5.1. De la ciencia a la big science.
Para situarnos en la ciencia contemporánea es de enorme importancia analizar lo que se ha comenzado a calificar como revolución tecnocientífica. Al respecto de la misma, Javier Echeverría escribe:
En donde ha habido un cambio radical es en la actividad científica, en la propia estructura de lo que hacen los científicos y los ingenieros y se manifiesta en la investigación, el desarrollo y la innovación. Es decir, ya no sólo se trata de investigar, sino que hay que generar desarrollos tecnológicos que deriven en innovaciones que se pongan en práctica en el mercado, en la empresa, en la sociedad. Todo esto no estaba presente en los científicos de 1904, a diferencia de los actuales, que lo tienen perfectamente presente.
Podemos diferenciar en ella tres fases:
1. Primera revolución tecnocientífica: la Big sciencie. En una primera fase (1940-1965) que se puede ubicar aproximadamente a partir de la Segunda Guerra Mundial emerge la macrociencia, se consolida una nueva modalidad de tecnociencia (la megaciencia o big science). “La investigación básica desempeñó un papel fundamental como motor de la macrociencia, sobre todo en el ámbito de la física, pero también de la química y las matemáticas.
2. Una década de crisis y estancamiento (1966-1976), provocada por el fracaso norteamericano en la guerra del Vietnam y por la amplia contestación social que se suscitó en los EEUU y en Europa contra la macrociencia militarizada (mayo de 1968),
3. Segunda revolucion tecnocientífica: la tecnociencia. En el último cuarto de siglo surgió la tecnociencia propiamente dicha, impulsada por algunas grandes empresas, más que por los Estados, y centrada en el desarrollo de nuevas tecnologías. La tecnociencia también procede de los EEUU, aunque se ha expandido rápidamente por otros países. La Unión Soviética no fue capaz de dar el nuevo salto, por falta de capacidad financiera y de tejido empresarial. Si consideramos a la macrociencia y a la tecnociencia como la primera y la segunda revolución tecnocientífica, respectivamente, cabe decir que el actual predominio militar, económico, político, diplomático y comercial de los EEUU proviene, entre otras razones, de su liderazgo tecnocientífico.
Por lo que respecta a la macrociencia o big sciencie se debe precisar que esta modalidad de la ciencia no se caracteriza simplemente por realizarse con instrumentos grandes o caros. Sus rasgos distintivos básicos son:
1. La concentración de recursos en un número muy limitado de centros de investigación.
2. La especialización de la fuerza de trabajo en los laboratorios.
3. El desarrollo de proyectos relevantes desde el punto de vista social y político, que contribuyen a incrementar...
4. El poder militar, el potencial industrial, la salud o el prestigio de un país.
Además se produce un cambio profundo en la relación entre ciencia y tecnología que contribuye al cambio de ambas. La macrociencia requiere interacción entre científicos, ingenieros y militares. Ahora bien, es importante insistir en que se trata de una transición, un proceso evolutivo. Para el conjunto de este tema seguimos muy de cerca el libro de Javier Echeverría: La revolución tecnocientífica (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2003) que, en nuestra opinión, supone uno de los análisis más lúcidos sobre la gran transformación que se ha producido en la ciencia de la segunda mitad del siglo XX. En la carpeta documentos pueden encontrar dos artículos escritos conjuntamente por J. Echeverría y F. Álvarez que actualizan algunas de esas consideraciones.
Reticencias al término tecnociencia.
A pesar de las reticencias por parte de investigadores que se dedican a la investigación básica y que ven en el término tecnociencia una supuesta prevalencia de la tecnología sobre la investigación y la “ciencia desinteresada”, que se preocuparía de los fenómenos más básicos y desarrollaría su actividad por la búsqueda y expansión del conocimiento, sin embargo parece claro que a lo largo del siglo XX no solamente ha cambiado el tamaño y el ritmo de crecimiento de la ciencia sino la estructura misma de la actividad tecnocientífica. El problema no es señalar, al estilo de Kuhn, que ha cambiado la estructura del conocimiento científico sino precisar que la revolución tecnocientífica refleja un cambio radical de la estructura de la actividad científica. Ha cambiado el tamaño de la ciencia, pero han cambiado sobre todo los objetivos de la ciencia, las comunidades científicas, los modos en que se organiza la investigación y los criterios de valoración de los resultados.
