TEMA 2. PENSANDO Y RERPRESENTANDO EVOLUCIÓN
2.1. Teorías evolutivas.
2.- MITOS PRIMITIVOS SOBRE LOS ORÍGENES.
Algunas culturas primitivas contemporáneas atribuyen poderes sobrenaturales a rocas, montañas, viento, tormentas, ríos, océanos, y a veces en estos fenómenos naturales la fuente en la que se originan los animales e incluso los seres humanos. En base a esto podemos suponer que ciertas culturas avanzadas de la antigüedad como son las de China, Sumeria, Babilonia y Egipto habrían adquirido conocimientos extensos sobre los animales y las plantas y concebido mitos sobre sus orígenes. Algunos filósofos de la Grecia clásica especulaban y proponían mitos diversos para explicar el origen de los seres vivos pero con poca relación con las ideas modernas de parecido propósito.
Más cercanas a las ideas evolucionistas modernas están algunas propuestas de los Padres de la Iglesia dentro de la Iglesia cristiana primitiva. San Gregorio Nancianeno (Siglo IV) y San Agustín (s. IV y V) sostienen que no todas las especies de plantas y animales fueron creadas desde el principio por Dios; algunas se han desarrollado en tiempos más recientes a partir de otras especies o de “semillas” de creación divina. Lo significativo de estas ideas no está en el grado en que anticipan ideas evolucionistas, sino en el hecho de que estos autores no encuentran razones religiosas que vayan en contra de la evolución. Esta actitud aparece de nuevo en la Edad Media, particularmente en los escritos de los dos grandes teólogos cristianos medievales: San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino (siglo XIII).
Hacia finales del siglo XIV, con el Renacimiento, se inicia una nueva actitud hacia la naturaleza que la hace objeto de observación directa más allá de la reflexión filosófica prevaleciente durante la Edad Media. La revolución copernicana en la astronomía es fruto de esta actitud, que conduce a los grandes descubrimientos y leyes de Ticho Brahe, Kepler, Galileo y Newton. Los estudios de historia natural y geología contribuyen a preparar los cimientos conceptuales sobre los cuales emergen las ideas evolucionistas:
Por un lado, resulta evidente la gran diversidad de animales y plantas y el hecho de que todos ellos pueden clasificarse de manera jerárquica, agrupándolos con arreglo a su mayor o menor semejanza. Por otro lado, la geología descubre fósiles abundantes y a veces extraños, dando lugar así a la idea de tiempo profundo, incompatible con los pocos miles de años implicados en la narrativa bíblica de la Creación.
En el pensamiento ilustrado del siglo XVIII, surge una idea importante en el contexto de la vida social y económica la idea de progreso (en pensadores como Diderot, Buffon). Pero esta fe en el progreso no les lleva a concebir o defender una teoría de la evolución. El matemático Moreau de Maupertuis admite la generación espontánea y la extinción de especies, pero no propone una teoría de evolución, es decir, la transformación de una especie en otra por medio de causas naturales. Algo que si propone el naturista conde de Buffon en su obra “Historia natural”: según él, los organismos de las especies diversas aparecen por generación espontánea, como consecuencia de la asociación de moléculas orgánicas, de manera que puede haber tantos tipos de animales y plantas como combinaciones viables de tales moléculas. En Inglaterra, el médico Erasmus Darwin (abuelo de Charles Darwin) especuló sobre la transmutación de las especies vivientes, pero no desarrolló en detalle ninguna teoría evolucionista.
Mucho más importante es la influencia del botánico sueco Linneo, autor del sistema jerárquico para la clasificación de plantas y animales que, modernizado, aun está en uso. Linneo mantiene la estabilidad de las especies, que es una idea central de su sistema. Pero la organización jerárquica que diseñó contribuyó de una manera importante a la aceptación del concepto de descendencia común y divergencia gradual, dado que estos conceptos implican la existencia de relaciones jerárquicas de parentesco y diferenciación.
Cabe destacar la importancia que tuvo en las ideas evolucionistas de Darwin y de sus predecesores en los siglos XVIII y XIX los descubrimientos de restos fósiles (la mayoría pertenecientes a animales que ya no existen en tiempos actuales) y la interpretación que se les dio. El anatomista francés Georges Cuvier descubrió numerosos fósiles y los analizó con gran detalle, haciendo notar que a menudo se encontraban en niveles superpuestos, de manera que los fósiles de un nivel eran diferentes de los encontrados en el nivel contiguo. La interpretación que dio Cuvier de ese hecho fue la del testimonio de unas grandes catástrofes que habían tenido lugar en la historia de nuestro planeta y que serían las responsables de la extinción de faunas completas, reemplazadas luego por especies de nuevo creadas por Dios.
