1. La conciencia de yo en Chalmers
Todos los cognitivista mencionan la conciencia del yo como una de las formas de conciencia más importantes. Sin embargo raramente aclaran cómo debe entenderse, y esto contrasta con la profundidad con la que el tema ha sido tratado por los filósofos clásicos (Descartes, Hume, Kant, etc).
Chalmers (The Conscious Mind, 1996), por ejempo, se limita a indicar que la conciencia del yo o autoconsciencia puede entenderse como el darse cuenta uno mismo (awareness of oneself). Este autor aclara que el darse cuenta (awareness) es una propiedad psicológica que corresponde a lo que otros autores han llamado conciencia de acceso, conciencia monitora, conciencia introspectiva o conciencia transitiva; mientras que considera la conciencia (consciousness) exclusivamente como conciencia fenoménica.
Siendo así, para Chalmers el yo es un pensamiento, una construcción intelectual de la que podemos darnos cuenta, al que podemos acceder, sin que haya nada que propiamente experimentemos. Es decir: no hay conciencia fenoménica del yo, no tenemos experiencia de nuestro yo pero sí tenemos un acceso introspectivo al mismo.
2. La conciencia del yo en Block y Dennet
Ned Block define la expresión self-consciousness como la posesión del concepto del yo y la capacidad para usar ese concepto al pensar sobre uno mismo. Esto no aclara bien en qué consiste el concepto del yo. Este autor es deudor del concepto de apercepción del yo de Kant, al reconocer que los estados de conciencia fenoménica se presentan con frecuencia como estados míos, pero debería reconocer (cosa que no llega a hacer) que toda experiencia, por el hecho de serlo, va unida a un yo.
Daniel Dennet opina que el yo es una abstracción que se define por las atribuciones y por las interpretaciones que componen la biografía del cuerpo, cuyo centro de gravedad narrativo es ese yo. Desglosando la teoría dennetiana al respecto:
1. Los humanos segregamos lenguaje por medio del cual nos defendemos del ambiente, como las arañas segregan seda para sus telas.
2. Ese lenguaje se articula en narraciones, que se transmiten culturalmente mediante memes.
3. Esos memes tienen el efecto de animar a los demás a asumir un centro de gravedad narrativo que es un yo.
4. Ese yo supone un cuerpo, pero también un conjunto de atribuciones y propiedades narrativas por lo que no se puede identificar meramente con el cuerpo. Este punto favorece la interpretación de que el yo tiene un cuerpo, no que es un cuerpo. "Éste es mi cuerpo" no equivale a "este cuerpo se posee a sí mismo". A cada cuerpo vivo (a cada cerebro) le corresponde un yo, no hay un yo sin cuerpo
5. Esto no implica que el yo sea inmutable, pero sí se admite una continuidad del yo a través de los cambios. Atribuimos esos cambios al mismo yo porque los atribuímos al mismo cuerpo, que persiste en lo fundamental a través del tiempo.
3. La conciencia del yo en Paul Churchland. (Mater and consciousness,1984)
Este autor une la conciencia del yo a aspectos epistémicos:
ser autoconsciente es tener un mínimo conocimiento de sí mismo. La conciencia del yo no es sino una percepción: la percepción del yo.
Desgraciadamente, esta definición no se entiende a menos que se sepa antes qué cosa ese yo. Ortega diría que el yo es algo que no puedo encontrar, porque soy yo quien lo busca.
En los tres autores anteriores se aprecia una asunción cartesiana de que el yo está dado de antemano, forma inmediata en el conocimiento. Esto ya era objetado por Hume:
Las afirmaciones que podamos hacer sobre el yo son opuestas a nuestra experiencia, porque no sabemos de qué impresiones podría derivarse de la idea del yo, ya que el yo es a lo que van referidas las diversas impresiones e ideas. Cuando intento penetrar en mí yo, lo único que encuentro es estados mentales concretos, sensaciones o sentimientos.
4. El concepto del yo en Kant y en Ortega y Gasset.
Kant defendió varios decenios después de Hume que el yo es tema de la metafísica pero no de una ciencia con fundamento empírico, porque no hay percepción interna del mismo sino tan sólo una apercepción consistente que en la idea yo pienso acompaña a toda representación y es condición de toda experiencia. El yo no sería por tanto un concepto sino la mera conciencia que acompaña a todos los conceptos.