Algunos filósofos de la ciencia consideran que con el término tecnociencia se borran las diferencias existentes entre ciencia y tecnología y puede impedirnos captar lo que consideran específico de la ciencia. Por ejemplo, suelen insistir en que en muy diversos periodos de la Historia de la Ciencia se ha mantenido una relación estrecha entre la ciencia y sus aplicaciones y no por ello se han borrado las diferencias entre la actividad básica de producción de conocimiento (descubrimiento de leyes naturales, explicación de procesos, análisis de mecanismos) y las aplicaciones con interés social.
Sin embargo, precisamente porque nos parecen importantes las diferencias entre técnicas, ciencias y tecnologías, consideramos que la comprensión de la actual transformación tecnocientífica puede ayudarnos a precisar mejor esas mismas diferencias.
Los que sólo ven tecnociencia
Por otra parte, así como nos encontramos con quienes quieren mantener a toda costa las diferencias sin ver los posibles nuevos solapamientos, también hay autores que consideran que toda la actividad científica puede quedar cubierta en la actualidad bajo la noción de tecnociencias (como ha sido, por ejemplo, la posición de Bruno Latour).
Posición intermedia, defendida aquí.
Siguiendo a Echeverría, defendemos, por el contrario, que el análisis de la transformación radical que se ha producido en grandes parcelas de la ciencia contemporánea, y que nos permite hablar de tecnociencias, nos produce derivativamente una mejor comprensión de las diferencias y matices entre técnicas, ciencias y tecnologías.
Como señala Echeverría:
“Por nuestra parte consideramos que la ciencia y la tecnología han sido autónomas entre sí hasta la emergencia y consolidación de la tecnociencia, sin perjuicio de que hayan establecido vínculos muy estrechos a lo largo de la revolución industrial. El inconveniente de las tesis de Latour consiste en que, empeñado en negar la identificación entre tecnología y ciencia aplicada, así como la distinción interno/externo, acaba confundiendo la ciencia, la tecnología y la tecnociencia. Leyendo su "Ciencia en Acción", parecería que toda la ciencia se ha convertido en tecnociencia, tesis ésta a la que nos oponemos estrictamente. Ni el despliegue de la Gran Ciencia impidió que durante el siglo XX se siguiera haciendo Pequeña Ciencia ni la irrupción de la tecnociencia ha devorado a la ciencia y la tecnología. La técnica artesanal, la ciencia y la tecnología siguen existiendo. De lo que se trata es de analizar la nueva modalidad de actividad científico-tecnológica, no de pensar que todo es tecnociencia. Tal es, a nuestro entender, el principal inconveniente de la tesis de Latour sobre la tecnociencia: arrasan cono los matices y diferencias entre las técnicas, las ciencias, las tecnología y las tecnociencias”.
5.2. El concepto de tecnociencia. Rasgos distintivos y diferencias adicionales entre ciencia y tecnociencia.
Ahora bien, ¿qué es un megacientífico o tecnocientífico de primera época? Bueno, pues, es la simbiosis, en una misma institución, de científicos, ingenieros o tecnólogos y técnicos, empresarios, industriales, políticos y militares en la mayoría de los casos. De esta manera, el cambio radica en la confluencia de estas cinco grandes culturas: científica, ingenieril, empresarial, política y militar; y por lo tanto, en lugar de hablar de un sujeto individual capaz de investigar y de generar conocimiento, de producir invenciones, es necesario que existan estos cinco personajes para que se genere un cambio a nivel micro que es propio de la megaciencia. Javier Echeverria.
