Documentos básicos
Vídeo de la clase (Documento 1) contraseña: cuentos
Sinopsis (Documento 2)
Imágenes (Documento 3)
Documentos complementarios
Ensayo de una definición de Mito. M. Eliade (Documento 4)
El mito. T. Martín (Documento 5)
Un mundo inmenso para explorar. J. Kelen (Documento 6)
El mundo como laberinto. V. Cirlot. (Documento 7)
Los personajes de la Odisea. E. d’Hooghvorst (Documento 8)
Dos cuentos. J. L. Borges / J. de Vilafañe (Documento 9)
Los hilos que unen la Tierra con el Cielo. Varios autores (Documento 10)
RESUMEN DEL VIDEO
“HABÍA UNA VEZ...” Teresa Martín (Documento 2: Sinopsis)
Con esta fórmula la imaginación accede a un espacio-tiempo simbólico. Las primeras narraciones se remontan a los mitos: dioses que habitan en el cielo y héroes que viajan en busca de un tesoro oculto que se encuentra en sí mismos. Había una vez... es la fórmula mágica para que la imaginación acceda a un tiempo y a un lugar inalcanzables y sin embargo existentes muy dentro del tiempo y el espacio del ser humano. El nacimiento de las primeras narraciones se situaría simbólicamente en un tiempo indeterminado del mundo original, unas historias que en realidad son una, multiplicada en el caleidoscopio de los narradores. El arte de contar se remonta a los mitos, palabra griega que significa aquello dicho, lo que se dice; así, el mito se mezcla con el logos y la narración se echa a andar. El mito se plantea como una pregunta y una respuesta: ¿cuál es el origen de todas las cosas? ¿Qué significa la sucesión de los días y de las noches? Cada respuesta es un relato de un orden anterior al mundo actual y que explica la naturaleza de las cosas: la historia de un dios que desde su eternidad habla, engendra, ordena, modela, y crea el mundo; dioses que recorren el cielo con su luz hasta hundirse en la sombra, para renacer con todo su esplendor después de esa aparente muerte en que dejan paso a un cielo sembrado de señales luminosas... Y héroes que viajan en busca del origen o de un tesoro oculto y, en definitiva del reconocimiento de su propia identidad. (Ver documento 4). Los mitos se hallan situados en el mundo de las esencias y tienen un carácter sagrado, narraciones simbólicas situadas “en los comienzos”, es decir, en un tiempo original, distinto de la duración en que transcurre nuestra existencia cotidiana, que se manifiesta en la fórmula con que comienzan los cuentos: “había una vez”.
La narración transcurre en aquella lejanía que restaura el tiempo sacro, por contraste, el tiempo profano queda simbólicamente suspendido, mientras que narrador y auditorio se introducen en una especie de representación de la eternidad, que no otra cosa es el tiempo de los cuentos. La recreación de los hechos que acontecen a dioses y héroes, tiene para los narradores y los receptores un sentido catártico, ya que reproducen de forma simbólica los sentimientos, las pasiones, las búsquedas que a todos nos conciernen. Y el auditorio siente que sus miedos se liberan en las aventuras de los personajes. Aquellas primeras narraciones, aparentemente lineales, tenían una estructura compleja, pues emanaban de un conocimiento intuitivo del ser humano, cuya existencia en sí es un misterio que asume los misterios del mundo que lo rodea y del que forma parte. (Ver documento 5). La topología de los cuentos cuenta con una geografía sutil:
El cielo, habitado de criaturas luminosas, que en ciertos momentos se cierra en oscuridades incomprensibles.
La tierra, con el silencio de las montañas y el bullicio de la vida vegetal. Los animales, que en la memoria lejana del hombre revivían en los nombres asignados por éste en los tiempos míticos del Paraíso Terrenal.
El nacimiento de la vida, y la muerte que alimenta un renacer constante.
Y detrás de todo, algo que permanece y sostiene ese fluir más allá de toda explicación posible: el misterio de las cosas eternas.
