Por Leo Herber
Una historia esquemática es sólo para dar una idea general, o para ayudar a entender un estado de ánimo o para explicar un movimiento histórico de un modo compacto. A veces esa historia simplemente dice muy poco sobre mucho y deja muchas preguntas sin contestar. Si lo que escribo da cualesquiera de esos resultados, quedaré contento, especialmente, si alguien me contesta las preguntas sin respuesta.
El actual estado de la espiritualidad parroquial tiene sus raíces en una historia que se “remonta” años atrás. El espíritu del secularismo que caracterizó los años 40 y 50, y una pesada carga de Albingensianismo traída desde España, crearon una situación en la cual la Iglesia chilena tenía que reaccionar.
El Albingensianismo puso el énfasis de la religión en los resultados morales. Fuego y azufre sostenían a los Mandamientos. Las escenas de juicios eran las más importantes en el Evangelio. Los sacramentos eran para las “pocas” buenas personas que se acercaban a ellos con temor, a pesar de las frecuentes purificaciones, por medio de la confesión. Esta severidad le dio un solo tono al cuadro religioso en Chile, el tono que venía de las familias católicas que practicaban la fe y eran educadas en colegios y seminarios católicos. El esfuerzo total de éstos era salvarse a sí mismos y escapar personalmente del fuego del infierno.
Un matiz totalmente diferente le añadieron aquellos que formaban la gran mayoría. Estos vivían en las áreas rurales, en donde con suerte tenían a un sacerdote por una semana al año. La misión rural les daba una dosis altamente concentrada de “fuego y azufre” que fortificaba cualquier temor que fuera débil. Una vez que se iba el misionero, el temor se transfería a las supersticiones que abundaban. Algunos no podían asistir a la peregrinación de San Sebastián: su esposa moría poco tiempo después. Algunos no prendían velas en el lugar en que una pequeña gruta marcaba donde un borracho había muerto en el camino: desde entonces el alma del muerto caminaba en las noches por los techos de los negligentes cristianos, privándoles del sueño y de la tranquilidad. Donde sea que alguien muera en el camino o en los campos, se construye un pequeño santuario, y delante de él, se mantienen encendidas las velas. Se supone que esta alma se queda en el lugar mientras las velas se mantengan encendidas. Después de rezar ante esa “gruta” alguna persona enferma se mejora y la voz de “milagro” se extiende como fuego por las viñas. Docenas y luego cientos de personas van entonces donde la “animita milagrosa”. Una vez un campesino movió esa gruta hasta la orilla de su campo, (alguien había sido encontrado muerto en medio del campo donde había sido construida la gruta). Cuando el campesino terminó su trabajo, regresó a su casa, la que estaba en llamas y completamente quemada. Por supuesto había sido la maldición de la animita. El temor al pecado no era temor a ofender a Dios, sino de olvidar algún acto “sagrado”; de ignorarlo o actuar en contra de ello; es el temor de las consecuencias materiales que resultarán de ello.
En las ciudades y pueblos en donde se encuentran las supersticiones y el azufre, se funden en distintas proporciones. Pero una cosa tenían en común – nunca estaban teñidas por la doctrina. Nunca tenían algo de las enseñanzas de la Iglesia sino que se formaban completamente fuera de cualquier verdad estructurada. Incluso el racionalismo que a menudo eliminaba la superstición y la severidad ritual se mantenía fuera de cualquier contacto con las verdades religiosas. Atacaba la forma de las devociones y las prácticas de la gente y las ceremonias en que se encontraban estas dos.
Así estaba compuesta la fe en Chile. Estos son los descendientes de aquellos que hace 2.000 años atrás recibieron la doctrina del misterio pascual y el gran mandamiento de amar como Dios mismo ama. Se necesitaba una purificación. No era sólo necesario regresar a la simplicidad radical de los primeros cristianos sino aumentar esa fe original y el amor con la riqueza de 20 siglos, las tradiciones que trajo la España Católica y el temperamento y carácter de las razas criollasnativas.
El primer gran paso vino a principios de los años 60: la Gran Misión. A través de todo Chile la Gran Misión fue bien planificada y bien ejecutada. Sus etapas de desarrollo no estuvieron en las catedrales o basílicas, sino en las casas, en pequeños lugares de reunión de clubes deportivos, o de sindicatos o de vecinos. Estas circunstancias y la forma de diálogo de las reuniones dieron a los católicos chilenos la primera experiencia en vivir la fe. Conocerse unos a otros y conocer a Cristo eran los nuevos pasos dados hacia la real profundidad del amor. Fue el primer trago de fe compartida en la comunidad, que más tarde maduraría con la oración y la vida sacramental.
