Volví a nacer

7 de junio de 2009

Arturo Hazbún, hombre de mediana edad, médico cirujano de profesión y fanático del fútbol, acababa de llegar de un paseo familiar en Santa Marta cuando recibió una llamada para operar de emergencia a un herido de bala en la Clínica La Asunción, ubicada a la vuelta de su casa. Eran las 11 de la noche pasadas. Su esposa no le creyó y tuvo que ir con ella a la clínica para que se cerciorara de que era verdad.

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Las cervezas eran caras, se habían calentado y ni siquiera tuvieron la atención de enfriarlas con hielo. La música también era mala, no había ambiente; parecía que iban a cerrar. Al fin y al cabo eran las 11 de la noche de un lunes festivo. Decidimos, en contra de la voluntad de Angélica, pasar la última hora que faltaba para el cumpleaños de Lulo en La Troja, donde sí hay buen trago y buena música.

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No, doctor, si no tomo. ¿No tomas y estabas en La Troja? Estaba allí por casualidad, yo estaba en la 84 y se nos dio por irnos para allá. El hígado graso debe ser porque digiero mal las grasas, sufro del colesterol y de los triglicéridos. Otra de las cosas negativas de todo esto es que la gente que no me conoce, al saber lo que me pasó, enseguida cree que soy de los que anda en La Troja.

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En esos momentos son importantes los familiares y los amigos. Yo, que siempre he sido huraño y misántropo, anhelaba las horas de visita. Cuando tardaban en permitir la visita era un suplicio.

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Estoy vivo, me dije. Angélica me dijo en la UCI, 9 horas después de la operación, lo que el doctor le había prevenido antes de la intervención: que había un alto riesgo de muerte por la zona que había interesado el disparo. Y porque en caso de una hemorragia interna, al abrirme me podía desangrar inmediatamente. Eso me alteró los nervios. No pude dormir bien esas noches. Es duro no poder moverse, y ser aseado por una enfermera en las partes íntimas. Me suturaron el hígado y me hicieron una resección del colon. Ni siquiera necesité transfusión de sangre. Después vino la recuperación, las infecciones, caminar encorvado, las curaciones, la eventración...

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Me atendieron enseguida; alcancé a decir que no traía el carné del seguro, lo que afortunadamente pareció no importarles. Me llevaron a rayos X… ya sentía que flaqueaba, que las fuerzas me faltaban cada vez más. Me acostaron en una camilla. Alguien dijo que ese era el doctor que me iba a operar. Me volví y ubiqué a un hombre maduro pero aún joven, mirada un poco obsesiva y con la camiseta de la Selección Colombia. Ese detalle me pareció extraño inicialmente, pero inmediatamente pensé que ese era el que me iba a salvar. Angélica y yo rezamos un Padrenuestro. Le dije que siempre la había querido mucho. El doctor Hazbún me observaba y guardaba un prudente silencio que me hacía sospechar que pasaba algo malo y no me lo querían decir. Escuché la voz de mi mamá y la llamé en voz alta. Mis padres se pararon al lado de la camilla. “Me pegaron un tiro”, le dije a mi mamá, mientras ambos me observaban aparentemente calmados. Me llevaron al quirófano. Ya estaba canalizado y desnudo. A la distancia vi que el doctor Hazbún observaba la radiografía. Le pregunté de nuevo que si me tenían que operar… me dijo que sí. Le pregunté que si me iban a anestesiar, porque eso siempre me ha dado miedo, siempre le he tenido miedo a una operación… me dijo que sí. Vi que inyectaban algo en la sonda, supuse que era la anestesia, pero me pareció raro que no fuera en la columna, porque tenía entendido que la anestesia general se pone allí. De repente todo se esfumó.

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José David, José David, levántate, me decía una voz suavemente. Abrí los ojos, veía todo muy difuso… se me dificultaba respirar, como cuando uno tiene la nariz muy tapada. El médico le hizo una seña a la enfermera y me puso oxígeno.

