(Recensión de Fco Javier Benítez)
EL PROYECTO FUTURO DE LA HUMANIDAD
1. De dónde venimos.
Desde hace miles de años las mismas preocupaciones acuciaron a los pobladores del mundo: el hambre, la enfermedad y la guerra. Ahora, más cerca del tercer milenio, una buena parte de la sociedad rara vez piensa en ello porque han pasado de ser fuerzas incomprensibles e incontrolables a retos manejables.
“A la escala cósmica de la historia, la humanidad puede alzar la mirada y empezar a contemplar nuevos horizontes” (12).
I
En el antiguo Egipto o en la India medieval o la Francia del XVII, una sequía grave, unas inundaciones prolongadas, una mala cosecha o una gestión incompetente de los suministros básicos suponía la muerte de cientos de miles de personas, millones incluso. En la actualidad, la mayor parte de la gente no ha vivido una hambruna; algo que nuestros antepasados, incluso lo más cercanos, conocieron bien.
“Durante los últimos cien años, los avances tecnológicos, económicos y políticos han creado una red de seguridad cada vez más robusta que aleja a la humanidad del umbral biológico de pobreza. De cuando en cuando se producen aún hambrunas masivas que asolan algunas regiones, pero son excepcionales y casi siempre consecuencia de la política humana y no de catástrofes naturales” (14).
En muy pocos países se muere de hambre. En cada vez más lugares del mundo no es la pobreza, precisamente, lo que acorta la esperanza de vida. Lo que sí mata son los problemas de salud provocados por la opulencia. Comer en exceso se ha convertido en el auténtico problema. Problema que acucia de especial manera a los sectores de la población menos favorecidos.
“Mientras que los ricos residentes de Beverly Hills comen ensalada y tofu al vapor con quinoa, en los suburbios y guetos los pobres se atracan de pastelillos Twinkie, Cheetos, hamburguesas y pizzas. En 2014, más de 2.100 millones de personas tenían sobrepeso, frente a los 850 millones que padecían desnutrición” (16).
II
En el s. XIV la Yersinia Pestis (Peste Negra) mató a la cuarta parte de la población de Eurasia. La humanidad llevaba eones enfrentándose a muchos tsunamis epidémicos como estos. Y todos lo que vinieron después, y Homo sapiens no se extinguió. Ahora, la mortalidad infantil es de menos del 5%, y en el mundo desarrollado es inferior al 1%, gracias a los progresos de la medicina del siglo XX, vacunas, antibióticos, mejoras en la higiene y en las estructuras sanitarias.
“A pesar del horrendo diezmo que el sida se ha cobrado y de los millones que todos los años mueren debido a enfermedades infecciosas arraigadas como la malaria, las epidemias constituyen hoy una amenaza mucho menor para la salud humana que en milenios anteriores. La inmensa mayoría de las personas mueren a consecuencia de enfermedades no infecciosas, como el cáncer y las cardiopatías, o simplemente a causa de la vejez” (22-23).
III
Durante milenios la humanidad asumió que la guerra era algo natural e inevitable. Hay restos arqueológicos de guerreros y de batallas por todo el orbe, de todas las épocas. En la actualidad, para buena parte de la humanidad la guerra es algo inconcebible e inverosímil, algo propio de la ficción televisiva o cinematográfica. Aunque desde luego no existe garantía de la paz se perpetúe.
“Mientras que en las sociedades agrícolas antiguas la violencia humana causaba alrededor del 15 por ciento de todas las muertes, durante el siglo XX la violencia causó solo el 5 por ciento, y en el inicio del siglo XXI está siendo responsable de alrededor del 1 por ciento de la mortalidad global” (25).
Más que la guerra, actualmente, se teme al terrorismo. Aunque la obesidad y las enfermedades cardiovasculares matan cada año a millones de personas. Pero ni la grasa, ni la sal, ni el azúcar, ni los aditivos industriales provocan las reacciones que provocan los terroristas. Y podemos decir lo mismo de los accidentes de tráfico.
“Mientras que en 2010 la obesidad y las enfermedades asociadas a ella mataron a cerca de tres millones de personas, los terroristas mataron a un total de 7.697 personas en todo el planeta, la mayoría de ellos en países en vías de desarrollo. Para el norteamericano o el europeo medio, la Coca-Cola supone una amenaza mucho más letal que al-Qaeda” (29).
Y frente al espectáculo del terror las autoridades apostaron por el espectáculo de seguridad y fuerza.
IV
Durante gran parte de nuestra historia, la humanidad pensó que el hambre, la peste y la guerra eran connaturales a la existencia y que nada de lo que hicieran podría cambiar su destino. Los Jinetes del Apocalipsis ganaban siempre. Entonces no tenía sentido siquiera pensar en que algo pudiera cambiar. Se rezaba a Dios para que las cosechas salieran buenas, para que el diablo de la peste se fuera o para que el marido, o el hijo, volviera sano y salvo de la guerra. Todos rezaban a innumerables dioses y casi nadie trataba de cambiar la existencia.
Pero hay que reconocer los logros del Homo Sapiens, la investigación médica, las reformas económicas, las iniciativas políticas por la paz. Ahora si continúan el hambre, peste y la guerra no culpamos al destino, a la naturaleza o a Dios. Está todo en nuestro haber y se hace necesario un gran proyecto para proteger a la humanidad de los peligros inherentes al poder, porque la reacción más frecuente de nuestra mente cuando logramos algo no es la satisfacción, sino el deseo de más. La humanidad siempre quiere más, no encuentra nunca complacencia o plenitud. Y todos esos logros referidos son el mejor combustible para la audacia, nunca para la prudencia.
“El éxito genera ambición, y nuestros logros recientes impulsan ahora a la humanidad hacia objetivos todavía más audaces. (…) Y después de haber elevado a la humanidad por encima del nivel bestial de las luchas por la supervivencia, ahora nos dedicaremos a ascender a los humanos a dioses, y a transformar Homo sapiens en Homo Deus” (32).
2. Los grandes proyectos de la Humanidad en el s. XXI.
I
Actualmente la muerte ya no es un misterio metafísico, es un problema técnico que hay que resolver. La evolución histórica nos ha llevado a un punto en el que todos los acontecimientos que nos ocurren, y que nos golpean, los entendemos como un problema técnico. Los accidentes de tráfico o los huracanes, por ejemplo, son problemas técnicos que apuntamos en el debe de los gobiernos. Le culpamos por su falta de previsión o por la falta de fondos económicos para gestionarlos. Las enfermedades también son problemas técnicos para los que hay que ir buscando solución técnica. Si seguimos subiendo por esta escalera imaginaria, en el peldaño final nos encontramos con la muerte.
“Hoy en día existe una minoría creciente de científicos y pensadores que hablan más abiertamente y afirman que la principal empresa de la ciencia moderna es derrotar a la muerte y garantizar a los humanos la eterna juventud. Son ejemplos notables el gerontólogo Aubrey de Grey y el erudito e inventor Ray Kurzweil (ganador en 1999 de la Medalla Nacional de la Tecnología y la Innovación de Estados Unidos)” (36).
El compromiso ideológico para con la vida del hombre moderno, reafirmado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, impide aceptar la muerte sin más. Y la economía capitalista suscribe esta lucha contra la muerte con todo el entusiasmo que tiene, que es mucho. Añadimos a esto el natural miedo a la muerte que todos tenemos y el ansia de vivir eternamente y tenemos el primer gran proyecto de la humanidad en este siglo XXI: la inmortalidad. Y esto no nos traerá mucha paz, precisamente.
“Si el lector opina que los fanáticos religiosos con ojos encendidos y luengas barbas son despiadados, espere a ver qué harán los ancianos magnates de las ventas al por menor y las viejas estrellas de Hollywood cuando crean que el elixir de la vida está a su alcance. Si la ciencia hace progresos importantes en la guerra contra la muerte, la batalla real pasará de los laboratorios a los parlamentos, a los tribunales y a las calles. Una vez que los esfuerzos científicos se vean coronados por el éxito, desencadenarán agrios conflictos políticos. Todas las guerras y conflictos de la historia pueden convertirse en un insignificante preludio de la lucha real que nos espera: la lucha por la eterna juventud” (41).
II
“El segundo gran proyecto de la agenda humana será encontrar la clave de la felicidad” (42).
Durante el XIX y el XX las naciones industrializadas establecieron sistemas de educación, salud y bienestar social centrados en el fortalecimiento de sus naciones. Ahora cada vez hay más gente que piensa que llegó el momento de que el sistema esté al servicio de la felicidad de la ciudadanía. Que la humanidad no sirva al Estado, que sea el Estado en el que sirva a la humanidad.
Como dijera Epicuro hace algunos siglos no se llega a la felicidad fácilmente. Hoy podemos comprobar que esa afirmación es cierta, porque a pesar de los adelantos no podemos decir que actualmente las personas estemos más satisfechos que nuestros antepasados. A pesar de los avances tecnológicos que llenan nuestro día a día, de las bonanzas económicas, de los adelantos médicos y la mejoría en los estilos de vida parece que la felicidad choca contra un techo de cristal que hace que no crezca a pesar de los logros sin precedentes de la humanidad. Nuestros abuelos iban andando de su casa a la era a trabajar, nuestros padres pudieron comprar un utilitario para que lo llevara a la fábrica a trabajar y ahora en cada casa encontramos varios vehículos con toda clase de comodidades. Y nos lamentamos de lo mal que nos va. Ni se nos pasa por la cabeza pensar que haría nuestro abuelo no ya con lo que tenemos nosotros sino con los avances que ya tuvieron nuestros padres.
La felicidad, dice Harari, se sustenta en dos pilares, la base biológica y la base psicológica. En el plano psicológico nuestra felicidad siempre dependerá más de las expectativas que de las condiciones objetivas. Por eso somos más desdichados que nuestros padres y abuelos, porque a pesar de que nuestras condiciones objetivas son mejores nuestras expectativas se han disparados y las suyas se mantenían a raya. Para Harari es claro que la mejora de las condiciones externas dispara las expectativas. Este progreso en el que vivimos no nos trae más satisfacción nos trae más expectativas.
En el plano biológico la felicidad depende del placer. La aparición de sensaciones placenteras nos proporciona felicidad. Pero la felicidad es un “combustible” mental que desaparece pronto. La sensaciones agradables o no duran mucho o se convierten en sensaciones desagradables. Nuestra bioquímica cerebral, cincelada por la evolución, recompensa con sensación de agrado todo lo que nos procura supervivencia pero de modo efímero. Si la sensación fuera más duradera pondría en riesgo nuestra existencia. Imaginemos a un antepasado homínido que consigue trepar a un árbol huyendo de un depredador, y que allí en la copa del árbol encontrara ricos frutos con los que alimentarse. La bioquímica cerebral lo celebra con gran felicidad. Pero si esa felicidad dura más de lo debido bien podría el homínido desconcentrarse hasta caerse o desconcentrarse haciendo que el depredador lo atrape al bajar del árbol; en ambas situaciones morirá. Que la felicidad bioquímica sea efímera está escrito por la evolución.
Pues bien, ¡manipulemos la bioquímica! El porcentaje de población que toma medicamentos psiquiátricos se ha disparado a finales del s. XX y comienzos del XXI. Otro tanto ocurre con el consumo de drogas, que trae consigue el incremento de la criminalidad en todo el mundo.
“Las personas beben alcohol para olvidar, fuman marihuana para sentirse en paz y consumen cocaína y metanfetaminas para sentirse poderosos y seguros, mientras que el éxtasis les proporciona sensaciones de euforia y el LSD los envía a encontrarse con «Lucy in the Sky with Diamonds». Lo que algunas personas esperan obtener estudiando, trabajando o sacando adelante a una familia, otras intentan obtenerlo de manera mucho más fácil mediante la adecuada administración de moléculas. Esto constituye una amenaza existencial al orden social y económico, razón por la que los países libran una guerra tenaz, sangrienta y desesperada contra el crimen bioquímico” (53).
La búsqueda de esta felicidad, psicológica y bioquímica se acelerará en el futuro próximo, y con este tirón cambiará la sociedad entera, haciéndola cada vez más desordenada. Harari defiende entonces una visión de la felicidad de corte budista que concierta a la vez lo psicológico y lo neurobioquímico. Entiendo que se trataría de reducir el ansia de sensaciones agradables y de reducir el nivel de expectativas, impidiendo que unas y otras controlen nuestra vida.
III
“Al buscar la dicha y la inmortalidad, los humanos tratan en realidad de ascender a dioses” (56).
El proceso de divinización parece que puede realizarse por tres caminos. En primer lugar, mediante ingeniería biológica. La evolución de Sapiens no ha terminado. La bioingeniería puede actuar sobre la selección natural, reescribiendo el código genético, conectando nuevos circuitos cerebrales o modificando el equilibrio neuroquímico. En segundo lugar, la ingeniería cíborg. Se trata de fusionar el cuerpo orgánico con dispositivos no orgánicos. Por último, la ingeniería de seres no orgánicos. Las redes neurales y la bioquímica cerebral, serán sustituidas por ordenadores, por programas informáticos libres de los límites que impone la química orgánica.
IV
Durante todos los cambios que se han producido en la historia algo permaneció inmutable: la humanidad. Stonehenge, el código de Hammurabi, la Gran Pirámide de Guiza, la Gran Muralla, la Divina Comedia, el Quijote y las cúpulas que Jørn Utzon diseñó para la Ópera de Sidney tienen en común al ser humano, que los pensó, los ejecutó y los utilizó. Pero en el horizonte ya se prevé la remodelación de nuestro cuerpo y nuestra mente, la escapatoria de la muerte y la desaparición de las desgracias.
“Cuando la tecnología nos permita remodelar la mente humana, Homo sapiens desaparecerá, la historia humana llegará a su fin y se iniciará un tipo de proceso completamente nuevo, que la gente como el lector y como yo no podemos ni imaginar” (59).
El Homo Sapiens dará paso al Homo Deus. Los dioses mitológicos pasarán de ser inventos del pasado a proyectos del futuro. No está hablando Harari de seres omnipotentes sino de criaturas con supercapacidades, de facultades corporales y mentales superiores, con toda clase de mejoras cibernéticas, de nanotecnología o inteligencia artificial. Aunque dice Harari que el ritmo de estos cambios no serán al ritmo que marcan las películas de superhéroes de Hollywood; serán cambios graduales, casi imperceptibles que se darán durante un largo lapso tiempo.
3. El futuro no está escrito.
I
¿Qué ocurriría si el sentido de nuestro mundo, que tarda siglos en actualizarse, se hunde y se modifica en cuestión de décadas? La velocidad a la que transcurren los acontecimientos se ha disparado. Es como si en comparación con el pasado ocurrieran más cosas en menos tiempo. Para empezar la humanidad ya vive más tiempo de lo que nunca jamás hubiera pensado que viviría, con lo que habrán de llegar problemas demográficos. Tras estos llegan problemas políticos y económicos para poder alimentar a toda esta población, para pagar ingentes cantidades de pensiones y para ofrecer enormes sistemas sanitarios. Estos cambios producirán una onda expansiva de cambios sociales, en el mercado laboral, en el tránsito de personas por el mundo, etc., de impacto imprevisto. Llegará el momento en el que esta velocidad nos produzca vértigo y querremos pararlo todo, que alguien pise el freno. Y nadie podrá hacerlo, porque no existe.
“Nadie sabe dónde está el freno. Aunque algunos expertos están familiarizados con los avances en un ámbito determinado, sea este la inteligencia artificial, la nanotecnología, los datos masivos (big data) o la genética, nadie es un experto en todos ellos. Por lo tanto, nadie es realmente capaz de conectar todos los puntos y ver la imagen entera” (64).
Los expertos en el todo ya no existen. La hiperespecialización industrial lleva a crear innumerables eruditos colocados en compartimentos estancos, pero no a crear supervisores de la globalidad. El sistema alcanza tal tamaño, tal peso, tanta complejidad que no habrá nadie capacitado para comprenderlo en su totalidad. Y si nadie lo entiende nadie podrá detenerlo. Pero es que si alguien lograra poner freno a esta forma de vivir en sociedad, nadie puede garantizar que no termine rompiéndose, debido a la impronta indeleble que sobre la humanidad ha dejado el crecimiento indefinido.
Hay algo que Homo Sapiens tiene que asumir en referencia a la mejora de la humanidad en el futuro. Si no está claro detectar donde está el freno, tampoco tenemos mucha idea de la línea que separa la curación de la mejoría. Una vez que se abre un camino, con él van todas las posibilidades beneficiosas y los peligros tremendos. Digamos que no hay monedas de dos caras, van todas en un mismo paquete. Usamos la curación como justificación inicial de cualquier mejora tecnológica respecto a la salud. Cualquier adelanto se hace para curar enfermedades, es cierto. Pero una vez realizado lo que nos encontramos, en todos los casos, es una pendiente resbaladiza. Si hacemos algo con la esperanza o con la expectativa de que con ello nos llegará una mejora hemos de ser conscientes que también estamos abriendo una puerta a un uso, todavía no conocido ni valorado, maleficente, o que solo puede favorecer a los más ricos que puedan pagarlo, etc.
