Extracto del capítulo 2 de "Si de argumentar se trata..." de Luis Vega
1. Punto de vista lógico de la buena argumentación.
I ) A es un buen argumento en relación con el problema P si y sólo si A satisface las presunciones de comprensión, verdad y valor con respecto a P. Ahora bien, los buenos argumentos, al menos los que se mueven en el plano del discurso teórico o intelectual, son instrumentos de conocimiento y como tales también deben contar con ciertas virtudes epistémicas.
Virtudes epistémicas notables son, en todo caso, la coherencia interna y la externa (por ejemplo, con respecto a otros conocimientos conexos con el tema planteado). Otras virtudes más o menos relevantes según los casos son la contrastabilidad empírica, el poder explicativo, el poder prospectivo.
II) A es un buen argumento con respecto al problema P si y sólo si en su caso se satisfacen las condiciones de:
(i) comprensión -es decir, mediante la satisfacción de pruebas de traducción, paráfrasis, etc., del sentido de las aserciones-;
(ii) verdad, bien en el sentido de su coherencia interna y su congruencia externa -con los conocimientos disponibles al respecto-, o también en el sentido de su contrastabilidad empírica si la cuestión lo pidiere; así como se aprecia
(iii) la dimensión de valor -e. g. a partir de señales o datos sobre su significación y sobre su pertinencia, procedentes de noticias históricas, científicas, etc.-.
Un argumento es formalmente correcto si el nexo que vincula sus premisas a su conclusión consiste en una relación de con secuencia lógica reconocida o reconocible, es decir, convalidable.
Un argumento es materialmente correcto si el nexo que vincula sus premisas a su conclusión, aunque no consista en una relación de consecuencia lógica, se atiene a los criterios metodológicos de adecuación inferencial que sean aplicables en su caso, según se trate de una implicación analítica, una inducción, una abducción, un razonamiento por defecto, un razonamiento práctico, etc.
Un argumento se considera sólido si,además de ser correcto formal o materialmente, sus premisas se saben verdaderas o están suficientemente acreditadas. Al argumento sólido formalmente correcto, lógicamente válido, podemos llamarlo concluyente, de modo que toda demostración propiamente dicha sería una prueba deductiva concluyentes. Pues bien, esta solidez tiene en la perspectiva lógica y metodológica habitual el carácter de una condición necesaria -a veces considerada incluso suficiente- del buen argumento.
2. Punto de vista dialéctico de la buena argumentación.
El punto de vista dialéctico introduce dos giros capitales con respecto al punto de vista lógico.
1. El paisaje contemplado no es el de la prueba, ni el de la demanda cognitiva de buenos argumentos como pruebas, sino el de la discusión que se entreteje en torno a una cuestión.
2. El foco de atención se dirige a los procedimientos de interacción argumentativa y, allí, las miradas se centran en los papeles correspondientes a los participantes, las convenciones y normas que rigen su confrontación, los recursos disponibles, el curso seguido por el debate, etc.
Más aún, por lo regular, la calidad relativamente buena o mala, o incluso falaz, de un argumento dado dependerá de su valor como respuesta a un argumento opuesto y del sentido de jsu contribución a la suerte de la argumentación.
Una asunción es una suposición táctica o provisional, en todo caso explícita, como la introducida por "supongamos que ... " para invitar a un punto de partida o a un escenario posible; no comporta responsabilidad de prueba, de modo que por lo regular
carecería de sentido pedir una justificación u oponerle otra suposición opuesta.
Una aserción es, en cambio, una proposición o una propuesta decidida que trae consigo un compromiso expreso con lo pro-
puesto, así que corresponde al proponente la carga de la prueba:
Una presunción es a su vez una proposición o una propuesta avanzada por el proponente como una suerte de compromiso común o como una proposición digna en principio de crédito; si no es rechazada por el oponente, se supone aceptada por ambas partes en el curso de la argumentación; si el oponente la rechaza, entonces sobre él cae la carga o la responsabilidad de probar o justificar su oposición. Ejemplo: la presunción jurídica de inocencia.
Una presuposición es un supuesto previo e implícito que el proponente también considera compartido y liberado del peso de la prueba, como la asunción, pero no invita ni apunta a un curso futuro de la argumentación, sino que obra desde el pasado y como un antecedente tácito que forma parte del marco dado de discusión.
La asunción y la presuposición no llevan carga de la prueba, sí la llevan la aserción (para el proponente) y la presunción (para el oponente.
El caso de la argumentación plausible
Son proposiciones u opiniones plausibles [éndoxa] para Aristóteles, las que así se lo parecen a todo el mundo, o a la mayoría de la gente o a unas pocas acreditadas y dignas de crédito. No es sino una atribución pragmática: es plausible lo que creen o sostienen ciertos tipos de gente. Tampoco se trata de una actitud proposicional individual o subjetiva: plausible no es lo que así le parece a alguien o a cualquiera, sino el parecer que cuenta con cierto respaldo social o cierta acreditación pública.