Charles Lyell propuso una explicación diferente los procesos geológicos tienen lugar de manera gradual y continua, gobernados siempre por leyes constantes. Los cambios en apariencia grandes observados en la transición de un estrato geológico a otro serían el resultado de la acumulación de los mismos procesos existentes en la actualidad, como los de la lluvia y la erosión, las erupciones volcánicas, las inundaciones y otros fenómenos similares.
2.2. Representaciones e imágenes de la evolución humana.
LAMARK.
El gran naturalista francés Lamark (siglos XVIII-XIX) aceptaba la perspectiva ilustrada de su tiempo de que los organismos vivientes representan una progresión de menos avanzados a más, con los humanos en la cumbre del proceso. A partir de esa idea, Lamark propuso la primera teoría de la evolución biológica detallada, extensa y consistente (aun cuando con posterioridad se demostró que era errónea). Parte para ello de dos fenómenos que, según él, son observables con claridad en el mundo biológico:
√ Que los animales existen en una serie gradual de perfección que va desde los organismos más simples a los más complejos, para culminar en la especie humana.
√ La existencia de una gran diversidad de organismos, que parecen satisfacer todas las posibilidades intermedias posibles entre unos y otros. La explicación de Lamark sostiene que los organismos evolucionan de manera necesaria a través del tiempo, en un proceso que pasa de continuo de formas simples a otras más complejas. La transición de una especie a otra es en extremo lenta y, por ello, imperceptible.
Junto al proceso necesario de evolución ascendente, se dan ciertas modificaciones en los organismos por el hecho de que éstos se adaptan a su ambiente a través del cambio de los hábitos. El uso de un miembro o un órgano lo refuerza; el desuso le lleva a su eliminación gradual. Estas características adquiridas por uso y desuso se heredan. Esta idea, más tarde llamada “herencia de caracteres adquiridos”, fue rechazada por Weismann a finales del siglo XIX, y es incompatible con la genética moderna y la biología molecular. Pero aun así, la teoría de Lamark contribuyó de manera importante a la aceptación gradual de la evolución biológica.
DARWIN Y LA REVOLUCIÓN DARWINIANA.
El fundador de la teoría moderna de la evolución es Charles Darwin (siglo XIX). En su viaje a través del mundo recolectó numerosos especímenes de plantas y animales en las costas de Sudamérica, Australia y muchos archipiélagos del Pacífico. El descubrimiento en Argentina de huesos fósiles de grandes mamíferos extinguidos y la observación de numerosas especies de pinzones en las islas Galápagos se incluyen entre los acontecimientos que llevaron a Darwin a interesarse por el problema de cómo se originan las especies.
En 1859 publicó “El origen de las especies”, tratado que exponía la teoría de la evolución y que describía el papel de la selección natural en determinar su curso y dar lugar al diseño de los organismos. De este modo, Darwin inauguró una nueva era en la historia cultural de la humanidad, completando la revolución copernicana surgida en los siglos XVI y XVII con los descubrimientos de Copérnico, Galileo y Newton, que marcaron los principios de la ciencia moderna.
Esos descubrimientos no solo supusieron el cambio de ciertas concepciones particulares tales como la noción de la Tierra como centro del universo, sino que tomadas en su conjunto, llevan a la concepción de que el universo es un sistema de materia en movimiento gobernado por leyes inmanentes. Su funcionamiento deja de ser atribuido a la inefable voluntad del Creador y pasa al dominio de la ciencia, que es la actividad intelectual que trata de explicar los sucesos del universo por medio de causas naturales. El ámbito de ese cambio por lo que hace a los seres vivos se debe a Darwin.
Darwin demostró que los organismos evolucionan; que los seres vivientes, incluido el hombre, descienden de antepasados muy diferentes de ellos; que las especies están relacionadas entre si porque tienen antepasados comunes. Aunque más importante que las evidencias acerca de la evolución resulta el que Darwin diese una explicación causal del origen de los organismos. Tal explicación es la teoría de la selección natural . Con ella, extiende al mundo orgánico el concepto de naturaleza derivado de la astronomía, la física y la geología: la noción de que los fenómenos naturales pueden ser explicados como consecuencias de leyes inmanentes, sin necesidad de postular la presencia de agentes sobrenaturales.