Todo está preparado para que de las matrices de la mente humana, que se nutre de las necesidades colectivas, surjan estas narraciones.
Un breve ensayo de Jorge Luis Borges, “Los cuatro ciclos” propone cuatro esquemas que, según el autor, se cumplen cada vez que acontece el hecho narrativo:
1. El primero se refiera a la defensa de una ciudad. Los defensores saben que su batalla es inútil, los siglos fueron agregando pátinas de magia a etsas historias, haciéndolas heróicas.
2. El segundo, vinculado al primero, es el del regreso. Ejemplificada con la Odisea de Homero, el viaje de vuelta de Ulises.
3. El tercero es el de una búsqueda.
4. El último es el del sacrificio de un dios. Cristo es crucificado por los romanos, Prometeo es condenado por entregar el fuego a los humanos. el mito del sacrificio es común a todas las mitologías. Borges añade que “cabe mencionar esos libros en los que el interés no radica en la trama, sino en la variación, en el cambio de múltiples tramas [...] que sólo son apariencia de un reducido número de tramas esenciales”. Estas fórmulas pueden aplicarse, como veremos, a cada pieza narrativa, sea oral, escrita o visual. Nos detendremos en el ciclo de los viajes.
El esquema del viaje reproduce un viaje ideal que es la propia vida humana y se manifiesta a lo largo de la historia en poemas heroicos, cuentos, novelas, leyendas, fábulas. La vida, entre la partida que es el nacer y la llegada que es el morir, es viaje, camino. Toda narración parte de un estado habitual, ese “había una vez” donde viven los personajes en un tiempo verbal imperfectivo (había, era, estaba, vivía...), que se rompe con un acontecimiento: “pero sucedió aquel día que”, desencadenante de una suma de hechos que constituyen la acción, en cuyo relato predomina el tiempo perfecto (salió, encontró, padeció, llegó...) y desemboca en un acontecimiento final que sitúa a los personajes en un nuevo estado de quietud para emprender nuevas aventuras o para terminar definitivamente, alcanzando la plenitud o la muerte. (Ver documento 6).El primer acontecimiento consiste en la salida del espacio protegido al mundo exterior. La naturaleza acechante y prometedora, generalmente representada por el espacio del bosque, depositario de misterios y mensajes que deberán ser descubiertos, acoge y atrapa al héroe, cuando éste emprende el camino de aprendizaje que lo llevará al conocimiento de sí mismo y del sentido de su vida. Pero antes deberá ir superando pruebas cada vez más difíciles, algunas que lo llevarán hasta los límites de la muerte. Aparecerán enemigos intentando impedir que cumpla su objetivo, pero también encontrará ayuda de fuerzas benéficas que le otorgarán ciertos poderes para permitirle afrontar los avatares más peligrosos. Recordemos algunos viajes que nos cuentan voces intemporales y se reescriben a lo largo de la historia en cuentos, novelas, teatro, películas... La gran peregrinación de la humanidad es el fundamento de la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento: comienza en el Génesis, la Creación a través de la Palabra y termina en el Apocalipsis, la revelación al final de los tiempos. En medio, todo el trayecto humano, jalonado de luchas, viajes, meditaciones, sapiencia, muerte y resurrección. (Ver documento 7).
El esquema primordial, salida, guerra y viaje de retorno, sustenta el viaje de Ulises regresando a Itaca... el objetivo es volver a casa, y al mismo tiwempo nos atrae la aventura del personaje. El viaje de Ulises es, en cierto modo, un viaje de expiación por su responsabilidad en el asedio y caída de Troya. Pero la Odisea es, sobre todo, el viaje de conocimiento donde cada personaje es una alegoría alquímica (Ver documento 8). En este sentido, si bien la llegada a Itaca es la culminación de toda su aventura, lo más importante ha sido el camino como Kavafis apunta en su poema, ese andar itinerante, en que debe someterse a las pruebas que los dioses le tiene preparadas en el mar y en islas y pueblos: presencia de ninfas y de cíclopes, tempestades y naufragios. El deseo de retorno, que late en lo más hondo del ser humano como un encuentro final con el paraíso perdido y prometido, crea un sentimiento de nostalgia al vislumbrar lo inalcanzable desde la andadura en el tiempo donde se siente prisionero. Pero el camino, con todos sus avatares, va revelando al héroe distintos secretos de sí mismo, y al término de su viaje se habrá enriquecido con las experiencias vividas que lo fueron llevando a componer su enteridad como condición para acceder al paraíso perdido.
