El Tutor Indescifrable
Por Carolina
Notas de la Autora
El Manga Candy Candy (Kyandi Kyandi) y sus personajes fueron creados por Kyoko Mizuki y Yumiko Igarashi en 1974, y publicado por la Editorial Kodansha de 1975 hasta 1982. El Anime fue una producción de la Toei Animation Company Limited que fue difundida en Japón de 1976 hasta 1979.
Blossom Smith pertenece a Rocío González. Otros personajes son de mi creación. Gracias a Fran, Elia, Rocío, Cami y Mina por su apoyo y sus ideas para enriquecer este fic.
Algunos pasajes de este fic están inspirados en las películas “The Remains Of The Day“ (1993) y “Sabrina” (1995) e incluye referencias de las siguientes novelas: “Seize The Night” por Sherrilyn Kenyon (2005) y “All’s Fair In Love And Chocolate” por Laura Florand (2012) y “Let’s Misbehave” de Stephanie Draven (2013)
Este fic es la segunda parte de El Heredero Incasable (2003), Candy y Albert tienen dos años casados, y Archie y Annie se casaron hace seis meses. Ahora nos enfocaremos en otros habitantes de Lakewood que tienen sus propias historias.
Sobre la clasificación de este fic, se utilizó el sistema de las películas Estadounidenses. La mayoría de los capítulos son PG-13 (adolescentes de 13 años acompañados de un adulto) por palabras altisonantes, conversaciones para adultos y un poco de tensión sexual, pero habrá algunos que tendrán la clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por descripciones semi-explícitas de relaciones íntimas. Dicha clasificación será indicada al principio del capítulo.
Notas y referencias adicionales podrán encontrarse al principio de cada capítulo. El símbolo “~” indica un pensamiento. Y las palabras en cursiva son para enfatizar.
Gracias por su atención, y espero que “El Tutor Indescifrable” sea de su agrado.
Carolina
10/18/2015
El Tutor Indescifrable
Por Carolina
Prólogo
Pana, Illinois, 2 de abril de 1919
“¿Quién será ese hombre?”
“Probablemente un viudo millonario.”
“Debe ser un miembro de una familia noble de Europa.”
Pretendía ignorar esos comentarios mientras esperaba al capitán de meseros para que me llevara a mi mesa. Ninguno de estos turistas- el viejo coronel, la pareja de ancianos y la mujer obesa que habla en voz alta- descubrirán la verdad.
“Su mesa está lista, señor.”
“Gracias.”
Este lugar fue la casa de veraneo de una familia rica de Chicago. El dueño había perdido su fortuna en malas inversiones y obligado a buscar una manera de conservar la casa, ofreciendo comida y alojamiento aprovechando la ubicación ideal de esta ciudad desde el punto de vista comercial pues se encuentra cerca de cuatro centros metropolitanos.
Al dirigirme a la mesa, varias cabezas voltearon a verme.
“¿Crees que esté involucrado en aquel escándalo de Boston?”
“No lo creo. Se ve inofensivo.”
La curiosidad sobre el inglés misterioso recorrió el salón como pólvora. Levanté el mentón y forcé una sonrisa en mis labios. Una sonrisa que he practicado muchas veces frente al espejo.
Colocaron una servilleta sobre mi regazo y me sirvieron un vaso de Ginger Ale mientras el capitán de meseros enunciaba la lista de sopas y entremeses. Se me hizo agua la boca al escucharlo. Disfrutaba de la buena comida y disfrutaba comer en lugares exquisitos y acogedores como este.
Para cuando terminé de ordenar, el interés de los comensales sobre mi persona se había desvanecido. Regresaron a sus conversaciones con sus parejas, sus hijos, sus amistades.
Todos tienen a alguien más, yo soy el único que está solo en la hostería. Mi instinto de supervivencia me mantiene apartado. Estar aquí es igual que estar en Chicago. Solo, sin un hogar verdadero, sin una familia pro-
“El pan, señor. Recién salido del horno.”
El mesero puso sobre la mesa la canasta de bollos dorados. Después trajeron la sopa de pescado. La esencia de orégano y trucha en salsa de tomate llegó a mi nariz.
El joven pelirrojo se acercó a mi lado y murmuró, “Tiene una admiradora. Está cerca de la chimenea, pidió que le diera una mesa donde pudiera verlo.”
Levanté la vista cuando el mesero retiró el plato de sopa para reemplazarlo con un plato de salmón con salvia y laurel. La dama en cuestión me lanzó una mirada provocativa, diseñada para incitar. Era rubia y de ojos claros. Su vestido rosa revelaba más de que lo cubría. No había duda de las curvas que la adornaban. Estaba acompañada por un hombre que fácilmente le doblaba la edad y tosía estrepitosamente.
A través de los años he resistido la tentación vulgar, aunque estuviera cubierta de seda y encaje. No me provocaba darle una oportunidad de conocerme, así que me dediqué a disfrutar mi comida.
Más tarde fui al Vivero de los Hermanos Ash, uno de los principales productores y vendedores de rosas en Pana y con los que tengo trato desde hace más de quince años. En alguna ocasión el señor Stear me comentó que esta ciudad ubicada en el centro de Illinois había recibido el título de “La Ciudad de las Rosas” debido a un fenómeno climático que lo convertía en uno de los lugares con menos probabilidades en el país de que tuviera una tormenta de granizo. Recuerdo que el señor Archie se había burlado de su afición a promulgar información irrelevante.
Cuando entré al local, la señorita Blossom Smith- una joven voluptuosa de cabello castaño, ojos color avellana y bella sonrisa- se acercó a mí.
“Buenos días señor Johnson, qué gusto verlo nuevamente.”
Me quité el sombrero. “Buenos días, ¿cómo ha estado?”
“Muy bien, gracias.”
“Vine por-”
Levantó la mano para interrumpirme y fue hacia el mostrador que estaba cubierto de arreglos florales. “Aquí está su orden de Vendelas, las corté esta mañana.”
Siempre era muy atenta cuando venía o hablábamos por teléfono. Una expresión de profunda tristeza siempre ensombrecía las facciones de la joven. Sabía para quien eran, pues había pagado para que le llevaran rosas cada quince días.
Tomé los dos ramos de rosas de color blanco cremoso con tintes rosáceos.
“Gracias, es muy amable.”
“De nada, señor. ¿Quiere hacer algún cambio a sus instrucciones?”
“No, gracias. Continúe con la entrega quincenal y envíe la cuenta a mi oficina.”
“Así lo haré. Qué le vaya bien.”
“Gracias, igualmente.”
Capítulo 1
Dos horas después, cruzaba las rejas del campo santo de la familia Audrey. Me encontraba en este lugar para manifestar mi admiración y añoranza por una mujer que aunque nunca lo supo, había marcado mi vida.
Yo era un recién graduado de Oxford cuando fui llamado a la rectoría porque tenía una visita de mi tutor William August Audrey: fundador, administrador y accionista principal de las Empresas Audrey de Chicago. Ofrecí mi mano a manera de saludo, la cual usó para jalarme a sus brazos.
Le presenté mi diploma el cual desenrolló y leyó con detenimiento.
Me observó por unos instantes, como si quisiera leer mis pensamientos. El señor Audrey había cambiado poco en todos estos años, con su cabello rubio entrecano y ojos azules amigables. Su rostro estaba enmarcado por una barba y bigote que se conectaba en su boca. Sus facciones tenían cierta nobleza- no de refinamiento- sino de misión aceptada y cumplida.
Entonces dijo, “No me sorprenden tus altas calificaciones. De niño absorbías los conocimientos como una esponja- especialmente los números- que tus maestros no podían seguirte el ritmo. Mi hijo soñaba que siguieras nuestros pasos y fueras un hombre de empresa. El rector me ha dicho que tienes un gran sentido de la responsabilidad y del trabajo arduo. Me alegra saber que Alexander no se haya equivocado contigo.”
“Gracias, señor Audrey. Todo se lo debo a ustedes.”
“Muchacho, necesito de tu visión para atender mis negocios en América y Europa. ¿Estarías dispuesto a ser mi mano derecha?”
“Por supuesto, pero la señora Elroy y sus asesores-“
“Ellos acatarán mi decisión.”
No dudé en aceptar su oferta ya que tendría la oportunidad de conocer América. Zarpamos a la mañana siguiente de Southampton hacia Nueva York y después tomamos el tren a Chicago.
Recorrí el cementerio hasta detenerme frente a la lápida de mármol blanco que está al pie de un roble centenario. Ella descansa ahí desde hace quince años.
Recuerdo que estaba en la biblioteca de la mansión revisando unos documentos del señor Audrey, cuando vi pasar una sombra en el jardín. Intrigado, salí a investigar.
La sombra resultó ser una jovencita vestida de rosa y cabellos dorados que le llegaban a la cintura.
Pauna Audrey. La última vez que la vi éramos unos niños corriendo en los campos del castillo ancestral en Escocia.
“No te escondas hermanito. Sé que te comiste los chocolates de la tía Elroy.”
Su voz suave y melodiosa me tocó el corazón de tal manera, que sentí su palpitar en mis oídos. Me quedé quieto, sorprendido por esta nueva sensación.
“No es cierto, fue Poupeé,” respondió una vocecita detrás de unos arbustos.
“Sal de ahí, Bertie,” dijo, y supe que con ese tono podía conseguir todo lo que su corazón anhelara.
Un niño rubio vestido de marinero salió de los arbustos con una mofeta en brazos. Había oído mucho del pequeño Wiliam Albert Audrey, pero era la primera vez que lo veía en persona.
Ella se rió suavemente al ver las mejillas del niño con rastros de chocolate. Inclusive a esa distancia pude ver sus ojos color esmeralda, grandes y con largas pestañas, su rostro un óvalo perfecto, con pómulos altos y una boca de botón de rosa.
Sacó un pañuelo y limpió las mejillas del pequeño. “Eres un niño malo, ni siquiera me guardaste un chocolate.”
Le ofreció una amplia sonrisa mientras soltaba la mofeta sobre el césped. “Estaban bien ricos, Pauna.”
Caminé hacia ellos y pisé una pila de hojas secas. Voltearon inmediatamente, ella colocándose frente al niño para protegerlo.
“¿Quién es usted?”
“Lo siento, Señorita Pauna. No era mi intención asustarlos. Soy George, George Johnson, ¿me recuerda?”
Se me quedó viendo por unos instantes. “Oh,” suspiró, sus ojos iluminándose. “El jovencito que me enseñó a montar a caballo en unas vacaciones de verano en Edimburgo.”
“El mismo.”
“Recuerdo que eras muy callado. Fuiste el único que tuvo la paciencia suficiente para enseñarme a montar y por eso te estaré eternamente agradecida.”
No me atreví a decirle que en esa época apenas sabía unas cuantas palabras en inglés, y me daba miedo que se burlara de mi acento.
“Oh, ¿dónde están mis modales? Te presento a mi hermano William.”
Éste se cruzó de brazos, murmurando, “Albert.”
Acarició la pequeña cabeza rubia. “Bertie prefiere su segundo nombre porque tía Elroy lo llama William para regañarlo.”
Él frunció el ceño. “No me llames Bertie, ya soy un hombre. ¡Acabo de cumplir siete años!”
“Bertie, no seas grosero-“
“Entonces para no tener problemas con la Señora Elroy seguiré su ejemplo,” dije, ofreciéndole la mano. “Mucho gusto, Señorito William. Espero que lleguemos a ser buenos amigos.”
Pauna se cubrió la boca con una mano para ocultar una sonrisa. William me observó por unos momentos, sus enormes ojos azules lanzando chispas.
Ella le dio un leve empujón en mi dirección. “¿Cómo se dice?”
Con un pequeño gruñido, tomó mi mano. “Mucho gusto, Señor George.”
“Por fin viste a mis tesoros.”
El Señor Audrey hizo acto de presencia con una amplia sonrisa en sus labios. Pauna y William corrieron a su encuentro. Se agachó para tomar a su nieto entre sus brazos y darle lo que llamó un “abrazo de oso” provocando la risa del pequeño. Su rostro se iluminó de orgullo cuando su nieta lo abrazó y le plantó un beso en la mejilla.
“¿George?”
“¿Señor?”
“Cuando se terminen las vacaciones de verano, regresaras con ellos a Londres y los dejarás en el San Pablo. Serán tu completa responsabilidad. Te advierto que este bribón y sus animales te darán muchos dolores de cabeza. Elroy insiste que deberíamos regresarlos al bosque o llevarlos a un zoológico.”
“¡No!” exclamó William, haciendo un puchero. “Yo puedo cuidarlos.”
“Y mi nieta- aunque un poco reservada- tiene su lado travieso.”
“¡Abuelito!” Dijo mortificada. “¿Qué va a pensar George?”
“Pequeña, tiene derecho a saber en qué lío se está metiendo.”
Los dos hermanos me observaron con tanto interés, que me pusieron nervioso. El brillo en sus ojos claros me confirmó que su abuelo sabía muy bien de qué estaba hablando.
“George, ¿crees qué podrás con ellos?”
“Yo-“
Una sonrisa se formó en los labios de Pauna, eclipsando mi indecisión.
“Sí, señor. Cuente conmigo.”
Capítulo 2
Esperaba ansiosamente el quinto domingo para recoger a Pauna y William del colegio y llevarlos de paseo por la ciudad. Algunas veces recorríamos la Plaza Trafalgar o visitábamos el Zoológico Blue River que era el destino favorito de William. A Pauna le encantaba ir a los Jardines Botánicos Reales porque contenía cientos de variedades de flores de todos los rincones del mundo. Le gustaban tanto las rosas- especialmente las Vendelas- que su abuelo mandó construirle un jardín en Lakewood para que ella misma las cultivara.
La vida estudiantil en Oxford había estado llena de una variedad interminable de sonidos y experiencias, muy diferente a mi estancia en la mansión Audrey de Londres. El único sonido que ahora escuchaba era el gran reloj del abuelo en el gran salón. Pero en una ocasión escuché un golpeteo en la puerta.
“¿Te falta mucho?” preguntó una Pauna sonriente asomando la cabeza. Traía su uniforme de diario, blanco con acentos azules, un moño rojo en el cuello y listones del mismo color en el cabello recogido en coletas.
“Sólo firmo estos documentos para el abogado y nos vamos, señorita.”
“Pauna,” dijo, las manos sobre sus caderas. “No me gusta tanta formalidad entre nosotros. Ni que fuéramos unos ancianos.”
“Lo siento, Pauna,” dije, sonriendo. “Por favor, toma asiento.”
“Gracias. Bertie está desesperado por salir. Ya sabes que disfruta mucho nuestras escapadas del colegio.”
Yo también las disfrutaba porque me daba la oportunidad de estar cerca de ella, aunque nunca lo admitiría.
Levanté la vista y descubrí su bello rostro serio.
“George, aprovechando que estamos solos…”
“¿Si?”
“Quisiera agradecerte que estés cuidando de Poupeé mientras estamos en la escuela. Mi hermano puede ser muy terco en algunas ocasiones, pero no podía permitir que la Hermana Grey le confiscara su mofeta y lo enviara a la celda de castigo.”
“No te preocupes, sé que le tiene mucho afecto a ese zorrillo.”
Su rostro se puso más pálido de lo normal. “Poupeé lo ha ayudado a sobrellevar la muerte del abuelito.” Su mentón tembló después de pronunciar la palabra abuelito.
“Es la ventaja de tener ocho años.”
“Pronto se cumplirá un año de su partida.” Su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Fui hacia ella para ofrecerle mis brazos, los cuales aceptó inmediatamente.
“Pauna, no llores. A tu abuelo no le gustaría verte de este modo.” Pude sentir sus lágrimas caer sobre mi pecho.
“A veces pienso que sabía que le quedaba poco tiempo,” murmuró, confesando lo que había guardado en su corazón todo este tiempo.
“Tu abuelo fue muy valiente ante su enfermedad. Para mí fue un gran honor conocerlo y aprender mucho de él.”
“Me alegro que te haya pedido que fueras nuestro tutor.”
“Yo también.”
“Contigo no me siento… quiero decir… no nos sentimos tan solos.”
“Yo siento lo mismo.”
Se retiró abruptamente, sus ojos verdes enormes y sus mejillas carmesí. Seguramente el tono de mi voz había delatado mis sentimientos y traté de aminorar la situación.
“Temo decirte que te ves terrible cuando lloras. Se supone que debes permitir que fluyan las lágrimas como la lluvia, no tratar de retenerlas. Hace que tu cara se ponga roja y tu nariz-“
“Entiendo, gracias por el consejo,” dijo, sacando un pañuelo del bolsillo de su falda para sonarse la nariz.
“¿Sabes una cosa, George? La vida no es lógica.”
“Así es. De lo contrario no estaríamos aquí discutiendo sobre la manera correcta de llorar. En lugar de eso deberíamos pasear en bote.”
“¿En bote? Como en Lakewood.” Sus ojos enrojecidos brillaron y su boca se curvó en una deliciosa sonrisa.
“Eso es,” dije complacido. “Eres más linda cuando sonríes que cuando lloras. Nunca lo olvides.”
“Gracias, George. Te lo prometo.”
Le pidió a la cocinera que nos preparara un rico almuerzo y lo colocara en una canasta. Vamos de día de campo, le anunció a su hermano abrazándolo.
Fuimos a una hostería donde renté un bote. Los tres lo vimos con desconfianza. Pauna fue la primera en expresar su mortificación.
“No creo que resista.”
“Hermana,” dijo William sacudiendo la cabeza. “No seas miedosa.”
“Debes tener confianza en mis habilidades.”
“La tengo, George.”
Jalé la cuerda para acercarlo, y le ofrecí mi mano. “Primero las damas.”
Ella frunció levemente el ceño. “Mejor tú, para ver si no se hunde.”
“O sea qué debo actuar como un capitán, ¿y hundirme con la embarcación?”
“Obviamente.”
William levantó los ojos al cielo. “Uff, mientras se deciden.” Dando un salto, se sentó en medio del bote llevando a Poupeé sobre su hombro.
Dejé la canasta a un lado de William y subí a la embarcación, extendiendo mis brazos para ayudar a Pauna. El bote se meció bajo mis pies, y por un momento pensé que caeríamos al agua. Con una risita nerviosa puso su mano en la mía y subió al bote. Se aferró a mis brazos para no perder el equilibrio.
“Hermanita, ¿no crees qué deberías sentarte?”
“Muy gracioso, Bertie,” murmuró, viéndolo por encima del hombro.
“Tiene razón.”
“¿Estás seguro?” preguntó temerosa, apretando mis antebrazos.
“Sí, no tengas miedo.”
Una vez sentados en nuestros lugares comencé a remar. El día era perfecto con un cielo azul y unas cuantas nubes blancas. Los árboles rodeaban el río y los bancos estaban verdes, prueba innegable de nuestra primavera lluviosa. Había varios botes en el río. La mayoría eran parejas, damas con sus sombrillas y hombres remando con más habilidad de la que yo poseía.
Pauna se recargó en la orilla del bote, dejando que sus dedos tocaran el agua. Cerrando los ojos, levantó su cabeza hacia el sol. Tuve la sensación de que no había tenido muchos momentos de tranquilidad como este. Sabía por Whitman y Mary que había cuidado de William desde que éste tenía tres años, cuando sus padres fallecieron en ese accidente que todos queremos olvidar.
Dejé de remar y permití que la corriente nos llevara hasta encallar en una isleta. Era un lugar pintoresco, tranquilo, enmarcado por árboles que nos darían privacidad.
“¡Grandioso!” William exclamó, brincando a la orilla. “¡Parece una isla del tesoro!” El sonido de su risa se reflejó en el agua, regresando a nosotros. Pauna se levantó, las manos sobre sus caderas pretendiendo estar molesta con sus gritos. Pero la risa del pequeño era tan contagiosa que no pudimos evitar unirnos a su
alegría.
“¿Me ayudas?”
La tomé de la cintura y la llevé al césped. Nuestras miradas se encontraron por unos instantes.
“Ándale,” dijo William tomándola de la mano. “Veamos que hay en la canasta, ¡me estoy muriendo de hambre!”
Traté de mantener mi atención en el niño, aunque estaba ansioso por perderme nuevamente en esa mirada esmeralda. Sabía mi lugar en esta familia, sabía que no debía ilusionarme con un imposible. Pero el corazón no escucha razones.
Capítulo 3
Cuando Pauna concluyó sus estudios en el San Pablo, la Señora Elroy vino la ceremonia de graduación y luego se la llevó de regreso a los Estados Unidos para su presentación en sociedad.
Me enteré por cartas y recortes de periódico que fue la sensación en el baile de debutantes de Chicago y que varios jóvenes de familias prominentes le estaban haciendo la corte.
Una tarde mi secretaria entró al privado para entregarme una carta de la Señora Elroy, donde me pedía que le avisara a la Hermana Grey que William se ausentaría del colegio por unas semanas porque se requería nuestra presencia en Lakewood.
Estaba ansioso por ver nuevamente a Pauna. La amaba, y sentía que no le era completamente indiferente. En mi mente febril creí tener una posibilidad de ganarme su amor.
Al llegar a la mansión me entrevisté con la Señora Elroy y sus asesores para darle los reportes financieros de las filiales de Londres y Edimburgo. Luego me dirigí al Portal de las Rosas para buscar a Pauna.
La encontré sentada en una banca de mármol. Sabía que no era una joven fría y calculadora que se fijaba en la diferencia de clases y las riquezas. Era una figura etérea, de voz dulce y amable, que amaba a su hermano y adoraba sus rosas.
“Hola, Pauna. ¿Cómo has estado?”
Ella se sorprendió al verme. “¡George! Me da mucho gusto volver a verte. Por favor, toma asiento. ¿Cómo está Londres?”
No iba a decirle que muy sola y triste desde que ella se había marchado, así que le dije que muy lluviosa.
“¿Qué estás leyendo?” Pregunté, viendo el libro desgastado en sus manos.
“Sonetos de Elizabeth Barrett Browning.”
“No sabía que la Hermana Grey permitiera ese tipo de literatura en el colegio.”
Se rió suavemente. “Por supuesto que no. Encontré este libro en la biblioteca del abuelito. Estaba en su librero bajo llave. Sólo te pido que me guardes el secreto.”
Me puse la mano sobre el corazón. “Lo prometo.”
Abrió el libro y, viéndome a los ojos, dijo, “Escucha esto.”
(Sonetos de El Portugués XLIII por Elizabeth Barrett Browning 1806-1861)
“¿Cómo te amo? Déjame contar las maneras.
Te amo con la profundidad, fuerza y altura
Que mi alma pueda alcanzar, cuando lejos de mi vista estés
Por los confines del Ser y Gracia ideal.
Te amo al nivel de cada día
Necesidad más silenciosa, bajo el sol o luz de vela.
Te amo libremente, como los hombres aspiran por lo Correcto;
Te amo puramente, como ellos se alejan de Alabanza.
Te amo con una pasión puesta en uso
En mis viejas tristezas, y con mi fe de la infancia.
Te amo con un amor que parecía perder
Con mis santos perdidos, - te amo con el aliento,
Sonrisas, lágrimas, ¡de toda mi vida!- y, si Dios lo decide,
Te amaré mejor después de la muerte.”
Emocionado por la intensidad de esas palabras, sentí el calor cubrir mi rostro y mis sienes comenzaron a palpitar.
Suspirando, cerró el libro. “¿Verdad que está bello el soneto?”
“Lo siento. Sé muy poco de poesía,” dije, pasándome una mano sobre el cabello para ocultar mi nerviosismo. “He tratado de evitarla en el pasado. Prefiero los libros de contabilidad y administración de empresas.”
Sonrió tímidamente. “¿Piensas qué los poemas dedicados al amor no tienen valor literario?”
“El amor es una de esas emociones que la gente experimenta de manera diferente.”
“¿Y por lo tanto es difícil describir?”
“Supongo que cada persona tiene su propia definición.”
Apretando el libro a su pecho, dijo, “Yo pienso que el amor significa aceptar a ese ser incondicionalmente, sin importar sus orígenes, sus posibles defectos o fallas y nunca alejarse de él.”
Me empezaron a sudar las manos. “Así es.”
“Aunque se encuentre lejos de ti debido a sus obligaciones.”
“Sí.”
“Muchas gracias, George. Eras el único que podía disipar mis dudas.”
Y en ese instante, creí que podía alcanzar el cielo. No sé cómo me contuve de tomarla entre mis brazos y confesarle mi amor. Decidí que esa misma noche hablaría con la señora Elroy sobre mis intenciones. Sabía que la noticia no sería bien recibida, pero estaba dispuesto a firmar todos los acuerdos habidos y por haber renunciando a su fortuna. Lo único que deseaba era amarla y protegerla hasta el final de mi existencia.
Capítulo 4
Recuerdo que esa noche fui a la mansión para presentarme ante la familia y solicitar formalmente la mano de Pauna, y descubrí a William deslizándose por el barandal de la escalera que llevaba a las habitaciones de la servidumbre.
“¡William!” Exclamé. “Bájate de ahí inmediatamente.”
“¡George! ¡Me asustaste!”
“¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no estás en tu habitación?”
Se sentó al pie de las escaleras. “Tía Elroy me vio arrojándole guisantes a uno de los invitados durante la comida y me envió a mi cuarto sin postre. Y me escabullí para pedirle a Mary una rebanada de pastel de chocolate.”
“Obviamente no le hiciste caso.”
Se encogió de hombros. “No entiendo por qué se enojó tanto. Al teniente le hizo mucha gracia. Inclusive me contestó el ataque dos veces.”
“¿Teniente?”
Volteó a verme. “Sí, se llama Angus.” Y haciendo una seña para que me acercara, murmuró en mi oído, “El novio de Pauna.”
“¿Novio? ¿Cómo lo sabes?”
“El día que llegamos de Nueva York, fui a buscarla a su cuarto para preguntarle si tenía chocolates. Entré sin tocar la puerta y la encontré leyendo una carta. Le pregunté de quién era y dijo que era de un muchacho que había conocido en un baile.”
“¿El baile de debutantes?”
“Sip. Luego me enseñó un cofrecito lleno de cartas. Por supuesto que no me dejó leerlas, pero pude ver el remitente. Eran del Teniente Angus Brower de West Point.”
Me senté a su lado en las escaleras. “¿Desde entonces han mantenido correspondencia?”
“Ajá. Vino a comer a mediodía y le trajo un ramo enorme de rosas rojas y a mí un barco que está genial. Me prometió que mañana iremos los tres a probarlo al lago. Ven a mi cuarto para enseña-”
“Buenas noches, George.”
Nos pusimos de pie al ver la Señora Elroy. “Buenas noches, señora.”
“Supongo que su pupilo le habrá dicho que lo envié a su habitación por jugar con la comida.”
“Sí, señora. Me ha prometido que no lo volverá a hacer.” Y mirándolo de reojo, dije, “¿Verdad?”
“Sip.”
“Muy bien, William. Puedes regresar a tu habitación. Le diré a Mary que te lleve un poco de pastel.”
“Gracias, tía.”
Entonces dirigió su mirada fría hacia mí. “Acompáñeme a la sala, ya llegaron los invitados.”
“Gracias, señora,” dije, ocultando mi asombro. Era la primera vez que me invitaba a un evento sin que fuera obligada por su padre o su sobrino.
William sonrió ampliamente, tomando mi mano. “De la que me salvaste, George. Creí que iba a perderme el pastel de chocolate de Mary. Cuando te desocupes, sube a mi cuarto para enseñarte el barco.”
“De acuerdo.”
El salón estaba lleno de miembros del clan Audrey y amistades que escuchaban a Pauna en el piano. Sus dedos delgados recorrían ágilmente las teclas blancas y negras del instrumento. Tocaba una melodía de Liszt, su mirada esmeralda de vez en cuando dejaba el teclado para posarse en el joven de cabello marrón y ojos claros que la escuchaba atentamente, mientras una pareja mayor que asumí eran sus padres intercambiaban miradas de aprobación.
Vestía uniforme naval de gala- azul oscuro con acentos dorados. Escuché decir a los Señores Cornwall que se había graduado con honores de la Academia de West Point.
Cuando terminó la melodía los Brower se acercaron a la señora Elroy para pedir formalmente la mano de Pauna para su hijo.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies.
Tomó la mano de Pauna en la suya, y dándole unas palmaditas, dijo, “Querida, ¿estás segura?”
“Sí, tía. Estoy enamorada de Angus.”
La señora le hizo una seña al teniente. Cuando se acercó a ellas, puso la mano de Pauna en la suya. “¿La tratarás con amor y respeto?”
“Se lo juro Señora Audrey, enfrente de Dios, nuestras familias y amistades,” dijo con una voz profunda y suave.
Es un hecho. El teniente había dado su palabra, y sabía que la cumpliría. Era obvio que la adoraba, quizás tanto o más que yo.
Pauna miró tímidamente a su prometido. Éste le sonrió, provocando que se sonrojara.
Entonces la sorprendió con un anillo de diamantes.
Mon Dieu, no puedo resistirlo. Ese hombre me ha robado lo único valioso que yo tengo en este mundo, y ella ni siquiera sospecha mi dolor.
Esas palabras abrumaban mi cerebro mientras veía como los invitados se arremolinaban para felicitar a la joven pareja.
Nunca sabrían que yo- George Villers Johnson- amaba a Pauna Audrey. A nadie le confiaría mi secreto, mucho menos al pequeño William al cual quería como a un hermano.
A partir de esa noche oculté mis sentimientos en lo más recóndito de mi ser, en un lugar que rara vez visitaría. No permitiría que la amargura invadiera mi alma, enfocaría todas mis energías en guiar y proteger al heredero de la fortuna Audrey. Era lo único que podía hacer para mantener la cordura.
En mis visitas a Lakewood por vacaciones escolares de William pude ser testigo de cómo Pauna llegó a ser una esposa atenta y madre amorosa, admirada por su serenidad y fuerza interna por propios y extraños. Tristemente su estancia en este mundo fue demasiado breve.
Quité las flores marchitas de la lápida de mármol blanco. Retiré el papel que protegía los ramos de rosas blancas para colocarlos en los floreros de bronce. Ella decía que inclusive para aquellos que no estaban familiarizados con el lenguaje de las flores, las rosas significaban amor y belleza.
“Pauna, aquí estoy nuevamente para contarte sobre tu familia. Estoy consciente que velas por ellos junto con Anthony y Stear, pero ya sabes, soy un hombre de costumbres muy arraigadas.”
“William y Candy están cumplieron dos años de casados, y tengo el gusto de decirte que continúa la luna de miel. Archie presentará su examen para la barra de abogados en la tercera semana de julio. Annie acaba de recibir un reconocimiento del Gobernador por sus esfuerzos para establecer clases de música en las escuelas públicas del estado de Illinois.”
“La salud de la Señora Elroy ha mejorado notablemente bajo los cuidados de Candy. Durante una reciente cena familiar la señora reiteró su anhelo de escuchar nuevamente pequeños pasos en la mansión. William- que no deja pasar la oportunidad para hacerla desatinar-respondió que estaban trabajando arduamente día y noche para lograr esa meta, obteniendo una severa reprimenda de la señora, acompañada de risas nerviosas por parte de Candy y Annie y carcajadas de Archie.”
“William es incorregible, pero lo quiero de todos modos. Por cierto, son más de las 10, debe estar en el banco autorizando los depósitos a la Reserva Federal.”
Capítulo 5
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
Hace dos años no me hubiera imaginado pasar toda una mañana escuchando a mujeres parlanchinas entre rollos de tela, listones y revistas de modas. Pero aquí estoy disfrutándolo intensamente porque mi esposa está en ropa interior sobre un pedestal, lanzándome miradas sugerentes. Fue una gran idea que citara a su modista aquí en el penthouse del corporativo.
Sé que debería concentrarme más en mi trabajo y menos en la moda otoño-invierno de 1919. A esta hora debería estar en el banco autorizando los depósitos a la Reserva Federal. Implantando un poco de lógica en este mundo de feliz confusión.
Me jalé el saco para ocultar la erección que el simple hecho de ver a Candy en ese estado me provoca y así evitarles una sorpresa desagradable a estas mujeres.
“S’il vous plait, Madam Audrey,” dijo la modista por enésima vez. “No se mueva, no quiero pincharla.”
“Je regrette, Madam Lucille,” respondió Candy con una sonrisa a la mujer regordeta de cabellos marrones. “Parece que hoy no puedo concentrarme.”
Me puse de pie abruptamente.
“Necesito hablar con mi esposa en privado,” dije, en un tono que no daba pie a discusión.
La modista me lanzó una mirada fulminante y se dirigió a la puerta, seguida por sus dos asistentes.
Cerré la puerta con llave, entonces me quité el saco y lo arrojé a una silla.
“Dejaron todo el material.”
“No te preocupes, no se perderá.”
“Debiste ir al banco. Sabía que ibas a aburrirte.”
“Sé cómo remediar eso,” dije, acercándome a ella.
George me enseñó a que sólo me dejara llevar por el impulso cuando era del tipo intelectual. Que fuera creativo al estructurar mis pensamientos, nunca en mis acciones. Que no fuera impetuoso.
Sin embargo, me era imposible seguir sus consejos en este momento. Deseo hacerle el amor a mi esposa. Ese loco deseo me había mantenido en esta sala, mientras la veía probarse vestido tras vestido.
Su camisola de seda blanca estaba unida con pequeños botones de madreperla. Extendí las manos y mis dedos abrieron el primer botón.