Antes de Darwin, las adaptaciones y la diversidad de los organismos eran aceptadas como hechos sin explicación científica: se atribuían a la sabiduría omnisciente de Dios, que creó a todas las criaturas y al hombre a su imagen y semejanza. Le dio ojos para que pudiera ver y a los peces agallas para que pudieran respirar en el agua. Y los teólogos del Medievo afirmaban, por tanto, que el diseño funcional de los organismos manifestaba la existencia del Creador. Darwin aceptaba la organización funcional de los seres vivos: los organismos están adaptados para vivir en sus ambientes (el pez en el agua, la cebra en la pradera y la lombriz en el intestino) y tienen órganos específicamente diseñados para llevar a cabo ciertas funciones (agallas para respirar en el agua, patas para correr, alas para volar), pero da una explicación natural de tal organización.
La selección natural: controversias.
Darwin sostiene que hay una lucha por la existencia, ya sea entre individuos de una misma especie o de especies distintas o con las condiciones físicas de la vida. En esa lucha por la vida van surgiendo variaciones en los organismos, que pueden provocar una ventaja sobre otros, con lo cual aquellos aumentan sus posibilidades de sobrevivir y reproducir la especie. En cambio, toda variación perjudicial será rigurosamente eliminada. Esta conservación de las variaciones favorables a los individuos y la destrucción de las que son perjudiciales es lo que llamó “selección natural”.
El punto de partida es la observación de varios hechos:
- existencia de variaciones hereditarias.
- Sólo una fracción de los organismos sobreviven hasta su madurez y se reproducen; la mayoría de ellos muere sin dejar descendencia.
Los organismos que poseen unas variantes hereditarias más ventajosas tendrán una probabilidad mayor de sobrevivir y reproducirse que los organismos carentes de ellas. En consecuencia, el proceso de la reproducción a través de las generaciones llevará al aumento gradual de las variantes hereditarias beneficiosas y a la eliminación de las variantes desventajosas.
La publicación de “El origen de las especies” tuvo un gran impacto en la sociedad de su tiempo. Científicos, políticos, clérigos y notables de todo tipo discutían negando o defendiendo las ideas de Darwin. La objeción principal que se realizó es que esas teorías se oponían a la explicación del diseño en el universo y en particular al diseño de los seres vivos, por medio de causas naturales, ya que de aceptarse tal explicación, Dios quedaría reducido en el mejor de los casos al papel de Creador del mundo original y de sus leyes inmanentes en vez de ser responsable de la configuración y operaciones de los organismos y del resto del universo.
El naturalista Alfred Russell Wallace descubrió la idea de la selección natural independientemente de Darwin. Pero la idea de la selección natural se atribuye más a este último porque desarrolló la teoría con mucho más detalle, presentó más evidencias a su favor y fue el principal responsable de su aceptación general. La teoría de Wallace difiere de la de Darwin en algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, Wallace niega que la selección natural sea suficiente para dar cuenta del origen del hombre, fenómeno que requiere de una intervención divina directa.
Un contemporáneo de Darwin, Herbert Spencer (biólogo y filósofo), tuvo una considerable influencia hacia finales del siglo XIX y principios del siglo XX, convirtiéndose en uno de los defensores más radicales de las teorías evolutivas y popularizó varias expresiones, como la de “la supervivencia del más apto”. Spencer extendió la teoría darwiniana a ciertas especulaciones sociales y metafísicas, y al final, sus ideas dañaron considerablemente la comprensión adecuada y la aceptación de la teoría de la evolución por selección natural (en privado, Darwin despreciaba las especulaciones de Spencer).
Entre las muchas ideas de Spencer, la más perniciosa de todas fue la extrapolación de la noción de “lucha por la existencia” a la economía y sociedad humanas, dando lugar a lo que se conoce hoy como darwinismo
Las teorías sintéticas: el Neodarwinismo.
La dificultad más seria con que se enfrentaba el darwinismo original para imponer sus tesis era la carencia de una teoría de la herencia que pudiera dar cuenta de la reproducción, generación tras generación, de las variaciones sobre las que actúa la selección natural. Las teorías de la herencia aceptadas en aquellos tiempos proponían que las características de los progenitores se mezclan en los hijos y fue esa la teoría aceptada por Darwin. Pero algunos de los críticos no dejaron de advertir que, si la herencia es del tipo “mezclado”, la variabilidad disponible se reduce de tal forma que puede convertir en inviable la selección natural.
