Las fronteras entre ciencia y tecnología.
Ciencia y tecnología como actividades y como instituciones sociales.
Ciencias de lo artificial y tecnología
4.1. Las fronteras entre ciencia y tecnología.
A estas alturas ya tendremos claro que no nos parece conveniente establecer criterios rígidos de separación entre ciencia y tecnología, que más bien lo adecuado sería establecer algunas caracterizaciones distintivas entre ciencia y tecnología a partir de entender tanto a la ciencia y a la tecnología como actividades y como instituciones sociales.
“Hay dos modos de estudiar las relaciones entre ciencia y tecnología. La primera es interna, se refiere a elementos constitutivos y definitorios de la actividad de la ciencia y la tecnología. La segunda es externa, se refiere a las relaciones y distinciones que podemos establecer entre los sistemas sociales de la ciencia y la tecnología. Ambas recogen dos dimensiones constitutivas de la ciencia y la tecnología: como actividades características de la cultura y como instituciones sociales” (Broncano, F. (2000), pág. 83).
Como hemos señalado desde el comienzo, mantengo que en la misma ciencia deberíamos tener en cuenta su carácter de intervención, que la capacidad de transformar el medio se vincula estrechamente con el conocimiento necesario para hacerlo. Por lo tanto, aunque muchos autores insisten en plantear como principal diferencia entre ciencia y tecnología la capacidad de transformación de la realidad (por ejemplo, M.A.Quintanilla), esa perspectiva pone dificultades a una comprensión adecuada de la transformación tecnocientífica en el seno de las sociedades contemporáneas. Ahora bien, si por el contrario se adopta una visión gradualista, podemos decir que la preocupación principal por la intervención vendría a ser un rasgo distintivo de la tecnología aunque la actividad científica también se plantea la intervención en el mundo y no su simple representación. Incluso para comprender mejor la actividad de representación (supuesta a veces como específica de la ciencia) resulta significativo atender a su componente de intervención (al menos en la transformación de los mismos procedimientos que utilizamos para adquirir conocimiento sobre el mundo).
4.2. Ciencia y tecnología como actividades y como instituciones sociales
No es infrecuente incluir en un mismo saco a quienes, de muy diversas maneras, defienden el anclaje social de la ciencia y la tecnología y cargarles como defensores de algún tipo de versión relativista del conocimiento. Sin embargo, plantear que el conocimiento científico está socialmente condicionado no significa que no pueda alcanzar cierto grado de objetividad y que tenga un impacto “real” sobre la vida personal y social. Tanto la ciencia como la tecnología incorporan como distintivo su carácter de instituciones sociales, no basta con un procedimiento para adquirir conocimiento ni con uno para obtener algún fin práctico para que ya estemos ante la ciencia y la tecnología, esos procesos de obtención del conocimiento y de intervención en el medio vienen a ser saberes y técnicas cuya consolidación como instituciones sociales viene a ser lo peculiar de lo que entendemos como ciencia y tecnología.
Aunque estos son temas que se estudiarán con detalle en Filosofía de la Ciencia, es conveniente señalar que estamos asistiendo en los últimos años a una superación de los motivos que podrían estar detrás de lo que se ha llamado la guerra de las ciencias. A la par se puede afirmar críticamente que ese tipo de “guerras” se daba, en buena medida, a partir de una incomprensión mutua entre científicos y estudiosos sobre la ciencia. Quien esté interesado en la situación más o menos actual, haría bien en leer los artículos de S. J.Gould(2000) y B. Latour (2004) que están incluidos en la sección “Artículos recomendados”. Gould (2000) plantea allí con suma claridad que:
“Deberíamos rechazar la extendida creencia de que una guerra entre científicos define ahora el análisis público y académico de esta institución, con una supuesta batalla desarrollada entre el bando de los realistas comprometidos de lleno con la práctica de la ciencia (buscando una verdad externa absoluta progresivamente alcanzable por métodos universales no sesgados de observación y razonamiento) contra el de los relativistas dedicados el análisis social de la ciencia (y que creen que todo lo que se pretenden verdades sobre el mundo externo solamente representan construcciones sociales sujetas a un cambio constante y no se relacionan con ningún movimiento hacia un auténtico conocimiento fáctico). El mismo concepto de guerra de la ciencia simplemente expresa un mito básicamente ridículo, arraigado en nuestra tendencia a idear esquemas dicotómicos que se sustentan sobre la invención de caricaturas de individuos no existentes que sirven como hombres de paja en una representación retórica autoreferencial que da calor pero no ilumina (lanzo una maldición sobre esta tendencia que se da en los dos bandos). Los comentaristas sociales puede que sean más culpables por su frecuente mala caracterización del trabajo de los científicos, pero algunos científicos han construido imágenes igualmente confusas y filisteas de los críticos sociales como si arrojasen a la basura cualquier enunciado sobre hechos confirmables en un mundo externo objetivo”. GOULD, S. J. (2000), "Deconstructing the `Science Wars' by Reconstructing an Old Mold", Science, 287, 253-260.
Por otra parte, Bruno Latour, considerado habitualmente como un abanderado del constructivismo social en los estudios sobre la ciencia, realiza unas reflexiones muy esclarecedoras al aceptar, aunque sea con reticencias, muchas de las críticas más fuertes que se le han hecho. Reformula algunas cuestiones del realismo científico y muestra un claro compromiso con esa reconstrucción del realismo. Esa “declaración” de Latour, podría obligarnos a repensar lo que hemos dicho sobre él en el tema 2 (apartado sociologia de la ciencia y revoluciones científicas, sobre la crisis del realismo científico), pero, sobre todo, nos parece que muestra que él mismo aceptaría críticamente buena parte de lo que decimos en aquellos apartados.
“Lo que pretendo defender es que la mentalidad crítica, si pretende renovarse y volver a ser pertinente, se desarrollará en el cultivo de una actitud obstinadamente realista, por decirlo en términos de William James, pero un realismo que aborde lo que llamo cuestiones problemáticas y no los asuntos de hecho. El error que hemos cometido, que he cometido, consistió en creer que no había ninguna manera adecuada de criticar las cuestiones de hechos salvo abandonándolas y dirigiendo la atención hacia las condiciones que las hacían posible. Pero esto supone aceptar demasiado acríticamente lo que sean las cuestiones de hecho. Era permanecer demasiado fiel a la desafortunada solución heredada de la filosofía de Kant. La crítica no ha sido suficientemente crítica a pesar de toda su virulencia. La realidad no viene definida por cuestiones de hecho. Los hechos no son todo lo que se nos da en la experiencia. Solamente son muy parciales y, defenderé, que son muy polémicos, una traducción muy política de asuntos por los que nos preocupamos y solamente un subconjunto de lo que podríamos llamar el estado de cosas.
Es este segundo empirismo, este retorno a la actitud realista, lo que me gustaría proponer como la siguiente tarea para las mentes críticas”(LATOUR, B. (2004) “Why Has Critique Run out of Steam?From Matters of Fact to Matters of Concern” Critical Inquiry, vol. 30, pp. 225-248).
Ahora bien, precisamente la tecnología supone cierto tránsito de formas de intervención menos sistemáticas y menos organizadas a una estructura institucional que incorpora la planificación, el control y la innovación como uno de sus objetivos institucionales. La tecnología es un ámbito especial en el que esos matters of fact (hechos) de los que nos habla Latour son efectivamente matters of concern (cuestiones pertinentes, significativas). Nos encontramos así que en esta nueva revisión del empirismo se produce un acercamiento más claro entre lo que clasificamos tradicionalmente como ciencia o como tecnología. En cierta forma consideramos que es un buen paso para una filosofía de la tecnociencia. Esto es lo que nos permite ver en el texto de Broncano un primer paso en la dirección adecuada:
“La tecnología, sus instituciones, los sistemas tecnológicos y sus productos, los artefactos, conforman un territorio cultural profundamente relacionado con la ciencia, con las ciencias de la modelización artificial y con las técnicas, pero es un territorio que tiene una cierta autonomía en la historia, sus propias tradiciones y reglas” (Broncano (2000), p. 99).
Aunque tenga esos componentes autónomos en su historia, la pretensión de separarlas es la que, indirectamente, alimentaba las “viejas” posiciones de Latour y de toda suerte de constructivistas sociales.
4.3. Ciencias de lo artificial y tecnología
El estudio de lo que podríamos llamar ciencias de lo artificial resulta esclarecedor para ver que las distinciones no se deberían hacer de manera tajante. La ciencia natural se puede entender como un cuerpo de conocimientos sobre alguna clase de cosas (objetos o procesos) que ocurren en el mundo, sus características y propiedades, sobre cómo se comportan y como interactúan. Un libro que me parece muy esclarecedor al respecto es H. Simon (SIMON, H. A., 1999, 3ª ed.). El objetivo principal de un científico natural puede decirse que es tratar de encontrar orden en el caos, encontrar pautas de comportamiento, regularidades y así demostrar que la complejidad, si se observa de manera correcta, no es sino la expresión de una simplicidad subyacente. Pero nuestro mundo actual, en el que de hecho vivimos es un mundo hecho por los seres humanos, es un mundo artificial. Prácticamente cualquier elemento de nuestro entorno es una muestra de la capacidad de construcción de artificios por parte de los humanos.
Para Simon, así entendido, incluso nuestro lenguaje es el resultado de un artificio “Las leyes que rigen las cadenas de simbolos, las leyes que rigen las ocasiones en que emitimos y recibimos esos símbolos, los determinantes de sus contenidos son todos consecuencias de artificios colectivos” (p.3). Nos propone cuatro rasgos distintivos entre lo artificial y lo natural que le sirven para señalar aspectos peculiares de las ciencias de lo artificial.
1) Las cosas artificiales son sintetizadas por los seres humanos (aunque muy pocas veces con absoluta premeditación)
2) Lo artificial puede imitar ciertas apariencias de las cosas naturales aunque carezca, en uno o muchos aspectos, de la “realidad” de estas últimas.
3) Las cosas artificiales pueden caracterizarse en términos de funciones, objetivos y adaptación.
4) Las cosas artificiales se analizan, particularmente cuando se diseñan, en términos de imperativos además de descriptivamente.
En ese texto de Simon podemos encontrar claramente cierto antecedente de la Teoría de los tres entornos que ha desarrollado J. Echeverría. Debemos tener sumo cuidado en no identificar lo biológico con lo natural. Un bosque puede ser un fenómeno de la naturaleza, pero un granjero no lo es. Un campo arado no es ni más ni menos natural que una calle asfaltada. Lo importante es ver que lo que llamamos artefacto no está separado de la naturaleza. No nos permite independizarnos de las leyes de la naturaleza. Pero en la medida en que cambian nuestros objetivos, nuestras aspiraciones, así cambian nuestros artefactos y también ocurre que con otros artefactos pueden aparecer nuevos objetivos.
De manera que la ciencia, al intentar adecuar los objetos y los procesos en los que se incorporan a la vez las aspiraciones humanas y las leyes de la naturaleza, lo hace desde el presupuesto de que debe haber medios para proceder a combinar esos dos componentes tan diversos.
Si la ciencia natural es el conocimiento sobre los objetos y procesos naturales, tambien podríamos obtener conocimiento que podríamos llamar ciencia artificial (conocimiento sobre objetos y procesos artificiales). Si adoptamos la definición habitual del diccionario, parece que hay cierto sesgo peyorativo sobre la noción de artificial, pero siguiendo a Simon defendemos la importancia de comenzar con una posición menos cargada valorativamente del término artificial.
Esta perspectiva sobre lo artificial resulta muy significativa para analizar una transformación contemporánea (que se relaciona con la tecnociencia) producida sobre todo en los últimos cuarenta años: la irrupción de las “ciencias de diseño”. En ellas resultan incluso más borrosas las distinciones entre ciencia y tecnología.
“Histórica y tradicionalmente, la tarea de las disciplinas científicas ha sido la enseñanza de las cosas naturales: cómo son y cómo funcionan. La tarea de las ingenierías ha sido la enseñanza de las cosas artificiales: cómo hacer artefactos que tengan las propiedades que se desean y cómo diseñarlos” (Simon, p. 111).
Pero para articular con claridad la relación entre ciencias básicas y estos conocimientos aplicados, de la ingeniería, que incluiríamos bajo el rubro de ciencias de diseño, resulta muy conveniente proceder a un análisis de la relación medios-fines, al estudio de las diversas propuestas sobre la racionalidad y las discusiones sobre una supuesta racionalidad tecnológica diferente de la racionalidad científica. Precisamente algunas de estas cuestiones van a ser abordadas en el tema siguiente. Para profundizar en algunos aspectos de este tema puede resultar interesante leer el desarrollo, bastante claro y sistemático, que aparece en el libro recomendado de BRONCANO, F.(2000): Mundos artificiales. Filosofía del cambio tecnológico. Barcelona, Paidós; precisamente el capítulo “Mundos artificiales” páginas 81-131.