Avalancha de obras en Barranquilla

Por José David Villalobos Robles.
2006

Sorprendidos asistimos los barranquilleros a una catarata de obras que se ejecutan y proponen por estos días en la ciudad, tanto de parte del sector público como del privado. Poco después de la puesta en libertad del burgomaestre de turno, a principios de 2006, el gobierno local, consciente de su propio desprestigio, se dio a la tarea de tender una espesa estela de humo a los líos judiciales del alcalde y al hecho de que, en los dos primeros años de su mandato, la ciudad estuvo literalmente paralizada. Hay que reconocer, sin embargo, que por fin arrancaron una serie de obras de las que se venía hablando hace unos veinte años (época en que la Misión Japonesa hizo sus recomendaciones) y cuya puesta en marcha es imprescindible para el desarrollo de la urbe. La cantidad de obras y el dinamismo con que se han emprendido no tienen precedente en la historia reciente de la ciudad, aunque adolecen de las fallas de siempre: asignación a dedo, carencia de visión de futuro y nula concertación pública. Los trabajos, trascendentales para el progreso de Barranquilla, debieron ser puestos a consideración de la ciudadanía con el fin de, a través del consenso general, determinar lo más conveniente para la ciudad en términos de prioridad, diseño, especificaciones y ubicación. Reciente está el caso del tristemente célebre parque de los Fundadores, antiguo bulevar central del barrio El Prado, convertido hoy en un espacio amorfo, repleto de estructuras carentes de toda estética y pletóricas de mal gusto, que perdió para siempre su intencionalidad inicial.


La recuperación del Centro Histórico

Es, sin discusión, el tema más trascendental que afronta Barranquilla desde hace más de veinte años. El progresivo deterioro del Centro, a partir de la década de 1960, terminó por convertirlo en un lugar espantoso donde el concepto de autoridad hace tiempo dejó de existir. Las más aberrantes manifestaciones de desconocimiento de convivencia ciudadana y las más inverosímiles escenas y situaciones se dan cita en el centro de Barranquilla. Se trata de un espectáculo apocalíptico-dantesco del cual la ciudad no parece querer salir. La punta de lanza del proceso de recuperación del Centro tenía que ser, sin duda, la remodelación y ampliación del paseo de Bolívar.


La renovación del paseo de Bolívar

Barranquilla surgió y se desarrolló alrededor del lugar conocido, a partir de 1937, como paseo de Bolívar. Antes se llamó calle Ancha, camellón Abello y paseo de Colón. Ningún sitio, a excepción solo de la plaza de San Nicolás (la cual gravita, sin embargo, alrededor de la órbita el paseo de Bolívar), tan entrañable, ligado al diario acontecer de la ciudad, lleno de nostalgia y punto de encuentro obligado para el barranquillero, como este espacio consagrado al general caraqueño.

A fines de 2003 se culminó, en un acto oprobioso del gobierno de turno, la remodelación de la plaza de Bolívar, la cual demoró más del triple de lo que inicialmente se había proyectado. Increíblemente, y sin que nadie pudiera hacer nada para evitarlo, se demolió la fantástica fuente luminosa, en ruina hacía años, con el pretexto de que era pasto de los desadaptados que hacían allí sus necesidades y de que se había convertido en una cueva de ladrones y hasta de secuestradores. Posición consecuente con el desánimo que hace lustros existe, al interior de nuestras instituciones, de aplicar la autoridad, como es su obligación. Reducida la estatua a un pedestal ridículo y anacrónico que tenía como intención reasaltarla, la plaza perdió su majestuosidad a cambio de la ausencia de los desocupados y de los delincuentes. Lo que, haciendo valer la autoridad, pudo haber sido remozado, vuelto a su época de esplendor y recuperado a un grupúsculo de insensatos, terminó siendo poco más que una plaza de pueblo.