La duración de la fuerza de la Gran Misión pudiera haber variado si no fuera por el Segundo Consejo General de Obispos de Latinoamérica (CELAM) llevado a cabo en Medellín en 1969. La Conferencia fue preparada con encuestas a nivel de grupos locales. Aquellos que sirvieron en la Gran Misión estudiaron las hojas de trabajo de la Conferencia. Les dieron una nueva motivación, una mejor organización y el estudio en sí mismo clarificó mejor las luces recibidas durante los años previos.
En Purranque, a 1.000 kilómetros al sur de Santiago, esta historia fue vivida al igual que en muchas ciudades de la nación. El 7 de diciembre de 1967, se reunió un grupo de hombres por primera vez para dar una mirada a los temas proyectados para Medellín. Participar en talleres diocesanos les dio un mayor sentido de “Iglesia”. Cuando terminó su trabajo de preparación, un año más tarde, los informes llegados desde Medellín fortalecieron su unidad y los orientaron para tener un enfoque de real interés. Fue un año de mucho estudio y uno de los grandes frutos fue darse cuenta de todo lo que no sabían. Semana tras semana se encontraron para descubrir la belleza y la profundidad del Nuevo Testamento, durante otros cinco años, bajo la dirección del Padre John Falter. Yo estuve en Purranque desde 1966 a 1968. El 1º de enero de 1974, regresé como párroco. Algunas de las caras del grupo sinodal habían cambiado, pero el grupo en sí mismo todavía tenía la misma composición general, y el espíritu, pero estaba más maduro.
Pero todavía estaban estudiando. Algún día todos los estudios tienen que salir del pizarrón o si no morir en el papelero. Después de siete años de estudio era tiempo de salir hacia el apostolado y compartir su experiencia con los demás. Medellín había plantado las bases de una nueva cara de la iglesia – las Comunidades de Base Eclesiales. Estas comenzaron a ser conocidas como CEB.
Sin embargo, el grupo sinodal no quería moverse. Los miembros sintieron que no estaban preparados. También temían que terminarían en nuevos grupos y que el propio desaparecería. Comencé por mi cuenta a formar dos nuevos grupos con visión de CEB. No pasó mucho tiempo hasta que dos de los grupos sinodales ofrecieron ayudar: pronto todos ellos estaban trabajando. Sus propias reuniones cobraron nueva vida a medida que compartían las experiencias del apostolado.
El grupo sinodal todavía era un grupo compuesto sólo por hombres. En 1977 el Padre Joe Navarrete produjo el gran cambio, logrando que los hombres aceptaran a sus esposas en las reuniones ordinarias. Yo mismo tuve un poco de temor por lo que pudiera resultar del mundo machista; pero resultó y tuvimos el primer grupo de parejas casadas. El grupo sinodal probó ser un laboratorio o grupo de conejillos de Indias. Su éxito para ajustarse a una comunidad casada dio esperanzas de que resultara igual en otras comunidades.
Esa esperanza no se materializaría hasta un largo tiempo. Las nuevas comunidades todavía eran representativas de la fe en Chile: era un mundo masculino en la superficie y un mundo femenino en lo profundo. Esto realmente no debería sorprender a nadie. El Machismo – la plaga tipificada por la dominación masculina - es en realidad sólo apariencias. El hombre debe montar un show de poder constante; es el único sustituto del poder que no tiene. Vive en una eterna adolescencia en la cual se mide por signos externos de poder: los licores que puede tomar, las peleas que puede dar, las cosas que puede comprar. Estas son como pequeñas insignias de mérito con las cuales su pequeño grupo local de machos mide su estatus. La mujer tiene la verdadera autoridad. Es la madre la que tiene afecto por la familia; es la polola la que envía a los muchachos a las competencias más tontas por televisión; es la ama de casa, la que ha hecho o deshecho el estatus político de no pocos cargos importantes. Los gobiernos nacionales han tenido que halagar el poder de las mujeres para obtener sus votos; incluso el gobierno militar se da cuenta que está acabado el día que las damas en la cocina así lo decidan. Cuando se celebró el Año Internacional de la Mujer, todos los medios de comunicación nacional se dedicaron a su promoción Lo mismo puede decirse del Año Internacional del Niño – parte del mundo femenino. El Año Internacional de la Familia ha pasado desapercibido – nadie sabe que existe. Hay una Asociación Nacional de Secretarias y el Centro Nacional de Madres – ambos dedicados a promover el idealismo político del gobierno y a formar un bloque en contra de cualquier grupo que pueda cuestionar la política a nivel local o nacional. Este año para el Día del Padre, la gran novedad fue el encuentro del Presidente con el Congreso Nacional de Mujeres. ¡Pobre papá! Lo único que se acerca más a una organización de hombres es Alcohólicos Anónimos.
