Vídeo de la clase (Documento 1) contraseña: cielo
Sinopsis (Documento 2)
Imágenes (Documento 3)
Documentos complementarios
Lo numinoso. R. Otto (Documento 4)
Los dioses uranos. M. Eliade (Documento 5)
El Alma del mundo. J. Ferreter (Documento 6)
Dios es luz. G. Duby (Documento 7)
Dios el fuego. B. Coenders (Documento 8)
Ilumina el espíritu. R. Arola (Documento 9)
La astrología en la Antigüedad. E. d’Hooghvorst (Documento 10)
RESUMEN DEL VIDEO
Los distintos niveles de significado de este símbolo. Lo numinoso y lo trascendente, los dioses celestes. Dios, día, luz y fuego, una pulsación ígnea conocida como el Alma del
mundo.
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El primero de los itinerarios simbólicos propuestos en este curso está dedicado al cielo. Con él y con los que le seguirán, se intentará crear un modo de hacer en el que el proceso intelectual no solo tenga relación con el pensamiento racional sino que provoque la intervención del pensamiento intuitivo, a partir de un discurso visual formado por las diversas manifestaciones simbólicas. Así, las imágenes construirán un lenguaje paralelo al oral para generar un viaje a través de los distintos símbolos en el que la intuición será el sujeto viajante. El cielo es un concepto complicado de transmitir debido a sus diversos niveles de significado. El más evidente surge al contemplar la bóveda celeste en una noche estrellada; entonces se produce en el espectador una sensación de enormidad e, inevitablemente, de trascendencia. Aquello que Rudolf Otto, en su obra Lo santo, denominó “lo numinoso”, es decir, lo sublime pero también lo terrible. (Ver documento 4)
Además de trascendente, el cielo se entiende también como suprasensible: es lo que se halla situado más allá de la experiencia del mundo sensible. Dios es un ser suprasensible y trascendente porque está más allá del universo, o no pertenece al universo que el hombre conoce. Hemos comenzado hablando de Dios, pero quizá sería más adecuado hablar de los dioses, ellos residen en el cielo y se identifican con él. El cielo “simboliza” la trascendencia, la fuerza, la inmutabilidad por el simple hecho de existir, unos conceptos relacionados con la divinidad. Mircea Eliade en su Tratado de historia de las religiones, se refiere a los dioses uranios o celestes, la palabra ouranos, significa propiamente “cielo”. Ellos representan tanto la trascendencia como la estabilidad de la que, paradójicamente, surge todo movimiento. Los dioses uranios aparecen en todas las mitologías, por ejemplo Baiame, la divinidad suprema de las tribus del sudeste de Australia, representa exactamente esta idea, Biame es un dios creador que mora en el cielo junto a la Vía Láctea y se alimenta de ella. Eliade explica lo siguiente respecto a este dios:
Está sentado en un trono de cristal; el sol y la luna son “hijos” suyos, sus mensajeros en la tierra. El trueno es su voz; es él quien hace que llueva, fertilizando así la tierra entera; en este sentido es también “creador”. Porque Biame se creó a sí mismo y creó todo de la nada. Al igual que los demás dioses uránicos, Baiame lo ve y lo oye todo. (Ver documento 5)
En la tradición griega, Zeus es el descendiente del dios Urano, es decir, es un vástago del cielo. Su nombre deriva de una raíz indoeuropea dyeu que significa “luz del día”, de donde proviene la palabra “dios”. Zeus está por encima de los demás dioses, y es el señor de las fuerzas o las potencias celestes: el rayo, el relámpago, la luz. Los dioses uranios proceden del cielo o se identifican con él y en el cielo es también donde residen. Allí, o en los lugares celestes o sagrados sobre la tierra: los templos, donde reciben el culto de los hombres y donde se celebran sus ritos. Cronos es hijo del cielo, y Zeus es el hijo de Cronos. Mutila a su padre y arroja sus genitales al mar, de cuya espuma surge Afrodita. Así, Zeus, el más poderoso de todos los dioses, es descendiente del cielo. En una escultura muy arcaica, Zeus aparece con un triple rostro, uno mira hacia el frente, con lo que simbolizaría el presente, y los otros dos a uno y a otro lado, aludiendo al pasado y al futuro, con lo que se da a entender que Zeus simboliza la eternidad, conoce lo que sucedió, lo que sucede y lo que sucederá. Lo divino es eterno y por eso tiene que ver con el instante. El problema es que esto no lo podemos procesar racionalmente, porque la razón nos exige un proceso temporal, no se desenvuelve en el no-tiempo. Los sufíes se denominan a sí mismos los hijos del instante. Se trata de un no tiempo, de un ahora sin principio ni fin, que los antiguos entendían como athanatos, es decir, inmortal, los dioses son inmortales al igual que el fuego del que procede la luz. Los latinos hablaban del cielo como divinidad como el alma del mundo.
