Nota: El capítulo dedicado a Pannenberg del libro "A vueltas con la religión" no aporta nada subtancialmente nuevo a lo que aquí se reseña del libro "Dios, el mal y otros ensayos"
1. Un nuevo proyecto teológico
En 1959 un desconocido Wolfhart Pannenberg de treinta años publica "Acontecer salvífico e historia". Numerosas facultades de teología organizan seminarios para analizar el contendido de éste, uno de los textos teológicos más densos que se conocen. Sin embargo su consagración se produce dos años después, en 1961 con la publicación de su obra "La revelación como historia". Ocurrió otro tanto. El rechazo fue generalizado y el propio Pannenberg escribió que "fue como si hubiéramos cometido un sacrilegio".
Resultaba que la teología protestante vivía días de gloria con figuras como Barth, Bultmann, o Tillich y la nueva propuesta pannenbergiana se vio como una provocación innecesaria: no había síntomas de cansancio, como ocurría en 1914 cuando K. Barth se enteró de que los maestros de la teología liberal, con Harnack en cabeza firmaban la declaración belicista del Kaiser Guillermo II. Entonces hizo falta ofrecer una alternativa, y la ofreció Barth. Pannenberg en cambio no fue la respuesta a una escasez, sino todo lo contrario: brotó de la abundancia. Veamos cómo ocurrió todo.
2. Los inicios: formación, experiencias, maestros.
Pannenberg nace en Stettin en 1928. Frente a los que le acusan de carecer de sensibilidad ante el dolor, aclara que su biografía intelectual nace con los escombos de la Segunda Guerra Mundial. Quien ha conocido el dolor de verdad, se sentirá más inclinado en superarlo que en ensimismarse en él. Los filósofos que más le influyeron son Dilthey y Hegel y los teólogos son también dos: K. Barth, de quien fue alumno en Basilea, y G. von Rad, su maestro en Heidelberg.
De su maestro en Basilea, K. Barth, le separará la forma de entender los contenidos teológicos: Pannenberg piensa que la soberanía de Dios sobre el mundo no debe dar lugar, como ocurre en Barth, a una contraposición dualística entre Dios y la realidad natural. El argumento de Pannenberg es el siguiente:
Si Dios es el creador de todas las cosas, el teólogo debe confiar en que la presencia de Dios constituya la esencia de cuanto existe. Por tanto, no es necesario situarse por encima de la historia para hablar de Dios. El teólogo puede partir de abajo, ya que no existe dualismo entre el abajo y el arriba; por así decirlo el teólogo puede proceder empíricamente, históricamente.
Por lo tanto, no se situará, como Barth, en los cielos, en la Trinidad, para contemplar desde allí el mundo; su teología será más ascendente que descendente. Desde la humilde condición humana intentará elevarse a Dios, origen y fundamento último de esa realidad. Esa orientación "desde abajo" se verá muy clara en su cristología, que parte de la persona histórica de Jesús de Nazaret, de su mensaje, su vida y su muerte. La tarea principal de su cristología es acceder a la divinidad de Cristo, no presuponerla.
Neuhaus, amigo y conocedor de Pannenberg, explica:
...a diferencia de Barth, Pannenberg cree que la iglesia y su teología sólo pueden ser comprendidas como una parte de la más amplia comunidad humana. Esto significa que la teología está claramente sujeta a los mismos cánones de racionalidad que esta comunidad más amplia utiliza.
A Pannenberg no le basta con el Deus dixit de Barth, la apelación a argumentos de autoridad no es suficiente para hacer plausibles los contenidos de la fe. La teología debe ser una instancia pública que, sin reclamar un estatus epistemológico especial, muestre la plausibilidad interna de sus contenidos, sin exigir que se preste una adhesión ciega. Por su parte, de Bultmann hereda Pannenberg el interés por la aplicación del método histórico-crítico a los textos de la escritura.
En Basilea tuvo otro gran maesto: K. Jaspers. Sin embargo no hubo química entre ellos. Pannenberg dejó escrito:
Sin embargo, como filósofo, Jaspers no logró convencerme, ya que infravaloraba la tarea de una penetración filosófico-conceptual de la experiencia del mundo, esta tarea la dejaba demasiado rápidamente al positivismo de las ciencias particulares y restringía la filosofía a una autocomprensión del hombre y de su situación vital.