Un primer rasgo que sirve para distinguir a la tecnociencia de la ciencia y la tecnología es el tamaño y la escala, pero hay diferencias cualitativas que han terminado por resultar incluso más importantes que ese problema de dimensión. Estas diferencias han terminado por estructurar un nuevo marco de la actividad científica que resulta muy diferente de la forma de organización y producción de la ciencia moderna y de la tecnología industrial.
“La tecnociencia puede considerarse como una fase evolutiva posterior a la emergencia de la Big Science” lo que quiere decir que los rasgos distintivos de la macrociencia se mantienen en lo fundamental en la tecnociencia.
La Big Science
Es frecuente considerar que los siguientes rasgos básicos caracterizan a la macrociencia:
1. La financiación gubernamental
2. La integración de científicos y tecnólogos
3. El contrato social de la ciencia.
4. La industrialización y militarización
5. El desarrollo de políticas científico-tecnológicas tanto públicas como privadas.
Comentemos brevemente los dos rasgos diferenciales más importantes: la financiación gubernamental y el contrato social de la ciencia.
1. Financiación gubernamental
La investigación científica era responsabilidad exclusiva de las instituciones académicas (que tenían financiación pública), aunque solía estar financiada por mecenas, fundaciones y empresas. Por lo general, el interés de las empresas se orientaba casi exclusivamente a la investigación aplicada pero en la época de la segunda guerra se produjo un gran cambio en los EEUU y aparecieron organismos militares, comités políticos y oficinas gubernamentales, como la Oficina de Movilización Científica y Tecnológica, que comenzarfon a impulsar fuertemente la investigación.
Se producía así la entrada de nuevos y poderosos agentes en el ámbito del conocimiento, hasta entonces prácticamente monopolizados por las comunidades científicas. Para ello, se financiaron grandes equipamientos y macroproyectos de investigación, algo que estaba fuera del alcance de los medios económicos de las universidades y centros de investigación, salvo raras excepciones. La macrociencia surgió en torno a unos pocos centros y proyectos (Berkeley, MIT, Moore School, Los Álamos, etc.), todos ellos con fuerte apoyo militar o político. Las grandes necesidades militares suscitadas por la II GM fueron decisivas a la hora de incrementar el tamaño de los proyectos y los medios de financiación. En lo que se refiere a la investigación básica, los EEUU estaban por detrás de Alemania y de otos países europeos.
Se trataba de corregir ese retraso en pocos años, fichando para ello a los mejores científicos europeos, muchos de ellos con dificultades en sus países de origen a causa del ascenso del nazismo y el fascismo. Frente al tradicional mecenazgo el Gobierno Federal y las Agencias militares decidieron invertir fuertemente en la investigación básica, siempre que ésta se vinculara estrechamente a las líneas que los nuevos agentes consideraban estratégicas.
2. Contrato social de la ciencia.
Los EEUU reorganizaron sus Agencias y centros de investigación, contratando científicos, ingenieros y técnicos de gran prestigio para ello. Paralelamente, subcontrataban con algunas instituciones académicas y con las grandes empresas industriales la realización de dichos macroproyectos. El Contratos social de la ciencia atañía a científicos, ingenieros, políticos, militares y corporaciones industriales.
La investigación científica pasó a formar parte de una industria de I+D. Cada científico e ingeniero había de aportar sus conocimientos y destrezas a un proyecto conjunto que se desarrollaba por etapas previamente diseñadas y planificadas. La dirección de los proyectos tenía un papel fundamental, porque conocía los objetivos finales, fijaba las fases de desarrollo y los objetivos intermedios, mantenía las relaciones con los agentes financiadores y los potenciales clientes, gestionaba los recursos humanos y materiales disponibles.
