LLEGAR HASTA ALLA TIENE LA MITAD DE LA GRACIA
Por
Robert L. Conway, C.PP.S.
Debe haber sido la época de los aterrizajes norteamericanos en las Solomons o en Nueva Guinea durante la II Guerra Mundial que supimos la verdad. Llegaban nuevas historias que se referían al frente civil de los misioneros, sacerdotes, Hermanos y Hermanas, que eran evacuados de sus puestos después de años de servicio. Algunos habían dejado Europa treinta o cuarenta años antes, y nunca habían vuelto a casa. Más o menos lo mismo pasaba con muchos de nuestros más antiguos misioneros pioneros de la Preciosa Sangre, sacerdotes, Hermanos y Hermanas. Una vez que empezaban a trabajar en los EE.UU., la gran mayoría nunca tenía la oportunidad de hacer una visita a Europa, su tierra natal.
Había muchas razones para esto. Indudablemente, su compromiso con Cristo significaba “no mirar atrás”. Este desprendimiento que se daba por descontado era heroico. Y al mismo tiempo requería una parte igual de heroísmo por parte de los acongojados parientes que quedaban en casa. San Pedro Claver dejó España en 1610 para trabajar entre los esclavos africanos en Cartagena, Colombia, en trabajos durísimos en los campos y minas de América Central y Sudamérica. Pasó los restantes cuarenta y cuatro años de su vida en el apostolado. Murió en 1654, pero para su familia había muerto cuarenta y cuatro años antes. En los anales de la misión de la Iglesia esta historia ha sido repetida cientos de veces.
Hay otra razón, sin embargo, por qué antes los misioneros no regresaban a casa. El tiempo y el costo que implicaba viajar lo hacían prohibitivo. Como la mayoría de las áreas de misiones estaban lejos, el viaje podía demorar meses. Y entonces, también, el viaje original se hacía bajo circunstancias que no alentaban a repetirlo. Una vez seguro en las playas de la misión, el misionero a menudo ya no tenía deseos de arriesgar la vida en los mares.
Pero este es un mundo que cambia; especialmente desde la llegada de los aviones, y luego, el refinado jet subsónico. Viajar a seiscientas millas por hora, encoge los océanos, pasa por sobre las barreras de las montañas, salta desiertos y planicies. Y el jet envía a muchos misioneros de vuelta a casa.
Los Padres de la Preciosa Sangre llegaron a Chile a fines de 1947. Esto fue solo dos años después del término de la guerra; el viaje internacional en avión todavía no era muy corriente. Al mismo tiempo los nuevos misioneros tenían que transportar una gran cantidad de equipaje. Esto incluía no sólo su equipaje personal, sino también herramientas, motores, suministros para la iglesia de todo tipo. De manera que hacer el viaje en barco era una necesidad.
Así en los primeros años, los misioneros CPPS llegaron a Chile a bordo de la compañía Grace Lines, saliendo de Nueva York. Tal viaje por mar seguramente tenía sus compensaciones. Como el viaje tomaba dieciocho días, permitía al nuevo misionero una introducción informal a su nueva cultura. Le daba la emoción de atravesar el Canal de Panamá, de saborear el espectáculo y olores de puertos como Guayaquil, Callao y Molendo, luego, finalmente, atracar en el puerto principal de Chile, Valparaíso.
En aquellos días los Padres de la Preciosa Sangre pasaban un período de seis años en Chile, al final del cual, cada misionero regresaba a los EE.UU. para “un permiso sabático” de un año. Después de una corta visita a casa, se le daba un trabajo, generalmente, como vicario en alguna parroquia. También durante este año, el retornado trataba de estimular el interés en las misiones chilenas. Con un sentido práctico esto significaba obtener donaciones para las misiones. Después de estos años en los EE.UU., el misionero quedaba libre para volver a presentarse como voluntario para Chile o continuar su trabajo sacerdotal en su tierra natal.
Después de varios años, se cambió esta política de “los seis años abajo y uno arriba”. Se convirtió en cinco años en Chile con seis meses en los EE.UU. De nuevo, los seis meses del misionero significaban una corta visita familiar y un cargo en una parroquia.
En agosto de 1961 se produjo otro cambio en esta política. El misionero ahora trabajaría tres años en Chile, luego se le darían tres meses de permiso en los EE.UU. Durante este tiempo en casa, el misionero no tendría un cargo parroquial, sólo predicar un determinado número de domingos, para pedir ayuda para las misiones. Esta política de “tres y tres” todavía está en efecto. Y es interesante notar que otros grupos que envían misioneros han adoptado la misma política. Por ejemplo: los Franciscanos en Bolivia y los Franciscanos de Convento en Costa Rica.
En 1961 vi un cambio en la política, también vi un cambio en el tipo de avión que llegaba al aeropuerto internacional de Santiago. Las grandes líneas de pasajeros ahora usaban los Boeing 707, el Douglas DC-8 y el Convair 990. Para el misionero norteamericano esto significaba la comida en Santiago y al día siguiente en casa. Y para el tesorero de las misiones significaba que el costo de un pasaje en avión era considerablemente más bajo que el del barco. Y para dejar a todos felices, el gobierno chileno aumentó el papeleo preliminar para salir del país. Como están las cosas ahora, (pero estas cosas cambian frecuentemente) el Padre que se va necesita cinco o seis documentos. Uno de éstos es elsalvoconducto, que realmente significa que no es “buscado” en lo que se refiere al departamento de policía. Luego el misionero debe mostrar pruebas de que no tiene ingresos privados y que no paga impuestos. El gobierno tiene un impuesto de viaje hacia otras partes de Sudamérica y un impuesto más alto hacia Europa y Norteamérica. Esto también debe tomarse en cuenta antes de que sea concedido el permiso para dejar el país. Finalmente para entrar a los Estados Unidos necesita su pasaporte y un certificado de vacunas al día. Para re-entrar a Chile, todo lo que tiene que hacer es mostrar este último certificado y su documento de residencia permanente.
El misionero, por supuesto, es libre de volar directo a casa si lo desea. Puede tomar el vuelo de Panagra en Santiago con paradas cortas en Lima, Perú, Panamá y finalmente Miami. Luego faltaría simplemente hacer un vuelo de conexión para el último tramo a casa.
O puede tomar el avión Canadian Pacific desde Santiago a Lima, a Ciudad de Méjico, a Windsor, Canadá. O de Ciudad de México puede tomar American Airlines sin detención hasta Chicago.
Generalmente, sin embargo, estos son los vuelos de aquellos que están apurados. Por otra parte, muchos de los misioneros, contentos de hacerlo más calmados, se detienen a conocer algunos de los países que han sobrevolado. Como el viaje aéreo ha facilitado el viaje a casa, también ha facilitado las detenciones en la ruta. (Precious Blood Messenger, mayo, 1966, págs.144 a 147, Vol.III)