“Albert,” dijo, poniendo sus manos sobre las mías. “¿Qué haces?”
Aflojé el segundo botón. Su mirada no dejaba la mía. “Quiero verte.”
Sonriendo, bajó sus manos.
Lentamente, abrí los botones, y usé las manos para bajar los tirantes, exponiendo sus pechos blancos y suaves, sus pezones cremosos rosa pálido. Pasé mis pulgares sobre ellos, provocando que un suspiro escapara de sus labios rojos.
Dejé caer la camisola a sus pies, revelando su cuerpo bello y voluptuoso, sus caderas que me acunan en las noches, sus piernas envueltas en medias de seda blanca con ligueros decorados con pequeñas rosas amarillas y sus pies cubiertos con zapatillas blancas de piel.
No se movió ni intentó cubrirse, simplemente me sonrió.
Puse mis manos sobre sus caderas. “Eres tan hermosa, Candis.”
Ella se rió suavemente. “Gracias. Pero no estás jugando limpio, sigues vestido.”
Me sonreí. “Todo a su tiempo, primero quiero hacer esto.” Froté mi rostro sobre sus pechos, deleitándome en la tibieza y suavidad de su piel con aroma a duraznos.
“Albert,” murmuró.
“Dime que me necesitas, Candis.”
“Te necesito, Albert,” dijo, acariciando mis mejillas. “Te necesito mucho.”
Coloqué las manos sobre sus senos. El contacto hizo que arqueara la espalda. Toqueteé sus pezones hasta que se pusieron erectos.
“Amor, la modista puede regresar…”
“No me importa,” dije, y para probar mis palabras llevé un pezón a mi boca.
Gimió suavemente, sus dedos entrelazándose en mi cabello. Le dediqué la misma atención a su otro pecho, moldeando y acariciando hasta sentir sus dedos halándome el pelo.
Mi boca y mis manos recorrieron las líneas suaves de su cuerpo, hasta el área sensible entre sus piernas. Mis ojos se enfocaron en los rizos dorados y me acerqué para darles un beso.
“¡Oooh!”
Sabía cómo tocarla, que tan fuerte o que tan suave para hacerla perder el control. Separé sus piernas para explorarla íntimamente, iniciando con un camino de besos por un muslo. Esto era igual al sueño que había tenido hace un par de noches, cuando tuve que dormir solo porque Candy se había ido con Annie al Hogar de Pony a dejar provisiones. Era la primera noche desde nuestra boda que dormíamos separados.
Olvidé el sueño y me enfoqué en nuestra realidad. Pasé los dedos sobre sus rizos, la parte interna de sus muslos, levantando la cara por instantes para ver la creciente pasión en sus ojos, el rubor cubriendo su rostro y cuello. Deslicé un dedo en su vagina y froté su clítoris con el pulgar, sintiendo la humedad de su excitación. Le hice al amor suavemente, hasta que sus quejidos y murmullos se tornaron más insistentes.
“Albert… no puedo-“
“Shh, déjate llevar.”
De repente, lanzó un grito y sus manos asieron mi cabeza. Su cuerpo se estremeció violentamente y sentí las contracciones de su orgasmo alrededor de mis dedos, los cuales no pude resistir después llevar a mi boca ante la cara de asombro de Candy.
La llevé al sofá y la cubrí con una manta de tartán que estaba doblada sobre el respaldo. Se acurrucó contra mí como si buscara mi protección y fui abrumado nuevamente por mi deseo de mantenerla a salvo de la crueldad del mundo. No importaba lo que hubiera sufrido en su corta vida, seguía siendo una inocente. No permitiría que algo o alguien la lastimaran nuevamente.
Finalmente abrió los ojos y murmuró una frase del libro que le había enseñado anoche.
“La pasión te hace perder el control.”
“Recordaste.”
“Sí, pero tú no recibiste placer.”
“Obtienes placer dando placer. Puede que no sea tan intenso como el que alcanzo estando dentro de ti, pero no deja de ser delicioso.”
“Hay muchas maneras de conseguir placer.”
“Y las exploraremos todas… si tu quieres.”
“Sí, Albert. Aunque…”
“¿Qué?”
“Me surgieron algunas dudas.”
“¿Y necesitas de un voluntario?”
Sonrió ante mi entusiasmo desmedido. “Eres un lujurioso.”
“Contigo… siempre.”
Capítulo 6
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
Candy dejó mis brazos sin importarle que la frazada se resbalara de su cuerpo desnudo y me pidió que me pusiera de pie. Se quedó viendo la línea de mi erección demarcando mi pantalón y una sonrisa seductora apareció en su rostro.
Puso una mano sobre mi entrepierna y empezó a acariciarme. No intenté moverme ni traté de detenerla. Quería saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
“Estás pensándola mucho, Candis,” dije con una sonrisa tensa, pensando que si continuaba con este juego me vendría antes de tiempo. “Será mejor que me vaya al banco.”
Hizo un puchero. “Eres un desesperado,” respondió desatando mi corbata.
Desabotonó los botones de mi camisa rápidamente. Abrió la camisa y apoyó la cabeza sobre mi pecho.
“Me encanta escuchar los latidos de tu corazón,” murmuró. “Estos mismos latidos que en las noches me llevan a un sueño tranquilo y placentero.”
Emocionado por su declaración, enredé los dedos en su cabello ensortijado, “Candy…”
Cubrió con pequeños besos la cicatriz que me había dejado Toco aquel día tan decisivo en nuestras vidas.
Entonces atacó el resto de los botones, deslizando la prenda de mis hombros y exponiendo más piel que besar y lamer. Con un gruñido jalé las colas de la camisa fuera de mis pantalones y la arrojé al suelo.
“Según el libro,” dijo acariciándome, “la pasión no es simplemente un estado físico, sino también mental.”
“Así es.”
Recorrió con fascinación mi pecho, besando y pellizcando suavemente mis pezones, diciendo que le daba gran satisfacción ver que mi sonrisa burlona había desaparecido.
“¿Cuándo te los acaricio, sientes placer?”
Me remojé los labios antes de responder. “No tanto como el que siento al tocar y besar los tuyos.”
“Pero si te gusta cuando hago esto,” dijo, acariciando nuevamente mis hombros, mi pecho, mis brazos, mi vientre, presionando mis músculos hasta hacerme estremecer.
“Sí, me gusta sentir tus manos sobre mí,” dije, con una voz más ronca.
“Quítate el resto,” ordenó suavemente.
Prácticamente me arranqué la ropa, hasta quedar completamente desnudo y listo para cumplir con mis deberes maritales.
Entonces tomó mi pene con una mano y lo apretó suavemente.
Exhalé sorprendido. “Nunca… nunca me habías tocado así.”
Se sonrojó. “Shhh… no hables,” murmuró, enfocándose en su exploración, acariciándome lentamente de la base a la punta, permitiendo que sus dedos se cubrieran con mi creciente y húmeda excitación.
Mi bella esposa se está convirtiendo en una conocedora de las artes del amor gracias a los libros que hemos comprado en nuestros viajes. Por un instante pensé si debía estar preocupado por su atrevimiento repentino. Entonces decidí que era un imbécil. ¿Acaso no lo hace para darme placer?
“Eres maravilloso… dureza pulsante cubierta de suavidad.”
“Es lo que me provocas con tu cercanía, Candis.”
Me soltó y gemí suavemente.
Con un grito sofocado, recordó la descripción de la ilustración, “Debe tener cuidado al darle ese tipo de placer a su pareja, si sus atenciones cesan abruptamente, le causará gran incomodidad.”
“Entonces no te detengas,” dije, cerrando mi mano sobre la suya y guiándola nuevamente a mi cuerpo. Cuando sus dedos se cerraron alrededor mío respiré aliviado.
“Quería tocarte para entender porque me haces sentir lo que siento.”
“¿Y ahora lo entiendes?” Siseé, moviendo lentamente mi pelvis contra la suya para enfatizar el punto.
Tragó saliva. “Sí,” respondió, viendo como aumentaba de tamaño. “Asombroso.”
Seguimos con este juego delicioso hasta que la detuve para besarla en la boca con desesperación y tomarla en mis brazos como si yo fuera un guerrero exigiendo su recompensa.
Recosté a Candy en la alfombra. Dejé la dulzura de su boca para llenar de besos sus senos y cuello.
Retiré unos mechones de su rostro, y me di cuenta que tenía los ojos cerrados.
“¿Por qué tienes los ojos cerrados? ¿Acaso todavía te recuerdo a esa bestia de la cascada?”
Abrió un ojo. “Para nada. Eres el hombre más bello que he conocido, aunque un poco autoritario. Lo que pasa es que tú eres muy bueno para estas cosas. En cambio yo…”
“¿Qué clase de cosas?”
“Seducciones… supongo que hubo muchas en esta sala. Por algo llamaban este penthouse tu nidito de amor.”
Tomé mi tiempo para contestar. “Supongo que tienes razón.”
Sentí sus manos sobre mis hombros y me retiré para verla a los ojos. Tenía el ceño fruncido.
“No me digas que no recuerdas cuántas mujeres trajiste.”
“No recuerdo a ninguna de las mujeres que conocí antes de que regresaras a mi vida.”
Suspiró y apoyó su mejilla en mi brazo.
“Oiga enfermera, ¿será qué tengo amnesia selectiva?”
“Oooh, eres un malva-”
Me eché a reír tratando de esquivar sus golpes. Atrapé sus manos y la besé apasionadamente. No pasó mucho tiempo para que nuestras lenguas participaran en otro duelo con doble ganador.
La tomé de las caderas para colocarla sobre mí erección. Sus ojos llenos de estrellas encontraron los míos, y empecé a moverme con embestidas lentas y seguras, disfrutando como la pasión transformaba su rostro nuevamente.
Mis manos la tocaron una y otra vez, disfrutando la forma de sus caderas, su vientre, subiendo hasta que mis dedos rozaron la parte inferior de sus senos. Sus gemidos suaves e insistentes hicieron que la sangre recorriera más rápido en mis venas y temí venirme antes de tiempo.
Sentí sus manos recorrer mi pecho, sus dedos enredarse en mi vello. Bajó sus labios entreabiertos a los míos y acepté su ofrecimiento, nuestros alientos erráticos combinándose en uno solo.
Mi mundo en ese momento era el calor de su cuerpo rodeando el mío, la suavidad de sus labios, sus pequeñas manos sujetándome como si su vida dependiera de ello. Cuando la sentí estremecerse con su orgasmo di una última embestida, explotando dentro de ella, disfrutando cada onda de placer hasta la médula.
Se dejó caer sobre mí, y abrazándome con las pocas fuerzas que le quedaban murmuró en mi oído, “Te amo, Albert.”
“Y yo a ti, Candis.”
Capítulo 7
N.A. Este capítulo se lo dedico a Gretchen, mi maestra de inglés que es originaria de Niles, una villa del Condado de Cook en el estado de Illinois.
El sonido de las ruedas del carruaje por el camino de terracería de Niles a Lakewood es monótono y adormecedor.
Fue difícil despedirme de mi familia, pero mi trabajo me llama. Este año- como los anteriores- los nuevos empleados del rancho vieron con admiración nuestra casita, el ganado y los campos fértiles. Después de su ardua labor, mientras devoraban la comida que mis hermanitas preparaban, ellos hacían preguntas que mis hermanos siempre contestaban, dejando que su comida se enfriara.
Y este año como el anterior, uno de los trabajadores intentó cortejarme. Diciéndome que era bonita e inteligente, cuando en realidad veía un matrimonio conmigo como una manera fácil de hacerse de su propio terreno laborable.
Eso no importa, porque no hay planes de matrimonio en el futuro próximo de Dorothy Willows. He visto como el matrimonio ha cambiado la vida de varias chicas con las que fui a la escuela dominical. Si casarme significa tener que sacrificar mi libertad y someterme a los caprichos de un esposo, prefiero esperar. Yo tengo ganas de superarme y eso sólo podré hacerlo haciendo bien mi trabajo.
Así que este año, como los otros, me encargué de que mi pretendiente regresara a casa solo y con su ego intacto. “Lo siento, pero estoy tan ocupada con mis obligaciones en la mansión Audrey, que no sería una buena esposa.”
Esa parte por lo menos es verdad.
El carruaje se detuvo frente a la mansión, terminando con mis divagaciones. Le pagué al chofer y saludé a Whitman que venía con las llaves para abrirme.
“Bienvenida, Dorothy,” dijo gentilmente. “Eres un regalo para estos ojos cansados.”
“Gracias,” respondí, dándole un beso en la mejilla. Nunca me cansaba de sus recibimientos. “¿Cómo están todos por aquí?”
“Todos bien, extrañándote horrores. Nunca habías estado tanto tiempo lejos de Lakewood.”
“Candy me dijo que usara estas tres semanas para visitar a mi familia, y decidir sobre su propuesta de trabajo.”
“¿Y ya tomaste una decisión?” Preguntó, tomando mi maleta.
“Sí, nada más me reporto con ella y les digo cual es.”
“No te apures. Los señores están en Chicago. Regresarán hasta la hora de cenar.”
“Entonces aprovecharé para guardar mi equipaje y saludar a todos.”
Cuando entré al comedor de la servidumbre fui recibida con gran algarabía. Doris me envolvió inmediatamente en un abrazo. Mary entrelazó sus manos y rompió a llorar. “¡Mi Dorothy!”
Me zafé de los brazos de mi amiga y corrí a darle un abrazo y un beso a Mary. “Las extrañé tanto.”
“Nosotras también, mi niña.”
“¿Dónde está Doug?”
“En la cocina. Todos los días preparaba un pastel para recibirte,” dijo Mary, secándose las lágrimas con una esquina del mandil. “Tenía la esperanza de que no aguantaras tres semanas fuera de la mansión.”
Corrí a la cocina. Ahí estaba mi querido amigo de uniforme excepto por su sombrero de chef, el cual estaba sobre el mostrador. Estaba hojeando un libro de cocina francesa, de seguro buscando el platillo perfecto.
Me le quedé viéndolo unos instantes, conmovida por el cariño y la inmensa gratitud por todo lo que había hecho por mí cuando trabajábamos en la mansión Legan.
Perdí la cuenta de las veces que estuve a punto de renunciar por culpa de las maldades de Neil y Eliza. Doug me había escuchado y secado mis lágrimas, todo acompañado de pastelillos y dulces.
Al escuchar mis pasos, levantó la cabeza. Se me quedó viendo, sorprendido. ¿Acaso tres semanas de vacaciones en el campo habían alterado mi apariencia?
“Dot,” dijo al fin, extendiendo los brazos.
Fui a ellos y le di un beso en la mejilla. “Te extrañé mucho, Doug.”
“Yo más,” dijo con una sonrisa. “Pero ya estamos juntos.”
“Como siempre.” Y no pude dejar de hablar. Tenía tanto qué decirle, qué preguntarle, qué ponerme al corriente. Relatos sobre mis hermanos y hermanas, acerca de las cosas divertidas que había visto y hecho en Niles, las novedades de mis compañeros y los señores, todo esto mientras lo ayudaba a seleccionar el menú: ensalada con vinagreta de frambuesas, sopa primaveral con espárragos, guisantes y espinacas, carne de res al horno con ciruelas y chalotes, acompañada de arroz Pilaf.
“Vengan a sentarse,” Mary dijo tres horas después, mientras ponía los cubiertos en la mesa. “Que la comida se enfría.”
Mientras los demás se acomodaban, le pregunté a Doug, “¿Preparaste volteado de manzana verde? Sabes cuánto me fascina.”
“Lo siento, Dot, el Señor Audrey amaneció hoy con antojo de tarta de duraznos. Te prometo hornear un volteado mañana. Ya está la vinagreta, llévala a la mesa junto con la ensalada.”
“Ya dejen de jugar,” Mary dijo. “Es hora de que demos las gracias y disfrutemos de esta comida. Tenemos mucho trabajo.”
Doug y yo tomamos asiento hombro con hombro.
Whitman condujo la oración. “Señor, te damos las gracias por estos alimentos y tus bendiciones… salud, trabajo y un hogar feliz. Te damos las gracias por Dorothy, que está de nuevo entre nosotros. Te damos las gracias por los Señores Audrey, que son unos patrones buenos y generosos. Amén.”
“Amén,” respondimos en unísono.
“Ya no puedo con la incertidumbre, Dorothy,” dijo Doris. “¿Aceptaste la propuesta de trabajo de Candy?”
“Así es, a partir de hoy seré su asistente personal.”
“Felicidades,” declaró, sus ojos azules luminosos.
“Gracias, amiga.”
“Ese puesto conlleva nuevas responsabilidades, más obligaciones,” dijo Mary, pasándole el platón de arroz a Doug.
“Y un nuevo guardarropa,” dijo Doris en un suspiro.
“Candy dijo que mañana iremos con su modista para que me tome medidas.”
“Eso está bien, Dorothy,” continuó Mary. “Pero tendrás que ayudarla a administrar esta casa y la mansión. Llevar los registros contables y cosas por el estilo.”
“¿Crees estar preparada para eso?” Preguntó Doug, sonando preocupado.
“Yo-“
“Claro que mi amiga está preparada,” exclamó Doris. “No somos menos que los Audrey.”
Doug elevó los ojos en irritación. “Ya lo sé. Pero, ¿a quién recurrirá cuando tenga una duda sobre los libros?”
“La verdad es que-“
“No te preocupes, Dorothy,” dijo Whitman, poniendo una mano tranquilizante sobre la mía. “Estoy seguro que la señora Candy buscará una solución.”
Capítulo 8
En cuanto llegué a Lakewood me dirigí al comedor de la servidumbre a buscar algo de cenar. Me encontré a Mary revisando la lista de rotación de mantelería y servilletas para asegurarse que todas se utilizaran y a Dorothy planchando pañuelos.
“Buenas noches, ¿no las interrumpo?”
Mary me sonrió. “Por supuesto que no, muchacho, ¿ya cenaste? ¿Para qué pregunto eso? como si no te conociera. Eres tan dedicado a tu trabajo que hasta se te olvida comer,” dijo, sacudiendo la cabeza.
“Dot, sírvele a George mientras yo guardo estos manteles.”
“Está bien.”
Vimos como Dorothy iba a la cocina.
“Por favor, toma asiento.”
“Gracias,” respondí, colgando mi saco y sombrero en el perchero. Luego me pasé una mano sobre el cabello.
“Dorothy aceptó ser la asistente personal de Candy,” dijo, obviamente feliz.
“Me alegro por ella. Sé que tendrá un buen desempeño.”
“Parece que la vida finalmente le está sonriendo a mi muchacha.”
¿Por qué dices eso, Mary?”
“George, como todos nosotros, Dot también ha pasado momentos difíciles bajo las órdenes de los Audrey. Su estadía con los Legan y la muerte del joven Anthony, aunque creo que ella ha lamentado más la muerte del joven Stear. Me imagino que la impresionó mucho el hecho de que muriera en la guerra, porque después de asistir a los servicios funerarios, cayó en cama con una fiebre altísima.”
“No sabía que Dorothy había estado enferma.”
“¿Cómo ibas a saberlo? Si estabas abrumado con el problema del señor Albert,” dijo. “En fin, ya no quiero agobiarte con el pasado. Tenemos que estar felices, porque tenemos un buen trabajo y al señor Albert y a Candy como nuestros patrones.”
“Sí, tienes razón.”
D&G
Le traje a George un plato de carne al horno a la ciruela y arroz Pilaf. Le serví una copa de vino tino, diciendo, “Me temo que la ensalada verde se terminó. De suerte quedó una rebanada de tarta de durazno.”
“No importa, así está bien.” Persignándose, bajó la cabeza un momento. Luego de persignarse nuevamente empezó a comer. Era obvio su gran apetito.
Se dio cuenta que lo miraba y se sonrojó. “Me urgía regresar a Lakewood y no quise detenerme a cenar en el camino.”
Me sonreí. “No se preocupe, nadie lo sabrá.” Tomé asiento a su lado y seguí doblando los pañuelos. Me sentía rara al pensar que era la última vez que haría esta labor.
Cuando George terminó con el último rastro de salsa de su plato con un pedazo de pan, siguió con el postre acompañado de una taza de té. Se recargó en la silla con una leve sonrisa de satisfacción. Era tan raro verlo sonreír. Podría decirse que le borraban años de su rostro.
No es que sea un anciano, no creo que tenga más de cuarenta años.
“Dorothy, has preparado un cena maravillosa.”
“No fui yo, fue Doug.”
“Por favor felicítalo de mi parte.”
“Está bien.”
Me observó por unos instantes. “Me dijo Mary que eres la nueva asistente personal de la señora Candy. Enhorabuena.”
“Gracias.”
“No te veo muy contenta que digamos.”
George tenía unos ojos tan amables, que no me sentí tan sola y decidí revelar mis temores por primera vez.
“La verdad es que… no creo estar preparada para tanta responsabilidad. Candy dice que tendré que acompañarla a fiestas, eventos de caridad y reuniones del Comité de Damas de la Cruz Roja. Nunca he asistido a un evento de alta sociedad y no quisiera hacerla pasar una vergüenza.”
“Estoy seguro que eso no pasará. Eres una persona muy capaz.”
Me sonrojé con su cumplido. “Muchas gracias.”
Poniéndose de pie, hizo una pequeña reverencia que me hizo ruborizar más. “Gracias nuevamente por tus atenciones. Y si puedo ayudarte en algo, no dudes en buscarme.”
“Muchas gracias, señor George.”
“Buenas noches, Dorothy.”
“Buenas noches, que descanse.”
Me dirigí a las habitaciones de los señores segura de que Candy se encontraba sola porque había visto al señor Albert entrar a su estudio. La encontré preparando la ropa que usarían mañana.
“Disculpa la tardanza. Aquí están los pañuelos.”
“No hay problema, gracias. Bien, tengo el pañuelo, las mancuernillas de oro y los calcetines azules con rombitos blancos. Tengo rato tratando de seleccionar una corbata para el traje. ¿Cuál te gusta más?”
Una tenía rayas azul marino y blancas y la otra era lisa azul marino.
“La rayada.”
“Eso mismo pensé, gracias,” digo sonriente, colgándola en el valet junto con un elegante traje azul marino.
“¿Qué opinan Mary y los demás sobre tu nuevo trabajo?”
“Están muy felices, hasta el señor George me felicitó.”
Puso cara de sorpresa. “¿George está en casa?”
“Llegó hace el rato. Yo misma le serví la cena. El pobre venía muerto de hambre y comió como un desesperado.” Entonces hice una mueca. “Dios, se supone que no diría eso.”
Ella se sonrió. “¿Qué tiene de malo?”
“Le dio mucha vergüenza que lo viera comer en esas condiciones. Él que siempre se comporta tan correcto, tan propio. Como todo un caballero inglés.”
Candy se sentó en la cama y se cruzó de brazos. “Veo que lo admiras mucho.”
“No soy la única. Gracias a sus enseñanzas, el señor Albert se convirtió en un gran señor. Amable, bueno, justo, siempre al pendiente de las necesidades de los demás. Tienen las mismas cualidades.”
“Es cierto, George es una excelente persona. Yo le debo mucho. Me rescató de ser enviada a México por culpa de las intrigas de los Legan. Justo cuando estaba a punto de ser atacada por ese horrible sujeto García, apareció de la nada y me subió a su automóvil. No lo conocía en ese entonces así que pensé que era un secuestrador. Recuerdo que lo amenacé con saltar si no detenía el auto. En lugar de eso, me sujetó del brazo y me dijo con una voz tranquilizadora, ‘Por favor, cálmate, no voy a hacerte daño.’”
Dejó escapar un pequeño suspiro. “Si hubieras visto sus ojos, Dorothy. Eran tan amables, tan sinceros. No tuve otra opción que creer en sus palabras.”
“Yo también he sentido lo mismo cuando hablo con el señor George.”
“¿De verdad?”
“Sí, cuando me dijo que si tenía algún problema en mi nuevo puesto, que no dudara en buscarlo. Por supuesto que no me atrevería a molestarlo. Ya tiene demasiado trabajo en el corporativo siendo la mano derecha del señor Albert. De todos modos le agradezco la intención.”
Una sonrisa apareció lentamente en el rostro de Candy y fue a mi lado. Tomando mis manos dijo, “No te preocupes, Dot. Buscaré una solución. Ahora quiero que te vayas a descansar, mañana tendremos un día muy ocupado.”
Capítulo 9
Después de hacer unas llamadas a Nueva York me retiré a mi habitación. Candy ya se había bañado y estaba seleccionando su ajuar para mañana. Me dijo que mi baño estaba listo.
Salí del baño y viendo que ella seguía ocupada, aproveché para recostarme en la cama y revisar la correspondencia.
Candy traía un vaporoso camisón blanco con pequeñas rosas amarillas de seda cosidas en el escote que mostraba generosamente las curvas de sus senos. Pasó cerca de la cama en su camino al tocador. La esencia a rosas la seguía como si fuera pisando un tapete de pétalos.
Sus manos ágiles parecían mariposas mientras se retorcía el cabello húmedo en un complicado nudo que me permitía verle el cuello.
Me pregunté si podría convencerla de dormir esta noche sin camisón.
Sus ojos sonrientes encontraron los míos en el espejo. “Dorothy aceptó ser mi asistente personal.”
“Me alegro.”
“Está un poco nerviosa, aunque dispuesta a aprender.”
Me quité los lentes. “Estoy seguro que harás todo lo posible para facilitarle su trabajo.”
Candy se acercó al balcón para cerrar las cortinas, y se quedó mirando hacia abajo.
“¿Qué pasa?”
“Oh, ya regresó George. ¿No dijiste que se tomaría dos semanas de vacaciones?”
Dejé la cama y fui a su lado para ver como George abría la cajuela y sacaba su equipaje.
“No entiende que debe descansar. Mañana hablaré con él muy seriamente.”
“Ahora que lo pienso nunca me has platicado sobre la familia de George. ¿La conoces?”
Puse un brazo sobre sus hombros para atraerla hacia mí. “George me ha contado muy pocos detalles de su vida personal. Perdió a sus padres cuando apenas era un niño. Sólo le quedaba un tío paterno que vivía en Jamaica y tenía plantíos de caña de azúcar y plátano. En lo que esperaba que su tío regresara, conoció a papá quien se convirtió en su tutor. Años después mi abuelo August ocupó ese puesto.”
“Y cuando se graduó de la universidad le pidió que cuidara de Pauna y de ti.”
“Sí, para ese entonces su tío había fallecido y le había dejado una fortuna considerable con la cual podría haber abierto un despacho en Londres. Sin embargo, decidió aceptar la propuesta del abuelo.”
Observamos a George recorrer el jardín lateral que llevaba las habitaciones de la servidumbre.
“Aunque tuvimos un inicio un tanto accidentado debido a mi rebeldía supo ganarse mi cariño y admiración. No lo veo solo como mi mano derecha, sino como un hermano mayor al cual le deseo toda la felicidad de mundo.”
Ella suspiró. “Me pregunto si tendrá pareja.”
“Me imagino que en estos casi veinte años que lo conozco habrá tenido algunos romances, aunque nada formal.”
“Como tú,” dijo, mirándome de reojo.
“¿Qué te puedo decir? He seguido las enseñanzas de un gran maestro.”
“No es justo que un hombre tan bueno esté tan solo.”
Su comentario me hizo recordar esa escena durante los funerales de Pauna que me partió el corazón. Después de tantos años no me he atrevido a confesarle a George que yo lo escuché haciendo esa declaración vehemente pero tardía.
Candy tiene razón, no es justo. Sin embargo, cada vez que intento abordar el tema, me dice que esta es la vida que le tocó vivir. Sin ataduras sentimentales.
“Merece ser feliz como nosotros,” murmuró.
Pude darme cuenta que Candy estaba tramando algo para poner fin a esa situación, porque su expresión solemne fue reemplazada por una de divertida conspiración.
“George podría ayudar a Dorothy.”
“¿En qué?”
“Podría ser su tutor en lo que adquiere confianza. Es sólo cuestión de que lo liberes de sus obligaciones por una temporada.”
“Hmmm… estoy seguro que hay un motivo oculto en esa propuesta.”
“Albert, si hubieras escuchado como se expresó Dorothy de George…”
“¿Qué dijo?”
“Estaba emocionada de que la felicitara por nuevo trabajo y le ofreciera su ayuda. Que es todo un caballero, amable, educado y cortés. Con todas esas cualidades, no sería difícil que se enamorara de él.”
“Candy-”
“Formarían una pareja maravillosa. Sólo necesitan convivir sin interrupciones, en su propio mundo. Y la manera perfecta sería como tutor y pupila, como lo fuimos nosotros.”
Su entusiasmo es contagioso. Quizás ella consiga lo que yo no he podido en tanto años.
“Pequeña, ¿tienes idea de lo encantadora que eres?” Pregunté, tomando su mano para besar el dorso de su muñeca.
Se sonrojó. “Albert, ¿me vas a ayudar o no?”
“Tienes la boca más encantadora del universo. Te daría la luna y las estrellas si fueran mías para regalar.”
“Pero no son tuyas,” dijo, “sólo quiero que me ayudes con George.”
“Dalo por hecho, Candis.”
“Gracias, amor,” respondió, parándose de puntitas para darme un beso en los labios.
“¿Cuándo piensas hacerle la propuesta?”
“Mañana mismo. Le pediremos que venga al comedor después del desayuno, sin avisarle de qué se trata. Si lo tomamos desprevenido es mayor la probabilidad de conseguir su cooperación, ¿no crees?”
“Estoy de acuerdo,” dije, metiendo las manos entre los tirantes de su camisón para frotarle los hombros. “Ahora quiero que hablemos de este camisón…”
“¿Está lindo, verdad? Lo encontré en rebaja.”
“Precioso, sin embargo creo que estaría mejor doblado, al pie de nuestra cama.”
Candy sonrió tímidamente. “¿De verdad?”
“De verdad,” dije enfáticamente, jalando los tirantes de sus hombros y dejando que la prenda cayera al suelo. Ella se hizo a un lado para que lo recogiera.
Lo doblé con mucho cuidado y lo arrojé sobre el baúl.
“¿Sabes?” Murmuró suavemente, aflojando el lazo de mi pijama. “Esto también merece un lugar al pie de la cama.”
Solté una carcajada ante su sugerencia. “Me encanta tu forma de pensar.”
Capítulo 10
Estaba desayunando en la cocina con Whitman cuando Doris me informó que los señores me esperaban en el comedor.
“Por favor toma asiento, George,” dijo William, tomando la mano de la señora Candy.
“Ustedes dirán.”
“George, Dorothy aceptó ser mi asistente personal.”
“Sí, me enteré anoche. En los años que tiene trabajando para la familia ha demostrado sus habilidades, estoy seguro que no la defraudará.”
“Usted ha sido el asistente personal de Albert por muchos años y quisiera que orientara a mi amiga sobre las funciones que incluye este puesto.”
“Me encantaría señora, pero mi trabajo en la oficina-“
William levantó la mano para interrumpirme. “Estoy consciente que me he aprovechado de ti por andar persiguiendo a cierta persona de la cual no mencionaré su nombre y se encuentra en esta habitación. A partir de hoy, retomaré las riendas del corporativo tiempo completo y así podrás dedicarte a Dorothy.”
¿Dedicarme a Dorothy? No me gustó el tono de su voz, y mucho menos esa mirada conspiradora que intercambiaba con la señora Candy. ¿Qué estarán tramando estos dos?
“¿Qué me dice, George?” preguntó ella dulcemente, sus ojos verdes expectantes.
Mon Dieu. Siempre que me mira de ese modo no puedo negarme a sus deseos.
“¿Acepta ser el tutor de Dorothy?”
“El tutor-”
“¡Claro qué acepta! Nadie puede negarse a una petición tuya, pequeña.”
“Amor,” dijo un poco exasperada. “No quiero que lo presiones. Ser tu asistente personal no debe ser un paseo por el parque. Me imagino los dolores de cabeza que le provocabas con tus andanzas.”
Se rió suavemente. “Candy, quiero que me ayudes a tomar decisiones en las empresas. En caso de que debiera ausentarme, tú quedarías a cargo. Debes estar familiarizada con todos los aspectos de la vida en Lakewood y Chicago, y no sólo aquellos que son usualmente del interés de las mujeres. Además, eso nos dará la oportunidad para estar más tiempo juntos.”
Una sonrisa tocó sus labios e inclinó la cabeza en afirmación. “Señor Audrey, me encantará acompañarlo.”
William le levantó la mano para llevarla a sus labios. “Gracias, Señora Audrey.”
Entonces volteó a verme. “George, aprovecha este día para preparar tus lecciones. Espero que no seas tan estricto con Dorothy como lo fuiste conmigo. Bueno, me voy a la oficina. Nos vemos en la tarde.”
“Te acompaño. Dorothy y yo tenemos una cita con la modista a las nueve. Gracias, George. Prometo traerle a su pupila después de la comida.”
Camino a mis habitaciones no pude evitar sentir que había caído en otro de los enredos de los señores.
Aunque debo admitir que no me disgusta la idea de ser tutor de Dorothy, es una joven muy linda, amable y muy trabajadora.
Recuerdo que la señora Elroy me pidió que investigara las referencias de toda la servidumbre para estar segura de que eran confiables. Dorothy resultó ser la mejor calificada entre todas las jóvenes que solicitaron empleo.