Pienso que la Iglesia ha jugado este mismo rol con sus Madres Catequistas. Las madres se encuentran y estudian un tema. Deben luego tratar este tema en familia y enseñar a sus hijos. No cabe duda que es mejor que nada – es un paso hacia adelante; pero como los Centros de Madres, y la asociación de Secretarias, dividen a la familia en facciones, dando la responsabilidad – y por lo tanto la autoridad – a las mujeres. Nuestra esperanza no es que el rol exagerado de las mujeres sea reemplazado por un rol exagerado de los hombres; sino que la pareja matrimonial asuma su responsabilidad unida, como una fuente de vida.
El grupo sinodal ha tratado de seguir estos principios. Las parejas se hacen cargo de distintas fases de la actividad apostólica. Las parejas también hicieron el Cursillo de Cristiandad. Las parejas se hicieron cargo de las instrucciones pre-bautismales e insistieron en que los padres asistan a las reuniones de sus comunidades locales durante un mes antes de tomar las seis instrucciones requeridas. Muy pocos de éstos se quedaron después de las instrucciones bautismales, pero algunos sí lo hicieron. Estos luego hicieron el Cursillo y se integraron al equipo apostólico. A fines de 1979 tomó forma un grupo paralelo al grupo sinodal. El grupo original se dedicó a la formación de comunidades; el nuevo grupo a los servicios que estas comunidades necesitaban: instrucciones prebautismales, prematrimoniales, catequesis adulta, preparación de Primera Comunión y Confirmación, apostolado de masas, acción social, etc. – cada pareja con su función específica. La liturgia también tomó un aspecto adulto. Los acólitos niños dieron paso a hombres acólitos y las prescripciones litúrgicas con respecto a los lectores masculinos fueron rápidamente solucionadas.
Dos esfuerzos exitosos llevaron más parejas a las CEB. Una pareja del grupo sinodal, se dispuso a formar una comunidad de parejas casadas y no aceptaban nada más. Al principio su vida y la de su esposa fue algo solitaria, pero con perseverancia establecieron una primera, y luego una segunda CEB de matrimonios. El otro intento fue hecho por otra pareja que se dispuso a organizar una comunidad con aquellos que venían de los cursos prematrimoniales, y más tarde, invitaron a parejas, incluso antes de terminar la preparación prematrimonial. Esta comunidad, actualmente tiene problemas con los embarazos de la comunidad, pero eso debiera resolverse pronto con grupos de bautismo. Son todos alrededor de la misma edad, de la misma fecha de matrimonio y los resultados son fascinantes –¡los mismos!
La catequesis es una de las grandes ocasiones de evangelización a nivel de la parroquia. También permite uno de los grandes medios de vivir realmente la fe en la comunidad de la familia. Aquí, sin embargo, durante el período entre 1974 y 1980, la catequesis siguió las estructuras tradicionales. Se ha hecho un intento de Madres Catequistas previamente, pero eso se dejó morir de muerte natural por las razones dadas anteriormente. Aquí decidimos concentrarnos en formar las CEB. El catequista parroquial se haría cargo de los niños en la medida que los padres se integraran con la comunidad cristiana local. Esto creó un sentido de comunidad. Después de recibir los sacramentos para sus hijos, muchos padres no continuaron con las comunidades, pero una pequeña minoría sí lo hizo. Su presencia y reacciones me dieron esperanzas de tener una verdadera catequesis familiar en 1981.