II
“Aunque el hambre, la peste y la guerra pierdan prevalencia, millones de humanos en los países en vías de desarrollo y en los barrios más sórdidos seguirán teniendo que lidiar con la pobreza, la enfermedad y la violencia, incluso cuando las élites estén persiguiendo la eterna juventud y poderes divinos. Esto parece totalmente injusto. Se puede argumentar que mientras siga habiendo un solo niño que muera de desnutrición o un solo adulto asesinado en las guerras entre capos de la droga, la humanidad debería centrar todos sus esfuerzos en combatir estos males. Solo cuando la última espada se haya transformado en pieza de la reja de un arado podremos dedicar nuestros pensamientos al siguiente gran proyecto. Pero la historia no funciona así. Quienes viven en palacios siempre han tenido proyectos diferentes de quienes viven en chozas, y es improbable que esto cambie en el siglo XXI. ” (69).
Hasta ahora hemos venido leyendo una extraña mezcla de optimismo y catastrofismo. Optimismo por todos los avances conseguidos, que han casi desterrado de nuestras vidas al hambre, a la peste y a la guerra. Y catastrofismo por todos los peligros que acechan a la humanidad por ser como es la propia humanidad. Tanto el primer optimismo como el segundo catastrofismo ofenderá a mucha gente. Pero lo que hace Harari son predicciones históricas, no alegatos políticos. Precisamente, Harari no le gusta ni está a favor de lo que predice, es muy crítico con ello. Sus predicciones se centran en lo que la humanidad tratará de lograr, no en lo que conseguirá llevar a cabo. Es más, Harari rechaza el papel de profeta del futuro, aceptado el de analista de la actualidad. Es consciente de que el acumular datos y más datos no impide que los acontecimientos se vuelvan más y más inesperados.
“Cuanto más sabemos, menos podemos predecir” (70).
“Hace siglos, el saber humano aumentaba despacio, de modo que la economía y la política cambiaban también a un ritmo pausado. En la actualidad, nuestro conocimiento aumenta a una velocidad de vértigo, y teóricamente deberíamos entender el mundo cada vez mejor. Pero sucede exactamente lo contrario. Nuestro conocimiento recién adquirido conduce a cambios económicos, sociales y políticos más rápidos; en un intento de comprender lo que está ocurriendo, aceleramos la acumulación de saber, lo que solo lleva a trastornos más céleres y grandes. En consecuencia, cada vez somos menos capaces de dar sentido al presente o de pronosticar el futuro” (72).
III
A los historiadores se les exige estudiar el pasado para poder repetir las decisiones sensatas que se tomaron y evitar las decisiones conflictivas. Pero sabemos que esto no funciona del todo bien, porque el presente es muy diferente del pasado. El quehacer de la historia trata, a decir de Harari, de las posibilidades que no se han considerado.
“Los historiadores estudian el pasado, no con la finalidad de repetirlo, sino con la de liberarnos del mismo” (73).
El presente llegó por una cadena accidental de sucesos moldeando la tecnología, la política y la sociedad. Pero también nuestros pensamientos, temores y deseos. El pasado dirige nuestra mirada hacia un único futuro, el que continúa por su línea. Estudiar la historia, a modo de entender de Harari, permite ver las alternativas a esa línea imaginaria, advertirnos de otras posibles direcciones que la humanidad del pasado no tuvo en cuenta o no quiso tomar. La historia le muestra a la humanidad los caminos por lo que se puede optar, no le dice qué camino tomar. La historia no sirve para predecir el futuro sino para desembarazarnos del pasado e imaginar otro futuro.
IV
El culto a la humanidad –el humanismo- ha conquistado el mundo y contiene dentro de sí mismo la semilla de su caída y la destrucción de la humanidad. Como dijimos anteriormente, todo intento de mejora, incluidas las que se hacen de buena fe, traen consigo de manera simultánea los defectos y los problemas.
“Ya podemos ver este proceso en marcha en las salas de los hospitales geriátricos. Debido a una creencia humanista intransigente en la sacralidad de la vida humana, mantenemos a personas convida hasta que llegan a un estado tan lamentable que nos vemos obligados a preguntar: «¿Qué es exactamente tan sagrado aquí?». Debido a creencias humanistas similares, es probable que en el siglo XXI empujemos a la humanidad en su conjunto más allá de sus límites. Las mismas tecnologías que pueden transformar a los humanos en dioses podrían hacer también que acabaran siendo irrelevantes. Por ejemplo, es probable que ordenadores lo bastante potentes para entender y superar los mecanismos de la vejez y la muerte lo sean también para reemplazar a los humanos en cualquier tarea” (80).
Lo que Harari describe en este libro es el futuro del pasado, un futuro basado en los pensamientos trazados en el pasado. El futuro real es generado por ideas que saldrán en el propio futuro. Está por ver si lo que sale es mejor o peor que lo prevé Harari.
CONQUISTA
1. Antropoceno.
I
“Unos 200.000 lobos salvajes todavía vagan por la Tierra, pero hay más de 400 millones de perros domésticos. El mundo es hogar de 40.000 leones, frente a 600 millones de gatos domésticos, de 900.000 búfalos africanos frente a 1.500 millones de vacas domesticadas, de 50 millones de pingüinos y de 20.000 millones de gallinas” (87).
En la actualidad existe una creciente preocupación por la extinción de muchas especies animales; sin embargo, en ningún momento de la historia universal han existido tantos animales como existen actualmente. ¿Dónde está el problema entonces? Harari comienza poniendo este ejemplo como modo y manera de ilustrar lo que llama Antropoceno, que no es más que la era de la humanidad.
Nunca hasta ahora una sola especie ha sido capaz por sí misma de cambiar la ecología global. Ha sido la mano del hombre la que ha centuplicado la existencia de animales domésticos y la que está extinguiendo a las especies naturales. Anteriormente fueron los mecanismos de fuerzas naturales las que provocaron las revoluciones ecológicas. La Tierra nunca fue un ecosistema único. Hasta ahora. Ni la caída de asteroides, ni la tectónica de placas, ni las erupciones volcánicas masivas, ni el cambio climático atacaban a todas las regiones del planeta. Fue el Sapiens el que empezó a romper las barreras que habían separado el mundo en zonas ecológicas independientes. Es la humanidad la que conseguido convertir a la Tierra en una única unidad ecológica.
“Porque Homo sapiens ha reescrito las reglas del juego. Esta especie única de simio ha conseguido en estos setenta mil años cambiar el ecosistema global de formas radicales y sin precedentes. Nuestro impacto ya corre parejo con el de las edades del hielo y los movimientos tectónicos. Dentro de un siglo, nuestro impacto podría superar al del asteroide que extinguió los dinosaurios hace sesenta y cinco millones de años” (89).
Pero el Antropoceno no ha comenzado en el s. XX, ni en el XIX, tampoco en el XXI. Comenzó cuando Sapiens salió de África. Lo que pasa es que cuando en la prehistoria, los antepasados aniquilaron a los mamuts no eran conscientes de sus actos. No tenían las herramientas cognitivas necesarias para relacionar caza con extinción.
II
El Sapiens actual sí sabe el daño que inflige al ecosistema. Y con ese ‘actual’ se refiere Harari al hombre que ya protagonizó la revolución agrícola. El Sapiens hipertecnológico actual no difiere en nada de aquel que se partía el espinazo labrando la tierra.
En el escenario que Harari llama animista, en el Paleolítico, Sapiens era un animal más que tenía que jugarse su supervivencia a diario contra otros animales, más fuertes y veloces pero menos inteligentes y ladinos. Los cazadores-recolectores no se pensaban como seres superiores. En el escenario teísta del Neolítico, Sapiens es el personaje principal, no por él mismo, sino en nombre de fuerzas cósmicas superiores a los que llamaron dioses.
“El cristianismo, por ejemplo, sostenía que los humanos dominan al resto de la creación porque el Creador les confirió la autoridad para hacerlo. Además, según el cristianismo, Dios concedió un alma eterna solo a los humanos. Puesto que el destino de esta alma eterna es el objetivo de todo el cosmos cristiano, y puesto que los animales no poseen alma, estos son meros extras. Así, los humanos se convirtieron en la cúspide de la creación, mientras que todos los demás organismos quedaron marginados” (109).
Entre dioses y humanos se firma el “Pacto agrícola”. A expensas de la Naturaleza, los dioses proporcionaban fertilidad a la humanidad, también el dominio sobre animales y planteas y, a cambio, ésta compartía su producción con los dioses, como muestra de sumisión, respeto y adoración. El relato del Diluvio Universal, que aparecen en no pocas mitologías, es el mito fundacional del mundo agrícola. El gran diluvio es la inequívoca prueba de la supremacía humana sobre todo lo que existe. La interpretación que del diluvio podemos hacer actualmente no sirve para comprender a aquellos Sapiens. La idea de que nuestros actos pueden acabar con el ecosistema global es una idea completamente extraña a la época.
III
“Cuando un cazador arcaico se dirigía a la sabana, pedía la ayuda del toro salvaje, y el toro pedía algo al cazador. Cuando un viejo granjero quería que sus vacas produjeran mucha leche, pedía ayuda a un gran dios celestial, y el dios estipulaba sus condiciones. Cuando el equipo científico del Departamento de Investigación y Desarrollo de Nestlé quiere aumentar la producción de lácteos, estudia genética., y los genes no le piden nada a cambio” (114).
“Los cazadores-recolectores arcaicos no eran más que otra especie animal. Los agricultores se vieron como la cúspide de la creación. Los científicos nos transformarán en dioses” (115).
Muchos siglos después, con la revolución científica, quienes terminan saliendo de la ecuación son los otrora dioses poderosos, ahora convertidos en vestigios oscuros de la mente humana. La revolución científica origina religiones humanistas en las que se adora a la propia humanidad y que encuentran justificación a todo lo que hace el hombre en nombre del hombre.
“La idea fundacional de religiones humanistas como el liberalismo, el comunismo y el nazismo es que Homo sapiens posee alguna esencia única y sagrada, que es el origen de todo sentido y autoridad en el universo. Cuanto ocurre en el cosmos se juzga bueno o malo según su impacto en Homo sapiens” (115).
2. La chispa adecuada.
I
“A Homo sapiens también le gusta pensar que goza de una condición moral superior, (…) ¿Acaso el poder produce el derecho? (…) Estados Unidos es mucho más poderoso que Afganistán; ¿implica eso que las vidas norteamericanas tienen un mayor valor intrínseco que las vidas afganas?” (118).
Nadie en su sano juicio aceptaría esto como una verdad natural, como un hecho objetivo irremisible. Esto es una resultante injusta del tablero geopolítico mundial que habría que cambiar. Desde hace muchos siglos Sapiens entiende que es portador de una chispa única que explicaría nuestro poder. Que hay en nuestro interior una especie de llama sagrada que sirve de justificación moral a nuestra condición privilegiada en este planeta.
Los monoteísmos lo llamaron ‘alma eterna’. Durante eones, y todavía a día de hoy, este poderoso mito modela la vida de millones de seres vivos.
“La creencia de que los humanos poseen un alma eterna mientras que los animales no son más que cuerpos evanescentes es un pilar básico de nuestros sistemas legal, político y económico. Por ejemplo, explica por qué es perfectamente correcto que los humanos maten animales para comérselos o incluso solo por diversión” (119).
Y como sabemos, no existen evidencias científicas de que animales y sapiens posean alma. La ciencia, especialmente el estudio de la evolución nos dice otra cosa. Más bien lo contrario. La teoría de la evolución niega la idea de que exista un yo verdadero esencial, inmutable y eterno.
“La teoría de la relatividad no enfurece a nadie porque no contradice ninguna de nuestras preciadas creencias. A la mayoría de la gente le importa un comino que el espacio y el tiempo sean absolutos o relativos. (…) En cambio, Darwin nos ha privado de nuestra alma. Si uno entiende de verdad la teoría de la evolución, comprende que el alma no existe. Se trata de una idea terrible, no solo para los cristianos y los musulmanes devotos, sino también para muchos laicos que no tiene ningún dogma religioso claro pero que no obstante quieren creer que cada humano posee una esencia individual eterna que permanece inalterada a lo largo de la vida y que puede sobrevivir intacta a la muerte” (121).
Lo que la evolución nos enseña es que lo que existe realmente es un cambio progresivo y constante. El ADN no puede ser la sede de la eternidad, por ser el exponente máximo de la mutación.
II
Para otros muchos la ‘chispa adecuada’ no es esa entidad mística llamada alma, sino la mente consciente. Sapiens es superior a todas las demás criaturas porque tiene una conciencia, un flujo constante de sensaciones y deseos. Pero claro, esa conciencia está generada por una intrincada cascada de reacciones bioquímicas y corrientes eléctricas.
“El cerebro es un sistema muy complejo, con más de 80.000 millones de neuronas conectadas en numerosas e intrincadas redes. Cuando miles de millones de neuronas envían y reciben miles de millones de señales eléctricas, surgen las experiencias subjetivas. Aunque la transmisión y la recepción de cada señal eléctrica es un fenómeno bioquímico simple, la interacción entre todas estas señales da lugar a algo mucho más complejo: la secuencia de la conciencia” (127).
Se abre aquí un intenso debate o una enconada disputa, según cómo se mire. Cuanto más sabemos de la neuroquímica cerebral más difícil resulta explicar las sensaciones conscientes. Saber más y más del cerebro, del trasiego de neurotransmisores y cargas eléctricas, hace que la conciencia parezca innecesaria.
“¿Qué ocurre en la mente que no ocurra en el cerebro? Si nada ocurre en la mente excepto lo que ocurre en nuestra voluminosa red de neuronas, entonces ¿para qué necesitamos la mente? Si algo ocurre en la mente además de lo que ocurre en la red neural, ¿dónde demonios ocurre?” (131).
¿Cuál es entonces la chispa adecuada, la mente o el cerebro? Si hacemos caso a algunos neurobiólogos, la conciencia será desestimada como en su día lo fueron el éter, Dios y el alma. Lo que nos hace superiores es nuestra actividad cerebral, no las experiencias subjetivas. Hay también posturas intermedias que admiten la existencia de la conciencia pero como un subproducto biológico derivado del proceso cerebral. La mente no tiene función biológica sino un valor moral y político. El problema que ve Harari en toda esta estéril polémica es la siguiente creencia: la vida consiste únicamente en procesar datos; los partidarios de la mente dicen que recopilamos experiencias subjetivas y los partidarios del cerebro dicen que recopilamos corrientes eléctricas. Sea como fuere, los seres vivos somos máquinas que hacemos cálculos y tomamos decisiones en base a ellos.
III
La mayoría de los propietarios de perros establecen relaciones emocionales con ellos, y creen que sus mascotas no son autómatas desprovistas de mente. Los animales domésticos exhiben un comportamiento emocional complejo. Las redes sociales están inundadas de vídeos en los que vemos hacer cosas alucinantes a perros y gatos. Los Sapiens damos por hecho que nuestros comportamientos emocionales son conscientes, y damos por hecho que los de nuestras mascotas no lo son. Y lo cierto es que los humanos no somos los únicos en poseer los sustratos neurológicos que generan conciencia. Los animales no humanos poseen esos mismos sustratos neurológicos. Aun así, seguimos afirmando nuestra consciencia y negando la de nuestros perros. Harari es un ecologista convencido, ahora se decanta claramente por el antiespecismo, y dedica varias páginas, llenas de ironía y sarcasmo, a argumentar contra la consagración de la superioridad humana. Harari nos viene a decir que la cuestión nuclear en este asunto no es si consideramos a los perros como máquinas sin conciencia, sino cómo los tratamos mientras llega una prueba definitiva de que es así, o de lo contrario.
“En esencia, los humanos no somos tan diferentes de ratas, perros, delfines y chimpancés. Al igual que ellos, carecemos de alma. Al igual que nosotros, ellos también tienen conciencia y un complejo mundo de sensaciones y emociones. Desde luego, cada animal posee sus rasgos y talentos únicos. También los humanos poseemos nuestros dones especiales. No deberíamos humanizar innecesariamente a los animales e imaginar que son simplemente versiones más peludas de nosotros mismos. Esto no es solo mala ciencia, sino que también nos impide comprender y valorar a otros animales en sus propios términos” (148).
IV
La chispa adecuada que permite a Sapiens dominar el mundo es la capacidad para colaborar, para cooperar de manera conjunta y constante.