Sin embargo fue enviada a Sunville por capricho de los Legan y la hicieron sufrir mucho. La señora Sara y sus hijos tenían la mala costumbre de tratar a la servidumbre como ciudadanos de tercera categoría. Los pobres toleraban los abusos por temor a ser despedidos sin indemnización ni referencias. Me imagino que seguirán con ese nefasto comportamiento en Florida.
Espero que nunca regresen.
Supe por Mary que Dorothy fue la primera en ofrecerle una mano amiga a la señora Candy cuando llegó a casa de los Legan creyendo que sería adoptada, cuando en realidad sería otra sirvienta más a quien maltratar. Hizo todo lo posible por hacerle su estadía más tolerable, exhortándola a no rendirse ante los insultos y calumnias de Neil y Eliza.
Esos actos de bondad me motivaron a sugerirle a William que la enviara a Lakewood para que fuera la doncella de la señora Candy cuando decidió adoptarla. Me alegra saber que mi corazonada sobre ella fuera correcta.
Capítulo 11
Candy y yo pasamos toda la mañana con su modista quien me tomó las medidas para mi nuevo guardarropa. Salí de ahí vistiendo un hermoso vestido azul cielo de manga corta y falda con el dobladillo que terminaba en picos.
Recorrimos las tiendas de departamentos donde me compró un sombrero glorioso adornado con una banda blanca, ropa interior de seda francesa, guantes, medias, zapatos y todo lo que yo necesitara. Hasta me compró joyería y un reloj de pulsera.
“Ese collar le queda perfecto a tu vestido, Dorothy,” me dijo Candy al modelarle un bello collar de perlas blancas. “También llévate ese de perlas rosadas, está precioso. Yo me llevaré este azul.”
Exhaustas pero felices dejamos las compras en el vehículo con Bradley y nos fuimos a comer a un pequeño café frente al parque zoológico.
Estábamos disfrutando del postre cuando dijo, “Te tengo una sorpresa.”
“¿De qué se trata?”
“A partir de hoy, George será tu tutor.”
Dejé caer el tenedor sobre el plato. “¿Qué estás diciendo?”
Sonrió dulcemente. “No te asustes, amiga. Necesitas de alguien que te oriente sobre tus funciones como asistente personal.”
“¡Lo obligaste!”
“Claro que no,” dijo enfáticamente. “Aceptó encantado. Además, ¿quién más que George para ayudarte en esta nueva etapa profesional?”
“Candy, ¿cómo pudiste?”
“Verás que la pasarán muy bien. George es una linda persona.”
“De eso no tengo duda. Pero no creo que sea correcto.”
“Claro que lo es. Ahora termina tu pastel porque George te espera en casa.”
Después de esa noticia mi pastel de fresas con crema ya no se veía tan apetitoso. Sentía mariposas en el estómago y las palmas de mis manos estaban húmedas.
No debería sentirme tan nerviosa, tengo años de conocer a George, aunque no he convivido con él de manera directa debido a sus múltiples obligaciones. Lo poco que conozco de su vida ha sido a través de Whitman y Mary que lo conocen desde que llegara contratado por el abuelo del señor Albert. En la primera oportunidad que tenga hablaré con ellos para que me den más información.
De regreso en Lakewood, Candy me ayudó a llevar los paquetes de nuestras compras a mi habitación, diciendo que no hiciera esperar a mi querido tutor. Nerviosa, fui a la cocina pensando que estarían todos en la sobremesa.
Estaba a punto de abrir la puerta cuando se abrió abruptamente para revelar a un George de riguroso traje negro.
Siempre que lo veía en sus entradas y salidas de la mansión de Chicago y de Lakewood me recordaba a una pantera… delgado, elegante y misterioso.
Se me quedó viendo de pies a cabeza, y una sonrisa tenue se formó en sus labios.
Sentí el impulso de acomodarme la cofia y el mandil y recordé que ya no los usaba.
“Supongo que la señora Candy te informó que seré tu tutor.”
“Sí.”
“Entonces ten la amabilidad de acompañarme a mi oficina.”
Capítulo 12
N.A. El final del este capítulo está inspirado en una escena de la película Sabrina (1995)
Desde que el señor Albert ordenara que viniera a Lakewood para que fuera doncella de Candy, había tenido gran curiosidad de conocer la habitación ubicada en el tercer piso que siempre estaba cerrada bajo llave. Por años nos habían hecho creer que estaba habitada por fantasmas de los antepasados Audrey, cuando en realidad era la oficina del señor George en la cual solía ocultarse el señor Albert.
George abrió la puerta y tomándome suavemente del codo me llevó adentro. Miré alrededor. Era un despacho enorme con una decoración muy masculina. Había una chimenea al fondo, libreros repletos, un sofá negro de piel con botonadura dorada, mesas de diferentes tamaños y en las paredes cuadros de paisajes campiranos y ecuestres.
En el centro del cuarto había un gran escritorio de roble que tenía una lámpara, una pila de expedientes con el logotipo Audrey y tres volúmenes de administración entre unos sujeta-libros de madera con ribetes dorados.
“Por favor, toma asiento.”
Lo hice en un sillón frente a su escritorio. Era tan cómodo que daban ganas de acurrucarse y dormir una siesta.
Me observó por un buen rato, que hasta llegué a pensar que tenía algo en la cara y no se atrevía a decírmelo.
“Debe pensar que… estoy muy grande para tener un tutor.”
“Nadie es muy grande para aprender.”
“Pero si lo soy,” dije contrariada. “El 15 de marzo cumplí los veintitrés.”
Se me quedó viendo sorprendido por unos instantes. “No digas eso. Apenas estás comenzando a vivir.”
Pensé que era la oportunidad de saber su edad. “Perdone mi atrevimiento, ¿puede decirme cuántos años tiene?”
Apretó los labios. “Cumpliré los cuarenta en diciembre.”
No estaba tan errada con mi apreciación. “Con todo respeto, permítame decirle que no los parece.”
“Mientras no me digas que parezco mayor…”
“¡Oh no! Al contrario.”
Sonrió levemente. “Gracias por el cumplido.” Entonces pasándose los dedos por el pelo dijo, “Entremos en materia, ¿sabes qué hace una secretaria social o asistente personal?”
“Es aquella persona que administra y mantiene una casa, controla el calendario de actividades de una persona, pareja o familia, prepara o escribe correspondencia, recibe o abre el correo, ayuda en la planeación de eventos sociales y se encarga de atender trámites personales.”
“Así es, ayudarás a la señora Candy en los detalles personales de su vida. Debes sentirte cómoda en la ejecución de tareas personales. Debes estar familiarizada con etiqueta social y tener excelentes habilidades para comunicarte e interactuar con los demás. Debes ser autosuficiente y saber trabajar bajo presión.”
“¿T-todo eso?”
“Recuerda que estuve involucrado en la selección de candidatos para formar parte del servicio de los Audrey. En mi opinión, cumples con todos los requisitos. Sólo es cuestión de reforzar tus conocimientos de matemáticas, administración y cultura general. Como habrás notado tengo libros y tratados de diferentes disciplinas y la Enciclopedia Británica.”
“En aquella esquina,” dijo apuntando a un libro enorme abierto sobre una mesa, “está el diccionario Oxford. Puedes disponer de mi biblioteca cuando tú quieras. Si te interesa alguna novela, no dudes en llevártela para leerla en tu tiempo libre.”
“Gracias, señor George.” Me gustó que recordara nuestra primera entrevista hace poco más de siete años. Apenas hablamos unos minutos, supongo que le causé una buena impresión.
“Entre tus actividades se encuentra preparar y escribir correspondencia, llevar reportes de gastos y organizar documentos. Puedes usar mi máquina de escribir si gustas. Aunque hay escritos que podrás hacerlos en máquina, te recomiendo que practiques tu escritura cursiva.”
Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó unas hojas de papel y una pluma fuente. Entonces me pidió que me sentara en su lugar.
“Escribe el alfabeto en mayúsculas y minúsculas, y los números del uno al diez.”
Seguí sus instrucciones, y le enseñé el ejercicio.
“Tu escritura es bonita y legible, sólo necesitas corregir un poco tu postura,” dijo, colocando una mano sobre mi hombro para empujarme hacia atrás.
“Conviene que te sientes bien hacia atrás de manera que tu cuerpo no toque el escritorio. Así la hoja de papel queda en frente de tu vista y puedes mantenerte fácilmente en la debida posición, con el codo formando un ángulo recto.”
De repente su mano cogió la mía. Estaba tibia y era lo suficientemente grande para cubrir la mía.
Sus ojos grises capturaron los míos con su intensidad, con su calidez.
“Yo-“
Abrió mis dedos lentamente para extraer la pluma. “Tu dedo índice debe estar doblado con naturalidad y descansar sobre el portaplumas como a tres pulgadas de la punta de la pluma; el pulgar debe estar apoyado en el portaplumas casi frente a la primera falange del índice; el anular y el meñique doblados y puestos sobre el papel, son estos dos dedos los que se mueven en uno u otro sentido.”
“E-entiendo,” dije, mi voz temblorosa.
“Escribe nuevamente.”
Lo hice con mayor rapidez y soltura. Le entregué la hoja para que la revisara. Entonces me dio una mirada de satisfacción.
“Mejoraste notablemente.”
“Gracias.”
“¿Te sientes cómoda en esa posición?”
Me dio ternura que se preocupara por mi confort. “Sí. Se nota que usted sabe mucho de esto.”
“Fue producto de la necesidad. Mi escritura era ilegible y fui forzado a tomar varios cursos de caligrafía.”
“No puedo creerlo.”
“Te lo juro. Aquí tengo la prueba.”
Fue a un librero y sacó un libro con la pasta desgastada y letras de color sepia con el título “Curso de Caligrafía” el cual incluía ilustraciones y ejercicios para mejorar la escritura. Hicimos el compromiso de incluir un ejercicio en cada sesión.
Luego me mostró unos cuadernos viejos llamados libros de diario que se utilizaban para llevar registro de los gastos de una casa. Hojeé con fascinación las páginas amarillentas llenas de operaciones aritméticas y anotaciones hechas con puño y letra de la señora Priscilla (madre del señor Albert) mientras me daba indicaciones y recomendaciones para llevar mi propio libro.
“Ya es suficiente por hoy,” dijo, mirando su reloj de pulsera. “Continuaremos mañana.”
“Está bien,” dije, viendo que había anochecido. “Bajemos a cenar.”
“Yo iré más tarde.”
Le di las gracias por la lección y fui al comedor donde Doug y Mary estaban sirviendo la cena.
Whitman volteó a verme. “¿Dónde estabas?” dijo con tono severo.
Alguien me había visto hablando con George. Supongo que quería escucharlo de mí, o quizás estaba preocupado de que no le dijera la verdad.
“Estaba en el tercer piso,” le dije, tomando asiento a su izquierda. “Candy le ha pedido a George que sea mi tutor.”
“¿En serio?” Ahora su tono rayaba en lo escéptico.
“Ustedes saben como es Candy,” dije levantándome para coger los cubiertos de la gaveta. “Quiere que me familiarice con las actividades de una asistente personal y pensó que el señor George era la persona perfecta para ayudarme.”
Repartí los utensilios y tomé asiento nuevamente. “Estuvimos en su oficina toda la tarde.” Entonces sacudí la cabeza. “Estaba tan nerviosa.”
Mary movió la cabeza en afirmación. “Es lo apropiado dada la posición que George ocupa en esta casa.”
“¿Cómo era de joven?” pregunté, tratando de imaginármelo más joven y menos taciturno.
“No usaba bigote,” dijo Whitman, y su expresión me hizo pensar que no estaba muy contento con la decisión de Candy.
Capítulo 13
N.A. Este capítulo está inspirado en escenas de las películas Remains of the Day (1993) y Sabrina (1995)
Observaba como George revisaba los libros de diario que estoy llevando para la mansión y Lakewood. Llevo dos meses recibiendo lecciones en su oficina y he descubierto que es un instructor brillante, con su voz melodiosa y dicción impecable, además de tener una paciencia infinita para resolver todas mis dudas por más insignificantes que sean.
He consultado su diccionario Oxford tantas veces que ya lo considero mi amigo inseparable. Debería comprarme uno para tenerlo en mi habitación, porque en las novelas que me presta George seguido me encuentro palabras cuyo significado desconozco.
Precisamente ahora estoy leyendo mi segundo libro de Jane Austen, Persuasión. La trama es tan emocionante, que me he quedado leyendo hasta la una de la mañana. Ya me faltan pocos capítulos, solo espero que Frederick perdone a Anne por haberse dejado persuadir por su familia de no aceptar su propuesta de matrimonio porque no era de su misma clase social.
Quizás debería saltarme hasta el final y terminar con la incertidumbre.
Ansiosa, me puse de pie y fui a ver si encontraba otra novela de amor que me llamara la atención.
Entonces me acerqué al librero con puertas de vidrio similar al que está en el estudio del señor Albert, y vi un libro que tenía una hermosa cubierta de piel roja con ribetes dorados. Sonetos por Elizabeth Barrett Browning.
Traté de abrir la puerta y me di cuenta que estaba cerrada con llave.
“Señor George.”
“Dime.”
“¿Fuera tan amable de abrir el librero? Quisiera darle una ojeada a ese libro de sonetos de Elizabeth Barrett Browning.”
Levantó la cabeza como resorte. “¿Perdón?”
“Sí, este libro de cubierta roja.”
Titubeó por unos momentos, entonces dijo, “Discúlpame, pero no puedo prestártelo.”
“¿Por qué?”
“Razones personales,” respondió, escribiendo algo en una hoja de papel.
Me llamó la atención la reticencia de George a prestarme ese libro, dado que me había ofrecido libre acceso a toda su biblioteca. Entonces pensé que ese volumen tenía un gran valor sentimental. Probablemente se lo haya regalado una novia, o una amante.
Intrigada por la reacción de George, fui a una de las ventanas. Desde aquí puede verse el bello Portal de las Rosas que Whitman y los chicos han restaurado a su máximo esplendor después de que la malvada Eliza ordenara su destrucción. Estoy segura que donde quiera que esté, la señora Pauna y Anthony están muy orgullosos de ellos.
“Señor George.”
“Mande.”
“¿Nunca se asoma por la ventana?”
“Cuando tengo tiempo.”
“Tiene que ver esto.”
Dejó de escribir y levantó la vista. “Dorothy,“ dijo con tono censor.
“Venga, esto no le tomará mucho tiempo.”
Exhaló. “De acuerdo.”
Parándose a mi lado, recorrió el paisaje con su mirada gris como si lo hiciera por primera vez. Qué hombre tan peculiar e interesante. Tan formal, tan serio. Sin embargo, bajo ese severo traje negro se esconde un hombre amable y considerado.
Y solitario. A pesar de su puesto en las empresas, es obvio que el señor George está muy solo.
“Sospecho que trabaja hasta cuando está de vacaciones.”
“Estoy guardando esos días de descanso.”
“Perdóneme, pero no le creo.”
Apretó los labios, aceptando que lo había atrapado en una mentira. “Quizás es muy tarde para cambiar,” murmuró.
¿Por qué era muy tarde? Me le quedé mirando esperando que me explicara, pero solo sacudió la cabeza. Había terminado de hablar. Regresó a su lugar y continuó revisando mis cuentas, dejándome con la curiosidad.
Capítulo 14
Tengo dos meses que no acompaño a William a la oficina, así que he podido dormir plácidamente hasta las seis de la mañana. Me puse mi traje de correr y fui al bosque para mi rutina de ejercicios, seguida por un chapuzón en el lago.
Suelo aprovechar este tiempo para analizar problemas de la oficina que demandan pronta solución. Sin embargo, hoy no tengo problemas que revolver, excepto aquellos que le presento a Dorothy en sus lecciones y resuelve fácilmente.
Hoy quisiera hacer algo diferente con ella. Podría llevarla al Instituto de Arte. No he ido desde que llegué a Chicago en… 1903.
Merde, ¿ha pasado tanto tiempo? Siempre he tenido intención de regresar, pero nunca he encontrado el momento adecuado. ¿Será posible que hayan pasado más de quince años?
Bueno, ha llegado el momento de regresar y le pediré que me acompañe. Creo que le gustará continuar sus lecciones fuera de Lakewood.
“¡Qué maravilla!”
Me gusta el entusiasmo de Dorothy corriendo de una exhibición a otra. Ahora está enfrente de una reproducción de La Gioconda.
“’La Gioconda por Leonardo DaVinci, segunda mitad del siglo XVI’,” leía en voz alta el folleto cuando me acerqué a ella. Observó la pintura por unos instantes, e inclinando la cabeza, dijo, “Tengo la impresión de que esa señora nos oculta algo detrás de esa sonrisa. “¿No opina lo mismo?”
Miré el cuadro y asentí. La Gioconda pareciera guardar un secreto. Aunque Dorothy ni se dio cuenta de mi respuesta porque estaba viendo la siguiente obra.
“¡Qué belleza!”
Sonriéndome, la seguí. Era una reproducción de un cuadro de Vermeer.
“’Joven con un arete de perla del pintor holandés Johannes Vermeer,’” leyó, entonces suspiró. “Fíjese en el detalle, hasta te hace sentir que estás en esa habitación. Debe haberle tomado muchas horas obtener esos colores tan vivos.”
“Sí,” dije, acercándome para ver la pintura con renovado interés. No cabe duda que nuestras lecciones de historia del arte están dando frutos.
“¡Oh! Mire ese cuadro-“
Volteé cuando interrumpió su comentario. Dorothy me estaba viendo avergonzada.
“Lo siento. De seguro lo estoy volviendo loco con mis comentarios.”
“Para nada,” le aseguré. “Tu entusiasmo hace que disfrute aún más nuestro paseo.”
“¿De verdad? ¿No lo dice por compromiso?”
“Te lo juro.”
Ella sonrió, entonces se dirigió a la próxima obra. Pronto se disipó su timidez y nuevamente exclamaba la belleza o colorido de aquel cuadro o las curvas de aquella escultura.
Para cuando terminamos el recorrido y le propuse tomar un refrigerio, había llegado a la conclusión de que Dorothy era fascinante como estas obras de arte. Sus reacciones eran tan naturales, tan auténticas.
Es una belleza inusual, con ese lindo cabello castaño rojizo que en lugar de trenzas ahora lo trae recogido en un chongo que le da un aire sofisticado. Tiene ojos de color… me había perdido en ellos hasta que decidí que eran color miel. Sus pestañas son gruesas y oscuras, su piel color durazno gracias al sol. Tiene una barbilla pequeña, nariz fina y labios gruesos. Es un poco más alta de lo normal y de figura voluptuosa.
“¿Por qué no comemos afuera?” Preguntó mientras la cajera le daba el cambio. Ella había insistido en pagar en partes iguales y había sido más rápida para sacar el dinero. Dorothy no era como las otras mujeres. No le importaba que yo tuviera un mejor sueldo y pudiera pagar fácilmente lo que ella no podía.
“De acuerdo,” dije, tomando los tés de la charola y dejando que ella llevara los pastelillos de carne para dirigirnos a una mesa que estaba afuera del cafetín.
“Me gustó que la lección fuera en el Instituto de Arte.”
“Me alegra que hayas aceptado acompañarme.”
Sonrió ampliamente, entonces levantó el vaso para tomar un trago de té helado.
¿No te duelen los pies?” Pregunté. “Hemos recorrido el museo por más de cuatro horas.”
“Claro que no,” dijo rápidamente. “Cuando estás haciendo algo divertido no sientes el cansancio.”
Habíamos salido muy temprano de casa y no quería cansarla. Anoche estuvimos trabajando en la oficina hasta la nueve de la noche. Deberíamos estar exhaustos, pero no había sido el caso. Cuando regresé de mis ejercicios matinales ya se encontraba esperándome en la cocina, feliz y para nada afectada por la falta de sueño.
Hemos tenido sesiones que han durado hasta diez horas. Pareciera que ella quisiera absorber toda la información sobre sus funciones en cuestión de semanas. Me pregunto si es porque está desesperada por empezar a trabajar o le incomoda mi compañía.
¿Por qué me molesta la idea de que no quiera estar conmigo? ¿No se supone que estoy ansioso por regresar a la oficina con William?
“Candy me llamó mientras usted estaba ejercitándose para preguntarme cómo iban las lecciones y decirme cual será nuestro primer evento.” Entonces hizo una pausa dramática. “Una gala a beneficio de la Cruz Roja de Chicago.”
“¿En serio?”
“Sí, en Lakewood con alrededor de doscientos invitados.”
“Felicidades.”
“Gracias. Estoy nerviosísima. La renta de mobiliario, contratar la banda, diseñar las invitaciones para la imprenta, las flores, comprar la comida y la bebida, decirle a Cicely que ella no preparara el banquete sino Doug... qué horror.”
“Ya me imagino la escena, arderá Troya.”
Suspiró. “Esa mujer se equivocó de profesión. Debió ser una actriz de teatro.”
“Estoy seguro que saldrás avante de ese dilema.”
“Otra cosa, Candy se sorprendió mucho de que viniéramos al museo.”
“Me temo que soy un adicto al trabajo,” confesé. “Ha sido la constante en mi vida.”
“Espero que no se sienta obligado a hacer esto. Quiero decir, estoy disfrutando intensamente nuestras clases,” me aseguró. “Pero no quisiera causarle más molestias.”
“Dorothy, ser tu tutor no lo considero una obligación, sino un placer.”
Su expresión se iluminó. “Gracias.”
Observé fascinado su boca mientras masticaba su pastelillo y pasaba bocado.
Me pregunto cómo será besar esos labios-
“George, ¿nunca se ha dejado llevar por el momento? ¿Hacer algo espontáneo?”
Parpadeé, sorprendido por sus preguntas, entonces enfoqué la vista a mi pastelillo. “Supongo que cuando era estudiante-“
“No está bien ser esclavo del trabajo, hay que tomarse un respiro de vez en cuando.”
“Supongo que tienes razón.”
Dígame, ¿alguna vez ha ido a una feria de condado?”
“No.”
“En ese caso, quisiera proponerle que nuestra siguiente lección consista en ir a una feria. ¿Está bien?”
“De acuerdo.”
Capítulo 15
N.A. El final del este capítulo está inspirado en una escena de la película Sabrina (1995)
Le propuse al señor George que fuéramos a la feria del Condado Kane porque mis padres acostumbraban llevarnos cuando éramos chicos. Mis hermanos continúan la tradición llevando sus cosechas de duraznos, calabazas, papas y tomates y a veces llevan un becerro. Se celebra a partir de la tercera semana de julio en la ciudad de St. Charles que está ubicada a 42 millas al sureste de Chicago. Acordamos ir el sábado resultando en una experiencia muy reveladora.
“Señor George, no es posible que viviendo tantos años en Chicago nunca haya ido a la feria.”
“No tengo con quien compartir estas actividades.”
“Que un hombre tan apuesto como usted no tenga novia es imperdonable.”
Giró la cabeza tan rápido, que estuvo a punto de desviar el automóvil de la carretera.
“¡Bueno, es la verdad!” Insistí.
Le sorprendió tanto mi insolencia que por primera vez pude verlo riéndose ampliamente. Todavía se estaba riendo cuando llegamos a la taquilla.
“Me pregunto si la feria es tan interesante como dices.”
“Déjemelo a mí,” dije, entrelazando mi brazo con el suyo. “Le prometo que se divertirá mucho.”
George es un hombre elegante de cabello negro y ojos grises profundos. Culto y educado, es raro encontrarlo en este ambiente. Pero aquí está, vestido de manera casual con su camisa blanca abierta del cuello revelando piel bronceada y pantalones marrones con botines del mismo color. Se ve tan apuesto que las mujeres no le quitan los ojos de encima.
Qué mala suerte para ellas, porque él viene conmigo.
Logré convencerlo de subir al carrusel aunque en lugar de subirnos a los caballos lo hicimos a una banca, según George para que no arruinara mi vestido nuevo. Aunque vi a otras muchachas subiéndose sin problema.
Recorrimos las exhibiciones de animales y las muestras de fruta y verdura cosechada recientemente para su venta. Las manzanas verdes se veían deliciosas y dije que Doug podría hornear unas tartas con ellas. Ese simple comentario provocó que George comprara un par de costales.
Toda esta actividad nos abrió el apetito y comimos unos deliciosos perros calientes acompañados de limonada fresca. Creí que se sentiría fuera de su ambiente comiendo algo tan sencillo. Pero todo lo contrario, hasta felicitó al cocinero.
Después corrí con un vendedor de algodón de azúcar. Quise comprarle uno a George pero dijo que estaba muy lleno, a lo que declaré, ‘siempre queda campo para el postre.’
Arranqué un pedazo del mío y se lo acerqué a sus labios entreabiertos.
Sus ojos brillaron al sentir como se deshacía el dulce en su boca.
“Tienes razón,” dijo, sonriendo levemente.
Clavé la mirada en sus labios delgados. A veces durante nuestras lecciones suelo observárselos, y me pregunto cómo será besárselos. ¿Los tendrá suaves? Estoy segura que si, y hasta dulces después de comer algodón de azúcar…
“¡Señoras y señores, pasen a tomarse la fotografía del recuerdo!”
Sorprendida por mis pensamientos atrevidos, me retiré inmediatamente.
“Tomémonos una foto,” dije caminando al puesto de fotografías.
“Yo aquí te espero.”
“Quiero tomarme una foto con usted.”
“No soy afecto a que me tomen fotografías.”
“Entiendo que su puesto en la empresas le pida que guarde un bajo perfil, le prometo que esta foto será solo para nosotros.”
“Es que salgo como si estuviera triste.”
“¿Está triste?” Pregunté, bajando la cortina.
Apretó los labios. “Puede que triste no sea la expresión adecuada.”
“¿Entonces cuál es?”
Sacudió la cabeza. “No sé… supongo como si fuera un hombre solitario.”
Me sorprendió que estuviera dispuesto a hablar de sus sentimientos con alguien, mucho menos conmigo. Quizás estaba bromeando. Eso tenía más sentido. El señor George que yo conocía nunca se permitiría aparecer como un hombre vulnerable.
Me sonreí, para mostrarle que entendía que no hablaba en serio.
Frunció el ceño levemente. “¿Te causa gracia mi situación?”
Sacudí la cabeza, confusa. “No,” pensando que había entendido mal. “Sólo esperaba que dijera algo más, como ‘me veo como si estuviera preocupado porque William huyó nuevamente’ o ‘molesto porque bajaron las acciones en la bolsa’.”
“Tienes razón. Suena gracioso. ‘George Johnson es un hombre solitario,’” dijo con sarcasmo.
Bajé la vista y sentí calor en mis mejillas. Mi imprudencia había echado a perder nuestra cita. Rayos, tendré que olvidarme de mis lecciones fuera de su estudio.
“Perdóname, Dorothy,” dijo tomando mi mano. “Te he incomodado. Vamos, entremos a tomarnos la foto.”
¡No! Quería que me contara de su vida. Quería saber todo sobre él y se empecinaba en callar. Entramos al puesto y nos tomamos la foto del recuerdo, la cual le rogué que conservara.
Capítulo 16
Pronto será la prueba de fuego de Dorothy- la gala para la Cruz Roja de Chicago en los jardines de la mansión de Lakewood. La cocina está llena de actividad con la servidumbre de ambas casas. Los señores le han pedido a Doug que se encargue del banquete. Será la primera vez que alimente a un grupo tan grande y está hecho un manojo de nervios, revisando con sus asistentes la lista de insumos para la preparación de los diferentes platillos y discutiendo con la otra cocinera sobre las recetas.
Afuera es la misma situación, todos los jardineros bajo la supervisión de Whitman arreglan los jardines para recibir a los invitados, podando arboles y enredaderas, cortando el pasto y limpiando las bancas y las estatuas. William y la señora Candy solicitaron que pusieran especial atención al Portal de las Rosas porque ahí se tomarán fotografías los invitados.
Me dirigí al área de descanso de la servidumbre y encontré a Dorothy revisando el libro de diario, y jalé una silla para mí. Estaba tan concentrada que apenas se percató de mi presencia, apenas moviéndose un poco para que colocara una silla a un lado de la suya.
Juntos revisamos partida por partida, ocasionalmente comentando su selección de cierto producto o marca. Cuando lo hacía, lo discutíamos y algunas veces estaba de acuerdo conmigo, y otras veces yo ofrecía otra alternativa. Hasta que llegamos a la selección de la sidra de manzana.
Viendo la caja abierta de botellas de sidra sobre la mesa, le dije, “¿Sabes calcular la champaña para un banquete?”
“No.”
“Mira,” dije, tomando una botella. “Cada botella de tamaño normal da para cinco copas. Para una cena de cinco personas necesitaras dos botellas de champán, que puede servirse como aperitivo o a la hora de los postres y la sobremesa. Usa la misma referencia con la sidra de manzana.”
“Serán doscientos invitados los cuales ya confirmaron su asistencia.” Hizo unas operaciones en su libreta. “Se ocuparán ochenta botellas. En la cava hay cuatro cajas, o sea cuarenta y ocho botellas. Llamaré al mercado para que envíen otras tres… no, mejor cuatro cajas.”
“No es necesario, podemos ir a comprar las cajas faltantes.”
Exhaló suavemente. “No puedo señor George, tengo muchos detalles que atender… los músicos, la vajilla, la mantelería, el banquete-“
“No acepto excusas. Mary me dijo que has estado trabajando desde el amanecer. Necesitas salir un rato para despejarte.”
“¿Creen haber traído suficiente?” Preguntó Doris entre risas al abrirnos la puerta trasera de la cocina y vernos jalando una carretilla con cinco cajas de sidra de manzana.
“El señor George me convenció que comprara una caja adicional para todos nosotros,” dijo Dorothy, guiñándome el ojo. “¿Verdad?”
“Así es.”
“Bueno, antes de echar a volar la imaginación sobre la tertulia que tendremos en la cocina, te hablaron de la florería, insistieron que era urgente.”
“¿Urgente?” Interrumpió, dejando su bolso sobre la mesa.
El ruido en la cocina era insoportable. “Puedes llamarle desde el estudio,” sugerí, dirigiéndome a la puerta que lleva al sótano. “Yo dejo las botellas en la cava y luego te alcanzo.”
“Pero solicitamos las rosas con dos meses de anticipación,” escuché a Dorothy decir al teléfono con una paciencia forzada cuando entré al estudio. “Si, entiendo que la cosecha de su proveedor se perdió por la plaga. Consiga otro proveedor.”
Hubo una pausa, seguida por ella cerrando los ojos en un suspiro. “Ya preguntó en todos los viveros de Chicago y nadie tiene varias docenas de esas rosas. Son flores muy difíciles de cultivar. Las pocas en existencia ya están apartadas antes de que puedan cosecharlas.”
“¿Por qué no les dices que las sustituya por otra clase de rosa?” Le pregunté.
Sacudió la cabeza. “La rosa Vendela es pieza importante de esta gala,” murmuró. “Candy y el señor Albert quieren Vendelas, no puedo fallarles.”
“¿Vendelas?”
Dorothy levantó el auricular. “¿Dígame? El aliento de niño, las moras, el listón rosa y los floreros si los tiene en existencia, gracias a Dios. Por favor, avíseme en cuanto tenga las rosas.” Y con eso concluyó la llamada.
“Veinte minutos discutiendo con ese hombre insufrible, simplemente no entiende la importancia de contar con esas flores para este evento. Si continúa con esa actitud tendremos que cambiar de vivero. Y por supuesto no pienso tocar las Vendelas del Portal de las Rosas. Nunca me lo perdonaría.”
“Quizás yo pueda ayudar,” dije, sacando la cartera para buscar una tarjeta de presentación y enseñársela a Dorothy.
“Vivero Hermanos Ash,” leyó. “Eso está en Pana.”
“La distancia no será problema, ya verás.” Y tomando el teléfono marqué el cero. “¿Operadora? Necesito una larga distancia a Pana, Illinois.”
Capítulo 17
George salvó la situación de las flores para la gala de la Cruz Roja al comunicarse a un vivero en la ciudad de Pana que contaba con suficientes docenas de rosas Vendelas. Ofrecieron hacer los centros de mesa y las guirnaldas de acuerdo a mis instrucciones y se comprometieron a traerlas el mismo día del evento en un camión con hielo.
Inclusive le dieron un precio especial a pesar de la premura. Supongo que debe tener una relación muy buena con ellos para recibir ese trato preferencial.
Logré salir de esa crisis, ahora entraba a otra… Doug. No podía ponerse de acuerdo con Cicely sobre el menú y tuve que entrar de intermediaria.
“Este es el menú que pondremos en las mesas, no puede cambiarse a esta alturas,” dijo Doug terminante, mostrándome el menú que habíamos recibido de la imprenta. Faltan dos días para el evento y a esta mujer se le ocurrió que no le gustaba el menú.
Cicely estuvo muchos años bajos las órdenes de la señora Elroy y las dos pueden llegar a ser inflexibles cuando se lo proponen. Y como tiene un gusto por lo teatral aprovecha que la cocina está llena de gente para hacer su escándalo.
“Dorothy, deberíamos ofrecer comida tradicional,” dijo. “No estos inventos de Doug. Estamos a tiempo de parar esta locura. Si es necesario yo misma hablo con la señora Candy para hacerla entrar en razón.”
Siempre procuraba llevar la fiesta en paz con mis compañeros de trabajo, pero su tono condescendiente me molestó. Yo era la responsable de esta gala y era la única que hablaría con Candy o el señor Albert si lo creía necesario. Era su manera de decirnos que no teníamos la experiencia suficiente para ocupar nuestros puestos.
