EL CENTRO Y LAS FORMAS BÁSICAS
Vídeo de la clase (Documento 1 /contraseña: jorgeariza3)
Texto de la clase (Documento 2)
Imágenes de la clase (Documento 3)
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Textos complementarios
La idea del centro en las tradiciones antiguas, René Guénon (Documento 4)
Simbolismo del centro, Mircea Eliade. (Documento 5)
El círculo, el triángulo y el cuadrado, Raimon Arola. (Documento 6)
Sabiduría geométrica, Titus Burckhardt (Documento 7)
El arte de la memoria y los mandalas de Giordano Bruno, Guido del Guiudice (Documento 8)
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Documentos relacionados
Video: La conciliación de los opuestos, Jean Bies (Documento 9).
Imágenes del cosmos y ornamentación. Las figuras de Chladni (Documento 10)
Video: Geometría imprescindible (Documento 11)
Video: Geometría islámica (Documento 12)
CONTENIDO DEL VIDEO
INTRODUCCIÓN
Vamos a dar un repaso a todos los símbolos básicos. En principio los símbolos pueden ser de dos tipos:
1. Transculturales (círculo, cuadrado, triángulo), aquellos utilizados por todas las culturas, básicos.
2. Particulares, tratan de cómo repiensan las civilizaciones particulares las formas arquetípicas básicas anteriores (1) que se repiten una y otro vez, pero que adoptan formas específicas. (cruz, espirales, etc).
Las formas básicas las estudiaremos a partir de las figuras geométricas básicas. Son transulturales. El concepto de CENTRO es crucial en esta simbología básica. Las sociedades de discurso simbólico o tradicionales, confieren una importancia fundamental a la idea del centro. Su mundo, su realidad, es un espacio entendido como un microcosmos. En los límites de ese mundo comienza lo no formado, lo caótico, habitado por demonios, muertos u otras formas representativas del mal. Todo microcosmos, toda región habitada tiene lo que llamamos un centro, es decir, un lugar donde lo sagrado se manifiesta por excelencia, tal y como lo expresa Eliade (ver documento 5). Estos lugares son imágenes del centro del mundo, el cual puede simbolizarse de muchas maneras. Cabe entonces preguntarse, ¿qué es el centro del mundo?
EL CÍRCULO
Desde una perspectiva cosmológica, macrocósmica,el centro es el origen y punto de partida de todo cuanto existe. Como lo expresaría Guénon, es el Principio, el Ser Puro, lo Real Absoluto, sin forma ni dimensiones y por lo tanto indivisible. De su irradiación son producidas todas las cosas. Es el lugar del que parte el movimiento de lo Uno a lo múltiple. El cosmos es el resultado de la expansión o manifestación de este centro. ^Por eso el círculo o la esfera son los símbolos usados para representar el universo o el ser primordial. El círculo es universal y arquetípico. Trazado con un compás o con una cuerda, vemos que depende del punto central, eje de la forma- La circunferencia es la periferia, lo que separa lo que pertenece al orden de lo que está más allá, en el caos. Del centro del círculo, eterno, inmóvil, parten los radios, que son la multiplicidad de las formas. Es el mundo que ha nacido de ese origen unitario, el mundo es un reflejo del centro. Así como del centro parten radios que lo conectan con la periferia, tambiénde esa periferia o manifestación se pueden tomar los mismos radios pero en sentido inverso. Ello permite remontar el camino desde lo manifestado hasta el origen. Es esta una bella imagen que nos hace comprender, desde el discurso simbólico, que todo cuanto existe en el mundo proviene del mismo origen y que este origen puede ser recuperado. En las religiones deístas, este centro, este origen al que se retorna, es el Dios Creador. Unión y reintegración son palabras que ya no podemos separar del término “Símbolo” cuando éste es vivido y actúa como tal.
Las ideas de movimiento, retorno y unidad, pueden ser expresadas mediante varias figuras que derivan del círculo. La espiral, por ejemplo, manifiesta la aparición del movimiento circular, prolongado indefinidamente, saliendo del punto central original. La espiral está directamente conectada con el laberinto, el cual evolucionada a partir de un centro que debe, a su vez, ser alcanzado-recuperado por aquel que se adentra en el laberinto. Recuperar el centro puede ser
aquí interpretado como el viaje post-mortem o como la imagen de arribar al centro (al auténtico ser) de uno mismo. Este centro muchas veces está ocupado por un monstruo (ver el minutauro), el cual puede representar a nuestro ego, que debe ser destruido para que el verdadero “yo” ocupe el espacio central.