“A lo largo de estos veinte mil años, la humanidad ha pasado de cazar mamuts con lanzas de punta de piedra a explorar el sistema solar con naves espaciales, no gracias a la evolución de manos más diestras o de un cerebro mayor (de hecho, en la actualidad nuestro cerebro parece ser menor). En cambio, el factor crucial en nuestra conquista del mundo fue nuestra capacidad de conectar entre sí a muchos seres humanos.” (151).
Hemos llegado hasta aquí, hasta la misma puerta del Olimpo, gracias a la capacidad para cooperar masivamente de manera flexible. Insectos (hormigas y abejas) y mamíferos sociales (elefantes y chimpancés) sí cooperan, pero en ningún caso con la flexibilidad con la que lo hacen los Sapiens. Fue esta cooperación flexible lo que intensificó la astucia de nuestra mente y lo que agilizó la habilidad de nuestro cerebro para hacer cosas con las manos. Lo que nos hace únicos a los Sapiens es la mezcla de flexibilidad y organización en la cooperación masiva.
Son abundantes los ejemplos que tiene la historia sobre la cooperación a gran escala. El éxito de una revolución, política o social, no radica en el peso de la muchedumbre sino en la capacidad para colaborar de manera efectiva de una masa crítica de personas. Se tienen que dar tres condiciones al mismo tiempo. Control de las redes de cooperación, impedir las redes de cooperación alternativas y, finalmente, interrelacionarse con otras organizaciones cooperativas externas similares.
“Si los sapiens gobiernan el mundo porque solo nosotros podemos cooperar de manera flexible en gran número, esto socava nuestra creencia en la sacralidad de los seres humanos. Nos gusta creer que somos especiales y que, por lo tanto, merecemos todo tipo de privilegios. Como prueba, señalamos los asombrosos logros de nuestra especie: hemos construido las pirámides y la Gran Muralla de China, hemos descifrado la estructura de los átomos y de las moléculas de ADN, hemos llegado hasta el Polo Sur y a la Luna. Si tales logros fueran el resultado de alguna esencia única que cada individuo humano posee (un alma inmortal, pongamos por caso), entonces tendría sentido sacralizar la vida humana. No obstante, dado que estos triunfos en realidad se derivan de la cooperación masiva, está mucho menos claro por qué tendrían que hacernos venerar a los individuos humanos” (158).
La flexibilidad de Sapiens es fundamental en todo esto. El ser humano se comporta de una manera cuando está sólo. Se comporta de manera diferente cuando se encuentra dentro de un pequeño número de personas y vuelve a cambiar de comportamiento cuando se encuentra dentro de una masa. Una muchedumbre de personas no puede tomar decisiones colectivas. Pero si una élite surge dentro de la masa terminará tomando el control de la toma de decisiones. Y esa élite se arremolina alrededor de una persona que es el que da el primer paso. Y no siempre ese líder hace las cosas de manera inconsciente y programada, en no pocos casos es el azar el que pone a rodar los acontecimientos. La pregunta clave en esta disposición de las cosas es: ¿qué hace que los humanos cooperen de modo tan efectivo y organizado? La cooperación masiva surge cuando Sapiens cree que esas redes de cooperación reflejan el orden necesario e inevitable de la naturaleza.
“Toda la cooperación humana a gran escala se basa en último término en nuestra creencia en órdenes imaginados. Se trata de conjuntos de normas que, a pesar de existir únicamente en nuestra imaginación, creemos que son tan reales e inviolables como la gravedad” (163-164).
V
Ningún animal social tiene esta impresionante y magnífica capacidad para inventar y difundir mitos. El ‘orden imaginado’ es uno de los concepto estrella del pensamiento de Harari, que ya fue desarrollado extensamente en el libro anterior Sapiens. Para el israelí existen tres niveles de realidad, el nivel objetivo, el nivel subjetivo y el nivel intersubjetivo.
“Las entidades intersubjetivas dependen de la comunicación entre muchos humanos y no de las creencias y sentimientos de individuos humanos. Muchos de los agentes más importantes de la historia son intersubjetivos. El dinero, por ejemplo, no tiene valor objetivo. No podemos comer, beber ni vestirnos con un billete de un dólar. Pero mientras millones de personas crean en su valor, lo podemos utilizar para comprar comida, bebidas y ropa” (165).
El dinero no es lo único que desaparece cuando la gente deja de creer en ello. Le ocurre a las leyes, a los dioses y a las ideologías. El 7 de diciembre de 1991 existía la Unión Soviética, una fuerza política tal que podía destruir varias veces el planeta. Sin embargo, a la hora del almuerzo del día 8 dejó de existir porque unos cuantos señores se sentaron en una mesa en Viskuli para firmar su disolución.
“Queremos creer que nuestra vida tiene algún sentido objetivo, y que nuestros sacrificios son importantes para algo que trascienda las historias que habitan nuestra cabeza. Pero, en realidad, la vida de la mayoría de las personas tiene sentido únicamente dentro de la red de historias que se cuentan las unas a las otras” (166).
El problema de todo esto radica en aceptar, o en reconocer, que el mundo de Sapiens está en su imaginación, que lo que da sentido a la vida son puras ficciones desarrolladas en el nivel intersubjetivo. El sentido no viene puesto en la historia, se teje, se fabrica de modo conjunto en una inmensa red de historias, mitos y narraciones. El sentido se mantiene y se refuerza constantemente por las creencias de los otros, como un bucle que se retroalimenta a sí mismo hasta el infinito. Ninguna red de sentido es eterna y a prueba de bombas. Ni Dios ni el dinero son eternos, tampoco el Banco Mundial, la Unión Europea o el movimiento feminista. Ni el cristianismo ni el capitalismo son indestructibles; tampoco el progresismo o el fascismo. Las redes se desmadejan, se deshilachan cuando otras redes de sentido irrumpen en la historia.
Vivimos enmarañados en redes de sentido densas y poderosas. Y estamos tan dentro de ellas que nos parece inconcebible que todos estos órdenes sean fantasías de la imaginación colectiva. Las redes de sentido se destruyen y otras se van tejiendo en su lugar. Como en la película Matrix pero sin ordenadores omnipotentes que ordenan a máquinas-insecto a perseguir a Neo por túneles oscuros.
“Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes” (177).
VI
“Los sapiens dominan el mundo porque solo ellos son capaces de tejer una red intersubjetiva de sentido: una red de leyes, fuerzas, entidades y lugares que existen puramente en su imaginación común. Esta red permite que los humanos organicen cruzadas, revoluciones socialistas y movimientos por los derechos humanos” (171).
¿Quién sabe lo que imagina Savannah, la gata de mi hermana; o Aron el perro de mi amiga Toñi cuando me lo encuentro paseando en el parque? Seguramente imaginan a sus humanos jugando con ellos, lanzándoles la pelota o dándoles de comer. Pero seguro que no pueden imaginar quimeras tal y como lo hace Sapiens. Los animales no humanos viven en la realidad. Sapiens crea la realidad constantemente. Ningún animal puede competir con esto, con nuestra imaginación, con nuestra capacidad de inventar, con nuestra potencia narrativa.
Entra dentro de la estupidez supina obviar, o negar, la existencia de factores objetivos como los genes, el clima, la geología y la gravedad. Pero este plano de la realidad no evita la construcción de ficciones en las que creer.
“Corea del Norte y Corea del Sur son tan diferentes entre sí no porque la gente de Pyongyang tenga genes diferentes a los genes de la gente de Seúl o porque el norte sea más frío y más montañoso. Ello se debe a que el norte está dominado por ficciones muy distintas” (172).
Físicos, ingenieros y biólogos no están dispuestos todavía a reconocer la existencia de las entidades intersubjetivas. Algunos filósofos, historiadores y sociólogos sí que están ya poniendo el énfasis en esto: que no se explica todo con la genética o con los algoritmos bioquímicos. ¿Qué veremos antes, que la neurobiología termine explicando la historia, o que los órdenes imaginados y las ficciones ideológicas terminen reescribiendo nuestro ADN?
“A medida que las ficciones humanas se traduzcan en códigos genéticos y electrónicos, la realidad intersubjetiva engullirá por completo la realidad objetiva, y la biología se fusionará con la historia. En el siglo XXI, la ficción puede, por lo tanto, convertirse en la fuerza más poderosa de la Tierra, sobrepasando incluso a los asteroides caprichosos y a la selección natural” (173).
Para Harari ocurrirá antes lo segundo.
SENTIDO
1. El <<Sistema>>.
I
La realidad que vivimos los sapiens tiene tres capas. Pero, dice Harari, a medida que la tecnología aumenta en complejidad las ficciones son cada vez más poderosas. Tenemos ahora las mismas capacidades que en la prehistoria, sin embargo nuestras ficciones son cada vez más fuertes y complicadas. Para poder entrever cómo serán las ficciones intersubjetivas del futuro habrá que analizar las del pasado.
Las redes intersubjetivas permitieron que los Sapiens cooperaran de manera efectiva. Las primeras redes que tuvieron éxito y que agruparon al mayor número de congéneres fueron los grandes relatos sobre dioses en la zona del Creciente Fértil. Aquellos dioses de Uruk se convirtieron en entidades legales que poseían campos de cultivos, que pagaban salarios, que prestaban dinero, que construían infraestructuras, etc. En la actual California, tenemos a Google y a Microsoft que son, igualmente, entidades legales que poseen edificios y naves industriales, contratan empleados y realizan proyectos comerciales por todo el mundo.
“Para los sumerios, Enki e Inanna eran tan reales como Google y Microsoft lo son para nosotros. (…) Ni que decir tiene que en verdad los dioses no dirigían sus negocios, por la simple razón de que no existían en ningún otro lugar que no fuera la imaginación humana. Las actividades cotidianas las gestionaban los sacerdotes del templo (de la misma manera que Google y Microsoft necesitan contratar a humanos de carne y hueso para que gestionen sus negocios)” (179).
Lo que de verdad hicieron lo sumerios de manera magistral no fueron las ficciones sobre grandes dioses. Fue inventar, casi a la vez, la escritura y el dinero. Las ficciones de dioses solo se pudieron mantener en pie gracias a estos dos. Fueron estos hermanos siameses las ficciones intersubjetivas que terminaron con las limitaciones del cerebro humano para procesar datos. La escritura cuneiforme, plasmada en millones de tablillas de arcilla secada, es la que hizo algo hasta ese momento impensable, organizar la realidad objetiva. El papiro y la escritura jeroglífica egipcia terminaron de hacer el trabajo.
“Antes de la invención de la escritura, los relatos estaban restringidos por la capacidad limitada del cerebro humano. No se podían inventar relatos excesivamente complejos que la gente fuera incapaz de recordar. Pero la escritura posibilitó de pronto la creación de relatos muy largos e intrincados, que se almacenaban en tablillas y papiros en lugar de en el cerebro de humanos” (181).
La escritura fue la que contribuyó a organizar sociedades enteras de manera algorítmica. Posibilitó que la gente se organizara en redes muy sólidas, donde cada persona representaba un único paso de un algoritmo enorme. El encadenamiento de esos eslabones crea una entidad distinta y poderosa. El algoritmo en su conjunto, fue el que empezó a tomar las decisiones importantes. Este es el nacimiento de la burocracia, de lo que actualmente llamamos el <<Sistema>>. La burocracia no mueve montañas, mueve civilizaciones enteras, en el pasado y en la actualidad.
“Los egipcios construyeron el lago Fayum y las pirámides no gracias a la ayuda extraterrestre, sino a la de magníficas habilidades de organización. Confiando en miles de burócratas alfabetizados, el faraón reclutó a decenas de miles de trabajadores y suficiente comida para mantenerlos durante años. Cuando decenas de miles de obreros cooperan durante varias décadas, pueden construir un lago artificial o una pirámide incluso con herramientas de piedra” (185).
II
El éxito de la escritura fomentó la aparición de otras poderosas entidades ficticias que acabaron remodelando la realidad. Lo que hizo la escritura fue acostumbrar a Sapiens a experimentar la realidad fáctica por medio de símbolos abstractos. Es lo que hace Sapiens, imponer fantasías y ficciones a la realidad hasta que o bien ésta cambia o bien nos termina barriendo. Así hasta la siguiente.
La capacidad para imponer fantasías escritas a la realidad genera éxitos impresionantes pero también catástrofes irreparables. Solemos minusvalorar el papel de la escritura como mera forma de describir la realidad cuando en realidad es el más poderoso medio de remodelarla. La burocracia con el paso de los siglos fue acumulando más y más poder, hasta el punto de no hacerse responsable de sus propios errores. El <<Sistema>> tiene la suficiente fuerza como para en vez de cambiar los relatos, y que se ajusten a la realidad, sea la realidad la que termine por ajustarse a la ficción y al relato. Son muchos los ejemplos que hay en la Historia de esto. En los últimos siglos, la cuestión de las fronteras lineales de África, trazadas sobre plano vacío por las potencias europeas del XIX, es un ejemplo muy clarificador de esto que explica Harari.
Pero hay, nos explica Harari, otro problema más grave con la escritura y la burocracia: que la realidad intersubjetiva sea la guía para la realidad física y la realidad subjetiva. Las grandes religiones monoteístas, precisamente las religiones del Libro, no hubieran existido nunca si no existiera la burocracia y el <<Sistema>>.
“El poder de los registros escritos alcanzó su apogeo con la aparición de las sagradas escrituras. Sacerdotes y escribas de las antiguas civilizaciones se acostumbraron a ver los documentos como guías para la realidad. Al principio, los textos les contaban la realidad de los impuestos, los campos y los graneros. Pero a medida que la burocracia aumentaba su poder, también los textos empezaron a ganar autoridad. Los sacerdotes registraban no solo listados con las propiedades del dios, sino también las obras, los mandamientos y los secretos del mismo. Las escrituras resultantes pretendían describir la realidad en su totalidad, y generaciones de eruditos se acostumbraron a buscar todas las respuestas en las páginas de la Biblia, el Corán o los Vedas” (193).
Las religiones nos muestran cómo de delicado es el equilibrio entre los tres planos de la realidad. Sapiens medra en la existencia gracias la fabulación, a la fantasía, a la distorsión de la realidad fáctica. Sin hacer eso no hubiera sido posible competir contra rivales más fuertes y rápidos. Si Sapiens se hubiera mantenido únicamente en el plano de la pura realidad no hubiera tenido éxito. Se organizó con extremada eficacia gracias a que masas de gente creían en los mismos mitos ficticios. Pero si lo poco es malo lo mucho es peor. Demasiada distorsión de la realidad, demasiada fantasía y ficción produce fantasmas peligrosos.
“Aunque las escrituras engañen a la gente acerca de la verdadera naturaleza de la realidad, pueden no obstante conservar su autoridad durante miles de años. Por ejemplo, la percepción bíblica de la historia es fundamentalmente defectuosa, pero consiguió extenderse por el mundo, y todavía hay muchos millones de personas que se la creen” (195).
III
“Las ficciones nos permiten cooperar mejor. El precio que pagamos es que la misma ficción también determina los objetivos de nuestra cooperación. Así, podemos disponer de sistemas de cooperación muy complejos, que se emplean al servicio de objetivos e intereses ficticios. En consecuencia, puede parecer que el sistema funciona bien, pero únicamente si adoptamos los criterios propios del sistema” (197-198).
Las redes intersubjetivas se juzgan a sí mismas con métodos de medición también inventadas por ellas. Una entidad humana construida en nombre de Dios suele juzgar su éxito si la gente sigue los mandamientos divinos. Una entidad humana imaginaria construida en nombre del capitalismo suele juzgar su éxito si hay prosperidad, crecimiento y se mueve mucho dinero. Sin embargo junto a esas tablas de méritos y éxitos mayoritarios encontramos otras formas de establecer el éxito o el fracaso. Examinar cualquier red humana supone detenerse y considerarla desde las tres perspectivas posibles, la fáctica, la subjetiva y la intersubjetiva.
“El Egipto de los faraones, ¿lo juzgamos en términos de producción, de nutrición o quizá de armonía social? ¿Nos centramos en la aristocracia, los campesinos humildes, o los cerdos y los cocodrilos? La historia no es una narración única, sino miles de narraciones alternativas. Siempre que decidimos contar una, también decidimos silenciar las otras” (200).
Para Harari el verdadero rasero que puede juzgar de manera ecuánime todas las ficciones que creamos es el sufrimiento. La creencia en el mito del Socialismo ha matado de hambre a millones de personas. Las mismas que la creencia en el mito del Capitalismo. El mito nacionalista ha generado y generará guerras por doquier. Las causas de las muertes del nacionalismo, del socialismo y del capitalismo son ficticias, todas ellas. El sufrimiento de la gente es cien por cien real.
“Al examinar la historia de cualquier red humana es recomendable detenerse de cuando en cuando y considerar las cosas desde la perspectiva de alguna entidad real. ¿Cómo sabemos si una entidad es real? Muy sencillo. Bastará con que nos preguntemos: «¿Puede sufrir?». Cuando la gente prende fuego al templo de Zeus, Zeus no sufre. Cuando el euro pierde su valor, el euro no sufre. Cuando un banco quiebra, el banco no sufre. Cuando un país es derrotado en una guerra, el país en realidad no sufre. Es solo una metáfora. En cambio, cuando un soldado es herido en la batalla, sí que sufre. Cuando una campesina hambrienta no tiene nada que comer, sufre. Cuando una vaca es separada de su ternero recién nacido, sufre. Esto es la realidad (200).
IV
“La ficción no es mala. Es vital. Sin relatos aceptados de manera generalizada sobre cosas como el dinero, los estados y las empresas, ninguna sociedad humana compleja puede funcionar. No podemos jugar al fútbol a menos que todos creamos en las mismas normas inventadas, y no podemos disfrutar de los beneficios de los mercados y de los tribunales sin relatos fantásticos similares. Pero los relatos solo son herramientas” (200-201).
Las ficciones nos han traído hasta donde estamos, para bien y para mal. Y en el futuro que se nos está abriendo habrá que tener en cuenta que las redes de cooperación intersubjetiva basadas en la fantasía y la imaginación son ficciones inventadas para que nos sirvieran e hicieran mejor nuestra existencia. Si los sumerios y los egipcios empezaron con la “simple” escritura, ¿dónde llegaremos nosotros con las ficciones que estamos empezando a inventar en el s. XXI, que vienen aderezadas con biotecnología, con algoritmos informáticos, con redes sociales, con realidades virtuales indistinguibles de la realidad física para nuestros sistemas neurocerebrales? Diferenciar realidad de ficción será cada vez más difícil, pero más importante que nunca.
2. El invento que nadie dice haber inventado.
I
“La religión es cualquier historia de amplio espectro que confiere legitimidad superhumana a leyes, normas y valores. Legitima las estructuras sociales asegurando que reflejan leyes superhumanas.
La religión asevera que los humanos estamos sujetos a un sistema de leyes morales que no hemos inventado y que no podemos cambiar. (…)
A los liberales, comunistas y seguidores de otros credos modernos no les gusta describir sus respectivos sistemas como «religión», porque identifican la religión con supersticiones y poderes sobrenaturales. Si decimos a comunistas o liberales que son religiosos, pensarán que les acusamos de creer ciegamente en sueños dorados sin fundamento. De hecho, ello significa únicamente que creen en algún sistema de leyes morales que no fue inventado por los humanos pero que, no obstante, los humanos tienen que obedecer. Hasta donde sabemos, todas las sociedades humanas creen en esto. Todas las sociedades dicen a sus miembros que tienen que creer en alguna ley moral superhumana, y que infringir dicha ley acarreará una catástrofe.
Desde luego, las religiones difieren entre sí en los detalles de sus narraciones, en sus mandamientos particulares, y en los premios y castigos que prometen. Así, en la Europa medieval, la Iglesia católica afirmaba que a Dios no le gustan los ricos. Jesús dijo que era más difícil que un rico cruzara las puertas del cielo que un camello pasara por el ojo de una aguja, y la Iglesia alentaba a los ricos a dar muchas limosnas con la amenaza de que los avaros arderían en el infierno. Al comunismo moderno también le desagradan los ricos, pero los amenaza con conflictos de clase aquí y allá, en lugar de hacerlo con azufre ardiendo después de la muerte. (206-207).
Las religiones que sí se reafirman en sus status (las llamaremos Confesiones) y las que reniegan del mismo (las Ideologías políticas) tienen una última cosa en común, un rasgo que las hace iguales a pesar de los cientos de detalles que las diferencian: son la única verdadera, sus seguidores afirman estar en lo cierto en todo los hechos fácticos que describen y en las valoraciones éticas que hacen.
II
La religión es la herramienta que preserva el orden social y que organiza la cooperación a gran escala. Por eso dentro de ésta caen tanto las confesiones que desde hace eones conocemos, como las ideologías políticas que nos venimos inventamos desde el XVIII. Y si se han dejado de inventar confesiones desde hace algún tiempo, la máquina de inventar ideologías lleva todo el s. XX y XXI sin parar. Las religiones (confesiones e ideologías) describen el mundo y ofrecen un contrato prolijamente definido lleno de objetivos predeterminados. Este pacto permite a las distintas sociedades definir la norma y los valores comunes que regulan la conducta de los sapiens.
“El objetivo de las religiones es cimentar el orden mundano, mientras que el de la espiritualidad es escapar de él” (209).
La brecha que hay entre ciencia y religión es imperceptible, la que hay entre espiritualidad y religión, según Harari, es muy grande. La cooperación humana requiere de una firmeza, de una autoridad, de un poder, en definitiva, que no tiene el viaje espiritual. La religión sí la tiene, sea en su forma confesional o sea en su forma ideológica. La ciencia también tiene esa contundencia, esa fuerza para forjar estructuras y sistemas. La espiritualidad es siempre una tragedia, una senda solitaria e individualizada. Es un camino lleno de preguntas sin respuesta cierta, lleno de dudas, incertidumbres e inseguridades que no sirven para que las sociedades enteras funcionen. Por eso las sociedades están sustentadas en religiones y no en espiritualidades.
III
Las narrativas, las ficciones intersubjetivas, los relatos son los auténticos pilares de las sociedades de sapiens a lo largo de toda la historia.
“Creer en el gran dios Sobek, en el Mandato del Cielo o en la Biblia capacitó a la gente para construir el lago Fayum, la Gran Muralla de China y la catedral de Chartres. Lamentablemente, la fe ciega en estos relatos supuso con frecuencia que los esfuerzos humanos se centraran ante todo en aumentar la gloria de entidades ficticias tales como dioses y naciones en lugar de mejorar la vida de seres conscientes reales” (202).
Eso ha sido en el pasado, y nos podemos hacer varias preguntas pensando en el futuro, ¿seguirá esto siendo así?, ¿pueden cambiarse estas reglas básicas?, ¿se logrará, finalmente, gracias al saber científico objetivo abandonar las ficciones intersubjetivas? Harari se responde:
“Los mitos continúan dominando a la humanidad. La ciencia solo hace que esos mitos sean más fuertes. En lugar de destruir la realidad intersubjetiva, la ciencia la capacitará para que controle las realidades objetivas y subjetivas de manera más completa que antes. Gracias a los ordenadores y la bioingeniería, la diferencia entre ficción y realidad se difuminará, a medida que la gente remodele la realidad para que se ajuste a sus ficciones favoritas” (203).
Lo que la ciencia terminará haciendo es llenar con más poder, si cabe, algunos mitos y ficciones otorgándoles una influencia y autoridad como nunca antes se había conocido. Suele entenderse que la única relación posible entre ciencia y religión es la del antagonismo. Y no hay nada más lejos de la realidad.
“Se acostumbra contar la historia de la modernidad como una lucha entre la ciencia y la religión. En teoría, tanto la ciencia como la religión están interesadas por encima de todo en la verdad, y, debido a que cada una defiende una verdad diferente, están condenadas a entrar en conflicto. En realidad, ni a la ciencia ni a la religión les importa demasiado la verdad, y por lo tanto pueden alcanzar fácilmente acuerdos, coexistir e incluso cooperar. La religión está interesada por encima de todo en el orden. Pretende crear y mantener la estructura social. La ciencia está interesada por encima de todo en el poder. Pretende adquirir el poder de curar las enfermedades, combatir las guerras y producir alimento. Como individuos, los científicos y los sacerdotes pueden conceder una importancia inmensa a la verdad, pero, como instituciones colectivas, ciencia y religión prefieren el orden y el poder a la verdad” (223).
Harari considera que la Modernidad es el resultado de un pacto, de un acuerdo o alianza entre la ciencia y una religión concreta, el humanismo. La sociedad moderna cree da manera fanática en los dogmas de esta religión y la ciencia hace todo lo posible, todo lo que está a su alcance para perpetuarla.
3. El contrato.
I
“La modernidad es un pacto. Todos firmamos este pacto el día en que nacemos, y él regula nuestra vida hasta el día en que morimos. Muy pocos podemos llegar a rescindir o trascender este pacto. (…) La modernidad es un pacto sorprendentemente sencillo. Todo el contrato puede resumirse en una única frase: los humanos estamos de acuerdo en renunciar al sentido a cambio del poder” (225).
En la Historia premoderna los humanos vivían según el plan cósmico de turno. Éste daba sentido a sus vidas. Daba sentido pero a cambio se quedaba con todo el poder. Dicho de otro modo: sapiens renuncia al poder y a cambio su vida gana en sentido y le confería protección psicológica frente a los muchos desastres que le apretaban. Pero llega la Modernidad y las cosas cambian radicalmente.
“La cultura moderna rechaza esta creencia en un gran plan cósmico. No somos actores en ningún drama de proporciones épicas. La vida no tiene guion, ni dramaturgo, ni director, ni productor… ni sentido. (…) los humanos no encarnamos ningún papel en ningún gran drama, pueden sucedernos cosas terribles y ningún poder vendrá a salvarnos o a dar sentido a nuestro sufrimiento. No habrá un final feliz, ni un final malo, ni ningún final en absoluto. Las cosas, simplemente, ocurren, una después de otra. El mundo moderno no cree en la finalidad, solo en la causa. (…) Por otra parte, si así es la vida, sin ningún guión ni finalidad vinculantes, entonces tampoco los humanos están obligados a desempeñar ningún papel predeterminado. Podemos hacer todo lo que queramos mientras encontremos la manera de hacerlo. (…) A nivel práctico, la vida moderna consiste en una búsqueda constante del poder en el seno de un universo desprovisto de sentido.” (226-227).
II
En este contrato que ha contraído Sapiens en la Modernidad sobresale un pacto por encima de todo, el del crecimiento económico y el progreso científico.
“El crecimiento es la manifestación económica de la confianza. (…) Si un número suficiente de empresas prosperan, la confianza de la gente en el futuro aumenta, el crédito se expande, las tasas de interés caen, los emprendedores consiguen dinero con mayor facilidad y la economía crece. En consecuencia, la gente tiene todavía más confianza en el futuro, la economía sigue creciendo y la ciencia progresa” (229).
Durante siglos este movimiento de retroalimentación basada en la confianza no se activó. La confianza en el prójimo, en el futuro no estaba encima de la mesa de la sociedad. La fe en que dios proveyera era suficiente. ¿Qué hizo que se activara en la modernidad? Durante eones nadie prestó atención al crecimiento económico. Ahora mismo es el elemento social de la modernidad.
“El crecimiento económico se ha convertido así en el punto crítico en el que se encuentran casi todas las religiones, ideologías y movimientos modernos. La Unión Soviética, con sus megalómanos Planes Quinquenales, estaba tan obsesionada con el crecimiento como el más despiadado magnate y ladrón norteamericano. De la misma manera que tanto cristianos como musulmanes creían en el cielo y solo estaban en desacuerdo en la manera de alcanzarlo, durante la Guerra Fría, tanto capitalistas como comunistas creían en la posibilidad de crear el cielo en la Tierra mediante el crecimiento económico, y únicamente reñían por el método exacto de conseguirlo” (232-233).
El crecimiento económico es otra de esas religiones que no se reconoce a sí mismas, pero que funcionan con los mismos mecanismos como las que sí reconocen su estatus. Lo que ocurre es que el capitalismo no promete nada en el más allá, promete los beneficios en el más acá. Y claro, contra eso es difícil de competir. Durante siglos los reyes y sacerdotes gastaban los beneficios en palacios o templos suntuosos, en guerras innecesarias o en boatos superfluos que les daban prestigio frente al común de los mortales. Eso o acumular el oro y la plata en pesados cofres de hierro. Hoy en día los creyentes en el capitalismo cogen sus ganancias y las emplean en generar más beneficios.
III
¿Hasta qué punto puede llegar el crecimiento económico? Porque si los recursos no son infinitos, que no lo son, el crecimiento perpetuo es una sentencia fatal a largo plazo. Habrá que explorar nuevas tierras y territorios, en primer lugar. Del mismo modo que los europeos se lanzaron a conquistar allende los mares algún día habrá que salir al espacio y tomar lo que haya en la luna y en el cinturón de asteroides, para empezar. Segundo, invertir en conocimiento.
“Durante miles de años, el camino científico que llevaba al crecimiento estaba bloqueado porque la gente creía que las sagradas escrituras y las tradiciones antiguas ya contenían todo el conocimiento importante que el mundo tenía por ofrecer. (…) Sin embargo, la revolución científica liberó a la humanidad de tal convicción. El mayor de los descubrimientos científicos fue el de la ignorancia. Cuando los humanos se dieron cuenta de lo poco que sabían acerca del mundo, de repente tuvieron una muy buena razón para buscar nuevo conocimiento, lo cual abrió el camino científico hacia el progreso” (238-239).
El verdadero apocalipsis al que se enfrenta el crecimiento económico y el capitalismo es el colapso ecológico. Parece que no hay una percepción real de lo frágil que es la biosfera que nos da cobijo. Y la catástrofe ecológica no solo traerá la ruina económica y política, puede suponer la caída de la civilización humana. Como ha podido constatarse en todas las Cumbres Internacionales que abordan el cambio climático el asunto tiene muy lejana la solución. Se mire por donde se mire la cuestión no es nada fácil. La intercomunicación total por las tecnologías de la comunicación y la información hace que muchos Sapiens quieran vivir como esos otros a los que ve en series de TV e Instagram. Países como India, China o Brasil mueven sus economías a toda máquina para darles a sus ciudadanos-votantes lo mismo que norteamericanos y europeos llevan 50 años disfrutando. Al hacerlo la contaminación se dispara. Mientras que en EEUU y la UE se toma más conciencia del cambio climático en los países en vías de desarrollo la cosa va por otros derroteros. La agenda política de estos es bien distinta: piensan, ¿por qué deberíamos parar ahora si ellos llevan dos siglos sin parar?
“En la actualidad, 1.000 millones de chinos y 1.000 millones de indios quieren vivir como los norteamericanos de clase media, y no ven ninguna razón por la que tengan que poner en suspenso sus sueños cuando los norteamericanos no quieren dejar de poseer vehículos todoterreno y centros comerciales” (241).
Si los políticos actuales pensaran a escala global y planetaria, y tuvieran en mente el conjunto de la especie, asumirían la reducción de emisiones y frenarían el crecimiento. Pero la escala evolutiva es demasiado grande para la política. A los políticos ya les vale con estar preocupados por sus votantes locales. Este espíritu pacato de la clase política mundial se ve reforzada por lo que Harari llama ‘la fe en el Arca’. La ciudadanía actúa pensando que, finalmente, la alta tecnología hará las veces del Noé bíblico y algo terminará salvando la partida.
“Demasiados políticos y votantes creen que, mientras la economía crezca, científicos e ingenieros podrán salvarnos siempre de la catástrofe. Cuando se trata del cambio climático, muchos creyentes convencidos en el crecimiento no solo esperan milagros: dan por sentado que los milagros ocurrirán” (243).
IV
“Si nuestros antepasados hubieran sabido qué herramientas y recursos tenemos a nuestra disposición habrían supuesto que gozaríamos de una tranquilidad celestial, libres de todo cuidado y preocupación. La verdad es muy distinta. A pesar de todos nuestros logros, sentimos una presión constante por hacer y producir cada vez más” (244).
La culpabilidad, otrora una de las categorías religiosas por excelencia, vuelve a tomar un papel notable. Pero con añadidos de indignación y frustración, de estrés y ansiedad. La presión constante nos hace buscar y encontrar culpables por doquier, nuestro jefe, nuestro vecino, el Presidente del Gobierno, el Líder de la oposición, la Banca, o el gran Gerifalte de los negocios de turno. Es más fácil tener un culpable a mano que tomarse en serio la propia responsabilidad en todo este desastre.
Y es que el crecimiento económico como valor supremo tiene consecuencias sobre el plano individual y personal: el inocularnos en la psique la necesidad de aumentar nuestro nivel de vida. Hay que estar esforzándose constantemente por tener más cosas, de modo que el lujo devenga en necesidad. El capitalismo consigue que la masa entienda el equilibrio, la prudencia, la mesura, el término medio como opciones peores que el caos. La modernidad es la época de la historia en la que se anima a sapiens a querer más, a desear más. ¿Y, porqué? Sencillamente, por que podemos.
" La cultura moderna es la más poderosa de la historia y está investigando, inventando, descubriendo y creciendo sin cesar. Al mismo tiempo, se encuentra acosada por más angustia existencial que ninguna otra cultura previa" (247).