La macrociencia no fue desarrollada únicamente por los laboratorios, sino por un complejo de industrias científicas gestionadas y dirigidas conforme a modelos de organización empresarial y militar. A la ciencia académica se le superpuso un entramado industrial, político y militar que modificó radicalmente la organización de la investigación. Aun manteniendo su tradicional autonomía en los laboratorios, parte de la ciencia se industrializó, es decir, se convirtió en una empresa auxiliar de los grandes proyectos científico-tecnológicos. Como resultante de esa estrategia, se estableció lo que después fue llamado contrato social de la ciencia entre científicos, ingenieros, políticos, militares y corporaciones industriales. El informe de Vannevar Bush (1945) suele considerarse el texto fundacional de dicho contrato. Un análisis de dicho informe aparece en el capítulo 4 de La revolución tecnocientífica, comentar ese capítulo puede ser un buen objetivo para un trabajo de curso.
El paso de la Big Science a la tecnociencia
Con el tránsito a la tecnociencia se mantienen esos rasgos diferenciadores pero se introducen diferencias importantes y aparecen algunas características nuevas. Una de las principales diferencias adicionales es el enorme incremento de la financiación privada de la investigación. Incluso se puede decir que a partir de 1980 se establece un nuevo contrato social con la ciencia y que supone la emergencia de la tecnociencia.
“Desde el punto de vista presupuestario se produjo un rápido crecimiento de la financiación privada en I+D, gracias a una liberalización de la ley de patentes y a una nueva política fiscal, que permitía desgravar el 25% de las inversiones privadas en I+D. La prioridad política pasó a ser el desarrollo tecnológico y la presencia de la iniciativa privada como motor del mismo (...). A partir de los años 80 la financiación privada de I+D superó a la pública, y desde entonces ha seguido creciendo, hasta llegar al 70% del total de la inversión en I+D en EEUU. Un proceso similar se produjo en Europa, aunque mucho más tardíamente”.
La macrociencia y la tecnociencia se distinguen claramente por su estructura financiera. Con la llegada de la tecnociencia los valores más característicos del capitalismo entraron en el núcleo mismo de la actividad científico-tecnológica. Aunque los valores clásicos de la ciencia mantuvieron su presencia a la hora de investigar, las empresas de I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) no tienen como objetivo primordial la generación de conocimiento sino la innovación tecnológica y su capitalización en el mercado.
Todo ello ha terminado por generar un elemento característico de la tecnociencia, las empresas tecnocientíficas. Incluso se habla de un nuevo sector económico (popularmente conocido como el sector de las nuevas tecnologías). No sólo se puede hablar de industrias tecnocientíficas, como era el caso en el periodo de la macrociencia, sino que ha aparecido un nuevo mercado en el que compiten diversos tipos de empresas. Incluso la obtención, gestión y rentabilización de las patentes que resultan de la investigación se transforma en un elemento central de la actividad tecnocientífica (tan importante como la investigación). Ya sean empresas públicas, privadas o mixtas, introducen modelos empresariales de organización del trabajo y de gestión de la tecnociencia, muy diferentes de los modelos organizativos de las comunidades académicas tradicionales, que se mantienen ancladas en modos del producción del conocimiento que resultan anticuados. Se produce así como consecuencia un proceso de conversión de los resultados tecnocientíficos en mercancias y, en lugar de comunicarse libre y públicamente en las revistas especializadas, su propiedad es privada desde las primeras fases de la investigación.
Si bien en las primeras fases de la macrociencia se produjeron muchos conflictos porque
“en lugar de explorar nuevos fenómenos, los físicos dedicaban cada vez más tiempo a investigar las vías para lograr ideas patentables por razones económicas, más que científicas” (Peter Gallison y B. Hevly (eds) (1992): Big Science: the Growth of LargeScale Research),
a partir de los años 80 se van incorporando con enorme potencia los valores económicos en el núcleo de valores de la actividad tecnocientífica y son los mismos investigadores los que se convierten en accionistas o propietarios de las empresas en que trabajan. Un caso interesante a estudiar es el proceso de privatización del proyecto genoma humano. La tecnociencia tiene siempre una mirada puesta en la incidencia económica de los resultados y en la capacidad para obtener financiación para los proyectos, conjuntamente a la evaluación de lo que podríamos llamar impactos epistémicos tradicionales (publicaciones, citas). La cultura tecnocientífica tiene una fuerte componente empresarial, cosa que no ocurría, salvo excepciones, en la ciencia moderna.