Yo no me conozco a mí mismo porque sea consciente de mí como pensante, sino que soy consciente de la intuición de mí mismo como determinada con respecto a la función de pensar. Del concepto de pensamiento se deduce que un sujeto ha de ser un yo, puesto que todo pensamiento consiste en un yo pienso, pero no se deduce en modo alguno que tal yo haya de ser una sustancia, porque no hay intuición empírica alguna que justifique esa conclusión.
El resumen de la posición de Kant puede ser: el yo es solamente la conciencia de mi pensamiento. Ante la pregunta de ¿el pensamiento de qué o de quien? No cabe responder: el pensamiento de yo, porque entonces todavía queda por explicar el concepto yo. De alguna manera, Hume y Kant prepararon el camino al tratamiento filosófico del yo en la filosofía analítica del siglo XX, que daría paso las consideraciones de la actual filosofía de la mente y de la última ciencia cognitiva.
5. Wittgenstein
La palabra yo pertenece aquellas palabras que se pueden eliminar del lenguaje, afirmará Wittgenstein en 1929. Efectivamente, si sólo se puede hablar con sentido de lo que hay en el mundo y el yo no pertenece al mundo, parece del todo consecuente mantener que el término yo puedan eliminarse del lenguaje. Hay un sabor conductista en la propuesta de Wittgenstein para eliminar el yo del el lenguaje, como se aprecia en la siguiente cita de Wittgenstein:
En lugar de decir tengo dolor de muelas se podría decir hay dolor de muelas y en lugar de decir N tiene dolor de muelas podríamos decir N se está comportando como Wittgenstein cuando hay dolor de muelas.
Ya antes, en el Tractatus de 1921 había escrito:
No hay sujeto pensante o representante porque si yo tuviera que hablar sobre el mundo tal como lo encontré tendría que hablar de un cuerpo incluso de aspectos tales como miembros están sujetos a su voluntad y cuáles no. Éste es un método para aislar el sujeto, o más bien para mostrar que, en un sentido importante, no hay sujeto.
Sin embargo reconoce que cabe hablar de sujeto filosófico al menos en un sentido:
El yo entra en la filosofía porque el mundo es mi mundo. Aunque ello, el sujeto, no sea parte del mundo, es el límite de éste, porque hay un mundo en la medida en que hay un sujeto, igual que hay campo visual en la medida en que hay un ojo, aun cuando el ojo no sea parte del campo visual.
Aunque Wittgenstein no sea consciente de ello, podemos ver en sus palabras una nueva forma de la unidad trascendental de la apercepción apuntada por Kant. En estas afirmaciones el autor insiste en que, al describir experiencias primarias como yo tengo un dolor de muelas, la palabra yo no denota un poseedor, porque la idea de persona no es parte de la descripción tener dolor de muelas. Tal vez piensa que Wittgenstein que tales descripciones únicamente implican un cuerpo. Moore critica está visión de Wittgenstein. De hecho, el propio W. pocos años después, en su Cuaderno azul, escribe:
Si dijera "yo veo" no quiere decir "Ludwig Wittgenstein ve", aunque por yo podría entenderse algo que está dentro de L.W.
Librado del esquema de la teoría figurativa del lenguaje del Tractatus, ahora está atento al modo de uso del pronombre yo en comparación con los nombres propios. Y no tiene más remedio que terminar aceptando que al afirmar "Fulano ve" y al afirmar "yo veo" son distintas las razones del emisor. Para clarificar más el entuerto, Wittgenstein distingue entre un uso de yo como objeto (yo he crecido tres centímetros) y un uso del yo como sujeto (yo veo, yo creo). Es la actividad propia del yo como sujeto la que es inaprensible, por los buenos motivos explicados por Ortega mencionado en el parágrafo 3 de este tema:
La diferencia entre las proposiciones yo tengo dolor y él tiene dolor no es la que hay entre Ludwig Wittgenstein tiene dolor y Smith tiene dolor. Más bien corresponde la diferencia que hay entre quejarse y decir que alguien se queja. Es decir, no se trata meramente de atribuir dolor a dos personas distintas, pues en ese caso ambas referencias son externas. La diferencia estriba entre atribuir dolor a alguien y expresar un dolor sentido. En términos de Ortega es la diferencia entre la perspectiva interna y la externa. La idea básica es que la palabra yo no se usa como nombre propio de nada.
1. No de una persona, porque nadie se llama yo
2. No de algo incorpóreo que esté en el cuerpo porque no sabemos qué es eso
3. No de una persona determinada que coincide conmigo
Por el contrario, la diferencia entre fulano tiene dolor y yo tengo dolor es una diferencia categorial: con la primera atribuimos dolor o dicho de otra forma adoptamos un punto de vista externo sobre el dolor; con la segunda expresamos dolor, nos quejamos, adoptamos el punto de vista interno sobre el dolor.