Por su parte, figuras tan célebres como el uroboros (le serpiente en forma circular que se muerde la cola) nos revelan de otra manera la idea del eterno retorno y del movimiento perpetuo, que es virtualmente circular porque no resenta variaciones, no tiene principio ni fin y es por ello perfecto. El uroboros es a la vez unidad y multiplicidad, evolución e involución, nacimiento y muerte en una misma realidad que asume la forma de un círculo.
En el plano tridimensional el punto central del círculo deviene el eje de la esfera, el cual necesariamente debe asociarse al simbolismo axial y de la vertical. Para las culturas que conocen la visión de las tres regiones cósmicas(Cielo-tierra-inframundo), el centro del mundo representa un eje que recorre estos tres niveles y los comunica, mostrando así la unidad fundamental de los tres planos. Hay que señalar enseguida que este Axis Mundi no es un concepto geométrico, sino que es ontológico y por lo tanto en nuestro mundo podemos encontrar multitud de lugares o de elementos que son virtualmente el centro del mundo y por los que pasa, por lo tanto, el eje que une los tres planos. Eliade recuerda que este eje pasa por una «abertura», que es por donde los dioses descienden a la Tierra y los muertos bajan a las regiones subterráneas; asimismo, por esta abertura, el alma del chamán en éxtasis puede subir o bajar durante sus viajes al Cielo o a los Infiernos. Estas razones convierten al centro del mundo (cualquiera que sea, puesto que es ubicuo) en los lugares por excelencia de las hierofanías, esto es, de las manifestaciones de lo sagrado.
El Axis Mundi puede simbolizarse de muchas maneras y bajo múltiples formas que no deben ser forzosamente lineales en su verticalidad. Bastará con que evoquen la imagen de conexión entre lo alto y lo bajo. El mundo natural ofrece los ejemplos más evidentes y primigenios, como el árbol o la montaña. El árbol pone en relación los tres planos a los que antes nos referíamos:
Evidentes y primigenios, como el árbol o la montaña. El árbol pone en relación los tres planos a los que antes nos referíamos:
1. Hunde sus raíces en el mundo subterráneo,
2. Su tronco y primeras ramas ocupan la superficie de la tierra y
3. Su copa domina las alturas y recibe la luz que proviene del cielo.
Quedan pues conectados el mundo ctónico con el uránico gracias al simbolismo axial del árbol, elemento natural que ha sido objeto de culto en multitud de tradiciones, bien en sí mismo como objeto sagrado, bien por lo que simbólicamente evoca.
LA MONTAÑA
Por su verticalidad y altura, las montañas son los lugares de la tierra más cercanos al cielo. Todas las culturas tienen su montaña sagrada o montaña que se eleva en el centro del universo y que por ello coincide con el Axis Mundi. Su cúspide se halla, simbólicamente, debajo de la estrella polar. Por ello, las montañas han sido innumerables veces escenario para las teofanías de diversas culturas o los lugares en los que mora la divinidad. Aún hoy se yerguen sobre ellas templos y santuarios, los cuales evocan la proximidad del mundo trascendente en ese lugar. La cima de una montaña bien puede ser también una imagen del término de la evolución humana, que partiendo desde la tierra, ha superado los obstáculos de la ascensión y ha coronado la cima, en donde el cielo se puede “tocar” o reencontrar.
Pero alcanzar esa cima requiere una base doctrinal o una ley. Así es por lo menos tal y como lo entienden algunas tradiciones. Por ejemplo, en el Islam, ascender la montaña (entendida en su sentido cósmico) implica embarcarse en los asuntos espirituales de la vida. Sin embargo, la ascensión no debe hacerse sin guía, por ello la base horizontal es la imagen de la Ley coránica. Cuanto más arriba, menos espacio horizontal, hasta el punto en el que la ley desaparece y solo queda la cúspide tocando el cielo. La horizontal y la vertical trabajan juntas para llegar a la realización espiritual. De lo bajo se llega a lo alto, pero lo alto también desciende hasta lo bajo, como lo hiciera el Verbo de Dios para el Cristianismo o la Torá para los judíos.