Este es un ejemplo muy claro de que las diferencias son de grado, en la época industrial sin duda las comunidades de tecnólogos habían incorporado valores empresariales.
Durante el periodo de la macrociencia los científicos participan en los proyectos por motivos epistémicos y por motivos políticos.
En la fase de la tecnociencia los propios científicos son los que han hecho suyos los valores empresariales. Por lo tanto nos encontramos con tres grandes grupos de valores en la tecnociencia, los valores epistémicos, los económicos y los técnicos.
5.3. La práctica tecnocientífica y los agentes tecnocientíficos.
Definición de sistema tecnocientífico: Un sistema tecnocientífico es un sistema de acciones regladas, informacionales y vinculadas a la ciencia, a la ingeniería, a la política, a la empresa y a los ejércitos. Dichas acciones son llevadas a cabo por agentes, con ayuda de instrumentos y están intencionalmente orientadas a la transformación de otros sistemas con el fin de conseguir resultados valiosos evitando consecuencias y riesgos desfavorables.
Se han propuesto algunos modelos para el análisis de ese sistema, uno de los más interesantes es el propuesto por Javier Echeverría al desarrollar una teoría de la acción tecnocientífica. Se trata de un modelo de cierta complejidad pero que a grandes rasgos lo que pretende es mostrar que en lugar de ocuparnos únicamente de lo que se hace en los laboratorios o del conocimiento que surge de ellos (hechos, mediciones, experimentos, hipótesis, teorías) también habremos de estudiar lo que ocurre en otros escenarios de la tecnociencia: despachos de política científica, comités, comisiones de evaluación de los proyectos, empresas interesadas en el desarrollo de los mismos, etc.
“Contrariamente a lo que suele pensarse, estos nuevos escenarios forman parte del interior de la tecnociencia y es preciso estudiarlos con herramientas filosóficas, históricas, sociológicas, económicas. La tecnociencia es un sistema mucho más amplio y complejo que la ciencia moderna. Los estudios de ciencia y tecnología han de ser capaces de analizarla en toda su envergadura y complejidad”.
Hay al menos doce componentes de las acciones tecnocientíficas (no confundir con los 12 sistemas de valores de la tecnociencia según Echeverria)
Los agentes, las acciones, lo que se hace, las entidades sobre las que se actúa, los instrumentos, el contexto o situación, las condiciones iniciales y de contorno, las intenciones, los objetivos, los resultados, las consecuencias de la acción y los riesgos que de ella podrían derivarse.
Aunque la complejidad de este modelo de teoría de la acción tecnocientífica parezca hacerlo intratable pensamos que hay una vía de análisis común para todas sus componentes. Esa vía de análisis es precisamente la axiología y en ella hemos venido trabajando conjuntamente con Echeverría durante estos últimos años. Parte de esos trabajos han aparecido en el libro de J. Echeverría Ciencia y Valores (Ed. Destino, Barcelona, 2002) y en varios artículos. En particular sugiero la lectura de Álvarez Á., J. F. (2001), "Capacidades potenciales y valores en la tecnología. Elementos para una axionomía de la tecnología" en LÓPEZ CEREZO, J. A. y J. M. SÁNCHEZ RON (comps.) Ciencia, tecnología, sociedad y cultura en el cambio de siglo, Biblioteca Nueva, Madrid, pp. 231-242, que pueden descargarse libremente.
5.4. Axiología de la tecnociencia
Desarrollar una teoría general de los valores en tecnociencia me parece de primera importancia para evaluar (e incluso orientar) las prácticas tecnocientíficas. La estrategia principal consiste en aprovechar algunos resultados de la ciencia económica contemporánea (dificultades y éxitos) para intentar generalizar a esa teoría general sobre los valores.