Supongamos que α es una proposición plausible y que α* es la contraria: entonces, α será tanto más/ menos plausible (o implausible) según que α* sea tanto más /menos implausible (o plausible respectivamente). Estamos ya muy lejos del discurso monológica contemplado en la perspectiva lógica.
Argüir es, dentro de este marco, entrar en un proceso de confrontación discursiva acerca de una cuestión debatible sobre la base de proposiciones plausibles, en el que las actitudes básicas pro y contra de los participantes están representadas por dos personajes, un proponente y un oponente, cuyos papeles traen consigo la organización y distribución de los recursos, las tareas y las responsabilidades de ambas partes.
Así, tenemos dos perspectivas de lo que es bien argumentar:
En general, argumentará bien el que obtenga su conclusión de las premisas más familiares y plausibles o, al menos, de las que sean tan plausibles como el caso permita.
En términos más pendientes de los papeles (proponente / oponente) que toca desempeñar a los agentes discursivos, cabe decir que argumenta bien el oponente que sabe poner en dificultades al proponente hasta llevarlo a desdecirse o contradecirse, y lo hace bien el proponente que sabe sostener su posición sin incurrir en estas suertes de inconsistencia interna.
Llegamos así al criterio aristotélico de corrección: El que argumenta correctamente trata la cuestión debatida sobre la base de premisas que no son menos plausibles que la conclusión pretendida; en otro caso procederá de modo incorrecto.
Mejoraremos este criterio de la siguiente manera: el que argumenta correctamente sostiene su posición acerca de la cuestión debatida con un argumento cuya plausibilidad global no es menor que la atribuible al objeto de la prueba antes o con independencia de su argumentación. Dicho en términos más fuertes: para que un argumento <{a1,a2,...,a(n-1)}; luego, an> sea correcto y eficiente, es preciso que su plausibilidad o su poder de acreditación sean mayores, en el marco discursivo dado, que la plausibilidad o el crédito que la mera presunción de an hubiera podido merecer inicialmente en dicho marco.
Propuesta "pragma-dialéctica" de F.H. van Eemeren y R. Grootendorst'D.
Parte de un supuesto básico: el propósito de una discusión consiste en la resolución de la cuestión planteada. De ahí se desprenden dos directrices primordiales:
(a) La conducta discursiva de los participantes en la discusión será cooperativa en tal sentido; lo cual, sin ir más lejos, implica velar por el éxito de la conversación: hacer que las contribuciones sean oportunas y congruentes con el sentido de la conversación, y regirse por ciertas máximas como las de ser veraz, ser claro y no decir sino lo pertinente.
(b) Cada una de las partes adoptará una disposición razonable hacia el curso y la suerte de la argumentación, es decir, estará dispuesta a reconocer no sólo la fuerza, sino la debilidad relativa de sus argumentos frente a los argumentos contrarios y a renunciar a su posición cuando se vea indefensa ante ellos.
Estas dos directrices cristalizan en un decálogo:
I. Ningún participante debe impedir a otro tomar su propia posición, positiva o negativa, con respecto a los puntos o tesis en discusión.
II. Quien sostenga una tesis, está obligado a defenderla y responder de ella cuando su interlocutor se lo demande.
III. La crítica de una tesis debe versar sobre la tesis realmente sostenida por el interlocutor.
IV. Una tesis sólo puede defenderse con argumentos referidos justamente a ella.
V. Todo interlocutor puede verse obligado a reconocer sus supuestos o premisas tácitas y las implicaciones implícitas en su posición, debidamente explicitadas, así como verse obligado a responder de ellas.
VI. Debe considerarse que una tesis o una posición ha sido defendida de modo concluyente si su defensa ha consistido en argu-
mentos derivados de un punto de partida común (esto es: de supuestos compartidos por ambos contendientes).
VII. Debe considerarse que una tesis o una posición ha sido defendida de modo concluyente si su defensa ha consistido en argumentos correctos o resultantes de la oportuna aplicación de esquemas o pautas de argumentación comúnmente admitidas. Es paralelo al anterior, si aquel atendía a puntos sustantivos, éste lo hace a los procedimientos empleados. El matiz de pautas comúnmente admitidas es peligroso, pues una falacia común sigue siendo una falacia.
VIII. Los argumentos (deductivos) utilizados en el curso de la discusión deben ser válidos o convalidables mediante la explici-
tación de todas las premisas tácitas codeterminantes de la conclusión. Está es una cláusula de buena argumentación lógica dentro de las normas de buena argumentación dialéctica.
