Fecha de publicación: 09-oct-2010 2:59:11
Francesc-Marc Álvaro
06/10/2010
Sin el obstinado combate cultural que el catalanismo libró durante el franquismo, Catalunya podría ser hoy una Occitania bis
El reciente fallecimiento de un hombre de la valía de Joan Triadú invita a pensar en el carácter especial de aquellos que, contra el ambiente que les tocó vivir, decidieron que Catalunya tendría futuro si ellos eran capaces de hacerla tangible a través de la cultura. ¿Por qué Triadú no tiró la toalla? Para mí, este sigue siendo el gran enigma que nos explica como nación en la Europa de hoy. Agustí Pons, biógrafo documentado de Triadú, nos aporta muchos datos para responder la cuestión, pero cada cual debe colocar las piezas a su manera, para poder entender qué es lo que evitó que los catalanes nos convirtiéramos en un mero vestigio folklórico y pintoresco, como les ha ocurrido a otros pueblos sin Estado.
Al conocer la noticia de la desaparición de Triadú, pensé en mi padre de joven, haciendo teatro de aficionados en catalán, durante los años del franquismo más férreo y anestesiante. Hay algo, un hilo invisible, entre la tarea heroica de gigantes culturales como Triadú y las actitudes sencillas de la gente corriente que, como mi padre y tantos otros, mantuvo viva la catalanidad casi sin saber que lo estaba haciendo. Sin la presión y la convicción de los visionarios que animaban la llama de una lengua y una cultura oficialmente prohibida, el hijo de una familia castellanohablante de diez hermanos no habría descubierto nunca el teatro de Guimerà y Sagarra o las poesías de Maragall. Sin los Triadú, los Benet, los Ainaud de Lasarte, los Vicens Vives, los Carbonell, los Sales, los Galí, los Molas, los Castellet y demás referentes, que sabían aprovechar las grietas del régimen para difundir su mensaje de futuro, los gestos calculados de la burocracia franquista tolerando ciertas expresiones no habrían ido más allá de la recreación arqueológica para apuntalar "un sano regionalismo".
Triadú tenía muy claras las coordenadas. Vivió y estudió siempre lo catalán como parte de lo europeo y de lo universal. Sabía que la primera muerte de una cultura es su provincianización mental, su cerrazón solipsista, su fosilización desde dentro. Eso que, ya en plena democracia, un alto dirigente socialista quería ver en la naciente TV3 y que, afortunadamente, se evitó con inteligencia y no pocas dosis de audacia. Mirar al exterior desde una catalanidad sin complejos hizo de Triadú un experto conocedor de las principales literaturas extranjeras, con un criterio amplio y bien construido que iluminaba con rigor y originalidad sus valoraciones sobre la producción de los autores del país. Su cosmopolitismo fue verdadero, no la impostura colorista de los que esconden así la falta de conocimiento y amor por lo propio. De ahí que el nacionalismo catalán que se reformuló a caballo de la resistencia cultural y democrática sea un fenómeno que no se puede comprender cabalmente sin su vinculación al ideal europeísta. La mirada moral de los que anhelaban reconstruir Catalunya sin renunciar a su identidad es la de unos europeos doblemente quebrados por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, abatidos por dos tragedias que se superponen amargamente.
¿Cómo sería Catalunya si Triadú y otros hubieran tirado la toalla? Doy con la respuesta leyendo (gracias al consejo del sabio profesor August Rafanell) la novela Catoia l'enfarinat, la gran obra de la literatura occitana contemporánea, escrita por Joan Bodon y traducida espléndidamente por Artur Quintana. En ella se nos muestra lo que ocurre cuando una comunidad se aísla del mundo para defender su identidad desde el miedo y la desconfianza, confundiendo la supervivencia con la pureza y la libertad con la autocastración. Sin el obstinado combate cultural que el catalanismo libró durante el franquismo, Catalunya podría ser hoy una Occitania bis, con algo más de vitalidad económica pero igualmente convertida en parque temático de un pasado evaporado. El panorama de una catalanidad diluida hasta quedar encerrada en el museo de curiosidades tribales daría la razón a quienes hoy sostienen que es absurdo hablar catalán pudiendo hacerlo en un idioma con tantos millones de hablantes y consumidores como es el español. No exagero. "¿Por qué escribes tus novelas en catalán", le preguntaban a Baltasar Porcel, hasta el día de su muerte, muchas de sus amistades más distinguidas de la élite económica y social barcelonesa. Sin el ejemplo y el apoyo de los Triadú, Porcel nunca se hubiera convertido en el Porcel que elevó a arte la lengua de su madre.
Debo acabar este papel proponiendo alguna respuesta a la pregunta que lo encabeza. No diré que Triadú lo hizo por autoestima, palabra que, al parecer, hace mucha gracia a los que nunca han tenido que justificar la lengua que usan. No diré tampoco que Triadú lo hizo por patriotismo, porque la palabra está temporalmente prohibida desde que algunos que lucían como patriotas han confesado dedicarse al saqueo. Y no diré que Triadú lo hizo por un deseo indoblegable de libertad porque, aun siendo ello muy cierto, sólo sería una explicación parcial. Modestamente, pienso que Triadú no tiró la toalla por un alto sentido de la responsabilidad, para con su generación y, sobre todo, para con las generaciones más jóvenes, como demostró en su faceta de pedagogo. Responsabilidad asumida serenamente con todos los riesgos y dificultades, en un tiempo de miedo, miseria y desesperanza. Es la misma responsabilidad histórica que ha hecho de Catalunya un lugar donde, a pesar de los pesares, una parte central e importante de la sociedad no está dispuesta a convertirse en mero espectador de su suerte.