Ahora se emprende un reto formidable: la ampliación del paseo de Bolívar hasta hacerlo confluir con la calle 30 y con la Vía 40. No se trata de un proyecto nuevo, pues está contemplado por ley hace unos cincuenta años. Barranquilla contaría por fin con una avenida acorde con su talante que, además de constituirse en una importante solución vial, se convertiría en unos de sus símbolos, a semejanza, guardando las proporciones, de la avenida 9 de Julio de Buenos Aires, de los Campos Elíseos de París, de la Gran Vía de Madrid, o de la Vía Veneto de Roma. Pero, una vez más, la mezquindad de nuestros gobernantes promete dar al traste con una oportunidad única en la historia de nuestra urbe, una obra imponente que está llamada a marcar un hito en el desarrollo urbanístico de Barranquilla. Analizando los vistosos diseños desarrollados con las más novedosas herramientas de computación gráfica (¡y no olvidar que el papel lo aguanta todo!), se observa que la confluencia de las tres avenidas sería una glorieta de dimensiones ridículas, rematada con una escultura sin forma definida, también desprovista de toda pretensión artística u ornamental, mucho menos imponente. Lo más natural es que la estatua del Libertador fuera trasladada a una nueva y amplia plaza, justificando la prolongación del paseo de Bolívar y reafirmando el nombre de este encuadre urbano. De continuar el proyecto como va, se tendría como resultado un espacio con dos motivos: por un trecho, el homenaje a Bolívar y, por el otro, el que finalmente se le dé a la proyectada glorieta. Esto claramente constituiría un contrasentido urbanístico, pues lo que se pretende es ampliar el paseo de Bolívar, no crear un nuevo espacio como tal. Pero si ese fuera el propósito, la glorieta debería albergar un magnífico obelisco, como los que se encuentran en las grandes ciudades del mundo como Washington o Buenos Aires, al que se pudiera ascender para disfrutar de la vista de la ciudad, del río y del mar, proporcionado al visitante un magnífico espectáculo. O, en su defecto, coronarla con una fabulosa fuente luminosa con motivos carnestoléndicos, a semejanza de la fuente de Trevi de Roma, escenario del conocido film La dolce vita de Federico Fellini. Como añadidura, la plaza recibiría el nombre de Jorge Eliécer Gaitán, en honor del caudillo liberal asesinado en 1948. En pocas palabras, el espacio por el cual tanto se ha esperado, el llamado a ser el símbolo de Barranquilla -una de las ciudades que más representan la esencia de la Costa Caribe colombiana, de sus gentes y de sus costumbres-, llevaría el nombre de un ilustre bogotano.

Pero la gran piedra en el zapato del ambicioso proyecto de ampliación del paseo de Bolívar es el edificio de la Caja Agraria, interpuesto justo donde iniciaría la obra. Cabe recordar que la edificación fue construida a mediados de la década de 1960, tras haberse demolido, inexplicablemente, el bello edificio Palma en 1955. A pesar de que, como consta en los artículos aparecidos en la prensa de la época, inmediatamente se recomendó que se construyera un parque en el lugar y que se trasladara allí la estatua de Bolívar, durante varios años el municipio nada resolvía con respecto al uso que se debía dar al predio, el cual quedó abandonado y terminó por convertirse en un muladar. Esta situación fue aprovechada por la Nación para adquirir el solar en complicidad con el gobierno local de la época, para el cual la venta del lugar representó pingües ingresos. La enorme y agraciada edificación actual, merecedora en su momento del Premio Nacional de Arquitectura que se otorga anualmente, fue inaugurada en 1965, dando inicio a la arquitectura contemporánea en Colombia.

A mediados de la década de 1990, el edificio de la Caja Agraria fue declarado patrimonio arquitectónico de la Nación en virtud de que fuera uno de los primeros inmuebles de estilo moderno construidos en Colombia, por lo cual no puede ser demolido para dar paso a la ampliación del paseo de Bolívar. Hoy se encuentra en un estado de deterioro lamentable y su porcentaje de ocupación no llega al 10%. Lo cierto es que su demolición es materia de un agrio debate entre, por un lado, el gobierno local y algunos expertos en urbanismo, quienes no reconocen el valor histórico-arquitectónico de la construcción y, por el otro, el gobierno central, que se opone a su demolición en virtud de su estatus patrimonial, así como algunos arquitectos de la ciudad. Otros, más razonablemente, han propuesto que la edificación no sea demolida sino trasladada a un costado, como se hizo en 1974 con el edificio de Cudecom para dar paso a la avenida 19 en Bogotá. Esta solución parece la más acertada o, quizá, salomónica. Sería preciso, sin embargo, tener en cuenta ciertos aspectos como el sitio exacto donde se reubicaría el inmueble, si habría edificaciones que demoler y si estas ostentan algún valor patrimonial. Además, es clave revisar si, al momento de construirse, la edificación fue dotada de los mecanismos necesarios para este tipo de maniobras.

Lo evidente es que el edificio de la Caja Agraria está atravesado en medio del importante proyecto de ampliación del paseo de Bolívar, la cual no tendrá sentido si no se elimina el obstáculo, bien sea a través de su demolición definitiva o de su traslado.