Esta idea fundamental del simbolismo (la unión de lo alto con lo bajo o lo que se ha denominado la espiritualización de la materia y la materialización del espíritu) nos lleva a hablar de otra de las imágenes que evoca el círculo: la bóveda celeste. La asociación es natural, pues el cielo, desde el punto de vista “humano”, se mueve inalterable y cíclicamente, teniendo el sol como centro durante el día, y la estrella polar durante la noche. Sin embargo, en otro nivel de interpretación, ese mismo cielo pasa a ser una imagen del mundo invisible, trascendente o espiritual.
LA BOVEDA CELESTE
Esta idea fundamental del simbolismo (la unión de lo alto con lo bajo o lo que se ha denominado la espiritualización de la materia y la materialización del espíritu) nos lleva a hablar de otra de las imágenes que evoca el círculo: la bóveda celeste. La asociación es natural, pues el cielo, desde el punto de vista “humano”, se mueve inalterable y cíclicamente, teniendo el sol como centro durante el día, y la estrella polar durante la noche. Sin embargo, en otro nivel de interpretación, ese mismo cielo pasa a ser una imagen del mundo invisible, trascendente o espiritual.
El círculo-cielo, en sentido cósmico o espiritual, se relaciona simbólicamente con la tierra, elemento de antítesis y a la vez complementario y que encuentra en el cuadrado su representación geométrica y básica. Esta figura, otro símbolo fundamental y universal, es antidinámica completamente, al contrario que el círculo. Si éste es una figura básica del movimiento, aquel lo es del espacio. El cuadrado es por lo tanto una imagen de lo fijo, de lo estable, del universo creado o mundo sensible y contrapuesto por ello al universo trascendente que simboliza el círculo. El cubo, su expresión en volumen, es probablemente más explícita para evocar esa estabilidad y solidificación. El cuadrado y su simbolismo están asociados al número cuatro, número que está relacionado con la creación, con lo que configura al mundo: cuatro estaciones, cuatro vientos, cuatro elementos, cuatro puntos cardinales, cuatro fases de la luna, cuatro humores, etc. Es pues una imagen de la totalidad de lo creado y, por esta misma razón, una imagen de lo perecedero. No es por azar que la palabra japonesa shi signifique a la vez cuatro y muerte.
Sin embargo, lo material y lo espiritual, como ya se ha visto, pueden (y deben) unirse. La relación del círculo con el cuadrado no expresa otra cosa y su combinación o diálogo es una constante en la simbología y en el arte. En oriente y occidente, yantras, mandalas y rosetones iluminan muy bien este juego entre estas dos figuras geométricas, (ver documento 8) en donde el triángulo tiene también una función básica, como se verá más adelante.
La célebre cuadratura del círculo no persigue otra cosa que expresar esta unión a la que nos referíamos. Geométricamente tal ejercicio es imposible, pero simbólicamente tiene mejor solución: En arquitectura, la cúpula o el ciborio de un templo representa la bóveda celeste, de suerte que el conjunto del templo es una imagen del cosmos. Esta bóveda se encuentra sostenida por una base cuadrada o sobre cuatro pilares: la tierra y el cielo unidos. La bóveda de algunas mezquitas tiene la misma equivalencia.
Vemos también el stūpas el buddhismo y de la religión yaina, que sirve para contener reliquias. Su estructura repite el esquema al que ya nos hemos referido: la base es cuadrada (no era así en los primeros modelos) y representa la tierra, el stūpa está rodeado por una balaustrada de piedra (vedika) en la que se abren cuatro puertas (toranas), una en cada cara, orientadas a los cuatro puntos cardinales. La bóveda hemisférica representa el cielo.