A mitad de los años veinte, al prologar para la editorial Calpe la traducción española de Ciencia cultural y ciencia natural de Heinrich Rickert, Ortega planteaba que "descubre [Rickert] en el concepto de valor un territorio cuya exploración y conquista será, tal vez, una de las glorias epónimas del siglo XX". A juzgar por los enormes esfuerzos que se siguen haciendo hoy sobre este tema de los valores no parece que como pronóstico pueda decirse precisamente que Ortega se haya equivocado.
El problema de los valores puede ser un elemento organizador de buena parte de la producción teórica del siglo XX y por ello puede ser una de las glorias que le representen, el siglo de los valores. Si tuviera que seleccionar y proponer hoy un tema abierto hacia el siglo XXI y que pudiera ser reformulación de esa visión orteguiana, me quedaría con el problema de los valores como selectores activos de la información, entendidos como relaciones entre los agentes que comparten la información disponible y filtrada por esos valores. Los valores, como filtros de información, ayudan a la construcción de espacios simbólicos que permiten actuar tecnológicamente y en los cuales los valores compartidos pueden contribuir a resolver más allá de optimizaciones el problema de la incertidumbre de la acción, de sus motivos y consecuencias.
En definitiva el problema de la selección, almacenamiento y organización de la información es un derivado de la forma contemporánea que adopta el problema de los valores. Algo de lo que ya hoy empieza a hacerse sobre filosofía y computación se coloca en esa órbita que considero continuadora de la reflexión sobre los valores.
Para los problemas que presenta hoy una axiología general de la ciencia, me parece que una buena primera ayuda se encuentra en rehacer el camino recorrido por aquellos autores que al discutir la distinción entre ciencia natural y ciencia social han hecho matizaciones muy articuladas para defender una relación no reductiva entre ellas (en ninguno de los sentidos). Quizá en este aspecto la obra de Heinrich Rickert pueda ser significativa, e incluso los trabajos de su antecesor en la cátedra, Windelband.
Al mismo tiempo creo que entre los diversos trabajos actuales que valdría la pena discutir se encuentra el trabajo de Wilson sobre la coligación o consilience, que puede señalar a cierto equilibrio no reduccionista, aunque en este caso sea discutible que sea ésta la intención del autor. Valdría la pena vincular la cuestión a la supuesta tradicional aspiración del empirismo lógico hacia la unidad de la ciencia. En este último caso me parece especialmente relevante la posición de Neurath y la de Charles W. Morris, porque una cosa es el fisicalismo y otra bien diferente es la integración no reductiva de la ciencia.
Lo que quiero decir es que el problema de la unidad de la ciencia reaparece ahora en otro contexto, más allá de la discusión sobre las dos culturas, porque debemos inevitablemente situarnos ante el problema de la tecnociencia. Desde este punto de vista hay que reformular constructivamente el problema de las ciencias naturales y las ciencias históricas, la cuestión de lo nomotético y lo ideográfico. Ese conjunto tan variado de temas me parece que se puede articular desde una nueva perspectiva sobre los valores, reelaborada y quizá hoy todavía excesivamente compleja.
Resulta muy conveniente representar la pluralidad axiológica en forma de una matriz evaluativa a la hora de considerar la tecnociencia como actividad que se desarrolla en diversos contextos (educación o transmisión, evaluación, innovación y aplicación) y con muy diversos valores.
La consideración de los diversos contextos en los que se produce y desenvuelve la actividad científica, nos permite detectar y proponer un conjunto de valores (pluralidad axiológica) relevantes para cada contexto. Al tiempo que analizamos la dinámica de esos valores, percibimos que no son exclusivos para cada contexto ni siquiera exclusivos de la actividad científica. Buena parte de los procesos discursivos y de las formas organizativas en las que se manifiesta la actividad científica pueden analizarse como transformaciones en el seno de esa matriz evaluativa. Esas transformaciones muestran en primer lugar el curso de la dinámica deliberativa que se produce dentro de cada uno de los contextos y también intercontextualmente.