En el cuento “El nadador” de John Cheever, el trayecto, en cambio, consiste en la revelación de la condición del personaje, que, en el camino de regreso, descubre quién es, cuando llega agotado, envejecido, a su casa y se enfrenta a la ruina, en medio del vacío, el frío y la noche. Cada una de las piscinas en donde nadará el protagonista en su camino a casa es un paso simbólico hacia la Verdad, mientras va pasando un tiempo irreal que lo lleva del verano al invierno y de la madurez a la vejez, a la decadencia y a la muerte, en un solo día. Es necesario andar siempre, no ya para regresar al origen, sea éste el Paraíso o el Infierno, sino para encontrar el tesoro, es decir, la felicidad, que, en realidad, no está en las riquezas materiales, sino en el corazón del héroe. El viaje que el héroe emprende en busca de un tesoro, ya sean riquezas materiales, ciudades fabulosas, jardines maravillosos, o el viaje de regreso al paraíso perdido, simboliza el deseo más profundo del reconocimiento de sí mismo, del encuentro con la propia identidad, después de haber superado las pruebas que se presenten en ese trayecto. Es ilustrativo al respecto aquel cuento del que hay diversas versiones: el del hombre que en un sueño recibe la orden de dirigirse a un lejano reino para apoderarse de un tesoro oculto y que finalmente lo encuentra en su propia casa. (Ver documento 9).
Los sueños tienen una función especial en el viaje hacia ese tesoro oculto, pues en ellos hay una revelación que dará principio a la aventura de iniciación al conocimiento, ya sea a través de una orden, como en este caso, o mediante una visión. Asimismo, después de la salida del espacio protegido de la casa, el héroe entra en ese otro espacio protegido del sueño del que saldrá con la fuerza necesaria para afrontar las incertidumbres del camino. Pero también en el sueño están las claves necesarias que guían el camino del viajero. Sin moverse de su espacio, el soñador puede recorrer mundos para regresar al sitio desde donde sueña, con la sabiduría del descubrimiento.
Un cuento de Javier de Villafañe, “Los sueños del sapo”, muestra con encanto y poesía esta aventura hacia sí mismo. Seis sueños, y el séptimo, el definitivo, será con el que se cumple el ciclo completo de la sabiduría, es decir de la revelación de la propia identidad, que el sapo comparte con todo su auditorio: oyentes, y, en nuestro caso, lectores. La actividad de contar es parte de la vida, por no decir que constituye la vida misma. La existencia humana es un cuento incluido en el largo relato de la historia de la humanidad. Progresión o círculo, la estructura de la narratividad vital se proyecta en formas concebidas por la capacidad fabuladora que define a los seres humanos como hacedores de fantasías. Por este motivo, los cuentos no sólo contienen aventuras que simbolizan la peripecia humana, sino que ellos mismos son viajeros del tiempo y del espacio. Recorren aldeas, pueblos, países, culturas y transitan por la historia, adoptando los ropajes de cada época como apuntó Ana María Matute en uno de sus escritos:
Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.
He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.
Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.
Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino!