4. Revolution.
I
“El pacto moderno nos ofrece poder a condición de que renunciemos a nuestra creencia en un gran plan cósmico que da sentido a la vida. Pero cuando examinamos detenidamente el pacto, encontramos una ingeniosa cláusula de excepción. Si de alguna manera los humanos consiguen encontrar sentido sin derivarlo de un gran plan cósmico, esto no se considera un incumplimiento de contrato” (248).
La política la religión y el arte tratan de buscar un sentido a la vida que no esté sacado directamente de un plan cósmico. Pensamos que nadie puede poner límites a nuestro poder -ningún dios puede ya- pero todavía estamos convencido que en algún sitio escondido nos está esperando el sentido de nuestra vida, algo que nos indique y que nos señale lo que es verdad y mentira, que nos confirme el bien y el mal, que nos muestre lo bello o lo feo. Y, dice Harari, lo encontramos en el humanismo.
“El antídoto contra una existencia sin sentido y sin ley lo proporcionó el humanismo, un credo nuevo y revolucionario que conquistó el mundo durante los últimos siglos. La religión humanista venera a la humanidad, y espera que esta desempeñe el papel que Dios desempeñaba en el cristianismo y el islamismo y que las leyes de la naturaleza desempeñaban en el budismo y el taoísmo. Mientras que tradicionalmente el gran plan cósmico daba sentido a la vida de los humanos, el humanismo invierte los papeles y espera que las experiencias de los humanos den sentido al gran cosmos” (249).
El humanismo es el encargado de dar sentido a este mundo sin sentido. Es cierto, la humanidad perdió la fe en dios y encontró la fe en la humanidad misma. Ahora bien, sentido y autoridad van juntas y de la mano desde el comienzo de los tiempos. Quien dicte el sentido de nuestros actos tiene la autoridad para imponer qué pensar y qué hacer. Librarnos de los dioses no fue el fin de nuestros problemas. Para el humanismo Sapiens es el origen último del sentido. Por tanto, el libre albedrío individual es la mayor autoridad de todas las autoridades posibles. El primero que explicó esto –‘sé fiel a ti mismo’, ‘escucha a tu corazón’- fue J.J. Rousseau en su Emilio. En la época del ‘plan cósmico’ existía una uniformidad, un estándar que sometía a toda la humanidad. Dios y sus representantes distinguían por nosotros donde estaba el bien, lo correcto y la belleza. Ahora nadie puede hacer eso por nosotros. No existe ya un estándar común, uniforme y válido para todos sobre el mal, lo incorrecto o la fealdad. Como todo está justificado por los sentimientos de cada uno surge entonces un conflicto infinito. Lo malo es lo que me hace sentir mal, pero resulta que eso mismo hace sentir bien a otro, y para él es lo bueno y lo correcto. Como cada uno tiene sus propios sentimientos pueden existir, potencialmente, infinitos sentidos, innumerables estándares en conflicto.
“Nuestros sentimientos aportan sentido no solo a nuestra vida privada, sino también a los procesos sociales y políticos. Cuando queremos saber quién debería dirigir el país, qué política exterior se debería adoptar y qué pasos económicos se deberían dar, no buscamos las respuestas en las escrituras. Ni obedecemos las órdenes del Papa ni del Consejo de los Premios Nobel. Por el contrario, en la mayoría de los países celebramos elecciones democráticas y preguntamos a la gente qué opina. Creemos que los votantes son quienes mejor saben lo que les conviene, y que la libre elección de los individuos es la autoridad política suprema” (254).
¿Cómo deciden los votantes la mejor elección? El votante sigue sus más íntimos sentimientos y deseos, sus filias y fobias, pero pensando que lo hace siguiendo un proceso racional serio y objetivo; así evita sentirse culpable cuando las cosas no van como espera. En otras épocas de la historia seguir los dictados de los sentimientos para las cosas importantes de la vida sería considerado una insensatez. Hoy en día es lo justo y legal. ¿Y qué decir del arte?
“En la actualidad, los humanistas creen que la única fuente de la creación artística y del valor estético son los sentimientos humanos. (…) Los artistas modernos buscan estar en contacto con ellos mismos y sus sentimientos, más que con Dios. Así, no es extraño que cuando nos disponemos a evaluar el arte, ya no creamos en ningún criterio objetivo. En lugar de ello, y una vez más, nos fiamos de nuestros sentimientos subjetivos” (256-257).
Los patrones de belleza del Medievo o del Renacimiento, por ejemplo, no reflejaban sentimientos, eran los gustos personales los que se adecuaban a lo suprahumano. No importaba el genio del artista sino la inspiración divina. En esos días nadie se habría molestado en discutir la parida que hizo Marcel Duchamp en 1917 (Fuente). En la modernidad ese inodoro es fuente inagotable de debates acalorados entre expertos en Arte. Como la belleza está en el ojo que mira, en sus sentimientos y emociones lo normal, y hasta natural, es pelearse por colocar la opinión de cada uno como estándar para todos los demás. ¿Y en economía? ¿Y en educación?
“El gremio de los carpinteros determinaba qué era una buena silla, el gremio de los panaderos definía el buen pan y el gremio de los Meistersinger decidía qué canciones eran de primera clase y cuáles eran basura. Mientras tanto, príncipes y concejos municipales regulaban salarios y precios, y ocasionalmente obligaban a la gente a comprar cantidades fijas de bienes a un precio no negociable. En el mercado libre moderno, todos estos gremios, concejos y príncipes han sido superados por una nueva autoridad suprema: el libre albedrío del cliente” (258-259).
“La educación humanista moderna cree en enseñar a los alumnos a pensar por sí mismos. Es bueno saber qué opinaban Aristóteles, Salomón o santo Tomás de la política, el arte y la economía, pero, puesto que el origen supremo del sentido y la autoridad reside en nosotros mismos, es mucho más importante saber qué es lo que uno opina acerca de estas cuestiones. Pregúntesele a una profesora (ya sea de parvulario, de escuela o de instituto) qué es lo que intenta enseñar. «Bueno —contestará—, a los chicos les enseño historia o física cuántica o arte, pero, por encima de todo, intento enseñarles a pensar por sí mismos.»” (262-263).
El sentido y la autoridad pasaron del cielo al sistema psico-emocional de Sapiens. En el s. XIX Nietzsche declaró la muerte de Dios. Harari entiende que el alemán estaba afirmando que Dios había terminado convirtiéndose en una idea abstracta que podía aceptarse o no, en función de los sentimientos de cada cual. Ahora es el ‘yo interior’ el que parte el bacalao, la auténtica fuente de autoridad en el mundo. Y claro, yo interiores hay miles de millones. Hay miles de millones de potenciales autoridades dispuestas a ejercer el poder.
Hasta ahora Harari no está diciendo que el humanismo sea más malo o peor que la época del ‘plan cósmico’. Lo que está exponiendo es que es el humanismo no fue la panacea que puso el fin a los conflictos, a las injusticias, a la violencia. Es una llamada de atención frente a la euforia de una sociedad sin dioses. Suponiendo que la época religiosa de la humanidad fue una época oscura, inquietante y llena de cadenas, la revolución humanista no nos ha liberado de nada. Se han redefinido nuevas violencias, nuevos conflictos, nuevos problemas. Sólo eso: el humanismo no es solución de nada.
II.
Toda autoridad tiene límites; ergo, los sentimientos también tienen limitaciones. La limitación del humanismo es la cacofonía opuesta de ‘yo interiores’ que existen, siempre en discusión tratando de imponerse sobre los otros. La solución que usó el humanismo es otra revolución, esta vez científica.
“Si queremos conocer la respuesta a alguna cuestión, en primer lugar necesitamos reunir datos empíricos relevantes y después emplear herramientas matemáticas para analizarlos. (…) En la práctica, esto significa que los científicos buscan el conocimiento mientras pasan años en observatorios, laboratorios y expediciones científicas, acopiando cada vez más datos empíricos y aguzando sus herramientas matemáticas para poder interpretarlos correctamente” (265).
La ciencia nos condujo a grandes e impresionantes descubrimientos, pero seguía sin abordar la cuestión del valor y el sentido. La ciencia resulto utilísima para resolver problemas prácticos. Pero no todos los problemas que tiene Sapiens son de índole práctica.
“Si queremos conocer la respuesta a una cuestión ética, necesitamos conectar con nuestras experiencias íntimas y observarlas con la mayor de las sensibilidades. En la práctica, esto significa que buscamos el conocimiento invirtiendo muchos años en acopiar experiencias y aguzando nuestra sensibilidad para poder comprender dichas experiencias correctamente. (…) Experiencias y sensibilidad se retroalimentan en un ciclo que nunca acaba. No puedo experimentar nada si no tengo sensibilidad, y no puedo desarrollar sensibilidad a menos que esté expuesto a una diversidad de experiencias. La sensibilidad no es una aptitud abstracta que pueda desarrollarse mediante la lectura de libros o asistiendo a conferencias. Es una habilidad práctica que puede madurar únicamente si se aplica a la práctica. (…)A medida que transcurrimos por la vida, herimos a otros y otros nos hieren, actuamos de manera compasiva y otros nos muestran compasión. Si prestamos atención, nuestra sensibilidad moral se agudiza, y estas experiencias se transforman en una fuente de valioso conocimiento ético acerca de lo que es bueno, de lo que es justo y de quién soy en verdad” (266-267).
El humanismo entiende la existencia como un continuum en el que nuestro yo interior cambia gradualmente por medio de experiencias y la agudización de la sensibilidad. Ninguna otra época histórica ha dado tanta importancia a las emociones, a los deseos, a las experiencias humanas. Hoy en día todo gira en torno a la búsqueda de experiencias. Y eso está impregnado toda la existencia de sapiens. Por ejemplo, cuando queremos salir de viaje nos acercamos a una agencia no para que nos vendan una habitación de hotel o una plaza en un vuelo, se trata de que nos vendan experiencias nuevas. Lo mismo podemos decir de ir al museo, coger mesa en el restaurante de un afamado chef, leer una novela o comprar una entrada para un concierto.
III
La fórmula humanista de experiencias y sensibilidad ha cambiado por completo la cultura popular. Realmente ha cambiado todas nuestras percepciones. Harari pone el ejemplo de la guerra. La guerra es uno de los acontecimientos más humanos que existen. Desde el principio de los tiempos sapiens ha estado matándose masivamente por esto y por lo otro. La que entendemos como primera obra literaria, la Ilíada de Homero, es el relato de una guerra entre tribus helenas aderezada con la presencia de dioses que también están en guerra.
“Durante miles de años, cuando la gente consideraba la guerra, veía dioses, emperadores, generales y grandes héroes. Pero durante los dos últimos siglos, reyes y generales han sido dejados cada vez más de lado, y el centro de atención se ha dirigido al soldado raso y a sus experiencias” (273).
La guerra no se ve ahora desde la perspectiva de los generales y los héroes como en la misma Ilíada o, por ejemplo, en el cuadro de Tiziano ‘Carlos V a caballo en Mülberg’. Lo que cuenta son los sentimientos del soldado de infantería como en ‘Platoon’, ‘La delgada línea roja’ o ‘Salvar al soldado Ryan’. Ahora no consideramos la guerra como un fenómeno militar y político sino como un fenómeno emocional repugnante. La batalla de las Termópilas o la de Rocroi fueron tan horrendas como las que el cine y la literatura muestra en el s. XX y XXI. Pero las experiencias personales de aquellos combatientes estaban colocadas en un contexto más amplio. Las guerras eran un infierno de sufrimiento, que dejaba innumerables huérfanos y viudas y una legión de tullidos, pero tenían sentido porque estaban hechas por una buena causa. Hasta las dos grandes Guerras Mundiales las guerras eran percibidas en el plano cósmico de sentido. La modernidad humanista coloca ahora más que nunca el sentido de la vida en la experiencia personal y el sufrimiento, por tanto, ninguna guerra tiene sentido. Ni las de ahora, ni las que vendrán, ni tampoco las que ya pasaron.
IV
“El humanismo compartió la misma suerte que toda religión de éxito, como el cristianismo y el budismo. A medida que se extendía y evolucionaba, se fue fragmentándose en diversas sectas opuestas. Todas las sectas humanistas creen que la experiencia humana es el origen supremo de la autoridad y del sentido, pero interpretan la experiencia humana de maneras distintas” (276-277).
Harari entiende que la religión humanista se quebró en 3 paradigmas principales: el humanismo liberal, el humanismo socialista y el humanismo evolutivo. Para liberales, socialistas y fascistas el origen último del sentido de la vida y la autoridad no está en lo trascendente-divino, sino en la experiencia humana. La gran diferencias estriba en que la comprensión liberal de la experiencia humana es siempre individual, personal e intransferible, la comprensión de los otros dos humanismo es colectiva y comunitaria.
Para diferenciar a los liberales de los socialistas hay que responder una única pregunta: ¿nos centramos en nuestra experiencia y sentimientos o en las experiencias y sentimientos de las otras personas? La experiencia humana sigue siendo el origen de todo sentido pero el liberalismo dirige su mirada hacia el interior, destacando la unicidad de la persona; mientras que el socialismo exige estar centrados en las experiencias de los demás. Para el socialismo es fundamental entender el entorno socioeconómico que nos rodea porque mediatiza las experiencias del conjunto de la sociedad. El humanismo socialista acusa al liberalismo de no promover la igualdad. El humanismo liberal replica al socialismo con una duda: ¿cómo podría alguien tener en cuenta TODAS las experiencias del ser humano y compararlas de manera justa? Cosas tan básicas como estas separan a liberales y socialistas y explica porqué unos encuentran refugio en instituciones colectivas fuertes (partido, sindicato, Estado, etc.) y otros en fortalecer el individualismo (votante, cliente, consumidor, etc.). Por su parte, el humanismo evolucionista entiende que la experiencia humana del conflicto es las más valiosa y esencial. Para los humanistas evolutivos no todas las experiencias humanas son igualmente valiosas ni han de ser permitidas libremente.
“El humanismo evolutivo tiene una solución diferente para las experiencias humanas enfrentadas. Con sus raíces en el terreno firme de la teoría evolutiva darwinista, afirma que el conflicto es algo que hay que aplaudir en lugar de lamentar. El conflicto es la materia prima de la selección natural, que impulsa la evolución. Algunos humanos son simplemente superiores a otros, y cuando las experiencias humanas entran en colisión, los humanos más aptos deben arrollar a todos los demás” (283).
Ni la libertad, ni la igualdad, el conflicto. Solo la guerra expone la verdad sobre la vida, sobre el mundo sobre el hombre. Hay jerarquías y niveles de valía e importancia.
“También a Adolf Hitler le cambió e iluminó su experiencia en la guerra. (…)La experiencia de la guerra reveló a Hitler la verdad acerca del mundo: es una jungla dirigida por las leyes implacables de la selección natural. Los que rehúsan reconocer esta verdad no pueden sobrevivir. Si queremos medrar, no solo tenemos que comprender las leyes de la jungla, sino adoptarlas alegremente. (…)Hitler no era un oficial de rango: en cuatro años de guerra, no pasó de cabo. No tenía educación formal, ni habilidades profesionales, ni experiencia política. No era un empresario exitoso ni un activista sindical, no tenía amigos ni parientes en puestos importantes, ni tampoco dinero. Al principio, ni siquiera tenía la ciudadanía alemana. Era un inmigrante pobre. Cuando Hitler apelaba a los votantes alemanes y les pedía su confianza, solo podía esgrimir un argumento a su favor: sus experiencias en las trincheras le habían enseñado lo que nunca se puede aprender en la universidad, en los cuarteles generales o en un ministerio gubernamental. La gente le seguía y le votaba porque se identificaba con él y porque también creía que el mundo era una jungla, y que lo que no nos mata nos hace más fuertes” (285-286).
Hitler y Auschwitz representan la versión más extrema y radical del humanismo evolutivo, Stalin y el Gulag representan la versión más radical y extrema del humanismo socialista. ¿Las peores versiones de estos humanismos invalidan al conjunto completo, incluyendo los elementos buenos?
V
A medida que la religión humanista se hacía con el mundo de Sapiens los cismas entre las tres ramas se fueron agravando. A comienzos del siglo XX, el humanismo liberal confiaba en terminar de desmantelar el mundo de las tradiciones, de las jerarquías y de la oscuridad religiosa. Depositaron su fe en un mundo abierto al progreso, a la libertad, la paz y la prosperidad. Sus esperanzas se pudrieron en los campos de batalla de la IGM, en Verdún, Somme o Galipoli, también en el crac del 29. El humanismo socialista les acusó de ser un humanismo despiadado y explotador. El socialismo creyó demostrar que la defensa del individuo era, en realidad, la defensa de los propietarios y sus privilegios. Por el otro lado, el humanismo evolutivo acusó al liberalismo de tratar de eliminar la selección natural y causar la degeneración de la humanidad.