Doug frunció el ceño. “No son inventos. Los señores han sido muy amables en regalarme libros de cocina europea y quiero demostrarles que puedo hacer estos platillos. Ya habrá otras oportunidades para que hagas comida típica.”
El menú era de ensueño: crema de espárragos a la Reina, lenguado del Mar del Norte a la Veronique, filete Mignon con salsa Provenzal, pollo asado Primavera con jalea de naranja de Florida, chícharos, papas con perejil y corazones de lechuga con aderezo Ruso. Se me hizo agua la boca con la lista de postres: tarta de manzanas verdes (cortesía de George), tartaletas de fresa, Eclairs de vainilla, y sorbete de limón. Todo esto acompañados de limonada, Ginger Ale y sidra de manzana.
“Lo siento, Cicely, no habrá cambios. El menú fue aprobado por la señora. Te agradeceré que ayudes a Doug y sus asistentes a preparar todos los platillos. Todos tenemos que cooperar para que esta gala sea un éxito. A menos que quieras tomarte unos días de descanso-”
Me lanzó una mirada amenazadora. “Luego no digan que no les advertí,” masculló, abandonando la cocina como una diva. Muriel y Sally (sus asistentes) se fueron detrás de ella por temor a que las regresaran a lavar trastes. El resto del personal siguió con sus obligaciones luego del espectáculo.
Doug golpeó el mostrador con un puño. “Solo porque tiene casi treinta años trabajando para los Audrey cree que siempre tiene la razón. No quiere aceptar que hay campo para mejorar.”
“No le hagas caso,” dije abrazándolo. “Ya se le pasará. Sé que harás un excelente trabajo. Los señores confían en ti plenamente, y yo también.”
Doug me sonrió y me dio beso en la sien. “Gracias por apoyarme, Dot.”
Capítulo 18
Faltan pocas horas para la gala de la Cruz Roja y George me acompañó a los jardines para ver la distribución de las mesas antes de poner la mantelería y los cubiertos. La florería le había prometido que llegarían alrededor del mediodía así que había tiempo para atender detalles de última hora.
Los muchachos terminaron de armar la tarima que será ocupada por la banda de Jazz. La gala será de las siete a la medianoche así que se comprometieron llegar alrededor de las cuatro para ensayar.
Max, encargado de la seguridad se acercó a nosotros. “Dorothy, llegó el camión de la florería.”
“Perfecto, por favor hazlos pasar.”
Vimos como el camión se estacionaba frente a la cocina y cuál sería mi sorpresa al ver que bajaba una mujer del asiento del pasajero.
“Buenas tardes, señor George,” ofreciéndole la mano.
“Buenas tardes,” le dijo tomando su mano. “No esperaba verla.”
La chica era de cabello castaño, ojos verdosos y sonrisa depredadora. “Es una entrega especial y quise asegurarme de que llegara en buenas condiciones.”
Entonces me miró de reojo. “¿Dorothy Willows?”
“Así es,” respondí.
Levantó una tabla con un clip mostrando la orden de trabajo que decía, George Johnson y/o Dorothy Willows.
Tomé la tabla y la pluma para firmar.
“Yo soy Blossom Smith. ¿Dónde quieres qué dejemos los arreglos?”
“En el comedor de la servidumbre,” dije apuntando a la puerta. “La segunda puerta a la derecha.”
“George, ¿me acompaña?” Le dijo dulcemente, entrelazando un brazo con el suyo.
“Por supuesto,” respondió, lanzándome una mirada de interrogación, la cual me causó gracia. Se nota que la chica le echó el ojo. Aunque creo que ese atuendo tan ajustado no es adecuado para una empleada de una florería.
¿Pero, quién soy yo para juzgar?
Leí la documentación con toda mi calma mientras el chofer, Peter y los otros muchachos bajaban las flores. Segura que era la mercancía requerida, firmé y anoté la fecha, terminando justo cuando los hombres salían de la casa.
“Listo,” dijo Blossom tomando la pluma y la tabla. Entonces arrancó una copia y me la entregó junto con una tarjeta de presentación. “Si ocupan de nuestros servicios no duden en llamarnos. Los Hermanos Ash nos especializamos en traer flores de todas partes del mundo.”
“Gracias, lo tomaré en cuenta.”
La joven volteó a ver a George y dijo, “¿Desea hacer algún cambio a nuestro arreglo?”
George apretó los labios. En estos meses de convivencia me he dado cuenta que es una señal de molestia. ¿De qué arreglo estará hablando? ¿Un encuentro íntimo?
“No, que todo siga igual.”
Ella asintió. “De acuerdo. Nos vemos.”
Me esperé a que Blossom se fuera con todo y su camión para decirle a George, “Ahora entiendo porque nos dieron tarifa especial. Ella está interesada en usted.”
George se mantuvo en silencio por unos momentos.
Doblé la orden de trabajo por la mitad, entonces lo vi. “Es una chica amable.”
“Sí, lo es.”
“Guapa.”
“Y guapa.”
“Señor George, no tiene nada de malo que esté interesado en ella-“
“Dorothy, no hay nada entre nosotros. Me está ayudando a cumplir una promesa que me hice a mí mismo. Eso es todo.”
Y con esa respuesta se encerró nuevamente en su caparazón del cual es muy difícil sacarlo.
“Lo siento, no quise ser una entrometida-“
“Si no se te ofrece algo más, regresaré a Chicago.”
“¿No se quedará a la tertulia? Me refiero a la que tendremos después de darle la cena a los invitados.”
“No pensaba hacerlo.”
“Por favor, usted ha sido parte importante de este sueño y quiero que lo disfrute conmigo. No me puede fallar.”
Una sonrisa tenue apareció en sus labios. “Aquí estaré.”
Capítulo 19
Los discursos y la cena habían terminado y los invitados estaban disfrutando del amplio repertorio de la banda de Jazz. William y la señora Candy estaban satisfechos con la recaudación para la Cruz Roja de la gran región de Chicago, la cual había participado en su primer esfuerzo de ayuda en 1917 cuando Estados Unidos entró a la Gran Guerra.
Era un gusto ser testigo de la emoción y alegría de Dorothy, pero también era contagioso. No había experimentado estas sensaciones desde hacía mucho tiempo.
“Te felicito, Dorothy,” le dije mientras la giraba alrededor de la pista de baile improvisada en el jardín trasero de la mansión. Nos movíamos entre nuestros compañeros, mientras que otros disfrutaban de la sidra y la cena deliciosa.
El banquete preparado por Doug había tenido tal éxito, que William y la señora Candy se habían escapado de la fiesta para venir a felicitarlo. Cicely aceptó que el joven chef tenía derecho a probar cosas nuevas y prometió enfrente de todos que no volvería a cuestionar sus métodos.
Veremos cuánto tarda en faltar a su promesa.
“¿Cómo te sientes?”
“Muy bien,” dijo Dorothy con una amplia sonrisa. “Le agradezco a Dios que todo haya salido bien. Después de todos los problemas que tuvimos organizando este evento, pensé que habría otra crisis. Lo único grave fue que se terminaron los Eclair de vainilla. Todo ha salido como Candy y el señor Albert deseaban.”
“Me alegro.”
“Y yo me alegro que haya aceptado venir a nuestra tertulia.”
Doug tocó a George en el hombro. “¿Me permite bailar con esta linda señorita?”
Intercambiamos miradas. “Es tu decisión,” le dije.
Dorothy sonrió. “Solo si prometes no pisarme.”
“Lo prometo,” dijo Doug solemnemente, dibujando una equis sobre su corazón.
Los vi moverse al centro de la pista y luego me dirigí a la mesa donde estaban cenando Mary y Whitman.
“George, ayúdanos a terminar esta botella de sidra,” dijo Mary con una sonrisa.
Tomé un vaso y me serví el resto de la bebida.
“Hiciste un gran trabajo, hijo,” agregó. “Dorothy se ha convertido en una joven segura de sí misma.”
“Le enseñé lo necesario para desempeñarse como una asistente personal. Esta gala fue una prueba difícil y la pasó con las más alta notas. Verán que los próximos eventos los organiza sin problema.”
“Supongo que regresarás a la oficina con el señor William,” dijo Whitman en un tono cortante.
Apreté los labios y dejé mi vaso vacío sobre la mesa. “Sí, en caso de que ocupe alguna asesoría que me busque.”
“Hace mucho que no la veíamos así.”
El comentario de Mary me hizo levantar una ceja. “¿Cómo?”
“Feliz.”
Me emocionó pensar que yo pudiera ser la razón de la felicidad de Dorothy, pero traté de ocultarlo. Girando la cabeza, miré que ahora bailaba con Peter, uno de los jardineros de la mansión.
“¿Lo crees?”
“Sí, volvió a ser la chica que conocíamos antes de que fuera enviada a Sunville.” Había un dejo de tristeza en su voz. “Mi niña sufrió mucho con los Legan.”
No han querido decirme exactamente que le hicieron los Legan a Dorothy y no me he atrevido a tratar el tema directamente con ella para no mortificarla.
“Dot habla de ti con mucho cariño y admiración,” Whitman declaró. “No me gustaría que la hicieras sufrir.”
Me quedé en silencio. Era lo malo de conocer a John desde que llegara a Lakewood con apenas diecinueve años. En una borrachera poco después de la boda de Pauna y Brower, le había confesado que en un momento de locura me había atrevido a soñar con un imposible, ganarme el amor de la heredera de los Audrey.
Y que al ver mi sueño truncado, había decidido dedicarme en cuerpo y alma al trabajo. Buscando solo la compañía femenina cuando la necesidad era muy grande.
Sin ataduras sentimentales ni promesas de matrimonio.
Whitman debe pensar que en un momento de debilidad podría seducir a Dorothy. Yo nunca le haría eso a ella. Nunca me lo perdonaría.
Sin embargo, hace mucho tiempo que no me fascinaba una mujer de este modo. Ni siquiera recuerdo si era la misma sensación con Pauna. A pesar de que la amaba, nunca me sentí completamente cómodo en su compañía.
En cambio con Dorothy la interacción es natural. Siento como si pudiera ser yo mismo a su lado, y no estoy seguro si quiero prescindir de ella.
Capítulo 20
“¡Me encantó todo! ¡La música, los bailes, el vestuario y por supuesto el galán!”
Sonreí ante la efusividad de Dorothy y el hermoso rubor en sus mejillas. Sabía que le gustaría el musical La Dama de la Rosa.
“¿Quieres ir a cenar?”
“Sí, tengo un hambre atroz. ¿Y usted?”
“Podría comer algo,” dije vagamente. Lo que me importaba era sentarme frente a ella, ver sus ojos brillar y sus expresiones cambiantes cuando habla.
“El restaurante está a tres cuadras del teatro. ¿Quieres caminar o pido el auto?”
“Caminemos,” dijo. “Ya me acostumbré a andar en tacones todo el día.”
Dejé que mis ojos recorrieran su cabello recogido adornado con un listón magenta, su vestido rosa pálido con hilos de canutillo con cuello cuadrado que apenas muestra un poco de escote, manga corta y bastilla que le llega a la rodilla, hasta sus piernas enfundadas en medias blancas de seda y sus pies cubiertos con zapatillas del mismo color de su listón.
Se veía hermosa.
Entramos al restaurante y fuimos conducidos a nuestra mesa. Al hacer la reservación le pedí al maître que le diera un menú sin precios, mientras que el mío si los tenía. Esta vez no pagaría su cena.
Quería tratarla como ella se lo merece… como una princesa.
Sin embargo, a la mitad de la cena me di cuenta que debí llevarla a un lugar menos formal. El ambiente era muy restrictivo, haciéndonos guardar pausas incómodas. En cuanto terminamos de comer, le sugerí que fuéramos a otro lugar cerca del corporativo. Comentó que le había encantado la cena y que el servicio era excelente, pero también prefería un ambiente más relajado para conversar. Pagué la cuenta y fuimos a buscar el carro.
Llegamos a Chez Moi y me pidió que nos sentáramos en el patio que estaba lleno de parejas disfrutando la noche fresca de otoño. Así podremos ver las estrellas, dijo sonriente.
Continuamos nuestra plática sobre el musical y viendo su entusiasmo sugerí que la próxima vez fuéramos a un concierto, cuando nuestras agendas nos lo permitieran. Ese comentario la puso seria por un instante, confesando que extrañaba nuestras largas conversaciones en mi estudio cuando teníamos todo el tiempo del mundo.
“¿Tiene hermanos y hermanas?”
“No, fui hijo único. Mis padres murieron cuando era niño.”
Su rostro palideció. “Oh, lo siento mucho. No puedo imaginarme lo difícil que debió ser para usted. Yo los perdí cuando tenía quince años, por eso tuve que buscar empleo para mantener a mi familia.”
“Tienes hermanos y hermanas, ¿verdad? Debe ser agradable tener hermanos y hermanas.”
“Tres hermanos y dos hermanas que son una calamidad.”
“No lo creo,” dije, adivinando el tono afectuoso en sus palabras.
“No,” confesó. “Son maravillosos.”
“Cuéntame,” le pedí, y escuché divertido mientras relataba sus aventuras infantiles. Me di cuenta que estaba editándolas porque hacía pausas que la delataban. Habíamos platicado bastante en estos meses y estaba seguro que editaba la mayoría de las historias. No me molestaba, disfrutaba mucho nuestro tiempo juntos.
Observé la manera que sus ojos melados brillaban al recordar esos pasajes de su vida, entonces me fui nuevamente a sus labios, fascinado por sus contornos y su grosor.
Como quisiera-
Dorothy miró a un lado sorprendida cuando escuchó a un cliente preguntarle la hora a un mesero.
“¿Dijo que eran la doce y media?”
Vi mi reloj. “Así es.”
Puso las manos en sus mejillas. “Perdimos la noción del tiempo.”
“Parece que nos gusta hacer eso. Quiero decir hablar. Me gusta conversar contigo.”
“También me gusta platicar contigo,” admitió, entonces se cubrió la boca con una mano. “Disculpe, no quise ser irrespetuosa.”
“Dorothy, no solo te olvidaras de ese fastidioso usted sino que además me llamarás por mi nombre, ¿de acuerdo?”
Sonrió ampliamente. “De acuerdo… George.”
Capítulo 21
George y yo fuimos los últimos en abandonar el restaurante-bar Chez Moi. Nos quedamos parados en la banqueta esperando nuestro automóvil.
“La ciudad es bella y tranquila a esta hora.”
“¿Sabes algo?” dijo, “he recorrido estas calles cientos de veces por trabajo, pero nunca he prestado mucha atención.”
La temperatura había descendido considerablemente y me froté los brazos.
Se quitó el saco. “Ponte esto.”
“Gracias,” dije, deslizando los brazos dentro de la prenda. “¿Estás seguro que no lo necesitas?” Me gustaba hablarle de tú a George.
“Estaré bien.”
“Oh.” Cerré el saco y no pude evitar sonreír. “Huele rico.”
“¿En serio?”
“Claro.” Levanté una solapa y moví la cabeza para inhalar profundamente. “Me gusta tu loción,” confesé, oliendo nuevamente.
Se me quedó viendo por unos instantes. “Eres tan transparente, Dorothy.”
“¿Transparente?”
El valet frenó con chillido enfrente de nosotros, saltó del auto y le entregó la llave a George recibiendo una propina generosa.
George abrió la puerta y me ayudó a subir. Su caballerosidad era una de las cosas que más me gustaba. Lástima que este sueño terminará muy pronto.
En cuanto tomó el volante le pregunté, “¿Por qué dijiste que soy transparente?”
George se quedó en silencio por unos momentos mientras esperábamos a que cambiara el semáforo; entonces avanzó. “La mayoría de las mujeres no hubieran admitido que les gusta mi loción, mucho menos demostrarlo. A ti no te gustan los juegos.”
“Los juegos son para los niños.”
Volteé a verlo sorprendida cuando se echó a reír. “¿Qué es tan gracioso?”
“No parece haberte molestado actuar como una niña otras veces. Nunca había visto a alguien comportarse como tú en un museo. Y cuando fuimos a la feria y correteaste al vendedor de algodón de azúcar-”
“Lo siento, pero ir a la feria y no probar algodón de azúcar es un pecado.”
“No te disculpes,” dijo viéndome de reojo. “Tu espontaneidad es una de las cosas que me gustan de ti.”
“Me alegro, porque no lo siento,” le dije con una sonrisa.
Cuando llegamos a Lakewood las luces en las habitaciones de los sirvientes ya estaban apagadas, así que nos quedamos platicando un rato en el jardín trasero.
“Gracias por el teatro y la cena.”
“De nada, fue un placer. Mañana le diré a mi secretaria que nos busque boletos para un concierto.”
“Estoy segura que la pasaremos muy bien,” dije entusiasmada.
Renuente a alejarme de su lado, traté de encontrar otro tema de conversación. Mi corazón se aceleró cuando vi la ternura en su mirada gris, como si leyera mis pensamientos.
Dios mío, ¿qué me está pasando? ¿Por qué siento esta necesidad imperiosa de arrojarme a sus brazos y darle un beso?
“Dorothy, yo quisiera-“
No pude resistir más. Puse mis manos en su rostro y lo jalé hacia mí, cubriendo su boca abierta con la mía.
Capítulo 22
N.A. Este capítulo está inspirado en una escena de la película Sabrina (1995)
A la mañana siguiente Doris no dejaba de parlotear. Mary que estaba preparando el desayuno para Candy y el señor Albert, suspiraba exasperada. Doug tampoco estaba poniendo mucha atención porque seguía hojeando el periódico.
“No podía dormir así que vine a la cocina por un vaso de leche tibia. Regresaba a mi habitación y vi a alguien por la ventana,” dijo. “Era una mujer. Así que pensé,
‘¿quién será a estas horas de la noche?’ seguí mirando, vi que era Dorothy toda emperifollada platicando con un hombre. No era Whitman porque no tenía el pelo canoso. Tampoco era Doug porque estaba jugando cartas en su habitación con Bradley-“
“Era George,” la interrumpí. “Regresábamos del teatro.”
Mary paró en seco, charola en mano. “¿Tuviste una cita con George?”
“Sí, fuimos a ver un musical y luego a cenar.”
Doug bostezó. “Creí que a George no le gustaban las mujeres.”
Whitman entró justo para escuchar a Doris diciendo, “¿A George no le gustan las mujeres?”
“No hablen de cosas que no les incumbe,” declaró enfáticamente. ”Y tú deja de leer el periódico del señor Audrey. Lo vas a arrugar.”
Riéndose, Doug cerró el periódico y lo regresó a la charola. “Viejo, te tomas la vida demasiado en serio.”
Apuntándolo con el dedo, Whitman dijo, “La vida es un asunto serio, jovencito, nunca lo olvides.”
D&G
“Albert se veía muy molesto,” Candy dijo de la nada. Luego de desayunar la había alcanzado en su estudio donde estaba redactando su discurso para la inauguración de la nueva ala de pediatría Audrey del Hospital Santa Juana.
Me pidió que se lo mecanografiara mientras escribía unas cartas de agradecimiento. Sin embargo, era la tercera vez que me equivocaba a la mitad de la hoja.
“Sí, me tocó verlo cuando salía para la estación,” dije, colocando una hoja nueva en la máquina de escribir.
“Quería acompañarme a la inauguración pero tiene que ir a la asamblea extraordinaria de banqueros en Nueva York. Por cierto, George tampoco se veía muy contento.”
Al escuchar su nombre, me equivoqué nuevamente. Arranqué la hoja y la hice bola para arrojarla al cesto de basura.
“¡Rayos!”
Candy se me quedó viendo sorprendida. “Parece que no son los únicos molestos con el cambio de última hora.”
“No puedo acostumbrarme a esta máquina de escribir.”
Se sonrió de manera pícara. “¿Prefieres la máquina de George?”
Me le quedé viendo. “Chistosa.”
“Dorothy, ¿no vas a decirme como van las cosas con tu querido tutor?”
Suspirando, puse otra hoja en la máquina. “Es un gran maestro.”
“¿Y qué más?”
Dejé caer las manos sobre mi regazo. “Es un caballero. Me encanta que me abra las puertas, su preocupación por mi comodidad, asegurándose que no pase frío o calor, o que no me canse de caminar. Anoche me llevó a un restaurante francés muy exclusivo y ordenó la comida en un francés perfecto. Bueno, al menos eso creo, apenas conozco unas palabras. Me hace sentir tan especial, y su forma de besar-“
“¡Dios mío! ¿Te besó?”
“No, yo lo besé.”
Los ojos de Candy se iluminaron. “¡Estás enamorada de George!”
“¡No!” Dije azorada. “Solo me gusta.”
Me ignoró y siguió hablando. “Esto es grandioso. Podrían casarse y vivir aquí en Lakewood con nosotros o construir una casa cerca. Tener media docena de hijos-“
“¡Espérate! Solo somos amigos.”
“¿Y eso qué? Albert y yo fuimos amigos por muchos años antes de que me diera cuenta que era el indicado. Claro que tuvimos que pasar muchas pruebas antes de reencontrarnos, pero cuando conoces a tu príncipe, tú lo sientes. Y ustedes dos se complementan, querida Dot. Piénsalo.”
“Tengo que terminar tu discurso,” murmuré, fijando la vista nuevamente en el teclado.
Quisiera creer en las palabras de mi amiga, pero tengo miedo emocionarme. Siempre he creído que la felicidad de cada uno no pueden darla los demás, es algo que debe construirlo uno mismo con su propio esfuerzo, y sólo Dios puede ayudar.
Aunque ya no estoy tan segura.
¿Y si mi felicidad pudiera encontrarla con George? ¿No merezco darme esa oportunidad?
Capítulo 23
“La langosta está deliciosa, pero Doug tiene mejor sazón.”
Observé a William llevarse otro bocado de la langosta Newberg que había ordenado. Mi filete Rib Eye Delmonico estaba en su punto pero no tenía mucho apetito.
Cada vez que venimos a Nueva York procuramos comer en Delmonico’s que es un sello especial del distrito financiero. Fue una suerte conseguir mesa sin reservación.
“Tú sabes que soy de buen diente y me gusta cocinar,” continuó, bajando los cubiertos para coger la servilleta. “Sin embargo ahora todo me sabe mejor. No solo la comida, todo lo que hago. Supongo porque lo estoy viendo desde otra perspectiva, como Candy la está viendo, sin ese maldito velo de años de soledad.”
No dije nada, simplemente levanté mi copa de sidra. Pero al tomar un sorbo, sus palabras movieron algo dentro de mí. Si quisiera analizarlo, podría decir que es algo similar a la envidia.
No quiero hacerlo. No hay tiempo para el amor en mi vida, tengo demasiadas responsabilidades. Siempre he protegido los intereses de William y lo haré hasta que me muera.
Putain. ¿A quién quiero engañar? No quiero estar aquí. Fijé la mirada hacia la puerta por unos instantes preguntándome que estará haciendo ella en estos momentos.
¿Por qué desviaba la mirada cada vez que nos encontrábamos en los pasillos o en la cocina? ¿Por qué buscaba cualquier pretexto para no hablar conmigo?
“George, ¿te sientes bien?”
“Sí, ¿por qué?”
“Apenas has tocado tu filete y parece que estuvieras a punto de salir corriendo.”
“Tonterías,” dije, atacando mi ensalada con el tenedor.
“Por cierto, ¿cómo van las cosas con tu linda pupila?”
Apreté los labios. “No lo sé.”
William levantó las cejas. “¿No lo sabes?”
Suspirando, dejé el tenedor en el plato. “William, siento que hay una química muy especial entre nosotros. Nos llevamos muy bien. Conversamos todo el tiempo, a veces terminamos las frases del otro. Pienso en ella a todas horas. Quiero que sea feliz. Quiero tenerla a mi lado y protegerla de todo mal.”
William movió la cabeza en afirmación. “Eso mismo me pasa con Candy,” murmuró. “¿Has platicado de esto con Dorothy?”
“No, me ha estado evitando desde el beso.”
Abrió los ojos desorbitados. “¿La besaste?”
“No exactamente. Regresábamos del teatro y de cenar y como ninguno de los dos queríamos retirarnos a nuestras habitaciones, nos quedamos platicando un rato en el patio trasero. Después se me quedó viendo con esos ojos melados tan bellos… y me besó en la boca.”
¿Y cómo estuvo?”
“Glorioso. No quería que terminara.”
William sonrió ampliamente. “Nunca me imaginé que nuestra Dorothy tomara la iniciativa. Sorpresas que da la vida. Continúa.”
“Escuchamos un portazo y nos separamos, dirigimos las miradas hacia la casa pero las luces seguían apagadas. Murmuró las buenas noches y se fue corriendo, dejándome lleno de dudas.”
“¿La amas?”
Mon Dieu. Quiero decir que sí, pero no puedo decir las palabras. Soy un cobarde.
Willliam se me quedó viendo por unos instantes, como si comprendiera la tormenta que tengo en mi interior. Padeció la suya cuando la señora Candy rechazaba sus avances amorosos.
“No te preocupes, tendrás un par de días para analizar la situación. Cuando regresemos a Lakewood hablarás con ella y sabrás si tienen un futuro en común.”
“William, no te adelantes a los acontecimientos. Quizás se dejó llevar por el momento.”
Regresó la servilleta a su regazo. “Es probable. Dorothy es muy joven e impresionable.”
“Sí, tienes razón.”
“Pero contéstame esto George,” dijo poniendo una mano sobre mi antebrazo y viéndome directamente a los ojos. “¿Estás dispuesto a quedarte con la duda?”
Capítulo 24
El taxi se detuvo frente al Corporativo Audrey y me quedé viendo el edificio majestuoso, hasta que el chofer se impacientó y repitió el costo del pasaje. Pagué y me bajé del vehículo.
El portero me saludó y me abrió la puerta. Mientras el elevador me llevaba a mi destino le daba vueltas a mi discurso.
George tiene razón, a mi no me gustan los juegos. Siempre es mejor saber la verdad por más dolorosa que sea y así te evitas malentendidos. Necesito saber qué piensa de nuestra situación.
Anoche escuché al señor Albert decirle a Candy que George se había quedado a dormir en su oficina porque tenía mucho trabajo. Por eso decidí venir a buscarlo.
Solo espero que quiera recibirme.
Había dos mujeres en la recepción, una morena como de mi edad sentada frente a una máquina de escribir, y la otra una pelirroja regordeta en sus cincuentas dándole órdenes. Ambas levantaron la vista cuando abrí la puerta.
“Buenas tardes, ¿se encuentra el señor Johnson? Mi nombre es-“
“Dorothy Willows, la secretaria social de la señora Audrey,” la pelirroja me interrumpió entusiasmada. “Hay una foto tuya y del señor Johnson sobre su escritorio,” dijo ante mi asombro. “Yo soy Beatrice Cohley, su secretaria, y ella es Penny Harding la nueva recepcionista.”
“Mucho gusto,” les dije.
Miró el reloj en la pared y sonrió. “Ahora está con unos analistas de la Bolsa de Valores, no deben tardar. Déjame avisarle que estás aquí.”
“Por favor no lo moleste.”
“No es molestia. El señor Johnson me enseñó la fotografía y me dio instrucciones precisas de que si venías le avisara inmediatamente.”
No fue necesario, porque en ese preciso momento George salió de su oficina en mangas de camisa, acompañado de dos hombres con portafolios.
“Dorothy.”
“H-hola, George,” dije, sintiendo el palpitar de mi corazón en mis oídos.
Despidió a los sujetos y me pidió que entrara. “Beatrice, por favor no me pases llamadas.”
“De acuerdo, señor.”
“Siéntate por favor,” dijo, cerrando la puerta. “¿Deseas tomar algo? Café, té, agua-“
“Nada, gracias.”
Me vio fijamente. “¿Sucede algo?”
“Vine al centro de la ciudad a buscar información para la subasta silenciosa que organizará el Comité de la Cruz Roja. Y quise aprovechar para verte.”
“William me dijo que rentarán un salón.”
“Así es, no me tocará ocuparme personalmente de la logística de este evento. Candy sugirió que estuviera al pendiente para entender los tejes y manejes de una subasta por si decide organizar una.”
“Entiendo.”
Nerviosa, me levanté del sillón y fui a la ventana.
“George, necesito decirte algo.”
“Te escucho,” dijo, parándose detrás de mí. Y no pude evitar estremecerme al sentir el calor que emanaba su cuerpo.
Respiré profundamente, y me di la vuelta para verlo directamente a los ojos.
“George, me gustas mucho. No sé qué sientas por mí, o que pienses del beso que te di la otra noche, pero me gustas. Si no quieres hablar de esto, trataré de enten-“
Cubrió mi boca con la suya antes de que pudiera terminar mi discurso. Sentí sus manos recorrer mi espalda para jalarme contra su cuerpo. Era la primera vez que lo veía perder ese control que siempre lo había distinguido. Sus manos recorrieron mi cintura como si tuviera el derecho que por supuesto se lo concedía con todo gusto.
Indefensa ante la tentación, acaricié una y otra vez la suavidad de su cabello. Me entregué completamente a su boca, tocando su lengua, dejándome llevar por su experiencia.
Fue el primero en retirarse, apoyando su frente contra la mía. Su respiración estaba tan agitada como la mía. Cerró los ojos por unos instantes.
”Perdóname,” murmuró.
“No te disculpes,” dije, tocando su bigote con el dedo índice.
Abrió los ojos. “Qué bueno, porque no lo siento.”
No pude evitar sonreír. “Ahora me robas mis frases.”
Me vio por unos momentos. “Ven conmigo,” dijo tomando mi mano.
“Tu trabajo-“
“Puede esperar,” dijo jalando su saco del perchero.
Capítulo 25
Cuando George me llevó a una tienda para comprar pan, jamón, queso y algo de fruta pensé que me llevaría al parque de la ciudad para un día de campo. Sin embargo, abandonamos Chicago y al llegar a una bifurcación tomó un camino de terracería que yo desconocía.
“¿Adónde vamos?”
“Tengo una cabaña cerca del lago,” explicó. “Está como a una hora al norte de Lakewood.”
“¿Estás seguro que puedes ausentarte de la oficina?”
“Por supuesto,” dijo, viéndome de reojo. “Dorothy, he trabajado por muchos años sin descanso. He cerrado más tratos de los que puedo recordar. No tengo nada que probar, no tengo ganas de enfrentar a otro prospecto de inversor o un analista con sus gráficas. Tú eres mi prioridad y quiero estar seguro de que podamos hablar sin interrupciones. Debes saber que me tenías muy preocupado.”
“¿Por qué?”
“Estuviste evadiéndome desde aquella noche. Creí que te habías arrepentido de ese beso.”
“Yo pensaba lo mismo,” confesé, poniendo mi mano sobre la que él tenía en la palanca de cambios.
“Me alegro que nos hayamos equivocado,” dijo, entrelazando sus dedos con los míos.
Por fin llegamos a la cabaña, si aplicamos el término a la ligera. Mi idea de una cabaña es un lugar con dos cuartos y el baño en el patio trasero. Pero la cabaña de George era tan grande como la cabaña de los Audrey. ¡Estaba preciosa!
Abrió la puerta y me invitó a pasar. También era preciosa por dentro. El piso de abajo era una estancia enorme y en una esquina estaba la cocina con su estufa de leña, anaqueles, mesa de trabajo y comedor. En el centro de la estancia había un hermoso tapete persa en tonos rojizos, verdes y azules y muebles de madera acomodados en semicírculo frente a una gran chimenea de piedra.
Mientras George llevaba las compras a la cocina fui a dejar mi bolso en las escaleras.
“Si quieres pasar al baño, está en el segundo piso.”
“Gracias.”
Creí que arriba habría dos o tres recámaras, pero era una sola con su cuarto de baño. En la pared del fondo había una cama grandísima con sus cuatro postes y una sobrecama de terciopelo azul marino, un ropero, una pared cubierta de libros, un fonógrafo, una mesa cuadrada pequeña con una silla, así como un sofá de piel negra y botonadura dorada con su taburete, similares a los que tiene en su estudio de Lakewood. Cortinas gruesas de color azul colgaban de las tres ventanas.
Era obvio que había invertido gran parte de su sueldo en esta cabaña.
Sin embargo, mi mirada seguía regresando a la cama. Esa enorme cama azul.
D&G
Dorothy bajó las escaleras y caminó a la ventana que da al lago. Le llevé una copa de vino tinto, se le quedó mirando sorprendida por unos instantes antes de verme a los ojos.
“No te asustes, no he quebrantado ninguna ley. Tengo botellas que tienen más de diez años.”
“¿No tienes miedo de que alguien te delate ante las autoridades?” dijo con una sonrisa pícara.
“Soy el único que tiene la llave de la cava. Además, confío en tu discreción.”
“Gracias,” murmuró, tomando la copa.
“Eres la primera mujer que visita mi cabaña-”
“¿En serio?”
“Sí,” continué, ignorando su interrupción. “Bueno, excepto la madre del guardabosques que hace la limpieza cada quince días. Una mujer de unos sesenta años, muy simpática.”
Dorothy movió la cabeza en afirmación y tomó un sorbo de vino, viéndome como hacía lo propio.
Entonces volteó a ver el lago. “¿Vienes seguido?”
“No.”
“¿Por qué? Es un lugar bellísimo.”
“Esta soledad me hace recordar pasajes tristes, aunque haya pasado mucho tiempo.”
“Tus padres,” murmuró.
Apreté los labios. “Entre otras cosas.”
“Todavía te duele.”