Determinados valores aparecen como puntos de equilibrio de dinámicas deliberativas, de procesos conformadores de la actividad científica que incluyen discusiones, controversias y polémicas desplegadas en el seno de las instituciones enlas que se produce, se transmite y se aplica el conocimiento científico, evidentemente se incluyen los laboratorios, las aulas, las redes informáticas, y los artefactos tecnológicos. En este sentido podríamos hablar de marcos sociotecnológicos o de culturas epistémicas en el seno de la sociedad del conocimiento. Aunque el sistema general de la ciencia contemporánea se adapte más a la imagen de un patchwork, un conjunto de retazos, retales, que el de una ciencia unificada, esto no significa que no podamos ver elementos que lo cohesionan. En muchos casos serán cohesiones de segundo grado, genéricamente hablando se podría decir metodológicas pero también axiológicas.
Karin Knorr-Cetina (1999), en Epistemic Cultures, how the sciences make knowledge, no se preocupa tanto por la construcción del conocimiento sino por la construcción de las maquinarias que construyen el conocimiento.
Creo que hay una cierta convergencia entre lo que Knorr-Cetina llama culturas epistémicas y el tipo de producto que aparece en las investigaciones axiológicas. Precisamente de lo que se trata es de satisfacer en determinado grado determinados valores y esa satisfacción se produce por cada individuo y por el sistema de investigación. Se interpenetra desde la evaluación individual a la institucional. De ahí que nuestra matriz de transformación de los valores aparezca como un marco disciplinar que actúa además sobre la sociedad del conocimiento.
Por supuesto debemos recordar que no consideramos a las teorías científicas como simples entidades lingüísticas, como conjuntos de enunciados de los que tratamos de determinar su verdad o falsedad, sino que se trata de prácticas sociales complejas, con sus componentes lingüísticos pero que desbordan ese carácter, no solamente se trata de superar el carácter enunciativista de las teorías sino también su exclusivo carácter simbólico o sígnico y añadir desde el principio, para todos y cada uno de los contextos, el carácter de práctica social, transformadora de la realidad, que tienen las teorías científicas. Ese carácter transformador es el que tiene la tecnociencia en su conjunto.
Al analizar la tecnociencia desde esos cuatro contextos percibimos que se interpenetran, que no se pueden considerar aisladamente. Por ejemplo: no se produce un desarrollo sostenible en el ámbito de la justificación si no se logra transmitir adecuadamente, es decir si no se pasa satisfactoriamente al contexto de educación o transmisión. Aquí podría ser interesante ver las aportaciones de la lingüística cognitiva al análisis de la matemática y la importante vinculación entre las metáforas a partir de las que se conforma el pensamiento matemático y la relación que tiene con el contexto de educación o transmisión. Lo que en un plano es la simplicidad estética en otro es la claridad o sencillez transmisiva. Una propuesta científica no se sostiene simplemente en el contexto de innovación, por ejemplo, si no se produce alguna conexión con el plano de la aplicación para transformar ya sea a los propios individuos (caso principalmente de las ciencias sociales) ya sea al medio en el sentido más general.
Ahora bien, ¿en qué sentido el análisis de los valores que operan en cada uno de los contextos es decisivo? Al atender a esos diversos contextos aparecen diversos valores, pluralidad axiológica irreductible que no trataremos de simplificar por la vía de la búsqueda de una única unidad de medida valorativa. En la mayor parte de los casos estamos ante un vector de evaluación que tiene n-dimensiones, no reductibles.
Para situar con claridad la propuesta sobre los valores sería conveniente recordar de manera sumaria los elementos básicos del decisor racional (ver tema 5) habitualmente supuesto en teoría económica y que, en mi opinión, ha estado operando en formas diversas en la teoría general de la ciencia por lo que respecta principalmente a los valores epistémicos. En particular en las nociones de verosimilitud o cualquier otra variante de los acercamientos a la verdad.
Como ha dicho Jon Elster:
“Tenemos gran renuencia para admitir la incertidumbre y la indeterminación en los asuntos humanos. En lugar de admitir los límites de la razón preferimos los rituales de la razón” (Solomonic Judgements, pág. 37).
Complemento: "La revolución tecnocientífica", de Javier Echeverría