El eslabón que faltaba para completar la cadena del argumento darwiniano era el de la genética mendeliana. Durante la década de los sesenta del siglo XIX, mientras el impacto de la teoría de Darwin comenzaba a sentirse en varios países, el monje agustiniano Gregor Mendel llevaba a cabo experimentos con guisantes en el jardín de su monasterio en Brunn (Chequia), formulando Mendel los principios fundamentales de la teoría de la herencia (vigente aun hoy en día).
La teoría mendeliana da cuenta de la herencia biológica a través de pares de factores (a los que ahora llamamos genes) heredados uno de cada progenitor, que no se mezclan sino que se separan uno del otro en la formación de las células sexuales o gametos. Demostró que los caracteres hereditarios, al contrario de lo que Darwin pensaba, eran transmitidos de generación en generación como características estables, pudiendo aparecer o no en generaciones sucesivas como caracteres recesivos o dominantes. Los descubrimientos de Mendel permanecieron desconocidos para Darwin y, de hecho, no llegaron a ser de dominio general en la ciencia hasta 1900.
Entre los defensores de la selección natural en la segunda mitad del siglo XIX destacan:
- Augusto Weismann, biólogo alemán que publicó su teoría del germoplasma distinguía dos componentes en cada organismo:
- El soma: que comprende las principales partes del cuerpo y sus órganos (forma externa en que la herencia se manifiesta).
- El germoplasma o plasma germinal: que contiene las células que dan origen a los gametos y por tanto a la descendencia. Poco después de comenzar el desarrollo del embrión a partir del huevo, el germoplasma se separa del
soma.
La idea de una separación radical entre germen y soma llevó a Weismann a afirmar que la herencia de caracteres adquiridos es imposible y abrió el camino para la selección natural como el único proceso que puede dar cuenta de las adaptaciones biológicas. Las ideas de Weismann fueron conocidas a partir de 1896 como “neodarwinismo”.
- Hugo de Vries, que en base a la teoría mendeliana de la herencia propuso una nueva teoría de la evolución conocida como mutacionismo que elimina a la selección natural en su papel de proceso principal en la evolución. De acuerdo con De Vries hay dos tipos de variaciones en los organismos:
- La variación ordinaria, observada entre los individuos de una especie, como por ejemplo, la variación del color de los ojos o de las flores, o del tamaño. Este tipo de variaciones no tiene consecuencias últimas en la evolución porque no puede llevar a traspasar los límites de la especie.
- Las variaciones que surgen por mutación genética, es decir las alteraciones espontáneas de los genes que ocasionan grandes modificaciones de los organismos y que pueden dar origen a nuevas especies.
- Los biometristas el mutacionismo de De Vries fue rechazado por muchos naturalistas contemporáneos suyos, especialmente por los biometristas encabezados por el matemático inglés Karl Pearson, según los cuales, la selección natural es la causa principal de evolución a través de los efectos acumulados de variaciones pequeñas y continuas tales como las que se observan entre individuos normales con respecto al tamaño, fecundidad, longevidad, adaptación a diversas condiciones ambientales y otras características por el estilo. Estas variaciones se llaman “métricas” o “cuantitativas”, porque se pueden medir, en vez de ser “cualitativas” como las que distinguen, por ejemplo, a las razas diversas de perros, gatos o ganado. Los mutacionistas y los biometristas se enzarzaron durante las dos primeras décadas del siglo XX en una polémica centrada en la cuestión de si las especies aparecen repentinamente por mutaciones importantes (“cualitativas”) o gradualmente por acumulación de variaciones pequeñas (“cuantitativas”). Subyacente a esta controversia estaba el papel de la selección natural y de la herencia mendeliana.
Los mutacionistas sostenían que la herencia de variaciones cuantitativas (como el peso o el tamaño) es necesariamente “mezclada” y que, por ello, ni tales mutaciones, ni la selección natural que actúa sobre ellas podrían jugar un papel importante en la evolución debido al efecto, que ya Darwin había reconocido como problemático, de la dilución de las variaciones ventajosas de una generación a otra.
Los biometristas argüían que el tipo de mutaciones observadas por De Vries y las variaciones cualitativas son anormalidades que no contribuyen a mejorar la adaptación al ambiente sino que son eliminadas por la selección natural y carecen de consecuencia alguna en el origen de las especies. Por el contrario, los biometristas sostenían que la evolución depende en esencia de la selección natural actuando sobre las variaciones métricas ampliamente presentes en los organismos de todo tipo.