Miré mi copa. No me atreví a confesarle que no eran las únicas sombras que tenía en mi pasado y decidí por el momento tomar el camino más seguro.
“Los quise mucho. Puedo recordar la risa de mi madre, la voz de mi padre cuando me cantaba, y recuerdo lo bien que se sentía tener mi propia familia. Gente que te ama y a la que perteneces.”
“El señor Albert y Candy te quieren,” dijo suavemente. “Mary y Whitman también.”
“Lo sé, sin embargo no es lo mismo,” dije, terminando mi vino y dejando la copa sobre el comedor.
Dorothy se acabó su copa y fue a dejarla a lado de la mía. Se me quedó viendo como si quisiera decirme algo y no encontrara las palabras adecuadas.
No fue necesario, sus acciones hablaron por ella. Se acercó para abrazarme y darme un beso dulce y apasionado en los labios.
La apreté a mi lado para disfrutar la calidez de su boca, la incandescencia de su abrazo.
“Dorothy, ¿por qué permitiste que te trajera aquí?”
Sus ojos melados me vieron con infinita ternura. “Porque quiero saber todo sobre ti, George Johnson. Y en este momento, quiero hacerte el amor.”
Capítulo 26
“Buenas tardes, señor William.”
“Buenas tardes, Mary,” respondí, permitiendo que tomara mi portafolio.
“¿Tuvo un buen día en la oficina?”
“Sí.” Me acerqué a la mesa que estaba en el recibidor y tomé la correspondencia que estaba en la charola para revisarla. “Dimos otro paso para que este mundo sea un poco mejor. ¿Qué te parece?”
“Grandioso.”
Dejé las cartas y mis lentes en la charola. “¿Se encuentra la señora?”
“Si, llegó hace como una hora. Lo está esperando en el estudio.”
“Gracias. Por favor avísanos cuando esté lista la cena.”
Entré al estudio deseando que Candy me brincara encima para darme la bienvenida, pero la encontré de rodillas murmurando, mientras pasaba un trapo sobre el tapete.
“¿Qué sucede, pequeña?”
Se detuvo en seco, entonces miró por encima de su hombro haciendo una mueca. “Hola, Albert. Soy una atolondrada. Me subí a la escalera para alcanzar un libro de la tercera repisa, pero el maldito se me resbaló de las manos y golpeó mi taza, derramando el té en el tapete. Ya recogí los pedazos de porcelana-”
Sonreí. “Deja eso, no tiene importancia,” dije tomándola del brazo para ponerla de pie. “Lo que importa es que no te hayas lastimado.”
“Arruiné el tapete-“
“Tiene remedio,” le aseguré, quitándole el trapo y arrojándolo a la mancha para que absorbiera el liquido. La conduje alrededor del escritorio y tomé asiento, jalándola a mi regazo. “Sin embargo, no creo que estés alterada por ese tapete.”
Apoyó su cabeza sobre mi pecho. “Estoy preocupada por Dorothy. Salió de la casa desde la mañana y no ha regresado. Debí insistir que Bradley la llevara a la ciudad.”
Con una mano cubrí su nuca y con un brazo su cintura, sosteniéndola lo más apretado posible para darle tranquilidad.
“Dorothy no anda sola.”
“¿Cómo lo sabes?”
“Beatrice me dijo que fue a buscar a George.”
Levantó la cabeza para verme a los ojos. “¿En serio?”
“Así es. Estuvieron un buen rato encerrados en su oficina y luego salieron tomados de la mano. George le informó que no regresaría sin dar mayores explicaciones y notó que ella se veía radiante.”
“Dot siguió mi consejo,” murmuró. Tomó mi rostro entre sus manos para besarme en los labios. “¡Albert! Todo está saliendo como lo planeamos.”
“Así parece,” dije extasiado mientras me cubría de besos y trataba de quitarme el saco para hacer conmigo de las suyas. ~Solo espero que George recuerde su promesa.~
Capítulo 27
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
Tomé a George de la mano y subimos las escaleras a su habitación. Debería estar nerviosa por lo que estaba a punto de hacer y sin embargo no lo estaba. Estoy a punto de volver a hacer algo que es mal visto por la sociedad, pero mi corazón no quiere escuchar razones. Lo único que me importa es tener a George entre mis brazos y aliviar un poco de nuestra soledad.
Dejé su saco y su corbata en una silla. Vi la ternura en su mirada cuando empecé a desabotonar su camisa.
Cogió mi mano derecha y me besó las yemas de los dedos, haciéndome estremecer de pies a cabeza. Entonces regresó mi mano a sus botones y siguió observándome con suma atención.
Yo no podía despegar los ojos a medida que iba revelando su piel. Dios mío, se nota que hace mucho ejercicio. Sus músculos eran sólidos y cubiertos por una deliciosa piel bronceada.
Tragué grueso cuando le quité la camisa y pude ver su pecho desnudo por primera vez. Tenía los hombros de un nadador, anchos y musculosos. Con la palma de mi mano toqué sus pectorales salpicados de vello tan oscuro como su cabello. Dejé que mis dedos recorrieran su torso, su vientre plano, hasta llegar a sus caderas.
Me arrodillé para quitarle los zapatos y los calcetines. Cuando puse las manos sobre el cierre de su pantalón, dijo, “Primero suéltate el cabello.”
Levantando los brazos, jalé los pasadores de mi cabello y los dejé caer encima de su saco. En estos meses me había crecido hasta la cintura.
“¿Te gusta?”
Sus ojos grises miraron los míos intensamente. “Mucho,” declaró, cogiendo un mechón entre sus dedos para besarlo.
Mi corazón empezó a latir como loco cuando sus labios se fueron a los míos. Su beso fue demandante y a la vez inmensamente tierno. Su boca abandonó la mía para besarme los párpados y las mejillas. Cubrió de besos mi cuello, hasta llegar a mi pecho, murmurando que le gustaba mi perfume antes de besarme el escote.
Lo empujé hasta que cayó sobre la cama, y se apoyó en sus codos para observarme.
Con dedos temblorosos me desabotoné mi blusa de seda blanca y me la quité junto con el corpiño. Abrí el cierre de mi falda verde bosque dejándola que cayera a mis pies. Luego seguí con las medias…
Y George se abalanzó para detenerme las manos.
Capítulo 28
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
No permití que Dorothy siguiera quitándose la ropa y me levanté de la cama para la tomarla en mis brazos. Mi necesidad de tocarla era tan grande, que temí morir si no lo hacía.
Sorprendida por mi reacción, puso sus brazos alrededor de mi cuello y se me quedó viendo mientras la llevaba a la cama, el rubor de sus mejillas acentuándose.
La recosté en el centro de la cama y me senté a su lado para recorrer con un dedo su brazo, deleitándome con su suavidad. Era el momento para repetir esa vieja danza de la seducción. Conocía todos los movimientos, donde tocar y donde besar a una mujer. Sin embargo con Dorothy esa rutina era imposible. Estaba temblando de la excitación, a punto de escapar de mi propia piel.
Respiré lentamente en un intento por controlar mis impulsos y no ponerla más nerviosa de lo que ya estaba, entonces le quité sus zapatos y sus medias con mucho cuidado.
Murmuró suavemente cuando me acosté encima de ella y acaricié sus hombros hasta llegar a sus brazos. Mis atenciones llegaron hasta las puntas de sus dedos, entrelazándolos con los míos para buscar su boca.
“George, déjame tocarte,” dijo, así que le solté las manos.
“Oh,” murmuró contra mis labios, rodeándome con sus brazos. Me plantó besos en el cuello y la mandíbula.
Se rió suavemente al frotar su rostro contra mi hombro. “Bajo ese traje negro y sombrío, escondes el cuerpo de un atleta.”
“Y tú,” dije, deslizando mis manos entre los tirantes de su sostén y sus hombros. “Escondes a una diosa.”
Escondió su cara en mi pecho. “Tengo miedo.“
Por un instante temí que cambiara de opinión.
“Te juro que no te haré daño. ¿Me crees, verdad?”
“Si, te creo. Tengo miedo de no complacerte. Además, ha pasado mucho tiempo desde la última vez-”
“Ma petite, eso nunca pasará. Tu me complaces con tu belleza, tu bondad y tu alegría sin límites.”
“Yo-“
Cubrí sus labios con una mano. “Guarda silencio.”
La empujé hacia las almohadas mientras bajaba la cabeza a su pecho.
Cogió mi mano y comenzó a besarme los dedos, haciendo que me excitara aún más.
“Por favor,” dije, contra la curva de su seno. “No hagas eso.”
Soltó una pequeña risa. “No puedo evitarlo. Me gustan tus manos. Me empezaron a gustar desde aquella vez que me ayudaste a mejorar mi escritura.”
Dejé de frotar mi cara entre sus pechos por un instante.
“Qué cosas dices.”
“Digo la verdad,” declaró, frotándome los hombros y espalda, hasta alcanzar mi cintura. Sus dedos rozaron mi erección hasta llegar al cierre de mi pantalón.
Levanté la cabeza para verla con ojos censores. “Dorothy-“
“Eres adusto, pero tienes un corazón enorme.”
“¿Perdón?”
Se echó a reír. “Y me gusta cómo te sonrojas.” Cerró sus brazos alrededor de mis hombros y se levantó para besarme.
Es maravilloso sentir las curvas de su cuerpo bajo el mío. Adoro su suavidad. Me gusta tal y como es. Irradiando una felicidad que quiero atrapar para mí.
“Ah,” murmuró, presionando mis hombros y espalda. Escondí mi rostro en sus pechos. “No te detengas, por favor,” la escuché decir mientras lamía el encaje de su sostén. Bajé la mano a su espalda y encontré el broche, abriéndolo fácilmente y así poder acariciar sus senos tibios y perfumados.
Me empujó para bajarse los tirantes y arrojar la prenda al suelo, y entonces jaló mi boca a sus pezones los cuales succioné como un desesperado.
“Oh, George,” murmuraba incesante.
“Te adoro,” dije, bajando la cabeza hacia su vientre para besarlo y lamerlo. Metí las manos bajo el elástico de sus pantis, retirándolos de su cuerpo y así poder frotar mis manos directamente sobre sus caderas y trasero.
Me levanté para rozar mis labios contra los suyos. “Eres hermosa.”
Sus ojos de miel estaban luminosos, y sus manos temblorosas acunaron mi rostro. “¿De verdad?”
“De verdad.” Yo también estaba temblando. Siempre he podido controlar mis emociones y acciones. Pero en este momento, mi control se está evaporando.
Me separé de Dorothy solo el tiempo suficiente para quitarme el resto de la ropa y sacar una carta francesa de la gaveta del buró. Después de ponerme el condón me acosté encima de ella y la penetré. Escuché su grito sofocado contra mi hombro. Estaba suave, caliente y deliciosamente estrecha.
Bajé la cabeza a sus pechos para besárselos mientras le murmuraba frases en inglés y francés. Ella conocía poco del idioma pero las palabras parecían excitarla un instante, tranquilizarla al siguiente, permitiéndome acrecentar la intensidad de mis embestidas.
Su cuerpo se relajó lentamente aceptando mi invasión, sus dedos enredándose en mi cabello. Mordiéndose el labio, puso sus piernas torneadas alrededor de mi cintura y empezamos a movernos en un mismo tempo para conseguir la misma satisfacción.
Entonces se vino, gritando mi nombre.
Fue maravilloso verla llegar al orgasmo en mis brazos, su cuerpo trémulo cubierto de un rubor encantador, al igual que sus labios húmedos y abiertos.
Riéndose suavemente, me dio un beso en la comisura de los labios.
Ese beso me hizo venirme intensamente que podría jurar que vi estrellas. La retuve en mis brazos hasta que dejamos de estremecernos.
Capítulo 29
N.A. El final de este capítulo está inspirado en el libro “All’s Fair in Love and Chocolate” por Laura Florand
Abrí los ojos y pude distinguir el tenue rayo de luz que atravesaba la cortina. Eran poquísimas las ocasiones que despertaba a lado de una mujer. Normalmente abandonaba sus aposentos después de tener sexo, prefiriendo dormir en mi propia habitación. No quería darles oportunidad de que me conocieran realmente.
Hasta mi forma de despertar es peculiar. Estoy acostumbrado a despertarme inmediatamente, alerta y listo para defenderme. Era la única manera para que un niño sobreviviera en las calles infestadas de ladrones, violadores y asesinos.
Sin embargo, ahora me despierto de un sueño tranquilo, consciente de que hay una persona apoyada en mi hombro. Con su cabello castaño rojizo, su piel suave y perfumada, pestañas largas, y una boca roja pidiendo un beso.
Entonces su estómago gruñó tan fuerte que tuve que apretar los labios para no soltar una carcajada.
“¿Tienes hambre?”
“Oh, Dios,” murmuró contra mi pecho. “Escuchaste eso. Qué pena.”
“Creí que dormías,” dije, frotando su hombro con el pulgar.
“Me desperté hace rato pero estabas tan a gusto que me dio pena despertarte.”
Su preocupación por mi bienestar hizo que mi lasitud desapareciera por arte de magia. Brinqué de la cama y me puse los pantalones sin cerrármelos. Es imperdonable que este ser maravilloso pase hambre en mi propia morada.
“No te mortifiques, yo también tengo hambre. Traeré algo de comer, no me tardo.”
“¿Te acompaño?”
Volteé a verla. Estaba apoyada en sus codos, con sus mejillas sonrojadas y el cabello en desorden.
Se veía hermosa.
“No es necesario,” dije sonriendo.
D&G
La sonrisa de George era tan franca, tan hermosa que deseé tener una cámara para capturarla. Era rarísimo verlo sonreír. Que yo fuera la causante de esa sonrisa llenaba mi corazón de alegría.
Mi mente ya no está llena de dudas, sino de una sola certeza… estoy enamorada de mi tutor.
Feliz, salté de la cama para buscar mi ropa pero encontré algo mejor, la camisa de George.
Me fascina su loción, es una combinación de flores y maderas. Debo preguntarle cómo se llama para comprarle más.
Después del ir baño y darme una ducha, me paré frente al espejo para arreglarme el cabello.
Entonces pensé que George no me había dicho que le gustara.
De acuerdo, hicimos el amor varias veces pero eso no significa necesariamente que sienta algo profundo por mí.
Por lo menos logré aliviar un poco de esa soledad que lo ha acompañado por muchos años.
George regresó a la habitación justo cuando yo salía del baño, con una canasta que contenía duraznos, fresas, jamón, queso partidos en cuadritos y una barra de pan de centeno, y la botella de vino tinto que había abierto cuando llegamos y dos copas.
“Prometo alimentarte mejor la próxima vez que vengamos.”
Me mordí el labio. “¿O sea que habrá una próxima vez?”
“Por supuesto,” dijo dándome una servilleta. ¿Acaso lo dudas?”
“Este-“
“¿Qué te sucede?”
“No me pasa nada.”
“¿Segura?” dijo, frunciendo el ceño levemente.
“Sí, oye estas fresas están en su punto.”
“Dorothy, no me cambies la conversación. Dime qué te pasa.”
Suspiré profundamente. “Es solo que… no me has dicho que te gusto.”
Se quedó callado por unos instantes.
Pobre, no se animaba a romper mi fantasía. Levanté la cara para verlo a los ojos y decirle que no se preocupara, que ya había pasado por una situación similar hace unos años. Entendía que esto no volvería a repetirse.
“¿Qué voy a hacer contigo?”
Me le quedé viendo. “No te entiendo.”
“Dorothy, no solo me gustas, sino que te amo.”
Sentí un nudo en la garganta y los ojos me empezaron a arder. “¿De verdad?“
Me acarició la mejilla con el dorso de su mano. “No puedo evitarlo, ma petite. Me intrigas, me confundes, me llenas de deseo.”
Los ojos se me llenaron de lágrimas. “George, yo también te amo. Hasta hoy me di cuenta.”
“Ah, entonces como tu tutor debo reafirmar esa idea.”
Entonces me besó como si quisiera robarme el aliento, y sentí sus manos enredarse en mi cabello para quitarme los pasadores.
“Q-quiero que todos sepan que soy tu novia.”
“De acuerdo,” respondió, dándome besos en el cuello.
“¿N-no te molesta? Siempre has sido tan discreto.”
“Trataré de ser tolerante. Solo te suplico que no les cuentes sobre nuestras intimidades, especialmente a Doris que es demasiado comunicativa.”
Capítulo 30
George y yo regresamos a Lakewood a después de la medianoche seguros de que todos se habían retirado a sus habitaciones. Sin embargo los encontramos en el comedor de la servidumbre en ropa de dormir y con rostros llenos de preocupación. Hasta Doug y Doris que todo lo toman a broma se veían mortificados.
Whitman me reclamó que debí avisarles que estaría fuera de casa todo el día, que aunque fuera mayor de edad y la asistente personal de Candy ellos se merecían un poco de consideración. Empecé a darles una explicación de mi tardanza cuando George decidió intervenir.
“John, no te enojes con Dorothy, yo soy el culpable.”
“¿Vas a decirme que la llevaste a una obra de teatro?” Dijo. “¿O quizás al cine?”
“George,” dije, poniendo una mano sobre su antebrazo. “No es necesario, yo-“
Puso su mano sobre la mía. “No, la llevé a un lugar donde pudiéramos hablar sin interrupciones.”
“¿Sobre qué?” Preguntó Whitman, nunca lo había visto tan molesto. Hasta Mary estaba sorprendida.
Una tenue sonrisa apareció en los labios de George. “Sobre este amor que ha surgido entre nosotros.”
“¿Cómo?” Whitman exclamó.
Mary se llevó las manos al rostro. “¿Qué has dicho?”
“John, Mary, desde que Dorothy entró al servicio de los Audrey la han tratado como si fuera su propia hija. Su reacción ante su ausencia me ha confirmado que le tienen un inmenso cariño. Es por esa razón que con todo respeto, y con Doug y Doris como testigos, les pido permiso para cortejar a su hija.”
“¿Escuchaste eso, Mary?” Whitman dijo, dejándose caer en una silla, su furia disipándose. “Quiere cortejar a Dorothy.“
“Eso es maravilloso,” murmuró ella, sus ojos llenándose de lágrimas. “Forman una bonita pareja. Ándale, dile que damos nuestro consentimiento.”
Whitman me miró a los ojos. “Dot, ¿estás segura?”
“Sí, estoy enamorada de George.”
Entonces clavó su mirada en George. “¿Prometes amarla y protegerla?”
“Sí, lo prometo.”
Se quitó los lentes para enjugarse las lágrimas. Entonces suspiró profundamente y se los puso de nuevo.
“Tienen nuestro consentimiento.”
“Dios mío, George y Dorothy son novios,” murmuró Doris sacudiendo la cabeza. “No lo puedo creer. Cuando las chicas de la mansión de Chicago se enteren…”
Doug sonrió ampliamente. “Y van tan rápido que mejor voy buscando el banquete de boda perfecto.”
“¿Qué está pasando aquí?”
Giramos a la puerta al escuchar la voz grave del señor Albert y lo vimos acompañado por Candy, ambos en bata.
“Dorothy,” exclamó corriendo a mi lado. “¿Estás bien? Me tenías muy preocupada.”
“Sí. Pasé todo el día con George.”
“¿Y de qué están hablando a estas horas de la noche?” Preguntó el señor Albert ajustándose los lentes.
“Dorothy y yo somos novios.”
“¿Tan pronto?” Candy dijo, abrazándonos. “¡Los felicito de todo corazón! Nuestro plan salió mejor de lo que esperábamos.”
El señor sonrió obviamente satisfecho. “Así es,” dijo, palmeando a George en la espalda. “Enhorabuena, George. Felicidades, Dorothy.”
“¿Ustedes planearon esto?” Pregunté sorprendida.
“No puedo creerlo,” dijo George, cuando el señor Audrey movió la cabeza en afirmación.
“En realidad, fue idea de Candy. Me dijo que tenía un buen presentimiento sobre ustedes. Solo te obligué a que te ausentaras de la oficina por una larga temporada para que convivieras con Dorothy.”
Candy se sonrojó. “¿Hubieran preferido que no interfiriera?”
George y yo nos quedamos viendo por unos segundos, entonces contestamos que no en unísono.
“Bueno, ahí tienen,” dijo el señor, deslizando su brazo sobre los hombros de Candy. “No es interferir, cuando buscas la felicidad de tus seres queridos.”
Candy volteó a ver a Whitman y Mary que todavía no asimilaban la noticia. “Vamos, ¡cambien esas caras! Esto hay que celebrarlo.”
“¡Tienes razón!” Agregó el señor Albert. “Doug, Doris, por favor saquen el champán para brindar por la feliz pareja.”
Capítulo 31
Dos semanas después de anunciar mi relación con Dorothy, salí temprano de la oficina para recogerla de la presentación de un libro a la que asistiría junto con las señoras Candy y Annie a la Biblioteca Pública de Chicago. Nuestro plan era pasar la noche en la cabaña y en la mañana partir a Niles a pasar el fin de semana con su familia.
Está segura que me aceptaran con los brazos abiertos y que sus hermanos no protestarán por la diferencia de edades, dado que entre sus padres había una diferencia de casi veinte años.
El cielo está cubierto por enormes nubes grises y está relampagueando. Solo espero que la lluvia no vaya a ser tan copiosa que provoque un caos vial.
Cuando llegué a la biblioteca ya estaban cayendo las primeras gotas. Dorothy me esperaba en el pórtico y bajé corriendo con el paraguas para ir a su encuentro.
Luego de ayudarla al automóvil traté de subir el capacete, con tan mala suerte que el mecanismo se averió y tuvimos que viajar bajo la lluvia.
Le insistí que usara mi paraguas, pero se negó con una sonrisa diciendo que le encantaba la lluvia.
La tormenta se había reducido a una llovizna ligera cuando llegamos a la cabaña. Aunque el daño estaba hecho, estábamos completamente empapados.
Entramos y le sugerí que se quitara la ropa y se diera un baño caliente, mientras yo iba al auto por nuestro equipaje y al cobertizo por leña.
Prendí la chimenea y luego fui a la cava por una botella de vino.
Dorothy bajó enfundada en una de mis batas. “Traje mi ropa para secarla frente a la chimenea.”
Miré sus pies descalzos. “¿No trajiste pantuflas?”
“Estoy bien, George,” dijo, jalando una silla del comedor frente a la chimenea para colgar la ropa. “Me gusta andar descalza.”
No me agrada la idea de que ande descalza sobre el piso de madera, pero debo admitir que me encantan sus pies pálidos y pequeños.
“Sube a darte una ducha mientras preparo algo de comer,” dijo revisando la alacena. “No olvides traer tu ropa para ponerla a secar. Necesitamos algo caliente y nutritivo. Oh, ahora si está bien surtida.”
Cuando bajé, Dorothy me sorprendió con una mesa para dos enfrente de la chimenea. Con vajilla blanca, copas de cristal y un candelabro de plata con velas blancas que había traído de Lakewood. Las velas estaban encendidas y junto con la chimenea era la única iluminación de la estancia. La mesa se veía atractiva e íntima, muy diferente a lo que acostumbraba en mis cenas solitarias en este lugar.
“¿Te gusta?”
“Me encanta,” dije, dándole un beso antes de ayudarla a sentarse.
Algo caliente y nutritivo había dicho. Para ella eso quería decir una sopa. Sopa de tomate, descubrí cuando llenó mi plato, acompañada con rebanadas de pan de centeno.
Abrí la botella de vino y serví una copa para ella y otra para mí.
“No había crema, así que le puse leche evaporada. Espero que te guste.”
“Está deliciosa.”
Estábamos hambrientos y comimos rápidamente. Sabía que este sencillo banquete estaba riquísimo, sin embargo no podía concentrarme en los sabores y las texturas porque Dorothy me estaba observando, como si quisiera ver dentro de mi alma.
D&G
George y yo comimos en silencio. Los únicos sonidos en la cabaña eran las cucharas golpeando las orillas de los platos y cuando tomábamos sorbos de vino.
Me levanté de la mesa para traer un plato con un par de naranjas y le sugerí a George que nos sentáramos frente a la chimenea.
Apoyé el mentón sobre las rodillas y me le quedé viendo mientras cogía una naranja para quitarle la cáscara y abrirla en gajos.
“George, ¿cuántos idiomas sabes?”
“Varios, francés, italiano, español, portugués, mandarín,” me dijo, ofreciéndome un gajo.
Abrí la boca para recibir la fruta. “Hmmm, está rica.”
“Algunos idiomas los hablo y escribo mejor que otros. El Corporativo Audrey tiene tratos por todo el mundo, y he aprendido a no depender de traductores.”
George es demasiado modesto para decir que los habla perfectamente. Debo confesar que me encanta su acento inglés, aunque es curioso que no lo haya perdido después de vivir tantos años en América.
“Eres la clase de hombre que hace las cosas bien o no las hace del todo.”
“¿Lo crees?”
“Bueno, no soy una experta, pero las frases que dices en francés suenan perfectas. Cuando me llevas a Chez Moi hablas con el mesero en francés, y cuando…”
Levantó una ceja. “¿Cuándo…?”
Me sonrojé. “Cuando hacemos el amor me dices cosas en francés que no entiendo, pero suenan muy bellas.”
“¿Quieres que te diga algunas?”
“Sí.”
“Mon coeur.”
“Mon coeur,” repetí. “Eso quiere decir…”
“Mi corazón.”
Entonces se me quedó viendo, desde mis hombros bajando a mis muslos hasta llegar a los dedos de mis pies. “Tu as l’air délicieux.”
“¿Eso qué significa?”
“Te ves deliciosa,” dijo, tocando mis labios con otro gajo de naranja.
Mi cuerpo se cubrió de calor con sus palabras, especialmente entre mis piernas y senos, que su bata de seda negra empezó a estorbarme. Dice esas cosas con una naturalidad, como si fuera parte normal de una conversación.
Tan seriecito que se ve.
En cuanto pasaba bocado me ofrecía más. Como si fuera a rechazar una fruta tan sabrosa. Cada vez que mis labios se cerraban alrededor de sus dedos, me miraba directamente a los ojos, su mirada cálida y directa. Y cuando pasaba bocado, una pequeña sonrisa aparecía en su rostro.
Solté una carcajada cuando unas gotas de jugo escaparon de mi boca. Entonces se acercó para besarme, dejando que su lengua probara mis labios, diciendo que mi dulzura era superior a la de esa naranja.
Dios mío, se ve tan atractivo cuando se permite sonreír.
“George, sé tan pocas cosas de ti. ¿Naciste en Londres? ¿Cómo se llamaban tus padres? ¿A qué se dedicaba tu papá? ¿Tienes más familia?”
Su sonrisa desapareció. “No nací en Inglaterra.”
“Oh, ¿naciste en Escocia como la familia del señor Albert?”
“Nací en París, Francia.”
Levantó una mano cuando brinqué de la sorpresa. Frunció el ceño levemente y su acento sufrió una transformación. “Los únicos que supieron la verdad de mis orígenes fueron el abuelo y los padres del señor William. Ahora tú también los conocerás.”
Capítulo 32
George subió a su habitación y minutos después regresó con un pequeño baúl y una llave amarrada a un listón azul. Lo puso entre nosotros y lo abrió. Me mostró la fotografía de un hombre que por un momento creí que era él, solo que no tenía bigote.
“Mi padre, Robert Johnson. El hijo menor de una familia burguesa de Inglaterra que comercializaba textiles cuyo padre lo envió a Francia para buscar proveedores.”
“Te pareces mucho a tu papá. ¿Tenía el cabello negro?”
“Sí, y también heredé sus ojos grises.”
“Muy bellos por cierto,” dije, acariciándole la ceja derecha.
“Papá sabía que mi abuelo pretendía dejarlo a cargo del negocio familiar, pero al igual que su hermano mayor quería forjarse su propio destino. Llegó a un hotel a las afueras de París ansioso por cumplir su encomienda y así poder independizarse.”
Sacó otra fotografía, era de una muchacha sonriente de cabello oscuro y ojos claros. “Nunca imaginando que encontraría el amor en una jovencita de cabellos marrones ensortijados y ojos azules que trabajaba en el hotel como asistente de cocinera. Su nombre era Marguerite Villers, mi madre.”
“Era muy bella, George.”
“Mi padre me dijo que quedó cautivado ante su belleza y la dulzura de su voz.”
“Fue amor a primera vista y pronto se fueron a vivir juntos a un pequeño departamento. Mi padre había estudiado contabilidad y administración y dominaba el francés. Consiguió empleo en una casa bancaria de cajero y mamá siguió trabajando en el hotel para apoyarlo. Le ofreció matrimonio varias veces, pero ella temía que mi abuelo no la aceptara porque no tenía familia ni dote. Pasaron los meses y mi abuelo Randolph se desesperó ante la negativa de mi padre de regresar a Chelsea. Así que fue a buscarlo y descubrió que vivía con mamá.”
“Oh Dios, ¿y qué pasó?”
“Se puso furioso, reprochándole que hubiera abandonado sus obligaciones por seguir unas faldas. Que era igual de rebelde que su hermano Raymond que había abandonado a la familia para irse a buscar fortuna en el Caribe. Dijo que no estaba dispuesto a morir y dejar que su empresa cayera en manos extrañas, tenía que regresar a Inglaterra a ocupar su puesto y eventualmente casarse con una mujer de su misma clase social.”
“Papá le pidió que tratara de entender, que había encontrado la felicidad a lado de mi madre y no estaba dispuesto a perderla. Que solo regresaría a Chelsea si la llevaba como su legítima esposa.”
“¡Qué romántico!”
“Entonces mi abuelo le puso un ultimátum: o dejas a esa mujer o te olvidas de tu familia.”
“¿Y qué hizo tu papá?”
Sonrió levemente. “Dijo que a partir de ese día Marguerite sería su familia.”
“¡Qué valiente! De seguro a tu abuelo no le cayó en gracia su declaración.”
“Se fue echando pestes, jurando que no volvería a soltarle un centavo. Eso no les importó, porque ese mismo día se casaron. A los pocos meses, mamá quedó encinta y papá le pidió que dejara su trabajo en el hotel para dedicarse al hogar. Cuando nací, me bautizaron con el nombre de Georges Johnson Villers.”
“¿George con una ‘s’ al final?”
“Sí, es la versión francesa de George. Más adelante te explicaré cómo fue el cambio de nombre.”
“Mis primeros recuerdos de esa vida idílica son de andar en brazos de mi padre y recibiendo los mimos de mamá mientras recorríamos las calles de la gran ciudad. Jugar a la pelota con papá y escuchando la risa de mamá. ¡Y la comida! Ella cocinaba delicioso, con recetas dignas de la grandeza del hotel donde trabajó por tantos años. Después de cenar, él se sentaba frente a un viejo piano y tocaba piezas clásicas y a veces cantaba canciones que estaban en boga. Así que crecí hablando una mezcla de francés e inglés. Me tomó varios años poder distinguir los idiomas.”
“Cuando cumplí siete años, mi madre enfermó de gravedad y papá me envió a un internado, del cual podía salir los fines de semana. Pero fueron muy pocas las ocasiones que fue por mí. Para ese entonces ya era subgerente del banco y además trabajaba en las noches como contador en una siderúrgica para solventar los gastos médicos. Nunca me dijo que tenía mamá, en retrospectiva creo que era tuberculosis. Las pocas veces que me llevó a verla eran visitas de unos cuantos minutos. Recuerdo que estaba en su cama, pálida y demacrada. Cuando empezaba a toser se cubría la boca con un pañuelo y me pedía que me fuera.”
“Te estaba protegiendo,” murmuré.
“Una tarde muy fría de noviembre, papá se presentó en el internado y me llevó a ver a mi madre que estaba agonizando. Apenas alcancé a decirle que la amaba y darle un beso en la frente cuando sucumbió a esa maldita enfermedad.”
George apretó los labios y pude ver que sus ojos se pusieron brillosos. “Nos quedamos solos y le rogué que me dejara regresar a casa. Me dijo que era imposible porque tenía que trabajar mucho para cubrir la deuda adquirida por la enfermedad de mi madre, pagar mis estudios y los gastos del departamento. Me tuve que conformar con verlo los fines de semana, cuando sus viajes por trabajo se lo permitían.”
“Fue en uno de esos viajes, donde murió de un ataque al corazón, completamente solo en un cuarto de hotel de la provincia. Apenas había cumplido los treinta y dos años. Escuché a alguien decir que había muerto por exceso de trabajo, pero a veces creo que murió de la tristeza.”
Apreté su mano. “Lo siento mucho, amor.”
“Había enterrado a mi padre, cuando fui llamado por el director del internado. Estaba con un hombre vestido de negro que se identificó como abogado de mi padre. Recuerdo que me enseñó un dossier lleno de facturas y notas de crédito, diciendo que había logrado cubrir todas las deudas de mi padre- incluyendo sus honorarios- con la venta de los muebles del departamento y el dinero que estaba en la cuenta bancaria. Lo único que me quedaba era el contenido de este baúl y una maleta de ropa. El director me explicó que al faltar mis padres no había nadie que cubriera mi colegiatura y por lo tanto sería enviado a un orfelinato.”
“No puede ser, ¿no te dieron una beca? Porque me imagino que eras un buen estudiante.”
“Modestia aparte, tenía notas excelentes, pero nunca me la ofrecieron y siendo un niño no tenía voz ni voto. Años después supe el motivo. Un hermano del director había ido al banco donde trabajaba papá a solicitar un préstamo. Él consideró que era de alto riesgo y le dijo al gerente que rechazara su solicitud. Obviamente no le perdonaron esa ofensa y cuando se les presentó la oportunidad cobraron venganza.”