En enero de 1980, Luis y Margarita Rodríguez, la pareja a cargo del catecismo de los niños fue a Chiloé. Sus familias viven en esta isla al sur de Puerto Montt. Allí se encontraron con un sacerdote, un ex profesor de Margarita, que actualmente está a cargo de la catequesis en la Diócesis de Puerto Montt. Le contaron sobre su trabajo aquí en la parroquia. El buen Padre se entusiasmó y les dio un curso completo del Plan Nacional de Catequesis Familiar, y les dio toda clase de material y sólo los dejó irse cuando tenían que volverse a Purranque. Parecían tan entusiasmados y tan bien preparados que le propuse al equipo apostólico tratar de hacer funcionar este plan este año. Todos estuvieron de acuerdo.
En marzo de este año, la organización de las CEB fue reformada para satisfacer las demandas del nuevo plan. Después de las primeras tres reuniones de las CEB en las casas de los miembros, se juntaron todos para una celebración litúrgica y un café para poder conocerse entre sí como familia parroquial. Había 230 presentes en esa reunión. Cuatro semanas y cuatro reuniones más tarde, el 1º de junio, todos se encontraron de nuevo para evaluar los efectos que la experiencia comunitaria había tenido en sus familias. Trabajaron toda la tarde en la evaluación. Un café y unas canciones rompieron la pesada atmósfera de un serio análisis, y la Misa al final del día, a las 6:00 P.M., les dio a todos el sentimiento de crecer con la Iglesia y la adhesión a su Obispo que era el celebrante principal. Los resultados del estudio mostraron que las parejas casadas estaban al menos descubriendo problemas que influían en sus vidas y en su felicidad. Colocaron la fuente de sus problemas dentro de su propio círculo familiar, en vez de poner la culpa en otra parte, como generalmente acostumbran. Demostró un despertar de una nueva conciencia a la necesidad de la comunicación y del diálogo, la necesidad de tener en mente la vocación de marido y mujer para poder cumplir con la vocación de padre y madre. Habían podido saborear la fortaleza y apoyo que viene del matrimonio en una comunidad de fe, y se dieron cuenta que las maravillosas cosas experimentadas, ahora al principio, deben tener luego, un futuro más pleno y hermoso.
En el programa catequístico familiar los matrimonios tratan temas que están orientados hacia los esposos, no hacia los niños. Miran la fe como el camino a una vida matrimonial más plena y feliz. Entonces pueden compartir sus descubrimientos con sus hijos, ayudándoles a desarrollar ideas a nivel de hijos a través de un libro de actividades especial. Todos los sábados los hijos se encuentran en una comunidad con un “auxiliar”. Se usa el término para reservar el de “catequista” a los padres. En la reunión de la comunidad de los niños, el tema se trata con celebraciones, cantos y juegos. Al final de la sesión, hay una Misa para niños dirigida por el grupo que recibió su Primera Comunión el año anterior. Sin embargo, siempre consciente de sus hermanos presentes, que todavía están en camino, hacia la mesa del Señor. El objeto es entonces simultáneamente aumentar el deseo por la vida de Cristo y – para los mayores – aumentar la intimidad con esa vida.
Sin embargo, el programa como un todo, no está dirigido al niño, sino a los padres, no a los esposos, sino a la familia. El exceso de énfasis en la mujer o en el niño del pasado no se puede corregir con otro exceso de énfasis; por el contrario, la práctica de relaciones equilibradas y correctas en la familia es aparentemente la única respuesta.
La evangelización a través de la catequesis tiene una importancia creciente en las actividades parroquiales. El nuevo plan no suplanta, sino complementa los programas anteriores dirigidos a las masas. Todavía invertimos todo lo que podemos en los catecismos baratos (que todavía se imprimen aquí, pero cuestan medio dólar). También nuestro catequista a tiempo completo para el programa de colegios fiscales de ninguna manera ha sido liberado por este plan. Por el contrario, hay más familias interesadas en que sus hijos aprovechen el programa de colegios públicos además de la preparación sacramental.
Mi padre siempre decía que en la tarde del domingo si todo está tranquilo y quieto es el momento de salir y ver en qué están los niños – algo está a punto de explotar. Nosotros también sentimos que el programa, incompleto como está, está avanzando sin problemas – algo debe estar por estallar. Habrá problemas. Cuando eso suceda tendremos que solucionarlos o vivir con ellos.
Los Padres de la Preciosa Sangre han estado trabajando aquí en Purranque por más de 30 años. Es estupendo ver los presentes acontecimientos a la luz del pasado y sentir la gratitud que da poder compartir la historia que comenzó hace tres décadas atrás. (Cincinnati C.PP.S. Newsletter, Nº114, julio 25, 1980, págs. 856-857-858)
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