IX. El fracaso en la defensa de una tesis debe llevar al proponente a retractarse de ella y, por el contrario, el éxito en su defensa debe llevar al oponente a retirar sus dudas acerca de la tesis en cuestión. Esta es una regla de final del proceso.
X. Las proposiciones no deben ser vagas e incomprensibles, ni los enunciados deben ser confusos o ambiguos, sino ser objeto de la interpretación más precisa posible.
Es tentador resumir, conforme a un famoso ejemplo, estos diez mandamientos del buen argumentador en dos:
(1*) guardarás por encima de todo una actitud razonable, cooperativa con el buen fin de la discusión;
(2*) tratarás las alegaciones de tu contrincante con el respeto debido a las tuyas propias.
Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Cabe apreciar tres núcleos normativos presididos por tres directrices capitales básicas o subyacentes, a saber:
(i) el juego limpio, por el que velarían ante todo las reglas I, II,V, IX y X;
(ii) la pertinencia de las alegaciones o los argumentos a favor de una posición, conforme a la regla IV, y de las objeciones o los argumentos en contra, conforme a la regla III;
(iii) la suficiencia y efectividad de la argumentación en orden a la resolución de la cuestión o al buen fin del debate, con arreglo a VI, Vil, VIII y IX.
Sin embargo, los supuestos a y b proporcionan dudas:
Respecto al supuesto cooperativo (a). ¿Por qué una discusión crítica, presunto paradigma de buena argumentación, ha de descansar únicamente en intervenciones cooperativas? ¿No pueden ser parejamente razonables y críticas las confrontaciones en las que cada parte procura preservar su posición? ¿no suelen resultar tanto o más eficaces el juego sucio o la "lucha libre", o los trucos y argucias del "listillo?
Y respecto al supuesto (b), ¿acaso no son desenlaces legítimos de una discusión crítica la franca declaración de los motivos de disentimiento o la suspensión del debate hasta mejor ocasión? ¿No son legítimas las confrontaciones entre escuelas filosóficas, con diferencias de principio, en las que nunca se cumple IX?
En resumen:
Una discusión crítica, debidamente mantenida y resuelta, es un paradigma de buena argumentación. Diríamos que la bondad de la argumentación viene a descansar en el buen curso y el buen fin de una discusión. Se desplaza el foco de atención y evaluación desde las buenas cosas (argumentos, argumentaciones o, en el presente caso, discusiones), hasta el hacer las cosas bien. Un agente discursivo empeñado en una discusión lo hará bien, argumentará bien, sólo si se atiene:
1. A ciertas máximas o convenciones básicas de conversación, que velan por la fluidez y el éxito de la comunicación, y están impregnadas de espíritu cooperativo: haz que tu contribución sea oportuna y congruente con el sentido de la conversación; sé veraz; exprésate con claridad y en los términos apropiados; ve al grano; no bloquees o cortes de modo unilateral el curso de la conversación.
2. A un cuerpo normativo de directrices y reglas específicas de interacción discursiva. el compuesto por las directrices (i)-(iii) y por las reglas I-X, ya comentadas.
3. Punto de vista retórico de la buena argumentación.
Una diferencia entre esta perspectiva y la dialéctica es mientras la dialéctica se refeire a personajes (el proponente, el oponente), la retñorica se refiere a personas, con sus actitudes, emociones y disposiciones..
En esta perspectiva el discurso más relevante es la argumentación suasoria dirigida a mover el ánimo de un auditorio en la dirección pretendida por un orador. Hablar de "nueva retórica" es hablar de Perelman y su Escuela de Bruselas. Para esta escuela la idea de auditorio hace aquí un papel fundamental de parámetro para juzgar sobre el índole y el alcance de la argumentación.
Atendiendo a dicho auditorio, una argumentaciones será:
Meramente eficaz si tiene éxito dirigiéndose a un auditorio concreto y obrando conforme a lo considerado normal en este marco;
Válida si tiene éxito dirigiéndose a un auditorio universal, formado por un tipo de gente que se supone inteligente, competente y razonable, y obrando conforme a lo normal en este marco idealizado, normalidad que, en virtud de las características del auditorio, se elevaría a la categoría de norma general de razonabilidad.
Meramente persuasiva sie sólo alcance a influir en un auditorio particular. (La apelación a un auditorio universal por Perelman da una dimensión no ya intersubjetiva, sino transubjetividad a su teoría)
Convincente si logra triunfar ante un auditorio universal.