“Desde 1914 a 1989, las tres sectas humanistas libraron una guerra sanguinaria, y al principio el liberalismo sufrió una derrota tras otra. Los regímenes comunistas y fascistas no solo se adueñaron de numerosos países, sino que además las ideas liberales fundamentales se presentaron como ingenuas en el mejor de los casos o bien como rotundamente peligrosas” (292).
El humanismo liberal ha estado en guerra contra los otros dos humanismos durante gran parte del siglo XX.
“En las décadas de 1960 y 1970, el término «liberal» se convirtió en una palabra insultante en muchas universidades occidentales. Norteamérica y la Europa Occidental experimentaban una agitación social creciente, cuando diferentes movimientos de la izquierda radical pugnaban por socavar el orden liberal. Estudiantes de Cambridge, La Sorbona, la Universidad Libre de Berlín y la República Popular de Berkeley hojeaban el Pequeño Libro Rojo del presidente Mao, y colgaban el heroico retrato del Che Guevara en la cabecera de su cama. En 1968, la ola alcanzó su punto álgido con el estallido de protestas y alborotos en todo el mundo occidental. (…) En 1975, el campo liberal sufrió la derrota más humillante de todas: la guerra de Vietnam terminó cuando el David norvietnamita venció al Goliat norteamericano. En una rápida sucesión, el comunismo se adueñó de Vietnam del Sur, Laos y Camboya. El 17 de abril de 1975, la capital de Camboya, Phnom Penh, sucumbió ante los Jemeres Rojos. Dos semanas más tarde, todo el mundo pudo ver cómo unos helicópteros evacuaban a los últimos yanquis de la azotea de la Embajada de Estados Unidos en Saigón. Muchos estaban seguros de que el Imperio norteamericano caía. (…)Únicamente las armas nucleares salvaron la democracia liberal. La OTAN adoptó la doctrina de la DMA (destrucción mutua asegurada), según la cual incluso los ataques soviéticos convencionales tendrían una respuesta en forma de ataque nuclear total” (294-295-296).
A partir de los 80 todo cambia y en el 89 el Imperio soviético implosionó: el supermercado resultó ser más fuerte que el gulag. Seguramente los intelectuales del humanismo liberal no fueran unos sesudos teóricos como sus pares socialistas. Pero mientras estos se colocaban en sus atalayas de superioridad moral para tratarlos despectivamente, los especialistas en marketing y publicidad ganaron la batalla en las experiencias de Sapiens. Porque a Sapiens le encanta disfrutar del sexo, las drogas y el rock and roll. Pero lo que de verdad le gusta es cambiar de lavadora, de frigorífico y de televisor y de coche.
VI
A día de hoy, afirma rotundamente Harari, no existe alternativa al pack liberal de la existencia. Ni las protestas sociales, ni los grupos de indignados, ni los intelectuales elitistas que siguen fieles al humanismo socialista, ni las nuevas formaciones políticas populistas (de izquierda o derecha) han sido capaces de diseñar un modelo alternativo al humanismo liberal. Porque ninguno de ellos ha renunciado a lo principal: las experiencias del yo interior siguen siendo el lugar de donde emana el sentido de la vida.
Es más, dice Harari, lo que están reclamando todos estos es que el humanismo liberal nos termine dando lo que tanta veces nos ha prometido. Primero, un mercado justo no manipulado por el Gran Capital; pero mercado al fin y al cabo. Unas instituciones democráticas transparentes al servicio de la gente; pero instituciones liberal-demócratas al fin y al cabo. No pretenden una liquidación sino una reforma. Y reformistas hay unos cuantos, tantos que no hay manera de ponerlos de acuerdo para que acometan la misma reforma. No parece haber alternativas realmente eficaces para que el mundo funcione que no sea el mercado y la democracia.
“Aunque uno de los pasatiempos favoritos de los académicos y los activistas occidentales es encontrar fallos en el paquete liberal, hasta el momento no han conseguido idear nada mejor” (298).
VII
Religión y tecnología están entrelazados desde el comienzo de los tiempos, son codependientes.
“Las nuevas tecnologías matan a los dioses antiguos y dan a luz a otros. Esta es la razón por la que las deidades agrícolas eran diferentes de los espíritus de los cazadores-recolectores, por la que los obreros de las fábricas fantasean con paraísos diferentes a los de los campesinos, y por la que las tecnologías revolucionarias del siglo XXI tienen muchas más probabilidades de generar movimientos religiosos sin precedentes que de revivir credos medievales. (…) Hace diez mil años, la mayoría de las personas eran cazadoras-recolectoras y solo unos pocos pioneros en Oriente Medio eran agricultores. Pero el futuro pertenecía a los agricultores. En 1850, más del 90 por ciento de los humanos eran campesinos, y en las pequeñas aldeas a lo largo del Ganges, el Nilo y el Yangtsé nadie sabía nada de máquinas de vapor, vías férreas ni líneas de telégrafos. Pero el destino de estos campesinos ya se había decidido en Manchester y Birmingham, a manos del puñado de ingenieros, políticos y financieros que encabezaron la revolución industrial.” (299-300).
Hay que estar atentos a la tecnología. Cuando las religiones pierden de vista la tecnología – sean las que se reafirman en sus status o las que reniegan del mismo- pierden la importancia en la historia. Las religiones tradicionales han perdido de vista todo esto y pierden influencia en el mundo. Imaginemos a dos equipos jugando al tira y afloja de la cuerda. El primer equipo que tira de la soga es una masa de individuos que miran con nostalgia al pasado y que se rigen por los designios que vienen escritos en viejos libros sagrados. Enfrente tenemos a un puñado de innovadores que miran con ilusión al futuro y que están pendientes de cómo la inteligencia artificial afectará al mercado laboral, o cómo la medicina regenerativa influirá sobre los sistemas de pensiones. Millones de personas tiraron de la cuerda aferrados a los dogmas religiosos. Y solo unos pocos lo hicieron pensando en el ferrocarril, en el revólver Colt, en la gasolina de 63 octanos, en los ordenadores y la nanotecnología. Las religiones tradicionales siguen siendo actores importantes en el mundo, evidentemente. Pero su papel es reactivo, viven desesperados, entre lamentos e imprecaciones hacia las tecnologías y las ideas que son incapaces de comprender. Por ahora el pulso lo gana la tecnología.
El humanismo socialista de finales del XIX y comienzos del XX, el de Marx, Engels o Lenin, entendió rápidamente lo que a las confesiones religiosas se les escapaba. La importancia de comprender las realidades tecnológicas y económicas, y su tremenda incidencia sobre las experiencias humanas en la sociedad industrial que se desarrollaba a gran velocidad. Las antiguas religiones estaban basadas en unos libros sagrados escritos hace siglos por y para agricultores y campesinos. En un tiempo en el que los cambios tardaban siglos en materializarse. El humanismo socialista entendió con perspicacia que no sirven para los problemas que surgían en las sociedades industriales. La moderna religión ideológica socialista es una de las grandes triunfadoras del humanismo en los siglos XIX y XX.
“Prometieron la salvación mediante la tecnología y la economía, con lo que establecieron la primera tecnorreligión de la historia y cambiaron los cimientos del discurso ideológico” (303).
Los países que siguieron más preocupados por los dioses y sus libros que por la máquina de vapor y el comercio terminaron explotados poco después por los países que sí prestaron atención a la tecnología. Pero como la historia ya no se para, a lomos de la tecnología y a una velocidad de vértigo, la religión que no entiende el signo de los tiempos termina siendo barrida o apartada al ostracismo. Por esto, en el siglo XXI, el humanismo socialista pierde el ritmo de la historia frente al humanismo liberal y termina ejerciendo el mismo papel que las religiones confesionales tradicionales jugaron frente al socialismo en el XIX: lamentos e imprecaciones.
“El socialismo, que estaba muy al día hace cien años, no consiguió seguir el ritmo de la nueva tecnología. Leonid Brézhnev y Fidel Castro siguieron siendo fieles a las ideas que Marx y Lenin formularon en la época del vapor, y no entendieron el poder de los ordenadores y de la biotecnología. Los liberales, en cambio, se adaptaron mucho mejor a la era de la información” (304).
SIN CONTROL
1. La libertad no existe, El yo individual tampoco
I
La buena ciencia, la ciencia verdadera, no aborda cuestiones de valor. No determina si el pack liberal de la existencia es mejor o peor, más o menos deseable, que el pack socialista. No dictamina si la igualdad es preferible a la libertad, o viceversa. Tampoco dirime cuál de las confesiones a la que podemos optar es más verdadera. La ciencia sí puede entrar cuando algunas de las religiones (confesiones o ideologías) realizan declaraciones fácticas.
Los liberales afirman que es el libre albedrío lo que mueve al hombre en el mundo y la realidad. Esta es la descripción fáctica fundamental que soporta todo la construcción humanista liberal. Y la ciencia dice que no, que el libre albedrío no existe. Que no hay en el cerebro de Sapiens ninguna estructura que se llame albedrío o libertad. Lo que hay son genes, hormonas, neuronas y procesos electroquímicos. Y todo este compendio funciona mediante una mezcla todavía no cuantificada con exactitud de determinismo y aleatoriedad.
“Los procesos electroquímicos cerebrales que culminan en un asesinato son deterministas o aleatorios o una combinación de ambos, pero nunca son libres. Por ejemplo, cuando una neurona dispara una carga eléctrica, ello puede ser una reacción determinista a estímulos externos o el resultado de un acontecimiento aleatorio, como la descomposición espontánea de un átomo radiactivo. Ninguna de las dos opciones deja margen alguno para el libre albedrío. Las decisiones que se alcanzan a través de una reacción en cadena de sucesos bioquímicos, cada uno de ellos determinado por un suceso previo, no son ciertamente libres. Las decisiones que son el resultado de accidentes subatómicos aleatorios tampoco son libres. Son, simplemente, fruto del azar. Y cuando accidentes aleatorios se combinan con procesos deterministas, tenemos resultados probabilistas, pero esto no equivale a libertad. (…) Hasta donde llega nuestro conocimiento científico, el determinismo y la aleatoriedad se han repartido todo el pastel y no han dejado ni una migaja a la «libertad». La palabra sagrada «libertad» resulta ser, al igual que «alma», un término vacuo que no comporta ningún significado discernible. El libre albedrío existe únicamente en los relatos imaginarios que los humanos hemos inventado” (312-313).
Además, el libre albedrío es incompatible con la selección natural. Ahora cuesta entenderlo, pero mirando algún acontecimiento de hace varios millones de años esta afirmación se entiende rápidamente. Imaginemos a un Sapiens libre como el sol cuando amanece, andando sin rumbo por un tupido bosque prehistórico y decide comerse una seta venenosa que se le aparece como más jugosa y apetitosa; en vez de esperar a llegar a su tribu y comerse el feo y nutritivo champiñón. Ese Sapiens moriría y sus genes se extinguirían. Bromas aparte, es dudoso, por no decir imposible, que Sapiens o cualquier otro animal pudiera desarrollar genes inadecuados que le hicieran elegir comestibles venenosos en vez de comestibles nutritivos.
Llego a un cruce de caminos en el coche. Puedo tomar el carril de la derecha o de la izquierda. Unos pocos milisegundos antes de decidir conscientemente el giro de volante, una cadena de acontecimientos neurales estalla en mi cerebro. Y deseo girar a la derecha, quiero girar a la diestra y no a la izquierda. Lo he querido realmente. El error, dice Harari, está en concluir que si quiero girar es porque elegí querer girar.
“Yo no elijo mis deseos. Solo los siento, y actúo en consecuencia” (315).
No hay alma, ni tampoco libertad o libre albedrío. Lo que hay es una corriente de conciencia en la que los deseos se mueven. No hay un yo permanente que posea esos deseos. Las dudas sobre la existencia del libre albedrío, explica Harari, abre un importante campo futuro de investigación científica. Sapiens puede ser manipulado para crear sentimientos complejos –amor, ira, temor, etc.- si se estimulan determinados circuitos neuronales mediante la conexión a estimuladores transcraneales. Ésta es todavía una tecnología inmadura en posesión de un puñado de expertos, pero que hacen posible la manipulación de circuitos eléctricos neuronales. El libre albedrío no existe. El yo único e indivisible tampoco.
“Durante las últimas décadas, las ciencias de la vida han llegado a la conclusión de que este relato liberal es pura mitología. El yo único y auténtico es tan real como el alma cristiana eterna, Santa Claus y el conejo de Pascua. Si miro en mi interior más profundo, la aparente unidad que damos por sentada se disuelve en una cacofonía de voces en conflicto, ninguna de las cuales es «mi yo verdadero». Los humanos no son individuos. Son «dividuos»” (321).
II
¿Quién decide comprar un Toyota en lugar de un Mercedes, ir de vacaciones a París en lugar de a Tailandia e invertir en bonos del tesoro de Corea del Sur en lugar de en la Bolsa de Shangai? La mayoría de los experimentos han indicado que no hay un único yo a la hora de tomar ninguna de estas decisiones. Se derivan de un tira y afloja entre diferentes entidades internas que a menudo se hallan en conflicto” (324).
Harari cita varios experimentos en neurociencias recientes para afirmar que no existe un único yo. Al menos son dos: el yo experimentador y el yo narrador. El experimentador es la conciencia constante de Sapiens. Pero éste no recuerda nada. El narrador es el que posee la memoria, el que se encarga de los recuerdos, también el que se encarga de tomar las decisiones importantes y decisivas de la vida. El yo narrador toma las experiencias que le aporta el yo experimentador y monta una historia. Esta narración del relato, a su vez, modela lo que el yo experimentador siente. Ambos dos trabajan en aparente sincronía pero abundan los roces y los encontronazos.
“El yo experimentador suele ser lo bastante fuerte para sabotear los planes mejor diseñados del yo narrador. Por ejemplo, en Año Nuevo puedo tomar la resolución de empezar una dieta e ir al gimnasio todos los días. Estas grandes decisiones son el monopolio del yo narrador. Pero la semana siguiente, cuando llega la hora de ir al gimnasio, el yo experimentador toma el mando. No tengo ganas de ir al gimnasio y, en cambio, pido una pizza, me siento en el sofá y enciendo el televisor” (329).
Normalmente, Sapiens entiende que su verdadero yo no es el yo experimentador, el torrente continuo de experiencias. Solemos identificar únicamente nuestro yo como el yo narrador, ese relato continuo que no se calla en nuestra cabeza.
“Nos identificamos con el sistema interno que coge el alocado caos de la vida y lo transforma en cuentos en apariencia lógicos y consistentes. No importa que el argumento esté lleno de mentiras y lagunas, y que se reescriba una y otra vez, de manera que la narración de hoy contradice totalmente la de ayer: lo importante es que siempre conservamos la sensación de que poseemos una única identidad invariable desde el nacimiento hasta la muerte (y quizá incluso más allá de la tumba). Esto da origen a la cuestionable creencia liberal de que yo soy un individuo y poseo una voz interna consistente y clara que da sentido a todo el universo” (329-330).
El yo narrador trata de poner orden en el caos de la existencia. Dicho de otro modo, trata de controlar la corriente continua de experiencias que le entrega el yo experimentador. Es una tarea titánica que en ningún caso termina bien. Desde que tenemos uso de razón el yo narrador de Sapiens está escribiendo un relato que nunca concluye, y que tiene distintas versiones. Es agotador. Y trata de otorgar, con fanática voluntad, un sentido duradero a la vida. Y en ese tráfico de relatos y mitos, de ilusiones y fantasías el yo narrador termina causando graves daños a sí mismo o a otras personas. Lo más frecuente es que el yo narrador se aferre al relato que ha escrito. Ocurre menos veces que se pase a las versiones de otros, abandonado la historia que ha tejido. Es más, para Harari, cuando el relato deviene en problemática existencial, en fuente de gran sufrimiento o en incidente trágico, lo normal es perseverar en la propia fantasía desechando de plano abandonarla. Ya que hemos llegado hasta este punto de sufrimiento, de engaño, cómo vamos a abandonar.
“Cuantos más sacrificios hacemos para construir un relato imaginario, tanto más fuerte se vuelve el relato, porque deseamos con desesperación dar sentido a esos sacrificios y al sufrimiento que hemos causado” (331).
Sapiens necesita del autoengaño y de la fantasía para vivir. Solo las fantasías dan sentido al sufrimiento, al caos. Vivir en ese caos, en este sufrimiento a pelo, sin analgésicos existenciales ni soportes imaginarios requiere de altísimas competencias cognitivas, y eso no está al alcance de todos los Sapiens.