“Desgraciados,” exclamé. “Ensañarse con un niño. No tienen perdón de Dios.”
“Hay gente que no le importa la desgracia ajena.”
“¿No trataron de comunicarse con tu abuelo?”
“Recuerdo que le pregunté al director, y me dijo que para Randolph Johnson yo no existía.”
“Me da pena decirlo, pero tu abuelo era un malvado.”
“Era un hombre muy orgulloso que no se permitió convivir con su hijo y su nieto.”
“Si para un adulto es difícil comprender la pérdida de sus padres y tener que enfrentar situaciones legales y financieras, para un niño debió ser terrible.”
“Al día siguiente de esa entrevista, se presentaron dos hombres mal encarados que se identificaron como empleados de servicios familiares. Ellos me llevarían al orfelinato. Fue una experiencia muy humillante ser arrastrado por los pasillos del colegio mientras mis compañeros me observaban. Algunos quisieron ayudarme, pero el director no se los permitió. Fui arrojado a la parte trasera de un vagón junto con mis pocas pertenencias.”
Traté de tocarlo, pero se retiró. “Por favor, ya no sigas atormentándote.”
“Necesito que me escuches, Dorothy. Tengo que contarte mi historia.”
“Está bien.”
“Cuando llegué al orfelinato, me enfrenté a un director que era el mismo demonio. Disfrutaba hacer sufrir a los niños, privándolos de la comida y obligándolos a hacer trabajos forzados. Nos decía que éramos los niños de nadie, los que nadie quería, los que a nadie le importaba si vivían o morían. El gobierno no tenía el tiempo ni los recursos para vigilarlos así que podían hacer lo que les diera en gana sin recibir castigo. Pasábamos días y noches temerosos de que nos llamaran a su oficina para darnos una paliza. Sus guardias eran igual de malvados, por cualquier infracción nos castigaban.”
Extendió el brazo y se retiró la manga del pijama. “Aunque poco perceptibles, todavía puedes ver las cicatrices de las quemaduras de cigarrillo.”
Mis ojos se nublaron cuando finalmente me permitió que lo abrazara. Traté de borrar las imágenes de ese niño sufriendo esas atrocidades. Nunca más le preguntaré sobre esa etapa de su vida.
Se quedó rígido por varios instantes antes de relajarse. Entonces puso sus brazos alrededor mío y me apretó. “Los únicos momentos de paz era cuando lográbamos dormir y podíamos soñar nuestra huída.”
“George,” dije, escondiendo mi rostro en su cuello. “Tú no merecías eso, pobre de ti.”
Sentí su mano en mi cabello. “Todas las noches rezaba que mi abuelo reaccionara y viniera a salvarme. Estaba dispuesto a ser el nieto perfecto, hacer todo lo que me ordenara y ser un buen estudiante con tal de ganarme su cariño y protección. Los días se convirtieron en semanas, luego en meses, hasta que transcurrieron dos años sin respuesta.”
Capítulo 33
Había caído la noche. Calenté agua para hacer té y preparé pan tostado con mermelada de fresa. Doug siempre me dice que las penas con pan son menos. Y si es pan dulce, mejor.
George se veía exhausto. Estaba pálido, y pareciera que las líneas de expresión alrededor de su boca se habían profundizado en las últimas horas. Le sugerí que nos fuéramos a la cama.
Le ofrecí una taza de té con un poco de leche. Le dio un sorbo y luego murmuró su agradecimiento. Le acerqué una rebanada de pan con mermelada y le dio una mordida. Quiso continuar su relato, pero le insistí que primero se terminara dos rebanadas.
“Fue entonces cuando unos amigos y yo decidimos escapar por el drenaje. Lo único que me llevé fue un sobre que escondí entre mis ropas raídas, con las fotografías de mis padres y unas cartas de mi madre. Fue una odisea correr entre el agua maloliente y esquivando a las ratas y otras alimañas, pero logramos salir a las calles donde estaban los mercados. No habíamos probado bocado y robamos unas manzanas rojas. Recuerdo que me supieron a gloria después de comer ese remedo de avena en el orfelinato.”
“¿Cuántos años tenías en ese entonces?”
“Once.”
“¿Y cómo le hiciste para sobrevivir en esa gran ciudad? ¿No tenías miedo que esos hombres te encontraran y te regresaran al orfelinato?”
“No, para ellos era mejor decir que habíamos muerto de alguna enfermedad antes que admitir su ineptitud. Vagamos por las calles de París hasta que nos unimos a una pandilla de ladrones. Dormíamos en casas abandonadas o debajo de los puentes, donde la noche nos sorprendiera. Los chicos mayores robaban carruajes o casas habitación, unos robaban mercancía de los mercados sobre ruedas o las tiendas, otros se dedicaban a arrancarle los bolsos a las mujeres o robarle las carteras a los hombres que salían de las bares. Yo descubrí que tenía las aptitudes para ser carterista.”
“Dios, no puedo imaginarte robando una cartera.”
“Era eso o morir de hambre. Además todos debíamos compartir nuestras ganancias con el resto de la pandilla, con eso pagabas su protección.”
“¿Y cómo fue que conociste a los padres del señor Albert?”
Sonrió levemente. “Por ambicioso.”
“No entiendo.”
“Un día me levanté pensando que debía diversificarme. Si podía robar una cartera, también podía robar un portafolio lleno de dinero. Así que decidí ir al sector financiero a probar suerte. Compré unos periódicos y me paré frente a un banco para venderlos. De esa manera podía vigilar las entradas y salidas de los clientes. Justo cuando me quedaba un ejemplar, me tocó ver salir a un cliente vestido con una americana (chaquetón de solapa cruzado) gris con rayas blancas que traía un portafolio negro. Creí que tomaría un carruaje, pero se fue caminando por la acera y decidí seguirlo.”
“Justo al doblar la esquina, se detuvo y empezó a tocarse los bolsillos del saco. Entonces dejó el maletín en la banqueta y metió las manos a los bolsillos del pantalón.”
“¿Y luego?” Pregunté ansiosa.
“Me le acerqué por detrás, cogí su portafolio y salí corriendo.” Cerró los ojos. “Nunca olvidaré lo que pasó después.”
Capítulo 34
Seguí contándole mi vida a Dorothy. “El tipo a quien le robé el portafolio salió corriendo detrás de mí con una agilidad increíble. Supuse que era un atleta. Hice hasta lo imposible para perderlo. Si brincaba una barda, él hacía lo mismo, si tiraba botes de basura a su paso los esquivaba con facilidad.”
“Asustado y casi sin fuerzas por el hambre, arrojé el portafolio a la banqueta y crucé la avenida, sin darme cuenta que venía un carruaje. Escuché los gritos de la gente y me quedé paralizado. El chofer jaló las riendas pero era muy tarde.”
“Sentí que una mano se cerraba alrededor de mi muñeca y me quitaba de en medio, fue entonces que me desmayé.”
“Dios mío,” dijo Dorothy azorada. “¿Y qué paso después?
“No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que pude abrir los ojos y me encontré en una habitación desconocida en una cama con sábanas limpias y una pijama de algodón. No recordaba haberme desvestido y puesto esa pijama. Pero si recordaba al hombre de la americana gris con rayas blancas que me levantó en sus brazos y me subió a un carruaje. Pensé que todo era parte de un sueño y que al despertar estaría de regreso con mis amigos ladrones.”
“Escuché que alguien tocaba la puerta. Entonces la abrieron, y una mujer rubia de ojos claros apareció con un vaso lleno de un líquido amarillento en la mano y una frazada sobre su brazo. ‘No te asustes, pequeño,’ me dijo en francés con un acento peculiar. ‘Debes tomar tu medicina, y te pondré esta cobija adicional para que duermas más cómodo.’
“Estoy soñando, ¿verdad?” Pregunté mientras colocaba la cobija al pie de la cama y me ayudaba a sentarme para tomar la medicina. “Estoy enfermo, y usted es un ángel enviado por mis padres.”
‘No te fatigues,’ dijo, sus ojos verdes llenos de ternura. ‘Toma un poco más, pequeño. Tenemos que alejar esas pesadillas y ayudarte a dormir tranquilamente.’
“Usted no es francesa, sus palabras suenan raro,” le dije. “Y cuando despierte, estaré de regreso en las calles.”
‘Tu harás lo que quieras cuando estés bueno y sano. Mi esposo se encargará de eso. Mi Alex es un sol. Bueno, amable y honorable.’
‘Sí, ese soy yo,’ dijo una voz oronda detrás de ella. ‘¿Verdad, querida?’
“La mujer se hizo a un lado y pude ver al hombre que había entrado a la habitación. ¡Era el mismo que me había salvado del carruaje! Alto, rubio, ancho de hombros, ojos azules, y con la ropa toda arrugada.”
‘Creí que te habías ido a dormir, cariño.’
‘No quise acostarme sin antes darle una vuelta a nuestro paciente. Tienes mejor semblante, jovencito. ¿Nos puedes decir tu nombre?’
“M-me llamo Georges… Georges Johnson Villers.”
El hombre sonrió. ‘Mucho gusto, Georges. Me llamo William Alexander Audrey. Te presento a mi esposa, Priscilla.’
“M-mucho gusto.”
‘Cuando te sientas mejor, quiero platicar contigo muy seriamente.’
Bajé la mirada. “Va a llamar a los gendarmes.”
‘Olvídate de los gendarmes. Ahora nuestra prioridad eres tú.’
Capítulo 35
George me siguió contando pasajes de su vida hasta el amanecer. Toda la mañana soñé con un George niño buscando a sus padres. Durmiendo en las calles o huyendo de sujetos horribles con intenciones malsanas. Siendo golpeado salvajemente por hombres uniformados, escuchando sus risas demoniacas.
Me desperté a eso de mediodía, mi cuerpo temblando por mis pesadillas. Apenas habré dormido unas cuantas horas. Estaba tan alterada que no podía conciliar el sueño nuevamente.
“¿Dorothy?”
Miré a George, tenía los ojos entreabiertos. “¿Estás bien?”
“No puedo dormir. Tú descansa.”
Se dio la vuelta para darme un abrazo, entonces se quedó dormido. Me quedé entre sus brazos mientras trataba de asimilar lo que me había contado. Luego de unos minutos empecé a sentir hambre y antes de pasar otra vergüenza con mis tripas abandoné la cama.
Me di una ducha y me vestí, procurando no despertarlo.
Bajé a la estancia y recogí la ropa que habíamos dejado frente a la chimenea. Luego fui a la cocina y me preparé un poco de avena con canela.
Nunca me hubiese imaginado que George fuera un ladronzuelo que había tratado de robarle su portafolio al señor Audrey y que éste en lugar de entregarlo a las autoridades se lo llevara a su casa para que estuviera bajo los cuidados de la señora Priscilla.
No debería sorprenderme, Mary me ha platicado que cuando ella y Whitman llegaron recién casados a la mansión de Chicago, trabajaron bajo las órdenes de los señores Alexander y Priscilla y que eran muy buenos. Toda la servidumbre les tenía un inmenso cariño.
Ellos viajaban mucho por cuestiones de trabajo del señor y pasaban largas temporadas en Edimburgo, Londres y París. Mientras que el abuelo del señor Albert se encargaba de las empresas en Chicago.
El mismo día que George se encontró con el señor Alexander, éste pensaba viajar con su esposa a Edimburgo para reunirse con la señorita Pauna que estaba pasando sus vacaciones escolares en el castillo ancestral.
Les confesó que se había escapado de un orfelinato donde había sufrido maltratos y había estado viviendo en las calles. Un médico dictaminó que George sufría de anemia. Tenía marcas de quemaduras de cigarrillo en sus brazos, y heridas frescas por las golpizas.
Los señores decidieron que no reportarían estas atrocidades para evitarle más sufrimientos y que se iría con ellos a Edimburgo. El señor Alexander tenía la corazonada de que George era un niño inteligente. Le contrataron tutores, le ofrecieron una habitación, ropa limpia y tres comidas a cambio de que prometiera no escapar.
La corazonada del señor Audrey resultó correcta, George parecía una esponja absorbiendo todos esos conocimientos como si fuera agua. Sus profesores no podían seguirle el ritmo. Fue entonces que los señores Audrey decidieron inscribirlo en la Escuela George Heriot en Edimburgo la cual fue fundada en 1628 donde aprendió disciplina, el sentido de la responsabilidad y el gusto por aprender. Estudió ahí hasta que cumplió los dieciséis años.
Al mostrar una gran afinidad por los números decidió estudiar contabilidad y administración como su padre y consiguió un lugar en la Universidad de Oxford de la cual se graduó con honores con apenas diecinueve años.
Los padres del señor Albert no fueron testigos de los logros de George porque murieron trágicamente en un accidente en altamar, pero si el señor William August Audrey quien también sabía el secreto de George y se convirtió en su tutor. Como le tenía mucha confianza le pidió que lo ayudara en el corporativo y cuidara de la señorita Pauna y el joven Albert que ese entonces estudiaban en el Instituto San Pablo de Londres. George demostró una y otra vez que era digno de esa confianza.
¿Cómo habrá sido su convivencia con la señorita Pauna? Con el señor Albert se lleva de maravilla. Hasta parecen hermanos. Mary y Whitman dicen que era una joven muy sencilla y afable y que todos la adoraban, especialmente el señor Albert. Pero, ¿cómo se habrá comportado alrededor de George?
D&G
Bajé de la recámara abotonándome el último botón de mi camisa buscando a Dorothy. Estaba en la cocina, frente a la estufa. Me quedé a la mitad de la escalera para observarla, recordando la sensación de ese bello trasero restregándose contra mi cuerpo.
Fui hasta el comedor y vi un plato de avena, pan tostado y un frasco de conservas de durazno.
“Buenos días.”
“Buenos días,” me respondió bruscamente, volteando a verme. “Siéntate, pronto estará listo el café. Espero que te guste muy cargado.”
“La verdad-”
“Si no te gusta, agrégale leche,” dijo, acercándome la lata de leche evaporada.
Abrí la boca para decirle que me gustaba negro, pero me contuve. Era la primera vez que la veía tan molesta. “¿Estás enojada porque no dormiste lo suficiente o porque retrasé el viaje a Niles?”
“Estoy enojada porque no dormí mis horas y te recomiendo que te sientes a desayunar.” Dejó la cafetera en la mesa y se dirigió a las escaleras.
Fui detrás de ella.
“Por favor, déjame ir.”
“Primero dime por qué estás molesta.” Levanté una mano para acariciarle el cabello. “Yo estoy de muy buen humor porque esta camisa huele a ti.”
Dorothy formó una pequeña “o” con los labios, entonces se echó a reír.
“Así me gusta,” dije, acercándome para darle el beso de los buenos días.
Capítulo 36
Luego de que George me diera uno de esos besos que me roba el aliento lo acompañé a desayunar. Qué bárbaro, es imposible seguir enojada con él cuando me dice cosas tan bellas.
Tengo que sacarme esas ideas locas de la cabeza sobre la señora Pauna. De seguro tuvo una relación cordial con ella, pero nada más. George es muy honorable como para abusar de la confianza de los Audrey.
“Por favor, cuéntame sobre el cambio de tu nombre.”
“Cuando me rescató el señor Audrey yo no contaba con mi acta de nacimiento u otros documentos personales que necesitaba para reanudar mis estudios. Él personalmente fue a París a conseguirlos y contrató a un detective para investigar sobre mi abuelo Randolph. Descubrió que había muerto solo en Chelsea y donado toda su fortuna a la beneficencia. Ni siquiera en el umbral de la muerte tuvo unas palabras para sus hijos, mucho menos para su nieto.”
“Malvado hasta el final,” dije. “No merecía a un nieto tan bueno como tú.”
“Recuerdo que el señor Alexander me llamó a su estudio el día que regresó de su viaje. Puso en su escritorio un dossier con los documentos recabados, y otro vacío. Me preguntó si quería seguir cargando ese expediente pesado sobre mis hombros o tomar el vacío y ponerle una etiqueta con otro nombre y empezar a llenarlo con nuevas experiencias.”
“Qué sagaz. Con razón todos en Lakewood tienen un buen recuerdo de él.”
“Así es, eso no significaba que olvidaría a mis padres. Simplemente me estaba dando la oportunidad de una nueva vida. Así que decidí conservar mis apellidos y usar la versión inglesa de mi nombre en honor a mis protectores.”
No pude evitar sonreír. “Y te convertiste en George.”
“George Villers Johnson en los documentos oficiales, para el resto del mundo soy simplemente George Johnson.”
“Qué lástima, perdiste el acento.”
“Mis tutores sugirieron que me adaptara a mis nuevas circunstancias.”
“¿Y qué fue de tu tío Raymond? ¿Llegaste a conocerlo?”
“Desafortunadamente, no. Tenía un par de meses trabajando para el señor August, cuando se presentó un abogado para informarme que mi tío había fallecido en Jamaica y me había dejado una herencia considerable, producto del cultivo de caña de azúcar y plátano. Nunca se casó, ni tuvo hijos. Supo del casamiento de mis padres y de mi nacimiento, sin embargo no quiso presentarse hasta tener fortuna propia y demostrarle a su padre que estaba equivocado.”
George tomó mi mano. “Cuando regresó se encontró con que mis padres habían fallecido y que yo había sido enviado a un orfelinato, donde había muerto de fiebre tifoidea. Sin embargo, no creyó la versión oficial y contrató detectives para que me buscaran. Pasaron muchos años, hasta que me encontraron en Londres.”
“Dios mío, parece una novela. ¿Y con esa herencia no pensaste en dejar tu puesto en las empresas Audrey y abrir tu propio negocio?”
“No, porque estaba contento trabajando para los Audrey. Y lo sigo estando.” Dejó que su pulgar se deslizara en la parte interna de mi muñeca. “De lo contrario no te hubiera conocido.”
Capítulo 37
“Las aplicaciones de lentejuela roja quedaron bellísimas, Madam Lucille,” escuché a Candy decirle a su modista.
“Merci, Madam Audrey. Le diré a Helen que le empaque el ajuar.”
Bajé la revista de modas para ver como la ayudaban a descender del pedestal para ir a cambiarse. Con ese vestido halter de seda roja será la sensación en el baile de banqueros de este viernes.
Salió del probador y se sentó a mi lado. “Uff, por fin terminamos. ¿Y cómo te fue con tus hermanos? ¿Recibieron a George con los brazos abiertos?”
“Muy bien. Ellos no lo conocían personalmente, pero si por reputación. No les molestó que sea mayor que yo, dado que pops era veinte años mayor que mamá. David, el que sigue de mí, se lo llevó aparte y le hizo prometer que me tratará muy bien. Camino de regreso le pregunté a George si le había molestado la actitud de mi hermano y las preguntas incómodas de mis hermanas. Dijo que no, porque era prueba del gran cariño que me tienen.”
“George puede que sea muy reservado, pero se te queda mirando de una manera… es obvio que te adora.”
“Nunca imaginé que me enamoraría de mi tutor.”
Candy se rió suavemente. “¡Dímelo a mí!”
Abrí su agenda. “A la una tienes comida con la señora Annie y la señorita Patty en el College Inn.”
“Oh sí, tenemos que hacer labor de convencimiento con Patty para que acepte ser pareja de Michael Harrison en el baile de beneficencia de la Orquesta Sinfónica de Chicago.”
“¿El médico con el que trabajabas?”
“Así es. Hice algunas pesquisas con mis ex-compañeras. Acaba de regresar de Italia y retomó su puesto en el San Vicente. Sigue soltero y sin compromisos.”
“Esperemos que acepte la señorita Patty, tiene derecho a otra ilusión. Estoy segura que Stear donde quiera que esté, desea eso para ella.”
“Estoy de acuerdo.”
Seguí leyendo la agenda. “A las tres tienes entrevista con el licenciado Macmillian sobre el fideicomiso.”
“Hmm, no creo que en dos horas sean suficientes para convencer a Patty. Pero ya cancelé una vez, no puedo hacerlo nuevamente.”
“Si quieres yo voy.”
“Te lo agradezco, Dorothy. Ya están firmados los papeles, es solo recogerlos. Ahí viene la empleada con el vestido. Entonces me dejan en el restaurante y le pides a Bradley que te lleve al despacho.”
Dejamos a Candy en el College Inn y luego nos dirigimos al despacho Macmillian y Asociados ubicado en el centro de la ciudad. Recogí el documento y nos regresamos inmediatamente a Lakewood.
Estoy emocionada porque George me invitó a un concierto de la sinfónica esta noche. Tengo el tiempo justo para un refrigerio y arreglarme.
Es la segunda vez que vamos un concierto a esa sala, pero será la primera vez que estaremos en un palco. Le dije que así podría ver a los asistentes desde arriba y admirar los vestidos de las señoras y los hombres guapos. Le causó gracia mi ocurrencia y hasta me consiguió unos binoculares.
No cabe duda que es un hombre muy seguro de sí mismo.
George pasó a recogerme a mi habitación. Se veía guapísimo vestido de rigurosa etiqueta. Tomando mi mano pidió que me diera una vuelta, diciendo que me veía hermosa en mi vestido verde esmeralda con aplicaciones de hilo dorado en el escote y las mangas.
Metió la mano al bolsillo de su abrigo y sacó una cajita rectangular cubierta de terciopelo negro.
“Ábrelo.”
Emocionada, abrí la caja. Era un brazalete de oro con filigrana floral.
“Dios mío, George. Esta bellísimo, pero-”
“Dorothy,” dijo poniéndome el brazalete. “Espero que no vayas a decirme que no puedes aceptarlo. Después de que pasé horas visitando las joyerías del centro de la ciudad hasta encontrar la pieza perfecta.”
Sonreí y moví la muñeca para ver el reflejo de las lámparas en el brazalete. “Supongo que no. Pero es un regalo tan… inesperado. No sé qué decir.”
“Podrías decir ‘gracias’.”
“Gracias, amor,” dándole un beso en la comisura de los labios.
“De nada.” Me ofreció una de sus raras sonrisas. “¿Estás lista?”
“Sí,” respondí, permitiéndole que me ayudara a ponerme mi abrigo.
La Sinfónica de Chicago está en medio de su festival anual de tres semanas cuyo tema principal es Francia, llamado ‘Sueños y Pasiones’ e incluye trabajos de ópera y teatro ligados con temas de belleza, fantasía y la oscuridad. Esta noche se enfocará en obras de Claude Debussy.
No podía quitar los ojos del enorme candelabro de cristal que iluminaba el recinto.
“¿Te gusta?” Murmuró George.
“Está hermoso. ¿Cuántas personas crees que se ocupen para limpiarlo?”
Sonrió levemente. “Déjame investigar.”
No pudimos seguir conversando porque apagaron las luces. El concierto estaba por empezar.
Capítulo 38
Después de escuchar la trilogía sinfónica ‘El Mar’ de Claude Debussy llegó el intermedio. George sugirió que saliéramos a estirar las piernas y tomar algo.
Como el título de la pieza, era como cruzar un mar de gente platicando, fumando y tomando refrigerios. Le dije a George que necesitaba ir al baño y ofreció acompañarme, pero en ese momento se le acercó un hombre que quería pedirle su opinión sobre ciertas acciones. Le dije que atendiera a su conocido, que yo regresaba pronto.
Después de retocarme el maquillaje y el peinado salí del baño y fui en busca de George, cuando escuché que alguien me llamaba con insistencia.
“¡Dorothy!”
Volteé a ver quién era y sentí que el corazón se me iba a la garganta.
“Nunca me imaginé encontrarte aquí.”
Era él, con su sonrisa calculadora y ojos que desnudan.
¿No se supone que estaba en Florida?
“Señor Neil,” dije, marcando mi distancia.
Me observó de pies a cabeza y sentí escalofríos. “El tiempo ha sido muy benévolo contigo. Ya no hay sombra de ese ratoncito asustadizo que salía corriendo cuando me veía. Te ves bellísima.”
En lugar de sentirme halagada por sus palabras, sentí nauseas. Si me quedaba un minuto más era capaz de devolver el estómago.
“Disculpe señor, me están esperando.”
Y me di la vuelta.
“Hey, no te vayas,” dijo, asiéndome del brazo. “Así no se tratan a los viejos amigos.”
Logré zafarme de sus garras. “Usted no es mi amigo.”
“Debería seguir enojado por el golpe que me diste. Pero ya ves, soy tan buena persona que te he perdonado. Aunque estaría más contento si decidieras abandonar a tu acompañante y vinieras conmigo.”
“Eso nunca pasará.”
Sonrió esa sonrisa de comadreja que siempre me crispaba los nervios. “Nunca es una palabra muy fuerte. Dime, ¿con quién vienes?”
“Eso a usted no le incumbe. Por favor déjeme en paz o me obligara a-”
“Ya escuchó a la señorita.”
La sonrisa de Neil se desvaneció por arte de magia.
“G-george, no me digas que tú-“
“Su cita con el señor William es mañana a las 10 en el corporativo. No tengo que enfatizar la importancia de su asistencia.”
Neil palideció y retrocedió unos pasos. “Por supuesto. Ahí estaré sin falta. Buenas noches, George. Gusto de verte, Dorothy. Y salió corriendo en sentido contrario.
George puso las manos sobre mis hombros. “¿Te encuentras bien?”
“Sí, gracias por rescatarme.”
“Por lo que alcancé a oír, no necesitabas rescate.”
“No lo veía desde su fiesta de compromiso con Candy. Nunca cambiará.”
Tocaron la campana de la segunda llamada. “¿Quieres que nos vayamos a casa?”
“No, George. No quiero que ese hombre eche a perder nuestra cita.”
Al terminar el concierto nos regresamos a Lakewood. George no pronunció una palabra durante el camino. La tensión en la cabina del automóvil era tan densa que podías partirla con un cuchillo.
Nunca le he contado sobre mi estadía en Sunville porque me da vergüenza. Me imagino que tiene sus sospechas, con mayor razón después de presenciar mi altercado con Neil. Le agradezco que no me haya preguntado, pero supongo que ha llegado la hora de contarle.
Capítulo 39
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo, violencia y situaciones maduras.
Cuando llegamos Lakewood después del concierto Dorothy me pidió que la acompañara a la cocina. Los demás se habían retirado a sus habitaciones así que podríamos platicar sin interrupciones. Me ofreció un vaso de whiskey y nos sentamos en la estancia de la servidumbre.
Me quedé viendo el líquido ambarino como si ahí pudiera encontrar las respuestas que buscaba.
Observé cómo se quitaba el brazalete con sumo cuidado y lo dejaba sobre la mesa del café, seguido por los guantes largos de seda que arrojó a la mesa y finalmente cogiendo el brazalete para ponérselo nuevamente.
“Después de esta noche,” dijo, delineando el diseño de la joya con el dedo índice, “siento que he superado lo que me pasó en Sunville. Mary es la única que sabe la verdad. Ahora necesito que tú la sepas.”
Tomé un trago de whiskey. “Te escucho.”
“Yo era muy feliz trabajando en Lakewood porque percibía un salario decoroso y había hecho buenas migas con las otras mucamas. La señora Elroy aunque muy estricta, era una buena patrona. Además en ese entonces los señores Stear, Archie y Anthony estaban de vacaciones escolares y siempre fueron muy amables y respetuosos conmigo.”
Entonces sonrió levemente. “Me aligeraban la labor de limpieza en sus habitaciones y me prestaban libros.”
“Algunas veces le llevaba café al señor Stear a su laboratorio y me pedía que fuera su asistente. No le molestaba que me la pasara haciéndole preguntas. Decía que le gustaba tener a alguien interesado en sus inventos. Aprendí muchas cosas con él, lástima que esas vacaciones fueran tan cortas.”
“Se nota que apreciabas al señor Stear,” dije, viendo como sus ojos se humedecían con los recuerdos.
“Sí, siempre fue muy lindo conmigo, su muerte fue un golpe muy duro para mí.”
“Para todos,” murmuré con pesar.
“Entonces un día llegaron los Legan de visita. Me ordenaron que llevara un servicio de café. Cuando entré a la sala sentí sus miradas desdeñosas sobre mí, fue una sensación muy incómoda.”
La señora Elroy les presumió que era una empleada eficiente y educada. La señora Legan dijo que ocupaba una doncella para Eliza y preguntó si podía irme con ellos. Miré de reojo a Eliza y Neil. Sus sonrisas burlonas me dieron escalofríos. Rogué en silencio que se negara, pero la señora Legan fue tan convincente con sus argumentos que la señora aceptó ‘prestarme’ para su servicio. Al día siguiente fui enviada a Sunville.”
“Eliza era una jovencita odiosa, todas las mañanas debía llevarle el desayuno a la cama, prepararle el baño y ayudarle a escoger su ajuar. Se probaba vestido tras vestido y los arrojaba al suelo. Luego tenía que peinarla y seguido me acusaba de jalarle el pelo lo cual era mentira, hasta que un día le dijo a su madre que no servía para doncella y me enviaron a la cocina.”
Dorothy se estremeció. “Neil resultó peor. Temía las veces que debía subir a limpiar su habitación. Siempre buscaba una excusa para tocarme. Rozando accidentalmente su mano contra mis senos cuando estaba limpiando el librero para coger un libro. Parándose detrás de mí cuando estaba haciendo la limpieza y restregando su cuerpo excitado contra el mío. Me daba tanto asco que salía corriendo. Si intentaba decirle algo a la señora Legan, él se aparecía por casualidad y decía que yo malinterpretaba las cosas.”
“¿No trataste de hablar con la señora Elroy?”
“No, porque sería la palabra de ellos contra la mía. En ese entonces yo era el único soporte de mi familia. Si me despedían no me darían buenas referencias ni indemnización. Y tú sabes que en ese entonces los Legan poseían el poder suficiente en esta ciudad para impedir que consiguiera empleo en otra casa. Tenía que aguantarme.”
“Un día estaba ayudando a Doug a lavar platos y estábamos pasando un buen rato. Siempre nos hemos visto como hermanos, nunca se ha portado mal conmigo y lo quiero mucho. Quiero a todos mis compañeros y expreso mi cariño con besos y abrazos. Hasta eso lo usaron en mi contra.”
“Neil entró de improviso a la cocina y nos vio riendo y haciendo bromas. Le dijo a Doug que se retirara. Quise irme detrás de él, pero ordenó que me quedara. Todavía recuerdo sus palabras.”
‘Dorothy, no creí que fueras tan coqueta,’ dijo socarrón. ‘Tú no coqueteas conmigo, sin embargo me traes de un ala.’
‘Joven Neil, está confundiendo simple cortesía con otra cosa,’ dije bruscamente, molesta de que hubiera escuchado nuestra conversación. ‘Por favor dígame si necesita algo, de lo contrario seguiré lavando platos.’
‘No te sulfures, Dot. Sólo estaba bromeando.’
“Me molestó que me llamara por el sobrenombre que usaban mi familia y mis amigos.”
‘Ándale, no seas mala y ven a mi habitación. Tengo un regalo para ti.’
‘Lo siento, estoy muy ocupada.’
“Me lanzó un mirada fulminante y se fue de la cocina. No había pasado ni una hora cuando la señora Legan convocó a toda la servidumbre a la sala. Neil y Eliza estaban ahí, con sus sonrisas burlonas. Nos dijo que la mansión Legan era un lugar honorable y no toleraría conductas indecentes entre el personal. Que su casa no era un burdel.”
“Esa gente es de lo peor,” dije, mi molestia aumentando.
“Cuando llegó Candy creímos que las cosas cambiarían para bien, sin embargo el ambiente se puso más tenso. Supongo que ya sabes todas las maldades que le hicieron. Me alegro que la hayas rescatado de García. Dicen que era un hombre horrible y que tomaba en exceso.”
Recordé la escena del rescate. Gracias a Dios que llegué justo a tiempo para darle su merecido a ese desgraciado. Lo bueno es que ya no forma parte del personal.
“Con la llegada de la señora Candy, ¿se terminó el acoso de Neil?”
Bajó la mirada. “Por un tiempo. Hasta que un día me ordenaron que fuera a limpiar su habitación. Se supone que había salido a montar con Eliza, pero era mentira.”
“Dorothy, dime que sucedió,” dije sin poder esperar más.
Cuando levantó el rostro y vi sus ojos llenos de lágrimas supe que ese incidente la había afectado mucho. Sin embargo, pude ver su valentía, su entereza.
“Estaba limpiando el baño cuando oí que alguien cerraba la puerta de la habitación con llave. Salí a investigar y encontré a Neil jugando con la llave, y murmuró, ‘Te atrapé.’”
“Le dije que si no me dejaba salir empezaría a gritar. Se empezó a reír diciendo que nadie me escucharía. Entonces caminó hacia a mí, y me jaló para besarme en la boca y meter su mano bajo mi falda.”
(Crack)
Bajé la mirada a mi mano. Había quebrado el vaso.
“Dios mío,” murmuró Dorothy. “Estás sangrando.” Corrió a la cocina y regresó con el estuche de primeros auxilios.
Miré su cabello al agacharse para limpiarme la herida y vendarme la mano. Con este peinado y el maquillaje se ve tan diferente de la mujer con la que he compartido mi corazón y mi cama estas últimas semanas.
La tomé de los hombros y la vi directamente a los ojos.
“Dime, ¿trató de abusar de ti?”
Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas. “Es que yo, yo-“
“¿Tu qué?” Pregunté temiendo lo peor.
