando el rostro del rubio con una bofetada.
Cuando, se preparaba para acertar una segunda, Albert, la esquiva y se apodera de la mano castigadora. Patricia, pugna por liberarse, pero le es imposible. Le asusta, observar un brillo colmado de lujuria en la mirada otrora serena y apacible del rubio.
Este, la atrae hacía sí, basta sentirle cerca, para que ella pierda, todo asomo de raciocinio, prudencia, pudor o cualquier otro rastro de cordura.
El la besa con urgencia, ella no le rechaza. Él, se detiene, la retira un poco, busca su mirada, la mira con extrañeza, como buscando en sus recuerdos recientes. Ella, está a punto, de dar la media vuelta y huir; comienza aflorar en ella, su baja auto-estima.
-¡Estúpida! ¿Qué te creías, que un hombre como él, iba a poner sus ojos, en alguien tan insignificante como tú?- La joven, no soporta, esa breve indecisión en él.
Sacude su cabeza, como para ahuyentar sus propios demonios, y a punto de emprender la huida, él la toma de la barbilla, la mira con ternura infinita y se apodera de la carnosidad de sus labios y la estrecha entre sus brazos.
Ella, exageradamente pudorosa y en extremo tímida, se deja hacer por él. Cual si fuera, un artista, el rubio va esculpiendo con tiernas y atrevidas caricias el deseo carnal, en esa anatomía femenina adormecida. Y al igual, que Pigmalión, Albert, cae rendido ante la belleza recién descubierta de su propia obra.
Más tarde, en pleno reposo de la refriega carnal; él, la estrecha protector entre sus brazos, deposita tiernos y cortos besos sobre el rostro de Patricia. Tierno, le retira algunos mechones húmedos de la frente y delinea, su hermoso rostro con el dedo índice, lo hace con tal parsimonia, como tratando de fijar permanentemente cada detalle en su mente.
De nuevo, esa inseguridad que siempre le acomete, empieza a sabotear la confianza de Patricia. -¡Dios, de nuevo esa mirada! No debí. No fue correcto-
-¿En qué piensas cariño?- Le cuestiona el rubio, sin dejar de acariciarle el rostro.
Patricia se arma de valor, ¿Qué más puede perder? – Albert, ¿Por qué titubeaste al hacerme el amor? ¿No te resulté atractiva? ¿Fue por eso?-
El semblante tierno de Albert, cambia por uno arisco, se separa de la chica y se incorpora algo indignado y la confronta:
-¡Patricia, por todos los cielos, nunca más vuelvas a decir esas tonterías! Realmente, eres irresistiblemente atractiva. No fue titubeo, pero no quise que esto sólo fuera un deshago carnal ocasional. No me interesa una relación efímera, carente de todo sentimiento afectivo.
No fue titubeo, sólo que al perderme en la profundidad de tu mirada, me sentí protegido, cobijado, colmado de una ternura que hacía mucho no recibía de una mujer.
Y lo más importante, no quería que fueras un sustituto de esa mujer que amé profundamente y que me dio un hijo. A pesar, que te deseaba no quería esto para ti, no era correcto.
Pero al mirar tus ojos, tuve la seguridad, que el pasado había quedado atrás, que podía mirarte, sin pensarle, sin desearle a ella…encontré de nuevo el amor en ti.
-¡Albert, yo..!- No la dejo continuar, sello toda duda con sus labios y reanudaron el preámbulo amoroso.
Ella, experimentando su recién descubierta sensualidad, y él, disfrutando de nuevo “hacer el amor” con la persona amada.
FIN