TEMPORALIDAD
Minific Por Caro
Senegal, verano de 1914
El sol se cansó de luchar contra el temporal y la noche acabó con su tenue iluminación. El cielo se oscureció, las nubes se pusieron más pesadas. El viento empezó a fortalecerse, controlando la lluvia para que golpeara con el poder suficiente para dañar la vegetación y las viviendas endebles. De vez en cuando se escuchaba el murmullo de las grandes bestias que buscaban guarecerse de la lluvia. Así era la vida en ífrica.
"¿Cuándo dejará de llover?"
Albert levantó la vista de sus apuntes, sonriendo mientras la joven enfermera arrojaba el viejo periódico alemán que había tratado de leer y salía del salón. Poupeé salió corriendo detrás de ella. Las otras enfermeras evitaban a toda costa tener contacto con su mascota, mientras que Meredith la cubría de mimos.
Sacudiendo la cabeza, regresó a su manual de primeros auxilios para reforzar lo aprendido en el curso de Londres, hasta tenía una lista de preguntas para el doctor Foster. Habían visitado aldeas cercanas a Dakar (capital del Senegal desde 1902 ubicada en la parte más al occidente del país en la península de Cap-Vert) y el plan era dirigirse a Saint Louis (la antigua capital) que está en la frontera con Mauritania.
Sin embargo el arribo tardío de unos doctores franceses había retrasado la salida del grupo. Así que además de las fallas en el transporte y el personal ahora tenían que lidiar con la borrasca que inició alrededor de mediodía. La temporada de lluvias en esa región del ífrica duraba de junio hasta octubre; bueno para la sobrevivencia de sus habitantes, complicado para aquellos que necesitaban viajar.
Anotó otra pregunta y se sonrió. Aunque estaba entusiasmado con la idea de ser voluntario, no le molestaba haber cedido su puesto en el convoy de avanzada a ese médico italiano. En este instante, prefería dedicarse a sus notas, ponerse al corriente aunque fuera con periódicos de hace semanas y estar con su amiga enfermera.
La joven regresó con Poupeé en brazos. "No me puedo acostumbrar a esta lluvia incesante," dijo con pesar, mientras le acariciaba la barbilla a la mascota. "Y por favor no me recuerdes los beneficios del agua en la flora y la fauna."
Albert soltó una carcajada. "No lo haré. ¿Y qué están haciendo los demás?"
"Se retiraron a sus habitaciones. El guía dijo que si el clima lo permite, saldremos mañana después del desayuno."
Albert se llevó el lápiz a la boca viéndola como dejaba a la mofeta en la mesa para revisar la pila de periódicos. Era más alta que Candy, pensó, le rozaba el hombro. Se había quitado la cofia. Traía el cabello recogido en una cola de caballo, pero la prefería con el cabello suelto. Aquel pelo rubio y brilloso bordeaba su rostro de bellas facciones, con esa mirada aguamarina y esa sonrisa contagiosa que lo visitaba en sus noches de insomnio. Su cuerpo enfundado en ese uniforme severo de enfermera no lograba esconder sus formas armónicas y muy femeninas.
"Hicimos mal en ceder nuestros lugares en el camión."
"Disfruta este tiempo libre, quién sabe cuando volvamos a tener otra oportunidad."
"Tienes razón, debería escribirle a mi familia."
"Aquí tengo papel y pluma," dijo, sacando una caja de lámina de su mochila.
"Gracias," dijo, tomando la caja que originalmente guardaba galletas de soda. "Ahora que lo pienso, eres el único del grupo que no recibe cartas, ¿por qué?"
Sonrió levemente. "No sabía que estuvieras al pendiente de mi correspondencia."
"Albert, eres el primer amigo que hice en esta aventura por ífrica, por supuesto que estoy al pendiente de tus cosas. Oye, no trates de cambiar de tema. Te vi enviar una carta hace unas semanas, ¿para quién era? ¿Familia? ¿Quizás una novia?"
"Eres muy curiosa."
"Y tú muy misterioso. Ni siquiera sé tu nombre completo. Y eso que busqué tu expediente entre los papeles de Foster."