Las portadas de muchos templos cristianos, en especial los del Medievo, son también la conjugación del círculo y del cuadrado. Éste último, que es la puerta en sí misma y que representa la tierra, tiene sobre sí un tímpano (semicircular) en donde se representan las escenas hierofánicas o celestiales. El simbolismo es evidente. Al cruzar el umbral de la puerta, el visitante pasa del mundo profano al espacio sagrado, lugar donde el cielo y la tierra se tocan (ver documento 7).Conviene añadir que la pila bautismal que se emplea para la purificación que el fiel debe efectuar antes de adentrase en el espacio sagrado (antiguamente estaban ubicadas en el exterior) acostumbraban a tener forma octogonal. Esto es muy importante, puesto que el octógono es una figura de transición, a medio camino entre el cuadrado y el círculo, de manera que es idónea para simbolizar el tránsito de un plano a otro. Los baptisterios medievales eran edificios octogonales por la misma razón, pues allí era donde el fiel era iniciado por el bautismo y se le consideraba ya un miembro de pleno derecho en la Iglesia.
Del mismo modo, son abundantes los casos en los que la cúpula del templo se sostiene sobre un octógono que, a su vez, reposa sobre una construcción cuadrangular. De nuevo el octógono actúa como elemento de transición. Es así no solo en el cristianismo, sino también en otras tradiciones. El sagrado Corán, por ejemplo, explica que el trono de Dios está sostenido por ocho ángeles. Si recordamos que la función del ángel es la de ser un mensajero-mediador de cielo con la tierra, apreciamos enseguida lo simbólico de esta imagen. En el Scivias de Santa Hildegarda se explica que el trono divino que rodea los mundos está representado por un círculo sostenido por ocho ángeles.
LA CRUZ
Llegados a este punto, conviene tratar ahora la figura de la cruz, otro de los símbolos fundamentales. Esta figura es tan antigua como el primer arte y está presente en todas las culturas. Se forma mediante el encuentro de dos líneas que se cruzan en un punto central a partir del cual se dibujan cuatro direcciones. Aparece de nuevo el cuaternario como manifestación creacional, como manifestación.
Pero lo más importante es ver que el centro se abre al exterior por medio de la cruz. Además, ésta une dos a dos los puntos diametralmente opuestos, comunes al círculo y al cuadrado. La cruz, bajo estos dos aspectos, es decir, el centro que se difunde en las cuatro direcciones o el aspecto de unión que religa y lleva a la unidad los puntos extremos de dos ortogonales, tiene una función de síntesis y de medida. En ella se unen tan íntimamente como es posible el cielo y la tierra. En ella se entremezcla el tiempo y el espacio. Ya hemos visto como anteriormente, de forma más o menos directa, ha venido apareciendo la cruz porque es un símbolo que se relaciona con los otros tres: centro, círculo y cuadrado. Sin embargo, es necesario apuntar que no debemos quedarnos con que la cruz tiene cuatro brazos y que por eso está asociada al número cuatro, pues esta visión nos priva de uno de los aspectos más importantes de esta figura.
La tradición china es muy elocuente a este respecto, pues en ella la cifra de la cruz es directamente el número 5, puesto que los cuatro brazos de la cruz están en necesaria relación con su centro. Del mismo modo, el centro del cuadrado coincide con el centro del círculo. Este punto común es la gran encrucijada de lo imaginario. De todos los símbolos, seguramente la cruz es el más totalizante. Es símbolo del intermediario, del mediador, de aquello o de aquel que es por su naturaleza reunión permanente del universo.
Esta función sería la propia del ser humano, pero no del ser humano carnal exterior, sino del hombre universal. Esta figura era encarnada por los reyes y emperadores de siglos pasados, quienes actuaban como vicarios de la divinidad o como mediadores del cielo con la tierra, ocupando así un lugar central en esta relación. La función simbólica del Pontifex no es otra que esta. Así pues, el lugar que ocupa el rey, es el del hombre universal. Y hasta respecto y en relación al simbolismo de la cruz, es muy ilustrativo ver el ideograma con el que el chino mandarín expresa la idea de rey (Wang).
Cabe recordar también que en el numeración china, la cruz es el número 10, mientras que la X romana no deja de ser igualmente una cruz. Y el diez, que es la suma de los cuatro primeros números, es también y sobre todo, un número que tiene el sentido de totalidad, de acabamiento, de retorno a la unidad tras el desarrollo del ciclo de los 9 primeros números. El diez es el número de la perfección, desde el Antiguo Oriente, pasando por los pitagóricos hasta San Jerónimo.