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Unos segundos después empecé a relacionar los ruidos secos, repetidos y breves con la sangre en el costado derecho, y la sensación, y entendí. Alcancé a lamentarme de morir de esa forma tan inesperada y absurda. En milésimas de segundo pensé que un psicópata se había puesto a disparar a diestra y siniestra. Cuando empezaron los disparos no entendía qué pasaba… Sentía algo maligno en el cuerpo… como una opresión fuerte en el tórax y en el vientre. Mi bala tuvo que ser de las primeras, pues la mayoría de los disparos se sucedieron cuando ya estaba herido, y aterrorizado era consciente de que me podían alcanzar más balas, las definitivas; hasta pensé que una me iba a dar en la cabeza… Cuando terminaba el tiroteo me arrojé al piso, en efecto retardado, como todos los demás. No había sido derribado, ni se me había nublado la vista, ni me dio mareo, ni nada. En realidad no me arrojé al piso: me escabullí agazapado hacia un lado y ya con dificultad para respirar y para hablar les grité que me había alcanzado una bala. Cuando los vi a todos en el piso llegué a pensar que los habían matado a todos. Rubén no podía creerlo, y Angélica y Lulo entraron en estupor. Nos embarcamos en el carro. Angélica se acordó de su cartera, caída cerca de la mesa. Rubén vaciló en devolverse a recogerla, seguramente por miedo a que se repitieran más disparos, pero la rescató. No pensé en otra clínica que La Asunción, donde había nacido 34 años antes... Tan rápido como pudo, Rubén me llevó a la clínica, que se encuentra bastante cerca… en el trayecto Angélica y Lulo trataban de darme ánimos. Pensaba en tantas cosas que ya no recuerdo exactamente en qué, pero seguro pensaba en mi hija. No me sentía tan mal como podría suponerse después de recibir un disparo en una zona vital. ¡Quería seguir viviendo! Son realmente pequeños los orificios de entrada de una nueve milímetros, así hayan sido causados cerca. Me bajé del vehículo y todavía con rapidez y agilidad me dirigí a la puerta gritándole al vigilante que estaba baleado. El hombre me dijo que me atendían en la otra puerta. Cambié inmediatamente de dirección… Lulo trataba de sostenerme.

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Rubén quería festejarle el cumpleaños a su esposa a las doce en punto y me pidió que los acompañáramos. Ni se me pasó por la cabeza decirle que no. Ni mi mamá ni mi papá quisieron quedarse con la niña y la tuvimos que dejar con mi suegra. Después recibimos varias llamadas de ella diciéndonos que fuéramos a buscarla, porque no dejaba de llorar y llamaba insistentemente al papá.

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Estuve 4 días en UCI, de lunes en la madrugada a viernes al caer la tarde. Durante esos días no comí nada sólido, me mantuvieron con suero. El domingo, creo, me dieron mi primera comida, un bagre guisado que me supo a gloria, un puré de papa y una ensalada verde. Creo que se equivocaron, porque el bagre tenía salsa y el puré, queso. Las comidas siguientes no tuvieron nada de eso, se notó la diferencia.

Salí una tarde como a las 4:30, exactamente una semana después. Cuando iba en el taxi camino a la casa, el sol tenía un brillo extraño y potente, parecía como si Dios me estuviera diciendo que una nueva vida comenzaba. Cuando llegué mi hija me estaba esperando en la puerta y al reconocerme dijo sorprendida: ¡papi!. Fue el mejor recibimiento.

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El 7 de diciembre, víspera de la Inmaculada Concepción, invité al doctor Hazbún a cenar en mi casa, cociné yo mismo. Y el 24 de diciembre llevé pudines y gaseosa a la UCI y al piso, y les dejé una nota de agradecimiento, creo que era lo menos que podía hacer.

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Reseña de El Heraldo:

Que paren la música. Wady Solano Sierra, de 29 años, estaba bebiendo y escuchando salsa el lunes festivo y justo en el momento en que salió a tomar un poco de aire en la esquina del estadero, se acercaron dos hombres y le dispararon en repetidas ocasiones. 


Eran más de las 11 de la noche y en el bullicioso sector del barrio América la música tuvo que dejar de sonar abruptamente. No era para menos, una persona acababa de ser asesinada con tres tiros en la cabeza, dos en el brazo derecho, uno en el abdomen y otro en el pecho. Las autoridades pudieron conocer que Solano Sierra residía en la calle 47 con carrera 16, del barrio Cevillar. 

En el mismo hecho resultó herido con una bala perdida José David Villalobos Robles, de 34 años, quien iba pasando por el lugar rumbo a su residencia, ubicada en el barrio Ciudad Jardín. Aún permanece bajo observación médica en la Clínica La Asunción. 

El subcomandante de la Policía del Atlántico, coronel Óscar Pérez, dijo ayer que han logrado establecer algunas características de los sujetos, gracias a la colaboración de la ciudadanía, como retratos hablados y la placa de la motocicleta, claves para dar con su captura. 

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