Mi abuela me contaba, cuando yo era pequeña, la historia de la Niña de Nieve. Esta niña de nieve, en sus labios, quedaba irremisiblemente emplazada en aquel paisaje de nuestras montañas, en una alta sierra de la vieja Castilla. Los campesinos del cuento eran para mí una pareja de labradores de tez oscura y áspera, de lacónicas palabras y mirada perdida, como yo los había visto en nuestra tierra. Un día el campesino de este cuento vio nevar. Yo veía entonces, con sus ojos, un invierno serrano, con esqueletos negros de árboles cubiertos de humedad, con centelleo de estrellas. Veía largos caminos, montañas arriba, y aquel cielo gris, con sus largas nubes, que tenían un relieve de piedras. El hombre del cuento, que vio nevar, estaba muy triste porque no tenía hijos. Salió a la nieve, y, con ella, hizo una niña. Su mujer le miraba desde la ventana. Mi abuela explicaba: «No le salieron muy bien los pies. Entró en la casa y su mujer le trajo una sartén. Así, los moldearon lo mejor que pudieron.» La imagen no puede ser más confusa. Sin embargo, para mí, en aquel tiempo, nada había más natural. Yo veía perfectamente a la mujer, que traía una sartén negra como el hollín. Sobre ella la nieve de la niña resaltaba blanca, viva. Y yo seguía viendo, claramente, cómo el viejo campesino moldeaba los pequeños pies. «La niña empezó entonces a hablar», continuaba mi abuela. Aquí se obraba el milagro del cuento. Su magia inundaba el corazón con una lluvia dulce, punzante. Y empezaba a temblar un mundo nuevo e inquieto. Era también tan natural que la niña de nieve empezase a hablar… En labios de mi abuela, dentro del cuento y del paisaje, no podía ser de otro modo. Mi abuela decía, luego, que la niña de nieve creció hasta los siete años. Pero llegó la noche de San Juan. En el cuento, la noche de San Juan tiene un olor, una temperatura y una luz que no existen en la realidad. La noche de San Juan es una noche exclusivamente para los cuentos. En el que ahora me ocupa también hubo hogueras, como es de rigor. Y mi abuela me decía: «Todos los niños saltaban por encima del fuego, pero la niña de nieve tenía miedo. Al fin, tanto se burlaron de ella, que se decidió. Y entonces, ¿sabes qué es lo que le pasó a la niña de nieve?» Sí, yo lo imaginaba bien. La veía volverse blanda, hasta derretirse. Desaparecería para siempre. «¿Y no apagaba el fuego?», preguntaba yo, con un vago deseo. ¡Ah!, pero eso mi abuela no lo sabía. Sólo sabía que los ancianos campesinos lloraron mucho la pérdida de su pequeña niña.
No hace mucho tiempo me enteré de que el cuento de la Niña de Nieve, que mi abuela recogiera de labios de la suya, era en realidad una antigua leyenda ucraniana. Pero ¡qué diferente, en labios de mi abuela, a como la leí! La niña de nieve atravesó montañas y ríos, calzó altas botas de fieltro, zuecos, fue descalza o con abarcas, vistió falda roja o blanca, fue rubia o de cabello negro, se adornó con monedas de oro o botones de cobre, y llegó a mí, siendo niña, con justillo negro y rodetes de trenza arrollados a los lados de la cabeza. La niña de nieve se iría luego, digo yo, como esos pájaros que buscan eternamente, en los cuentos, los fabulosos países donde brilla siempre el sol. Y allí, en vez de fundirse y desaparecer, seguirá viva y helada, con otro vestido, otra lengua, convirtiéndose en agua todos los días sobre ese fuego que, bien sea en un bosque, bien en un hogar cualquiera, está encendiéndose todos los días para ella. El cuento de la niña de nieve, como el cuento del hermano bueno y el hermano malo, como el del avaro y el del tercer hijo tonto, como el de la madrastra y el hada buena, viajará todos los días y a través de todas las tierras. Allí a la aldea donde no se conocía el tren, el cuento caminando.
El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.
El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.
Hemos comenzado con la fórmula tradicional para entrar en el mundo del cuento, y, llegados al final, tenemos que dar fin a nuestra reflexión con la fórmula de cierre, que nos devuelve al mundo cotidiano, con un caudal de maravillas y de secretos que nos muestran, tal vez, una imagen de quiénes somos: Y aquí se acaba este cuento, como me lo contaron te lo cuento.