3. Tensión entre fe y razón
Pannenberg escribe un artículo del libro “La Revelación como historia”, publicado en 1961 y que causa una auténtica conmoción en los círculos teológicos. P. es un teólogo que concede mucho valor al elemento racional, aun sin ser “racionalista”. Trata de dar razón de la fe, no racionalizarla. P. considera que el cristianismo tiene que argumentar, no puede limitarse a depender de la fe. El teólogo en particular debe explicar la fe, no partir de ella. Por eso debe afrontar la argumentación con las otras disciplinas científicas, filosóficas, antropológicas de su tiempo.
Pannenberg ha elaborado un sistema teológico trabado, en que cada concepto tiene significado propio y está integrado en el todo de su obra. Es un teólogo con el que es difícil emocionarse, no es un teólogo del sentimiento, sino del concepto y del rigor intelectual. La intención última de su teología es “hablar responsablemente de Dios”. La finalidad de su teología es ofrecer una cosmovisión coherente en la que Dios es el garante del sentido de la vida y del mundo. Su tesis sería: Nada se explica bien sin Dios. Dios no se identifica con la realidad, pero sin él, la realidad queda muda y deforme.
Pannenberg rechaza el irracionalismo. La fe se funda en un objeto y unos contenidos racionales, no en la decisión de creer ni en una opción personal o en la aceptación sin preguntas. En esto se enfrenta a la teología protestante que a diferencia de la católica no se había preocupado de fundamentar la fe con los preambula fidei. Algunos teólogos le critican por volver a insistir en la pruebas de la existencia de Dios. Sin embargo, P. no trata de hacerlo, sino solo de resaltar la plausibilidad de su existencia.
Pannenberg considera que a Dios no se le demuestra, las pruebas de su existencia reflejan solo que el hombre le necesita. A Dios no se le demuestra sino que se le conoce por sus efectos en la realidad histórica. La teología debe descubrir la presencia de Dios en la naturaleza, en el hombre y en la historia.
La pregunta por Dios surge de la finitud humana, pero está encauzada por las tradiciones religiosas. Las religiones son los contextos en los que se tematiza la pregunta por Dios y por el sentido. Dios es la hipótesis con la cual se explica mejor el mundo. Si se pregunta dónde en concreto se manifiesta Dios P. responde que en todo. La respuesta es sorprendente y solo se resuelve teniendo en cuenta que la experiencia que tenemos de un mundo en continuo progreso es siempre parcial, incompleta, abierta.
Por eso Pannenberg reprocha a la Teología de la liberación su acercamiento al marxismo y la utilización de las categorías marxistas en la explicación de la teología, porque considera que, además de tratarse de una teoría deficiente, anclado en el s. XIX, sin relevancia para el tiempo actual, se trata de una ideología de fundamentos emotivos y políticos mas que racionales. El cristianismo no tiene nada que aprovechar del marxismo, es un error recurrir a él en teología. Sólo un deficiente conocimiento de las posibilidades del proyecto cristiano puede impulsar a los teólogos a pedir prestados elementos o instrumentos de análisis a otras ideologías.
Desde el comienzo de mis estudios en Berlín me ocupé a fondo del marxismo; bien pronto llegué a la conclusión de que se trataba de un género de pensamiento significativo, pero completamente anclado en el siglo XIX y sin relevancia para nuestro tiempo. Estoy seguro de que éste sería el juicio general sobre el marxismo si no fuera por los países que hoy basan su ordenamiento social sobre una ideología marxista. La actualidad del marxismo se basa más en raíces políticas y emotivas que en movimientos racionales.
Igualmente rechaza la idea de una ética común a la humanidad que prescinda de las diferencias religiosas. Para él está idea no es inofensiva ni neutral, sino que se trata de una concesión al secularismo que considera secundarias las diferencias religiosas y pretende dirigirse a la humanidad en general.
Pannenberg no ha creado escuela, ni trata de crearla. Para él su método y escuela son la razón, de ahí que sea difícil fundar escuela sobre ella. La defensa de la fe desde la razón está abierta a todos y no presupone unos resultados ni una trayectoria concretas.
Pannenberg está más cerca de Dilthey que de Hegel. Su concepto del conocimiento es el de las ciencias del espíritu, a las que pertenece la teología, no el de las ciencias de la naturaleza, empíricas. Las fuentes del conocimiento teológico son múltiples, e incluye los sentimientos y las vivencias. Sin embargo, nunca cayó en el relativismo resignado de Dilthey. Este considera imposible la metafísica, sin embargo P. la considera imprescindible. No es posible ocuparse del sentido y la verdad sin recoger la tradición de la metafísica. P. dedica muchos elogios al concepto de tradición, para él una de las labores principales de la teología es cuidar y administrar la tradiciones metafísicas de la humanidad.