“L-lo golpeé en las nueces,” balbuceó.
“¿Cómo?”
“Q-quiero decir los testículos. Le di un rodillazo en los testículos. Doug fue quien enseñó esa técnica por si algún día la necesitaba.”
Me regresó el alma al cuerpo al saber que ese malnacido no la había violado. La jalé a mis brazos y la abracé fuertemente.
“Mon amour, mon petite amour.”
“N-neil cayó al suelo cogiéndose la entrepierna. Le arrebaté la llave y abrí la puerta. Me gritó cosas horribles, que era una perra maldita y que me iba a arrepentir. No pasó mucho tiempo para que Eliza y él urdieran un plan donde uno de sus gatos siameses se atravesara en mi camino mientras yo bajaba las escaleras con la canasta de la ropa sucia. Candy me descubrió tirada al pie de las escaleras y se dio cuenta que ellos estaban detrás de eso.”
“Malditos,” murmuré furioso.
Se retiró para verme a los ojos. “Candy los acusó con la señora Legan. Por supuesto que negaron su responsabilidad y la llamaron mentirosa, la señora le advirtió que si insistía con sus alegatos yo perdería mí empleo. Pobrecita, la obligaron a arrodillarse ante ellos y pedirles perdón por haberse equivocado. Desde ese día se ganó mi cariño y eterna gratitud. Si el señor Albert no nos hubiera sacado de Sunville quién sabe qué hubiera pasado.”
Capítulo 40
Le he dicho a William que un hombre no conoce su fortaleza hasta que lo llevan al límite. Y enterarme del acoso que sufrió Dorothy en manos de Neil me ha llevado al límite. Que se atreviese a tocarla aprovechando su posición de poder me hierve la sangre. Estuve tentado a ir a buscarlo para darle su merecido, pero ella me rogó que no me ensuciara las manos.
‘Si el señor Albert no nos hubiera sacado de Sunville quién sabe qué hubiera pasado.’
Siempre estaré agradecido con William de que haya escuchado mi sugerencia de sacar a Dorothy de casa de los Legan para que fuera doncella de la señora Candy cuando decidió convertirla en su pupila.
De solo imaginarme lo que ese desgraciado les hubiera hecho…
Exhalé lentamente para tratar de liberar mi cuerpo de esta tensión, sin mucho éxito.
Apenas me había sentado en mi escritorio cuando se apareció William y vio que traía la mano vendada. Insistió en saber que me había pasado y tuve que contarle mi conversación con Dorothy.
“Es un bastardo,” dijo, su rabia manifestada en el tono de su voz. “Y yo un estúpido por querer darle una oportunidad. Esto no puede quedarse así, merece un castigo.”
“William, yo también quiero salir a buscar a Neil y molerlo a golpes. Pero no debemos rebajarnos a su nivel.”
“George-“
Levanté una mano para interrumpirlo. “Si hay una cosa que la vida me ha enseñado estos últimos meses, es ver hacia el futuro, no el pasado. Solo existe el presente. Y ahora Dorothy necesita todo mi apoyo y compresión. Ella no quiere presentar cargos para no perjudicar el apellido Audrey y mortificar a su familia. Si está dispuesta a perdonar y olvidar, tendré que respetar sus deseos.”
William movió la cabeza en afirmación. Ambos odiábamos estos tipos de atropellos, pero no era justo arrastrar por el lodo la reputación de Dorothy para obtener una justicia a medias.
“George, Neil creció sin reglas ni limites. Nosotros tuvimos opciones. En algún momento tenemos que responsabilizarnos de nuestras vidas.”
Se dirigió a la puerta. “No te preocupes, en lugar de recurrir a la violencia, nos iremos por la sutileza.”
“¿Qué piensas hacer?”
Levantó la muñeca para consultar su reloj. “Neil no tarda en llegar a nuestra cita. Cree que por ser parte de la familia y haber terminado la universidad con calificaciones regulares estoy obligado a darle un puesto en el corporativo y mantenerlo el resto de su vida, pero está muy equivocado. Además acabo de enterarme que su solicitud de trabajo es parte de un plan desesperado de sus padres para regresar a Chicago y salvar lo poco que les queda de sus propiedades.”
Entonces sonrió maliciosamente. “Una cosa si te juro, no levantaré un dedo para ayudarlos.”
Capítulo 41
“Buenas tardes, Beatrice.”
La secretaria de George dejó lo que estaba haciendo y me ofreció una amplia sonrisa. “Buenas tardes, señorita Willows.”
“Por favor, llámame Dorothy. ¿Se encuentra George?”
Se levantó de su escritorio. “Está en la sala de juntas con unos accionistas,” dijo, haciendo una seña para que la siguiera a la puerta de la oficina de George. Abrió la puerta y se hizo a un lado para que yo pudiera entrar. “No creo que tarde mucho. Puedes esperarlo en su oficina.”
“¿Quieres tomar algo mientras lo esperas?”
“No gracias. Estoy bien.”
“Está bien, Dorothy,” sonrió. “Solo voy al almacén por unas resmas de papel y regreso. Si necesitas algo, avísame. Estaré acá afuera hasta que regrese el señor Johnson.”
“Gracias,” dije, viéndola salir y cerrar la puerta.
Me encanta la oficina de George, con su enorme escritorio de roble frente a un ventanal que muestra una bella panorámica de la ciudad, los sillones y el sofá de piel con botonadura dorada y las paredes con cuadros de paisajes campiranos y reconocimientos que ha recibido por sus años de trabajo.
Caminé a su escritorio para tomar mi artículo favorito- la fotografía que nos tomamos en la feria del condado.
Le pediré que se tome una foto para ponerla en mi buró-
(Toc toc)
“Pasa, Beatrice,” dije. “¿Qué se te ofrece?”
“No soy Beatrice.”
Levanté la cabeza al escuchar esa voz. “Señorita Smith.”
La empleada de la florería Ash Brothers entró a la oficina y cerró la puerta. “No estaba la secretaria, por eso me atreví a tocar la puerta. ¿Cómo has estado?”
“Bien, gracias. ¿Y tú?”
“Bien, gracias. Con mucho trabajo. Hoy me tocó venir a Chicago a entregar facturas.”
“¿Recibieron nuestro pago del evento de la Cruz Roja?”
“Si, gracias.” Entonces vio la fotografía en mis manos. “Qué curioso. He venido muchas veces a esta oficina y no me había tocado ver esa foto. ¿Me permites?”
Le pasé la fotografía y una sonrisa gatuna se formó en sus labios. “Los dos son fotogénicos, ¿desde cuándo son novios?”
“Acabamos de cumplir dos meses.”
“Felicidades. ¿Y ya están pensando en boda?”
“Es muy pronto para eso.”
“Supongo que tienes razón. Primero tienen que conocerse. Dirás que soy una atrevida, pero te envidio.”
“¿Por qué?”
“Yo no podría ser tan comprensiva como tú.”
“No te entiendo.”
“Bueno,’ dijo, regresándome la fotografía. “No solo eres comprensiva sino muy segura de ti misma. Aunque yo quiera mucho a mi novio, no soportaría que le mandara flores a otra. Debes estar muy enamorada para aceptarlo.”
Sentí que el corazón se me iba a la garganta. ~¿George le manda flores a una mujer?~
“Le manda flores a la señora Pauna Brower. ¿No lo sabías?” dijo, sacando unos papeles de su carpeta.
~¿La mamá de Anthony?~
“Por supuesto, me lo dijo al principio de nuestra relación.”
“Qué hombre tan considerado,” dijo en un tono condescendiente. “Dos docenas de rosas Vendelas cada quince días. Era la flor favorita de la señora. Bueno, eso me han dicho los empleados que tienen más tiempo en la florería.”
“Sí, ella las cultivaba.”
“Me imagino que debe haberla querido mucho para que tenga tantos años enviándole flores. Aunque puede que esté malinterpretando las cosas y simplemente lo hace por deferencia a la familia, ¿no crees?”
Forcé una sonrisa. “Estoy segura que lo hace por respeto a los Audrey.”
“Aquí está la factura más reciente.” Entonces miró su reloj de pulsera. “Se me está haciendo tarde. ¿Serías tan amable de dársela al señor George, con mis saludos?”
No le daría a esta mujer el gusto de verme alterada así que tomé la factura con una sonrisa. “Por supuesto.”
Capítulo 42
“Beatrice, ¿hiciste la reservación en College Inn?” pregunté al llegar a la recepción mientras me ajustaba la corbata.
“Sí, para la una de la tarde, Señor George. Por cierto, Dorothy llegó temprano. Lo está esperando en su oficina.”
“¿De verdad?” Dije complacido por la noticia y que se dirigiera a ella por su nombre de pila. “Veo que ya son amigas.”
“Sí, señor.” Sonrió ampliamente. “Bueno, saldré a comer en unos minutos. Le pediré a Penny que tome los mensajes.”
“Gracias. Buen provecho.”
“Igualmente, señor.”
Esperé a que Beatrice se retirara para entrar a mi oficina. Vi a Dorothy sentada sobre mi escritorio viendo por la ventana.
Cerré la puerta despacio y caminé hacia ella.
“Hola, Dorothy.”
Se estremeció, entonces volteó a verme. “Hola.”
“¿Tienes mucho esperándome?” Pregunté, dándole un beso en la sien.
“No.”
Me di cuenta de que algo le sucedía porque se veía un poco pálida.
“¿Qué te pasa, querida?”
“Nada,” murmuró, retirándose de mí. “Necesitamos hablar.”
“De acuerdo, podemos hacerlo durante la comida.”
“No quiero ir a un lugar público.”
“Está bien, pediré que nos traigan algo de comer-”
“No tengo hambre.”
“¿Te sientes mal? ¿Quieres qué llame a un médico?”
“No estoy enferma.”
Apreté los labios. “Dime qué te pasa, Dorothy. No soporto tu lejanía. Tiene que haber un motivo y quiero conocerlo.”
Me entregó un papel doblado a la mitad. “Vinieron de la florería Ash Brothers a dejarte esta factura.”
“¿De la florería?”
“Debo decirte que la señorita Smith tiene una gran imaginación. Cree que le envías flores a la señora Pauna porque la querías mucho.”
“Dorothy…”
Sentí su mirada inquisidora, expectante. No sé cómo tratar este tema con ella. ¿Cómo explicarle que esto forma parte de un triste pasado?
Dejó escapar un suspiro y cogió su bolso.
“Cuando estés listo para hablar, búscame.”
“¿Adónde vas?”
“Estoy cansada y prefiero regresar a casa.”
“Yo te llevo.”
“No es necesario, pedí un taxi.”
Se dirigió a la puerta. Ya en ella se volvió para mirarme.
“Aunque Blossom también manejó la idea de que lo haces por respeto a la familia Audrey.” Me ofreció una tenue sonrisa. “¿Cuál de esas versiones será la correcta?”
Capítulo 43
Luego de que Dorothy abandonara mi oficina, pensé que lo más conveniente era darle un tiempo para calmarse antes de intentar hablar con ella. Me sigo maldiciendo por no haberle dicho de las flores, no debió enterarse por la señorita Smith. Debí cancelar esas órdenes cuando empecé a cortejarla.
Llegué a Lakewood hasta la noche y me dirigí al comedor de la servidumbre donde me encontré con un Whitman muy serio y una Mary con ojos acusadores.
“Necesito hablar con Dorothy.”
“No creo que sea oportuno,” dijo Whitman.
“Cuando llegó,” Mary empezó, “Dijo que le dolía la cabeza y fue a encerrarse a su cuarto. No quiso comer ni cenar; lo bueno que Candy pudo convencerla de que tomara un vaso de leche tibia.”
“¿La señora vino a verla?”
“Si,” dijo Whitman. “Le extrañó mucho que no fuera al estudio para ayudarla con su agenda y vino a buscarla. Estuvieron platicando un rato en privado.”
“Ya veo.”
“George, ¿discutieron?”
Suspiré. “No, John, es sólo un malentendido. Iré a buscarla.”
“No vayas, es tarde,” dijo Mary poniéndose de pie. “Es mejor que la dejes descansar, y tú deberías hacer lo mismo. Buenas noches.”
Por un instante me sentí como un niño que había sido enviado a la cama sin cenar. Sabía que no podría conciliar el sueño así que me fui a la oficina en el tercer piso.
Me quité el saco y me aflojé la corbata antes de sentarme en el escritorio. Abrí la última gaveta donde tenía una botella de whiskey y un par de copas.
Necesitaba buscar la manera de abordar este tema con Dorothy, hacerle entender que no era mi intención lastimarla.
“¿Puedo acompañarte?”
Levanté la cabeza y vi a William en la puerta en mangas de camisa.
“Por supuesto, pasa,” dije sirviéndole una copa.
“Hay que aprovechar esos últimos momentos de embriaguez,” dijo con una sonrisa irónica. “El Congreso acaba de aprobar el Acta Volstead. Con esa legislación la Decimoctava Enmienda entrará en vigor en enero.”
Tomó un trago. “No se dan cuenta que con esta nueva prohibición aumentará la criminalidad y afectará a aquellas personas de escasos recursos que quieran consumir o producir su propio licor. Nosotros tuvimos tiempo de llenar nuestras cavas de diferentes licores. Y por supuesto la clase política hizo lo propio, escuché que hasta Wilson tiene su cava secreta en la Casa Blanca. Y por supuesto podemos ir a Canadá o México cuando queramos escaparnos.”
“Escapar, no suena mal,” dije, antes de tomarme la copa de golpe.
Se me quedó viendo. “¿Y tú de qué quieres escapar?”
Apoyé la cabeza en el respaldo. “No pretendas conmigo, estás aquí porque la señora Candy te comentó de mi problema con Dorothy.”
Sonriendo con picardía, cogió la botella para rellenar las copas. “Candy solo me dijo que involucra a la florista que nos vendió las rosas para el evento de la Cruz Roja.”
“Maldición,” mascullé, frotándome los ojos con las yemas de los dedos.
“Si estás saliendo con Dorothy, ¿por qué te estás cogiendo a la florista?”
Me llamó la atención la crudeza de sus palabras. “No me estoy acostando con la señorita Smith.”
“Creo que nuestra Dorothy piensa lo contrario,” dijo William, llevándose la copa a los labios.
“Está equivocada.”
Se acabó su bebida y dejó la copa sobre el escritorio. “Si tú lo dices.”
“Es la verdad,” dije enfáticamente.
Bajó la cabeza, ocultando los ojos bajo el fleco.
“¿Qué te pasa William?”
No me contestó por unos minutos, por un momento pensé que se había quedado dormido.
Entonces dijo, “George, ¿por qué saboteas tu relación con Dorothy? ¿Por qué te resistes a buscar la felicidad?”
“William-“
“¿Por qué sigues faltando a la promesa que le hiciste a mi hermana?”
“¿De qué estás hablando?”
Enderezó la cabeza abruptamente y vi esos ojos azules que lanzaban chispas. Era la misma mirada que tenía de niño cuando lo obligaban a hacer algo que no quería.
“De la promesa que le hiciste en su lecho de muerte.”
Capítulo 44
Tragué grueso al ver la mirada acusadora de William y escuchar sus palabras llenas de reproche. No pude evitar regresar en el tiempo hasta llegar a ese fatídico día.
Todo mundo sabía que Pauna había quedado delicada de salud después del nacimiento de Anthony. Desesperado, Angus había consultado a los mejores médicos de América y Europa con la esperanza de encontrar una cura. Sin embargo todos daban el mismo diagnóstico, nada se podía hacer para reparar la lesión cardiaca detectada durante su embarazo. Las únicas recomendaciones era que llevara una vida tranquila y de mucho reposo.
Pauna mostró una fortaleza increíble ante la adversidad, convenció a Angus de que aceptara una nueva encomienda del Departamento Naval que lo hizo ausentarse por largas temporadas y me pidió que sacara a William del colegio para que se fuera a vivir a Lakewood con ella y Anthony.
Fue una época muy difícil, la señora Elroy era prudente al no tratar el tema directamente con su sobrina, pero a mí me hostigaba con que debía llevarme a William de regreso a Londres para que no fuera descubierta su identidad y porque no era justo que viera a su hermana sufriendo los estragos de su enfermedad.
Esa maldita mujer no quería entender que la mejor medicina para Pauna era tener cerca a sus dos chicos adorados, que le permitió vivir otros cuatros años.
Una mañana de octubre de 1904 estaba en el Portal de las Rosas con William y Anthony, cuando tuvo un colapso. El médico de la familia fue convocado por la señora Elroy, quien le informó que el final se acercaba, era cuestión de días, quizás horas. Fui yo quien le llamó a Angus a Washington para que regresara a casa inmediatamente.
Recuerdo que vi el salón lleno de familiares como los Cornwall que trataban de consolar a la señora Elroy mientras otros intentaban obtener información sobre el siempre ausente tío abuelo William, especialmente los Legan que estaban lanzando sus redes para incrementar su fortuna e influencia.
Logré escabullirme hasta llegar a la habitación de Pauna. Sabía que William y Anthony estaban con ella.
Una Pauna demacrada yacía en su lecho con Anthony en sus brazos y William estaba sentado al pie de la cama, con el rostro desencajado. Mary trataba de convencer al pequeño de que era hora de irse a dormir. El niño se rehusaba y entre lágrimas y gritos se aferraba al cuello de su madre.
“Mi pequeño ángel, cálmate. ¿Qué te he dicho de los niños que lloran?”
Anthony le soltó el cuello para verla a los ojos. “Q-que se ven más lindos cuando sonríen que cuando lloran.”
“Así es. Es hora de que vayas a dormir. Mamá también quiere descansar,” decía, dándole un beso en su cabecita dorada. “Te prometo que mañana iremos otra vez al Portal de la Rosas.”
“¿De verdad?” Preguntó, restregándose un ojo.
“Te lo prometo, cariño,” respondió. “Ahora dame un beso.”
El niño sonrió y le cubrió de besos el rostro.
“Oh, gracias,” murmuró feliz. “Con estos besos ya me siento mucho mejor. Ahora acompaña a Mary.”
“Si, mamá.”
Vimos como Anthony tomaba a Mary de la mano y abandonaban la habitación, sin saber que sería la última vez que vería a su madre con vida.
Fue entonces que Pauna extendió sus brazos a William, y este corrió a acostarse a su lado, rompiendo en llanto.
“Pauna,” dijo contra su pecho. “No me dejes.”
“Bertie,” susurró, colocando las manos sobre los hombros tremulantes de William. “Necesito que seas fuerte para que cuides de Anthony, de George, de tía Elroy.”
“Ella puede cuidarse sola.”
Se remojó los labios. “Tienes que estudiar mucho porque un día tendrás que tomar las riendas de las empresas, como lo hicieron abuelito y papá.”
“No quiero,” respondió, abrazándola más fuerte. “Solo quiero estar contigo.”
Ella me lanzó una mirada suplicante. “George siempre estará a tu lado, ¿verdad?”
Sentí que los ojos me ardían. “Si señora, se lo prometo,” dije cerrando las manos en puños hasta sentir las uñas clavándose en mi piel.
Entonces, puso su mano bajo el mentón de William para forzarlo a levantar la cara.
“Albert, te quiero mucho, nunca lo olvides. Donde quiera que esté, siempre estaré al pendiente de ti.”
William no dejaba de llorar, y sentí envidia de que él si pudiera manifestar su dolor y su rabia por esta injusticia.
“Y-yo también te quiero mucho, hermanita.”
Con una ternura infinita, ella le enjugó las lágrimas de las mejillas con un pañuelo.
“No llores, Bertie, te ves feo cuando lloras. Se supone que debes permitir que fluyan las lágrimas como la lluvia, no tratar de retenerlas. Hace que tu cara se ponga roja y tu nariz-“
(Snort)
William abrió los ojos desorbitados luego de dejar escapar ese resoplido y se empezó a reír.
“Así me gusta,” dijo ella con una sonrisa. “Eres más lindo cuando sonríes que cuando lloras. Nunca lo olvides.”
“No, tú eres linda. Yo soy apuesto.”
“Y modesto, como todo un Audrey.”
“Por supuesto,” dijo William olvidando su tristeza por unos instantes.
Entonces vi como se fusionaban en un abrazo y me sentí inmensamente feliz de ser testigo de su amor.
Pauna volteó a verme. “George, acércate por favor.”
Fui a pararme a un lado de su cama y me pidió que abriera la gaveta de su buró. En su interior se encontraba un libro.
“Tómalo,” dijo, tosiendo levemente.
El libro tenía una cubierta de piel roja con ribetes dorados. Cuando lo abrí me di cuenta que eran los sonetos de Elizabeth Barrett Browning del cual ella me había leído unas estrofas. En el reverso de la cubierta había un Ex Libris con la insignia Audrey y su nombre en una caligrafía exquisita, ambos en color sepia.
“Señora-“
Suspiró profundamente. “George, por unos instantes olvídate de las formalidades, solo soy Pauna.”
“Pauna,” dije en un tono solemne.
“¿Recuerdas qué el libro se estaba desbaratando?”
“Si, lo recuerdo.”
“Lo mandé reparar y quedó como nuevo. Ahora quiero obsequiártelo.”
“Pero,” dije viendo a William de reojo que estaba muy atento a nuestra conversación. “No se me hace prudente recibir un regalo tan personal.”
“Sé que no eres amante de la poesía, quiero que este libro lo veas como parte de una promesa.”
“¿Una promesa?”
“Que buscarás el amor y la felicidad con una buena mujer, con la cual te casarás y formarás una familia.”
Sentí que se me cerraba la garganta. ¿Qué podía responder ante semejante petición? Que solo había imaginado ese escenario con ella, y que otro me la había robado. Esos eran mis pensamientos cuando yo tenía apenas veinticinco años y veía al amor de vida agonizando. No me creía capaz de cumplir tal promesa.
“Yo-“
“¿Me lo prometes, George?” Preguntó, sus ojos verdes expectantes mientras William con el rostro bañado en lágrimas, le acariciaba el cabello.
“Si, Pauna. Te lo prometo.”
Capítulo 45
Pasaba de la medianoche cuando me asomé por la ventana. William y yo nos habíamos terminado la botella de whiskey y éste se había recostado en el sofá, obligándome a continuar recordando mi pasado.
Apenas le había hecho la promesa a Pauna de buscar el amor y la felicidad, cuando Angus irrumpió en la habitación y corrió a su lado. William y yo nos retiramos en silencio para darles privacidad y nos vinimos a refugiar a este cuarto a esperar el triste desenlace que llegó a la mañana siguiente.
Angus dispuso que los servicios fueran en Lakewood y sus restos fueran inhumados en el camposanto familiar, siguiendo los deseos de su amada esposa.
Yo no me despegué de William durante este trance; me fue difícil hacerle entender que no podía estar presente, que la señora Elroy y sus asesores solo buscaban su seguridad y mantener en secreto su identidad. Le prometí que cuando terminara el velorio, lo llevaría a la capilla para que se despidiera de su hermana. El único consuelo que pude darle fue traerle a Poupeé para que nos hiciera compañía.
Recuerdo que Whitman nos avisó que la familia se había retirado a descansar y que el camino estaba libre. William y yo usamos el pasadizo secreto para llegar a la capilla que estaba en el ala norte de la mansión.
Me senté en la última banca mientras William iba al féretro abierto de su hermana. Vi como la acariciaba mientras le hablaba. No alcanzaba a escuchar que le decía, pero a veces sonreía, otras lloraba. Finalmente se inclinó para darle un beso.
Me puse de pie cuando lo vi corriendo hacia mí y lo estreché entre mis brazos por un largo rato. Habíamos pasado varias noches en vela y su cansancio era patente así que lo cargué para llevarlo a su habitación.
El funeral fue a la mañana siguiente y la familia Audrey y amistades hicieron acto de presencia para manifestar su pesar. Decenas de personas entraban y salían de la mansión y la servidumbre estaba ocupada atendiéndolos que apenas tenían tiempo para llevar su duelo. Yo fui a trabajar al corporativo, aunque la verdad me la pase atendiendo llamadas de socios y clientes ofreciendo sus condolencias.
Cuando regresé esa noche a Lakewood fui a buscar a William y lo encontré profundamente dormido así que decidí irme a descansar.
Recuerdo que me dejé caer en la cama sin quitarme el traje y cerré los ojos, sin embargo a pesar de que estaba exhausto no podía conciliar el sueño porque tenía la imagen de Pauna clavada en mi cerebro.
Salté de la cama y me dirigí a la capilla. Tenía que hablar con ella antes de que se la llevaran.
Las luces del recinto estaban apagadas, la única iluminación eran los dos cirios que estaban en el altar, cuya base estaba cubierta de rosas Vendelas, su flor favorita.
Lentamente, caminé hacia el féretro el cual seguía abierto.
Se veía tan bella, tan serena. Como si estuviera durmiendo un sueño tranquilo y placentero.
Aprovechando que estábamos solos, me atreví a tocarle los labios.
“Pauna,” murmuré. “Disculpa mi atrevimiento, no debería tocarte de esta manera. Pero es que te amo… siempre te he amado, desde antes de que te casaras con Angus. Te juro que siempre velaré por William y Anthony, y que siempre tendrás rosas, tus bellas rosas que cuidabas con tanta devoción.”
Y las lágrimas de todos estos días de agonía empezaron a fluir, y mis gritos de dolor se escucharon por toda la capilla ardiente, y no me importaba que alguien me descubriera. Por mi se podían ir al infierno.
“Yo estaba ahí, George.”
Me retiré de la ventana al escuchar las palabras de William. “¿Perdón?”
Se enderezó para verme. “Yo estaba en la capilla, cuando fuiste a ver a Pauna. Te escuché cuando le declaraste tu amor y vi como lloraste su pérdida.”
Capítulo 46
George palideció al escuchar mi confesión y empezó a trastabillar, como si las fuerzas lo abandonaran. Corrí a su lado para ayudarlo a sentarse en el sofá.
“Esa noche que entraste a mi habitación,” empecé, “fingía estar durmiendo, esperando el momento idóneo para ir a ver a Pauna. Estuve un rato con ella, diciéndole que no se preocupara, que yo estudiaría mucho para convertirme en un gran hombre de negocios como abuelo y papá, que cuidaría de Anthony y de ti, inclusive de la tía Elroy. Fue entonces cuando escuché que alguien abría la puerta y fui a esconderme detrás del altar.”
“W-William, debes odiarme.”
“¿Odiarte?” Dije extrañado. “¿Por amar a Pauna? Me emociona saber que ella despertara en ti ese sentimiento. Confieso que en ese momento no supe qué hacer y me quedé escondido, tapándome la boca para que no me escucharas llorar por tu sufrimiento.”
“Me da vergüenza.”
Levanté una ceja. “¿Por qué? Tú me has visto en condiciones similares por Candy.”
“Sí, pero ella te amaba… te ama intensamente.”
“¿Y cómo sabes que Pauna no sentía lo mismo por ti?”
“No, ella solo me veía como un amigo, un hermano.”
“Si la amabas tanto, ¿por qué no te le declaraste?”
Apretó los labios. “Porque la noche que iba a hacerlo, anunció su compromiso con Brower.”
Cerré los ojos por un instante. “Lo siento mucho.”
“Fue devastador. Creí era el fin del mundo, considerando que era un joven que conocía poco de la vida.”
“¿Todavía la amas?”
George no me contestó inmediatamente, a pesar de conocernos tantos años le es difícil hablar de sus intimidades. Es curioso, él sabe todo sobre mí, en cambio yo conozco tan poco de su vida. Tengo que corregir eso inmediatamente.
“No, ese amor de juventud se ha convertido en un bello recuerdo. Pauna siempre ocupará un lugar especial en mi corazón.”
“Angus y yo fuimos muy egoístas. Nosotros pudimos sobrellevar nuestra tristeza, él en altamar y yo escapando de casa para conocer medio mundo. En cambio tú…”
“Me dediqué a ser tu tutor y cuidar tus intereses.”
“Bueno, ha llegado el momento de que cuides tus propios intereses, empezando con Dorothy.”
Movió la cabeza en negación. “No sé cómo. Soy bueno para dar consejos en situaciones difíciles, sin embargo para mí no los tengo.”
“Escúchame,” dije poniendo una mano sobre su hombro. “No puedes seguir huyendo de tu pasado. Debes ser honesto con Dorothy, porque tu silencio puede considerarlo como una forma de mentir.”
Capítulo 47
N.A. Este capítulo fue inspirado en el libro “Seize The Night” de Sherrilyn Kenyon (2005)
“Si no quieres pancakes, al menos come un poco de avena.”
Tomé otro trago de jugo de naranja antes de contestarle a Mary. “No, gracias. Con el café y el jugo es suficiente.”
Ella frunció el ceño. “Debes comer algo, Dorothy. No queremos que te enfermes como la otra vez, ¿verdad, Doug?”
Doug volteó los pancakes que tenía en la parrilla. “Anímate, Dot. Si quieres te preparo unos con zarzamoras.”
Le sonreí. “Estoy bien, además no tengo mucho tiempo,” levantando el vaso para tomar otro trago. “Candy quiere que la acompañe al centro de la ciudad a buscar decoraciones para la cena de Acción de Gracias.”
Doug me hizo un guiño. “No creo que se enoje si te tardas unos quince minutos.”
“Buenos días.”
Me ahogué con el trago de jugo de naranja al escuchar la voz suave y fluida de George y el vaso tembló en mi mano antes de dejarlo sobre la mesa.
“Buenos días, George,” dijeron en unísono.
“¿Estás bien?” Preguntó poniendo una mano sobre mi espalda.
“S-sí, gracias,” dije tosiendo levemente. “Ya pasó.”
“Hermosa mañana, ¿verdad, George?” Dijo Mary.
“Sí, muy hermosa,” respondió, sin quitarme los ojos de encima.
“¿Ya desayunó?” Preguntó Doug, retirando los pancakes de la parrilla.
“Sí, desayuné con los señores.”
Pasaron unos minutos de silencio incómodo, hasta que George dijo, “Dorothy, ¿fueras tan amable de venir conmigo?”
Me mordí los labios. “Lo siento, tengo que salir con Candy-“
“Ya hablé con los señores y dijeron que puedes quedarte.” Y extendiendo la mano, me dijo, “¿Por favor?”
Miré de reojo a Mary y Doug quienes movieron la cabeza en afirmación. Suspirando, tomé su mano y nos dirigimos a su oficina en silencio.
Me le quedé viendo mientras iba al librero que siempre estaba cerrado con llave. Entonces sacó el libro de cubierta roja y ribetes dorados que no había querido prestarme.
Lo puso en mis manos y lo abrí para ver el título. Sonetos por Elizabeth Barrett Browning.
“No sabía que te gustara la poesía.”
“No especialmente.”
Entonces sentí calor en las mejillas al leer el Ex Libris.
“Con razón tu reticencia a prestarme este libro. Debes haberla amado mucho.”
George no despegaba los ojos del libro. “La verdad, es que nunca la conocí realmente,” murmuró. “Fue muy corto el tiempo que conviví con ella. Sin embargo, hubiera estado muy agradecido con la vida si me hubiera correspondido.”
Me sorprendió su confesión. “No entiendo. ¿Por qué conservas este libro y le envías rosas a una mujer que no te correspondió?”
“Porque soy un imbécil.” Soltó una risa sardónica. “Un imbécil que cuida de su libro y le envía flores porque no pudo cuidarla.”
Su ira y dolor eran palpables y sentí que el corazón se me estrujaba.
Cruzó los brazos y se retiró para mirar por la ventana. “He pasado toda mi vida tratando de entender porque me importa un demonio la gente cuando ellos no se han preocupado por mí.”
“No es malo preocuparse por los demás.”
“Sí lo es. ¿Por qué debo preocuparme? Si cayera muerto en este momento, a nadie le importaría.”
“¿Cómo puedes decir eso?” Exclamé. “A mí me importaría.”
Apretó los labios. “Puede ser, pero he visto a tus compañeros de trabajo. Nadie se parece a mí. Nadie se comporta o habla como yo. Ellos se burlan de aquellos que se parecen o actúan como yo. Tengo acento inglés y estudié en Oxford, y por eso asumen que me creo superior a ellos, así que está bien burlarse a mis costillas.”
“Sin embargo, quince años después sigo conservando su libro de poesía y procuro dejar rosas en su lápida porque juré que siempre las tendría cerca.”
“¿Cómo se conocieron?”
“Pauna acostumbraba pasar sus vacaciones del Colegio San Pablo en el castillo ancestral de Edimburgo y un día me tocó verla montando a caballo. Estaba teniendo problemas con las riendas y me acerqué a ayudarla. En ese entonces yo era muy tímido y mi inglés muy limitado, así que procuraba quedarme callado. Eso no fue problema porque ella siempre tenía tema de conversación. Pude darle varias lecciones de equitación, hasta que la señora Elroy nos descubrió.”
“¿La señora Elroy?”
“Sí, siempre cuidaba de ella cuando sus padres se ausentaban lo cual era muy frecuente. Aprovechando que se habían ido a Londres, me ordenó que me alejara de su sobrina y me dedicara a mis estudios. Que yo sólo era un capricho de Alexander y pronto se le pasaría el entusiasmo.”
“¡Qué mujer tan malvada!”
“Ella sospechaba que yo era una indiscreción del señor Audrey que su esposa toleraba para evitar el escándalo. No podía entender que los señores fueran tan afectuosos con un extraño y quisieran darle una educación.”
“¿Y le hiciste caso?”