Por consiguiente, yo (en su aspecto como sujeto) es un término indéxico o deíctico. Como tal, no nombre nada, ni siquiera la persona que lo pronuncia, menos aún entidad psicológica o metafísica alguna que podamos llamar en tercera persona el yo.
6. Bertrand Russell y su visión del asunto.
A principio Russell se mostraba proclive a pensar que existía una entidad (metafísica o psicológica) a la que se refiere el pronombre yo. Sin embargo, la tesis de familiaridad o conocimiento con el yo que se le ha atribuido no es tal, y su posición estaba llena de cautela y recuerda a la postura de Hume cuando afirmaba:
Cuando intentamos mirar dentro de nosotros mismos, parece siempre quedamos con un pensamiento o sentimiento particular, pero no con el yo que tiene el pensamiento o sentimiento.
Aceptando, como Russell acepta, la verdad del conocimiento directo por experiencia de los datos sensibles, se le hace difícil no aceptar también que estemos familiarizados con el yo. Aquí se le puede objetar que si la familiaridad con los datos sensibles requiere la familiaridad con un yo, ¿quién está familiarizado con ese yo? ¿Otro yo?
En síntesis, la propuesta de Russell es, llena de consignaciones lingüísticas, similar a la de Wittgenstein: sustituir el yo en expresiones como yo pienso por una expresión del tipo "se piensa en mí", o mejor, hay un pensamiento en mi, donde mí hace referencia al lugar en el que ocurre ese pensamiento.
7. El yo para Ryle
Gilbert Ryle habla de la elusividad sistemática del concepto del yo, niega que los pronombre personales sean nombres en modo alguno, recalcando su función deíctica como aquí o ahora. Advierte que en ocasiones alude al cuerpo de quién emite la proferencia (como en el caso de lo que llamábamos uso objetivo de yo he crecido tres centímetros, que veíamos citada por Wittgenstein).
Para explicar la elusividad del yo, Ryle introduce la noción de acción de orden superior. Se trata de la acción que tiene como objeto otra acción. Así, el yo estaría irremisiblemente ligado a la acción de la persona. La idea implícita al yo es la de ejecutividad, y se podría hablar propiamente de mi yo de ayer, mientras que mi yo de ahora se me escapa a cualquier intento de aprehenderlo. (Aquí se defiende sin embargo que mi yo es siempre un yo actual, como se verá al final)
8. La postura de Strawson respecto al yo.
Siguiendo al estela de Ryle, Strawson modela un concepto de persona como lógicamente primitivo, y por lo tanto inanalizable. Y el concepto de yo es secundario con respecto al de persona. Para Strawson, atribuirme a mí mismo estados mentales tiene como condición necesaria que pueda atribuirlos a otras personas. Esto significa considerar a las personas como sujetos de propiedades, y esa atribución no la podemos hacer sin recurrir a propiedades corporales. La persona es, por tanto, una unidad corporal con propiedades corporales y propiedad mentales. No puede por tanto analizarse en términos de conceptos puramente corporales ni puramente mentales: es primario. El secundario es el concepto de yo.
9. Postura que defendemos aquí
1. El yo no es, ciertamente, el nombre de nada
2. En consecuencia, en base al yo no puede construirse una teoría dualista de la mente.
3. Se trata de un término indicativo, deíctico. Indica el punto de vista de cada persona en cuanto a sujeto de sus acciones y estados mentales. Indica también todo cuanto la persona hace, en cuanto haciėndolo.
4. El yo es siempre actual. Es la perspectiva que tiene la persona de lo que hace y de lo que le acontece en tanto que eso ocurre. Al contrario de lo referido por Ryle no tiene sentido hablar de mi yo de ayer ni de mi yo de mañana.
5. Cada persona tiene una historia de experiencias pasadas que, por medio de esa propiedad mental que es la memoria, unifica con referencia a su cuerpo, y que vincula a sus actuales experiencias y proyectos, construyendo así la representación mental que manifestará por medio del término yo.
6. Podemos entender la conciencia del yo como el acceso a, y el uso de, esa representación mental que cada persona tiene de sí mismo, y que incluye los recuerdos de su pasado y sus proyectos para el futuro. Como los recuerdos y los proyectos son estados mentales actuales de cada persona, la conciencia del yo sigue siendo un darse cuenta de algo actual, tanto como la conciencia de estar alegre, tener dolor, o pensar algo.