Con Hegel comparte la idea de que la misión de la filosofía de la religión es hacer a los hombres lúcidos, no creyentes, en lo relativo al “hecho religioso”. Trabaja como él por derribar el muro divisorio de filosofía y teología, de fe y razón. La suya es una teología del “cristianismo pensado”, además de vivido.
4. La tesis de la discordia
En sus comienzos, Pannenberg trató frecuentemente el tema de la teología de la historia. Sólo en el marco de la historia se puede hablar de Dios; a la vez, éste explica la historia. La Revelación no solo sucede en la historia sino que es ella misma una historia. Dios no se manifiesta en momentos aislados sino que toda la historia es manifestación de Dios. Pannenberg se atrevió a unir dos términos que la modernidad había separado escrupulosamente: Dios y evidencia.
En su libro, La revelación como historia, Pannenberg analiza tesis que desataron la polémica. Su tesis discordante es doble:
1. Los acontecimientos en que Dios ha revelado su divinidad son, como tales, dentro del contexto histórico que les es propio, evidentes por sí mismos.
2. La verdad de Dios es evidente por sí misma y puede ser expuesta como tal.
En suma, la tesis de la discordia dice que se accedería a Dios meramente por la razón, sin necesidad de la fe como concesión divina. La historia de Israel y la vida de Jesucristo serían evidencias suficientes. Le llovieron críticas por todos los lados. En un mundo que, tras la Segunda Guerra Mundial no había logrado reponer sus energías espirituales, que vivía en la duda, la búsqueda y la resignación, un teólogo evangélico se atrevía a relacionar dos palabras tan aparentemente contrapuestas como "Dios" y "Evidencia". Para él, los acontecimientos en los que Dios se ha revelado poseen una transparencia tal, que no es necesaria la fe para acceder a la verdad. Basta una aproximación a la historia, sin prejuicios, para que los acontecimientos hablen por sí mismos.
Esto lleva al problema de explicar el ateísmo contemporáneo. Para Pannenberg se explica por la ceguera del ser humano. Eso levantó muchas críticas, sobre todo entre los teólogos protestantes, que rechazaron en bloque su propuesta. Para algunos, implica la ruptura del diálogo, ya la fe debería de ser una gracia siempre sujeta a duda y por tanto a debate. Se la consideró “una especulación neogeheliana sobre la historia”, o teología “restauracionista” de la inmanencia. Hay que ser justo con Pannenberg. Para empezar, él mismo reconoció el carácter polémico de estas citas, y para continuar, posteriormente evolucionó desde la evidencia hasta el reconocimiento del carácter problemático de Dios.
Se le acusó de proximidad con el catolicismo. El concilio Vaticano I había considerado la fe “obsequio razonable”, rechazando el fideísmo y el racionalismo puro. Obsequio (gracia, fe), razonable, que no va contra la sazón, pero no es matemáticamente demostrable. Pannenberg era un gran creyente cristiano. En el plano personal, Dios no era una hipótesis para él:
Naturalmente, como teólogo cristiano, estoy convencido de que existe Dios. La teología cristiana no puede realmente dejar la pregunta por la existencia de Dios abierta. Debe afirmar que Dios existe.
Pannenberg reconsideraría su tesis posteriormente y cambiaría la consideración de Dios como evidencia por la de hipótesis, problema, asunto que solo se podrá resolver en el futuro, al final de los tiempos. De hablar de la evidencia de Dios pasaría a evocar "el carácter cuestionable de la realidad de Dios". El cambio de orientación es muy notable. Pannenberg llegó a afirmar que el futuro es la forma de ser de Dios. Será al final de la Historia cuando concluirán los debates sobre Dios. Es importante analizar algo más detenidamente ese cambio y esa evolución del pensamiento pannenbergiano.
5. De la evidencia al carácter problemático.
En 1971 Pannenberg escribe Teoría de la Ciencia y Teología, en el que no habla de Dios como evidencia sino como hipótesis y como problema, que tiene que acreditarse aún ante la humanidad. Se insiste en la dimensión de futuro, inherente al concepto de Dios. En esta obra confiesa Pannenberg:
Yo mismo no he tenido siempre suficientemente en cuenta el significado teológico del carácter problemático de la realidad de Dios.