Heráclito relacionó la eternidad con el fuego pues: siempre ha sido, siempre es y siempre será, siempre viviente. Según este autor, el fuego celeste es también el origen del movimiento que hace girar al “universo”, es decir, aquello que se mueve en un mismo sentido. Quizá por eso, los antiguos alquimistas denominaron “dios” al fuego secreto que regía toda su obra de sublimación y condensación (Ver documento 6). Se trata de un ritmo ardiente, una pulsación, un calor vivo que mueve y da la vida a todas las cosas, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos. Esta idea aparece reflejada en la filosofía clásica con el nombre de Alma del mundo o Spiritus mundi. El Alma del mundo es aquello que se mueve y que mueve todo lo creado, lo que no está quieto, lo que tiene vida. El filósofo Ferrater Mora explica que según los platónicos del Alma del mundo sería:
La totalidad del universo concebido como organismo… la suposición de que todo está entrelazado… la mezcla armónica por el demiurgo de las ideas y de la materia, de la esencia de lo Mismo y de lo Otro, puede ser la trascripción mítica de un supuesto metafísico o la trascripción metafísica de un supuesto mítico (Ver documento 7).
A partir de esta definición podemos entender el sentido filosófico del Alma del Mundo, en ella el mito y el logos se unen. Es una idea y también es un organismo vivo del que el hombre participa mediante la respiración. Los grandes artistas son capaces de “ver” el movimiento del Alma del mundo, imperceptible para el común de los mortales. Van Gogh logró plasmarlo en su pintura. Cuando los antiguos hablaban del Alma del mundo no se referían a una idea o a una entelequia sino a la propia realidad, la externa pero también la más interna y profunda: lo que se mueve y nos mueve, lo vivo que nos da la vida. Todo ello nos lleva a entender que el sentido trascendente implica también un sentido inmanente. En el mundo medieval, el abad Suger de la abadía de Saint Denis definió a Dios como luz: Dios es luz (Ver documento 8). La luz es también el fuego resplandeciente que se muestra en el cielo como el astro rey: el sol. Un fuego que es el motor del movimiento del Alma del mundo. En el microcosmos existe igualmente un sol interior que es el motor del cuerpo humano y el origen de su calor. Volvemos a la relación entre trascendencia e inmanencia, lo que está afuera también está dentro. Dios es luz y es fuego como decían los alquimistas.
La luz se expande a partir de un centro como puede verse al contemplar una chispa eléctrica. El sol, con su halo luminoso, es quizá la mejor imagen de este centro de fuego y su irradiación luminosa. El símbolo de la luz, según Mircea Eliade, aparece asociado a la idea de un dios que está en los cielos y que continuamente ofrece la vida a todos los vivientes. Sin la luz y sin su origen, el fuego, la vida no existiría, por eso es natural que la luz del cielo y el sol se consideren los símbolos divinos más excelsos. Dice Eliade:
Está demostrado que las etimologías de las palabras que significan dios en las lenguas indoeuropeas están relacionadas con la idea de la luz celeste. Al igual que la luz no puede separarse del ser humano, ya que sin ella éste no existiría, tampoco puede desvincularse de lo divino, pues su primer significado simbólico es indiscernible de la idea de Dios. De ello nace otra relación, lo humano no puede desvincularse de lo divino. (Ver documento 9)
El movimiento de apertura y expansión de la luz se repite en infinidad de formas diferentes, desde el famoso “Tapiz de la Creación” de Girona con Jesucristo en su centro como el símbolo solar de donde emana toda la creación, hasta una imagen pagana muy similar cuyo centro está ocupado por el dios Apolo, el sol, origen de todo lo creado. En los mandalas tibetanos este movimiento expansivo está presente, y también aparece en una caligrafía árabe que representa la apertura del sagrado Corán. En el centro está escrito el nombre de Alá que se expande en el círculo exterior que lo envuelve. Los derviches invocan este nombre en su danza alrededor de sí mismos y alrededor de un polo o eje central encarnado por el maestro, símbolo del sol de la sabiduría. El tocado de plumas de un jefe indio simboliza su pensamiento purificado, la sabiduría que expande sobre su pueblo. Estos ejemplos, tan distintos formalmente, permiten que nos acerquemos a la idea del símbolo celeste, no como una definición, sino como una experiencia llena de contenido simbólico.
La luz contiene un misterio como insinuó un maestro zen llamado Tozan (807‐869), quien escribió en su Hokyo Zan Mai lo siguiente:
La medianoche / es la luz verdadera, /
el alba / no es clara.
El misterio de la luz está oculto en el interior del hombre donde existe un cielo con un sol inmanente que los místicos y los herméticos conocen como el sol de medianoche. Por eso, la imagen de un dios azteca que se abre en distintas capas insinúa un viaje al centro de todo lo creado, allí reside la misma luz que ilumina al hombre exterior. En dos grabados del s. XVI, se representan dos nacimientos; uno de ellos al mundo exterior que está sometido al dominio de los astros, de la astrología. El cielo astrológico tradicional está dividido en 12 sectores o casas a través de las cuales se mueven los planetas. Dichos movimientos se expresan en unas figuras que muestran el tipo de influencias celestes que rigen en el momento del nacimiento de un niño. El otro grabado representa el nacimiento de un sabio que supera el dominio de los astros y nace al mundo superior intelectivo, allí contempla las visiones apocalípticas que suceden cuando los cielos se abren. Participa y conoce la fuerza que es el origen de todo y a la que nos hemos referido al principio, sin embargo su visión no es exterior sino que se convierte en un nuevo nacimiento, un conocimiento. (Ver documento 10)
Entendemos por Dios el fuego secreto que suscita los Universos, que los mantiene y que los consume.
Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado