1. Mal metafísico, mal físico y mal moral
La distinción entre los tres tipos de mal la hizo Leibniz en su Teodicea.
Por mal moral se entiende la desviación de la voluntad humana de las reglas del orden moral y la acción que resulta de esa desviación. El mal moral está ligado al pecado.
El mal físico comprende todo aquello que causa daño al hombre, lesión corporal, frustración de sus deseos naturales, iQmpedimento del pleno desarrollo de sus poderes, sea en el orden de la naturaleza, directamente, o a través de las variadas condiciones sociales, bajo las que la humanidad existe naturalmente.
El mal metafísico es la limitación de una o de varias partes componentes del mundo natural. A través de esta mutua limitación se impide, a la mayor parte de los objetos naturales, lograr su completa o ideal perfección, sea por constante presión de la condición física o por catástrofes inesperadas. El mal metafísico está ligado a la imperfección de los seres.
El mal ha sido visto en Occidente como algo negativo, una carencia, ligado a la imperfección, a la falta de ser. Por lo tanto como algo no separable de un conjunto en el que, por lo demás, predomine el bien. Se trata en todo caso de una interpretación optimista.
Se ha querido ver también el mal como una consecuencia del principio de plenitud en virtud del cual el universo debe exhibir máxima riqueza de formas, sin exceptuar a seres imperfectos, deformes: el mundo sería más perfecto cuanto más cosas diferentes albergue. Junto a este principio está el principio de continuidad en virtud del cual la naturaleza no realiza saltos. Esto implica que debe existir toda una gradación de seres intermedios, por muy imperfectos que sean.
Un tercer principio el principio de gradación unilineal postula que debe existir una gradación jerárquica de los seres más imperfectos hasta el ens perfectissimum.
Esto resumen la visión de la llamada gran cadena del ser, de orígenes platónicos que pasó a la escolástica, atraviesa toda la filosofía medieval, y llega a través del Renacimiento a la filosofía optimista de Leibniz. Luego, se despliega en el Romanticismo y llega hasta las discusiones biológicas del XIX. De esta manera el concepto de la gran cadena del ser y sus tres principios asociados conceptualizan el mal y lo colocan en un puesto ínfimo, pero puesto al fin y al cabo.
El mal en Plotino y en los gnósticos
Plotino coloca al Mal en el último lugar de ser, como casi un no-ser. Se trata de la materia, origen del mal por su propia indeterminación, su falta de cualidades propias. Es el mal primigenio, el mal ontológico. A éste le sigue el mal moral, que habita en el alma, debido a su cercanía a la materia. En el hombre alma y materia están en intrincados y aquélla se contamina de ésta.
Las teorías del mal de Plotino pasan directamente a los gnósticos. Los gnósticos valentinianos desarrollaron una filosofía dualista en la que el hombre, dotado de libre albedrío, puede optar por dirigirse hacia lo más bajo o hacia lo más alto de la cadena del ser. Distinguían así dos tipos de mal: el mal ontológico debido a la cercanía de la materia, y el mal moral debido a una decisión individual. Esta concepción dualista del mal concuerda con una concepción asimismo doble de Dios: un dios malo o Demiurgo creador del mundo y del hombre y un dios como suprema bondad.
2. El mal como privación
La afirmación de un principio positivo del mal junto con un principio positivo de Dios como bondad es excepcional en nuestra tradición occidental, que siempre ha rechazado la igualdad ontológica entre Bien y Mal. El mal siempre ha sido visto como un no-ser, o como consecuencia de la insalvable limitación de cada una de las partes al respecto del todo.
Este pensamiento, en sus múltiples versiones, está presente en todo el medievo, y lleva en su interior una explicación de la Propia existencia del mal: Dios sólo es responsable del ser en su plenitud, el mal proviene de la finitud, carencia o imperfección de los seres creados. La patrística griega tiende a considerar el mal en su versión ontológica, mientras que la romana da preponderancia al mal moral, como pecado, del cual el hombre es culpable.
Agustín de Hipona (354-430)
Agustín, en su obra Contra los maniqueos, considera ya que la diferencia entre bien y mal es una cuestión moral y parte de la consideración de Dios como el primer ser, perfecto e inaccesible a cualquier tipo de limitación: es también carente de contrario pues sólo se opone al no-ser. Como definición de mal Agustín da la siguiente: el mal todo aquello que es contrario a la naturaleza del ser. Es lo que ataca a la esencia del ser, lo que le hace no ser más.
Por lo tanto no es substancia sino privación. La bondad divina no permite que se pueda desembocar en el no-ser completo. Dios coloca todas las cosas de forma que puedan tender hacia el ser, este principio de orden asegura un lugar en el universo para todas las cosas, incluidas las defectuosas. Por lo tanto Dios no crea los males sino que los coloca estratégicamente para que pueda entender hacia el bien.
En su obra El libre albedrío continúa con esta idea. Asegura que cada hombre que no tienda hacia el bien es el único responsable de sus actos. La mala acción es el pecado y el castigo es precisamente permanecer cerca del mal sin tender hacia el bien. En Enquiridión afirma la bondad del universo pese a la existencia del mal en su interior. El mal hace resaltar más eminentemente el bien.
Pseudo Dionisio (siglo V)
Continúa este autor con la tradición de el mal como carencia. Mientras el bien proviene de una causa íntegra, el mal proviene de multitud de carencias. La existencia del mal es pues accidental, el mal como tal ni es una realidad ni existe en las cosas. Es privación, carencia, debilidad, desproporción, frustración del objetivo y de la belleza, es algo no terminado, inerte, muerto. Es indefinido, no existe en absoluto, en ningún lugar, es la pura nada.
Vemos que aquí confluyen dos tradiciones: la neoplatónica y la cristiana, considerando el mal como una mera apariencia. Esta versión del mal será considerada no sólo por las corrientes neoplatónicas sino también por las aristotélicas como en Santo Tomás.
Santo Tomás de Aquino
Una vez más, el mal es la privación de algo más que una realidad en sí misma. El bien es aquello que a todos apetece, y negando una regresión al infinito, debemos admitir existencia de un bien supremo, universal, al que se reducen todos los seres.
Además hay un paralelismo entre el ser y el bien. Luego todo lo que es una realidad, es una bondad particular. El mal de un ser de razón se da en el entendimiento no en la realidad. El mal moral es exactamente el pecado, debido a un defectuoso proceder. Y tiene dos aspectos:
1. Un aspecto externo, relacionado con el carácter bueno o malo el acto cometido.
2. Un aspecto interno, relacionado con la voluntad con la que se ha cometido el acto.
El carácter de culpa está relacionado más con el aspecto interno. El mal moral depende por lo tanto del libre albedrío que elige entre la atracción que los objetos ejerce sobre nosotros y la voluntad y la deliberación que sopesa el carácter de bien de dichos objetos.
3. La teodicea y la justificación del mal: Leibniz
En su Teodicea, Leibniz expone su teoría del optimismo universal. Allí pretende justificar la existencia del mal y compatibilizar lo con la bondad divina. Con ello da origen a toda una disciplina que se englobaría dentro de la teología, y aún dentro de la filosofía. Sus temas troncales son la existencia del mal y en sentido de la vida.
Al margen de la hipótesis teísta, la teodicea es el estudio de dichos dos ítems atendiendo sólo a causas naturales y humanas. Queda convertida por tanto en una antropodicea y en una cosmodicea.
En Leibniz la hipótesis teísta es el punto de partida, y la Teodicea se convierte en un discurso sobre la bondad de Dios, y un diálogo crítico con los filósofos de la época: Hobbes, Espinosa, Descartes, Malebranche, etc. Notas fundamentales de su Teodicea:
1. Principio fundamental: Dios es sumamente bondadoso, y de entre todos los mundos posibles ha elegido éste por ser el mejor, por necesidad moral, y no por necesidad metafísica (frente a Espinosa). Sólo un mundo unido todo de una vez podría ser mejor que el actual. En el nuestro las cosas están ínterconectadas unas a otras, y cada cosa contribuye al desarrollo de las demás, por eso existe la imperfección.
2. La suma de todos los males es mucho menor que la de todos los bienes.
3. Además del mal moral (ligado al pecado) está el mal metafísico (ligado a la imperfección). El segundo es el mal como carencia, privación, deficiencia ontológica, típica del cristianismo que ahora reaparece en Leibniz. El origen metafísico del mal, sin embargo no está en Dios, ya que El desea siempre el bien y elige siempre lo mejor. La actuación se debe a la voluntad total, y en ésta intervienen otros motivos que pueden aconsejar a Dios que permita el mal local para asegurar el bien en la totalidad del Universo. El pecado depende de las criaturas dotadas de libre albedrío a las que Dios deja hacer sin interferir en sus acciones. Dios es la causa del material del mal, que consiste en lo positivo, y no de lo formal de éste, que consiste en la privación.
4. El mal no es algo substancial, sino meramente algo accidental, una privación desde el punto de vista metafísico. Desde el punto de vista moral el mal depende de la voluntad humana, que es libre. La voluntad para nuestro filósofo siempre encuentra una razón suficiente para actuar y esta razón supone que el equilibrio perfecto que impide la elección es imposible. El hombre es libre e igualmente Dios, que no está sometido a una necesidad radical para actuar, por ejemplo, para crear el Universo, frente a Espinosa, para quien Dios daba lugar de forma necesaria al Universo. En cuanto al hombre, todo en él está determinado hasta el punto de que su alma es una especie de autómata espiritual que actúa en virtud de sus propias leyes y de sus estados precedentes, y sin embargo, sus acciones son contingentes y libres.