La plaza de San Nicolás

Uno de los mayores tumores urbanos de Barranquilla, la plaza de San Nicolás nunca ha sido objeto de una verdadera voluntad de restauración definitiva por parte de nuestros sucesivos alcaldes. La que otrora fuera un tranquilo parque con fuente y frondosos árboles, la misma que acogiera primero a Bolívar y luego a Colón, alrededor de la cual transcurría la vida cultural, comercial y religiosa de la ciudad, ha sido, desde mediados de los años 1980, escenario de la degradación urbana y de la ocupación del espacio público en su máxima expresión. En ella proliferaron, con aterradora celeridad, y sin que la autoridad se apersonara a impedirlo, todo tipo de ventas informales, tenderetes y peligrosas cocinas públicas que impiden la normal movilización de automotores y transeúntes. El lugar se volvió peligroso y refugio de indigentes, delincuentes, prostitutas, drogadictos y contrabandistas. Y el tumor hizo metástasis: a partir de la plaza de San Nicolás se invadió y degeneró paulatinamente el espacio público de las calles aledañas.

La iglesia, primera de la ciudad y consagrada a su santo patrono, y las viejas edificaciones vecinas, joyas arquitectónicas del periodo republicano, fueron devoradas por los nuevos inquilinos de la plaza y sus alrededores. Perdieron todo su encanto afeadas por la instalación del nuevo comercio que promociona sus mercancías contaminando visual y auditivamente el entorno con cualquier cantidad de abigarrados anuncios de pésimo gusto, amén de los estridentes altavoces y de la música popular a todo volumen. Preciosas construcciones como el Banco Comercial de Barranquilla, réplica de la iglesia de la Magdalena de París, fueron ocupadas por almacenes que desdibujaron por completo sus fachadas, repletándolas de todo tipo de baratijas, vitrinas y espantosos carteles, e incluso demoliéndolas en parte. Sucumbieron, en últimas, a la acción destructora y lamentablemente permitida de la invasión del espacio público, al pésimo gusto y al nulo sentido de pertenencia de los actuales propietarios, muchos provenientes del interior del país. En el colmo de la permisividad, hubo de rescatarse la estatua de Colón de semejante pandemonio.

La recuperación del Centro no será completa mientras no se recuperen la plaza de San Nicolás y su entorno. Solo una acción decidida y drástica como, por ejemplo, la demolición de la zona de El Cartucho en Bogotá para dar paso al parque Tercer Milenio, devolverá a Barranquilla este espacio tan vinculado a su historia y a su gente.


La segunda calzada de la Circunvalar

Nadie desconoce la importancia de la Circunvalar: una vía de ubicación estratégica que enlaza el norte y el sur de Barranquilla, a la vera de la cual tienen asiento populosos sectores de Barranquilla y Soledad y varias de las empresas, parques industriales y escenarios más importantes de la ciudad. Además, recibe la influencia de otros municipios del área metropolitana como Galapa y Puerto Colombia, al tiempo que sirve de antena a los viajeros de Cartagena, así como a los del interior del país que ingresan por el puente Pumarejo. Cuando se construyó, se previno que le iba a quedar pequeña a Barranquilla, lo cual quedó demostrado hace ya varios años, cuando se empezó a proponer la construcción de su segunda calzada, la cual es una realidad a pedazos hoy. Pero, una vez más, sus especificaciones técnicas se quedan cortas incluso en el inmediato plazo: las consecuencias de los TLC con Estados Unidos y Chile prometen ser tan importantes para Barranquilla, que nuestras principales arterias viales deberán contar con dimensiones acordes con estándares internacionales. La nueva Circunvalar, a pesar de que las autoridades locales han pregonado a los cuatro vientos que cuenta con características internacionales, no cuenta con las dimensiones adecuadas para las tremendas funciones que está llamada a cumplir. Características inusuales hasta ahora en nuestro medio, como el amplio separador central, los puentes peatonales, las ciclovías, los retornos y las desviaciones vehiculares son habituales hace décadas en las principales avenidas de Bogotá, Medellín y Cali, para no salir de Colombia. Querer mostrarlas como propias de una obra futurista no es más que una demostración de la mala intención de nuestros gobernantes y su falta de grandeza para con la ciudad. Pretender engañar a nuestros conciudadanos, presumiendo que no han ido más lejos de Cartagena o Santa Marta, parece más bien ingenuidad de nuestros dirigentes.

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