"¡Ah! Eso es porque no existe."
"No puedo creerlo, el doctor es un hombre muy escrupuloso en ese aspecto. Tiene expedientes completo de cada uno de sus colaboradores, dice que es importante que todos estén plenamente identificados en caso de una contingencia."
"Bueno, supongo que conmigo se saltó ese requisito porque soy bueno con los animales."
"Pareciera que hablas su lenguaje y logras calmarlos lo suficiente para que se dejen revisar. Pero eso no explica porque no tienes expediente."
Entonces abrió los ojos desorbitados.
"¿Qué sucede?"
"Albert, ¿acaso eres un prófugo de la justicia?"
"¡Por supuesto que no!"
"Entonces no entiendo tu resistencia a decirme quién eres, como si ocultaras un terrible secreto."
"Simplemente soy un americano que desea ayudar."
"Al menos dime tu nombre completo."
"Meredith-"
"Por favor," dijo, poniendo sus manos sobre los hombros masculinos. "Te prometo que no se lo diré a nadie. índale, dímelo."
Albert sonrió al ver su expresión. Pequeña diabla... podría tener el mundo a sus pies si ese fuera su deseo.
"De acuerdo," suspiró de manera dramática, "mi nombre es... Albert Andrew."
Meredith se incorporó, sus labios formando una sonrisa resplandeciente. "Albert Andrew," dijo lentamente. "Me gusta... me gusta mucho."
"Gracias."
"Bueno, me contaste un secreto, ahora puedes pedirme lo que quieras."
Levantó una ceja inquisidora, esto se estaba poniendo interesante. "¿Lo que yo quiera?"
Ella sonrió coquetamente. "Excepto que te diga mi edad... eso es ultra secreto."
Albert sonrió ampliamente. "Lástima, entonces tendré que pensar en otra cosa."
"Soy toda oídos."
"¿Tienes novio?"
La sonrisa femenina desapareció abruptamente. "Hmmm... es complicado."
"¿Por qué? Estoy seguro que debes tener muchos preten-"
"Albert-"
Hizo una pausa y escuchó como respiraba profundamente antes de decir, "Por favor, no deseo hablar del tema. Quizás mañana pueda decirte..." Entonces suspiró. "Será mejor que nos retiremos."
Las habitaciones eran muy pequeñas. Una silla y una mesa que habían visto mejores días, una vela medio derretida clavada en una botella de ron y una cama con colchón de paja, pero sobre ella habían puesto un colchón de pluma y sábanas blancas.
"Al menos no dormiremos esta noche en camastros," dijo ella.
Albert no quitaba la mirada de la cama. Se imaginó a Meredith desnuda y acostada con él en esa cama. Levantando los ojos ante su ocurrencia, se dio el equivalente a un golpe mental en el trasero y observó la puerta que unía las dos habitaciones. "La puerta tiene candado, así que no tengas miedo."
Meredith volteó a verlo y le sonrió suavemente. "No es necesario que lo ponga, sé cómo cuidarme."
Tocaron a la puerta. Unos sirvientes dejaron unas cubetas de agua de lluvia y unas toallas de muselina.
La mirada de Albert recorrió de la cama a la puerta y de regreso a la chica. Le dieron ganas de quitarle ese uniforme y tomarla en sus brazos. Quería borrar esa tristeza de sus ojos.
"Bueno, te dejo para que escribas tu carta."
Meredith vio como Albert desaparecía detrás de la puerta. Era alto y delgado y se veía guapo hasta en esa gastada ropa de trabajo. En estas pocas semanas se había acostumbrado a su compañía, a su voz tranquilizadora, al palpitar de su corazón y la fuerza de sus brazos cuando la llevaba a caballo a recorrer las aldeas.
Le gustaba Albert, podría decirse que empezaba a quererlo. A veces se preguntaba que sentía Albert por ella. Recordó su mirada antes de abandonar la habitación. Era una mirada de deseo. Puede que la desee, pero no se aprovechara de ella. Albert es un hombre demasiado honorable.