La resolución de la controversia entre mutacionistas y biometristas ocurrió en las décadas de 1920 y 1930. El primer paso para ello fue descubrir que la herencia de las variaciones cuantitativas obedece a las leyes mendelianas, pero de forma tal que un carácter cuantitativo, como el tamaño de un ratón o el número de frutas de un árbol, está determinado por varios genes, así que cada uno de ellos tiene un efecto muy pequeño.
Varios genéticos teóricos demostraron matemáticamente que la selección natural, actuando de manera acumulada sobre las pequeñas variaciones, puede producir cambios evolutivos importantes en la forma y en la función. Aunque en un principio estos descubrimientos teóricos tuvieron un impacto limitado entre los biólogos contemporáneos, contribuyeron al rechazo del mutacionismo y brindaron una estructura teórica para la integración de la genética a la teoría de Darwin de la selección natural.
Un avance importante tuvo lugar en 1937 cuando el naturalista y genético experimental Theodosius Dobzhansky publicó “La genética y el origen de las especies”, que daba cuenta de una manera comprensible y detallada del proceso evolutivo en términos genéticos, apoyando los argumentos teóricos con evidencias empíricas. Puede ser considerada como la contribución más importante a la formulación de lo que se conoce como la “teoría sintética” o “teoría moderna de la evolución” conjunto de modelos y leyes que integra la selección natural darwiniana y la genética mendeliana.
Dobzhansky tuvo un impacto notable entre los naturalistas y los biólogos experimentales, quienes aceptaron casi de inmediato la nueva teoría de la evolución como la explicación adecuada del cambio en la constitución genética de las especies. Definió la evolución como un cambio en la frecuencia de un alelo en el pool genético de una población. La evolución sería, entonces, el cambio debido a la acumulación gradual a través de muchas generaciones de mutaciones en una población guiada por la selección natural en la que sólo sobrevivirían aquellos mejor adaptados.
El matemático y estadístico británico Fischer estableció que la tasa de evolución es proporcional al grado de variación genética: a mayor número de posibles variaciones genéticas existentes en una población, mayor posibilidad de evolución biológica. Además, mostró matemáticamente que la acumulación de pequeñas y constantes variaciones podrían tener efectos evolutivos a gran escala. A partir de entonces, Huxley hablaría de la “Nueva síntesis”. La genética de las poblaciones formalizaría matemáticamente los cambios en la frecuencia génica de las poblaciones, proporcionando a la moderna teoría sintética un fundamento cuantitativista.
Con la Nueva síntesis quedó demostrado que existe una continuidad genética y una ancestralidad común de todos los seres vivientes. Y con ello, se consolidó aun más el interés por la filogénesis y la perpetuación genética de las especies en detrimento de otros aspectos de su biología y existencia. Gracias a la genética de poblaciones se ha podido saber bastantes cosas sobre los orígenes filogenéticos humanos, sus migraciones, la antigüedad de diversas especies/grados, sus diversidades, la unidad genética del homo sapiens sapiens, etc
2.2. Conflicto y cooperación
Bajo las teorías evolucionistas neodarwinistas estándar subyace una peculiar concepción del hombre y del mundo, que describe al primero como un ser calculador e interesado y al segundo como un medio de recursos escasos por los que hay que luchar y enfrentarse con otros competidores. La teoría instrumental de la acción que subyace a esta orientación sostiene que el ser humano se comporta racionalmente en el sentido de adecuar los medios a los fines gracias al cálculo de la ratio entre estos dos.
La teoría del forrajeo óptimo de la ecología behaviorista es prototípica de esta concepción, ya que predice la especialización del cazador-recolector en función del alimento disponible. Si este es fácil y altamente energético, ignorará las presas más difíciles, más pequeñas o menos nutrientes. Si no, será más flexible y diversificará su alimento. Todo ello en relación con el tiempo gastado en el esfuerzo con relación al valor obtenido. La tendencia óptima es la de no gastar demasiada energía y tiempo, pero lo suficiente como para alimentarse. Su capacidad digestiva también intervendría: si está saciado no irá de caza.