Para esta "nueva retórica", el valor más importante e una argumentación es su fuerza. Ésta es relativa, y depende de dos cosas:
1. De la intensidad de la adhesión del auditorio a las razones, conclusiones o propuestas.
2. De l adecuación de los argumentos esgrimidos y procedimientos empleados.
3. De las dificultades que envuelva su refutación.
Para el estudio de esta nueva retórica partimos de dos supuestos, uno (el 1) antiguo y otro moderno:
1. Las relaciones entre decir y hacer cosas con palabras.
2. La consideración de la persuasión como el objetivo propio de la retórica.
Pragmática teórica de Perelman
Conforme al primer supuesto, la retórica es una dimensión que acompaña a toda actuación lingüística en su calidad de forma de hacer algo con palabras. En un acto de habla se distingue, como sabemos, entre el acto locutivo, el ilocutivo y el perlocutivo. En general, la intención y fuerza de lo que se le dice al auditorio (que el oyente debe inferir de loq ue se le dice) no implican por su parte la acción correspondiente: el aludido puede perfectamente ignorar el mensaje. Por otro lado, algunas expresiones de nuestro lenguaje son realizativas (yo prometo, os declaro marido y mujer, etc). La retórica discursiva cuenta con usos de este tipo (te aseguro que...). Sin embargo, el poder realizativo no puede ser trasladado a expresiones tales como (te persuado que..., te convenzo de...).
a) Para empezar, tenemos las diferentes fuerzas ilocutivas correspondientes a diferentes modulaciones. Explicaremos esto: los actos del habla suelen clasificarse de acuerdo co ciertos prototipos: las aserciones son de tipo declarativo, las preguntas, de tipo interrogativo, las órdenes, de tipo imperativo, etc. Supongamos la expresión neutral siguiente;
Jaime dice a Nacho:
E0: "Baja de ahí"
E1: "¿No podrías ya bajarte de ahí?"
E2: "Nacho, te me bajas de ahí"
E3:"Eh, tú, enano, bájate de ahí"
Todas estas modulaciones son retóricas, y todas ellas tienen una diferente efectividad ilocutiva.
Nadie tomará "¿Cuánto dinero se ha embolsado usted de nuestra comunidad?" por una simple pregunta.
b) Para continuar, los apóstrofes (interpelaciones en vocativo) son muy utilizadas en retórica ("¿Quosque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?"), otros usos son verdaderamente impactantes: ¿Cómo puede saberlo USTED? Estas interpelaciones tienen la curiosa propiedad de quedar totalmente neutralizada al ser parqafraseadas (Cicerón empleó un apóstrofe al dirigirse a Catilina, preguntándole...)
c) Ahora bien, una despersonalización, por medio por ejemplo de paráfrasis como las anteriores, NO implica su des-retorización. Véase por ejemplo en la retórica científica. Esto es así porque la retórica incluye otras modalidades de acción además de la personalización, como son
1. La construcción de un escenario y una puesta en escena de un marco discursivo particular.
2. La inducción retórica de actitudes, creencias o actuaciones en fucnión de la perlocución linguistica en general.
(Véase el preámbulo a la creación del CSIC)
d) Atendamos ahora a la peculiar eficacia de la inducción retórica. La dimensión ilocutica del una expresión comporta una intención del hablante, y una inferencia congrente con ella por parte del oyente. La función perlocutiva, se cumpla o no, deberá atenerse a dicha inferencia. Sin embargo, la inducción retórica no funciona por ese camino: el oyente no se limita a escuchar y responder, sino que empieza a discurrir por su cuenta. Es labor del orador inducir más allá de la fuerza ilocutiva de su expresión, mediante alusiones, creando predisposiciones receptivas, insinuaciones levadas... que el escuchante asume y toma como propias.
e) La vocación suasoria de la retórica (segundo supuesto). El propio Aristóteles define: "será la retórica la facultad de considerar teóricamente lo que cabe hacer en cada caso para persuadir". Todas las cartas suasorias de la retórica se juegan en el discurso. Diferenciaremos entre el hecho retórico y el discurso retórico, así como entre retórica y propaganda. La segunda es un ejercicio asimétrico y opaco, una manipulación para inducir actitudes, actuaciones o creencias sobre una audiencia tomada como pasiva, de comportamiento con certeza estadística. Toda propaganda es falaz, por principio. En cambio, la persuasión retórica supone una comunicación entre personas, con un receptor no sólo activo, sino relativamente autónomo y responsable de sus propios actos de aprobación. La argumentación convincente es a la retórica lo que la discusión crítica era a la dialéctica: un paradigma modélico. Este convencimiento de los dem´s no se logrará sin transmitir el convencimiento propio. No basta con transmitir la información (perspectiva lógica), ni atenerse a la regulación del juego (perspectiva dialéctica) Se trata de comunicar ciertas actitudes, disposiciones o expectativas con el din de extender a los demás un compromiso.
Según esto, la perspectiva retórica se viene a sumar a las dos anteriores, no es ni enemiga ni ajena a ellas, sino su sustento personal. Podemos así acabar de definir una buena argumentación como: aquella que además de ser lógicamente concluyente y de atenerse a las directrices y reglas del juego dialéctico, resulta efectivamente convincente, tiene éxito.