“Sí, porque tenía miedo a perderlo todo. Pasaba las mañanas con mis tutores y en las noches me encerraba en mi habitación; hasta que un día la señora Elroy se llevó a Pauna de regreso al colegio. Volví a verla muchos años después, cuando el abuelo del señor William me contrató como su asistente y me trajo a América.”
“¿Y cómo fue su reencuentro?”
“Me reconoció inmediatamente como el chico que la había enseñado a montar y dijo estar muy agradecida. En esa ocasión también conocí al señor William y fui asignado como tutor de ambos.”
“¿Cómo era la señora Pauna contigo?”
“Siempre fue muy amable. Insistía que la llamara por su nombre de pila porque no consideraba correcto que dos jóvenes de casi la misma edad se trataran con tanta formalidad. Los tres nos hicimos amigos. Procuraba pasar por ellos en sus días de descanso del colegio y los llevaba a pasear por todo Londres. Era una joven muy bella y delicada, siempre cuidando a su hermano.”
“¿La amabas?”
Movió la cabeza en afirmación. “Sí, amaba lo que representaba, belleza y bondad. Cosas que no habían existido en mi mundo repleto de datos y cifras. Solo contaba los días para nuestro próximo encuentro. Cuando iban a la casa de Londres de visita, procuraba observarla. Y me preguntaba si una joven tan linda pudiera enamorarse de alguien que no era de su mismo estrato social.”
Sentí unos celos terribles. Puede que George haya superado la muerte de Pauna, pero obviamente sintió algo muy profundo por ella. Especialmente si ha pasado años cumpliendo su promesa de conservar este libro y llevarle flores.
“Esa complicidad duró muy poco porque terminó sus estudios en el San Pablo y regresó a Chicago con la señora Elroy para su presentación en sociedad.”
“Esa mujer siempre andaba de entrometida.”
Sonrió tenuemente. “Aunque me había ganado un lugar en esta familia con mi esfuerzo, la señora no terminaba de aceptarme. No sé si a estas alturas lo haya hecho, y la verdad ya no me importa.”
“¿Te le declaraste a Pauna?”
Respiró profundamente. “No, porque la misma noche que me presenté para hablar con ella, anunció su compromiso con el señor Brower.”
“¡Dios mío!”
Sus ojos se pusieron brillosos. “Aceptó la propuesta del Teniente Brower frente a mí y no pude hacer nada... nada.”
“Oh, George,” murmuré, dejando el libro sobre el escritorio.
“¿Y quieres saber algo gracioso?” Preguntó, “yo los ayudé a casarse.”
“¿Cómo?”
“Las familias acordaron que se casarían en seis meses, pero Brower recibió una comisión del Departamento Naval que lo obligaba a ausentarse por un año. No estaban dispuestos a esperar tanto tiempo así que decidieron fugarse. Temiendo el escándalo, la señora Elroy me pidió que los buscara y los trajera de regreso para reparar el daño.”
Soltó una débil carcajada. “Y claro que los encontré, pero en lugar de traerlos los ayudé a buscar un juez de paz que los casara. Hasta firmé de testigo para Brower. Desde entonces me ha considerado su amigo incondicional. Si solo supiera la verdad.”
Entonces recordé que lo había visto sostener una conversación muy animada con el papá de Anthony en la boda de Candy y el señor Albert. Era obvio el aprecio que tenía el señor por George.
“Creí que la señora Elroy iba a matarme por desobedecerla. Las familias aceleraron los preparativos del matrimonio por la iglesia para que Pauna acompañara a Brower en su comisión. Regresaron hasta que quedó encinta porque deseaban que su hijo naciera en Lakewood.”
George me siguió contando su historia con Pauna hasta llegar a su confesión ante su féretro y su discusión de anoche con el señor Albert. Y pensé que a lo mejor ella se había dado cuenta de ese amor silencioso y en cierto modo quiso liberarlo, obligándolo a hacer esa promesa de buscar la felicidad.
Cómo quisiera que estuviera aquí la señora para preguntarle si estoy en lo correcto.
“¿Qué clase de hombre soy que oculta algo tan importante de su vida?”
“Un hombre que no quiere lastimar a los demás.”
“Dorothy, perdóname por no decirte toda la verdad.”
“No hay nada que perdonar,” dije. “Yo también hubiera hecho lo mismo.”
Entonces me dirigí a la puerta.
“¿A dónde vas?” Preguntó alarmado.
“Necesito estar sola. Tengo mucho que pensar.”
Capítulo 48
William y yo regresábamos al corporativo luego de un desayuno de trabajo cuando fuimos interceptados por Dorothy en la entrada. Después de saludarlo, le dio un mensaje de la señora Candy, que hoy cenarían en casa de los señores Archie y Annie.
Cuando nos quedamos solos, me pidió que fuéramos a mi oficina.
Vimos que habían colocado en el lobby un enorme árbol navideño con decoraciones en rojo y dorado y docenas de Nochebuenas rojas y blancas para elevar el espíritu festivo de los empleados del Corporativo.
Sin embargo, no me siento muy festivo porque Dorothy ha estado muy distante conmigo desde que le hablé de Pauna.
Hemos salido al teatro, al cine, a la iglesia, hasta fuimos al Bazar Navideño de la Cruz Roja con William y la señora Candy. Con ellos aparenta estar feliz, sin embargo cuando yo trato de acercarme me dice que no es el lugar o momento adecuado, rogándome que le dé un poco de tiempo.
Solo espero que esté lista para hablar.
Nos sentamos en el sofá y nos quedamos viendo el paisaje por la ventana. Estaba empezando a nevar.
“George, ¿te gusta la astronomía?”
Parpadeé, sorprendido por su pregunta. “Sí, en Oxford fui miembro del Club de Astronomía.”
“A mi encanta,” dijo, sus ojos iluminándose. “Recuerdo que cuando era niña, papá y yo salíamos en las noches a ver las estrellas, y me platicaba historias maravillosas sobre las constelaciones y me indicaba donde estaban, lo mismo con los planetas. Lástima que no teníamos el dinero suficiente para comprarnos un telescopio.”
“Es un bello recuerdo,” dije, contento de escuchar otra de sus historias familiares.
“Tuvieron que pasar muchos años para que tuviera acceso a uno,” dijo. “Fue gracias a Stear.”
“¿En serio?”
“Sí, en unas vacaciones de verano en Lakewood con Archie y Anthony. Yo tenía apenas un par de meses trabajando. Muchas noches salían los tres a escondidas y se iban al bosque con el telescopio que les había comprado el señor Cornwall, y regresaban hasta la madrugada antes de que la señora Elroy los descubriera.”
“Recuerdo que una noche, le llevé a Stear café y unos pastelillos. Según él, estaba a punto de descubrir la fórmula para hacer gasolina con basura de la cocina. Decía que su hermano se burlaba de él, advirtiéndole que se olvidara de su investigación porque gran parte de la fortuna de los Cornwall venía de sus campos de petróleo en Arabia.”
“Si, William también tiene una participación importante en su compañía.”
“Bueno, mientras Stear revisaba sus anotaciones, yo me puse a curiosear y me encontré el telescopio detrás de unas tiendas de campaña. Se dio cuenta y me preguntó si quería acompañarlo a ver las estrellas.”
¿Y qué le respondiste?”
“Le dije que me encantaría, así que dejó sus experimentos y cogiendo el telescopio, nos fuimos al bosque. La noche estaba mayormente despejada y había luna llena así que pudimos disfrutar la experiencia. Stear conocía mucho de astronomía, hasta me decía a qué distancia estaban los planetas y las constelaciones. Era como una enciclopedia andante.”
Percibí un inmenso cariño por el joven Stear en el tono de su voz. Y de repente me vino a la mente un comentario que me hizo Mary. Toda la servidumbre había lamentado la muerte, especialmente Dorothy. Y que después de asistir a los servicios funerarios, había caído en cama con una fiebre altísima.
Yo estaba tan ocupado ayudando a William con la transición de poderes, que ni siquiera supe de su enfermedad.
Pero como dice William, Dorothy es una chica muy joven e impresionable.
Entrelazó las manos sobre su regazo. “Te preguntarás por qué hablo tanto de Stear.”
“Me imagino que se debe a las consideraciones que tuvo contigo.”
Se mordió el labio inferior. “Hay otra razón más poderosa.”
¿Y puedo saber cuál es?”
“Stear fue el primer hombre en mi vida.”
Capítulo 49
N.A. Este capítulo fue inspirado en el libro “Let’s Misbehave” de Stephanie Draven (2013)
No me atreví a contarle a George todos los detalles de mi relación secreta con Stear para no herirlo en su orgullo de hombre, pero si lo suficiente para que entendiera mi dilema.
Recuerdo aquella noche con Stear, caminando hombro con hombro por el bosque cerca de Lakewood después de haber visto los cielos con su telescopio.
“Creo que estoy soñando. Que haya podido ver tantas estrellas y hasta los mares de la Luna. Gracias, Stear.”
Stear me detuvo, y me dio la vuelta. “De nada. Me complace tener a una asistente que también le gusta la astronomía,” dijo, su voz suave, seductora y llena de aprobación.
Me sonreí. “Estoy segura que debes tener compañeras de colegio dispuestas a ser tu asistente en tus experimentos.”
Sonrió ampliamente. “No se han presentado voluntarias, supongo que mi reputación de Americano excéntrico me precede. Lo bueno es que tú no has salido huyendo a pesar de las explosiones.”
“Todo sea por el avance de la ciencia. Además, me has enseñado muchas cosas.”
“Dorothy, tú sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?”
“Por supuesto.”
“Para lo que sea,” dijo.
Vi la ternura en sus ojos marrones y sentí mariposas en el estómago.
“T-tengo que regresar a casa,” dije. “Antes de que noten mi ausencia.”
“Discúlpame, no era mi intención asustarte. Pero es que…”
“¿Qué?”
Suspiró profundamente. “Eres una chica tan linda.”
Me ardieron las mejillas ante su cumplido. “G-gracias.”
Entonces me jaló a sus brazos. “Muy linda,” dijo mientras lo miraba sorprendida.
Aproveché para ver esos ojos llenos de calor, deseo y picardía. Sabía que debía alejarme. Sin embargo no podía moverme, o más bien no quería hacerlo. Cuando empezó a acercarse, cerré los ojos, mi pulso acelerándose de tal modo que apenas podía respirar.
Entonces me olvidé de respirar, porque él puso su boca tibia y firme sobre la mía, y no pude pensar en otra cosa.
Sus labios eran tibios y suaves, su boca caliente. Tocó mis labios con su lengua. Me asusté y abrí la boca para preguntarle por qué, y me dio su lengua por respuesta. Era la primera vez que me besaban en la boca. Era extraño, dulce, sorprendente.
Sentí la solidez de su cuerpo contra el mío, sus manos sosteniéndome para su beso. Ansiosa, puse mis manos alrededor de su cuello y presioné mis labios contra los suyos.
“Oh, sí,” dijo extasiado cuando sus labios dejaron los míos. “Justo como lo imaginé, mi encantadora Dorothy.” Entonces me besó nuevamente.
Quise decirle que alguien podía vernos, que yo no era ese tipo de chica, que se estaba aprovechando de su posición, pero yo estaba flotando. Todo lo que podía hacer era disfrutar su beso y su abrazo, aunque fuésemos de diferentes mundos.
Puse las manos sobre su pecho para empujarlo. Me soltó inmediatamente.
“Lo siento,” dije.
“Yo no,” contestó, y era obvio que decía la verdad. “Estoy feliz de que haya pasado.”
Avergonzada, dije, “N-no volverá a pasar.”
“Claro que volverá a pasar… si quieres,” dijo, “pero no ahora. Tenemos que hablar. Estoy tan feliz de que nos hayamos besado porque así podemos concentrarnos en otras cosas más agradables.”
“Como regresar a tus experimentos.”
“Hmmm… no me refería a eso.”
Su seguridad venía de saber que podía conseguir lo que quisiera, y a quien no pudiera convencer, usaba su encanto personal. Me pregunté que se sentiría ser Alistair Cornwall… poder vivir sin limitaciones, excepto aquellas que él mismo se impusiera.
Creía ser una chica moderna que trabajaba, pero en ese momento me sentía como una chica insegura. Y aquí está un chico que me estaba ofreciendo la oportunidad de convertirme en una mujer en todos los sentidos. ¿Qué hago?
“¿Hasta dónde quieres llegar, Stear?”
“Hasta donde tú me permitas, Dorothy,” dijo, recogiendo el telescopio del suelo. “No quiero aprovecharme de ti. Si quieres, no volveré a mencionar el tema, y seguiremos siendo amigos. ¿Qué dices?”
Me adelanté en el camino pensando que Stear parecía el tipo de chico que cumpliría su palabra y se olvidaría del tema. Mi sentido común me decía que regresara a mi trabajo mientras lo tenía. Le diría que agradecía su ofrecimiento, pero que no aceptaba. Eso era exactamente lo que haría.
Sin embargo, me encontré diciéndole que lo iría a visitar a la noche siguiente.
Capítulo 50
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
N.A. Este capítulo fue inspirado en el libro “Let’s Misbehave” de Stephanie Draven (2013)
No puedo decir claramente por qué acepté la oferta de Stear. Probablemente fue por su sonrisa o porque me halagaban sus atenciones. O quizás porque me inspiraba la confianza suficiente para decirle mis dudas sobre lo que pasa entre un hombre y una mujer y su disposición a resolverlas.
Llegué a nuestra cita nocturna en su laboratorio y lo encontré sentado en su escritorio. Se veía apuesto en su camisa blanca, su chaleco verde musgo y sus pantalones beige perfectamente planchados. Su sonrisa pícara había desaparecido; sus ojos estaban clavados en mí como si no hubiera algo más importante en este mundo.
“Quiero que me toques, Dorothy,” dijo de repente.
“¿Q-qué te toque?”
“Si quieres,” dijo, quitándose los lentes y dejándolos sobre el escritorio.
Me acerqué y escuché su respiración acelerarse. Me empezó a temblar la mano y no sabía dónde ponerla.
“¿Así?” frotando su antebrazo con los dedos.
“Es un buen comienzo,” dijo con una leve sonrisa.
Entonces dejé que mi mano llegara a su pecho donde pude sentir su piel caliente a través de la tela. Sus manos asieron la orilla de su escritorio como si se estuviera resistiéndose de hacer algún movimiento que pudiera asustarme.
Mis manos llegaron a sus muslos y me di cuenta que sus pantalones ocultaban su gran condición física. Bajo esa prenda de lino, se podía distinguir la evidencia de su excitación, y si movía un poco la mano, podría tocarlo.
Deslicé la mano sobre su erección y pude sentir como pulsaba. Cuando lo presioné más fuerte, gimió y entrecerró los ojos. Seguí frotándolo, descubriendo su tamaño y firmeza con mi mano.
Tragó grueso y cerró sus dedos alrededor de mi muñeca, interrumpiendo mi exploración. Levanté la mirada y descubrí que estaba sonrojado.
“¿Stear? ¿Hice algo malo?”
Sacudió la cabeza. “No, al contrario,” siseó. “Solo que no quiero venirme antes de tiempo.”
Sentí que las mejillas se me ponían rojas. “Oh.”
“Dorothy, ¿me dejas tocarte?”
Lo único que pude hacer fue mover la cabeza en afirmación.
Me paró entre sus piernas para quitarme el mandil y la cofia y procedió a acariciarme el cabello y el cuello. Se me puso la piel de gallina cuando frotó mis labios con su pulgar.
Puso las manos sobre mis hombros, las cuales bajó lentamente hasta mis pechos. Deseaba que me arrancara el uniforme y la ropa interior y me los besara y acariciara, pero se tomó su tiempo. Apretó mis senos, dibujó círculos sobre ellos, frotó mis pezones erectos con las yemas de los dedos.
Sus manos continuaron el descenso, frotando mis caderas, mis muslos. Entonces sus manos rodearon mi espalda, hasta llegar a mi trasero y jalarme contra su cuerpo excitado.
“Oh.”
“¿Puedo besarte?”
“E-está bien.”
“Dorothy, ¿cambiaste de opinión?”
“N-no.”
Se rió suavemente. “No tengas miedo. Nada pasara que tú no quieras.”
Pude ver esa promesa en su mirada. “Lo sé. Confío en ti.”
Me besó suavemente, lamiéndome los labios hasta que le devolví el beso. Rodeé su cuello con mis brazos y me permití acariciar la suavidad de sus cabellos negros. No pude evitar imaginarme acurrucada a su lado de esta manera, completamente desnudos.
Debió leer mis pensamientos, porque sentí sus manos desabotonando mi uniforme, dejando caer la prenda al suelo.
Me quedé parada en ropa interior, mi respiración acelerándose.
“¿Puedo verte sin ropa?”
Me quité la ropa interior y la arrojé sobre mi uniforme. Sentí que era una modelo posando para un pintor.
Sonrió ampliamente mientras me observaba de pies a cabeza. “Estás hermosa, Dorothy. Me gustaste desde el momento que te vi entrar a mi laboratorio. Quiero dormir contigo.”
“¿A-aquí?”
“Sí, tú también lo quieres, ¿verdad?”
Estaba a punto de perder mi virginidad con un chico que apenas conocía. Pensé en todas las razones para negarme a seguir con este juego amoroso, pero si le decía que se detuviera era probable que nunca volviera a sentirme de esta manera.
“Sí, yo también quiero dormir contigo.”
Su boca recorrió mi rostro hasta llegar a mi cuello y de regreso, sin acercarse a mi boca. Sentí que me derretía en sus brazos, sus manos grandes y tibias recorriendo mi espalda y mi trasero.
Lo ayudé a quitarse su chaleco y entonces, cuando eso no fue suficiente, jalé su camisa hasta liberarla de sus pantalones y retirarla de sus hombros y así poder presionar mis palmas sobre su piel caliente.
“Stear, yo-“
Miró a su alrededor, y entonces me llevó a diván al fondo del laboratorio. Me acostó y se acomodó a mi lado, sosteniendo su cabeza con una mano mientras la otra tocaba mi rostro, delineando mis facciones.
Capturé su mano y la bajé, presionando su palma contra mi pecho.
“Stear… quiero sentir tu boca sobre ellos.”
“Dorothy,” dijo aliviado, agachándose para besar mis pechos y después lamer y succionar mis pezones.
Empezó a acariciarme con más libertad, dejando una estela ardiente en partes de mi cuerpo que solo me tocaba cuando me bañaba.
Se abrió los pantalones bajándolos lo suficiente para liberar su erección. Apenas pude verlo, sin embargo no se comparaba a lo que había visto en los libros de arte de la biblioteca de Lakewood, era increíble que eso pudiera entrar al cuerpo de una mujer sin lastimarla.
Rápidamente se colocó entre mis piernas. Apoyando mi cabeza sobre su antebrazo, y jadeando suavemente, me animó a que levantara las caderas.
Entonces sentí como me penetraba y el placer inicial se convirtió en agonía, y apreté los labios para no gritar.
Stear se dio cuenta que me puse tensa, y sentí su boca contra mi sien. “¿Dorothy?”
“N-no te detengas,” dije, asiéndome de sus hombros. “N-no me dejes con esta incertidumbre…”
Sentí sus dedos tocándome íntimamente sin dejar de moverse dentro de mí hasta que me llevó al orgasmo. Apreté los ojos y clavé las uñas en sus caderas, las cuales siguieron embistiéndome una y otra vez. Sus gruñidos y quejidos aumentaron en volumen antes de que abandonara mi cuerpo abruptamente y derramara su semen en su vientre.
A pesar del dolor, fue una experiencia muy hermosa. Ni siquiera los pasquines de romance que compraba en la tienda de abarrotes se comparaban a esto.
Cuando recuperé el aliento, me volteé para darle un beso en la comisura de los labios.
“Stear, fue maravilloso.”
Pero él no estaba sonriendo, se acostó de lado, sus ojos oscuros atormentados.
“¿Por qué no me lo dijiste?”
“¿De qué hablas?”
“¿Por qué no me dijiste que eras virgen?”
“Porque si te lo decía, te hubieras detenido.”
“Claro que me hubiera detenido. Cuando aceptaste mi oferta de tener relaciones sexuales, asumí que ya las habías tenido.”
“No todas las mucamas somos de cascos ligeros,” dije ofendida.
Se sonrojó. “N-no, por supuesto que no.”
“Aunque,” continué, “he escuchado la historia de la chica que trabajaba en la mansión de Chicago que sorprendieron con el jardinero en el cuarto de herramientas. Actualmente están casados y tienen tres hijos.”
“Dorothy,” dijo, poniendo una mano gentil en mi mejilla. “No quiero meterte en problemas.”
“No te preocupes, Stear. No voy a exigirte matrimonio. Yo no me quiero casar. El matrimonio no es bueno para las mujeres, porque no tienen los mismos derechos que los hombres, pero si más obligaciones. Acepté hacer el amor contigo para saber si era verdad lo que dicen las novelas.”
Mi ocurrencia lo hizo sonreír. “¿En serio?”
“Sí, y no le digas a nadie, se quedaron cortos en sus descripciones.”
“Dorothy, eres una chica muy peculiar,” dijo, acariciándome la espalda. “Te prometo que te enseñaré más cosas… si quieres.”
Y dejé que cumpliera su promesa en esas vacaciones de verano.
Capítulo 51
Escuché la explicación de Dorothy sobre su relación secreta con Stear sin emitir palabra, fascinado por su vehemencia y los cambios de expresión en su rostro. Nunca me hubiera imaginado que ella guardara un secreto semejante.
“No me arrepiento de lo que viví con Stear porque fue una experiencia maravillosa que nos convirtió en amigos entrañables y pude ser feliz testigo de cómo se enamoró de la señorita Patty, hasta que la Gran Guerra le arrebató la vida.”
Sus ojos melados se pusieron brillosos. “George, ¿estás desilusionado de qué no sea lo que pensabas?”
Me le quedé viendo. “Dorothy, todavía no entiendes lo que siento por ti. Estoy sorprendido y hasta asustado con la idea de haber encontrado el amor nuevamente, pero nunca estaría desilusionado de ti.”
“¿Entonces no estás enojado?”
“No,” dije enfáticamente. “¿Tú estás molesta por lo mío con Pauna y mis relaciones pasajeras con otras mujeres?”
“Las otras mujeres no me importan. Aunque te confieso que por unos instantes sentí celos del amor que le profesaste a la señora Pauna,” dijo cándidamente. “Sin embargo, como dice Candy, lo que no fue en tu año no fue en tu daño.”
“De todos modos, he cancelado la entrega de flores y le devolví el libro de William.”
“No era necesario que hicieras eso.”
“Lo sé. Pero quiero que todo esté claro entre nosotros.”
“De acuerdo.”
“Dorothy, si hay una cosa que la vida me ha enseñado estos últimos meses, es ver hacia el futuro, no el pasado. Solo existe el presente, y quiero vivir este presente contigo. Estamos hechos el uno para el otro. Nos complementamos. Eres fascinante para mí. Siempre lo serás.”
“George…“
Le acaricié la mejilla. “Ma petite, tu bondad es como el sol. Me calienta cada vez que estás cerca de mí.”
“No digas eso, porque me vas a hacer llorar.”
“Te admiro mucho, Dorothy. Desde un principio, cuando te vi en mi despacho, me di cuenta de que eras lo que me faltaba. Eres la criatura más perfecta que puede existir, encantadora, alegre, amable compañía. Comprendes todos mis pensamientos y sentimientos.”
Su reacción ante mi declaración fue jalarme de las solapas de mi saco para plantarme un beso en la boca.
Solo con ella podía experimentar nuevamente la felicidad.
No, ella me había ayudado a ser realmente feliz por primera vez en mi vida. Nadie como Dorothy se me había acercado y ofrecido sus brazos. Sabía que era adusto y me aceptaba. Y eso la convertía en la mujer más bella sobre la faz de la tierra.
Dejó de besarme. “¿Cuánto tiempo tenemos antes de que regrese Beatrice de comer?”
Chequé mi reloj. “Cuarenta y cinco minutos. ¿Por qué?”
Sonrió levemente. “Primero cierra la puerta con llave.”
Y antes de que pudiera hacerle más preguntas, empezó a quitarse los pasadores del cabello.
Capítulo 52
Advertencia: este capítulo tiene clasificación R-17 (apto para personas de 17 años en adelante) por diálogo y situaciones maduras.
Creí que George se negaría a tener relaciones íntimas en su oficina del corporativo, sin embargo cerró la puerta en cuestión de segundos y tomó asiento inmediatamente en su escritorio, invitándome a que me sentara en sus piernas.
“Dorothy,” murmuró, dejando mis labios para dejar una estela de besos en mi mejilla. “Te necesito tanto.”
“Yo también te necesito,” dije, enredando mis dedos en su cabello.
Me abrió la blusa y suspiró profundamente, diciendo que era maravilloso sentir nuevamente mis curvas contra su cuerpo.
“¿Dónde me quieres?”
“Ahh, te quiero dentro de mí,” dije acariciándole la entrepierna.
Quiso levantarse de la silla. “Vamos al sofá-“
“No,” murmuré. Y antes de que pudiera protestar, me acomodé sobre su regazo. Cuando deslizó las manos sobre mis piernas le abrí el cierre del pantalón.
“Saca una carta,” dijo contra mis labios. “Están en la gaveta-“
“No la necesitamos,” dije abriéndole los pantalones y colocándome sobre su erección. No quería más barreras entre nosotros. Quería que nuestras almas y cuerpos se unieran por completo, y anhelaba darle un hijo. Un hijo que conocerá el amor y la alegría, no pérdidas ni tristezas.
Su soledad de muchos años, me dije a mí misma, por fin ha terminado.
“Dorothy,“ gimió mientras me deslizaba lentamente.
“Oh, oh,” murmuré contra sus labios, iniciando un delicioso vaivén.
Levantó mi falda para sujetarme de las caderas y dejarme que tomara el control.
Dejé de besarlo y puse mis manos sobre el respaldo del sillón y empecé a moverme más rápidamente.
Lo escuché decirme palabras de amor en francés, aunque intercalando algunas que sospecho eran groserías.
“Ahh, ahh.”
Puso sus brazos alrededor de mi cuerpo tremulante y me apretó contra sí. Nuestros labios se encontraron en un beso desesperado y nos esforzamos por llegar juntos al clímax. No importaba que nuestros suspiros, gemidos y gritos se escucharan en el pasillo.
Nuestras caderas se levantaron en el aire y sentí que se estremecía. Tres embestidas más y empezó a venirse dentro de mí, desencadenando mis propias contracciones. Por primera vez en mi vida, pude sentir a un hombre venirse dentro de mí y no dentro de un preservativo. Era maravilloso.
Me apoyé sobre él y apenas tuvo fuerzas para abrazarme. Recargó la cabeza contra el respaldo de la silla y cerró los ojos. Yo también los cerré, esperando a que la oficina dejara de dar vueltas.
“¿Dorothy?”
“¿Hmm?”
“Tengo que decirte algo.”
“Dime,” murmuré, acurrucándome en su cuello.
Me levantó suavemente su cabeza.
Me remojé los labios y lo vi directamente a los ojos. Mi corazón se aceleró nuevamente al ver sus facciones sonrojadas.
“Je t’aime, Dorothy.”
Y no pude evitar sonreír ante su declaración. “Y yo te amo, George.”
Epílogo
N.A. El final de este capítulo fue inspirado en la novela “All’s Fair in Love and Chocolate” de Laura Florand (2012)
Lakewood, Illinois, 18 de diciembre de 1919
Hoy es cumpleaños de George y le organicé una fiesta con nuestros compañeros de trabajo quienes lo agasajaron con muestras sinceras de afecto y regalos que incluyeron discos de jazz, libros de arte, bufandas, un par de guantes negros de piel y un juego de pluma fuente y lapicero que tenía grabado su nombre.
Doug preparó platillos que yo sabía que a George le encantaban y Mary le horneó un delicioso pastel de vainilla decorado con crema y fresas.
Candy y el señor Albert se unieron a los festejos y le obsequiaron una caja de botellas de vino tinto de su cosecha favorita, la cual abrió para compartir con todos. Al principio se veía un poco tenso, sin embargo con el paso de las horas pude notar que se tranquilizaba y se sumaba a la algarabía. Aproveché para tomarle muchas fotografías con la nueva cámara Brownie que nos compramos, y así demostrarle que se ve muy apuesto cuando sonríe.
Al terminar la fiesta, lo pedí que fuéramos a su oficina en el tercer piso para darle su regalo.
Se sentó en la orilla de su escritorio y se me quedó viendo con esos bellos ojos grises.
Saqué el regalo de la bolsa de papel y se lo entregué.
“Feliz cumpleaños, amor.”
Sonriendo, abrió el regalo.
Era una botella de Hamman Bouquet, la fragancia que ha usado por años y acostumbra comprar en sus viajes a Londres.
“Dorothy, ¿cómo supiste?”
“Entré una mañana a tu habitación cuando estabas afuera haciendo ejercicio y vi la botella sobre la cómoda. Estuve investigando sobre la loción. Fue creada en 1872 por un barbero londinense llamado William Henry Penhaligon, con esencias de lavanda, rosa de Turquía, jazmín, maderas y polvo de iris. Fue toda una odisea conseguirla, porque solo la venden en Londres. Afortunadamente la señora Martha, la abuelita de Patty decidió pasar las navidades acá en Chicago y le pedí que me comprara varios frascos.”
“¿Por qué? No ocupo tanto.”
“Quiero usarla para perfumar nuestra ropa.”
“Eres una mujer muy precavida,” dijo, dándome unos golpecitos en la barbilla.
Entonces puse mis brazos alrededor de su cuello. “La descripción de esa fragancia da en el blanco. Da clase y distinción al caballero que la usa. Serio y tranquilo en el exterior, mientras que en su interior oculta una gran pasión.”
“Hablando de pasiones ocultas,” dijo, desenredando mis brazos de su cuello. “Tengo que confesarte algo.”
Sentí que la sangre se me iba del rostro. “Oh no, ¿No me digas que esa bruja de la Smith te sigue acosando?”
Bajó la vista. “No, es algo más serio. Solo espero que entiendas mi proceder.”
Cogí a George de ambas manos para obligarlo a que me viera a los ojos. “Si esto es una broma-”
“Sabes que no hago bromas,” dijo con esa voz clara y precisa tan suya. “No creí que encontraría a la mujer perfecta y no estoy dispuesto a esperar. Recuerda que hoy cumplí cuarenta años y quiero casarme y tener hijos, no nietos.”
“Ahora tú eres el ocurrente. Es muy pronto para saber si nuestra reconciliación tuvo fruto.”
“Te amo Dorothy y si pudiera casarme contigo en este minuto, lo haría. Sin embargo quiero que preparemos la boda y la recepción a tu gusto. Por el momento me conformo con que aceptes ser mi prometida.”
No quiero llorar, pero no puedo evitarlo. Es un tramposo, quedamos en que sería su novia, no su prometida.
“Acepto,” dije cediendo ante su insistencia, apoyando mi frente contra la suya. “¿Qué te pasa? Últimamente andas de impulsivo como yo. ¿Dónde está el señor Johnson y su necesidad de tener todo perfectamente planeado?”
Puso cara de ofendido. “Lo he planeado perfectamente.”
“No sé si debería enojarme contigo.”
“Mientras decides…” Sacó una cajita negra del bolsillo de su saco. “Quiero que veas esto.”
Era un anillo de compromiso. Era de platino con un diamante anaranjado rodeado de diminutos diamantes blancos.
“¿Te gusta?”
Los ojos me empezaron a arder. “E-está bellísimo.”
“Los diamantes naranja se encuentran pocas veces en el mundo y son muy apreciados. Normalmente tienen tonos de café o amarillo, pero un diamante de un color naranja tan nítido como este es muy raro.”
Sonrió levemente, sus ojos llenos de ternura. “Lo escogí porque me recuerdan tus ojos melados."
(Sniff, sniff)
“Dorothy, por favor no llores.”
Me jaló a sus brazos, pero lloré de todas maneras.
“Oh, George…”
“Podemos tener un compromiso largo para que te acostumbres a mis excentricidades. Podríamos hacerle adaptaciones a la cabaña para que cada quien tenga su propio espacio. O si quieres te construyo una casa en la ciudad y puedes decorarla a tu gusto. Asumiré que esas lágrimas significan que aceptas mi propuesta.”
Tomó mi mano para deslizar el anillo en mi dedo. Abrí los ojos y vi su expresión dulce mientras miraba mi mano, y empecé a llorar nuevamente.
Hizo una mueca. “S’il vous plait, ma petite,” dijo acariciándome el cabello. “Ya no llores, me estás partiendo el corazón. Dime que aceptas casarte conmigo.”
Me retiré para secarme las lágrimas con el dorso de la mano.
“Sí, acepto.”
“Te advierto que ya no trabajaré las catorce horas que acostumbro.”
Acuné su rostro entre mis manos. “Amor, no tienes que cambiar tu rutina por mí.”
“Lo sé,” dijo, poniendo sus manos sobre la mías. “Pero no está bien ser esclavo del trabajo, hay que tomarse un respiro de vez en cuando.”
“Qué curioso,” dije sonriendo. “El tutor siguiendo un consejo de su pupila.”
“No quiero estar lejos de ti, Dorothy. Me has cambiado la vida.”
George dejó de ser el tutor indescifrable. Ahora es el hombre que amo con todo mi corazón.
”Y tú la mía, George,” dije, dándole un beso en los labios.
Finis
11/28/2015