Las teorías optimalistas del cazador-recolector de la ecología evolucionista neodarwiniana imaginan a un individuo que elige racionalmente y, por tanto ventajosamente, entre distintas posibilidades, en función de intereses predeterminados y prefijados. Esas teorías ignoran las posibilidades interactivas y variables entre el hombre y sus entornos, de interdependencia de factores y de otras variables explicativas. Además se plantean problemas a la hora de establecer qué acciones son más óptimas que otras en términos de adaptabilidad. Derivar una teoría de la práctica, de la acción humana, es imposible exclusivamente desde una teoría de la racionalidad, cuyos ejes se constituyen a partir de una tradición ideológica muy concreta que niega la operatividad de la situacionalidad de la acción, su localización cultural, política y social concreta y la implicación integral del sujeto, con sus creencias, valores, intenciones y emociones. Este modelo a superar es heredero de dos tradiciones opuestas:
Por un lado proviene de la economía neoclásica derivada de la Ilustración, con resabios del optimismo y dinamismo del individualismo, el progreso y la competencia de la ideología del capitalismo industrial, en la que todo individuo persigue su propio interés. La naturaleza se entiende desde el punto de vista de su explotación utilitaria, como un conjunto de recursos dados escasos.
Por otro lado, y contradictoriamente, este actor es el resultado del proceso evolutivo adaptativo de la especie humana. La causa agente de esta conducta sería la selección natural (no el individuo de la teoría económica), que diseña estrategias para ser seguidas por éste como instancia de la especie. El éxito ya no sería ni siquiera de los actores, sino de las estrategias.
Además de un individualismo metodológico acérrimo, el modelo competitivo del actor racional suele asumir los principios de la teoría de juegos, que surgió del ámbito de la matemática y de los juegos cooperativos, y se ha aplicado posteriormente a la economía, derecho, política, sociología, biología, ecología, etc.
La teoría de los juegos trata de los modos en que jugadores que interactúan siguiendo estrategias racionales producen resultados que satisfacen sus preferencias, aunque no se lo hayan propuesto intencionadamente. Esta forma de pensar parece mostrar que es más ventajoso para dos oponentes cooperar que actuar egoístamente. Esta teoría fue criticada por Gregory Bateson (1959) en el sentido de que está construida de manera que sólo pueda ser abordada por medio de instrumentos matemáticos. Pero sobretodo, porque en la interacción humana no se dan ninguna de las premisas de la teoría:
1. En su versión más clásica, las reglas han de ser definidas desde el principio y ser inalterables, mientras que en la actividad humana estas muestran un alto grado de dinamismo, consenso, pacto, discusión.
2. Se supone que los jugadores muestran un sistema de preferencias constante, lo cual tampoco parece ajustarse a lo humano.
3. Para la teoría de los juegos, los recursos permanecen y están definidos desde el principio como fijos y estables en el entorno, lo cual tampoco sucede para el ámbito humano: éstos se definen y redefinen constantemente, y las propias acciones humanas colaboran a la constitución y variación de los mismos.
Algunos autores han destacado la escasa correspondencia entre esta teoría y las situaciones reales en que se dan los intercambios humanos. Es una modelización hipotética de situaciones poco empíricas. El maquiavelismo de las teorías sociales de la inteligencia participa también de estos principios. Adquiere su nombre de Maquiavelo, político renacentista, que aconsejaba cómo debía actuar “El príncipe”, sobre todo con sus enemigos políticos. Para esta orientación, las destrezas intelectuales habrían evolucionado para prever y anticipar las intenciones de los otros y, si se puede, engañar y manipular en beneficio propio, de los parientes o de los amigos.
Este pesimismo antropológico se basa en la desconfianza y en el control de los gorrones y aprovechados. Aunque no niegan la colaboración o incluso la reciprocidad, pero éstas se dan siempre interesadamente: cuidamos nuestras crías y favorecemos a nuestros parientes para perpetuar nuestros propios genes; somos amables, cooperamos y compartimos por la cuenta que nos trae, o como estrategia para ganarnos la amistad, los favores, la protección y benevolencia de los dominantes.
No es que neguemos el posible papel instigador evolutivo de la competencia, pero igual podemos atribuírselo a la empatía, a la cooperación desinteresada, la reciprocidad o a la solidaridad. Además, competencia no implica necesariamente conflicto y éste no implica por fuerza violencia. ¿Cómo explicaríamos, por ejemplo, las migraciones del Homo erectus fuera de África sin el concurso de la cooperación y colaboración social necesaria para tal aventura?
Lectura obligatoria: Cap. 2