Se quitó el uniforme y se dio un baño. Poniéndose un camisón blanco de algodón, se sentó en la cama para cepillarse el pelo. Escuchó a Albert moverse en su cuarto, tomando un baño como ella. Se ruborizó ante la idea de su desnudez, el agua recorriendo su piel besada por el sol y esos músculos marcados por el trabajo arduo.
Después de darse un baño, Albert se acostó, cerrando los ojos para recordar la sensación del cuerpo de Meredith contra el suyo montando a caballo. Pasaron los minutos, hasta que no escuchó ruido de la otra habitación. De seguro ella se había acostado. ¿Estará durmiendo? O quizás está pensando en él, como él está pensando con ella.
Apenas estaba conciliando el sueño cuando escuchó golpes secos en la habitación contigua. Se puso alerta al instante, dejando la cama para ayudar a su amiga.
"¡Y toma esto!"
Albert empujó la puerta con el hombro dispuesto a enfrentar a sus agresores.
"¡Meredith! ¿Estás bien?"
La encontró levantada toda despeinada y sudorosa, asiendo una de sus botas.
"Estoy bien. Me levanté por un trago de agua y vi a un escorpión arrastrándose hacia a mi cama, un poco más y me picaba en el talón, pero el maldito se encontró con la suela de mi bota," dijo, soltando el calzado.
Albert se acercó y vio la pequeña masa negra pegada al suelo. Definitivamente no causaría más problemas. Entonces recorrió la habitación. "No te puedes quedar aquí, ven a mi cuarto."
Ella parpadeó. "No es necesario, ya me ha tocado tener contacto con fauna nociva en nuestros viajes-"
"Prefiero que duermas allá para evitar más sorpresas desagradables." Y la tomó en sus brazos.
Meredith le rodeó el cuello con sus brazos por miedo a caer. "N-no puedo dejar mis cosas."
"Las revisas en la mañana," llevándola a su cuarto y cerrando la puerta con el pie.
"Tú duerme en la cama, yo dormiré en la silla."
Meredith puso las manos en las caderas. "Por supuesto que no, yo dormiré en la silla. Debes estar exhausto, ayudaste a los nativos a sacar el camión del lodo."
"No lo he olvidado. Pero no quiero que duermas en la silla."
"Albert," dijo, acercándose. "Esta cama es lo suficientemente grande para los dos, además yo confío en ti."
"¿Estás segura?"
"Completamente." Ella se subió a la cama y se cubrió con la sábana. Albert se acostó a su lado. Y para tranquilidad de ella- o más bien la suya- lo hizo encima de la sábana.
Pasaron los minutos, solo se escuchaba la lluvia golpetear el techo.
"¿Meredith?"
Ella se dio la vuelta en la cama. "Dime."
Albert se dio la vuelta para verla a los ojos. "¿Por qué viniste a ífrica?"
"Cuando me gradué de la Escuela de Enfermería del Hospital Bellevue, me fui con unas compañeras a Inglaterra para trabajar al Hospital General de Londres. Ahí conocí a Roger DeVille, un médico cirujano. El hospital tiene una política muy estricta referente a la fraternización entre médicos y enfermeras así que mantuvimos nuestra relación en secreto. Al principio fue muy divertido, escapadas a Mayfair, paseos en Hyde Park, obras de teatro, cenas románticas. Pero una noche-"
"Una noche..."
"Una noche en su departamento me pidió que me casara con él."
"¿Aceptaste?
"Sí. Me dio un anillo divino," murmuró, levantando la mano y moviendo los dedos como si tuviera el anillo puesto. "Con un diamante rodeado de pequeñas perlas. Esa noche no pude pegar los ojos de la emoción. Al día siguiente la jefa de enfermeras me pidió que la acompañara a su oficina. Temí que hubiera descubierto mi relación con Roger, pero quería ofrecerme el puesto de jefa de la sala Cambridge del hospital donde están los niños. Siempre me han gustado los niños así que me encantó la idea de encargarme de esa sala."
"¿Y qué pasó?"
"Le extrañó que no aceptara inmediatamente y preguntó si tenía algún problema. Tuve que decirle la verdad sobre Roger."
"¿No sé molestó de que estuvieras involucrada con un médico?"