Desde entonces esa insistencia en el futuro será la clave de su teología, incluso ha dado pie para que se hable de dos épocas: la época en que Dios es una evidencia y aquella en que es una hipótesis. Muchos teólogos se han preguntado si existen dos Pannenberg: el primero, caracterizado por la insistencia en la evidencia de la revelación de Dios en la historia, y el segundo, que acentúa el carácter problemático, abierto e hipotético de esa realidad a la que llamamos Dios. Sin embargo, mejor que de dos épocas cabe hablar de una evolución. En la primera parte se presenta la evidencia como suficiente y la increencia se atribuye a la mala voluntad. En la segunda parte, se habla de hipótesis. Hay que descartar que Pannenberg haya perdido seguridad. No, Pannenberg rechaza la teología problemática, pero está abierto a la discusión y al diálogo desde unas afirmaciones seguras.
Las afirmaciones cristianas sobre Dios deben ser expuestas como hipótesis porque son asertóricas y no problemáticas. Y hay que exponerlas como tales para no cerrar el debate. Exponerlas como axiomas implica cerrar la discusión y a la propia teología como ciencia. Hay que aceptar las reglas del juego: para ser admitido en el concierto de las demás ciencias es necesario someterse a su mismo estatuto epistemológico. El teólogo no debe cerrar ese debate.
Por ello, en su teología sistemática, Pannenberg continúa defendiendo la manifestación histórica de Dios a través de sus obras, en la historia. Pero la revelación definitiva y completa no tiene lugar al comienzo sino al final. La revelación tiene carácter escatológico. Además introduce dos matizaciones muy importantes.
1.La primera afecta a la tesis de la discordia según la cual no hacía falta la fe para creer, ya que Dios es evidente. Ahora, Dios revela su divinidad “en el contexto histórico de las revelaciones”. La historia es siempre historia de las tradiciones. La manifestación de Jesucristo tiene un carácter anticipador de la plena manifestación de Dios al final de los tiempos.
2. La segunda matización de refiere a la función de la Palabra de Dios en la revelación. La teología dialéctica le acuso de minusvalorar la palabra –el mensaje- al sobrevalorar los hechos históricos. Pannenberg retoca el título que pasa a ser La revelación como historia y palabra de Dios. Para el no hay contradicción entre la revelación como historia y como palabra, ya que las tradiciones históricas son también palabra de Dios.
El paso de una teología de la evidencia a una teología de hipótesis se refleja también en la dogmática. La teología es ciencia de Dios, y sus propuestas no se imponen por la fuerza ni son el resultado del consenso. Los dogmas son resúmenes abreviados de los contenidos centrales de la escritura. Tiene carácter provisional, sujeto a revisión, la verdad sobre Dios solo es posible conocerla al final de la historia. Mientras tanto el conocimiento está sujeto a revisión y abierto al debate.
6. A la espera del final
Heidegger afirmó: "En el ámbito del pensamiento es mejor no hablar de Dios". Pareciera que Pannenberg colocara esta frase en la cabecera de su despacho y se dedicara día a día a rebatirla. Su gran pasión ha sido mostrar la plausibilidad de Dios. Muchas torpezas hicieron que Dios saliese mal parado en la modernidad. Entre razón y fe parecía abrirse un abismo. Muchos cristianos dieron por perdida la batalla del pensamiento y se refugiaron en la emoción, la liturgia y el compromiso. A la luz de esta rendición generalizada hay que situar a Pannenberg, reclamando una herencia que, con toda razón, considera totalmente cristiana.
En efecto, al comienzo de su historia, el cristianismo mantuvo su apoyo al logos y mantuvo la apuesta por la razón durante siglos. Pannenberg piensa que no debe de claudicar en el siglo XX. Su advertencia va dirigida sobre todo el mundo protestante escorado hacia la fe como gracia, frente al católico, que nunca ha renunciado a una teología racional.
Cuando se acude a la razón, Dios sólo puede proponerse como hipótesis. La gran dificultad para hablar de Él en ese caso es que de Dios, garante del sentido, sólo se puede hablar desde el final de la historia, cuando la realidad de Dios y del hombre esté concluida. La realidad está en camino y no se sabe si triunfará el sentido por el sinsentido, la última palabra la tiene Dios y el hombre solo la sabrá con certeza al final de la historia.