Volviendo al tema de la cruz y de la conciliación e los opuestos, invitamos a visionar el video de Jean Biès adjuntado en el índice. En él habla sobre la figura de Cristo colocado en el centro de la cruz, espacio en donde los opuestos quedan conciliados. Una función parecida cumpliría la Virgen Maria, tal y como atestiguan algunos objetos artísticos de gran valor simbólico: Cruz monasterio suizo. (Ver libro Alquimia de Burckhart). En cada extremo de la cruz hay una representación de uno de los cuatro elementos mientras que María ocupa el centro, como imagen de la materia primigenia de la que parten los cuatro estados o elementos simbólicos o bien como imagen de síntesis de los cuatro elementos: Quinta esencia. Vemos pues como una vez más el centro es la idea básica sobre la que se desarrollan los símbolos fundamentales. Sin el centro nada sería posible. Y en la cruz lo vemos muy
perfectamente, pues el centro no es solo el lugar de irradiación y retorno, sino que es el lugar en donde se resuelven todas las oposiciones. Ciertamente, el símbolo es unión, encuentro, reencuentro. ¿Donde? En el centro.
EL TRIANGULO
La siguiente y última figura geométrica que va a permitirnos tratar los símbolos fundamentales es el triángulo. Es una figura básica, pues por ella nace la expansión del centro a la periferia cuando éste se ramifica. De hecho, el simbolismo del triángulo no puede ser desentrañado sino por su relación con otras figuras, de cuyo centro parte una división que se efectúa necesariamente mediante triángulos. Otro aspecto fundamental de este símbolo es su correspondencia con el número tres. Estas dos ideas van a regir nuestro discurso sobre el triángulo. El tres no es una serie de tres unos, sino que el Uno se desdobla (dos), y ambos se relacionan, siendo el tres esa relación del Uno consigo mismo.
Cuando el triángulo se presenta como equilátero nos remite a la proporción perfecta, equilibrio y armonía, es por lo tanto una imagen de lo divino. Cuando este equilátero es cortado en dos por su mitad, aparecen dos triángulos rectángulos, la figura ha perdido su equilibrio y es por esta razón que simbolizan lo humano, tal y como Platón expone en el Timeo.
El triángulo, con su vértice hacia arriba es un símbolo de lo masculino, mientras que invertido lo es de lo femenino, por razones visualmente obvias. Así las cosas, y llevado al plano natural, el triángulo con el vértice arriba es una imagen de la montaña, que es también una imagen de lo extenso o lo múltiple que asciende a lo Uno. En el plano volumétrico la relación con la montaña es más clara aún, pues nos remitimos en este caso a la pirámide, que descansa sobre una base cuadrangular inferior, que está sobre la tierra, mientras que su punta representa las partes superiores y celestes. Como explica Gerard de Champeaux, la pirámide es engendrada por una cuádruple rotación sobre si misma alrededor de su eje vertical, reproduciendo, por tanto, el ciclo de las estaciones en cuatro tiempos alrededor del eje del mundo.
Por esta fuerza o impulso de ascensión simboliza por ello también al fuego. Así lo encontramos por ejemplo en el lenguaje alquímico. Cuando este vértice está truncado simboliza el aire. Por el contrario, cuando el vértice está en la parte inferior simboliza el agua y con vértice truncado la tierra. Este mismo triángulo con el vértice hacia abajo, en un lenguaje natural, es el símbolo de la caverna y, por lo tanto, de lo femenino.
Sobreponer ambas maneras de representar al triángulo nos da lo que conocemos como el sello de Salomón, la célebre estrella de seis puntas que simboliza el alma humana, entendida como conjunción o síntesis de aspectos complementarios que se unen en ella. Los dos principios, masculino y femenino, se encuentran ahí presentes y ligados por el centro de la estrella, no figurado pero que es el responsable de la unión. Volvemos, de nuevo, a la idea del centro como espacio invisible pero a la vez fundamental.