"Ese fue el menor de mis problemas, lo peor fue cuando me dijo que uno de los dos tendría que renunciar a su puesto. Este hospital no permite que trabajen enfermeras casadas."
"Eso es una injusticia."
"Eso mismo le dije, pero no hubo manera de hacerla cambiar de opinión. Dijo que una enfermera sólo debía dedicarse a sus enfermos."
"¿Qué hiciste?"
"Yo quiero mucho a Roger, pero también quiero mi profesión. Tuve la loca idea de pedirle que renunciáramos y nos fuéramos a Nueva York. Estaba segura que conseguiríamos trabajo muy pronto. Fui a buscarlo para pedirle que nos viéramos en un cafetín a la salida. Aceptó gustoso porque me tenía una gran noticia."
"¿Qué noticia?"
Suspiró profundamente. "Había sido nombrado jefe de cirujanos. Estaba que no cabía de contento. Yo no era nadie para pedirle que renunciara al hospital. Pasaron los días, Roger insistía que pusiéramos una fecha para la boda-"
"Meredith," dijo, viendo como esos ojos se llenaban de lágrimas. Tomó su mano para darle un beso.
"N-no me atreví a buscarlo para cancelar nuestro compromiso. Le dejé el anillo y una carta pidiéndole que me perdonara, que no estaba segura de mis sentimientos. Renuncié al hospital y fui a la Cruz Roja para ofrecerme de voluntaria, y aquí estamos."
"¿Crees qué hiciste bien al huir de esa manera? A lo mejor Roger hubiera aceptado renunciar a ese nombramiento para seguirte-"
Le puso una mano sobre los labios. "Ya me hiciste suficientes preguntas. Ahora es mi turno."
"De acuerdo, ¿qué quieres saber?"
Todo, pensó Meredith. "Bueno, supongo que no estás casado a menos que estés huyendo de una esposa calculadora y un par de hijos desobedientes."
Albert soltó una carcajada. "No estoy casado... ni tengo hijos regados por el mundo."
"Entonces un padre dominante, qué te exige que tomes la riendas del negocio familiar."
Hizo una mueca. Quizás no un padre, ¿pero qué tal una tía?
"Algo así."
Meredith le acarició el rostro. "¿Es tan malo lo que te espera en casa?"
"No, solo quiero disfrutar un poco más de mi libertad."
"Debe haber alguien que quisiera escuchar de tus aventuras en ífrica. ¿Compañeros de trabajo? ¿Tu familia?"
Albert se imaginó a George con su expresión censora. "¿Y qué traten de convencerme de regresar?" Pregunto secamente. "Prefiero que no sepan dónde estoy."
"No seas ridículo," dijo, enjugándose las lagrimas. "Estoy segura que les encantaría recibir noticias tuyas, saber cómo la estás pasando. Especialmente esa chica."
"No, Candy entiende mi manera ser," respondió Albert, entonces se dio cuenta que había soltado la lengua.
"¡Oh! Así que se llama Candy. Sabía que le escribías a una mujer, era cuestión de observar tus cambios de expresión. Se nota que la adoras."
Albert frunció el ceño. "Bueno, todavía no es una mujer-"
Meredith lo golpeó en el pecho. "¡Albert Andrew! ¿No me digas que andas cortejando a una niña? ¡Eres un pícaro! Tsk, tsk."
Éste se ruborizó. "Ehh... no-"
"Aunque no debería escandalizarme, mi abuela Josie se casó con mi abuelo Bernie cuando apenas tenía 14 años. ¿Cuántos años tiene tu enamorada?"
Levantó los ojos. "No es mi enamorada-"
"Pero eso quisieras."
"¡Qué cosas dices!"
"Albert, solo estoy jugando." Levantó la mano para recorrer el pecho masculino, notando que la respiración de Albert se aceleraba. "Si te gusta la chica, dale tiempo para madurar. Y quién sabe... quizás se dé cuenta que tú eres su príncipe encantado."
Albert frunció el ceño. Lo veía muy difícil dado que está muy entusiasmada con Terry. A veces se preguntaba si había hecho bien al alejarse de ellos. Solo esperaba que Candy no sufriera otra desilusión. Aunque Terry era un buen tipo, podía ser implacable si se veía acorralado.