5. Aunque la felicidad de las criaturas es un objetivo de Dios, no es su único objetivo ni el supremo, y por esto, la desgracia de algunas de estas criaturas puede producirse por concomitancia, como producto de la realización de bienes más grandes, de manera que la mezcla de bienes y males resultante sea tal que el bien domine sobre el mal. Cuando Dios ha decidido crear el universo, se ha producido una lucha entre los posibles que pretenden todos la existencia y la han obtenido aquellos posibles que todos juntos produjesen el máximo de realidad, de perfección y de inteligibilidad. La creación resuelve pues un problema de máximos y mínimos, cómo producir la mayor perfección posible por las vías más simples y más fecundas.
4. La cuestión del mal en Ricoeur
La concepción cristiana del mal recibe una inflexión antropológica en la obra de Ricoeur. En Finitud y Culpabilidad analiza la debilidad constituyente del hombre y la expresión simbólica del mal a través de los mitos de creación, del primer hombre y del alma exiliada. Conceptualiza la labilidad humana que hace posible la falta, el pecado y por tanto la culpa. Sitúa la miseria humana en el carácter forzosamente intermedio de su condición, intermedia entre cielo y tierra, entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande, entre Dios y las bestias. Una filosofía del sentimiento se propone como la más adecuada para expresar la fragilidad (labilidad) de ese ser intermedio que somos teniendo su objeto en la separación abierta entre la exégesis puramente trascendental de la desproporción y la experiencia vivida de la miseria.
La conclusión es una visión conflictiva del ser humano, un ser constitutivamente lábil, frágil, falible, debido a que la posibilidad del mal moral está inscrita en su constitución. Esta labilidad se basa más en la desproporción constitutiva del ser humano que en la limitación metafísica.
Esa desproporción hace aparecer al hombre como la frágil síntesis, como el devenir de una oposición entre dos polos igualmente humanos:
El polo de la afirmación originaria, que apunta a lo que el hombre podría llegar a ser.
El polo de la diferencia existencial, que apunta a lo que el hombre realmente es.
Esta desproporción humana abre la posibilidad del mal y no es sólo el punto de inserción del mal ni sólo su origen, sino que es la capacidad misma del mal.
El paso de esta capacidad del mal a la realidad del mismo, lo lleva a cabo Ricoeur mediante el análisis de la confesión que la conciencia religiosa lleva a cabo del mal humano y a través del estudio de la simbólica del mal. Los mitos analizados por Ricoeur son los referidos al origen del mal:
1. Los mitos de creación consideran que el origen del mal es coextensivo al origen de las cosas, es el caos que se enfrenta al acto creador de Dios
2. Los mitos de caída en cambio consideran el mal relacionado con la caída del hombre (el pecado original), algo que tiene lugar accidentalmente en una creación ya acabada
3. Los mitos trágicos, situados entre los dos anteriores, son debidos a un castigo de un dios que previamente hace enloquecer al héroe y luego lo castiga por su desmesura
4. El mito del alma exiliada supone la escisión entre cuerpo y alma en el ser humano.
Todos estos mitos son analizados por Ricoeur desde el punto de vista del mito adánico de la caída, ajustándose a las exigencias metodológicas de la filosofía. El trayecto termina planteando la aporía que resulta de intentar conjugar la inmediatez del símbolo y la mediación del pensamiento, y que sólo podrá remediarse mediante la elaboración de una filosofía hermenéutica de alcance ontológico y antropológico, que no sea ni una reflexión alegorizante ni una especulación gnóstica, y que sea capaz de comprender el mal superando a la vez la visión ética del mal, propia del uso alegórico de los símbolos y la visión trágica del mal propia del uso gnóstico de los mismos, dando lugar a una visión ético-trágica que concilie las dos visiones opuestas.
En resumen, en Ricoeur el mal metafísico depende de la imperfección constitutiva de las criaturas y de su sumisión a un plan cuyo objetivo es la consecución de un máximo de bien; el mal moral depende de nuestra voluntad y es permitido por Dios en concomitancia con dicho bien máximo. El mal físico es para Leibniz, una consecuencia del mal moral. Las irregularidades que el sufrimiento y los monstruos suponen respecto de las leyes de la naturaleza sólo dependen de nuestra ignorancia; vistas desde el punto de vista de la sabiduría divina, estas aparentes excepciones son tan normales como las demás realizaciones que consideramos normales. Otra vez la causa del mal está ligada a nuestra limitación y parcialidad. En suma, el mal es una mera privación que no requiere para su explicación un principio positivo, tampoco hay que atribuirlo a la materia, sino que es el resultado no querido de un orden óptimo, que no podría mejorarse eliminándolo.