Damaru de Shiva. Es otra forma de combinar dos triángulos completos y simbolizar también la completitud. Es el tambor que acompaña al Dios en su danza cósmica, el que marca el ritmo y la sonoridad durante la creación del mundo. Aunque son dos triángulos unidos por sus vértices, el damaru representa lo circular, el ciclo de luz y sombra, nacimiento y muerte. Su imagen, esos dos cuerpos cónicos unidos, expresan el proceso de creación y extinción. Ramón Andrés explica que cada uno de ellos conforma un triángulo místico: Su simetría inspiró la del cosmos. Uno de sus cuerpos representa el linga y el otro el yoni, u órgano genital femenino. El damaru se agita circularmente, el sonido se logra a través del golpe de unas bolas de cuero que chocan con la membrana. Cuando dicho triángulo, en pleno giro, se encuentra arriba se inicia la creación, al descender y, por lo tanto, bajar la parte superior, la vida se descompone, creando con su movimiento un continuo ciclo.
Existen otros tipos de combinación de triángulos:
La combinación de dos triángulos rectángulos nos da un cuadrado. De hecho, la historia del arte y en particular de la arquitectura, está llena de ejemplos que conjugan estas dos figuras (rectángulo y triángulo). El que antes acude a nuestra memoria es el frontón de la arquitectura clásica. El templo griego tiene como función más profunda, hacer tomar conciencia de la inmanencia de lo divino en el mundo visible y ello mediante la armonía al propio tiempo que las relaciones entre el hombre, el mundo y la divinidad. El arte griego comprendió que la belleza, en cuanto reflejo de lo divino en lo visible y en su forma matemática (número y proporción) son dos realidades en las que se expresa el logos en cuanto intelecto superior y razón.
Para Pitagoras, el número explica la belleza, la armonía del universo. Por eso la realidad está en la estructura de las cosas y no en su apariencia o substancia. Así, el templo, como una imagen en piedra de la sinfonía musical del universo, es un símbolo cósmico. Explica Jean Hani que su movimiento ascensorial, que parte de la planta cuadrada terrestre de la que nacen las columnas (árboles) nos lleva hasta el frontón. Allí confluyen las múltiples fuerzas de la tierra y se conjugan. Lo terrenal asciende hasta el cielo. El frontón triangular (equilátero) es lo divino-celestial que acoge al hombre que se remonta hacia él. Es una imagen del impulso ascendente de todo hasta la unidad. Recordamos aquí la idea de montaña.
Para finalizar, proponemos tratar el triángulo relacionándolo directamente con la simbología del centro y de la irradiación de ese centro y del acto de creación que ello supone. El profesor Raimon Arola, en su libro “Cuestiones simbólicas”, cuando estudia la figura del triángulo como símbolo, comienza asociándolo al compás creador.
Triangulo y compás comparten la misma forma y es gracias al compas que podemos dibujar un círculo, esto es, la primera y más perfecta manifestación del centro único e indivisible, tal y como apuntábamos al principio. Así, es inmediata la asociación entre el compás y el Creador, tal y como vemos en muchos manuscritos medievales o en la célebre ilustración del Anciano de los días de William Blake. El compás de este anciano (visión de Daniel) se extiende desde el punto luminoso dispuesto a ordenar el caos, la oscuridad, que reina alrededor. Es el estado previo a la creación. Arola subraya que este instrumento resume la idea más importante a tener en cuenta al abordar el simbolismo del triángulo y es la identificación del compás creador con la Trinidad divina que se manifiesta a través de su creación, que sería el Mesías o el Verbo. De hecho, vemos como en la Edad Media, Dios creador portando el compás es representado como el Hijo, con el nimbo crucífero, pues Dios crea mediante su palabra. De hecho, el compás llegó a simbolizar en torno al año 1000 a Jesucristo glorificado, idea acentuada por la identificación de Cristo con el Alfa y el Omega (Apocalipsis). Vemos una miniatura de un Beatus de la BNM: Cristo sostiene en su siniestra la omega, pero el alpha es la gran A bajo la que se encuentra Cristo. Una A que tiene aspecto de compás abierto. Es el Alpha del principio de la creación, del inicio. Es la irradiación del centro. Se expande y el mundo deviene. Un mundo que tiene también su final en Cristo, al que ha de volver. Ese camino de retorno al origen será el final de los tiempos y, si se puede expresar así, el principio de la eternidad.