"¿Eso crees?"
"Claro que sí, además de ser muy buena gente... eres muy guapo." Su mano ahora acariciaba su cabello, estaba fascinada con la suavidad de los mechones rubios. Su mirada se enfocó en esos preciosos ojos azules y los contornos de sus labios.
Roger era guapo, moreno y de ojos marrones, pero había algo en Albert que le llamaba profundamente la atención.
"Albert, ¿te enojarías mucho si te diera un beso?"
No esperó su respuesta, simplemente presionó sus labios contra los suyos, frotándolos una y otra vez hasta que él levantó la cabeza para besarla propiamente. Cuando sacó la lengua para tocar sus labios, ella abrió la boca.
Meredith gimió suavemente, había sido besada varias veces. Algunos besos habían sido bienvenidos, otros robados, algunos los había disfrutado, otros no tanto. Pero este beso... este hombre sí que sabía besar.
Albert levantó un dedo para acariciar su mejilla, su mentón, su cuello.
Mirándola a los ojos, murmuró, "Necesito tocarte."
"Yo también," susurró.
El dedo tocó su clavícula, caminó al escote de su camisón.
Suspirando, Meredith arqueó el cuerpo, sus senos rozando su mano.
"¿Me permites verte?"
"Sí," murmuró.
Albert cedió a la tentación, desabotonando el primer botón.
"¿Quieres qué me detenga?"
"Oh no, me haces sentir cosas que nunca había sentido."
Cuando logró abrir todos los botones, se permitió disfrutar cada detalle de sus senos. El peso, la suavidad, la blancura de su piel, los pezones que se distendían con cada aliento.
"Hermosa."
"Tú me haces sentir hermosa," dijo, poniendo una mano sobre la nuca de Albert y jalando su boca a la suya.
Él le robó besó tras beso hasta que ambos terminaron sin aliento. Meredith apenas se percató cuando las caderas de Albert empezaron a moverse contra las suyas. En cuestión de segundos, sus ropas yacían al pie de la cama.
Lo rodeó con los brazos, aceptando su cuerpo caliente y pesado sobre ella. Gimió contra su boca mientras él se frotaba contra el ápice de sus piernas. Era excitante sentir finalmente lo que ocultaba en esos pantalones de mezclilla, saber lo que él quería hacer con ella. Separó las piernas, y sintió los dedos masculinos tocar la parte interna de su muslo con una ternura difícil de resistir.
Remojándose los labios, Albert entró en ella. Gruñó suavemente al percatarse de la respuesta húmeda de su cuerpo. "Déjate llevar," murmuró, mientras se deslizaba en su suavidad. Siguió dándole placer hasta que ella fue sacudida por su orgasmo y la besó salvajemente, capturando sus gemidos.
El vaivén fue más rápido, duro, esperando que ella respondiera nuevamente. Cuando empezó a sentir las contracciones de su cuerpo alrededor suyo, se permitió llegar a su propio clímax, su boca buscando la suya para evitar que sus gritos despertaran a los huéspedes.
El temporal decidió darle un respiro a esta región del Senegal. El cielo nocturno estaba siendo coloreado por los rayos rosáceos de un nuevo sol, ocultando poco a poco las estrellas. El viento llevaba el aroma a tierra mojada. Las bestias abandonaban sus resguardos para visitar los ríos rebosantes en busca de agua y alimento.
Y dentro de una pequeña habitación en una casona colonial, dos cuerpos yacían en una cama. Aunque la amistad que habían forjado en estos meses los había llevado a conocerse más íntimamente, estaban conscientes de la temporalidad de esta relación... cada uno tenía una vida a la cual debían regresar.
Finis
Julio 3, 2012
Notas: Datos de Senegal y la Escuela de Enfermería del Hospital Bellevue cortesía Wikipedia.
Fundada en 1873 en la ciudad de Nueva York, fue la primera en Estados Unidos basada en las enseñanzas de Florence Nightingale. Estuvo en operación hasta 1969.