“Si se quiere hacer que la gente crea en entidades imaginarias tales como dioses y naciones, hay que hacer que sacrifiquen algo valioso. Cuanto más doloroso es el sacrificio, más se convence la gente de la existencia del receptor imaginario. Un pobre campesino que sacrifica un buey inestimable en honor a Júpiter se convencerá de que Júpiter existe; de otro modo, ¿cómo iba a excusar su estupidez? El campesino sacrificará otro buey, y otro, y otro más, solo para no tener que admitir que todos los bueyes previos no fueron un desperdicio. Exactamente por la misma razón, si he sacrificado un hijo por la gloria de la nación italiana o mis piernas por la revolución comunista, bastará con que me convierta en un nacionalista italiano fanático o en un comunista entusiasta. Porque si los mitos nacionales italianos o la propaganda comunista son mentira, entonces me veré obligado a admitir que la muerte de mi hijo o mi propia parálisis no han tenido sentido alguno. Pocas personas tienen estómago para admitir algo así” (333).
2. Amenazas
I
A decir de Harari, ¿cuáles son las amenazas que se nos vienen encima en este siglo XXI? Son tres los posibles peores peligros que nos acechan:
1º. Sapiens perderá su utilidad económica y militar.
2º. El Sistema necesitará humanos pero no individuos.
3º. Algunos Sapiens seguirán siendo indispensables pero solo si están mejorados.
II
Harari no entiende estas tres amenazas como profecías remotas que nos acechan sino como posibilidades reales que pueden finalmente cristalizar si el curso de los acontecimientos sigue por donde van.
“En el siglo XXI la mayoría de los hombres y las mujeres podrían perder su valor militar y económico. Ya han desaparecido los reclutamientos masivos de las dos guerras mundiales. Los ejércitos más avanzados del siglo XXI se basan mucho más en tecnología de última generación. En lugar de carne de cañón ilimitada, ahora solo necesitamos un pequeño número de soldados muy bien adiestrados, un número aún menor de superguerreros de fuerzas especiales, y un puñado de expertos que sepan producir y emplear tecnología sofisticada. Fuerzas de alta tecnología dirigidas por drones sin piloto y cibergusanos están sustituyendo a los ejércitos de masas del siglo XX, y los generales delegan cada vez más decisiones a los algoritmos.” (339).
“También en la esfera económica, la capacidad de sostener un martillo o de pulsar un botón se está volviendo menos valiosa. En el pasado eran muchas las cosas que solo los humanos podían hacer. Pero ahora robots y ordenadores nos están dando alcance, y puede que pronto nos avancen en la mayoría de las tareas.” (341).
Hasta la fecha, inteligencia y conciencia han estado conectadas. Estamos en la antesala de una gran revolución, ¿qué ocurrirá cuando la inteligencia quede desconectada de la conciencia? En un alarde de impresionante inteligencia, Sapiens está desarrollando una modalidad de inteligencia no consciente que realizará mejor las tareas que él mismo. Llegará el día en el que la inteligencia de los algoritmos no orgánicos superarán a la inteligencia del creador, y veremos qué ocurre con Sapiens.
“¿Qué es lo realmente importante: la inteligencia o la conciencia? Mientras iban de la mano, debatir su valor relativo no era más que un pasatiempo para los filósofos. Pero en el siglo XXI, esto se está convirtiendo en una cuestión política y económica urgente. Y da que pensar ver que, al menos para ejércitos y compañías comerciales, la respuesta es clara: la inteligencia es obligatoria, pero la conciencia es opcional.” (342).
¿Qué hará Sapiens cuando los algoritmos no conscientes y más inteligentes lo hagan todo mejor? Cuando los algoritmos sean capaces de ir a la guerra, comprar y vender acciones de Bolsa o diagnosticar enfermedades mejor que nosotros, ¿en qué ocuparemos nuestro tiempo? Para entonces descubriremos que el pensamiento de que los humanos tenemos algo que nos hace únicos es una ilusión, un autoengaño más de nuestro yo narrador. Dentro de unas pocas décadas los algoritmos orgánicos (o sea, nosotros) no funcionaran mejor que los algoritmos no orgánicos. Es más, estos harán tareas que la inteligencia de Sapiens nunca imaginó que podía hacer, y tomarán las decisiones que la conciencia de Sapien nunca quiso tomar.
“En la década de 1980, cuando la gente debatía acerca de la naturaleza única de la humanidad, utilizaban habitualmente el ajedrez como prueba primordial de la superioridad humana. Creían que los ordenadores nunca vencerían a los humanos en el ajedrez. El 10 de febrero de 1996, el Deep Blue de IBM derrotó al campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, con lo que se puso fin a esta afirmación concreta de la preeminencia humana.” (351).
Dentro de algún tiempo comenzaremos a valorar la posibilidad de reconocer estatus legal a entidades algorítmicas no orgánicas tal y como se le reconocen a Canadá, al Judaísmo y al Burger King. Al igual que estos no tendrán ni cuerpo ni mente, pero fundarían empresas, contratarían personal, harían inversiones, y estarían sujetas a las legalidad internacional vigente. Y esto no es una chifladura, es un paso más de los que ya están andados.
“Recuerde el lector que la mayor parte de nuestro planeta ya es propiedad legal de entidades intersubjetivas no humanas, es decir, naciones y compañías. De hecho, hace cinco mil años, la mayor parte de Sumeria era propiedad de dioses imaginarios como Enki e Inanna. Si los dioses pueden poseer tierras y emplear a personas, ¿por qué no los algoritmos?” (355).
El siglo XXI está siendo el siglo del surgimiento de una clase no trabajadora inempleable. Personas que no tendrán valor productivo ni político, porque no sabrán hacer nada de lo que mundo necesita para moverse, no tendrán los conocimientos necesarios que les hagan comprender el mundo en el que viven. Cada vez son más los empleos que son factibles de ser automatizados y puestos en manos de algoritmos no orgánicos. Y hay más, ¿qué nos hace pensar que el arte estará a salvo de los algoritmos? Es cierto que aparecerán nuevas profesiones, pero lo difícil es que Sapiens adquiera la flexibilidad y la plasticidad necesaria para adaptarse a multitud de cambios que aparecerán constantemente en el mercado laboral. Cuántos podrán soportar una vida en constante reinvención laboral (y personal): estudiante en la veintena, camarera durante los 30, corredor de seguros en los 40 y llegar a los 50 sabiendo que nada de lo anterior sirve porque lo que hacen falta son diseñadores de mundos virtuales. Lo difícil no es crear nuevos empleos, lo difícil será que un humano rinda mejor, y más barato, que un algoritmo. ¿Qué hará la gente sin trabajo, cómo se mantendrá ocupada y satisfecha, cómo podrá vivir sin perder la cordura? Eso no lo sabe nadie, ahora mismo. Pero algunos ya están haciendo advertencias.
“Algunos expertos y pensadores, como Nick Bostrom, advierten que es improbable que la humanidad padezca dicha degradación, porque cuando la inteligencia artificial supere a la inteligencia humana, sencillamente, exterminará a la humanidad. Es probable que esto lo haga la IA ya sea por miedo de que la humanidad se vuelva contra ella e intente cerrarle el grifo, ya sea en busca de algún objetivo insondable propio. Porque sería muy difícil que los humanos controlaran la motivación de un sistema más inteligente que ellos.” (358).
III
Sapiens es un algoritmo orgánico modelado por la genética y el ambiente que toma sus decisiones de modo determinista o por el azar. Por tanto, un algoritmo externo puede conocer el algoritmo de Sapiens mejor que Sapiens mismo.
“Una vez desarrollado, dicho algoritmo puede sustituir al votante, al cliente y al espectador. Entonces el algoritmo será quien mejor sepa lo que le conviene, el algoritmo siempre tendrá la razón y la belleza estará en los cálculos del algoritmo.” (360).
Sapiens va a sacrificar su intimidad y su autonomía en aras de la salud y de la seguridad. Desmantelará voluntariamente las barreras de protección de su privacidad para permitir que los algoritmos accedan a los lugares más íntimos de su ser.
“En 2008, Google puso en marcha Google Flu Trends, que rastrea los brotes de gripe mediante el seguimiento de las búsquedas de Google. El servicio se encuentra aún en fase de desarrollo, y, debido a limitaciones de privacidad, solo supervisa las palabras de búsqueda y supuestamente evita leer mensajes privados. Pero ya es capaz de detonar la alarma de gripe diez días antes que los servicios de salud tradicionales.” (367).
Nuestro yo narrador, siempre ocupado y pergeñando el relato de nuestra vida no podrá hacer sombra a los algoritmos cuando la base de datos que los hace funcionar tenga un buen tamaño. El algoritmo no se autoengaña, ni fantasea, ni busca desesperadamente un sentido a su existencia. Claro está, los algoritmos no orgánicos no siempre aciertan, trabajan con probabilidades. Pero en el momento que tome una primera decisión acertada ya estaremos abocados a pedirle que haga una segunda, y una tercera. Al acumular decisiones acertadas tendrá cada vez más autoridad. Las bases de datos aumentarán, las estadísticas tendrán más precisión que harán que los algoritmos sean más certeros. Esto no es el guión de una película de ciencia ficción que denuncia un futuro cacotópico. Está sucediendo en estos momentos, en Twitter, en Instagram, en Spotify, etc.
“En el apogeo del imperialismo europeo, conquistadores y mercaderes compraban islas y países enteros a cambio de cuentas de colores. En el siglo XXI, nuestros datos personales son probablemente el recurso más valioso que la mayoría de los humanos aún pueden ofrecer, y los estamos cediendo a los gigantes tecnológicos a cambio de servicios de correo electrónico y divertidos vídeos de gatitos.” (373).
El auge de los algoritmos no orgánicos nos lleva hasta varios escenarios posibles. Por ejemplo, que Sapiens tome las decisiones de su vida, o se relaciones con sus pares usando algoritmos. Por ejemplo, que los algoritmos sepan tanto de nosotros que terminen por modelar nuestros deseos y nos manipulen haciendo de nosotros lo que ellos dictaminen. Por ejemplo, que los algoritmos traten de manipularse unos a otros en beneficio de los intereses de sus dueños, y terminen peleándose entre ellos: Waze contra Google o Cortana contra Facebook y todos estos contra Siri o Amazon. Y nadie está forzando a Sapiens a hacer lo que hace, lo está haciendo con gusto, lo de transferir su vida entera a algoritmos no orgánicos y sus inmensas bases de datos.
“La transferencia de la autoridad de los humanos a los algoritmos se está dando a nuestro alrededor, no como resultado de alguna decisión gubernamental crucial, sino debido a una avalancha de decisiones mundanas.” (377).
IV
Puede existir, en el futuro, una división de la humanidad en clases biológicas. Y conoceremos Sapiens con capacidades inauditas y sin precedentes. Los algoritmos no orgánicos no podrán gestionar a estos superhombres. Pero, claro está, solo podrán permitírselos los muy ricos. Si nadie se hace una idea clara de esto de las clases biológicas puede ver la serie que hizo Netflix en 2018, llamada ‘Altered Carbon’.
“A lo largo de la historia, los ricos han gozado de muchas ventajas sociales y políticas, pero nunca había habido una enorme brecha biológica que los separara de los pobres. Los aristócratas medievales afirmaban que por sus venas corría sangre azul superior y los brahmanes hindúes insistían en que eran naturalmente más listos que nadie, pero esto era pura ficción. Sin embargo, en el futuro podríamos ver cómo se abren brechas reales en las capacidades físicas y cognitivas entre una clase superior mejorada y el resto de la sociedad.” (380).
Esta posibilidad amenazante comenzó con el cambio de paradigma de la Medicina. Las ciencias médicas en este siglo XXI pueden optar por dejar de centrarse en curar enfermedades y dedicarse a la mejora de los Sapiens que están sanos. Este es un proyecto elitista que concede importantes ventajas a algunos Sapiens sobre otros. ¿Qué ocurrirá cuando aparezcan los superhumanos con capacidades excepcionales?
“Si los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos dividen a la humanidad en una masa de humanos inútiles y una pequeña élite de superhumanos mejorados o si la autoridad se transfiere completamente a algoritmos muy inteligentes, el liberalismo se hundirá. ¿Qué nuevas religiones o ideologías podrían llenar el vacío resultante y guiar la evolución subsiguiente de nuestros descendientes casi divinos?” (382).
3. Humanismo tecnológico
I
La religiones del futuro surgirán de los laboratorios de investigación, esto es, serán religiones de alta tecnología.
“Estas nuevas tecnorreligiones pueden dividirse en dos clases principales: tecnohumanismo y religión de los datos” (383).
Para el tecnohumanismo Sapiens ha llegado al fin de su Historia. En su lugar habrá de desarrollarse el Homo Deus. Era un simio africano insignificante, y la revolución cognitiva transformó a Sapiens en el dueño del planeta. La segunda revolución cognitiva, la que pretende la religión tecnohumanista, dará a Homo Deus el señorío sobre ámbitos inimaginables.
“Homo Deus conservará algunos rasgos humanos esenciales, pero también gozará de capacidades físicas y mentales mejoradas que le permitirán seguir siendo autónomo incluso frente a los algoritmos no conscientes más sofisticados. Puesto que la inteligencia se está escindiendo de la conciencia y se está desarrollando a una velocidad de vértigo, los humanos deben mejorar activamente su mente si quieren seguir en la partida. (…) Mientras que Hitler y sus acólitos planeaban crear superhumanos mediante la cría selectiva y la limpieza étnica, el tecnohumanismo del siglo XXI espera alcanzar el objetivo de manera mucho más pacífica, con ayuda de la ingeniería genética, de la nanotecnología y de interfaces cerebro-ordenador.” (384).
II
La reforma de la mente humana es algo complejo, por no decir peligroso, puesto que todavía desconocemos la totalidad del espectro de los estados mentales. Los expertos suponen la existencia de una infinita variedad de estados mentales. En la actualidad los más estudiados son los estados subnormativos (trastornos psiquiátricos y enfermedades mentales) y la mente WEIRD (mentes de occidentales, educados, de países industrializados, ricos y democráticos). Sin embargo, los estados mentales superiores no han sido objeto de estudios académicos seriados y reglados.
“La revolución humanista provocó que la cultura occidental moderna perdiera la fe y el interés en los estados mentales superiores, y que sacralizara las experiencias mundanas del ciudadano medio. Por lo tanto, la cultura occidental moderna es única por carecer de una clase especial de personas que busquen experimentar estados mentales extraordinarios. Considera que quienquiera que intente hacerlo es un drogadicto, un enfermo mental o un charlatán. ” (388).
En el futuro, con todo el arsenal tecnológico que están diseñando algunos Sapiens será posible descubrirlos todos y es más que probable que ese sea un acontecimiento semejante al que protagonizó Colón en 1492: el descubrimiento de un Nuevo Mundo. El humanismo liberal va menguando, y dejando paso al tecnohumanismo. Hay aquí, latente, un grave problema: que nadie va esperar a reconocer todos los posibles estados mentales, sino que Sapiens puede lanzarse a fabricarlos.
Durante millones de años Sapiens hizo un uso exhaustivo del olfato y del gusto. Eran capaces de oler a gran distancia y de reconocer, incluso, estados emocionales. También eran capaces de paladear hasta los más pequeños matices de sabor. Los antiguos cazadores-recolectores tuvieron que ser atentos y sagaces, su vida dependía en gran medida de prestar atención al mundo. Los Sapiens de las sociedades opulentas han perdido estas capacidades olfativas y gustativas. Han perdido gran parte de la capacidad de prestar atención y la capacidad para manipular la ensoñación. Lo siguiente que perderemos es la capacidad para tolerar la confusión, las dudas y las contradicciones. Y eso, aunque lo venda como progreso no lo será.
“Podemos mejorar con éxito nuestro cuerpo y nuestra mente, al tiempo que en el proceso perdemos nuestra mente. En realidad, el tecnohumanismo podría acabar degradando a los humanos. El sistema podría preferir humanos degradados no porque posean habilidades superhumanas, sino porque carecerán de algunas cualidades humanas realmente preocupantes que obstaculizan el sistema y lo enlentecen. Como todo granjero sabe, por lo general es la cabra más inteligente del rebaño la que provoca los mayores problemas, razón por la que la revolución agrícola implicó degradar las capacidades mentales de los animales. La segunda revolución cognitiva con la que sueñan los tecnohumanistas podría hacer lo mismo con nosotros. ” (396).
Para la religión humanista los deseos eran lo que proporcionaba sentido al mundo. La religión tecnohumanista es en esto heredera del humanismo y lo que está prometiendo a Sapiens es que a partir de ahora podrá elegir sus deseos. El tecnohumanismo nos promete que nuestros deseos no nos incomodarán ni contrariarán.