La pregunta básica de la teología es qué se puede decir de Dios en la actualidad, antes de que el tiempo haya concluido. La respuesta está en la anticipación. El conocimiento avanza desde la anticipación, sólo se hacen las preguntas cuya respuesta está de alguna manera anticipada. La insistencia en la historicidad de la resurrección de Jesús como anticipación de la resurrección universal fue sin duda uno de los puntos más conflictivos del nuevo programa teológico de La revelación como historia. La impresión generalizada de sus críticos era que Pannenberg convertía la resurrección de Jesús en un hecho históricamente evidente ante el cual el mismo historiador debía rendirse. Sin embagro, en 1986 el propio Pannenberg sostenía que esa nunca había sido su intención:
Ni siquiera en 1961 me hice la ilusión de que fuese posible una prueba histórica de la resurrección de Jesús que, por así decirlo, impidiese que en adelante el historiador dudase de ella. Al cristiano no le puede sorprender que la resurrección de Jesús, igual que la realidad de Dios, siga siendo un tema controvertido hasta el final de la historia. Se trata más bien de algo que se sigue del contenido escatológico mismo de este acontecimiento.
A lo que Pannenberg no está dispuesto a renunciar es a la pretensión de historicidad del acontecimiento pascual. En este asunto no se puede ser más claro:
Quien habla de la resurrección de Jesús como de un hecho ocurrido en este mundo, como lo hace la fe cristiana, y al mismo tiempo renuncia a la pretensión de historicidad de tal acontecimiento, no sabe lo que dice. Quien por el contrario sólo ve en la resurrección de Jesús una expresión gráfica del lenguaje cristiano para destacar el significado de la muerte de Jesús, no comparte la fe de la Iglesia, y no debería aparentar que la comparte.
La frase "Jesús fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato" es una afirmación histórica cuya pretensión de verdad debe ser juzgada según los criterios históricos normales. En cambio la afirmación "Jesús ha resucitado de entre los muertos" es más compleja, puesto que presupone la posibilidad de la resurrección de los muertos. De ahí que esté destinada a permanecer controvertida hasta que la resurrección de los muertos se convierta en una experiencia general. Ambas afirmaciones deben considerarse como afirmaciones históricas, pero la segunda, al presuponer un horizonte experiencial diferente encierra un mayor grado de problematicidad. Por lo demás, Pannenberg admite que la afirmación de la historicidad de un acontecimiento no incluye que lo afirmado sea tan seguro que no sea posible seguir discutiendo sobre su realidad.
El rasgo más característico del ser humano es vivir anticipando, conforme a planes. La teología cristiana puede anticipar el fin de la historia teniendo en cuenta la resurrección de Cristo, anticipación de la resurrección de todos. El futuro no está completamente abierto, porque sabemos lo que nos espera y cómo acabará. Desde la seguridad de la resurrección cabe hablar de Dios con fundamento. Pero entonces surge la pregunta clave, sobre la verdad de la resurrección de Jesús. Por eso Pannenberg presenta una argumentación exhaustiva sobre los argumentos antropológicos, históricos, exegéticos sobre la resurrección de Cristo, porque considera que sin ese hecho, el cristianismo desaparecería.
La resurrección de Jesús anticipa el final de los tiempos y permite dar respuesta a Dilthey y a todos los filósofos de la historia sobre el sentido de la totalidad, que ante la imposibilidad de abarcar la totalidad de la realidad, optan por un resignado relativismo. Jesús resucitado es la gran anticipación del final de la historia..
7. Epílogo
La obra de Pannenberg exige un gran esfuerzo intelectual. Para comprenderla es necesario tener conocimientos en varias disciplinas, tal vez por eso no sea un best seller. Siempre hemos reprochado a este pensador que de su teología no broten impulsos prácticos y transformadores. Gráficamente se ha dicho que está más cerca de Hegel que de Marx, y puede que haya mucho de verdad en ello a pesar de sus muchos trabajos sobre la ética, la política y la actuación de los cristianos en el mundo. Puede que en realidad sí estén estos impulsos, pero desde luego no tan explícitamente mostrados como en Moltmann, Küng o Metz.
Pannenberg teme que la teología y la predicación se ocupen cada vez más de temas profanos y marginen lo específicamente cristiano. Le preocupa que los cristianos que están bregando abnegadamente en todos los frentes del mundo y contribuyen a solucionar los problemas de la sociedad se queden mudos si alguien les preguntara qué es el cristianismo. Se objetará que esto no es un impulso práctico, pero práctico o no, parece importante. El futuro de la fe pasa porque sepamos contestar qué cosa es el cristianismo. Hoy, desde el fecundo retiro de su jubilación, puede mirar serenamente hacia atrás: el trabajo realizado ha sido muy bueno. Terminamos con sus palabras de su Systematische Theologie:
Ante todo doy gracias a Dios que, día tras día, me ha ido dando la fuerza necesaria para llevar a cabo esta obra, cuya finalidad es servir, en la medida en que lo permitan mis escasas fuerzas, a su gloria y a su verdad.