“Los dramas humanistas se desarrollan cuando las personas tienen deseos incómodos. Por ejemplo, es muy incómodo que Romeo, de la casa de los Montesco, se enamore de Julieta, de la casa de los Capuleto, porque los Montesco y los Capuleto son enemigos acérrimos. La solución técnica a tales dramas es garantizar que nunca tengamos deseos incómodos. ¡Cuánto dolor y cuánta pena se habrían evitado si, en lugar de tomar veneno, Romeo y Julieta se hubieran tomado una simple píldora o se hubieran puesto el casco que habría dirigido su infortunado amor hacia otras personas! ” (399).
DATAÍSMO.
I
“El dataísmo sostiene que el universo consiste en flujos de datos, y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos. (…)Según el dataísmo, la Quinta Sinfonía de Beethoven, la burbuja de la Bolsa y el virus de la gripe no son sino tres pautas de flujo de datos que pueden analizarse utilizando los mismos conceptos y herramientas básicos. Esta idea es muy atractiva. Proporciona a todos los científicos un lenguaje común, construye puentes sobre brechas académicas, y exporta fácilmente ideas y descubrimientos a través de fronteras entre disciplinas. Por fin, musicólogos, economistas y biólogos celulares pueden comprenderse mutuamente.” (400).
Tradicionalmente, los datos fueron el primer eslabón de la cadena de la actividad intelectual. Se reunían datos para obtener información, y ésta llevaba al conocimiento. El conocimiento convertía a algunos Sapiens en sabios. El dataísmo es escéptico respecto al conocimiento humano y a la eficacia de esta forma de procesamiento. Da por hecho que Sapiens no puede hacer frente al inmenso flujo de datos de la actualidad. Poco a poco se está imponiendo un nuevo dogma científico: los organismos vivos son sistemas de procesamiento de datos. Un aguacate, un bichón maltés o un Sapiens son algoritmos. Pero también son algoritmos los sistemas complejos de seres vivos como una colmena, un cardumen de peces, una pradera submarina o una ciudad de Sapiens. No queda nada que no pueda ser expresado mediante algoritmos. En el algoritmo comienza y termina todo.
II
Capitalismo y Comunismo son dos sistemas de procesamiento de datos que compiten entre sí. El capitalismo procesa los datos mediante conexiones directas entre todos los agentes que participan del sistema y en el comunismo los datos son procesados por un único procesador central que luego toma las decisiones. En el capitalismo los datos fluyen y se esparcen, se derraman por doquier sin freno, mientras que en el comunismo los datos siempre tienen que entrar y salir por un nodo central. Evidentemente, no pueden tener la misma velocidad de funcionamiento y eficacia el capitalismo que el comunismo. Cuando la velocidad para tomar decisiones y actuar lo es todo, el comunismo fracasa estrepitosamente. “El capitalismo no derrotó al comunismo porque fuera más ético, porque las libertades individuales fueran sagradas o porque Dios estuviera enfadado con los paganos comunistas. Por el contrario, el capitalismo ganó la Guerra Fría porque el procesamiento de datos distribuido funciona mejor que el procesamiento de datos centralizado, al menos en períodos de cambios tecnológicos acelerados. Sencillamente, el comité central del Partido Comunista no pudo adaptarse al mundo rápidamente cambiante de finales del siglo XX. Cuando todos los datos se acumulan en un búnker secreto y todas las decisiones importantes las toma un grupo de ancianos apparatchiks, se pueden producir bombas nucleares a espuertas, pero no se obtendrá un Apple ni una Wikipedia” (404-405).
La Democracia y las Dictaduras autoritarias son dos sistemas de procesamiento de datos que compiten entre sí. La democracia prefiere un procesamiento distribuido mientras que las dictaduras prefieren el procesamiento centralizado. Salta a la vista las similitudes con el caso anterior. Hasta ahora el mecanismo de procesamiento de datos de las democracias superaba al de las dictaduras. Pero las condiciones del procesamiento de datos están cambiando a pasos agigantados. La velocidad de los datos será tal que las elecciones y los parlamentos quedarán obsoletos, por lentos, porque no podrán procesar datos de manera eficiente.
Un flujo de datos muy lento, en un contexto de desarrollo tecnológico escaso, favorece el procesamiento de datos de las dictaduras. Un flujo de datos alto pero en un contexto de desarrollo tecnológico lento favorece a la democracia. Un flujo de datos paroxístico en un contexto tecnológico alto no favorece ni a las dictaduras ni a las democracias. Para Harari no será la maldad del fascismo quien derribe a la democracia en el mundo, sino su propia incapacidad para leer y gestionar el altísimo flujo de datos que ella misma generará. La próxima revolución tecnológica dejará a la política sin capacidad de comprensión y asimilación, por tanto sin control sobre las sociedades. “Nuestras estructuras democráticas actuales no pueden recopilar y procesar los datos relevantes con la suficiente rapidez, y la mayoría de los votantes no conocen lo bastante bien la biología y la cibernética para formarse una opinión pertinente. De ahí que la política democrática tradicional pierda el control de los acontecimientos y no consiga proporcionarnos unas visiones de futuro significativas.” (408).
En el interior de las democracias las dos sectas humanistas, liberales y socialistas, siguen peleándose y culpándose de los males del mundo, sin reparar en la sombra que se les avecina. No solo las democracias actuales lo van pasando mal. Peor lo llevan las dictaduras que todavía existen a día de hoy, que se ven abrumadas por el alto ritmo del desarrollo tecnológico el inmenso volumen del flujo de datos. Ni parlamentos ni dictadores pueden procesar con suficiente rapidez los datos que poseen. La política como la conocemos desaparecerá a manos del dataísmo y a los gobiernos solo les quedará encomendadas las tareas de administración y gestión de los países, y no su dirección.
Esta es la conclusión a la que llega Harari: las estructuras políticas y económicas tradicionales –capitalismo y democracia- no procesan ya los datos con suficiente rapidez. Por tanto, estructuras nuevas y más eficientes surgirán y tomarán su lugar.
III
“Desde una perspectiva dataísta, podríamos interpretar a toda la especie humana como un único sistema de procesamiento de datos en el que los individuos hacen las veces de chips. En tal caso, también podríamos entender toda la historia como un proceso de mejora de la eficiencia de este sistema” (411).
El sistema de procesamiento de datos de Sapiens pasó por cuatro fases. La revolución cognitiva propició la primera de ellas: un número ilimitado de Sapiens comenzó a conectarse en una única red de procesamiento de datos. La ventaja de compartir información confirió a la humanidad una ventaja sobre otras especies. Lo que estamos diciendo, en la práctica, es que Sapiens se propagó por todo el mundo. Fuera al ecosistema que fuera Sapiens triunfó creando un inmenso crisol de culturas humanas. Esta irradiación por todo el orbe hizo que aumentara el número de procesadores humanos pero, a cambio, Sapiens perdió la conectividad con muchos de sus congéneres. Los Sapiens de África procesaban la información de modo distinto a como lo hicieron sus hermanos en los ríos de Asia, en las playas de Australia o en las montañas e Europa. Esa dispersión y esa desconexión empezaron en la segunda fase, la revolución agrícola. El trigo y el arroz facilitaron la vida de Sapiens hasta el punto de pulverizar todos los records de crecimiento demográfico. La agricultura propició la comunicación y el comercio pero todavía vivían en la desconexión. Pero hete aquí que Sapiens en un alarde de inteligencia inventa la escritura y el dinero, esta es nuestra tercera fase. Durante milenios la humanidad que se desperdigó comenzó a conectarse y a cooperar, a parecen las ciudades, los reinos y los imperios. Un gran número de procesadores de datos comenzó a conectarse de manera masiva. Toda esa conectividad eclosiona en la cuarta de las fases, que conocemos como la revolución científica, también globalización, y que comenzó en 1942. En esta fase al imponente número de procesadores, y a la múltiples interconexiones, añadimos el aumento de la libertad de movimiento de las conexiones. Acechándonos, dice Harari, tenemos ya la quinta fase, el Internet de Todas las Cosas, que será el tiempo y el lugar en el que la humanidad que conocemos se extinguirá. El dataísmo ya ha firmado la sentencia de extinción del Homo Sapiens.
IV
Para el dataísmo, Homo Sapiens es el precursor del futuro Homo Deus. Y ese homínido resultante estará dentro de un sistema total de procesamiento de datos que será como el Dios omnisciente y omnipotente que durante milenios ha regido los designios de Sapiens. La religión ha marcado toda la historia de Sapiens desde que una chispa surgió de entre los millones de impactos bioquímicos en la red neuronal de su cerebro. La vida de la humanidad ha estado marcada por las confesiones, las ideologías políticas, el humanismo, el capitalismo y el comunismo, etc. La religión del futuro que nos espera es el dataísmo, que tiene en la libertad de la información su dogma central y más importante.
“Al igual que el capitalismo, el dataísmo empezó también como una teoría científica neutral, pero ahora está mutando en una religión que pretende determinar lo que está bien y lo que está mal. El valor supremo de esta religión es el «flujo de información». Si la vida es el movimiento de información y si creemos que la vida es buena, de ahí se infiere que debemos difundir y profundizar el flujo de información en el universo.” (414).
“Como toda religión, tiene sus mandamientos prácticos. El primero y principal: un dataísta debe maximizar el flujo de datos conectándose cada vez a más medios, y produciendo y consumiendo cada vez más información. Como otras religiones de éxito, el dataísmo también es misionero. Su segundo mandamiento es conectarlo todo al sistema, incluidos los herejes que no quieren ser conectados. Y «todo» significa más que solo los humanos. Significa todas las cosas.” (415).
“No debemos confundir la libertad de información con el antiguo ideal liberal de la libertad de expresión. La libertad de expresión se concedió a los humanos, y protegía su derecho a pensar y decir lo que quisieran, incluido el derecho de mantener la boca cerrada y los pensamientos para sí. La libertad de información, en cambio, no se concede a los humanos. Se concede a la información. Además, este valor nuevo puede afectar a la tradicional libertad de expresión, al dar trato de favor al derecho de información para que circule libremente sobre el derecho de los humanos a poseer datos y a restringir su movimiento.” (416).
“Para convencer a los escépticos, los misioneros dataístas explican repetidamente los inmensos beneficios de la libertad de información. De la misma manera que los capitalistas creen que todo lo bueno depende del crecimiento económico, los dataístas creen que todo lo bueno (incluido el crecimiento económico) depende de la libertad de información.” (417).
Las otras religiones a lo largo de la historia proponían una suerte de intercambio con los Sapiens. Las confesiones, por ejemplo, a cambio de la fe y los diezmos nos facilitaban el paso a un más allá magnífico después de la vida. Las ideologías políticas, por ejemplo, a cambio de la fe y los votos nos facilitaban un ordenamiento de la sociedad según los grandes principios de cada una (libertad para los liberales e igualdad para los socialistas). El capitalismo, por ejemplo, a cambio de la fe y el consumo nos facilita un más acá lleno de productos de usar y tirar y fascinantes gadgets tecnológicos. El dataísmo, a cambio de la fe y de nuestra privacidad, programará nuestra vida facilitando la resolución de tareas que hasta ahora nos parecían farragosas.
V
En la religión humanista liberal el arte de Picasso es un logro individual, como lo es la publicación en Nature (1953) por Watson y Crick de la estructura del ADN o como lo es también el último éxito de ventas de Gómez-Jurado. Para la religión dataísta los logros del futuro serán colectivos. No será el individuo sino el Cerebro Global el que marque los objetivos. El modelo Wikipedia se terminará imponiendo y con esto la mente de enjambre, similar a la de los Borg de Star Trek. Cada Sapiens será un chip diminuto dentro de un sistema tan grande que nadie podrá entender su totalidad. Y en este incesante flujo de datos las invenciones y disrupciones emergen sin que nadie las planee, las controle o las comprenda. No ha lugar a una teoría de la conspiración en la que un grupo de horribles capitalistas se junta en la sombra y controlan el mundo. Esto puede seguir sirviendo con efectividad para una buena película de James Bond, y que nos tenga entretenidos un par de horas con persecuciones por lugares paradisíacos y chicas de belleza arrolladora.
“La religión de los datos sostiene ahora que todas y cada una de tus palabras y actos forman parte del gran flujo de datos, que los algoritmos te observan constantemente y que les importa todo lo que haces y sientes. Esto gusta mucho a la mayoría de la gente. Para los verdaderos creyentes, estar desconectado del flujo de datos supone arriesgarse a perder el sentido mismo de la vida. ¿Qué sentido tiene hacer o experimentar algo si nadie se entera y si no aporta algo al intercambio global de información?” (419-420).
El valor de las cosas no está en el interior del sujeto que las vive. Para el dataísmo el valor de las cosas está en conectarnos, registrarnos y, luego, compartirlas. Si no se puede compartir, subir, postear o tuitear no vale la pena de ser vivido. Todas nuestras experiencias serán convertidas en datos y algún algoritmo descubrirá el sentido y nos dirá qué hacer, pensar o sentir. A finales del s. XX los turistas japoneses recorrían el mundo armados con sus cámaras Nikon, haciendo fotos de todo lo que se movía. Se convirtió en un cliché de los viajes, era objeto universal de risa. Ahora es una práctica corriente de todo Sapiens que sale de su casa, no despegar el smartphone de su mano y compartir en redes sociales lo que fotografía.
“Cuando el automóvil sustituyó al carruaje tirado por caballos, no mejoramos los caballos: los retiramos. Quizás sea hora de hacer lo mismo con Homo Sapiens” (422).
El dataísmo no es una religión confesional, ni liberal ni socialista, tampoco es humanista. El dataísmo está abriendo su propia categoría religiosa, en la que Sapiens tarde o temprano sobrará. No es la primera vez que en la historia de la humanidad que ocurre algo semejante. En el s. XVIII los humanistas ilustrados determinaron que Dios era un producto de la mente humana y que ya podíamos dejar de hacerle caso y centrarnos en otra cosa. Es muy posible que en este s. XXI los dataístas determinen que Sapiens es el producto de un algoritmo poco eficiente y que podemos dejar de hacerle caso y centrarnos en otra cosa.
Del teocentrismo al homocentrismo y de ahí al datacentrismo. Y nos parecerá hasta lógico, ¿por qué? Nos hemos acostumbrados a creer solo en lo que se nos evidencia de modo claro y contundente. Y no habrá nada más claro ni contundente que lo que nos hace el dataísmo: saber perfectamente cómo nos sentimos, qué queremos votar realmente, o qué queremos hacer con nuestro dinero. El dataísmo nos conocerá mejor que nosotros mismos. El lenguaje religioso, confesional e ideológico, se terminaba perdiendo en un mar de interpretaciones y puntos de vista que creaban discrepancias por doquier. Un día de estos, algún algoritmo de nombre extraño manejando cantidades astronómica de datos pronosticará con exactitud divina lo que ocurrirá y, lógicamente, habrá que creer en sus designios.
El dataísmo tiene una comprensión cada vez mayor de los procesos de toma de decisiones pero adoptando una concepción sesgada de la vida. Es dudoso que la vida pueda reducirse al mero flujo de datos; es dudoso, igualmente, que la vida pueda reducirse a la toma de decisiones. Y sin embargo aquí estamos, viendo como el dataísmo se apodera poco a poco del mundo.
“Muchas religiones previas alcanzaron una enorme popularidad y poder a pesar de sus errores fácticos. Si el cristianismo y el comunismo lo consiguieron, ¿por qué no el dataísmo? Las perspectivas del dataísmo son especialmente buenas, porque en la actualidad se está propagando por todas las disciplinas científicas. Un paradigma científico unificado puede convertirse fácilmente en un dogma irrefutable.” (428).
La vida en la actualidad no es menos caótica que en la Perestroika, en el Egipto faraónico, o en tiempos en los que cazadores-recolectores salían a buscarse las habichuelas por las sabanas africanas. El futuro no está escrito, para ninguno de todos esos Sapiens que estuvieron allí. Lo que dice Harari es que hay más posibilidades abiertas de las que están descritas en el libro, que todo lo que ha explicado son hipótesis posibles no profecías.
“El mundo está cambiando más deprisa que nunca, y nos vemos inundados por cantidades imposibles de datos, de ideas, de promesas y de amenazas. Los humanos ceden su autoridad al libre mercado, al conocimiento masivo y a algoritmos externos debido en parte a que no pueden abarcar el diluvio de datos. En el pasado, la censura funcionó al bloquear el flujo de la información. En el siglo XXI, la censura funciona avasallando a la gente con información irrelevante. La gente, simplemente, no sabe a qué prestar atención, y a menudo pasa el tiempo investigando y debatiendo asuntos secundarios. En tiempos antiguos, tener poder significaba tener acceso a datos. Hoy en día, tener poder significa saber qué obviar” (430).